Sentía miles de miradas posarse en su pequeña figura. Algunos estaban curiosos, asqueados o burlones, pero todos mantenían su atención en el pelirrojo. A Nakahara Chuuya jamás le gustó pasearse por el pasillo principal de la Port Mafia, pero jamás se había alojado tal sentimiento en él como el de ahora. Sentía que su corazón se retorcía de dolor y un malestar se instalaba en su estómago. Podía sentir cómo lágrimas amenazaban con salir de sus preciosos zafiros y algunas lograban escaparse por sus pálidos pómulos, causando leves risitas en sus espectadores.
¿Qué sería lo más doloroso? ¿ser juzgado por todos a los que alguna vez llamaste amigos o la humillación pública que acababa de sufrir? Lo único en lo que creía, era que aquel dolor era insoportable para su noble corazón. Él no estaba tan corrupto como todos creían, él mantenía aún aquella inocencia infantil característica de un adolescente de 17 años. A pesar de todo, él era solo un crío y no merecía ese trato, pero la vida no era justa. No fue justa al otorgarle ese tipo de vida y tampoco lo sería ese día.
—¡No te atrevas a pegarme tu jodida peste! ¡Aléjate! —se escuchó una voz masculina entre el gentío que se había acumulado para verlo.
Se sobresaltó de más al escuchar el grito, hasta ahora se habían conformado con mirarlo en silencio. Lamentablemente, ese grito desencadenó otros comentarios desagradables hacia su persona. Si hubiera estado en otra situación, no le habría importado, pero ahora con lo sensible que estaba, fue inevitable para él sentirse aún peor. Él solo quería escapar de aquel lugar. Quería escapar de aquella vida. Quería ser feliz, nada más que eso, nada más pedía.
Echó a correr en el pasillo para poder llegar rápidamente a su habitación, el único refugio que tenía. Intentó centrarse en que las lágrimas no se desbordasen por sus mejillas. Intentó ignorar las voces de su alrededor. Intentó retener el pensamiento de que aunque huyera en ese momento, no iba a poder escapar y no iba a poder ser feliz. Estaba condenado, pero no quería aceptarlo aún. La esperanza de lograr la felicidad lo mantenía con vida y con la cabeza en alto.
Él siempre había sido alguien positivo y fuerte, que no se doblegaba ante nada ni nadie. Suponía que él lo había vuelto así de débil y susceptible, pues ahora no quería más que ser consolado entre sus fuertes brazos. Obviamente, eso no iba a ocurrir y solo debía esperar a que Kouyou llegara de su viaje, para así poder desahogarse con ella y volver a ser el mismo de siempre, el Chuuya positivo y fuerte.
Las carcajadas y comentarios no cesaron en ningún momento, pero logró llegar a su habitación en la misma sede. Abrió la puerta, con las manos temblorosas y su vista nublada por sus lágrimas, y la cerró de un portazo, con la poca fuerza que le quedaba. Su espalda se pegó en la puerta, con sus zafiros mirando hacia el suelo, y simplemente se dejó caer, rendido, cansado de todo. Y ahí, en la soledad de su refugio, soltó todo su dolor, sollozando. Abrazaba sus piernas con fuerza y su cuerpo temblaba violentamente. Se mostró frágil, débil, como odiaba que alguien más lo viera, como nadie se lo imaginaba al ser admirarlo por algunos.
—Chuuya. —Una voz resonó en la silenciosa habitación, solo ocupada por los sollozos del más bajo. Una voz que llamaba su nombre de forma dulce y delicada, como si su nombre fuera una linda melodía.
Chuuya se quedó estático, en pánico. Sabía quién era, lamentablemente y se sentía aún más humillado de haber sido visto de esa forma justo por la persona que más aborrecía. Sin embargo, la manera en la que su nombre fue pronunciado no denotaba ninguna burla o disgusto, como solía ser. Era como si el más alto hubiera disfrutado de pronunciar su nombre, lo que le dejó desconcertado, sin poder moverse y con la mirada fija en su odiado compañero, Dazai Osamu.
—Ya está todo bien, Chuuya —habló de nuevo, notando que su acompañante estaba congelado. Su tono de voz parecía protector y hasta cariñoso, lo que desconcertó aún más a Chuuya, pero finalmente pudo reaccionar.
Los colores se le subieron al rostro y de inmediato limpió sus lágrimas, tallándose los ojos. El castaño podía notar cómo sus labios temblaban y cómo le dedicaba una mirada herida. Era de esperarse, pensó. Sabía que una de las consecuencias de venir sin avisar a su cuarto sería aquella, lastimar su orgullo. Sin embargo, decidió ir de todas maneras al enterarse de lo que pasó, pues no podía permitirse tener un compañero completamente emocional y deprimido, sería perjudicial para las misiones.
—¿Q-Qué jodida mierda haces aquí, maldito bastardo? ¡¿A-Acaso tú también vas a b-burlarte, eh?! —vociferó, intentando que su voz no se rompiera nuevamente.
El castaño supo que no debía responder, no quería desatar la furia del más bajo y que este terminase llorando nuevamente. Lo conocía bien y sabía que su deber era quedarse en silencio por un rato, hasta que se calme, para evitar cualquier problema. Para pasar el tiempo, se dispuso a observar la pequeña pero acogedora habitación del pelirrojo. El ojiazul perfectamente podía tener una suite grande para él, al ser un ejecutivo de la Port Mafia, pero siempre prefirió tener un lugar pequeño, sin lujos, como si quisiera crear un cálido nido allí y sí que lo había hecho. Cualquier que entrara en ese lugar, podía dar por hecho que cada parte gritaba Chuuya Nakahara.
La cama, una de dos plazas, gozaba de dos blancas y pulcras almohadas y una gran manta de un color rojo intenso. Al lado, reposaba una mesita de madera oscura, con algunas pertenencias personales del pelirrojo y una lamparita de buen gusto, de luz tenue. También, como se esperaba del de baja estatura, tenía un minibar donde guardaba todos sus preciados vinos. Finalmente, un sillón rojo, con una mesa de vidrio en frente que estaba cubierta de un mantel rojo con detalles dorados. Un vino caro y dos copas de vidrio, reposaban sobre el mueble.
Al haber acabado de repasar con la mirada cada rincón del cuarto, se dignó a volver a mirar al pequeño pelirrojo, que no se había dignado a romper aquel silencio. Dazai pensó que debió haberle afectado bastante el rechazo amoroso que sufrió en el comedor, pues normalmente le hubiera gritado más y sacado a patadas de su refugio. Al contrario, tenía los ojos rojizos por el llanto y llevaba la mirada perdida en algún lugar de la habitación. Siguió su mirada y entendió todo en ese momento. Era un colgante con una piedra azul y pudo recordar la ilusión en sus zafiros cuando Chuuya lo recibió de la misma persona que lo había dejado así.
Apoyándose en los costados del sillón, se levantó y se dirigió hacia el pelirrojo. Pudo notar que este le dirigió una mirada filosa al notar sus movimientos y que su pequeño cuerpo se tensó. —Sabes que Odasaku no tuvo la culpa. Él nunca hubiese querido que salgas herido así. Lo sabes —soltó, cuando estuvo cerca de Chuuya.
El pelirrojo suavizó sus gestos y una sonrisa triste se asomó en su rostro, todo por haber escuchado el nombre de su amor platónico, que minutos atrás había rechazado su confesión de amor. —Sí, lo sé. —Sus zafiros se posaron en cualquier otro lugar que no fueran los ojos avellana de su acompañante. —Es mi culpa por haber gritado mis sentimientos en medio de la gente. —Hizo una pausa, como si le doliera y le costara decir todo aquello. —De verdad es mi culpa. Mi culpa por haberme ilusionado con que pudiera sentir algo más por mí y haberme dejado llevar por esa debilidad a la que todos llaman amor. —Sus puños se cerraron con fuerza, reteniendo las lágrimas de rabia que querían salir.
Ojos azules reflejaban dolor y culpa; ojos cafés reflejaban confusión y curiosidad. Toda la atención de Dazai Osamu se encontraba en el emocional pelirrojo, cuestionándose por qué alguien como él había caído en las crueles redes del amor. Definitivamente no sabía cómo se sentía amar, pero conocía las diferencias entre estimar, gustar, querer y amar. ¿Realmente aquel pequeño pelirrojo amaría a su gran amigo? Conocía que llamar amar a un sentimiento era algo muy fuerte. Sabía que no debía interesarse por aquellas debilidades, pero le era imposible no sentir curiosidad. Después de todo, se trataba de Nakahara Chuuya, la persona más interesante que había conocido, enamorado de su gran amigo Oda Sakunosuke.
De forma inevitable, como si su inconsciente le gritara que dejase de mentirse, una de sus huesudas manos fue a parar al mechón de fuego que resbalaba por el cuello del más bajo, acariciándolo. Para cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo, abrió los ojos como platos. No por la acción que estaba realizando, si no por la sensación de satisfacción que lo llenó al sentir el suave cabello y por el rubor que se posó en las mejillas del pelirrojo. Se moría por besar esos pómulos y esos labios color cereza, que formaban un círculo perfecto por la sorpresa. Aquellos ojos del color intenso del océano lo miraban tímidamente, como preguntando qué rayos hacía. El gusto que le dio que Chuuya no lo apartara agresivamente por su atrevimiento, era inmenso.
Su cuerpo se paralizó por unos segundos, pero recuperó la compostura rápidamente. Le dio la espalda al pelirrojo de inmediato, dejando a este estupefacto por lo que acababa de pasar, y fue a sentarse al rojizo sillón nuevamente. Ya más calmado, sirvió las copas de vidrio hasta ahora vacías, sabiendo que tomar vino haría bien al estado emocional del pelirrojo.
—Chuuya, acércate. Vamos a tomar vino y hablar tranquilos, ¿sí? —El pelirrojo notó aquel tono dulce y delicado de hablarle, hasta cariñoso. Pocas eran las veces que Dazai le hablaba así y era difícil negarse a sus palabras por ello.
Mientras, la cabeza de Osamu era un gran lío, aunque aparentaba estar calmado. Se cuestionaba la razón de sus acciones, cuando él era alguien que sabía controlarse muy bien. Claro que no se preocupaba por Nakahara Chuuya ni algo por el estilo, obviamente las punzadas en su corazón al verlo llorando fueron causa del estrés y hasta tal vez tenía por una enfermedad del corazón, pero no por el alcohólico de su compañero. Era imposible. Únicamente era por el bien de la organización, nada más. Cualquiera podía inferir lo que le pasaba al joven castaño y hasta él mismo lo sabía —después de todo era muy inteligente—, pero se negaba a sentir aquella debilidad o algo parecido por el enano perchero. Pensaba que cuanto más lo negara, más rápido desaparecería, que era un capricho de la adolescencia. Ese pensamiento fue el único y mayor error del castaño.
—¿Qué pretendes con todo esto, Dazai? —El susodicho miró con gusto la mirada nuevamente filosa del pelirrojo. Él era interesante, al conocer algunas facetas de su persona. Sería mejor dejar el lío de su corazón para más tarde por ahora.
—¿Acaso no puedo preocuparme por mi compañero? —intentó hacer que sonara como un comentario sarcástico, pero se sorprendió de lo honesto que había sonado. Seguramente la emocionalidad del más bajo se le había contagiado.
Chuuya alzó una ceja ante el extraño tono de voz que había sido empleado, pero suspiró, negando con la cabeza. No podía creer que Dazai haya logrado calmarlo con tan pocas palabras y gestos. Se supone que la única capaz de aquello era Kouyou y era increíble que su mayor enemigo haya podido también. De todas formas, no admitiría en voz alta lo agradecido que estaba.
—Estoy seguro de que beber vino te hará mejor, Chuuya. ¿Acaso la gente no suele desahogar sus penas en alcohol? —Sonrió con picardía, riendo levemente.
—Deja de darle vueltas, bastardo. Dime ahora mismo qué pretendes hacer conmigo, maldito imbécil —pronunció con firmeza, con seguridad.
—Sabes que Mori-san odia los errores en las misiones, Chuuya. —Miró al nombrado con un brillo rojizo en sus orbes y con una mueca parecida a una leve sonrisa.
Ah, así que eso era. Chuuya entendió al instante de lo que se trataba y tenía sentido. Por el resto del día se dejaría hacer por los planes del estúpido de su compañero, únicamente para no defraudar a Mori y a su querida Kouyou, no por otra cosa. Se conocía a sí mismo y sabía que tal vez las cosas no las haría muy bien si se encontraba en ese estado. Solo esperaba —con algo de curiosidad, tenía que admitir— que Dazai no hiciera algo vergonzoso o estúpido, de lo contrario lo mataría sin dudarlo.
Refunfuñó resignado y se acercó al más alto, tomando de inmediato una de las copas de vino entre sus dedos y llevándolas a sus labios. Osamu observó con atención el cómo la copa regresaba a su lugar anterior ya sin el líquido rojizo en él y al pelirrojo relamiéndose los labios al sentir el sabor que tanto amaba de los vinos caros. El castaño sintió algo extraño en su interior al ver ese gesto, pero decidió ignorarlo.
Dazai suspiró. El acto de Chuuya daba indicio de que le dejaba hacer lo que quisiese, sabía interpretar bien al contrario. Sin embargo, conocía que si no lo tenía un poco borracho, no podría hacer su jugada. En un dos por tres la copa del pelirrojo fue llenada nuevamente y vaciada de golpe igual. Así pasó cinco veces, mientras la copa del más alto casi no había sido tocada y estaba media llena.
Chuuya ya tenía aquel tono de azul en sus ojos, como si fuera un zafiro derretido. Esa era la señal que Osamu necesitaba para poder empezar su plan, que empezó a repasar nuevamente en su cabeza. Debía hacer sentir cómodo al más bajo, aprovechando que estaba ebrio y que no le pegaría —o al menos no acertaría el golpe—, optaría por decirle aquellas palabras típicas de apoyo cuando solían suceder esas cosas. Conocía el deseo del pelirrojo por ser alguien normal con una vida normal y amigos normales, algo iluso en su opinión. Por ello conocía que si lo hacía sentir en aquella atmósfera de "vida normal", tendría algunos recuerdos al día siguiente de ello y se sentiría más relajado. Y para su fortuna, sus planes no fallaban.
—Mmm... Odasaku. —Osamu se sobresaltó al escuchar aquel nombre salir de los labios del más bajo. Solía bajar la guardia al estar con el pelirrojo y no se dio cuenta del momento en que se había acercado tanto a él, confundiéndolo con el nombrado, probablemente.
Se conformó con observarlo. Hasta ahora no había notado la delicada cintura que Nakahara tenía y tampoco lo mucho que había crecido su bonito cabello. La última vez que lo analizó con tal profundidad no tenía aquellos rasgos tan definidos. Tal vez no había crecido en estatura, pero otras cosas sí habían cambiado en los dos años que lo conocía. Mantenía tanto facciones masculinas y femeninas, en perfecto equilibrio. Su estilo de vestir definitivamente ayudaba a su belleza natural, cortesía de Kouyou de seguro.
Por un momento se olvidó de su plan y de todo. Sus ojos avellana se habían quedado hipnotizados con la linda figura del pelirrojo, que empezaba a sonrosarse por la intensa mirada de un supuesto Odasaku. Se mordió el labio con ternura, sintiéndose completamente avergonzado. Osamu miró cada movimiento, cada gesto, cada pestañeo. Todo en él era excesivamente atractivo y nadie podía negarlo. En un impulso, estiró su mano hacia al frente, como invitando a Chuuya a acercarse más.
Lo siguiente realmente no se lo esperó ni en sueños, ¿acaso Chuuya era así de atrevido con todos sus amores platónicos? Le molestaba que lo haya hecho pensando que era otra persona, pero podía dejarlo pasar. Cómo no hacerlo, si la comodidad de tener al pelirrojo sentado en sus piernas y de costado, con un pucherito y un sonrojo notable, era inmensa. Pensó que Odasaku debía tener mucha suerte de tener a ese enano enamorado de él, si con su linda cara y figura podía causar estragos en cualquiera. Odasaku había desaprovechado su oportunidad, pensó.
¿Estaba bien si se dejaba llevar por lo que restaba del día? Aquello no era parte de su plan, pero obtendría los mismos resultados y un beneficio propio. Decidió no darle muchas vueltas a lo acelerado que su corazón latía y enfocarse en el pelirrojo que tenía acurrucado a su pecho. Sus mechones de fuego se encontraban alborotados en su delicado rostro y sus hermosos zafiros descansaban. Seguramente había tenido muchas emociones aquel día y necesitaba relajarse, descansar. Sus pestañas eran largas, muy bonitas a su parecer. Sus pequeñas manos se aferraban a la ropa que llevaba puesta, como si no quisiera soltarlo.
Inconscientemente, tenía una de sus manos sobre aquel cabello rojizo y suave. Se cuestionaba como un hombre podía tener el cabello tan bien cuidado. Jamás vio un color tan llamativo y bonito con el de Chuuya, ni unos ojos tan expresivos y llenos de vida. No eran necesarias palabras para entender sus emociones, con mirar con atención aquellos dos zafiros, podía conocer todo sobre él. Empezó a adormilarse de lo relajante que le resultó aquella situación e imaginaba que el pelirrojo igual.
—Tengo sueño —soltó el más bajo un balbuceo, que logró ser entendido por Osamu.
—Puedes descansar, relájate —respondio, mientras sus dedos jugueteaban con aquellos hilos de fuego, enredándolos y desenredándolos.
—Mmm... —Se relajó excesivamente ante la caricia en su cabello, sin poder estipular palabra alguna ya.
—Cafuné, Chuuya. —Aquellas palabras fue lo último que el pelirrojo fue capaz de escuchar, antes de caer dormido.
Osamu grabó el rostro sonriente y relajado de Chuuya durmiendo. Lo dejó con delicadeza en su cama y se dirigió a la puerta. Tenía algunos asuntos que arreglar con la gente que se encontraba en los pasillos, algo menor. Observó una última vez al pelirrojo y salió. Seguramente al día siguiente Nakahara estaría renovado, pensando que todo aquella situación había sido un sueño. Lo único que le dejaba una espinilla en el corazón, era que la persona de sus supuestos sueños sería Odasaku, no él.
