Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor

Hay OOC


«Capítulo dos»


Lady Senju, una mujer bonita y vivaz de cuarenta y cinco años, se río cuando una fuerte mano masculina la llevó del brazo hasta la ventana del salón principal. Estaba habituada a recibir la mayor deferencia de todos los hombres que conocía, a excepción de aquel, que parecía dar igual trato a las condesas que a las sirvientas. Le intrigaba que aquel varón, alto y carismático, que aparentemente ignoraba la gran barrera social que existía entre ellos, la tratara con tanta familiaridad. A pesar de la desaprobación de su esposo y amigos, o quizá precisamente por ello, había decidido brindarle su amistad.

Después de todo, una mujer no debía ser nunca demasiado previsible.

—Muy bien—dijo lady Senju, suspirando divertida—.Muéstreme quién ha conseguido despertar tanto interés en usted.

Juntos, observaron la hilera de carruajes y el hervidero de lacayos que había fuera, mientras la música de un vals procedente del salón se colaba por la puerta de la habitación donde se hallaban. La invitada que se estaba marchando en ese momento se volvió para darle las gracias al lacayo que la había ayudado a subir al carruaje. La luz dorada le dio de lleno en la cara.

Lady Senju notó que el hombre que tenía a su lado contenía la respiración.

—Allí—dijo, oscureciéndosele la voz—.Aquélla. La del vestido azul oscuro. Dígame quién es.

El rostro pertenecía a lady Hinata Hyuga, Õtsutsuki de casada, una joven que lady Senju conocía bien. Curiosamente parecía que el dolor por la pérdida de su esposo, que tantos estragos solía causar en la belleza de una mujer, sólo había conseguido realzar la hermosura de lady Hinata. Su figura, con cierta tendencia a engordar, se había vuelto esbelta y firme. La severidad de su peinado, con los relucientes cabellos negros azulados recogidos en un moño, sólo servía para resaltar la belleza poco común de sus facciones: la nariz pequeña, la boca suave y carnosa, y los ojos como perlas. Desde la muerte de su esposo, la tranquilidad de su carácter había dado paso a un aire de melancolía.

Tenía la perpetua expresión de estar absorta en algún sueño bello y triste. Y, después de todo lo que había perdido, ¿quién podía reprochárselo?

Los hombres se habrían arremolinado alrededor de aquella atractiva joven viuda como abejas ante una flor suculenta. No obstante, lady Hinata parecía llevar un cartel invisible que proclamara: «No tocar» Lady Senju había observado el comportamiento de la viuda aquella noche, preguntándose si estaba interesada en conseguir otro esposo.

Pero ella no había bailado con nadie y, por lo que parecía no había hecho ningún caso a los diversos hombres que intentaron captar su atención. Era evidente que la viuda no quería otro hombre, no en ese momento, y tal vez nunca.

—Oh, mi querido amigo —murmuró lady Senju al hombre que tenía junto a ella—. Por una vez, vuestro gusto es impecable. Pero esa dama no es para usted.

—Está casada —afirmó él más que preguntar. Sus ojos azules estaban tan inexpresivos como la pizarra.

—No. Lady Hinata es viuda.

Él miró a lady Senju con un interés que parecía causal, pero ella notó la tremenda fascinación que se agazapaba bajo aquella calma aparente.

—No la había visto hasta ahora.

—No me sorprende, querido. El esposo de lady Hinata pasó a mejor vida hace tres años, justo antes de que usted entrara en escena. Éste es el primer acto social al que asiste desde entonces.

Mientras el carruaje de lady Hinata se ponía en marcha y se alejaba, el hombre volvió a mirar el vehículo, y no dejó de hacerlo hasta perderlo de vista. A lady Senju le hizo pensar en un gato mirando un pájaro que se ha encumbrado demasiado alto para que él pueda alcanzarlo. Suspiró en muestra de solidaridad, pues conocía su personalidad ambiciosa. Siempre anhelaría las cosas que no había nacido para poseer y que no podría tener jamás.

—Toneri Õtsutsuki era todo aquello que un caballero debe ser—recalco lady Senju en un intento de explicar la situación—. Inteligente, apuesto y de una familia excepcional. Fue uno de los tres hijos varones del difunto vizconde Õtsutsuki.

— Õtsutsuki —repitió él, sin estar especialmente familiarizado con el nombre.

—Su cultura y su linaje son extraordinarios. Toneri poseía el físico y más encanto del que debería corresponder a un solo hombre. Estoy segura de que todas las mujeres que lo conocían se enamoraban un poco de él... pero él adoraba a su esposa, y no lo ocultaba. Celebraron una boda impresionante que jamás podrá igualarse. Uno de los Õtsutsuki me ha confiado que, probablemente, Hina no volverá a casarse jamás, porque cualquier relación posterior sería inferior a la que tuvo con Toneri.

—Hina —repitió él en voz baja.

—Un apelativo cariñoso que usan la familia y los amigos íntimos. —Lady Senju frunció levemente el entrecejo, incómoda ante el evidente interés del hombre por lady Hinata—. Querido, puedo asegurarle que esta noche hay aquí muchas damas encantadoras más dispuestas. Permítame que le presente a unas cuantas que estarían encantadas de recibir sus atenciones...

—Cuénteme todo lo que sepa sobre lady Hinata —dijo él, mirándola atentamente.

Lady Senju hizo un mohín y suspiró. —Muy bien. Mañana puede venir a tomar el té y hablaremos...

—Ahora.

—¿En medio del baile que estoy ofreciendo? Hay un momento y un lugar para... —Se quedó callada y se echó a reír cuando vio que el hombre la arrastraba sin ceremonias a un sofá próximo—. Querido. Su virilidad me resulta encantadora, pero tal vez sea un poco excesiva...

—Todo —repitió él, y le sonrió con tal picardía que el corazón empezó a latirle más deprisa—. Por favor.

Y, de repente, lady Senju sintió que no había nada en el mundo que deseara más que pasarse el resto de la velada olvidando sus responsabilidades sociales y contándole todo lo que él quisiera saber.

Hinata atravesó el umbral de la mansión familiar de los Õtsutsuki como un conejo que busca refugio en su madriguera. Aunque los Õtsutsuki no poseían suficiente dinero como para mantener la casa en perfecto estado, Hinata adoraba todos los rincones de aquel lugar, elegante y algo decrépito. Los tapices descoloridos y las alfombras de Aubusson deshilachadas eran de una familiaridad reconfortante. Dormir bajo el vetusto techo era como hacerlo en los brazos de un abuelo querido.

Aquella casa majestuosa, con frontones y columnas en la fachada e hileras de pulcras ventanitas, era donde Toneri había pasado su infancia. Era fácil imaginarse al niño revoltoso que debió de ser subiendo y bajando a todo correr por la escalera central, jugando en el césped de suave pendiente, durmiendo en el mismo cuarto donde en ese momento descansaba Himawari, la hija de Hinata.

Hinata se alegraba de haber vendido la residencia donde ella y Toneri habían vivido durante su breve y maravilloso matrimonio. Aquel lugar contenía los recuerdos más felices y más tristes de su vida. Prefería estar aquí, donde el dolor se atenuaba con imágenes agradables de la infancia de Toneri. Había retratos suyos de cuando era niño, lugares donde había grabado su nombre en la madera, baúles de juguetes y libros llenos de polvo que debieron de entretenerlo durante horas. Su familia... su madre, sus dos hermanos y sus esposas, por no hablar de los sirvientes que habían atendido a Toneri desde que era un bebé, eran amables y afectuosos. Todo el cariño que un tiempo le prodigaron a Toneri, el hijo predilecto, se lo entregaban a ella y a Himawari. Le resultaba fácil imaginarse pasando allí el resto de su vida, en el dulce mundo que los Õtsutsuki le ofrecían.

Sólo en raras ocasiones se sentía Hinata asfixiada por aquella reclusión tan perfecta.

A veces, mientras bordaba, la acosaban fantasías extrañas y descabelladas, que parecían escapar a su control. También había momentos en los que sentía emociones irreprimibles que no tenía forma de expresar. Quería hacer algo escandaloso, gritar en la iglesia, ir a algún sitio con un llamativo vestido rojo y bailar... o besar a un desconocido.

—Dios mío —susurró Hinata en voz alta, dándose cuenta de que había algo perverso en ella, algo que debía cerrarse bajo llave para que no aflorara jamás. Era un problema físico, la necesidad de una mujer de tener un hombre, el dilema al que se enfrentaban todas las viudas cuando ya no tenían un esposo que las visitara en la cama. Adoraba las caricias de Toneri y siempre había esperado con expectación las noches en que iba a su habitación y se quedaba hasta el amanecer. En aquellos tres últimos años, había luchado contra la necesidad inconfesable que sentía desde su muerte. No había confiado a nadie su problema, pues conocía bien el concepto que la sociedad tenía sobre el deseo femenino. Ni siquiera debería existir. Las mujeres debían servir de ejemplo a los hombres y usar su virtud para aplacar los bajos instintos de sus esposos. Debían someterse a ellos, pero jamás alentar su pasión y, por supuesto, no debían dar muestra alguna de sus propios deseos físicos.

—¿Señora?! ¿Qué tal el baile? ¿Se ha divertido? ¿Ha bailado? ¿Había gente que usted recordaba?

—Bien, sí, no y mucha —respondió Hinata, forzándose a sonreír cuando su doncella, Kurenai, salió a recibirla al umbral de su habitación. kurenai era la única sirvienta que Hinata había podido conservar tras la muerte de Toneri. Los otros sirvientes habían sido contratados por los Õtsutsuki o despedidos con buenas referencias y la indemnización más elevada que Hinata había podido conseguir. Kurenai era una atractiva mujer de unos cuarenta y cinco años, poseía una energía ilimitada y un buen humor perpetuo. Hasta su cabello oscuro era exuberante, negándose a quedarse sujeto en los moños que se hacía.

Trabajaba duro todos los días, primordialmente como niñera de Himawari, y sirviendo también a Hinata como doncella cuando era necesario.

—¿Cómo está Himawari? —dijo Hinata, acercándose al brasero y extendiendo las manos para calentarse—. ¿Le ha costado dormirse?

Kurenai esbozó una sonrisa triste. —Por desgracia sí. Se puso a hablar como un pajarillo sobre el baile, y sobre lo guapa que estaba usted con ese vestido azul.—Recogió el manto de Hinata y lo dobló pulcramente sobre el brazo—. Aunque, si quiere mi opinión, sus vestidos nuevos siguen pareciendo de luto; son de unos tonos oscurísimos. Ojalá se hiciera uno de color amarillo o de ese verde claro tan bonito que llevan todas las señoras...

—Llevo tres años vistiéndome de negro y de gris —la interrumpió Hinata sardónica, quedándose quieta mientras la doncella empezaba a desabrocharle los botones del vestido azul oscuro—. No puedo empezar a lucir un arco iris de colores así de repente, Kurenai. Hay que hacer las cosas poco a poco.

—Usted sigue llorando la muerte del pobre señor, señora. —Hinata notó que el vestido se le aflojaba en los hombros—. Creo que una parte de usted quiere mostrárselo al mundo, en especial a todos los caballeros que puedan desear pretenderla.

Las mejillas de Hinata adoptaron un rubor que nada tenía que ver con el calor del fuego. Afortunadamente Kurenai estaba detrás de ella y no se dio cuenta. Incomoda, pensó que al menos existía un hombre al cual ella no había intentado mantener a raya. De hecho, hasta lo había incitado a que la besara por segunda vez. El recuerdo de su boca seguía vívido. Él había trasformado una noche corriente en algo incierto, dulce y extraño.

La había abrazado con tanta audacia, y, no obstante, había sido tan.., tierno. Desde el momento en que huyó de él, Hinata no había podido dejar de preguntarse quién y cómo sería. Era posible que volviera a toparse con él sin llegar a saber que era el desconocido que la había besado.

Pero reconocería su voz. Cerrando los ojos, recordó su viril ronroneo, envolviéndola como el humo: «Dulce señora... dígame por qué mis besos la hacen llorar.»

Se tambaleó ligeramente y la voz preocupada de Kurenai la devolvió a la realidad.

—Debe de estar cansada, señora. Es su primer baile desde que el señor falleció... ¿Es por eso por lo que ha vuelto pronto a casa?

—En realidad, me he marchado porque empezaba a tener una de mis migrañas y...

—Hinata guardó silencio, confusa, y se frotó distraídamente las sienes—. Qué raro—murmuró—. Se me ha pasado. En cuanto empiezan, en general, es imposible detenerlas.

—¿Le traigo el tónico que le dio el doctor, por si le vuelve?

Hinata sacudió la cabeza, saliendo del vestido, que había caído a sus pies. —No, gracias —respondió, aún confusa. Parecía que el episodio del invernáculo había alejado cualquier indicio de jaqueca. Qué remedio tan extraño para las migrañas, pensó con remordimiento—. No creo que vaya a tener más problemas por esta noche.

Con la ayuda de Kurenai, se puso un camisón blanco de batista y una bata con encajes que se abrochaba por delante. Tras calzarse un par de desgastadas zapatillas, Hinata le dio las buenas noches a la doncella y subió las estrechas escaleras que conducían al cuarto de los niños. La vela que llevaba vertió su luz trémula sobre la angosta habitación rectangular.

Una silla infantil tapizada con terciopelo rosa y adornada con un fleco de seda se hallaba en una esquina, junto a una pequeña mesa sobre la que había un servicio de té de juguete descascarillado por el uso. Una colección de viejos frascos de perfume llenos de agua coloreada estaba cuidadosamente dispuesta en las estanterías inferiores de la librería. Había al menos media docena de muñecas diseminadas por todo el cuarto. Una estaba sentada en la silla, y otra montada en el baqueteado caballo de juguete que había pertenecido a Toneri. Y Himawari dormía con otra muñeca en los brazos.

Hinata sonrió al acercarse a la cama, sintiendo un profundo amor al ver a su hija dormida. La carita de Himawari era inocente y estaba serena. Sus pestañas oscuras descansaban en sus rollizas mejillas, y tenía la boca ligeramente abierta. Arrodillándose junto a la cama, Hinata le tocó una mano, sonriendo al ver los restos de azul y verde que aún le quedaban a pesar de habérselas lavado vigorosamente. A Himawari le encantaba pintar y dibujar, y siempre llevaba las manos manchadas de colores. A sus cuatro años, sus rollizas manitas aún seguían recordando a las de un bebé.

—Qué manitas tan deliciosas —susurró Hinata, y le besó una. Se puso de pie sin apartar los ojos de su hija. Cuando nació, todo el mundo, Hinata incluida, pensó que se parecía a los Õtsutsuki. No obstante, Himawari se había convertido en su réplica casi exacta, pequeña, con el cabello negro azulado. Era una adorable miniatura de ella.

«Ojalá pudieras verla», pensó Hinata con melancolía. —Qué padre habrías tenido, Himawari —susurró. Le dolía saber que su hija crecería sin la seguridad y la protección que un padre le habría proporcionado... Pero ningún hombre podría jamás sustituir a Toneri.

Naruto Uzumaki necesitaba una esposa. Se había fijado en la clase de señoras con las que estaban casados los hombres ricos y de buena posición: mujeres serenas que nunca levantaban la voz, y que llevaban la casa y todos los detalles de la vida de un hombre. Los sirvientes de una casa bien dirigida parecían trabajar al unísono como el mecanismo de un reloj.., todo lo contrario de la suya. A veces, sus criados hacían bien las cosas, pero otras le hacían la vida imposible. Las comidas a menudo se servían tarde; las sábanas, la plata y los muebles nunca estaban impecables, como en otras casas pudientes, y la despensa siempre estaba a rebosar o completamente vacía.

Naruto había contratado a varias amas de llaves hasta darse cuenta de que incluso las mejores seguían necesitando la supervisión de la señora de la casa. Y Dios sabía que su madre era incapaz de dar órdenes al servicio, aparte de pedirle tímidamente a una criada una taza de té o que la ayudara a vestirse.

—Son sirvientes, madre —le había dicho pacientemente Naruto, al menos un centenar de veces—. Esperan que usted les pida cosas. Quieren que lo haga. De lo contrario, no tendrían trabajo. Así que intente que no parezca que está pidiéndoles perdón cada vez que necesita algo, maldita sea, y toque la campanilla con cierta autoridad.

Pero su madre sólo se había reído y protestado, aduciendo que detestaba molestar a nadie, aun cuando le pagaran para ello. No, su madre no iba nunca a mejorar en aquel terreno, había vivido en la miseria durante demasiado tiempo y jamás sabría tratar a un sirviente.

Parte del problema era que sus criados, como su dinero, eran nuevos. Otros hombres adinerados habían heredado una casa con sirvientes experimentados que llevaban años, incluso décadas, viviendo y trabajando juntos. Naruto había tenido que contratar a los suyos en un santiamén. Algunos se estaban iniciando en el oficio, pero la mayoría habían sido despedidos de sus anteriores puestos por razones diversas. En otras palabras, tenía a su cargo la mayor acumulación de borrachos, madres solteras, chapuceros y ladronzuelos del oeste de Londres.

Sus amigos le habían aconsejado que la mujer idónea podría hacer maravillas para mejorar la gestión de su casa, dejándole a él las manos libres para hacer lo que mejor sabía: dinero. Por primera vez en su vida, Naruto encontraba la perspectiva de casarse sensata e incluso atractiva. No obstante, tenía que encontrar a la mujer idónea y convencerla de que lo aceptara, y eso no era tarea fácil. La mujer que tomara como esposa debería cumplir una serie de requisitos.

Por lo pronto, tendría que ser de sangre azul, si quería tener acceso a los círculos de la alta sociedad a los que aspiraba. De hecho, considerando su propia falta de modales y educación, lo mejor sería que, para compensarlo, ella fuera de un linaje que se remontara a Guillermo el Conquistador. No obstante, no debería ser condescendiente con ella; no tendría una esposa que lo mirara por encima del hombro. También debería ser independiente, para que no le importaran sus frecuentes ausencias. Era un hombre ocupado, y lo último que necesitaba era que nadie lo agobiara e intentara usurparle el poco tiempo del que disponía.

La belleza no era un requisito. De hecho, no quería que su esposa fuera tan hermosa que los demás hombres estuvieran siempre mirándola e intentando seducirla. Era esencial que gozara de buena salud física y mental, pues quería tener hijos fuertes e inteligentes. También debería tener habilidades sociales, porque tendría que introducirlo en una sociedad que claramente se negaba a aceptarlo.

Naruto sabía de buena tinta que muchos aristócratas se burlaban de él a sus espaldas por sus orígenes humildes y por la rapidez con que había amasado su fortuna, aduciendo que tenía una mentalidad burguesa y mercantil, que no sabía lo que era el buen gusto, la elegancia y los buenos modales. No se equivocaban. Él conocía sus limitaciones.

Sin embargo, saber que nadie podía reírse abiertamente de él le producía un placer macabro. Se había convertido en una fuerza con la que había que contar. Había hundido sus tentáculos en bancos, negocios, inmobiliarias, sociedades de cartera... Era probable que tuviera algún tipo de vínculo financiero, fuera grande o pequeño, con todos los hombres acaudalados de Inglaterra.

La nobleza no querría que él contrajera matrimonio con alguna de sus preciadas hijas. Casarse con una aristócrata significaba unir familias importantes, mezclar sangres azules. Un perro con un pedigrí impecable no se apareaba con un chucho callejero. Salvo que aquel chucho en particular tuviera suficiente dinero como para comprar todo lo que quisiera, incluso a una esposa de alcurnia.

Con aquel fin, había organizado un encuentro con lady Hinata Õtsutsuki. Si su invitación era lo bastante tentadora, ella vendría a tomar el té. Naruto había calculado que pasaría un día mientras aquella viuda tan esquiva consideraba la posibilidad, otro mientras sus amigos y parientes intentaban disuadirla y un tercero mientras su curiosidad se apoderaba de ella. Para su satisfacción, ella había aceptado su invitación. La vería hoy.

Se acercó a la ventana de la biblioteca, la vasta habitación ubicada en la esquina noreste de su mansión gótica. La casa pertenecía a un estilo que su arquitecto había llamado «cottage orné», un término que, según lo que Naruto había acabado por suponer, significaba pretencioso y excesivamente caro. No obstante, era muy admirada por la alta sociedad, o al menos era el tema de muchas conversaciones, y cumplía el objetivo que pretendía Naruto: demostrar que era un hombre importante a quien había que tener en cuenta. Era una tarta de boda inmensa cargada de capiteles, torres, arcos, invernáculos y cristaleras. Un edificio de veinte habitaciones que se erigía insolente en un solar inmenso al oeste de Londres. Lagos artificiales y frondosos bosquecillos embellecían el paisaje, por no mencionar los jardines, parques y paseos, serpenteantes y también rectos, a gusto del visitante.

Se preguntó qué pensaría lady Hinata de su propiedad, si la consideraría un paraíso o un horror. Probablemente poseería el buen gusto que caracterizaba a casi todas las damas de su posición, el buen gusto que Naruto admiraba, pero que parecía incapaz de emular. Él se inclinaba por estilos ostentosos que dieran fe de su prosperidad; no podía evitarlo.

El reloj de péndulo que había en el recibidor lo alertó de la hora, y él contempló desde la ventana el camino circular por el que se accedía a su casa.

—Lady Hinata —dijo en voz baja, excitado ante la perspectiva—. La estoy esperando.

A pesar de las objeciones unánimes de los Õtsutsuki, Hinata había decidido aceptar la inesperada invitación del señor Naruto Uzumaki para tomar el té. No había podido resistirse. Desde la noche en el baile de los Senju, su vida había retomado el ritmo sereno de siempre, pero, por alguna razón, la reconfortante rutina que le ofrecían los Õtsutsuki había perdido su magia. Estaba harta de bordar y de escribir cartas, y de todas las actividades refinadas que la habían distraído durante los últimos tres años. Desde aquellos besos furtivos en el invernáculo de los Senju, se sentía inquieta. Quería que sucediera algo, alterar el previsible fluir de su existencia.

Entonces había llegado la carta del señor Naruto Uzumaki, con una frase de apertura que la había fascinado al instante:

"Aunque no he tenido el honor de conocerla, al parecer necesito su ayuda en un asunto que atañe a mi casa..."

¿Cómo era posible que un hombre tan notorio como el señor Uzumaki necesitara su ayuda?

Todos los Õtsutsuki consideraban que conocerlo era una decisión imprudente. Habían señalado que muchas damas importantes no se rebajaban a que les fuera presentado.

Incluso algo tan inocuo como un té podría provocar un escándalo.

—¿Un escándalo? ¿Por un simple té? —había respondido Hinata con escepticismo, y el hermano mayor de Toneri, Asura, se lo había explicado.

—El señor Uzumaki no es un hombre corriente, querida. Es un trepador, un advenedizo; es inculto y vulgar. Corren rumores sobre él que me horrorizan, y como tú ya sabes, soy un hombre de mundo. De tu asociación con él no podría salir nada bueno. Por favor, Hinata, no te expongas a que te hagan daño ni a que te insulten. Rechaza su invitación de inmediato.

Ante la seguridad de Asura, Hinata había considerado no aceptar la invitación del señor Uzumaki. No obstante, su curiosidad era más fuerte. Y la perspectiva de quedarse de brazos cruzados cuando uno de los hombres más poderosos de Inglaterra quería conocerla... bueno, sencillamente, tenía que averiguar el porqué.

—Creo que podré hacer frente a su mala influencia durante al menos una o dos horas—dijo, quitándole importancia al asunto—. Y si considero que su conducta es impropia, me marcharé sin más dilación.

Asura, la miró con desaprobación.

—Toneri jamás habría querido que te relacionaras con un personaje tan vil. Aquel comentario bastó para que Hinata se desmoronara. Bajó la cabeza y se contuvo para no llorar. Había jurado que durante el resto de su vida viviría como su difunto esposo habría deseado. Toneri la había protegido de todo lo que no fuera decoroso y bueno, y ella había confiado a ciegas en su criterio.

—Pero Toneri no está —susurró, y miró el rostro tenso de Asura con los ojos inundados de lágrimas—. Ahora debo aprender a fiarme de mi criterio.

—Y si tu criterio no es acertado —replicó él—, me veo obligado a intervenir, por la memoria de mi hermano.

Hinata sonrió levemente, pensando que, desde el día en que nació, siempre había tenido a alguien para protegerla y guiarla. Primero, sus queridos padres, luego Toneri... y en esos momentos la familia de este.

—Deja que cometa algunos errores, Asura—dijo—. Ahora debo aprender a tomar decisiones, por el bien de Himawari y no sólo por el mío.

—Hinata... —Asura adoptó un tono ligeramente exasperado—. ¿Qué podrías ganar visitando a un hombre como Naruto Uzumaki?

Hinata se excitó ante la perspectiva, comprobando cuán desesperadamente necesitaba huir de la protección que le prodigaban los Õtsutsuki.

—Bueno —dijo— Confío en que pronto lo averiguaré.

La información que los Õtsutsuki habían conseguido reunir sobre el señor Uzumaki no había disminuido en lo más mínimo su preocupación por la falta de juicio que Hinata mostraba al aceptar la invitación. Amigos y conocidos los habían puesto gustosamente al corriente de todo lo que sabían sobre aquel esquivo recién llegado a la sociedad de Londres. En muchos círculos, lo tildaban de príncipe mercader, y el término no pretendía ser un halago. Era escandalosamente rico, y su vulgaridad era casi tan grande como su fortuna.

Excéntrico, interesado no en el dinero sino en el poder que proporcionaba, Uzumaki no dudaba en aplastar a sus competidores como un león a los cristianos. No negociaba como un caballero, aceptando los acuerdos y limitaciones implícitos. Según se decía, si no se especificaban todas las condiciones, Uzumaki se aprovechaba cruelmente de las lagunas.

Aunque los aristócratas eran reacios a hacer negocios con él, los hacían de todas formas, confiando en recibir una fracción mínima de los inmensos beneficios que jalonaban su camino.

Alguien había dicho que Uzumaki había empezado siendo boxeador. Un vulgar boxeador callejero. Y luego había conseguido que lo contrataran como capitán en un barco de vapor y había ido adquiriendo cada vez más rutas. Su carácter implacable y sus astutas maquinaciones habían dejado en la bancarrota a sus competidores o los habían forzado a fusionarse con él.

La próspera fortuna de Uzumaki se había multiplicado cuando empezó a vender mercancías al público a precios excesivos y se dedicó a los bienes raíces. Como en Inglaterra escaseaban los terrenos en venta, había comprado millares de tierras de labor en América y la India. Las dimensiones de sus granjas hacían que las propiedades centenarias de los aristócratas británicos parecieran ridículas en comparación, y la ingente cantidad de artículos que Naruto producía e importaba había aumentado aún más su fortuna. Últimamente Uzumaki había invertido en la construcción de una línea de ferrocarril en Durham, que, según se decía, permitiría a una locomotora de vapor arrastrar vagones cargados a una velocidad de veinte kilómetros por hora. Aunque todo el mundo sabía que la fuerza de vapor jamás sustituiría a los caballos para el transporte de pasajeros, el experimento se seguía con impaciencia porque el señor Uzumaki estaba implicado.

—Uzumaki es peligroso —dijo lord Hashirama, un anciano amigo de los Õtsutsuki que había estado cenando con ellos. Hashirama pertenecía a las juntas de varios bancos y compañías de seguros—. Todos los días presencio cómo las riquezas de Inglaterra pasan de estar en manos de familias nobles y de la aristocracia rural a pertenecer a oportunistas como Uzumaki. Si le permitimos mezclarse con nosotros, sólo porque se ha hecho rico..., será el fin de la buena sociedad que hoy conocemos.

—Pero ¿acaso no debería recompensarse el éxito? —había preguntado Hinata vacilante, sabiendo que una mujer respetable jamás debía participar en conversaciones sobre política o economía. No obstante, no había podido resistirse—. ¿No deberíamos reconocer el éxito del señor Uzumaki aceptándolo en nuestra sociedad?

—No es apto para nuestra sociedad, querida —respondió Lord Hashirama con énfasis—. La nobleza es el producto de generaciones de cultura, educación y refinamiento. Uno no puede comprarse un lugar en la alta sociedad, que es exactamente lo que está intentando hacer el señor Uzumaki. No tiene honor ni linaje y, por lo que sé, apenas si tiene educación.

Yo comparo a Uzumaki con un mono adiestrado; sólo sabe hacer una cosa: barajar cifras hasta que, de alguna forma, acaba convirtiendo una cantidad pequeña en otra inmensa.

Los demás invitados y los Õtsutsuki asintieron unánimemente.

—Entiendo —murmuró Hinata y se concentró en la comida que tenía en el plato mientras pensaba para sus adentros que el tono de lord Hashimara no estaba exento de cierta envidia. Era posible que el señor Uzumaki sólo supiera hacer una cosa, pero ¡vaya don el suyo! Todos los hombres de la mesa habrían querido poseer las dotes mercantiles de Uzumaki. Y que lo trataran con desprecio no la disuadió de querer conocerlo. De hecho, avivó aún más su curiosidad.

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Continuará...