Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
Hay OOC
«Capítulo uno»
Londres, 1830
Tenía que escapar.
El rumor de la sofisticada charla, el brillo de las arañas de cristal, que salpicaban de cera caliente a los que bailaban en el salón, y la profusión de olores que anunciaba la inminencia de una suculenta cena resultaban agobiantes a lady Hinata Õtsutsuki.
Había sido un error asistir a un acto social tan poco tiempo después de la muerte de Toneri. Naturalmente, la mayoría de la gente no consideraría que tres años fueran poco tiempo. Hinata había mantenido el luto riguroso durante un año y un día, apenas aventurándose fuera de casa, salvo para pasear por el jardín con su hijita Himawari. Se había vestido de negro, y cubierto el cabello y el rostro con velos que simbolizaban la separación de su esposo y del mundo invisible. Había tomado la mayor parte de sus comidas sola, cubierto todos los espejos de la casa con crespón negro y escrito cartas en papel con orla negra, para que toda relación con el mundo exterior llevara el sello de su dolor.
Durante el segundo año, había seguido vistiendo de negro, pero se había deshecho del velo protector. Luego, durante el tercer año, Hinata había pasado al medio luto, lo que le había permitido llevar gris o malva, y participar en actividades femeninas reducidas y discretas, como reuniones de té con familiares o con buenas amigas.
Una vez finalizadas todas las etapas del luto, Hinata había dejado el refugio oscuro y reconfortante del período de duelo para introducirse en un esplendoroso mundo social, que se le había vuelto terriblemente extraño. Cierto, las caras y el ambiente eran exactamente como los recordaba... salvo que Toneri ya no estaba con ella. Le parecía que su soledad llamaba la atención, le incomodaba su nueva identidad de viuda de Õtsutsuki.
Como todos los demás, siempre había considerado a las viudas figuras sombrías dignas de lástima, mujeres que iban envueltas en un trágico manto invisible, independientemente de como se vistieran. En estos momentos comprendía por qué tantas viudas que asistían a actos como aquél parecían querer estar en alguna otra parte. Los conocidos la abordaban expresándole su condolencia, le ofrecían una copa de ponche o unas palabras de consuelo, y se marchaban disimulando su alivio, como si hubieran cumplido con un deber social y por fin fueran libres para disfrutar del baile. La propia Hinata había actuado así con otras viudas en el pasado, deseando ser amable, pero sin querer que la desolación que se les reflejaba en los ojos la afectara.
Curiosamente, Hinata no había imaginado que pudiera sentirse aislada entre tanta gente. El espacio vacío que había a su lado, donde debería haber estado Toneri, le parecía dolorosamente tangible. De forma inesperada, sintió algo semejante a la vergüenza, como si hubiera irrumpido en un lugar al que no pertenecía. Ella era la mitad de algo que en un tiempo había estado completo. Su presencia en el baile sólo le servía para recordarle la pérdida de un hombre profundamente amado.
Notaba la cara tensa y fría mientras se dirigía sin apartarse de la pared hacia la puerta del salón. La dulce melodía que tocaban los músicos no la había conseguido animar, al contrario de lo que sus amigas le habían sugerido de buena fe... más bien parecía que la música sólo se reía de ella.
Hubo un tiempo en el que Hinata habría bailado tan despreocupada y dispuesta como las jóvenes presentes aquella noche, con la sensación de que volaba en brazos de Toneri. Estaban hechos el uno para el otro, y eso había suscitado comentarios y sonrisas de admiración. La diminuta estatura de Hinata armonizaba con la talla de él. Aunque Toneri era alto, estaba en muy buena forma y era muy apuesto, con el cabello blanco y un poco largo, unos ojos azules y una sonrisa deslumbrante siempre a punto de asomar. Le encantaba reír, bailar, hablar. Ningún baile, fiesta o cena había estado jamás completo sin él.
«Oh, Toneri. — Hinata notó que los ojos le escocían — Qué afortunada fui al tenerte. Qué afortunados fuimos todos. Pero ¿cómo voy a seguir adelante sin ti?»
Con buena intención, sus amigos le habían insistido para que asistiera al baile aquella noche, con el deseo de que marcara el inicio de sus días de libertad, dejando atrás los agobiantes rituales del luto. Pero no estaba preparada... aquella noche no... tal vez nunca.
Recorrió la multitud con la mirada, y localizó a varios miembros de la familia de Toneri, que conversaban y comían exquisiteces en platos de porcelana de Sevres. El hermano mayor, Asura, lord Õtsutsuki, estaba acompañando a su esposa al salón, donde iba a bailarse una cuadrilla. Lord y lady Õtsutsuki hacían una buena pareja, pero su cálido afecto no podía compararse con el genuino amor que ella y Toneri se habían profesado. Parecía que todos los miembros de la familia de Toneri, los padres, los hermanos y sus esposas, habían logrado superar su muerte. Lo bastante al menos como para poder asistir a un baile, reír, comer y beber, y permitirse olvidar que el miembro más querido de la familia estaba prematuramente bajo tierra. Hinata no los culpaba por ser capaces de seguir adelante, una vez que Toneri no estaba. De hecho, los envidiaba. Qué maravilloso seria despojarse del invisible manto de dolor que la envolvía como un sudario. Si no fuera por su hija Himawari, no tendría ni un momento de respiro del dolor constante de su pérdida.
—Hinata —murmuró alguien cerca de ella, y Hinata se volvió para ver al hermano pequeño de Toneri, Indra. Aunque él tenía las facciones atractivas, los ojos oscuros y el pelo castaño, carecía de la chispa, la sonrisa deslumbrante, la calidez y la confianza que habían hecho de Toneri una persona tan irresistible. Indra era una versión más alta y sombría de su carismático hermano. Había prestado a Hinata un respaldo incondicional desde que la fiebre tifoidea se había llevado a Toneri.
—Indra —exclamó Hinata, obligándose a sonreír—. ¿Te estás divirtiendo?
—No especialmente —respondió él. Hinata vio la compasión reflejada en sus profundos ojos—. Pero creo que lo soporto mejor que tú, querida. Estás pálida, como si te estuviera empezando otra de tus migrañas.
—Así es —admitió Hinata, percatándose entonces del insistente dolor en las sienes y la nuca, aquellos latidos que le advertían de que el malestar iría en aumento. Jamás había tenido migrañas hasta la muerte de Toneri, pero habían comenzado después del funeral.
Aquellos dolores de cabeza tan fuertes aparecían de improviso y a menudo la obligaban a guardar cama durante dos o tres días.
—¿Te acompaño a casa? —le preguntó Indra—. Estoy seguro de que a mi esposa no le importará.
—No —se apresuró a decir Hinata—. Debes quedarte aquí y disfrutar del baile con tu esposa, Indra. Soy perfectamente capaz de regresar a casa sin compañía. De hecho, lo preferiría.
—Está bien. —Indra le sonrió,—. Al menos, permíteme que llame al carruaje de la familia.
—Gracias —respondió Hinata agradecida—. ¿Espero en el recibidor?
Indra negó con la cabeza.
—Me temo que afuera hay tantos vehículos que el nuestro puede tardar varios minutos en llegar a la entrada. Entretanto, hay varios sitios tranquilos donde puedes esperar. Si no recuerdo mal, hay un saloncito que da a un invernáculo privado. Lo encontrarás pasado el recibidor, por el pasillo a la izquierda de las escaleras de caracol.
—Indra —murmuró Hinata, tocándole suavemente la manga y consiguiendo esbozar una leve sonrisa—. ¿Qué haría yo sin ti?
—No tendrás que averiguarlo jamás —respondió él solemnemente—. No hay nada que yo no hiciera por la esposa de mi hermano. El resto de la familia siente igual. Nos ocuparemos de ti y de Himawari. Siempre.
Hinata sabía que esas palabras deberían ser un consuelo. No obstante, no podía quitarse de la cabeza que, en realidad, era una carga para la familia de Toneri. La pensión que le había quedado tras la muerte de su esposo era casi nula, lo cual la había obligado a vender la elegante casa de columnas blancas en la que habían vivido. Estaba agradecida a los Õtsutsuki por lo generosos que habían sido al cederle dos habitaciones en la residencia familiar. Había visto la forma en que algunas familias se deshacían de las viudas, dejándolas de lado u obligándolas a casarse por segunda vez. En lugar de ello, los Õtsutsuki la trataban como una invitada a la que querían e, incluso más, como a un monumento vivo a la memoria de Toneri.
Hinata prosiguió su camino pegada a la pared del salón hasta golpearse bruscamente el omóplato izquierdo con el duro marco dorado de la puerta, decorado con molduras.
Ofuscada, salió a toda prisa al recibidor, con forma de ojo de cerradura, por donde se entraba a la mansión, propiedad de lord Katõ, conde de Warwick. Aquella residencia urbana estaba diseñada para celebraciones en las que se urdían estrategias políticas, se concertaban matrimonios y se intercambiaban fortunas. Lady Senju poseía una reputación, bien merecida, de experta anfitriona; siempre invitaba a sus bailes y veladas a la combinación perfecta de aristócratas, políticos y artistas famosos. Los Õtsutsuki la apreciaban y confiaban en ella, y les había parecido oportuno que Hinata reanudara su vida social asistiendo al baile que inauguraba la temporada.
El espacio circular del recibidor estaba flanqueado por dos inmensas escaleras curvas. Convenientemente situadas en la planta baja, las habitaciones principales de la mansión se ramificaban en grupos de saloncitos y zonas de visita que daban a invernáculos o a pequeños jardines pavimentados. Quien deseara tener una pequeña reunión privada o una cita romántica podía hallar un lugar apartado sin ninguna dificultad.
Hinata empezó a respirar mejor a medida que se alejaba del concurrido salón, de camino al saloncito que Indra le había sugerido. La falda del vestido de noche, hecho de seda cordada y de un tono azul tan oscuro que parecía negro, crujía pesadamente a cada paso que daba. El vestido llevaba un relleno de seda y crespón en el dobladillo de la falda, para darle la caída que dictaba la moda del momento, tan distinta a las livianas faldas de los vestidos que se habían llevado antes de que Toneri muriera.
La puerta del saloncito estaba entornada y la habitación sumida en la oscuridad. Sin embargo, por las ventanas se filtraba una luz glaciar que iluminaba lo suficiente para que Hinata pudiera ver sin necesidad de encender una vela. Un par de sillones franceses rinconeros y una mesita ocupaban una esquina, cerca de ellos había unos cuantos instrumentos musicales apoyados en soportes de caoba. Cortinas de terciopelo cubrían las ventanas y la repisa de la chimenea. La gruesa alfombra, con un dibujo de medallones florales, amortiguaba sus pasos.
Después de entrar en aquel recinto tranquilo y umbrío, Hinata cerró la puerta, se puso una mano en la ceñida cintura del vestido y suspiró largamente.
—Gracias a Dios —susurró, inmensamente aliviada de estar sola. Qué extraño... Se había acostumbrado tanto a la soledad que se encontraba incómoda entre mucha gente. Hubo un tiempo en el que le gustaba hacer vida social y divertirse, y en el que se encontraba a gusto en cualquier situación... pero eso se lo debía a Toneri. Ser su esposa le había otorgado la confianza que en esos momentos tanto le faltaba.
Mientras avanzaban a oscuras, notó una corriente de aire frío y se estremeció. Aunque el escote redondo del vestido era bastante discreto y prácticamente le cubría las clavículas, llevaba la garganta y los hombros al descubierto. Intentando averiguar de dónde provenía la corriente de aire, Hinata se fijó en que el saloncito se abría a un invernáculo que conectaba con los jardines exteriores, y en que habían dejado las cristaleras abiertas. Fue a cerrarlas, pero tuvo una extraña sensación y se quedó quieta, con la mano en el frío pomo de bronce. Al mirar por los esmerilados cristales el corazón comenzó a latirle más deprisa, hasta hacerle vibrar todas las extremidades del cuerpo.
Tuvo la sensación de hallarse al borde de un precipicio, a punto de saltar al vacío. Un fuerte impulso de refugiarse en el saloncito, de regresar incluso al salón atestado de gente se apoderó de ella. En lugar de retirarse, siguió aferrada al pomo hasta que la mano empezó a sudarle. La noche la atraía, alejándola de lo seguro y lo conocido.
Con un ligero estremecimiento, Hinata intentó reírse de su propia estupidez. Avanzó un paso, con la intención de aspirar aquel aire revitalizante. De repente, apareció ante ella una figura inmensa, la imponente silueta de un hombre. Hinata se quedó petrificada. Soltó el pomo como si la mano se le hubiera quedado sin vida, y el sobresalto le produjo un hormigueo en todo el cuerpo. Quizá fuera Indra para informarle de que el carruaje ya estaba listo. Pero aquel individuo era demasiado alto, y corpulento, para ser su cuñado, o ningún otro hombre que conociera.
Antes de que Hinata pudiera articular palabra, el desconocido pasó el brazo por las cristaleras entreabiertas y tiró de ella. Sofocando un grito, Hinata no tuvo más remedio que salir al invernáculo sumido en las sombras. El individuo la atrajo hacia sí, y ella se quedó rígida en sus brazos, incapaz de resistirse. Era tan fuerte que Hinata se sintió como un gatito indefenso en sus inmensas manos.
—Espere —exclamó Hinata perpleja. El cuerpo del desconocido era tan duro que parecía de acero. La chaqueta era suave al tacto cuando Hinata la tocó con manos sudorosas. La nariz se le impregnó de un olor a lino almidonado, tabaco, coñac y una mezcla profundamente masculina que, en cierto modo, le recordó el olor de Toneri. Hacía tanto tiempo que no la abrazaban así. En los tres últimos años no había acudido a ningún hombre en busca de consuelo, no había querido que ningún abrazo empañara el recuerdo de la última vez que su esposo la tuvo en sus brazos.
Sin embargo, en esta ocasión no había podido elegir. Mientras intentaba balbucear una protesta y se rebullía contra el sólido cuerpo del desconocido, él inclinó la cabeza y le murmuró al oído. Su voz la dejó estupefacta. Oyó un grave ronroneo, como la voz de Hades, el dios de los infiernos, cuando arrastró a Perséfone al reino de las sombras.
—Se lo ha tomado con calma, señora mía.
Hinata se dio cuenta de que él la había confundido con otra. Sin saberlo, había irrumpido en una cita romántica.
—Pero, yo... yo no soy...
Hinata no pudo terminar la frase porque él la besó. Se tensó alarmada, asombrada, horrorizada e inmensamente furiosa. Él le había arrebatado el último beso de Toneri... pero una sensación inesperada extinguió aquel pensamiento. Su boca era tan ardiente, tan apremiante y exigente, que Hinata tuvo que separar los labios. Jamás la habían besado así.
La boca del desconocido le transmitía un deseo tan inflamado que ella languideció ante tanto ardor. Volvió la cabeza para eludirlo, pero él siguió el movimiento y adoptó una posición que los acercaba todavía más. El corazón de Hinata había empezado a latir con un ruido ensordecedor, y un miedo instintivo se apoderó de ella.
Hinata percibió el momento exacto en que el hombre se percató de que no la conocía. Notó que se quedaba inmóvil ante la sorpresa y dejaba de respirar. «Ahora la soltaría», pensó confusa. Pero, tras un largo momento de duda, la sujetó con los brazos todavía firmes pero sin estrujarla. Notó que su mano inmensa la recorría hasta rodearle la nuca desnuda.
Había sido una mujer casada; creía ser experta y mundana. Pero aquel desconocido la besaba como nadie lo había hecho jamás, invadiéndola, saboreándola con la lengua, haciéndola estremecerse y retorcerse. Su boca, suave e inflamada, sabía a coñac y a algo más... una esencia íntima que ejercía una fuerte atracción sobre ella. Al final, Hinata notó que se abandonaba contra su fuerte cuerpo, aceptando la tierna intrusión de su beso, respondiendo incluso a la exploración de su lengua con tímidos avances de la suya. Tal vez fuera lo inesperado del encuentro, o la oscuridad que los envolvía, o el hecho de que fueran dos completos desconocidos.., pero, durante unos febriles instantes, ella fue otra en sus brazos. Impulsada a tocarlo en alguna parte, en cualquier parte, se le abrazó al cuello y palpó su nuca, suave y dura, y el espeso cabello corto que se le ensortijaba ligeramente en las yemas de los dedos. Su inmensa estatura la obligó a ponerse de puntillas. Le acarició la mejilla, notandola recién afeitada.
Aquella caricia pareció afectar intensamente al desconocido; Hinata notó su respiración cálida en la mejilla y el pulso palpitándole en el cuello. Deseaba la dura y masculina textura de su cuerpo, y absorbió su olor y su sabor ávidamente hasta que se dio cuenta bruscamente de lo que estaba haciendo.
Horrorizada, se apartó sofocando un grito y, al notar la primera señal de rechazo, el desconocido la soltó. Hinata huyó dando traspiés y se refugió en las sombras del invernáculo. Finalmente se detuvo al abrigo de una estatua alada, apoyándose en el muro de piedra que le cerraba el paso. Él la siguió, aunque no hizo ademán de volver a abrazarla, deteniéndose a tan corta distancia que Hinata casi pudo sentir el calor animal de su cuerpo.
—Oh —susurró Hinata con un temblor en la voz, protegiéndose con los brazos, como si pudiera contener las sensaciones que seguía notando en todos los poros de su piel—.Oh.
Estaba demasiado oscuro para que pudieran verse la cara, pero la voluminosa silueta del hombre se perfilaba bajo la luz trémula de la luna. Llevaba traje de etiqueta, debía de ser un invitado. Pero no tenía la constitución esbelta y elegante de un caballero ocioso. Poseía la formidable musculatura de hierro de un jornalero. Tenía los hombros y el pecho anchos, los muslos desarrollados. Los aristócratas carecían de una musculatura tan evidente. Preferían diferenciarse de quienes tenían que ganarse el pan con el sudor de la frente.
Cuando el desconocido habló, Hinata sintió que el tono grave de su voz le enviaba placenteras vibraciones por la espina dorsal. Su acento no era el de un noble. Se dio cuenta de que provenía de clase humilde. ¿Cómo podía un hombre de esa índole asistir a un baile como aquél?
—No es usted la dama que estaba esperando. —Guardó silencio y añadió, con patente ironía, consciente de que era demasiado tarde para disculparse—. Lo siento.
Hinata se esforzó por mantener la calma, aunque la traiciono el temblor de la voz.
—No pasa nada. Simplemente ha asaltado a la mujer equivocada. Estoy segura de que esto podría haberle sucedido a cualquiera que estuviera aquí a oscuras.
Hinata notó que su respuesta lo había sorprendido, que esperaba que ella se pusiera histérica. El desconocido emitió una risa apenas audible.
—Bien. Tal vez no lo siento tanto como pensaba.
Al ver que levantaba el brazo, Hinata pensó que quería volver a abrazarla.
—No me toque —dijo, retirándose hasta tener la espalda contra el muro. El desconocido apoyó la mano en la piedra que había junto a la cabeza de ella y se acercó hasta tenerla prácticamente aprisionada bajo su musculoso cuerpo.
—¿No deberíamos presentarnos?
—Desde luego que no.
—Al menos dígame esto... ¿está usted con alguien?
—¿Con alguien? —repitió Hinata sin comprender, retirándose hasta tener los omóplatos aplastados contra el muro.
—Casada —aclaró él—. Prometida. Comprometida con alguien.
—Oh... sí. Sí, lo estoy. —Podía ser viuda, pero estaba tan casada con el recuerdo de Toneri como lo había estado con él en vida. Al pensar en Toneri, Hinata se preguntó cómo había llegado su vida a ser lo que era, por qué había tenido que dejarla su maravilloso y amado esposo, y por qué ella estaba allí a oscuras, con un desconocido que prácticamente la había forzado.
—Perdóneme —dijo él con amabilidad—. Tenía que verme aquí con otra persona... una dama que, evidentemente, no es capaz de mantener su palabra. Cuando la vi entrar por la puerta, la confundí con ella.
—Quería... quería estar sola en algún sitio mientras me traían el carruaje.
—¿Se va tan pronto? No la culpo. Estas cosas son aburridísimas.
—No tienen por qué serlo —murmuró ella, recordando cuánto había reído, bailado y coqueteado con Toneri hasta altas horas de la madrugada—. Depende de a quién se tenga por compañero. Con la compañía ideal, una noche como ésta podría ser... mágica.
Su voz debió de transmitir la melancolía que sentía, porque el desconocido reaccionó de forma inesperada. Hinata notó el ardiente roce de las yemas de sus dedos en el hombro y el cuello, subiéndole hasta la mejilla, que tomó en la palma de la mano. Debería haberse apartado, pero el placer que le produjo aquella mano cálida acunándole la cara la dejó inmovilizada.
—Es usted lo más dulce que he tocado jamás —oyó decir al desconocido en la oscuridad
—.Dígame quién es. Dígame cómo se llama.
Hinata respiró hondo y se apartó del muro, pero no tenía escapatoria. La poderosa silueta masculina lo abarcaba todo, envolviéndola, y, sin pretenderlo, cayó directamente en sus brazos.
—Debo irme —dijo casi sin aliento—. Mi carruaje me espera.
—Que espere. Quédese conmigo. —El desconocido la abrazó, poniéndole una mano en la cintura y otra en la espalda, y Hinata, muy a pesar suyo, notó un estremecimiento de placer
—. ¿Tiene miedo? —preguntó él al percibir el involuntario temblor de Hinata.
—N—no —Hinata debería estar protestando, luchando por librarse de su abrazo, pero estar apretada contra su cuerpo, fuerte y protector, le producía un perverso placer. Se protegió con las manos, cuando todo lo que quería era abandonarse a su abrazo y recostar la cabeza en su ancho pecho. Se le escapo una risa vacilante—. Esto es una locura, Suélteme.
—Puede separarse cuando quiera.
Pero ella no se movió. Se quedaron juntos, respirando, conscientes de la fogosa pasión que sentían, mientras les llegaban algunos compases de la música que tocaban en el salón. El baile parecía estar muy lejos de allí.
Hinata notó el aliento caliente del desconocido en la oreja, y los pelos se le erizaron.
—Vuelva a besarme —dijo él.
—¿Cómo osa pedírmelo...?
—Nadie lo sabrá.
—No lo entiende —susurró ella con un temblor en la voz—. Yo no soy así... Yo no hago estas cosas.
—Somos dos extraños en la oscuridad —le susurró él—. Jamás volveremos a estar como ahora. No, no se aparte. Haga que esta noche sea mágica.
Le rozó el lóbulo de la oreja con los labios con una suavidad inesperada.
La situación superaba a cualquier experiencia anterior de Hinata. Jamás había entendido por qué las mujeres actuaban de forma imprudente en aquellos asuntos, por qué corrían riesgos y rompían sus votos para obtener un efímero placer físico, pero ahora lo sabía. Nadie le había causado una sensación tan honda en su vida. Se sentía vacía y frustrada, lo único que quería era abandonarse a su abrazo. Había sido fácil ser virtuosa mientras no había tenido tentaciones. Estaba descubriendo cuán débil realmente era su naturaleza. Intentó pensar en la imagen de Toneri, pero, para su desesperación, no pudo evocar su rostro. Lo único que veían sus ojos estupefactos era la noche estrellada, el brillo de la luna y la realidad palpable de un cuerpo desconocido.
Respirando trabajosamente, volvió la cabeza, sólo un leve movimiento, pero bastó para que su boca se topara con los labios ardientes del desconocido. Dios mío, aquello sí que era besar. Él usó la mano para apoyarle la cabeza en su hombro, asiéndola con firmeza mientras la besaba. El tacto de su boca era exquisito mientras la poseía con besos lentos y juguetones, usando la punta de la lengua para excitarla. Ella intentó apretarse más contra él, poniéndose de puntillas para buscar refugio en su cuerpo, fuerte y masculino. Él la sostuvo para que no perdiera el equilibrio, poniéndole un brazo en la espalda y el otro en las caderas. Hacia muchísimo tiempo que Hinata no sentía placer físico de ningún tipo, y desde luego no aquel abandono voluptuoso.
Los besos se volvieron más profundos, adquirieron una agresividad más sensual, y Hinata los respondía desesperadamente, mientras, por alguna razón, la fogosa pasión que sentía la hacía llorar. Notó unas lágrimas asomándole por la comisura de los ojos y resbalándole hasta la temblorosa barbilla, mientras continuaba besándolo con una especie de ansia desesperada que no podía controlar.
El desconocido le tocó la mejilla con los dedos y notó que estaba húmeda. Retiró lentamente la boca, dejándole la suya húmeda y ablandada por los besos.
—Ah —susurró él, rozándole la piel húmeda con los labios—. Dulce señora... dígame por qué mis besos la hacen llorar.
—Lo siento —dijo ella con un hilillo de voz—. Jamás debería...
Se apartó de él, aliviada de que no intentara seguirla cuando salió huyendo hacia el saloncito y hacia las habitaciones principales. Parecía que sus pies no corrieran lo bastante para alejarla de la escena de cuyo recuerdo, sabía, se avergonzaría, aunque le hiciera sentir un placer culpable durante el resto de su vida.
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Continuará...
