Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
Hay OOC
«Capítulo ocho»
Aunque Hinata llevaba un vestido de color gris, los ribetes frambuesa del cuello y las mangas le daban un toque de color. Era la clase de prenda con la que una monja se habría sentido cómoda... salvo por el escote. La ligera abertura tenía forma de ojo de cerradura y mostraba una pizca de su piel, tierna y pálida. Para Naruto, ver aquella porción mínima de piel fue suficiente para disparar su imaginación. Jamás lo había fascinado tanto una parte del cuello de una mujer. Quería posar los labios en aquel dulce hueco, olerlo, lamerlo... Imaginarse el suave cuerpo que había debajo de aquel vestido gris le resultaba casi insoportable.
─Señor Uzumaki, hoy parece distraído ─dijo Hinata, y él apartó la mirada del vestido para posarla en sus cálidos ojos. Aquellos ojos grises tan inocentes... Juraría que ella no era en absoluto consciente del efecto que le causaba.
Hinata esbozó una sonrisa.
─Sé que esto no le apetece nada ─dijo─. No obstante, debe aprender a bailar, y a hacerlo bien. Sólo quedan dos meses para el baile de los Lee.
─El baile de los Lee ─repitió él, enarcando las cejas sardónicamente─.Es la primera noticia que tengo.
─Pensé que sería la ocasión ideal para poner a prueba lo que ha aprendido. Es un baile que lord Lee celebra todos los años, siempre en plena temporada social. Los conozco desde hace muchos años, y son una familia extremadamente cortés, Les sugeriré con mucha discreción que me envíen invitaciones. Presentaremos a Tenten en sociedad esa misma noche, y usted... bueno, no hay duda de que verá a muchas jóvenes de buena familia, y quizás alguna capte su interés.
Naruto asintió automáticamente, aunque sabía que ninguna mujer del mundo podría captar su interés con tanta intensidad como lo había hecho lady Hinata viuda de Õtsutsuki. Debió de fruncir el entrecejo o parecer malhumorado, porque Hinata sonrió para tranquilizarlo.
─Creo que comprobará que no es tan complicado como piensa─dijo, creyendo que a él le preocupaban las clases de baile─. Iremos paso a paso. Si vemos que yo no puedo enseñarle como es debido, consultaremos al señor Girouard.
─No quiero un profesor de baile ─sentenció Naruto, porque aquel hombre le había repugnado nada más verlo. Había estado viendo la clase de baile de Tenten la mañana anterior y se había negado rotundamente a participar cuando el señor Girouard había cometido el error de intentar que se uniera a ellos.
Hinata suspiró como si estuviera a punto de perder la paciencia.
─A su hermana le agrada ─señaló─. El señor Girouard es un profesor de baile con mucho talento.
─Intentó tomarme la mano.
─Le aseguro que su intención sólo era enseñarle los pasos de la cuadrilla.
─Yo no tomo de la mano a ningún hombre ─dijo Naruto─. Y tengo la impresión de que al franchute ése le habría gustado.
Hinata puso los ojos en blanco y no hizo ningún comentario.
Se hallaban solos en el suntuoso salón de baile. Las paredes estaban tapizadas con seda verde pálido y decoradas con bajorrelieves dorados. Hileras de columnas de malaquita verde, dignas de un palacio ruso, separaban espejos con marcos de oro que medían más de cinco metros de altura. Parecía casi imposible que el techo pudiera soportar el peso de las seis inmensas arañas de cristal, cada una provista de una cantidad de lágrimas impresionante. Como no necesitaban música para que Naruto aprendiera los pasos básicos de los distintos bailes, la tribuna de los músicos, ubicada en el fondo del salón, estaba vacía.
Naruto veía el reflejo de su compañera en muchos de los espejos que los rodeaban. Su vestido gris contrastaba con un entorno tan suntuoso. ¿Qué aspecto tendría Hinata con un vestido de noche? La imagino con una prenda escotada que le dejara los hombros al descubierto y estuviera adornada con los vaporosos ribetes que últimamente había visto en los vestidos de noche; las bellas formas redondeadas de sus senos asomando por el corpiño... el brillo adamantino de su pálida piel. El cabello negro azulado recogido para dejar a la vista los lóbulos de las pequeñas orejas, adornados con pendientes...
─¿Recuerda las normas de etiqueta en el salón de baile de las que hablamos ayer?
─oyó que le preguntaba Hinata, e intentó concentrarse en el tema que los ocupaba.
─Cuando saco a una joven a bailar ─dijo él con voz cantarina─, no debo dejarla sola hasta llevarla de nuevo junto a su acompañante. Cuando termina el baile, le pregunto si le apetece algún refrigerio. Si dice que sí, le busco un sitio en la sala donde se sirven y le llevo todo lo que necesita, y me quedo con ella hasta que termine. ─Se quedó callado y preguntó, frunciendo ligeramente el entrecejo─: ¿Y si se quiere quedar una hora dándose un atracón? ¿O incluso más?
─Usted debe permanecer con ella hasta que esté satisfecha ─dijo Hinata─. Y luego se la devolverá a su acompañante, se inclinará ante ella y le dará las gracias por su compañía. Es más, debe bailar con las muchachas corrientes y no sólo con las que son hermosas, y jamás baile más de dos veces con la misma chica. Y, si es un baile con cena, debe ofrecerse a conducir a la acompañante a la mesa, y ser lo más amable y agradable posible.
Naruto dejó escapar un profundo suspiro.
─Bien, la marcha inicial ─dijo Hinata enérgicamente─. Cuando encabece el desfile para inaugurar un baile en su casa, debe mantener un paso lento y digno. Siga las paredes y cambie de dirección en las esquinas. ─Se acercó un poco más a él y le dijo en tono conspirador─: La marcha no es más que un paseo alrededor del salón para que todas las damas puedan exhibir sus vistosos vestidos. Es imposible que se equivoque, señor Uzumaki. Basta con dar la vuelta al salón y regresar al centro. Y adopte un aire un poco arrogante. Eso no debería suponerle ningún problema.
Aquella discreta broma le causó a Naruto un placer inmenso. Imaginarse ejecutando aquel desfile solía darle risa. Pero pensar en desfilar por el salón llevando a una mujer como Hinata del brazo... aquello era un incentivo. Era una afirmación territorial que le resultaba muy grata.
─Y bajo ningún concepto debe desfilar con dos damas a la vez─lo amonesto Hinata.
─¿Por qué no?
─Por un lado, cambiar de dirección en las esquinas sería imposible, y por el otro...
─Se quedó callada, como si hubiera olvidado lo que iba a decir cuando sus miradas se encontraron. Tras un lento parpadeo, como si se hubiera distraído, se forzó a continuar─: Es un honor que un caballero le hace a una dama determinada ─Lo tomó del brazo con suavidad─. Vayamos hacia la primera esquina.
Avanzaron con gran dignidad, mientras Naruto era absurdamente consciente del sonido de sus pasos en el lustroso suelo de parquet. Al llegar a la esquina, se detuvieron mientras Hinata le explicaba los pasos.
─Le soltaré el brazo y lo tomaré de la mano, y usted me llevará de su izquierda a su derecha... ─Hinata empezó a ejecutar el movimiento mientras hablaba, y Naruto la obedeció. Sus manos se tocaron y notar los deditos fríos de ella en la palma de la mano lo dejó sin aliento.
Hinata se detuvo, aparentemente confusa, y retiró la mano sofocando un grito. Ella también debía de haber notado la corriente que había producido el roce de sus manos.
Naruto le miró la cabeza, que ella tenía baja, ardiendo en deseos de tomarle la cara entre las manos y obligarla a mirarlo. Jamás olvidaría lo que sintió al besarla, la forma en que sus labios se habían unido a los suyos, la suavidad de su boca, su respiración vulnerable.
─Deberíamos... ─dijo Hinata con un temblor en la voz─, deberíamos llevar guantes. Las damas y los caballeros siempre llevan guantes cuando bailan.
─¿Envío a alguien a buscarlos? ─Naruto se sorprendió por el tono rasposo con que había hablado.
─No, supongo... supongo que no será necesario. ─Hinata respiró hondo y pareció recobrar la compostura─. Lleve siempre un par de guantes de recambio cuando va un baile ─murmuró─. Un caballero jamás debe ofrecerle un guante sucio a una dama.
Sin mirarlo, volvió a tomarle la mano. Ambos notaron una intensa corriente cuando unieron sus dedos desnudos, y ella le enseñó a cambiar de dirección.
─Hace tanto tiempo ─dijo Hinata casi en un susurro─.Casi he olvidado cómo se hace.
─¿No ha bailado desde que Toneri murió? ─preguntó él.
Hinata hizo un ademán afirmativo con la cabeza.
«Así es como él concebía el infierno», pensó Naruto para sus adentros. Ardía de deseo en cuerpo y alma mientras Hinata le enseñaba a desfilar. Agradecía que su chaqueta tuviera la largura al uso y le tapara la entrepierna. Si Hinata tuviera la más mínima sospecha de lo excitado que estaba, de lo poco que le faltaba para estrujarla en sus brazos y profanarla con sus manos, su boca y cualquier parte del cuerpo concebible, probablemente saldría corriendo del salón dando gritos.
No obstante, desfilar fue mucho más llevadero que la cuadrilla, una tediosa sucesión de glissades y chassés, y un sinfín de pasos afeminados. Y el vals resultó ser el tormento más atroz que el hombre, o la mujer, podía haber concebido.
─Póngase un poco a mi derecha ─dijo Hinata, bajando las espesas pestañas─, y rodéeme la cintura con el brazo derecho. Con firmeza, pero sin apretar demasiado.
─¿Así? ─Con cuidado, Naruto le pasó el brazo por la cintura, sintiéndose infinitamente torpe. Él sabía lo que era tener a una mujer en sus brazos, pero aquella experiencia no era como las demás. Jamás había tocado a nadie tan delicado como Hinata, jamás había deseado tanto complacer a una mujer. Por una vez, le costaba interpretar las emociones de ella, y se preguntó si le desagradaba estar tan cerca de él. Después de todo, Hinata estaba acostumbrada a bailar en brazos de aristócratas esbeltos y elegantes, no con boxeadores vulgares. Le parecía que tenía zarpas en lugar de manos, y se notaba los pies tan grandes y pesados como las ruedas de un carruaje.
Ella posó la mano izquierda en su hombro derecho. El sastre de Naruto le había quitado las hombreras a la chaqueta pata disimular su corpulencia. Hinata le tomó la mano izquierda con la derecha... Sus dedos eran delicados y tuvo ganas de estrujarlos. Era tan liviana y dulce en sus brazos que Naruto la deseo más que nunca.
─El hombre guía a su pareja con esta mano ─dijo, mirándolo a los ojos─. No debe tomarme la mano con demasiada fuerza... Debe llevarme usted, pero con suavidad. Y mantenga el brazo un poco combado.
─Tengo miedo de pisarla ─musitó él.
─Concéntrese en mantener la distancia apropiada entre los dos. Si estoy demasiado cerca de usted, no podré moverme bien. En cambio, si estamos demasiado apartados, me faltará apoyo.
─Creo que no voy a saber hacerlo ─dijo Naruto con voz pastosa─. Me ha enseñado a desfilar, y me defiendo con la cuadrilla. Dejémoslo por hoy.
─Oh, pero debe aprender a bailar el vals ─insistió Hinata─ .Jamás podrá cortejar a una joven como es debido si no sabe hacerlo.
Ante la sucinta respuesta de Uzumaki, Hinata frunció el entrecejo con determinación.
─Puede decir tantas obscenidades como guste, señor Uzumaki. Nada me convenceria de enseñarle a bailar el vals. Pero si no colabora, haré venir al señor Girouard.
La amenaza de convocar al profesor de baile sólo consiguió que él frunciera aún más el entrecejo.
─Está bien, maldita sea. ¿Qué hago?
─El vals se compone de dos pasos, cada uno de tres tiempos. Lleve hacia atrás el pie izquierdo, sólo un pasito, luego deslice el derecho un poco por detrás del izquierdo y rote hacia la derecha...
Al principio fue una verdadera batalla. No obstante, a medida que Naruto se concentraba en las instrucciones de Hinata y notaba que ella seguía sus movimientos con una compenetración aparentemente mágica, sus pasos titubeantes adquirieron cierta seguridad. Le ayudaba el que Hinata lo siguiera con tanta facilidad, girando ante la más ligera presión de su mano. También le ayudaba percibir que parecía estar disfrutando, aunque no se imaginaba cómo podía gustarle dar tumbos con él.
─Deje el brazo quieto ─le advirtió Hinata; los ojos le centellearon cuando lo miró a la cara─. Lo mueve como si estuviera sacando agua con una bomba. Como probablemente había sido la intención de Hinata, el comentario lo distrajo. Enarcó una ceja y le dedicó una mirada que normalmente fulminaba al contrario.
─Lo único que puedo hacer por el momento es concentrarme en no dejarla lisiada si doy un paso en falso.
─De hecho, está haciéndolo muy bien ─dijo ella─.No me diga que ésta es la primera vez.
─Lo es.
─Tiene una agilidad sorprendente. Casi todos los principiantes apoyan el peso en los talones.
─El boxeo ─dijo Naruto, haciéndole dar otra media vuelta─. Si tienes los pies de plomo en el ring, no hay forma de esquivar los golpes.
Aunque su intención no era que el comentario fuera divertido, a Hinata se lo pareció.
─Le sugiero que no aplique muchas de sus técnicas de boxeo a las clases de baile, señor Uzumaki. No me gustaría acabar a puñetazos con usted.
Mirando a Hinata, que estaba sonriente y tenía las mejillas sonrosadas, Naruto tuvo una sensación tan dulce que casi le dolió y notó que el dolor tenía menos que ver con el cuerpo que con el espíritu. Hinata era la mujer más adorable que había conocido jamás. Por primera vez, envidió profundamente a Toneri Õtsutsuki porque ella lo había amado. Por tener el derecho a tocarla y besarla siempre que quisiera. Porque Hinata había recurrido a él para todas sus necesidades. Porque ella seguía amándolo.
Por lo que él sabía, Toneri Õtsutsuki había sido el hombre ideal. Apuesto, rico, honorable, respetable, caballeroso y compasivo. Todo indicaba que era digno de una mujer como Hinata, en la misma medida en que un hombre como Naruto no lo era. Uzumaki sabía que él no era nada de lo que había sido Toneri. Todo lo que podía ofrecerle, incluyendo su corazón, estaba corrompido.
«Ojalá» era la palabra que Naruto más detestaba. Le repiqueteaba en el cerebro despiadadamente. «Ojalá, ojalá...»
Naruto se perdió y se detuvo con tanta brusquedad que Hinata chocó contra él. Ella sonrió con nerviosismo.
─Oh, ha parado tan de repente que...
Musitando una disculpa, Naruto la ayudó a enderezarse. La inercia había impulsado su pequeño cuerpo contra el de él. Sentirla, incluso a través de su vestido gris, le había desbocado los sentidos. Intentó soltarla, relajar el brazo, pero sus músculos rebeldes se contrajeron hasta tenerla bien sujeta. Hinata jadeaba a causa del cansancio, y él notó el suave movimiento de sus senos contra su pecho. Tuvo la impresión de que el tiempo se había detenido. Espero a que ella rompiera el hechizo, protestara, pero Hinata se había quedado extrañamente callada. Alzó sus sedosas pestañas y lo miró con perplejidad.
Sellados en algo que innegablemente se estaba convirtiendo en un abrazo, se miraron con una fascinación inevitable.
Al final, Hinata desvió la mirada, pero él sintió su aliento cálido en la barbilla. Notó la boca reseca e inflamada y ardió en deseos de besarla. Espero a que Hinata moviera las manos, que tenía apoyadas en sus hombros... ojalá deslizara una hasta su cuello y le bajara la cabeza.., ojalá le diera la más mínima muestra de que lo deseaba.., pero ella se quedó paralizada en sus brazos, sin apartarse, pero sin alentarlo.
Naruto suspiró y consiguió al fin relajar los músculos, aunque su cuerpo torturado protestó para sus adentros. Se le había nublado ligeramente la vista. Se preguntó si Hinata intuía qué poco le faltaba para tomarla en brazos y llevársela a algún sitio. A cualquier sitio. Tenía la impresión de que todo el deseo que había conocido en su vida lo estaba invadiendo, agolpándosele en la entrepierna. Quería sentirla debajo de él, estar dentro de ella. E incluso más que eso, quería su afecto, sus caricias, sus susurros de amor al oído. Jamás se había sentido tan estúpido, anhelando algo que estaba tan claramente fuera de su alcance.
De repente, una fría voz interior le dijo que lo que no pudiera obtener de Hinata lo obtendría de otra mujer. Había centenares de mujeres en Londres que podrían proporcionarle el afecto que deseaba, durante el tiempo que él quisiera. Agradecido, Naruto se aferró a la idea como un náufrago a una tabla de salvación. No necesitaba a lady Hinata. Podía conseguir una mujer más bonita, más lista, con unos ojos igual de cálidos. Ella no tenía nada de especial, y se lo demostraría a sí mismo aquella noche, y la próxima... durante el tiempo que hiciera falta.
─Creo que es suficiente por hoy ─musitó Hinata, que aún parecía un poco aturdida─. Hemos avanzado mucho, señor Uzumaki. Estoy segura de que muy pronto dominará el vals.
Naruto respondió con una reverencia, forzando una sonrisa cortés.
─Gracias, señora. En ese caso, la veré mañana en nuestra próxima clase.
─¿No cenará esta noche en casa?
Él negó con la cabeza. ─Voy a verme con algunos amigos en la ciudad.
Hinata parpadeó, un indicio involuntario de su desaprobación. Naruto sabía que ella detestaba sus correrías nocturnas y, de repente, desagradarle le produjo un agudo placer.
Le daba igual que durmiera en su casto lecho todas las noches... Él no tenía escrúpulos en obtener placer donde pudiera encontrarlo.
Hinata se dirigió lentamente a la habitación de Himawari, donde su hija y Kurenai estaban leyendo y jugando. Se sorprendió de cuánto le costaba controlar sus pensamientos. No podía ahuyentar las imágenes de ella en brazos de Naruto, girando despacio en el salón de baile lleno de espejos, rodeados de sus reflejos unidos. Estar tan cerca de él, hablando y riendo durante más de dos horas, la había alterado muchísimo. Se sentía perturbada, nerviosa, infeliz por algo que no sabía identificar. Se alegraba de que la clase de baile hubiera terminado. Habían tenido un instante delicioso y terrible a la vez cuando él la había abrazado, y Hinata pensaba que iba a besarla.
¿Y si lo hubiera hecho? ¿Cuál habría sido su reacción? Tenía miedo de reflexionar sobre aquella cuestión. Uzumaki despertaba en ella una atracción profunda y primitiva. Para una mujer que estaba educada para pensar que incluso la atracción sexual por su propio esposo debía mantenerse dentro de unos límites estrictos, aquello era alarmante.
La tosquedad de Uzumaki debería repelerla, pero, en lugar de ello, la atraía. No la trataba como a una muñeca frágil, ni con compasión. La provocaba, le tomaba el pelo y le hablaba con franqueza. Hacía que se sintiera viva y vital, y demasiado interesada en un mundo que no era el suyo. En lugar de refinarlo a él, Hinata temía que estuviera ocurriendo justo lo contrario: él la estaba cambiando, y no precisamente para mejor.
Con una sonrisa insegura, Hinata se pasó la mano por los ojos, que le dolían y le escocían. Vio lucecitas y contuvo la respiración.
─Oh, no ─murmuró, reconociendo los signos que anunciaban una de sus migrañas. Como siempre, aquel dolor tan penetrante aparecía sin ninguna razón aparente. Tal vez si se echaba un rato con un paño húmedo en la frente podría evitar que le empeorara.
Apoyándose en la barandilla, Hinata subió las escaleras, con los ojos entornados a causa del dolor que sentía en las sienes y la nuca. Al llegar a las habitaciones que compartían ella y Rose Himawari, oyó la voz de su hija.
─No, ¡eso no es trotar! Vas demasiado despacio. Esto es trotar...
Asomándose a la habitación, Hinata vio que su hija estaba sentada en la alfombra con la doncella, ambas rodeadas de juguetes. Rose Himawari sostenía uno de los juguetes que Uzumaki le había dado, un caballito de cuero. Tenía la cola preciosa, la crin de pelo auténtico y los ojos de cristal. Tiraba de un pequeño carruaje y llevaba a un grupo de muñecas por delante de edificios construidos con montones de libros.
─¿Adónde van, querida? ─Le preguntó Hinata en voz baja─. ¿Al parque, o a las tiendas de Regent Street?
Rose Himawari la miró sonriéndole. Los rizos se le agitaron.
─Mamá ─exclamó, y volvió a concentrarse en el caballo al trote─. Van a la fábrica de acero.
─La fábrica de acero ─repitió Hinata sorprendida.
La cara de Kurenai se iluminó con una sonrisa irónica. ─Sí, señora. El señor Uzumaki ha estado contándole a Rose cómo vive la gente trabajadora, y lo que hacen en las refinerías y fábricas que posee. Intentó explicarle que un niño no necesita oír esas cosas, pero él no me hizo caso.
El primer impulso de Hinata fue enojarse con Uzumaki. No tenía derecho a hablarle a su hija sobre las miserias de la clase trabajadora. Por otra parte, Hinata jamás se había planteado que su hija estaba creciendo sin comprender las diferencias entre ricos y pobres, o por qué algunas personas vivían en hogares acogedores mientras que otras lo hacían en las calles y pasaban hambre.
─Supongo ─dijo vacilante─, que no es nada malo. Himawari debería saber algo sobre el mundo.., que las vidas de la mayoría de las personas no son como la suya... Se frotó la frente cuando el dolor se intensificó, dando paso a punzadas continuas.
Por primera vez, se dio cuenta de que Naruto se estaba haciendo más real, más influyente, para su hija de lo que jamás había sido Toneri. Naruto había jugado al escondite con Rose Himawari, probado la mermelada que ella había «ayudado» a hacer a la cocinera una tarde lluviosa, y le había hecho un castillo de naipes mientras estaban sentados en el suelo junto al fuego. Cosas que su padre jamás podría hacer con ella.
Naruto nunca pasaba por alto la presencia de Rose ni consideraba sus preguntas absurdas. De hecho, la trataba como si tuviera el mismo valor, si no más, que cualquier otro miembro de la casa. Casi todos los adultos consideraban a los niños como personas a medio formar, que no eran dignas de tener derechos ni privilegios hasta alcanzar la edad adulta. Pero era evidente que Naruto le tenía afecto a la niña, y Rose, por su parte, se lo había tomado a él. Era otra faceta inesperada de una situación que preocupaba a Hinata en muchos aspectos.
─Oh, señora ─dijo Kurenai, mirándola atentamente─. Es su migraña, ¿verdad? Está pálida y tiene muy mal aspecto.
─Sí. ─Hinata se apoyó en el quicio de la puerta y sonrió a su hija apesadumbrada─. Lo siento muchísimo, querida. Te prometí llevarte a pasear conmigo, pero hoy no puedo.
─¿Te encuentras mal, mamá? ─La niña arrugó la frente en señal de preocupación y se puso en pie de un salto. Se acercó a Hinata y se le abrazó a la cintura─. Deberías tomarte tu medicina ─le instruyó como si fuera un adulto en miniatura─. Y correr las cortinas y cerrar los ojos.
Sonriendo a pesar de que la cabeza le doliera cada vez más, Hinata le permitió que la tomara de la mano y la llevara hasta su dormitorio. Kurenai se apresuró a correr las gruesas cortinas, sumiendo la habitación en la oscuridad, y ayudó a Hinata a desnudarse.
─¿Tienes el tónico que el doctor dejó la última vez?─susurró Hinata,
haciendo una mueca de dolor cuando Kurenai le desabrochó los botones de la espalda. El menor movimiento hacía que las sienes le latieran violentamente. La última vez que había tenido una crisis en casa de los Õtsutsuki, el médico de la familia le había dado un frasco de tónico que la había sumido en un sueño reparador.
─Naturalmente ─musitó Kurenai, sabiendo por experiencia que debía hablar en voz baja─. No lo habría olvidado por nada del mundo, señora. Le traeré una buena cucharada en cuanto la haya metido en la cama.
─Gracias a Dios. ─Hinata suspiró quejumbrosa─. ¿Qué haría yo sin ti, Kurenai? Gracias, gracias por venir a la casa de Uzumaki con nosotras. No te habría culpado si te hubieras quedado con los Õtsutsuki.
─¿Y permitir que usted y Rose Himawari vinieran solas a este lugar tan raro?─susurró Kurenai risueña─. Si quiere que le sea sincera, señora, aquí me encuentro muy a gusto.
El vestido resbaló hasta el suelo, seguido de un liviano corsé y las medias. Con sólo la camisola y las enaguas, Hinata se metió en la cama. Se mordió el labio inferior para reprimir un gemido de dolor y se recostó en la almohada.
─Kurenai ─susurró─. Has tenido muy poco tiempo libre. Lo solucionaré en cuanto me ponga bien.
─No se preocupe por nada ─la tranquilizó la doncella─. Apoye la cabeza. Ahora vuelvo con su medicina.
Vestido con una chaqueta azul y pantalones grises, y luciendo una corbata limpia de seda de color negro, Naruto bajó la suntuosa escalera para ir a divertirse a la ciudad. No era que realmente lo deseara, pero estaba decidido a hacerlo. Todas las sensaciones que la clase de la tarde había despertado en él aún le bullían en las entrañas, exigiéndole que las saciara. Pensaba darse un revolcón con una mujer que estuviera bien dispuesta y, después de aquello, tal vez jugaría a las cartas y bebería durante unas horas. Cualquier cosa para conseguir olvidar lo que había sentido al tener a Hinata entre los brazos.
No obstante, cuando estaba en el rellano central, aminoró el paso y se detuvo al ver la figura desconsolada de Rose Himawari sentada en uno de los peldaños. Verla, como una muñequita vestida de punta en blanco, con las rollizas pantorrillas aprisionadas por gruesas medias blancas y su omnipresente cordel de botones en las manitas, le hizo sonreír. Qué diferente había sido Tenten a su edad. Rose Himawari era educada, tranquila y de una seriedad deliciosa, mientras que Tenten había sido un terremoto. Hasta el momento, Hinata había hecho un trabajo espléndido proveyendo a su hija de un entorno seguro y ordenado, pero, en opinión de Naruto, Rose Himawari necesitaba la influencia de un padre. Alguien que la instruyera sobre el mundo que existía más allá de los barrotes del parque infantil y los pulcros jardines amurallados, sobre los niños que no llevaban ropa con cuellos de encaje, y sobre personas que se ganaban el pan con el sudor de su frente, sobre la vida real, en definitiva. No obstante, Rose no era hija suya y él no tenía derecho a aventurar ninguna opinión sobre su educación.
Se detuvo a unos pasos de ella y la miró burlón.
─Princesa ─dijo, sonriendo por la comisura de la boca─. ¿Por qué estás aquí tan sola?
Rose Himawari suspiró, examinando los relucientes botones con sus manitas rollizas. Hallando su favorito, el botón del perfume, se lo llevó a la nariz y lo olió.
─Estoy esperando a Kurenai ─dijo taciturna─. Le está dando a mamá su medicina, y luego cenaremos en mi habitación.
─Medicina ─repitió Naruto, frunciendo el entrecejo. ¿Por qué diablos necesitaba Hinata una medicina? Se encontraba perfectamente hacía dos horas, al término de la clase de baile. ¿Había sufrido algún accidente?
─Para sus migrañas. ─La niña apoyó la barbilla en la mano─, y ahora no tengo con quién jugar. Kurenai va a intentarlo, pero está demasiado cansada. Me meterá pronto en la cama. ¡Oh, no me gusta que mamá esté enferma!
Naruto miró a la niña pensativo, preguntándose cómo era posible que a alguien se le presentara una migraña, un episodio tan grave, en tan sólo dos horas. Dejó de pensar abruptamente en sus actividades nocturnas.
─Princesa, quédate aquí ─musitó─. Voy a visitar a tu madre.
─¿Lo hará? ─Rose Himawari lo miró esperanzada─. ¿Puede hacer que se ponga bien, señor Uzumaki?
La inocencia de la pregunta lo emocionó y lo hizo reír al mismo tiempo. Se agachó y posó la mano en la coronilla de la niña.
─Me temo que no, Rose. Pero puedo asegurarme que no le falte nada.
Dejó a la niña y subió las escaleras de dos en dos. Llegó a la habitación de Hinata justo cuando salía Kurenai y, por la expresión de la doncella, supo que estaba preocupada. Lo invadió una repentina angustia.
─Kurenai ─dijo con brusquedad─. ¿Qué diablos le pasa a lady Hinata?─. La doncella se apresuró a indicarle que se callara, llevándose un dedo a los labios.
─Otra de sus migrañas, señor ─dijo susurrando─. Se le presentan con mucha rapidez y cualquier sonido, olor o luz le causan un dolor espantoso.
─¿Qué las provoca?
─No lo sé, señor. Las ha tenido periódicamente desde que el señor Õtsutsuki pasó a mejor vida. Suelen durar un día, tal vez un poco más, y luego se recupera.
─Haré llamar a un médico ─dijo Naruto resoluto.
Kurenai sacudió la cabeza de inmediato.
─Perdóneme, señor, pero no es necesario. Ya la ha visitado un especialista, y dijo que no hay cura para esta clase de migrañas, sólo descansar y tomarse la medicina hasta que se encuentre mejor.
─Voy a verla.
La doncella arrugó la frente en señal de alarma. ─Oh, señor. ¡Desearía que no la molestara! Lady Hinata no está en condiciones de hablar con nadie, tiene dolores, y la medicina la hace desvariar un poco. Y no está... bueno, no está vestida como es debido.
─No la molestaré, Kurenai. Ve a atender a Rose. Está sentada sola en las escaleras. ─ Desoyendo las protestas de la doncella, Naruto la sorteó y entró en el dormitorio.
Parpadeando, esperó a que los ojos se le habituaran a la oscuridad. Oyó a Hinata respirar trabajosamente. El aire estaba impregnado de un aroma empalagoso, y él lo olfateó con curiosidad. Al acercarse a la cama, vio un frasco y una cuchara pegajosa en la mesita de noche. Tocando el cubierto con el dedo, se lo llevó a la nariz y notó que el jarabe estaba reforzado con opiáceos.
Hinata se revolvió bajo la delgada sábana, percibiendo la presencia de alguien en la habitación. Tenía los ojos y la frente cubiertos con un paño húmedo.
─¿Ku... Kurenai? —susurró.
Naruto vaciló antes de contestar. ─Pensé que al salir de la clase de baile le dolerían los pies ─musitó─. No la cabeza.
El suave ronroneo de su voz la sobresaltó. ─Oh... señor Uzumaki... debe marcharse de inmediato. ─Estaba aturdida, bajo la evidente influencia de los opiáceos─. No... no estoy vestida.., y este tónico a veces.., me hace decir cosas que normalmente no quiero decir...
─En ese caso, insisto en quedarme.
Hinata soltó una risita. ─Por favor, no me haga reír... Es muy doloroso.
Naruto se sentó en la silla que había junto a la cama. Hinata hizo una mueca de dolor cuando el mueble crujió bajo el peso de su cuerpo. Como los ojos se le habían habituado a la oscuridad, Naruto se quedó mirando la luminosa blancura de los hombros de Hinata y el dulce perfil de su cuello.
─Esa medicina que toma lleva mucho opio, querida. Me sabría fatal que se volviera adicta a ella. Yo he visto cómo el opio convertía a hombres sanísimos en esqueletos andantes.
─Es lo único que me ayuda ─musitó Hinata, con la mente claramente aturdida por el dolor y las drogas─. Me pasaré el día en duermevela.., luego la migraña remitirá. Mañana no habrá clase... perdóneme...
─Al diablo con las clases ─dijo Naruto con ternura.
─Su vocabulario ─lo reprendió ella con un débil suspiro.
─¿Cómo empiezan sus migrañas? ¿He hecho algo antes...?
─No, no... nunca hay una razón. Comienzo a ver chispas y destellos. El dolor me empieza en un lado de la cabeza, o en el cuello... Se extiende hasta que tengo náuseas y me indispongo.
Con cautela, Naruto se sentó junto a ella en el colchón. Hinata murmuró una protesta al notar cómo cedía la cama.
─Señor Uzumaki... por favor... déjeme en paz.
Naruto le pasó los dedos por debajo del cabello. La zona entre la nuca y la base del cráneo estaba tan tensa que él notó las fibras de músculo duras y contraídas. Hinata gimió ante el exquisito dolor que le produjo el contacto. Con las yemas de ambos dedos, Naruto frotó la musculatura tensa con una inmensa suavidad. Vio una lágrima rodándole por la mejilla y la oyó suspirar.
─¿La alivia? ─susurró Naruto al cabo de un minuto, notando que la tensión disminuía parcialmente.
─Sí, un poco...
─¿Lo dejo?
De inmediato, Hinata alargó el brazo y le tomo la muñeca.
─No, siga.
Naruto continuó dándole el masaje en el cuello sin articular palabra. La respiración de Hinata fue volviéndose más honda y espaciada, hasta que él pensó que se había quedado dormida. Al cabo de un rato, lo sorprendió al hablarle con voz abotargada.
─Las migrañas empezaron después de que Toneri muriera. Tuve la primera después de pasarme un día entero leyendo cartas... La gente fue tan amable... Me acompañaban en el sentimiento... Todo el mundo decía lo sorprendido que estaba... Nadie tanto como yo, sin embargo. ─El tono era ausente, distanciado, como si hablara en sueños─. Un hombre con tan buena salud. No tan robusto como usted, pero aun así, en excelente forma física. Luego contrajo las fiebres, y no pudo tomar más que té. Guardó cama durante una semana. Perdió peso con tanta rapidez... Se quedó en los huesos.
Durante la segunda semana, me asusté cuando empezó a delirar. Parecía saber que iba a morirse... Empezaba a prepararse. Un día hizo llamar a su mejor amigo, Shino Aburame, a quien conocía desde que era un muchacho. Nos hizo prometerle a Aburame y a mí...
Suspiró, dejándose llevar aparentemente por los recuerdos.
─¿El qué? ─preguntó Naruto, mirándole atentamente la boca laxa─. ¿Qué es lo que le prometieron?
─No importa ─farfulló Hinata─. Le dije que sí, cualquier cosa para tranquilizarlo. Le pedí un último beso. Él me lo dio... El beso más dulce... aunque estaba demasiado débil para tomarme en sus brazos. Poco después, empezó a respirar de otra forma... El médico dijo que eran estertores. Lo abracé y sentí cómo la vida lo abandonaba... Lo tuve en brazos durante mucho tiempo, hasta que se enfrió.
Naruto terminó el masaje y le cubrió dulcemente los hombros con la sábana.
─Lo siento ─susurró.
─Más tarde me enfadé con él ─confesó Hinata, tomándole la mano con un gesto infantil─. No se lo he contado a nadie.
Él se quedó muy quieto, reteniendo suavemente sus dedos entre los suyos.
─¿Por qué se enfadó, querida?
─Porque Toneri... no luchó en absoluto. Se fue yendo... lo aceptó.., como un caballero. Se fue y me dejó. Luchar no formaba parte de su naturaleza. ¿Cómo podía culparlo por eso? Pero lo hice.
«Yo habría luchado ─pensó Naruto, reprimiéndose para no expresar sus pensamientos en voz alta─. Me las habría visto con el mismo diablo para quedarme contigo y con Rose Himawari. Me pondría a aullar y a dar patadas antes que renunciar a lo que tenía.»
Hinata esbozó una sonrisa hastiada. ─Ahora, ya sabe.., lo mala mujer que soy.
Naruto se quedó allí sentado, mirándola mientras se dormía. Era la mejor mujer que había conocido jamás. Todo su ser se consumía con un solo deseo, poder protegerla para que no volviera a tener jamás otro instante de infelicidad. Luchó contra el sentimiento que le provocaba, contra aquella ternura tan horrible, pero fue extendiéndose hasta invadirlo por completo. El deseo de hallar alivio en el cuerpo de otra mujer había desaparecido por completo. Lo único que quería era quedarse allí, en aquella habitación a oscuras, velando por los sueños de lady Hinata mientras ella soñaba con su difunto esposo.
Muy turbado, Naruto se levantó. Impulsivamente tomó la mano de Hinata y se la llevó reverentemente a los labios. Le besó el dorso de los dedos, el tierno hueco de la palma. Nada le había resultado jamás tan grato como el roce de aquella piel sedosa en sus labios.
Dejándole la mano en la cama con sumo cuidado, Naruto la miró por última vez sintiéndose inmensamente desgraciado. Tenía que marcharse de allí, de su propia casa. Se sentía aprisionado, atrapado, sofocado.
─¿Señor? ─Kurenai esperaba en el pasillo, mirándolo con evidente suspicacia.
─¿Dónde está Rose Himawari? ─le preguntó Naruto con brusquedad.
─Está en el saloncito, jugando con la señora y la señorita Uzumaki.─Kurenai frunció el entrecejo incómoda─. Si me permite preguntárselo, señor, ¿qué ha hecho en la habitación de lady Hinata durante tanto rato?
─La he violado mientras estaba inconsciente ─dijo él con seriedad─. He tardado un poco más de lo que pensaba.
─Señor Uzumaki ─exclamó la doncella escandalizada─. ¡Decir eso está muy mal!
─No te sulfures ─dijo Naruto con una leve sonrisa─. Sólo me he quedado con lady Hinata hasta que se ha dormido. Usted sabe que me cortaría el cuello antes de causarle ningún daño.
Kurenai lo miró con curiosidad. ─Sí, señor ─dijo al cabo de un instante─. Creo que lo sé.
Ante aquel comentario, Naruto se preguntó incómodo si tanto se le notaba lo que sentía por Hinata. «Maldita sea», pensó furioso, y se marchó a toda prisa, dominado por la necesidad de huir.
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Continuará...
