Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor

Hay OOC


«Capítulo tres»


Hinata no había visto nada igual a la casa que Naruto Uzumaki tenía en Londres. Era de una opulencia que podría haber despertado la envidia de un Médicis. El recibidor, con lujosos suelos de mármol de estilo Rouge Royal, brillantes columnas doradas y tapices valiosísimos, tenía dos pisos de altura. Del techo encofrado de plata y oro colgaban inmensas arañas de cristal que iluminaban una cantidad asombrosa de estatuaria romana.

Enormes jarrones de malaquita llenos de palmas y frondosos helechos flanqueaban las cuatro puertas de acceso.

Un mayordomo sorprendentemente joven condujo a Hinata por el recibidor hacia el conjunto de habitaciones que albergaba la biblioteca.

—¿Habitaciones? ─había repetido Hinata perpleja, y el mayordomo le había explicado que la colección privada de libros, manuscritos, folios antiguos y mapas del señor Uzumaki era demasiado extensa para caber en una sola habitación. Hinata reprimió el impulso de volverse de un lado a otro para ver lo que tenía a su alrededor. Las paredes del pasillo estaban tapizadas de seda azul con centenares de mariposas de cristal adheridas a la tela. La puerta de acceso a la biblioteca estaba flanqueada por dos Rembrandts, cada uno más valioso que las mejores obras en posesión de los Õtsutsuki.

Educada para pensar que la simplicidad era el entorno que mayor tranquilidad y reposo podía ofrecer, Hinata encontró aquel lugar de un mal gusto extraordinario. Pero su aparatosidad era tan espectacular que la hizo sonreír. Recordando que Uzumaki había empezado siendo boxeador, sintió una admiración que rayaba en el respeto ante el hecho de que alguien pudiera llegar tan lejos.

El mayordomo la condujo a una habitación iluminada por la luz que se colaba a través de un intrincado techo de cristal plomado. Las paredes estaban tapizadas con terciopelo verde y tenían una gran cantidad de trípticos que parecían retratos de venerables antepasados. Innumerables hileras de estanterías acristaladas contenían interesantes colecciones de volúmenes. Qué tentadora era la idea de sacar un libro, sentarse en uno de aquellos mullidos sillones de piel y apoyar la espalda en un cojín afelpado. Al pasar junto a un enorme globo terráqueo, que debía de medir casi dos metros de diámetro, Hinata se detuvo y lo tocó tímidamente.

─Jamás había visto una biblioteca tan suntuosa como ésta ─dijo. Aunque el mayordomo se esforzó por permanecer impasible, su expresión proclamaba una mezcla de diversión y orgullo.

─Esto no es más que la entrada a la biblioteca, señora. La sala principal está más adelante.

Hinata lo acompañó a la habitación contigua y se detuvo en el umbral sofocando un grito. Parecía la biblioteca de un palacio; era demasiado espectacular para pertenecer a una sola familia.

─¿Cuántos libros contiene? ─preguntó ella.

─Casi veinte mil volúmenes, creo.

─Al señor Uzumaki debe de gustarle mucho leer.

─Oh, no; el señor no lee casi nunca. Pero le gustan los libros.

Conteniendo la risa ante aquel comentario tan incongruente, Hinata siguió avanzando. La sala principal de la biblioteca tenía tres pisos de altura y estaba coronada por un techo con elaborados frescos de ángeles y escenas celestiales. Del brillante suelo de parqué emanaba una fresca fragancia a cera de abeja, que se mezclaba gratamente con el olor de la piel y la vitela de los libros, aderezada con un leve aroma a tabaco. Un fuego ardía en una chimenea de mármol verde labrado donde podría estacionarse un carruaje. Al fondo de la sala se hallaba una mesa de caoba tan inmensa que debieron de necesitarse doce hombres para trasladarla. El hombre que estaba sentado tras ella se puso de pie, y el mayordomo anunció a Hinata.

Aunque ya le habían presentado a miembros de la nobleza y de la realeza sin que ella perdiera la compostura, Hinata se sintió un poco nerviosa. Tal vez fuera por la reputación del señor Uzumaki, o por el esplendor del entorno, pero lo cierto es que notó que le faltaba momentáneamente el aire cuando se acercó a él. Se alegraba de haber llevado su mejor vestido de seda italiana color café, con el cuello de encaje color vainilla y las amplias mangas sujetas en los codos con franjas de tela.

«Caramba, es joven», pensó Hinata sorprendida, pues esperaba encontrarse con un hombre de entre cuarenta y cincuenta años. Sin embargo, Naruto Uzumaki no podía tener más de treinta. A pesar de su elegante ropa, una chaqueta negra y pantalones gris oscuro, le recordó a un zorro, alto y fornido, sin el refinamiento aristocrático al que ella estaba acostumbrada. Las rebeldes greñas que le caían sobre la frente tendrían que haber sido fijadas hacia atrás con crema y llevaba el nudo de la corbata demasiado flojo, como si hubiera estado tirando de él sin darse cuenta.

Uzumaki era apuesto, aunque tenía las facciones poco refinadas, tenía una mandíbula poderosa, la boca grande, patas de gallo que delataban sentido del humor y cicatrices en forma de bigotes de gato. Hinata tuvo la extraña sensación de que ya lo conocía. Sus ojos eran de un azul profundo, y aquel color hacía que su despierta mirada fuera tan penetrante que Hinata se sintió visiblemente incómoda.

El diablo debía de tener ojos como aquéllos, audaces, sabios... sensuales.

─Bienvenida, lady Hinata. No creí que fuera a venir.

Al oír el sonido de su voz, Hinata dio un ligero respingo. Cuando recobró la compostura, se quedó paralizada y con la mirada clavada en la alfombra. Tuvo la sensación de que la habitación empezaba a dar vueltas y se concentró en mantener el equilibrio mientras la confusión y el pánico se apoderaban de ella. Conocía aquella voz, la habría reconocido en cualquier parte. Era la del desconocido, la del hombre que le había hablado con tanta ternura y la había besado con una pasión que ella jamás olvidaría. Se ruborizó azorada y le pareció imposible volver a mirarlo a la cara. Pero el silencio la obligó a decir algo.

─Estuvieron a punto de disuadirme ─susurró. ¡Oh, ojalá hubiera hecho caso a la familia de Toneri y se hubiera quedado entre las seguras paredes del hogar de los Õtsutsuki!

─¿Puedo preguntarle qué la hizo decidirse en mi favor? ─Su tono era tan educado, tan suave, que ella alzó la mirada sorprendida. Aquellos ojos azules la miraban sin ningún atisbo de burla.

«No me ha reconocido», pensó Hinata, aliviada. Aquel hombre no sabía que ella era la mujer a quien había besado en el baile de los Senju. Humedeciéndose los labios resecos, intentó entablar una conversación normal.

─Yo... no lo sé exactamente ─dijo─. La curiosidad, supongo. Aquello hizo sonreír al señor Uzumaki.

─Es una razón tan válida como cualquier otra.

Le tomó la mano en señal de bienvenida, abarcándosela por completo con sus largos dedos. El cálido roce de su piel atravesó el delicado guante que llevaba puesto.

Hinata estuvo a punto de tambalearse cuando súbitamente recordó.., el ardor de su piel la noche del baile de los Senju, la contundencia y la pasión de su boca cuando la besó... Retiró la mano, visiblemente incómoda.

─¿Nos sentamos? ─Uzumaki señaló un par de sillones de estilo Luis XIV situados junto a una mesa de té de mármol.

─Sí, gracias. ─Hinata agradeció la idea de sentarse en un sillón, pues no estaba muy segura de que no fueran a flaquearle las piernas. Después de sentarse ella, Uzumaki ocupó el sillón que había enfrente. Separó los muslos y se inclinó levemente hacia delante.

─Té, Konohamaru ─musitó al mayordomo; luego volvió a concentrar su atención en Hinata y le dedicó una sonrisa encantadora─. Espero que lo encuentre aceptable, señora. Tomar refrigerios en mi casa es como jugar a la ruleta.

─¿La ruleta? ─Hinata frunció el entrecejo, intrigada por aquel término tan poco familiar.

─Un juego de azar ─explicó él─ Si tiene un buen día, mi cocinera es insuperable. Si lo tiene malo.., bueno, podrías romperte un diente con sus galletas.

Hinata se río súbitamente, relajándose un poco al constatar que Uzumaki tenía quejas sobre la servidumbre como cualquier hombre corriente.

─Seguramente, con un poco de supervisión ─empezó a decir; luego guardó silencio al darse cuenta de que estaba a punto de darle un consejo que no le había pedido.

─En mi casa no hay una verdadera supervisión, señora. Todos salimos del paso como podemos, pero eso es algo de lo que quiero hablar luego con usted.

¿Era aquél el motivo de su invitación? ¿Conocer su opinión sobre cómo llevar bien una casa? Claro que no. Debía de sospechar que era la mujer del baile de los Senju. Quizás estuviera jugando con ella. Quizá le hiciera unas cuantas preguntas capciosas para ver si ella mordía el anzuelo. En tal caso, la mejor defensa era sacarlo todo a la luz cuanto antes. Le explicaría sencillamente que aquella noche él la había sorprendido, que se había comportado de una forma totalmente impropia de ella porque la había pillado con la guardia baja.

─Señor Uzumaki ─dijo. El nudo en la garganta casi no la dejaba hablar─ hay algo que... que debería decirle...

─¿Sí? ─La miró interesado con aquellos ojos tan azules.

De repente, a Hinata le pareció imposible haber besado a aquel individuo fornido y viril, haberlo abrazado y haberle acariciado las mejillas recién afeitadas... que él le hubiera secado las lágrimas con sus besos. En el furtivo momento en que había estado con él, había compartido más intimidad que con ningún otro hombre salvo Toneri.

─Us─usted... ─Tuvo la sensación de que el corazón iba a estallarle. Maldiciéndose por su cobardía, Hinata se echó atrás─ Tiene una casa muy bonita.

Él esbozó una sonrisa. ─Pensé que no sería de su agrado.

─No lo es, al menos del todo. Pero cumple impecablemente su propósito. Le contestó ella

─¿Y qué propósito es ése?

─Caramba, anuncia a todo el mundo que usted ha llegado.

─Exacto. ─La miró cautivador─ Hace unos días, un barón pomposo me llamó «arribista». Tardé un poco en descubrir lo que significaba.

─Será porque acaba usted de «arribar» a nuestra sociedad ─repuso ella en tono jocoso.

─No era un cumplido ─dijo él con sarcasmo.

Intuyendo que Uzumaki debía de haber recibido centenares de sutiles desplantes por parte de los nobles con los que se había codeado, Hinata sintió un punto de compasión.

Uzumaki no tenía la culpa de que sus orígenes no fueran estelares. Sin embargo, la aristocracia inglesa compartía la opinión de que un hombre no debía intentar jamás subir de categoría. Los sirvientes, o la clase trabajadora, jamás tendrían acceso a los estratos superiores de la sociedad, por muy vastas que fueran sus fortunas. Pero Hinata, en cambio, se inclinaba más bien a pensar que el éxito por si solo debería bastar para que la buena sociedad aceptara a un hombre como aquél. Se preguntó si Toneri habría estado de acuerdo con ella, o lo que habría pensado de aquel hombre. Lo cierto es que no tenía ni la más remota idea.

─En mi opinión, sus éxitos son dignos de admiración, señor Uzumaki─dijo ell─ .Los nobles se limitan a conservar las riquezas que los antiguos reyes concedieron a sus familias en recompensa por sus servicios. Usted ha amasado su propia fortuna, y eso exige inteligencia y voluntad. Aunque el barón no estuviera haciéndole un cumplido al llamarle arribista, así debería habérselo tomado usted.

Uzumaki se quedó mirándola durante un instante que a Hinata le pareció interminable.

─Gracias ─musitó finalmente.

Para sorpresa de Hinata, sus palabras habían conseguido que Uzumaki se ruborizara levemente. Supuso que no estaba habituado a elogios tan directos como aquél. Confió en que no pensara que su intención era coquetear con él.

─Señor Uzumaki, no estaba lisonjeándolo ─dijo.

Uzumaki sonrió por la comisura de la boca. ─Estoy seguro de que usted no me lisonjearía... Sea lo que sea eso.

Llegaron dos sirvientas con enormes bandejas de plata y se pusieron a servir la mesa de té. La más rolliza, que servía platitos de sándwiches, tostadas y galletas, parecía nerviosa y no podía evitar reírse mientras desempeñaba su labor. La más bajita puso toscamente los cubiertos de plata y las servilletas, y colocó las tazas y los platos en donde no debía. Les costó colocar la tetera en el fogoncillo y estuvieron a punto de volcarla.

Incómoda ante la ineptitud de las muchachas, que sin duda necesitaban que las instruyeran un poco en sus deberes, Hinata optó por simular que no se daba cuenta.

La evidente falta de formación que tenían las sirvientas la sorprendió. «Un hombre de la posición del señor Uzumaki debería contar con un servicio impecable», pensó. Un criado bien formado era silencioso, eficiente y se esforzaba por pasar inadvertido. Por experiencia, Hinata sabía que una sirvienta jamás llamaría la atención y preferiría morir antes que reírse delante de un invitado.

Cuando las criadas por fin terminaron los preparativos y se marcharon, Hinata se desabrochó los pequeños guantes grises y se los quitó con delicadeza, tirando de los dedos. Se detuvo al notar la intensidad con que la miraba el señor Uzumaki, y lo miró con una sonrisa interrogante.

─¿Puedo? ─preguntó, señalando el servicio de té, y él asintió, volviendo de inmediato a centrar su atención en sus manos.

Había algo en los ojos de Uzumaki, un brillo inquietante que la hizo sentirse como si estuviera desabrochándose la blusa y no quitándose unos simples guantes. Era habitual descubrirse las manos ante un caballero, y, sin embargo, su forma de mirarla imprimió una insólita intimidad a la situación.

Hinata aclaró la tetera de Sevres con agua hirviendo para calentarla, luego vertió el liquido en un cuenco de porcelana. Con mano experta, puso en la tetera la cantidad exacta de fragantes hojas de té y añadió agua caliente. Mientras se hacía el té, Hinata sirvió en los platos un surtido de sándwiches y galletas, y dio conversación a Uzumaki, a quien su iniciativa pareció gustarle.

─Ha llenado su biblioteca con una bella colección de retratos, señor Uzumaki.

─Los antepasados de algún otro ─respondió él con sarcasmo─. Los míos no eran de los que se hacían retratos.

Hinata sabía que muchos otros hombres con fortunas recién amasadas hacían lo mismo: colgar retratos de desconocidos en su casa para dar la impresión de que procedían de un linaje ilustre. Pero Naruto Uzumaki era el primer hombre que ella supiese que lo admitía abiertamente.

Le ofreció un platito y una servilleta.

─¿Vive aquí solo?

─No, mi madre y mi hermana, viven conmigo.

Aquello despertó el interés de Hinata.

─Creo que nadie me había dicho que usted tuviera una hermana.

Le pareció que Uzumaki le contestaba midiendo sus palabras.

─He estado esperando el momento idóneo para presentar a Tenten en sociedad, ella es especial, ella no es...Me temo que, hoy por hoy, podría resultarle bastante difícil. No le han enseñado a... ─ Guardó silencio nuevamente, buscando claramente una palabra que describiera el dominio que se le exigía a una mujer joven de áreas tan enrevesadas como las buenas formas y las aptitudes sociales.

─Entiendo. ─Hinata asintió de inmediato, frunciendo el entrecejo. Desde luego, seria difícil para una muchacha que no había sido rigurosamente instruida en ciertos aspectos. La alta sociedad podía ser despiadada. Además, la familia Uzumaki no destacaba en ninguna otra faceta que no fuera el dinero, y lo último que les faltaba era que Tenten fuera acosada por centenares de cazaforturnas─. ¿Ha considerado enviarla a alguna escuela para señoritas, señor Uzumaki? Si lo desea, yo puedo recomendarle una...

─Tiene veintiún años ─la interrumpió él─. Sería mayor que las demás alumnas; dice que «preferiría morirse» antes que ir a una de esas escuelas. Quiere vivir en casa.

─Naturalmente. ─Hinata vertió diestramente el té en un pequeño colador de plata con el mango en forma de pájaro─. ¿Prefiere el té fuerte, señor Uzumaki, o le pongo un poco de agua?

─Fuerte, por favor.

─¿Un terrón o dos? ─preguntó, dejando las delicadas pinzas suspendidas sobre el azucarero.

─Tres. Y sin leche.

Por alguna razón, Hinata no puedo evitar sonreír. ─Tiene debilidad por lo dulce, señor Uzumaki.

─¿Hay algo malo en ello?

─Desde luego que no ─respondió ella en voz baja─. Sólo estaba pensando que le encantarían los tés de mi hija. Para Himawari, tres terrones son el mínimo absoluto.

─Tal vez le pida a Himawari que me sirva el té algún día, entonces

─ Hinata no estaba segura de lo que aquello significaba, pero la intimidad que implicaba, la familiaridad que insinuaba, la incomodó. Obligándose a apartar los ojos de él, volvió a concentrarse en el té. Tras preparar una taza para Uzumaki, se dispuso a servirse ella, añadiendo un poco de azúcar y un buen chorro de leche.

─Mi madre pone antes la leche ─comentó Uzumaki, observándola.

─Tal vez podría sugerirle que es más fácil juzgar el té por su color cuando la leche se añade al final ─murmuró Hinata─.Los nobles tienden a despreciar a los que vierten primero la leche, porque quienes lo hacen son normalmente niñeras, sirvientes y...

─Gente de mi clase ─dijo él con sarcasmo.

─Sí. ─Hinata se obligó a mirarlo a los ojos─.Tenemos una frase para una mujer que no tiene suficiente educación, decimos que es «de las que pone la leche primero». Era presuntuoso por su parte darle aquel consejo, por muy buenas que fueran sus intenciones. No obstante, Uzumaki lo aceptó sin incomodarse.

─Se lo diré a mi madre ─dijo─.Gracias.

Relajándose un poco, Hinata probó una galleta. Era delicada, dulce y ligeramente esponjosa, un acompañamiento perfecto para el té. ─La cocinera tiene un buen día ─dijo después de tomarse un trozo.

Uzumaki se rió, una risa baja y oscura, profundamente atractiva. ─Gracias a Dios ─dijo.

Después de aquello, la conversación fue fluida, aunque a Hinata se le hacía extraño estar con un hombre que no fuera ni su pariente ni un antiguo conocido. Su fascinación por Naruto Uzumaki pronto desterró cualquier resquicio de timidez. Era un hombre extraordinario, con una ambición y un ímpetu que hacían que, a su lado, todos los hombres que ella conocía parecieran seres débiles y pasivos.

Fue tomándose el té mientras lo escuchaba describir sus últimos experimentos con la locomotora de vapor en Durham. Habló de bombas de alimentación que inyectaban agua en calderas, y de cómo el vapor era canalizado por la chimenea hasta la parte superior del vehículo, y sobre varios intentos de mejorar el tiro de la fragua para aumentar la potencia. Algún día no muy lejano, afirmó, la locomotora no sólo se utilizaría para transportar mercancías, sino también ganado e incluso personas, y las líneas de ferrocarril conectarían todas las ciudades importantes de Inglaterra. Hinata tenía sus reservas al respecto, pero estaba fascinada. Aquél era un tema del que un caballero rara vez hablaría con una dama, porque se pensaba que las damas estaban más interesadas en asuntos de familia, de sociedad y de religión. Pero era refrescante oír algo distinto de los chismorreos de sociedad, y Uzumaki conseguía explicar los aspectos técnicos de una forma comprensible para Hinata.

Naruto Uzumaki provenía de un mundo tan distinto al suyo, un mundo de hombres de negocios, inventores, empresarios... Era obvio que jamás encajaría en la aristocracia, esclava de una tradición secular. No obstante, también era obvio que estaba decidido a hacerse un lugar en la buena sociedad, y que Dios se apiadara de quien intentara disuadirlo.

«Debe de ser agotador vivir con él», pensó Hinata, preguntándose cómo soportaban su madre y hermana su energía inagotable. Tenía la mente insólitamente activa y un sinfín de intereses, y sus evidentes ganas de vivir la asombraban. Uno se preguntaba si alguna vez le quedaba tiempo para dormir. No pudo evitar compararlo con Toneri, que adoraba los paseos largos y tranquilos, leer plácidamente con ella junto al fuego durante las tardes lluviosas y demorarse por las mañanas viendo jugar a su hija. No podía imaginar que Naruto Uzumaki pudiera permanecer sentado mientras contemplaba algo tan trivial como un niño aprendiendo a gatear.

De alguna forma, la conversación fue derivando poco a poco hacia temas más personales, y Hinata se encontró describiendo su vida con la familia de Toneri y los detalles de su viudedad. Normalmente, cuando hablaba sobre Toneri con alguien que lo había conocido, se le hacía un nudo en la garganta y se le humedecían los ojos. Sin embargo, Uzumaki no lo conocía, y por alguna razón, le resultó mucho más fácil hablar sobre su esposo con un extraño.

─Toneri nunca se ponía enfermo ─dijo─.Jamás tenía fiebre ni dolores de cabeza; siempre estaba en forma y con buena salud. Pero un día empezó a quejarse de que se cansaba y de que le dolían las articulaciones, y dejó de comer. El médico le diagnosticó unas fiebres tifoideas. Yo sabía que eran peligrosísimas, pero muchas personas sobreviven. Me convencí de que, con buenos cuidados y mucho reposo, Toneri se recuperaría. ─Miró la taza vacía y recorrió con el dedo el delicado reborde dorado─.Día a día fue encogiéndose ante mis ojos. La fiebre dio paso al delirio. Se fue en dos semanas.

─Lo siento ─dijo Uzumaki en voz baja.

«Lo siento» era algo que todo el mundo decía. Realmente, no podía decirse otra cosa. Pero los ojos azules de Uzumaki tenían una calidez que transmitía una compasión auténtica, y Hinata sintió que comprendía realmente la magnitud de su pérdida.

Se hizo un largo silencio entre los dos, hasta que Uzumaki volvió a hablar.

─¿Le gusta vivir con la familia Õtsutsuki, señora?

Ella sonrió levemente.

─No se trata de si me gusta o no. Es la única opción que tengo.

─¿Y su familia?

─Mis padres aún mantienen a una hija casadera. No quise ser otra carga para ellos regresando a casa con mi hija. Y, con los Õtsutsuki, me siento, en cierto modo, más cerca de Toneri.

Uzumaki apretó los carnosos labios con la última frase. Mirando la taza y el plato vacíos de Hinata, se levantó y le ofreció la mano. ─Venga a pasear conmigo.

Sorprendida por su brusquedad, Hinata obedeció automáticamente, tomándole la mano que le tendía. Sintió un cosquilleo en los dedos al notar el cálido roce de su piel y se olvidó momentáneamente de respirar. Tirando de ella para ponerla en pie, Uzumaki la tomó del brazo y la condujo hasta la puerta. La había tocado con demasiada familiaridad; ni siquiera los hermanos de Toneri se atreverían tocarle la mano desnuda. Pero aparentemente el señor Uzumaki no sabía hacerlo mejor.

Mientras paseaban, Uzumaki tuvo que acomodar sus largas zancadas a los pasitos de ella, y Hinata sospechó que rara vez caminaba a aquel ritmo tan lento. Él no era de los que andaban sin propósito.

La biblioteca daba a una inmensa pinacoteca privada, flanqueada por altas ventanas por las que se veían unos jardines exteriores ornamentales. El recinto albergaba una colección de clásicos impresionante. Había obras de Tiziano, Rembrandt, Vermeer y Botticelli, todas de un colorido y un romanticismo asombrosos.

─Caramba, ¿no hay nada de Leonardo da Vinci? ─preguntó Hinata como si tal cosa, sabiendo que la colección privada de Uzumaki era sin lugar a dudas la más impresionante de toda Inglaterra.

Uzumaki miró las hileras de cuadros y frunció el entrecejo, como si la falta de un Da Vinci fuera una omisión imperdonable. ─¿Debería comprar uno?

─No, no. Sólo estaba bromeando ─se apresuró a aclarar Hinata─.Sin duda, señor Uzumaki, su colección es magnífica, y más que completa. Además, sería imposible adquirir un Da Vinci.

Con un carraspeo ambiguo, Uzumaki miró un hueco en la pared, planteándose a todas luces cuánto constaría colocar un Da Vinci allí.

Hinata le soltó el brazo y se puso frente a él. ─Señor Uzumaki, ¿no va a decirme por qué me ha invitado?

Uzumaki se acercó a un busto de mármol colocado en un pedestal y le quitó el polvo con el dedo pulgar. Miró a Hinata de soslayo, estudiándola mientras permanecía en el rectángulo de luz que proyectaba la ventana.

─Me la describieron como a la dama perfecta ─dijo─.Ahora, habiéndola conocido, comparto por completo esa opinión.

Hinata abrió los ojos de par en par y pensó, en un arrebato de culpabilidad y nerviosismo, que él jamás habría hecho aquella afirmación si hubiese sabido que era la mujer que con tanta lascivia había respondido a sus besos hacía unas noches.

─Tiene una reputación impecable ─continuó─.La reciben en todas partes y posee unos conocimientos y una influencia que yo necesito. Por ese motivo, querría contratarla como una especie de... guía social.

Asombrada, Hinata fue incapaz de mirarlo. Tardó medio minuto en poder articular palabra.
─Señor, no busco empleo de ninguna clase.

─Lo sé.

─Entonces, comprenderá por qué debo rechazar...

Él la hizo callar con un sutil ademán. ─Escúcheme primero.

Hinata asintió por cortesía, aunque era totalmente imposible que aceptara su oferta.

Había ocasiones en que las viudas se veían obligadas a buscar empleo por necesidad económica, pero ella no se encontraba ni por asomo en aquella situación. La familia de Toneri no querría ni oír hablar de ello, ni tampoco la suya. No era lo mismo que pasar a formar parte de la clase trabajadora, pero sin duda afectaría a su posición social. Y estar contratada por un hombre como Naruto Uzumaki, por muy rico que fuera... el hecho era que habría personas y lugares que quizá dejarían de recibirla.

─Necesito pulirme ─continuó Uzumaki sin inmutarse─.Necesito que me presenten gente. Desde luego, ya habrá oído que se refieren a mí como a un trepador, y no hay duda de que lo soy. He llegado hasta aquí sin ninguna maldita ayuda, pero necesito que alguien me ayude a subir el próximo peldaño. Usted. También necesito a alguien que le enseñe a Tenten a ser.., bueno, como usted. Que le enseñe a hacer las cosas que hacen las damas de Londres. Es la única forma de que consiga casarse decentemente.

─Señor Uzumaki ─dijo Hinata con cautela, clavando la mirada en el banco de mármol que había junto a él─.Me siento francamente halagada. Ojalá pudiera ayudarle. Sin embargo, hay muchas otras personas que serían mucho más aptas que yo...

─No quiero a nadie más. La quiero a usted.

─No puedo, señor Uzumaki ─dijo ella con firmeza─.Entre mis muchas reservas, debo pensar en mi hija. Cuidar de Himawari es para mí la responsabilidad más importante del mundo.

─Sí, hay que pensar en Himawari. ─Uzumaki se metió las manos en los bolsillos, dando una falsa impresión de tranquilidad, y rodeó el banco─.No hay una forma delicada de plantearlo, lady Hinata, por lo que voy a ir directo al grano. ¿Qué proyectos tiene para el futuro de su hija? Querrá enviar a Himawari a escuelas caras... que viaje a Europa... darle una dote para atraer pretendientes de buena clase. Pero, en sus circunstancias actuales, no sería capaz de proporcionarle esas cosas. Sin dote, Himawari sólo podrá optar a alguien de menor categoría, como mucho. ─Guardó silencio y añadió con mucha suavidad─: Si Himawari tuviera una cuantiosa dote, combinada con su buen linaje, algún día se casaría con el esposo aristocrático que le habría gustado a Toneri.

Hinata se quedó mirándolo, estupefacta. Entendía cómo había podido Uzumaki conquistar a tantos oponentes comerciales. No se detenía ante nada para salirse con la suya; estaba utilizando a la hija de Hinata para convencerla de que hiciera lo que él quería.

─Calculo que necesitaré su ayuda durante un año aproximadamente ─prosiguió
─.Firmaríamos un contrato que nos convenga a los dos. Si a usted no le gusta trabajar para mí, si piensa que, por alguna razón, quiere poner fin al acuerdo, bastará con que lo diga y podrá marcharse con la mitad de la suma que le ofrezco.

─¿Y de cuánto estamos hablando? ─se oyó preguntar Hinata. Su mente era un hervidero de ideas. Sentía una curiosidad insoportable por saber en cuánto valoraba él sus servicios.

─Diez mil libras. Por un año de trabajo.

Al menos mil veces más de lo que un ama de llaves ganaba en un año. Era una fortuna, suficiente para que su hija tuviera una dote generosa y suficiente para tener una casa propia, incluyendo al servicio. Imaginarse viviendo en su propia casa casi le dio vértigo de tanto que lo deseaba. Pero la perspectiva de estar tan cerca de aquel hombre, y la reacción de su familia y sus amigos...

─No ─dijo en voz baja. La palabra casi se le atragantó─.Lo siento, señor Uzumaki. Su oferta es muy generosa, pero debe buscar a otra persona. Su negativa no pareció sorprender a Uzumaki en absoluto.

─Veinte mil entonces ─dijo, y le sonrió con picardía─.Venga, lady Hinata. No me diga que está pensando en regresar con los Õtsutsuki y pasarse el resto de su vida como estos tres últimos años. Usted es una mujer inteligente; para vivir necesita algo más que bordar y contar chismes.

Con gran tino, Uzumaki había tocado otro punto vulnerable. Ciertamente, vivir con los Õtsutsuki se había vuelto bastante monótono, y pensar en dejar de depender de ellos.., de cualquiera... Hinata se retorció la manos.

Uzumaki levantó una pierna y apoyó la rodilla en el banco.

─Basta con que diga que sí y abriré una cuenta para Himawari. Jamás le faltará de nada. Y cuando se case con un noble, le enviaré un carruaje tirado por cuatro caballos como regalo de bodas.

Aceptar su oferta sería aventurarse en un mundo desconocido. Si Hinata decía que no, sabía exactamente qué tipo de vida tendrían ella y Himawari. Una vida segura, aunque no siempre confortable. Saldrían adelante, y disfrutarían del amor y la aprobación de todas las personas que conocían. Si decía que sí, habría un escándalo y la censurarían. Se harían comentarios desagradables y correrían rumores que tardarían años en extinguirse, si es que llegaban a hacerlo. Pero ¡qué futuro tendría Himawari! Y Hinata sentía algo en su interior, algo audaz e indómito, la misma impulsividad con la que había estado combatiendo desde que su esposo había muerto. De repente, perdió la batalla.

─Lo haría por treinta mil ─dijo, oyendo su voz como si, de algún modo, ella estuviera fuera de la escena.

Aunque Uzumaki no cambió la expresión, ella percibió su tremenda satisfacción, como un león que se dispone a devorar a su presa.

─Treinta ─repitió, como si la cifra fuera escandalosa─.Creo que veinte es suficiente por lo que le estoy pidiendo, ¿usted no?

─Veinte para Himawari y diez para mí─respondió Hinata con la voz cada vez más firme─.La influencia social es como el dinero: cuando se gasta no es fácil recuperarla. Tal vez no me quede mucha cuando concluya este año. Si acepto su oferta, la buena sociedad murmurará y hará correr rumores sobre mí. Pueden incluso dar a entender que yo soy su...

─Querida ─finalizó él en voz baja─.Pero se equivocarían, ¿no?

Ella se ruborizó y habló precipitadamente ─En la buena sociedad no se hace distinción entre los rumores y los hechos. Por lo tanto, perder mi respetabilidad bien vale otras diez mil libras. Y... y quiero que sea usted quien invierta y administre mi dinero.

Uzumaki enarcó ligeramente las cejas. ─¿Quiere que sea yo quien administre su dinero? ─repitió, casi con un ronroneo─.¿Y no lord Õtsutsuki?

Hinata meneó la cabeza, pensando en Asura, que era responsable pero extremadamente conservador con las inversiones. Como la mayoría de hombres de su posición, Asura servía para conservar el dinero, no para multiplicarlo. ─Preferiría que fuese usted quien se ocupara de ello ─dijo─.Mi única condición es que no haga ninguna inversión que pueda considerarse inmoral.

─Veré qué puedo hacer ─dijo Uzumaki con seriedad, pero su mirada diabólica revelaba que aquello lo divertía.

Hinata respiró hondo.

─Entonces, ¿le parece bien treinta? Y, si dejo antes el empleo, ¿conservaré la mitad?

─De acuerdo. No obstante, a cambio de la suma adicional que me exige, voy a pedirle que haga una concesión.

─¿Cuál? ─preguntó ella con cautela.

─Quiero que viva aquí. Conmigo y con mi familia.

Hinata lo miró sin salir de su asombro. ─Eso es imposible.

─Usted y Himawari tendrán sus propias habitaciones, un carruaje, caballos para su uso exclusivo y libertad para ir y venir cuando les plazca. Tráigase a sus sirvientes, si lo desea. Su salario correrá de mi cuenta durante el próximo año.

─No veo por qué es necesario...

─Para enseñar a los Uzumaki a comportarse como los miembros de la nobleza va a necesitar más que unas pocas horas. En cuanto nos conozca, no le cabrá ninguna duda.

─Señor Uzumaki. Yo no podría...

─Puede tener sus treinta mil libras, lady Hinata. Pero deberá dejar a los Õtsutsuki para conseguirlas.

─Preferiría quedarme con menos y no vivir aquí.

Uzumaki se echó a reír de improviso, aparentemente inmune a la expresión grave de Hinata. ─Se acabó, señora mía. Vivirá aquí durante un año y aceptará treinta mil libras, o no hay trato.

Turbada y nerviosa, Hinata se estremeció de la cabeza a los pies. ─Entonces acepto ─dijo con voz entrecortada─.Y querría que el carruaje de cuatro caballos que me ha prometido para Himawari quedara estipulado en el contrato.

─Muy bien. ─Uzumaki extendió la mano y le estrechó su pequeña mano con firmeza─.Tiene la mano fría. ─Retuvo sus dedos un instante Era lo mismo que le había preguntado en el invernáculo la noche en que la había besado. Hinata tenía una sensación muy parecida a la de entonces; estaba viviendo algo extraordinario que jamás habría anticipado.

─Sí ─susurró─.De repente, me da miedo no ser la clase de mujer que siempre he creído ser.

─Todo saldrá bien ─dijo él con suavidad.

─No puede prometer una cosa así.

─Sí que puedo. Me hago una idea de la reacción que va a tener su familia. No se deje intimidar.

─Naturalmente que no ─dijo ella, esforzándose por aparentar dignidad─.Tiene mi palabra de que no me echaré atrás.

─Bien ─murmuró él. Su mirada tenía el irritante brillo de la victoria.

El carruaje de lady Hinata se puso en camino. El vehículo lacado de negro despedía un brillo cegador bajo la luz del sol. Naruto corrió las cortinas de la ventana de la biblioteca y se quedó mirándolo hasta perderlo de vista. Se sentía impregnado de la misma energía explosiva que siempre lo invadía después de cerrar un trato que obraba claramente en su favor. Lady Hinata iba a vivir bajo su techo, con su hija. Era una situación que nadie, ni siquiera él, habría creído posible.

¿Qué tenía ella que lo afectaba tanto? Se había excitado desde el momento en que la vio entrar, excitado y fascinado como jamás había hecho con ninguna otra mujer. El instante en que se había quitado los guantes, descubriendo sus manos delicadas y pálidas, fue el momento más erótico de todo el año.

Había conocido muchas bellezas y mujeres de gran talento, tanto en la cama como fuera de ella. No se explicaba por qué aquella viuda tan diminuta producía un efecto tan profundo en él. Tal vez fuera la calidez que se adivinaba bajo su aspecto recatado. Sin duda, era toda una dama, pero no tenía los aires ni las pretensiones que había observado en otras mujeres de su clase. Le gustaba la forma directa y afectuosa en que le había hablado, como si pertenecieran a la misma clase social. Era luminosa, cálida y demasiado refinada para lo que a él solía gustarle.

Preocupado, Naruto se metió bruscamente las manos en los bolsillos del pantalón. Tirándose de la chaqueta. Paseó por la biblioteca, mirando ausente la valiosa colección de volúmenes y obras de arte que había reunido. Desde su más tierna infancia sentía en su fuero interno una necesidad irrefrenable e irresistible, el impulso de triunfar y conquistar.

Lo atenazaba una insatisfacción que lo inducía a trabajar, a urdir estratagemas y hacer planes hasta avanzadas horas de la noche, mientras otros hombres dormían. Siempre había otro objeto más que adquirir, otro trato más que cerrar, una última montaña que coronar. Y entonces tal vez sería feliz. Pero jamás lo era.

De alguna forma, en compañía de lady Hinata se había sentido como un hombre corriente, capaz de relajarse y divertirse. Durante la hora que lo había visitado, toda su agresividad habitual había desaparecido. Se había sentido casi... satisfecho.

Aquello no le había sucedido jamás. Era imposible deshacerse de esa sensación, y quería continuar sintiéndola. Anhelaba tenerla en su casa. Y anhelaba tenerla en su cama. Al recordar el momento preciso en que Hinata se había dado cuenta de que era el hombre al que había besado, Naruto sonrió brevemente.

Se había ruborizado y había empezado a temblar como una hoja. Durante unos instantes, Naruto temió que fuera incluso a desmayarse. Ojalá lo hubiera hecho; así habría tenido una excusa para volver a tenerla en sus brazos. Pero Hinata había recobrado la compostura y había callado, con el evidente deseo de que él no la hubiera reconocido. Parecía que hubiera cometido un crimen mucho más grave que intercambiar un rápido beso con un desconocido en la oscuridad. A pesar de todas sus aptitudes sociales, no era sofisticada.

Naruto no sabía muy bien por qué eso también lo excitaba.

Hinata irradiaba una inocencia que no solían tener las mujeres casadas, como si no fuera capaz de reconocer el pecado o la depravación incluso cuando los tenía delante. Había llorado la segunda vez que la había besado, y ya había descubierto por qué. Estaba seguro de que nadie la había besado ni acariciado desde la muerte de su esposo.

«Algún día ─pensó─,volvería a llorar en sus brazos. Pero la próxima vez, sería de placer, no de dolor.»

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Continuará...