Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor

Hay OOC


«Capítulo nueve»


En Londres había clubes para todos los gustos... Clubes para caballeros que eran deportistas incondicionales, para políticos, filósofos, bebedores, jugadores o mujeriegos.

Había clubes para los ricos, los arribistas, los inteligentes o los de alta cuna. Naruto había recibido ofertas para ser socio de innumerables clubes que acogían de buen grado a caballeros profesionales, incluyendo comerciantes, abogados y empresarios prósperos. No obstante, Naruto no deseaba pertenecer a ninguno de ellos. Quería pertenecer a un club que no tenía ningún deseo de aceptarlo, un club tan exclusivo y aristocrático que sólo admitía socios cuyos abuelos ya habían pertenecido a él. El Marlow era la meta que finalmente se había fijado.

En el Marlow bastaba con que un hombre chasqueara los dedos pidiendo algo, una bebida, un plato de caviar, una mujer, para que se lo trajeran con prontitud y discreción.

Siempre los artículos de mejor calidad, en el entorno más elegante, sin que el mundo exterior se enterara jamás de las preferencias de sus socios. Por fuera, el edificio no tenía nada de especial. Estaba ubicado cerca del final de St. James Street, formando parte de una larga hilera de clubes similares. La fachada clásica, provista de un frontispicio, era simétrica y nada imponente. No obstante, el interior era sobrio y lujoso. Todas las paredes y techos estaban revestidos de caoba abrillantada y los suelos tenían fastuosas alfombras decoradas con cenefas octogonales, rojas y marrones. Los muebles de piel eran sólidos y robustos, y había lámparas y candelabros de hierro forjado que iluminaban el recinto con luz muy tenue. Estaba pensado para que un hombre se sintiera a gusto, sin flores ni frisos decorativos.

El Marlow era el Olimpo de los clubes, donde muchas familias solicitaban en vano ingresar generación tras generación. A Naruto le había costado tres años que lo aceptaran. Con su estrategia habitual, una mezcla de extorsión económica, sobornos y manipulaciones entre bastidores, había conseguido que lo admitieran, no como socio, sino como «invitado» permanente que podía ir y venir a su antojo. Había demasiados aristócratas cuyos negocios estaban vinculados a los de Naruto, hombres que perderían su fortuna si él empezaba a jugar con las fuerzas del mercado. También había comprado las deudas de unos cuantos lores derrochadores, y no había vacilado en utilizarlas como un látigo contra ellos.

Naruto había disfrutado planteándoles a los miembros clave del Marlow la alternativa entre perderlo todo o permitir que un advenedizo como él frecuentara el club. La mayoría habían votado a regañadientes a favor de su condición de invitado, pero era indudable que deseaban librarse de él. A Naruto no le importaba. Obtenía un placer perverso arrellanándose en alguno de los mullidos sillones de piel y hojeando el periódico junto a otros socios, y calentándose los pies en la gran chimenea de piedra.

Aquella noche, imponer su presencia al club le estaba resultando especialmente placentero. «Ni siquiera Toneri Õtsutsuki habría sido bienvenido aquí», pensó perversamente.

De hecho, era probable que los Õtsutsuki jamás se hubieran planteado el solicitar su ingreso en el Marlow. Su sangre, si bien azul, no lo era lo bastante, y Dios sabía que no tenían dinero. Pero Naruto lo había conseguido, aunque sólo fuera un «invitado permanente» y no un socio propiamente dicho. Y al haberse hecho un sitio en los estratos más altos de la sociedad, se lo había puesto un poco más fácil a los que vendrían detrás de él. Aquello era lo que más temían los aristócratas, que sus filas se vieran invadidas por arribistas, que su linaje dejara algún día de bastar para distinguirlos de los demás.

Mientras Naruto estaba sentado ante la chimenea, contemplando melancólicamente las llamas, se acercaron a él tres hombres; dos se sentaron en sillones cercanos y el otro se quedó de pie en una postura insolente, con una mano apoyada en la cadera. Naruto lo miró con sarcasmo. Lord Akasuna, conde de Warrington, un asno engreído sin apenas nada de qué presumir aparte de su distinguido linaje. Tras la reciente muerte de su padre, Akasuna no Sasori había heredado un título nobiliario, dos propiedades impresionantes y una montaña de deudas, la mayoría debidas a sus correrías de juventud.

Era evidente que el anciano conde había tenido dificultades para controlar los derroches de su hijo, que en su mayoría habían sido realizados para impresionar a compañeros que apenas se merecían tal esfuerzo. El joven Sasori se había rodeado de amigos que lo adulaban y lisonjeaban constantemente, aumentando de aquella forma su engreimiento innato.

— Akasuna — musitó Naruto inclinando levemente la cabeza. Saludó a los otros dos, Deidara y Zetsu, sin mucho entusiasmo.

— Uzumaki — dijo el joven conde con fingida amabilidad —, qué sorpresa tan grata encontrarlo aquí. — Akasuna era un hombre carilargo, una cara aristocrática, aunque no realmente hermosa. Se movía con la confianza de un hombre atlético y deportista —. El club no ha tenido el honor de contar con su presencia desde hace semanas — continuó —. Imagino que debe de haber estado muy ocupado con la nueva, mm... situación que hay en su casa.

— ¿A qué situación se refiere? — preguntó Naruto en voz baja, aunque sabía perfectamente el cariz que iba a tomar la conversación.

— Caramba, todo el mundo en Londres sabe lo de su querida, la exquisita lady Hinata. Permítame que lo elogie por esa muestra extraordinaria y bastante sorprendente de buen gusto. Lo felicito, mi afortunado amigo.

— Felicitarme está fuera de lugar — dijo secamente Naruto —. No tenemos ninguna relación sentimental, ni la tendremos.

Sasori enarcó las cejas, como si acabara de oír una mentira flagrante. — La dama en cuestión está viviendo bajo su techo, Uzumaki. ¿Nos toma por imbéciles?

— Bajo el mismo techo que mi madre y mi hermana — puntualizó Naruto sin alterarse, aunque por dentro notó cómo la ira le iba helando la sangre —. Para instruir y asesorar a la familia.

Sasori se rió groseramente. — Oh, estoy seguro de que lady Hinata está enseñándole muchas cosas. ¿Cómo qué le gusta hacer a una dama en la cama, tal vez?

Los compañeros de Sasori se rieron de aquel mal chiste.

Naruto no se levantó del sillón. Aparentaba calma, pero dentro se notaba a punto de estallar. Estaba haciendo otro descubrimiento indeseado: que cualquier insinuación sobre lady Hinata bastaba para que deseara cometer un asesinato. Cuando él y lady Hinata firmaron su maldito contrato de empleo, sabía que habría rumores. La propia Hinata había previsto que su reputación saldría maltrecha. En aquel momento, el tema apenas le había importado, había estado demasiado absorto en conseguir lo que quería. No obstante, le molestaba cada vez más. Notó que le hervía la sangre.

— Retire ese comentario — dijo en voz baja —. Y, de paso, añada una disculpa.

Sasori sonrió, claramente complacido de que la flecha hubiera dado en el blanco.

—¿Y si no lo hago?

—Se la sacaré a golpes —respondió Naruto totalmente en serio.

— ¿Un combate de boxeo? Excelente idea. — No había duda de que aquello era lo que Sasori quería —. Si le gano, me dará su palabra de que abandonará inmediatamente el club y no volverá jamás. Y si usted sale vencedor, yo retiraré el comentario y me disculparé.

— Y una cosa más — dijo Naruto mirando el primer botón de la elegante chaqueta que llevaba Sasori. Todos los botones eran grandes y de oro, y llevaban la insignia de la familia. No obstante, el de arriba estaba adornado con un gran diamante blanco que parecía ser al menos de dos quilates —. Si gano, me quedaré también con este botón de diamante.

—¿Qué? —Sasori parecía perplejo—. Vaya petición tan extraña. ¿Para qué diablos lo quiere?

—Digamos que será un recuerdo —respondió Naruto

El conde sacudió la cabeza, como si sospechara que estaba tratando con un loco. —Muy bien. ¿Lo organizamos para mañana por la mañana?

— No. — Naruto no tenía intención de permitir que aquel gallito y sus amigotes hicieran público el evento en todo Londres ni de que difamaran aún más el honor de lady Hinata. El asunto se resolvería de inmediato. Se puso en pie y apretó los puños, anticipando el combate —. Lo haremos ahora, en la bodega del club.

Los modales fríos y calculadores de Naruto parecieron confundir momentáneamente a Sasori

— No puedo hacerlo ahora mismo sin ningún tipo de preparación. Hay una diferencia entre un combate bien organizado y una vulgar pelea callejera, aunque usted no lo comprendería.

De repente, Naruto sonrió.

— Comprendo que usted quiere demostrarle a todo el mundo lo bien que boxea y echarme del club a patadas. Aquí tiene su oportunidad, Akasuna. Pero será aquí y ahora, de lo contrario no habrá combate.

— Está bien — espetó Sasori —. Me pelearé con usted cuando y donde quiera —.Se dirigió a uno de sus compañeros —. Deidara, ¿serás mi segundo? Su amigo asintió de inmediato, claramente complacido de que se lo hubiera pedido.

Sasori miró a su otro compañero. — Zetsu, supongo que eso significa que tú tendrás que atender a Uzumaki.

Era evidente que ser el segundo de Uzumaki, quedarse en el rincón del ring para animarlo y asistirlo, no le parecía muy atractivo.

Naruto lo miró con sarcasmo. — No se preocupe, señor — musitó —. No necesito segundo.

Para sorpresa de todos, se oyó una voz que aún no había intervenido. — Yo seré su segundo, Uzumaki, si me lo permite.

Naruto miró en la dirección de dónde provenía aquella voz seca y culta, y vio a un hombre sentado en un sillón rinconero. Dejando la última edición del Times, el individuo se puso en pie y se acercó a él. El recién llegado era alto, esbelto y cabello oscuro, con gafas y el aspecto que un aristócrata debería tener, pero que, por alguna razón, ninguno tenía. Naruto lo observó meticulosamente; no lo había visto antes en el Marlow. No se le podían ver los ojos, el cabello oscuro y las facciones perfectamente esculpidas lo hacían apuesto, incluso principesco.

— Shino, lord Aburame — dijo el hombre, alargando la mano.

Naruto se la estrechó, notando que se la tomaba con firmeza. Aquel nombre le recordaba algo. Aburame, Aburame... El nombre que Hinata había pronunciado hacía sólo unas horas cuando recordaba a Toneri bajo los efectos del opio. Aburame era el nombre del amigo de Toneri Õtsutsuki, un hombre tan digno de confianza y tan estimado que había estado presente en su lecho de muerte. ¿Se trataba de la misma persona? ¿Por qué iba a ofrecerse como segundo de Naruto en un combate de boxeo? ¿Y qué le parecía a Aburame que la esposa de su querido Toneri estuviera trabajando para una persona del pueblo llano como él? Naruto no pudo detectar ninguna emoción, pues sus ojos no se veían.

—¿Por qué se ofrece? —preguntó Naruto, fascinado muy a pesar suyo.

—Tengo mis razones.

Estudiándolo durante unos instantes más, Naruto asintió brevemente con la cabeza.

—Bien, entonces. Vamos.

Los socios del Marlow cerraron los periódicos que estaban leyendo y siguieron la extraña procesión con la mirada. Intuyendo que iba a haber algún altercado, varios hombres se levantaron y los siguieron mientras los contrincantes se dirigían hacia las escaleras de la bodega, al fondo del club. Al descender por aquellas escaleras oscuras y estrechas, Naruto captó retazos de las conversaciones que Sasori y sus compañeros se susurraban delante de él.

—Creo que cometes una estupidez peleándote con.., ese maldito bastardo... —musitó Zetsu.

—No sabe nada de técnica ni de disciplina... No es más que una bestia parda —fue la sardónica respuesta de Sasori.

Naruto sonrió perversamente. Es posible que Sasori tuviera mucha técnica y disciplina. Es posible que llevara años entrenándose. Todo aquello no significaba nada, comparado con la experiencia que Naruto había ganado en las calles, peleando con todos los que lo retaban. ¿Cuántos días y cuántas noches había peleado para conseguir tanto dinero como pudiera, sabiendo que su madre y hermana no tendrían comida ni cama si lo derrotaban? Pelear jamás había sido una diversión para él... Era supervivencia... Su forma de vida. Y para Sasori no era más que un deporte.

— No lo subestime — oyó decir a Aburame detrás de él, como si, en cierto modo, estuviera leyéndole el pensamiento —. Akasuna tiene una derecha contundente, y es más ágil de lo que parece. Peleé con él unas cuantas veces en Oxford y siempre me noqueó.

Llegaron a la bodega, un recinto fresco, mal iluminado y mohoso. El suelo de tierra estaba ligeramente húmedo, y las paredes de piedra verdosas y resbaladizas. Media bodega estaba ocupada por incontables estantes de vino, pero quedaba suficiente espacio para librar el combate.

Mientras Naruto y Sasori se quitaban la chaqueta y la camisa, los segundos midieron con pasos las dimensiones del ring y trazaron dos surcos, a dos palmos de distancia, en el centro del área. Aburame habló enérgicamente, enumerando los términos del combate.

— Normas de boxeo de Londres, cada asalto durará hasta que uno de los dos contrincantes toque el suelo con una parte del cuerpo. Al término de cada asalto, los contrincantes regresarán a su rincón, descansarán treinta segundos y tendrán ocho segundos para volver a pisar la marca. Si un contrincante baja voluntariamente la rodilla, será penalizado. —Miró el rostro impertérrito de Naruto y la expresión resuelta de Sasori—. ¿He olvidado algo, caballeros?

— Sí — dijo Sasori, mirando acusadoramente a Naruto, como si esperara que fuera a hacer trampa —. Nada de bloqueos a la cabeza.

Aburame respondió antes de que Naruto tuviera ocasión:—Los bloqueos a la cabeza son perfectamente legales, señor.

— Está bien — dijo Naruto sin inmutarse, quitándose bruscamente la corbata —. No haré bloqueos si él no quiere. — Sabía lo que Sasori temía: que pudiera agarrarle la cabeza en un bloqueo y le rompiera todos los huesos de la cara.

— Una concesión muy caballerosa, señor Uzumaki — observó Aburame. Parecía que supiera cuánto le molestaba a Akasuna oír la palabra «caballeroso» aplicada a su contrincante —. Muy bien entonces. Nada de bloqueos. — Extendió los brazos para que Naruto le diera la camisa, la chaqueta, el chaleco y la corbata, dobló las prendas con la destreza de un ayudante de cámara y las dejó en un estante.

Los dos hombres, ambos desnudos de cintura para arriba, se volvieron para encararse, la diferencia entre ellos era grande, el de Naruto era un cuerpo hecho para pelear, y para trabajar duro en los campos y en las fábricas. Akasuna no Sasori, en cambio, tenía una silueta enjuta y desgarbada, la piel sin cicatrices, una musculatura bien torneada.

Aburame sonrió por primera vez, enseñando su blanca dentadura.

— Creo que a Uzumaki solían llamarlo el Carnicero — informó a Sasori; luego se dirigió a Naruto, enarcando una ceja con expresión interrogativa —. ¿No es así?

Sin ganas de compartir su buen humor, Naruto asintió con sequedad. Aburame volvió a concentrarse en Sasori y habló con más sobriedad.

—Tal vez pueda persuadir al señor Uzumaki de que abandone el combate, señor, si usted se retracta de lo que ha dicho sobre lady Hinata.

Sasori sacudió la cabeza con desdén.

— Una mujer que vive bajo su techo no me merece ningún respeto —. Aburame miró a Naruto, exhortándolo fríamente a combatir. Parecía que cualquier insulto a Hinata lo ofendiera casi tanto como a él. Cuando Aburame pasó junto a él de camino al rincón, le murmuró algo entre dientes: —Bájele los humos, Uzumaki.

En silencio, Naruto fue hasta la marca y esperó a que Sasori hiciera lo mismo. Se encararon y adoptaron la tradicional postura de los boxeadores, la pierna izquierda adelantada, el brazo izquierdo delante, el codo flexionado, los nudillos al nivel de los ojos. Sasori abrió el combate asestando a Naruto un irritante directo de izquierda que lo hizo retroceder automáticamente. Pronto, Sasori le propinó más directos de izquierda, seguidos de un gancho de derecha. Aunque Sasori no logró alcanzar a Naruto en el mentón, sus compañeros empezaron a vitorearlo, claramente excitados por su agresividad. Naruto permitió que Sasori marcara el ritmo, limitándose a retirarse y defenderse mientras su oponente le daba una serie de golpes al cuerpo. Los puñetazos le alcanzaron de lleno en las costillas, pero ya hacía tiempo que Naruto era inmune a aquel tipo de dolor, después de los vapuleos que había soportado durante años. Contraatacó con una única serie de directos suaves destinados a irritar a su contrincante y a medir sus fuerzas.

Finalmente, cuando la cara sudorosa de Sasori lucía una risa triunfal y Deidara y Zetsu aplaudían vigorosamente, anticipando la victoria, Naruto le asestó una combinación de tres golpes seguida de un fulminante derechazo que lo alcanzó en pleno ojo.

Sasori retrocedió tambaleándose, claramente aturdido por la potencia y la rapidez de los golpes. Los hombres se quedaron instantáneamente en silencio cuando se bamboleó y cayó de rodillas, antes de volver a levantarse con dificultad.

— Fin de primer asalto — anunció Aburame, y Naruto se fue a su rincón. Estaba empezando a sudar y se frotó con impaciencia el cabello mojado que le caía sobre la frente —.Aquí tiene —dijo Aburame, dándole una servilleta limpia, y Naruto se enjugó la cara.

Sasori se retiró a su rincón, mientras Deidara le enjugaba la cara y le daba consejos.

— No juegue con él durante demasiado tiempo — musitó Aburame, sonriendo —. No hay necesidad de alargar esto, Uzumaki.

Naruto le devolvió la servilleta. — ¿Qué le hace pensar que estoy jugando con él?

— Es evidente que usted puede concluir el combate cuando le plazca. Pero sea un caballero. Demuéstreles quién es y termine cuanto antes.

Habían pasado treinta segundos y Naruto regresó a la marca central para librar el segundo asalto. Le enojaba que Aburame lo viera venir con tanta facilidad. Sí que había pensado en alargar el combate, provocando y humillando a Sasori con su evidente superioridad. Tenía la intención de darle a aquel aristócrata consentido una buena paliza que lo dejara lleno de moretones. En lugar de ello, Aburame quería que concluyera el combate enseguida y permitiera a Sasori salir por su propio pie cuando aún le quedara un poco orgullo. Naruto sabía que su recomendación era lo que sin duda debía hacer un caballero. Pero lo irritaba muchísimo. Él no quería ser un caballero; quería ser despiadado y despojar a Sasori de toda su vanidad. Sasori lo atacó con fuerzas renovadas, asestándole tres ganchos de derecha que lo alcanzaron en el mentón. Naruto respondió con dos potentes golpes en las costillas y un contundente gancho de izquierda que alcanzó a Sasori en la cabeza. La potencia del golpe lo obligó a dar dos pasos para no caer al suelo. Retrocediendo, Naruto aguardó a que su contrincante volviera a acercársele e intercambiaron golpes hasta que Naruto le asestó un poderoso directo de izquierda que lo alcanzó en la mandíbula.

Aturdido, Sasori cayó al suelo y empezó a maldecir mientras intentaba ponerse en pie. Deidara anunció el fin del asalto y los dos oponentes se retiraron a sus rincones.

Naruto se limpió la cara con la servilleta mojada. Iba a dolerle a la mañana siguiente, Sasori le había dejado el ojo izquierdo morado y le había magullado la parte derecha del mentón. De hecho, no boxeaba mal. Era ágil y tenía determinación. No obstante, Naruto no sólo lo superaba en fuerza, sino que tenía mucha más experiencia, dando menos golpes que, no obstante, eran infinitamente más efectivos.

— Buen trabajo — dijo Aburame en voz baja. Naruto quería decirle que no necesitaba ni quería su maldita aprobación. Ni tampoco necesitaba sus malditas instrucciones sobre cómo combatir caballerosamente. No obstante, contuvo su furia, dejando que se le disolviera en las entrañas.

Naruto regresó a la marca para el tercer asalto y soportó una rápida tanda de golpes de Sasori, que ya se estaba cansando. Esquivando al menos la mitad, Naruto experimentó la familiar sensación de haber alcanzado un estado en el que podría seguir boxeando durante horas. Podría continuar todo el día sin necesidad de descansar. Habría sido fácil seguir así hasta que Sasori cayera exhausto. No obstante, le asestó una combinación de cinco golpes que lo derribaron.

Claramente aturdido, sacudiendo la cabeza en un intento inútil de despejarse, Sasori no fue capaz de levantarse. Deidara y Zetsu le gritaron que lo hiciera, pero él escupió saliva con sangre y alzó las manos haciendo un ademán negativo.

— No puedo — murmuró —. No puedo. — Incluso cuando Deidara lo levantó y lo llevó al centro del ring, Sasori se negó.

Aunque a Naruto le hubiera gustado hacerle más daño, ver su cara magullada y cómo se sujetaba las costillas con evidente malestar lo aplacó un poco.

— El combate ha terminado — dijo Sasori por la comisura de la boca, que tenía hinchada —. Me rindo.

Tras un par de minutos para recobrar fuerzas, Sasori se encaró con Naruto. — Mis disculpas a lady Hinata — dijo, mientras sus compañeros se quejaban y refunfuñaban en voz alta —. Retiro todo lo que he dicho sobre ella. — Se dirigió a Deidara —. Corta el primer botón de mi chaqueta y dáselo.

—Pero ¿qué es lo que va a hacer con él? —se quejó Deidara, fulminando a Naruto con la mirada.

—Me da lo mismo — respondió Sasori con sequedad —. Haz el favor de arrancarlo de una vez. —Dirigiéndose a Naruto, le tendió la mano —. Uzumaki, tiene usted la cabeza como un yunque. Supongo que eso lo convierte en una compañía adecuada para todos nosotros.

Naruto se sorprendió al ver la mirada afable de su oponente. Despacio, le estrechó la mano. Ninguno apretó demasiado porque los dos tenían los nudillos doloridos. El gesto indicaba que Sasori reconocía a Naruto como a un igual, o al menos como a alguien a quien consideraba un miembro aceptable del club.

—Usted tiene un buen derechazo — respondió Naruto sin sonreír —. Tan bueno como cualquiera de los que me dieron cuando fui boxeador.

A pesar de tener la boca hinchada, Sasori sonrió, aparentemente complacido por el cumplido.

Regresando junto a Aburame, Naruto dejó la servilleta y se puso la ropa, abrochándose la camisa con dificultad y dejándose el chaleco abierto.

— Permítame — se ofreció Aburame, pero Naruto sacudió la cabeza con irritación. Detestaba que otro hombre lo tocara, hasta el punto incluso de rechazar los servicios de un ayudante de cámara.

Aburame sacudió la cabeza y sonrió levemente. — Tan manso como un jabalí — comentó en un tono frío y seco—. ¿Cómo en nombre de Dios consiguió que lady Hinata accediera?

—¿Accediera a qué? — preguntó Naruto, aunque sabía exactamente a qué se refería.

—La dama tímida y dulce que conocí hace tres años jamás habría accedido a trabajar para usted. Usted la habría aterrorizado.

— Tal vez haya cambiado — musitó Naruto con frialdad —. O tal vez no la conocía tan bien como pensaba. — Notó el desagrado en la expresión de la cara del hombre y experimentó una extraña mezcla de emociones. Triunfo, porque Hinata estaba viviendo con él y porque la vida de ella estaba entrelazada con la suya como jamás lo había estado con la de aquel aristócrata engreído. Y celos, unos celos punzantes y amargos, porque aquel hombre la había conocido antes que él, Naruto, y durante mucho más tiempo. Y Hinata y Aburame estaban obviamente cortados por el mismo patrón, los dos cultos y refinados.

Frotándose por última vez la cara magullada con la servilleta, Naruto sonrió ligeramente a aquel apuesto aristócrata.

— Le doy las gracias, Aburame. Lo escogería como mi segundo siempre que hiciera falta. —Se midieron, sin mostrar hostilidad, pero tampoco afabilidad.

Naruto se dio cuenta de que a Aburame no le complacía que Hinata hubiera cambiado. El lord estaba ofendido por el hecho de que la esposa de su difunto amigo trabajara para un plebeyo inculto. «Lo siento por ti — pensó Naruto furibundo. Se hallaba bajo el influjo de sus instintos más primarios y posesivos. Ahora es mía, y no hay nada en este maldito mundo que ni tú ni nadie puedan hacer para evitarlo.»

Casi al cabo de veinticuatro horas exactas del inicio de su migraña, Hinata se encontró lo bastante bien como para levantarse de la cama. Se sentía débil y un poco aturdida, como siempre le ocurría después de una crisis. Era por la tarde, la hora a la que los Uzumaki solían reunirse en el Saloncito antes de cenar.

—¿Dónde está Himawari? —fue lo primero que Hinata preguntó cuándo Kurenai la ayudó a incorporarse.

—Abajo, con el señor, su madre y su hermana — respondió ella, poniéndole más almohadones en la espalda —. Se han dedicado todos a mimarla mientras usted dormía, jugando y dándole más caramelos que de costumbre. El señor Uzumaki ha cancelado la visita que tenía hoy en la ciudad y se ha pasado la mañana paseándola por el prado, montada en un pequeño pony marrón.

—Oh, no debería haberlo hecho — dijo Hinata preocupada.. No debería haber desatendido sus negocios; cuidar de mi hija no es cosa suya.

—Ha insistido, señora. Me ha extrañado un poco, y he intentado decirle que no hacía falta. Pero ya sabe cómo es el señor cuando se le mete algo en la cabeza.

—Sí, lo sé. — Hinata suspiró y se puso la mano en la frente, que aún le dolía —. Oh, las molestias que he causado, a ti y a todo el mundo...

—Venga, señora, no se provoque otra migraña preocupándose por eso — le dijo Kurenai —. Los Uzumaki están encantados, parece, y Rose Himawari ha disfrutado con todos sus mimos y cariños. No pasa nada. ¿Pido que le suban algo de comer, señora?

—Gracias, pero querría bajar y cenar con la familia. Llevo en la cama demasiado tiempo. Y debo ver a Himawari.

Con ayuda de la doncella, Hinata se bañó y se puso un sencillo y ligero vestido marrón de seda bordada con el cuello color sepia de encaje y ribetes de encaje en las mangas. Como aún tenía el cuero cabelludo dolorido tras la crisis de migraña, se hizo un moño y se lo sujetó únicamente con dos horquillas. Tras mirarse en el espejo de su tocador para comprobar que estaba presentable, Hinata bajó despacio al saloncito.

Como le había dicho Kurenai, los Uzumaki estaban todos allí. Naruto se hallaba en la alfombra junto a Rose Himawari, absortos los dos en un montón de piezas de un rompecabezas de madera pintada. Tenten leía en voz alta de una colección de cuentos cortos y Kushina ocupaba una esquina del largo sofá, remendando gustosa un volante roto de un delantal blanco de la niña. El pequeño grupo alzó la vista al unísono cuando Hinata hizo su entrada.

Pálida y fatigada, consiguió esbozar una sonrisa en señal de disculpa.

—Buenas tardes a todos.

—¡Mamá! — exclamó Rose Himawari, sonriendo mientras corría hacia ella y se le abrazaba a las caderas —. ¡Te encuentras mejor!

—Sí, querida. — Hinata le acarició afectuosamente el cabello —. Siento haber dormido tanto.

—Me lo he pasado muy bien mientras dormías — dijo Rose Himawari, y se puso a contarle que por la mañana había montado en pony.

Mientras la pequeña hablaba por los codos, Tenten se acercó a Hinata, lamentándose por su estado y expresándole su preocupación, y la guió hasta el sofá. Kushina insistió en cubrirle las rodillas con una manta, a pesar de la débil protesta de Hinata.

— Oh, señora Uzumaki, es usted demasiado amable. De verdad, no es necesario... Mientras las mujeres la mimaban, Naruto se puso en pie y la saludó con una inclinación. Notando su mirada clavada en ella, Hinata le sonrió vacilante.

—Señor Uzumaki, yo... — Se detuvo sorprendida al ver que tenía el ojo morado y la mandíbula magullada —. ¿Qué le ha pasado en la cara, señor?

Rose respondió antes que él, con el orgullo de un niño que está dando una noticia de gran importancia.

—El señor Uzumaki ha chocado esta vez con un gancho de izquierda, mamá. Boxeó. Y me trajo esto. — Sacó un extremo del cordel de botones, que llevaba en el bolsillo del delantal, y se encaramó al regazo de Hinata para enseñarle su nueva adquisición.

Abrazando a su hija, Hinata examinó el botón con detenimiento. Era inmenso diamante engarzado en oro. Perpleja, miró a Tenten, que parecía incómoda, y el rostro tenso de Kushina, antes de encontrarse finalmente con los enigmáticos ojos azules de Uzumaki.

—No debería haberle dado a Rose Himawari un objeto tan costoso, señor Uzumaki. ¿De quién es el botón? ¿Y por qué boxeó?

—Tuve una diferencia de opinión con alguien del club.

—¿Por dinero...? ¿Por una mujer...?

Naruto permaneció impasible y se encogió de hombros, como si el asunto no tuviera importancia.

Mientras pensaba en cuál podría haber sido la razón, Hinata continuó mirándolo. La habitación se sumió en un tenso silencio y, de repente, dio con la respuesta.

—¿Por mí? —susurró.

Sin prisas, Naruto se arrancó un hilo de la manga de la camisa. — En realidad, no.

En aquel instante, Hinata se dio cuenta de que conocía a Naruto lo bastante para saber que mentía.

—Sí que ha sido por mí — dijo con más convicción —. Alguien debió de decir algo desagradable y usted, en lugar de pasar por alto el comentario, aceptó el desafío. Oh, señor Uzumaki, ¿cómo ha podido?

Viendo que Hinata se contrariaba en lugar de estarle agradecida, como probablemente había esperado, Naruto respondió con desdén.

—¿Preferiría que algún c... — Se contuvo al percibir la atención incondicional que Rose estaba prestando a la conversación —.., algún tipo con aires — dijo, dulcificando un poco el tono — difundiera mentiras sobre usted? Había que cerrarle la boca, y yo podía y estaba dispuesto a hacerlo.

—La única forma de responder a un comentario de mal gusto es no hacer caso — dijo Hinata resuelta —. Usted hizo justo lo contrario, dando de esa forma a entender que podía tener algo de cierto. No debería haberse peleado por mi honor. Debería haber sonreído con desdén ante cualquier insinuación, demostrando que en nuestra relación no hay nada indecoroso.

—Pero, señora, yo me pelearía con el mundo entero por usted — dijo Naruto con el tono que empleaba siempre que hacía esos comentarios tan sorprendentes, con un desenfado tal que al oyente no le cabía la menor duda de que estaba bromeando.

Entonces intervino Tenten, esbozando una sonrisa burlona.— Para mi hermano, cualquier excusa es buena para boxear, lady Hinata. Le gusta usar los puños para demostrar que es todo un hombre.

— Ése es un aspecto de su carácter que tendremos que corregir. — Hinata lo miró con reprobación, y él se echó a reír.

Una doncella entró para anunciar que la cena estaba lista y Rose Himawari se puso, a dar saltos, excitada.

—Cordero al romero con patatas — dijo haciéndosele la boca agua; era evidente que la información se la había dado la cocinera —. ¡Mi plato preferido! ¡Venga, Tenten! ¡Deprisa! Riéndose, Tenten le dio la mano y dejó que se la llevara a rastras del saloncito.

Kushina sonrió mientras dejaba sus labores y las siguió. Hinata tardó en levantarse, conteniendo una repentina náusea al pensar en el cordero, que no le resultaba en absoluto apetitoso. Por desgracia, el tónico que le había aliviado la migraña y le había permitido dormir durante un día entero no estaba exento de efectos secundarios, uno de los cuales era la pérdida del apetito.

Cerrando los ojos durante unos instantes, los abrió para descubrir que Naruto se había puesto a su lado con una rapidez asombrosa.

—¿Va a desmayarse? — le preguntó en voz baja, escrutándola con la mirada.

—Sólo estoy un poco mareada — musitó ella, intentando ponerse en pie —. Seguro que me encontraré mejor cuando coma algo.

—Permítame —. Le pasó el brazo, firme y fuerte, por la espalda y la ayudó a levantarse. Aquel contacto le resultó a Hinata de una familiaridad deliciosa. Tuvo la sensación de que, desde la clase de baile, su cuerpo se había acostumbrado a tener cerca a Uzumaki. Estar en sus brazos le resultaba demasiado natural y placentero.

—Gracias — murmuró, tocándose el moño, que parecía bastante suelto. Las horquillas se habían soltado tras el cariñoso abrazo de Rose Himawari. Para consternación de Hinata, acabaron cayéndosele y el cabello se le derramó sobre los hombros. Se apartó de Uzumaki con una leve exclamación.

—Oh, Dios mío.— Avergonzada por la cascada de ondas oscuras que le llegaba casi hasta la cintura, algo que ninguna mujer revelaba a otro hombre que no fuera su esposo, empezó a recogérselo —. Perdóneme — dijo, ruborizándose —. Me compondré en un santiamén.

Naruto se había quedado extrañamente callado. Avergonzada, Hinata no le miró la cara, pero le pareció que había empezado a respirar más profundo y rápido de lo habitual.

Naruto alzó las manos y, al principio, ella creyó que iba a ayudarla a recogerse el pelo. Pero, en lugar de ello, la tomo por las muñecas y le apartó los brazos. Sofocando un grito, Hinata lo miró a la cara.

—El pelo.., oh, señor Uzumaki, por favor... suélteme...

Él siguió sujetándola, sin apretarle las muñecas, y Hinata se puso a abrir y cerrar las manos inútilmente. El cabello le caía sobre los hombros y el corpiño en relucientes ondas oscuras que, a la luz de la lámpara, lanzaban destellos azulados. Naruto lo miraba como si estuviera hipnotizado, resiguiéndolo por su cuerpo, fijándose en cómo se dividía en los suaves montículos de sus senos. A Hinata le ardieron las mejillas de vergüenza e intentó liberarse. Naruto la soltó de repente, y ella pudo alejarse unos pasos, pero él la siguió.

Humedeciéndose los labios resecos, Hinata buscó algo, lo que fuera, para romper el incómodo silencio que se había creado entre ellos.

—Kurenai me ha dicho — dijo con un temblor en la voz —, que entró en mi habitación anoche, después de que me tomara la medicina.

—Estaba preocupado por usted.

—No importa lo buenas que fueran sus intenciones. Estuvo mal. Yo no estaba en condiciones de recibir visitas. Ni siquiera recuerdo que viniera, ni de qué hablamos...

—No hablamos de nada. Estaba usted dormida.

—Oh... — Hinata se detuvo cuando topó con la espalda en la pared, lo cual le impidió seguir alejándose —. Naruto — susurró.

No había pretendido decir su nombre... Ni siquiera lo usaba en sus sueños... pero, sin saber cómo, se le había escapado. Aquella familiaridad la dejó perpleja y quizá también a él. Naruto cerró los ojos durante un largo instante, y cuando los abrió, tenían un brillo.

—Estoy un poco alterada — murmuró ella, descubriendo que temblaba de la cabeza a los pies—. La medicina... Aún me siento un poco...

—Shhhh. — Naruto tomó un sedoso mechón de cabello entre los dedos y lo frotó suavemente con el dedo pulgar. Lo acariciaba con lentitud, como si estuviera en un sueño. Sin apartar la vista del brillante mechón de cabello, se lo llevó a los labios y lo besó.

Hinata notó que le flaqueaban las piernas y estuvo a punto de desplomarse. La ternura y la adoración de aquel gesto, el extremo cuidado con que había tocado el mechón, la habían dejado aturdida. Naruto se inclinó sobre ella, sin llegar a rozarla. Su proximidad la impulsó a apretarse contra la pared. Suspiró cuando lo vio apoyar las manos en el artesonado de madera, una a cada lado de su cabeza.

—Nos están esperando — dijo Hinata con un hilillo de voz.

Él pareció no oírla. «Iba a besarla», pensó ella. Respiró hondo y el tentador aroma de Naruto, el olor maravillosamente masculino de su piel, le impregnó la nariz y la boca.

Hinata abrió las manos y volvió a cerrarlas en el vacío, temblando de deseo, anhelando atraer la cabeza de Naruto hacia ella. Confundida, esperó en una dulce agonía a que él la besara, mientras decía mentalmente: «Sí, hazlo ya, por favor...»

—¿Mamá? — La risa sorprendida de Rose Himawari rompió el silencio que se había creado entre ellos. Su hija había regresado para averiguar por qué aún no se habían unido a los demás en la mesa —. ¿Qué hacen los dos tan juntos?

Hinata oyó su propia voz como si viniera desde muy lejos. —Se... se me ha soltado el pelo, querida. El señor Uzumaki me estaba ayudando a recogérmelo.

Agachándose, Rose encontró las horquillas y se las dio. — Aquí tienes — dijo radiante.

Naruto bajó un brazo, permitiendo que ella escapara, aunque la siguió con una penetrante mirada. Respirando hondo, Hinata se alejó y se negó a mirarlo.

—Gracias, cariño — dijo, inclinándose para besar brevemente a su hija —. Qué niña tan diligente.

—Deprisa, por favor — les rogó Rose Himawari, mirando cómo se recogía Hianata el cabello, se lo enroscaba y volvía a ponerse las horquillas —. ¡Tengo hambre!

La cena transcurrió sin sobresaltos, pero Naruto se dio cuenta de que había perdido por completo el apetito, normalmente voraz. Se sentó en la cabecera de la mesa, percatándose de que Hinata lo había hecho tan lejos de él como había podido. Haciendo un esfuerzo supremo, se concentró en que la conversación fluyera, tratando temas de una neutralidad tranquilizadora, cuando lo único que deseaba era estar a solas con Hinata.

Maldita mujer... Sin saber cómo le había quitado el apetito y el sueño. Tampoco le complacía jugar ni visitar los burdeles: todos sus deseos se concentraban en ella. Quedarse una tarde entera sentados, conversando tranquilamente, le parecía más excitante que pasar la noche en el burdel más obsceno de Londres. Hinata despertaba en él las fantasías más lascivas, y no podía mirarle las manos, el cuerpo o la boca sin excitarse tremendamente. Y también le inspiraba otras fantasías: imágenes caseras y cotidianas que hasta entonces le habían parecido ridículas.

Anhelaba pasar con ella otra velada íntima como la que habían compartido, cuando todo el mundo se había retirado, y ellos se quedaron conversando y bebiendo junto al fuego, pero era evidente que Hinata estaba cansada. Se excusó en cuanto acabó de cenar, sin apenas mirarlo, y se retiró inmediatamente.

Por alguna razón, Kushina se quedó en la mesa con él después de que todo el mundo se hubiera marchado, bebiendo una taza de té mientras él se tomaba una copa de oporto.

Naruto sonrió a su madre, orgulloso de verla luciendo un elegante vestido de seda azul y un broche de perlas que él le había regalado en Navidad. Naruto jamás olvidaría los vestidos viejos y raídos que Kushina había llevado en el pasado, lo duro que había trabajado para alimentar a sus hijos. Había sido costurera, lavandera, vendedora ambulante. Por fin, él podía cuidar de ella, y se aseguraría que no le faltara de nada.

Naruto sabía que Kushina a menudo se sentía incómoda con su nueva situación, que habría preferido vivir en una casita de campo con únicamente una cocinera a su servicio. Sin embargo, él quería que viviera como una reina y no se contentaría con menos.

—Quiere decirme algo, madre — señaló él, agitando el oporto en la copa. Le sonrió por la comisura de la boca —. Lo veo en su cara. ¿Va a darme otro sermón sobre el combate?

—No es sobre el combate — dijo Kushina, acunando la taza de té humeante entre sus manos ajadas. Clavó en él sus calidos ojos, mirándolo a la vez con afecto y con reprobación —. Eres un buen hijo, Naruto, a pesar de tus excesos. Tienes buen corazón, y por eso me he mordido la lengua cuando te has ido con prostitutas y mujeres de mala vida, y cuando has hecho cosas de las que deberías avergonzarte, pero quiero que escuches todo lo que voy a decirte.

Naruto fingió que se alarmaba y esperó a que ella prosiguiera.

—Se trata de lady Hinata.

—¿Qué pasa con ella? — preguntó él con aprensión.

Kushina suspiró incómoda.

—Jamás será tuya, Naruto. Debes hallar la forma de dejar de pensar en ella, o serás su desgracia.

Naruto se obligó a reír, aunque fue una risa hueca. Tal vez su madre no fuera culta ni refinada, pero era inteligente, y él no podía desoír sus palabras.

—No tengo intención de ser su desgracia. Jamás la he tocado.

—Una madre conoce a su hijo — insistió Kushina —. Veo cómo eres con ella. Puedes ocultárselo al mundo, pero no a mí. Naruto, no está bien. Tú no estás hecho para ella más de lo que un... burro lo está para un purasangre.

—Supongo que yo soy el burro — musitó Naruto con ironía—. Bueno, aprovechando que está tan habladora, dígame por qué hasta ahora no había puesto ninguna objeción cuando yo le hablaba de casarme con una mujer noble.

—Puedes tener una esposa de buena familia si eso es lo que quieres. Pero lady Hinata no es mujer para ti.

—¿Por qué?

Kushina meditó sus palabras con sumo cuidado. — Tú y yo nos hemos endurecido, e incluso Tenten, y demos gracias a Dios por ello. Por eso hemos sobrevivido todos estos años en los bajos fondos de Londres. Pero lady Hinata es inmensamente blanda. Y si vuelve a casarse, necesita un hombre que también lo sea. Tú nunca serás así. Conozco unas cuantas damas con las que, en mi opinión, te llevarás bien. Quédate con una de ellas y deja en paz a lady Hinata.

—¿No es de su agrado? — preguntó Naruto en voz baja.

—¿Que si no es de mi agrado? — repitió Kushina, mirándolo sorprendida —. Claro que lo es. Es la criatura más dulce y amable que he visto jamás. Tal vez la única dama auténtica que conozco. Es precisamente por el aprecio que le tengo por lo que estoy diciéndote estas cosas.

En el silencio que siguió, Naruto se concentró en terminarse el oporto. Las verdades que le había dicho su madre eran innegables. Estaba tentado de rebatir sus argumentos, pero eso lo obligaría a decir cosas que ni siquiera se había atrevido a aceptar ante sí mismo. Así pues, asintió brevemente y en silencio, reconociendo con amargura que su madre estaba probablemente en lo cierto.

—Oh, Naruto — murmuró Kushina en tono compasivo —. Conténtate con lo que tienes. ¿No puedes aprender a hacer eso?

—Por lo visto no — musitó él tristemente.

—Tiene que haber una palabra para los hombres como tú, para los que apuntan demasiado alto.., pero no sé cuál es.

Entonces, Naruto le sonrió, a pesar del peso que sentía en el corazón.

—Tampoco yo, madre. Pero tengo una palabra que la define a usted perfectamente.

—¿Cuál es? — le preguntó ella suspicaz, fingiendo que lo amenazaba con el dedo. Poniéndose de pie y acercándose a ella, Naruto se inclinó para besarle el pelo.

—Sabia — murmuró.

—Entonces, ¿seguirás mi consejo y te olvidarás de lady Hinata?

—Sería un tonto si no lo hiciera, ¿no?

—¿Es eso un sí? — persistió Kushina, pero él se echó a reír y salió de la habitación sin responderle.

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Continuará...