Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor

Hay OOC


«Capítulo diez»


En las semanas que siguieron al episodio de la migraña, Hinata observó una serie de cambios en el hogar de los Uzumaki. La diferencia más evidente fue la actitud de los sirvientes.

Si bien antes habían sido descuidados, imprevisibles e indiferentes con su trabajo, al parecer habían empezado a sentir una especie de orgullo colectivo por su labor. Era posible que se debiera a la discreción con que Hinata había instruido a los Uzumaki sobre lo que debían exigir al servicio que tenían contratado.

—Comprendo que le cueste, señora Uzumaki —había murmurado Hinata una tarde, cuando las criadas habían traído una bandeja de té que contenía un cazo de agua tibia, una jarra de leche que no sabía a nada y pasteles rancios—. No obstante, debe devolverla.

No hay nada malo en rechazar comida inaceptable.

—Ya trabajan mucho —protestó Kushina, haciendo ademán de servirse—. No quiero darles más faena, y además tampoco está tan mal.

—Está fatal —insistió Hinata, conteniendo la risa.

—Devuélvalo usted —le imploró Kushina.

—Señora Uzumaki, debe aprender a dirigir a sus sirvientes.

—No puedo. —Kushina sorprendió a Hinata tomándole la mano y apretándosela—. Yo era vendedora ambulante —susurró—. Era más humilde que la fregona más humilde que tenemos. Y todos los saben. ¿Cómo voy a darles órdenes?

Hinata la miró pensativa y sintió una inmensa compasión por ella al comprender finalmente por qué era esa su actitud con todos salvo con Tenten y con Naruto. Kushina Uzumaki había vivido en la más mísera pobreza durante tanto tiempo que no se sentía digna de la situación en la que se hallaba. La hermosa casa llena de tapices y obras de arte poco corrientes, las elegantes ropas que llevaba, las suculentas comidas y los vinos caros, sólo servían para recordarle sus orígenes humildes. Sin embargo, para ella no había marcha atrás. La opulencia que Naruto había conseguido para su familia superaba cualquier expectativa o fantasía de Kushina. Era imprescindible que se adaptara a su nueva situación, o jamás se sentiría a gusto y feliz con su nueva vida.

—Ahora ya no es vendedora ambulante —dijo Hinata en tono resuelto—. Es usted una mujer rica. Es la madre del señor Naruto. Tiene dos hijos extraordinarios y los educó sin la ayuda de nadie, y cualquiera que tenga dos dedos de frente admiraría su logro. —Le apretó la mano—. Insista en que la traten con el respeto que se merece dijo, mirándola directamente a los ojos, que reflejaban su preocupación—, sobre todo sus sirvientes. En esa misma línea, hay muchas otras cosas que deseo comentar con usted, pero por ahora... —Hinata guardó silencio e intentó pensar en una palabrota que diera énfasis a lo que iba a decir—. ¡Devuelva esa maldita bandeja!

Kushina abrió mucho los ojos y se tapó la boca para intentar contener inútilmente la risa.

—Lady Hinata, es la primera vez que le oigo decir una mala palabra.

Hinata le devolvió la sonrisa.

—Si yo puedo decirlas, seguro que usted puede tocar la campanilla para pedirles a las sirvientas que nos traigan un té como Dios manda.

Kushina se irguió con decisión.

—Muy bien, ¡lo haré! —Tocó la campanilla sin más dilación, antes de poder cambiar de opinión.

Con objeto de mejorar todavía más la relación entre los Uzumaki y el servicio, Hinata acordó reunirse a diario con el ama de llaves, la señora Burney. Insistió en que Kushina y Tenten estuvieran presentes, aunque a ninguna le hacía mucha gracia. Kushina continuaba sintiéndose mal en tener que dar instrucciones a la señora Burney, y Tenten no estaba interesada en los asuntos domésticos. No obstante, tenían que aprender.

—Llevar una casa es algo que todas las señoras deben saber hacer—les instruyó Hinata—. Todas las mañanas, deben reunirse con la señora Burney y revisar los menús del día, hablar sobre las tareas especiales que deben realizar los sirvientes, como lavar las alfombras o sacar brillo a la plata. Y, aún más importante, deben revisar las cuentas domésticas, anotar los gastos y decidir qué hay que comprar.

—Pensaba que era la señora Burney quien debía ocuparse de todo eso. —Tenten hizo un mohín al pensar en tratar asuntos tan tediosos todos los días.

—No, deben hacerlo ustedes —dijo Hinata, sonriendo—. Y no está de más que usted practique con su madre, porque algún día tendrá una casa propia que llevar. Para sorpresa de las Uzumaki, sus esfuerzos se vieron recompensados con un servicio mucho mejor del que estaban habituadas. Aunque a Kushina seguía costándole dar órdenes a los sirvientes, estaba mejorando, y eso le daba seguridad.

El otro cambio significativo en la rutina doméstica fue la conducta del señor.

Gradualmente, Hinata se dio cuenta de que Naruto Uzumaki ya no iba y venia de Londres todas las noches en busca de diversión. Aunque no se atrevería a afirmar que se había reformado, Uzumaki sí parecía más sosegado y calmado, algo menos rudo y brusco. Las miradas mordaces y las discusiones provocativas se habían terminado. No había vuelto a intentar besarla ni a hacerle cumplidos que la desconcertaban. En las clases, Uzumaki era sobrio y respetuoso, y prestaba mucha atención. Se comportaba de forma impecable incluso en las clases de baile. Y, para su consternación, Hinata encontraba mucho más atractivo el Uzumaki que aspiraba a caballero que al rufián. Hinata estaba descubriendo muchas de las cosas que él ocultaba tras su fachada sardónica y cínica, y había empezado a admirarlo más de lo que nunca habría imaginado.

Naruto se desvivía por ayudar a los pobres, no sólo mediante donativos benéficos, sino dándoles la oportunidad de que se ayudaran a sí mismos. A diferencia de otros hombres tan ricos como él, Uzumaki se identificaba con las clases bajas. Conocía sus necesidades y preocupaciones, y emprendía acciones para mejorar su situación. Con objeto de conseguir la aprobación de un proyecto de ley que acortaría la jornada laboral a diez horas diarias, Uzumaki había celebrado incontables reuniones con políticos e invertido grandes sumas en la financiación de sus causas favoritas. Había prohibido que en las fábricas de su propiedad trabajaran niños, y había creado ayudas para beneficiar a sus empleados, incluyendo las pensiones de viudedad y de vejez.

Otros patrones se habían negado a instaurar aquellas medidas en sus empresas, aduciendo que no tenían suficiente dinero para proporcionar esas ventajas a sus trabajadores Pero Uzumaki se estaba haciendo tan inmensamente rico que su éxito era el mejor argumento a favor de tratar a los empleados como personas y no como animales.

Uzumaki destinaba sus empresas a la importación o producción de artículos que mejoraban el nivel de vida del pueblo llano, poniendo productos como el jabón, el café, los caramelos, los tejidos y las vajillas al alcance de las masas. No obstante, las estrategias comerciales de Uzumaki se estaban ganando muchos más enemigos que admiradores entre sus competidores. Los aristócratas lo acusaban de querer borrar las fronteras entre las clases sociales y de intentar reducir la autoridad que les correspondía por derecho, y eran casi unánimes en desear su fracaso.

Para Hinata era evidente que por muy refinado que se volviera Uzumaki, Jamás sería bien recibido en la buena sociedad, donde a duras penas lo tolerarían Sentiría muchísimo verlo casado con una heredera consentida que sólo lo valoraría por su dinero y lo despreciaría a sus espaldas. Ojalá hubiera alguna joven enérgica que compartiera sus intereses, que incluso disfrutara teniendo por esposo a un hombre de su inteligencia y vigor. Uzumaki tenía mucho que ofrecer a una esposa que supiera apreciar su valía. Sería un matrimonio único, vivaz, interesante y apasionado.

Hinata había pensado en presentárselo a su hermana soltera. Sería un buen matrimonio y no había duda de que el dinero le iría muy bien a su familia. Pero imaginarse a Naruto Uzumaki cortejando a su hermana le causaba una inquietud muy similar a los celos. Además, su hermana, dada su inocencia, no podría manejarlo con facilidad. Había veces, incluso entonces, en las que Uzumaki se pasaba de la raya y necesitaba que lo hicieran entrar en vereda.

En el tema de los vestidos, por ejemplo.

El día en que Hinata iba a llevar a Tenten y a Kushina a su modista para encargarles vestidos un poco más elegantes de los que solían ponerse, Uzumaki le había hecho en privado una oferta sorprendente.

—Usted también debería hacerse algún vestido nuevo — dijo —. Estoy harto de verla con esa ropa que casi parece de luto: tonos grises, marrones, lavanda... Ya no es necesario. Encargue tantos como desee. Yo correré con los gastos.

Hinata lo miró boquiabierta.

—¿No sólo se atreve a hacer un comentario negativo sobre mi aspecto, sino que también me insulta ofreciéndose a pagarme la ropa?

—No pretendía insultarla —respondió él con cautela.

—Sabe perfectamente que un caballero jamás le compraría ropa a una dama. Ni siquiera un par de guantes.

—Entonces, le sustraeré la cantidad necesaria de su salario. —Uzumaki le dedicó una halagadora sonrisa—. Una mujer como usted se merece llevar algo bonito. Me gustaría verla con un vestido verde jade o amarillo. O rojo. —La idea pareció avivar su imaginación cuando prosiguió—: No puedo imaginarme nada más bello en este mundo que usted con un vestido rojo.

Hinata no se dejó influir por el cumplido.

—Tenga por seguro que no voy a encargar vestidos nuevos, y le agradecería que no volviera a mencionar el asunto. ¡Un vestido rojo! ¿Es usted consciente de cuánto se resentiría mi reputación?

—Ya está usted bastante desprestigiada —señaló él—. Así que, ¿por qué no intenta divertirse? —Aparentemente, disfrutaba viendo a Hinata indignada.

—Señor, puede... puede...

—¿Irme al diablo? —sugirió él solícito.

Ella se aferró a la expresión con entusiasmo. —Sí, ¡váyase al diablo!

Como debería haber supuesto Hinata, Uzumaki no hizo caso de su negativa y a sus espaldas encargó una selección de vestidos nuevos para ella. Había sido facilísimo, porque la modista ya tenía sus medidas y conocía sus gustos.

El día en que llegaron las cajas, Hinata se puso lívida al descubrir que un tercio eran para ella. Uzumaki le había encargado tantos vestidos como a su madre y su hermana, con guantes, zapatos y sombreros a juego.

—No voy a ponerme ninguno —declaró Hinata, fulminando a Uzumaki con la mirada desde detrás de la torre de cajas—. Ha derrochado su dinero. No puede imaginarse lo enojada que estoy con usted, señor. No llevaré ni una sola cinta ni un solo botón de estas cajas, ¿lo comprende?—Riéndose de su enfado, Uzumaki se ofreció a quemarlas personalmente, si eso servía para devolverle el buen humor.

Hinata consideró regalar las prendas a su hermana, que tenían una talla y una figura similar. No obstante, al ser soltera, estaban obligadas a vestir casi siempre de blanco. Aquéllos eran vestidos para una mujer mundana. Sólo en privado se había permitido Hinata examinar las prendas, hermosas y vistosas, muy distintas de sus vestidos de luto o del estilo que había llevado cuando estaba con Toneri. Los colores eran vivos, el corte, llamativo y femenino, y eran muy favorecedores para una mujer con una figura torneada como la suya. Había un vestido verde jade de seda italiana, con mangas anchas fruncidas en los puños y adornadas con puntas triangulares que tapaban el dorso de la mano. Y otro vestido de paseo rosa oscuro de seda que hacía aguas, con un sombrero de ala ancha a juego adornado con encaje blanco. También un vestido de rayas de color lavanda para llevar por las mañanas, con mangas blancas almidonadas y una falda de volantes, y otro de gasa amarilla, con un bello bordado de rosas en las mangas y en la falda.

El peor de todos era el rojo de seda, un vestido de noche de tal simplicidad y elegancia que casi le rompió el corazón saber que jamás lo llevaría nadie. El corpiño, liso y sin adornos, tenía un atrevido escote, y las faldas, de un matiz rojo entre el color de las manzanas y el de un vino poco corriente, tenían una elegante caída. El único adorno del vestido era un fajín rojo de terciopelo con un ribete de seda. Era la prenda más bella que Hinata había visto jamás. Si el color hubiera sido más circunspecto, incluso algún azul oscuro, Hinata habría aceptado el regalo, y al diablo con el decoro. No obstante, Uzumaki, fiel a sus principios, se había asegurado de que fuera de un color que ella jamás llevaría.

Lo hacía por la misma razón por la que le pedía platos de pasteles: le gustaba tentarla, y verla luchar desesperadamente con su conciencia.

«Pues bien, esta vez no.» Hinata no se probó ni un solo vestido. En lugar de ello, le pidió a Kurenai que los guardara en el armario, para regalarlos en el futuro, cuando se presentara la ocasión.

—Ya está, señor Uzumaki —musitó Hinata, girando la llave del armario con decisión— Es posible que no siempre pueda resistirme a sus malditas tentaciones, pero en esto al menos, ¡lo he conseguido!

Hinata llevaba casi cuatro meses residiendo con los Uzumaki y ya era hora de ver si sus clases habían dado algún fruto. Por fin, la noche del baile de los Lee había llegado. Serviría para presentar a Tenten en sociedad. También era la ocasión para que Naruto Uzumaki demostrara a la buena sociedad que se había convertido en una persona distinguida. Hinata estaba orgullosa e ilusionada, y sospechaba que aquella noche muchas personas se sorprenderían gratamente con los Uzumaki.

Por sugerencia de Hinata, Tenten lucía un vestido blanco adornado con bandas de seda de color rosa pálido. Llevaba una rosa natural del mismo color prendida en la cintura y otra sujeta en el cabello, que se había recogido en lo alto de la cabeza. La muchacha tenía un aspecto natural y elegante, y su figura esbelta y su considerable estatura le daban un aire regio. Aunque Naruto le había regalado muchas joyas, Hinata examinó los valiosos diamantes, zafiros y esmeraldas y concluyó que eran demasiado serios y caros para una muchacha soltera. En lugar de ello, seleccionó una hermosa cadena de oro y una perla como colgante.

—Esto es todo lo que necesita —dijo Hinata, poniéndole la cadena a Tenten—. Sea sencilla y natural, y guárdese las joyas caras para cuando sea una vieja como yo.

Tenten miró los reflejos de ambas en el espejo del tocador. —Lo dice como si ya estuviera decrépita —dijo riéndose—. ¡Y esta noche está hermosísima!

—Gracias, Tenten. —Hinata le dio un apretón en el hombro y se volvió para mirar afectuosamente a Kushina—. Ya que estamos haciéndonos cumplidos, señora Uzumaki, debo decir que tiene un aspecto magnifico esta noche.

Kushina, que llevaba un vestido verde oscuro adornado con cuentas en el cuello y en las mangas, asintió y esbozó una sonrisa tensa. Se notaba a la legua que preferiría estar haciendo mil cosas antes que asistir a un baile.

—No sé si sabré estar a la altura —dijo Tenten con nerviosismo, mirándose en el espejo—. Estoy hecha un flan. Voy a dar algún terrible paso en falso y todo el mundo lo comentará. Por favor, lady Hinata, dejémoslo por esta noche y volvamos a intentarlo en algún otro momento, cuando lleve más clases.

—A cuantos más bailes, fiestas y veladas asista, más fácil le resultará—respondió Hinata con firmeza.

—No me sacará nadie a bailar. Todos saben lo que soy: una bastarda. Oh, ¡maldito sea mi hermano por hacerme esto! Esta noche voy a ser la fea del baile. Este vestido me queda fatal. Debería estar pelando patatas en alguna parte, o barriendo alguna calle...

—Está preciosa, Tenten —dijo Hinata, abrazando a la muchacha mientras seguía mirándose en el espejo con preocupación, y tiene muy buenos modales, y su familia es muy rica. Créame, no será la fea del baile. Y ningún hombre que la vea esta noche pensará que debería estar pelando patatas.

Hinata tuvo que emplearse a fondo para persuadir a las dos mujeres de que salieran de la habitación. Al fin, consiguió que bajaran la suntuosa escalera con ella. Al observarlas, se enorgulleció especialmente de la aparente serenidad que transmitía Tenten, a pesar de que por dentro estuviera hecha un flan.

Uzumaki las esperaba en el recibidor; el cabello rubio le resplandecía bajo la abundante luz que proyectaban las arañas de cristal y el techo encofrado de plata. Aunque la combinación de blanco y negro del traje de etiqueta era muy favorecedora, a Naruto Uzumaki le hacía particular justicia. Su chaqueta negra, de una severa simplicidad, tenía un corte a la moda, con el cuello bajo, las mangas entalladas y solapas que llegaban casi hasta la cintura. Para el imponente físico de Naruto, de hombros anchos y cintura estrecha, aquel estilo era inmensamente favorecedor. La estrecha corbata blanca y el chaleco blanco almidonado parecían níveos en contraste con su atezado rostro recién afeitado. Desde el cabello, perfectamente peinado, hasta la punta de sus lustrosos zapatos negros de piel, Naruto Uzumaki parecía todo un caballero. No obstante, tenía un aire gallardo, incluso peligroso. Tal vez fuera el brillo irreverente de sus ojos azules, y su pícara sonrisa.

Primero posó la mirada en Tenten y sonrió con orgullo. —Qué guapa estás, Tenten —murmuró, tomándole la mano y dándole un beso en la sonrosada mejilla—. Estás más hermosa que nunca. Saldrás del baile dejando una estela de corazones rotos.

—Es más probable que deje una estela de dedos de los pies rotos —respondió Tenten con ironía—. Eso pasará si alguien es lo bastante tonto como para sacarme a bailar.

—Te sacarán —murmuró Naruto, y le dio un apretón en la cintura para animarla.

Miró a su madre y la alabó antes de fijarse en Hinata.

Después de las rigurosas clases sobre buenos modales que le había impartido, Hinata esperaba un comentario cortés. Un caballero debería hacer siempre un cumplido a una dama en aquella situación, y Hinata sabía que aquella vez se había esmerado. Se había puesto su vestido favorito, una prenda de seda gris claro bastante escotada, adornada con cuentas de plata en el corpiño y las mangas, cortas y con un relleno de plumas que les daba volumen. Debajo de la falda llevaba una enagua muy almidonada. Hinata incluso se había dejado convencer por la modista para llevar un ligero corsé que le quitaba casi cinco centímetros de cintura. Kurenai le había ayudado a peinarse a la última moda, con raya al medio y el cabello recogido en la nuca. Se lo había sujetado con horquillas y había dejado dos o tres mechones sueltos sobre el cuello, por detrás.

Sonriendo ligeramente, Hinata observó el rostro inexpresivo de Uzumaki mientras la miraba de pies a cabeza. No obstante, no oyó el cumplido caballeroso que esperaba.

—¿Eso es lo que va a llevar? —le preguntó Naruto con brusquedad.

—¡Naruto! —gritó su madre horrorizada, mientras Tenten le daba un codazo en el costado en respuesta a su grosera pregunta.

Hinata frunció el entrecejo desconcertada y sintió una mezcla de desilusión y enojo. ¡Aquel patán grosero e insolente! Hasta entonces, ningún hombre había hecho ningún comentario peyorativo sobre su aspecto. Siempre se había sentido orgullosa de su buen gusto, ¡cómo se atrevía él a insinuar que llevaba algo inadecuado!

—Vamos a un baile —respondió Hinata con frialdad—, y esto es un vestido de noche. Sí, señor Uzumaki, esto es lo que pienso llevar.

Se desafiaron con la mirada, excluyendo tan claramente a las dos mujeres que Kushina se llevó a Tenten a un rincón del recibidor con el pretexto de haber descubierto una mancha en el guante. Hinata apenas se percató de que se alejaban. Habló en un tono contenido que dejaba patente su desagrado.

—¿Qué es concretamente lo que encuentra mal, señor Uzumaki?

—Nada —musitó él—. Si quiere demostrarle al mundo que sigue de luto por Toneri, el vestido es perfecto.

Ofendida y extrañamente herida, Hinata lo miró a los ojos. —El vestido es totalmente adecuado para la ocasión. ¡Lo único que a usted le disgusta es que no sea uno de los que me compró! ¿Esperaba realmente que me pusiera alguno?

—Considerando que eran su única alternativa a ir de luto, o de medio luto, como diablos se llame, pensé que cabía esa posibilidad.

Jamás habían discutido así, no con tanta seriedad, de una forma que encendió el genio que Hinata llevaba tanto tiempo sin mostrar como si hubieran prendido la mecha de un cartucho de dinamita. Siempre que debatían un tema, sus comentarios contenían humor, sarcasmo, incluso provocación, pero aquélla era la primera vez que Hinata estaba realmente enfadada con él. Toneri jamás le habría hablado con la contundencia y la brutalidad de Uzumaki... Toneri jamás la habría criticado salvo en los términos más amables, y siempre con las mejores intenciones. Cegada por la ira, Hinata no se detuvo a preguntarse por qué estaba comparando a Uzumaki con su esposo, o por qué sus opiniones tenían tanto poder sobre sus emociones.

—Este no es un vestido de luto —dijo irritada—.. Se diría que no ha visto un vestido de color gris en su vida. Tal vez se ha pasado demasiado tiempo en los burdeles para saber lo que llevan las mujeres corrientes.

—Llámelo como quiera —respondió Uzumaki, sin levantar la voz pero con contundencia—, reconozco el luto cuando lo veo.

—Bueno, si escojo llevar luto durante los próximos cincuenta años, ¡es mi problema, no el suyo!

Naruto se encogió de hombros sin inmutarse, un gesto vulgar que sabía que la indignaría todavía más. —Sin duda, habrá muchos que la admirarán por pasearse vestida como un cuervo...

—Un cuervo —repitió Hinata fuera de sí.

—Pero yo nunca he sido de los que admiran las muestras exageradas de dolor, sobre todo en público. Es bueno guardarse los sentimientos para uno. No obstante, si está tan necesitada de la compasión ajena...

—¡Es usted un cerdo! —espetó ella, más enfadada de lo que recordaba haber estado en su vida. ¿Cómo osaba acusarla de llevar luto únicamente para granjearse la compasión ajena? ¿Cómo osaba insinuar que su dolor por Toneri no era sincero? La sangre se le subió a la cabeza, hasta que sintió que le ardía el rostro, ruborizada. Quería pegarle, hacerle daño, pero se dio cuenta de que, por alguna razón insondable, verla enojada lo complacía. La fría satisfacción que transmitía su mirada era inconfundible. Hacía unos instantes, ella se había sentido orgullosa de que pareciera todo un caballero; pero en ese momento casi lo odiaba.

—¿Y qué sabe usted del luto? —dijo Hinata, con un temblor en la voz. Era incapaz de mirarlo mientras le hablaba. Usted jamás podría querer a nadie como yo quise a Toneri, usted no sabe lo que es entregarse. Tal vez piense que eso lo hace superior. Pero a mí me da lástima.

Incapaz de tolerar su presencia ni un instante más, Hinata se marchó a toda prisa, golpeando la enagua almidonada con las piernas. Sin hacer caso de las preguntas y las exclamaciones de Kushina y Tenten, subió las escaleras con toda la rapidez que le permitían las faldas, sintiendo que los pulmones iban a estallarle.

Naruto se quedó clavado en su sitio, aturdido por aquella discusión tan absurda. No había tenido intención de empezarla, había incluso sentido una oleada de placer al ver a Hinata... hasta que se había fijado en que el vestido era gris. Gris como una sombra, un paño mortuorio arrojado por el recuerdo omnipresente de Toneri. Había sabido al instante que todos los momentos que Hinata viviera aquella noche quedarían empañados por el dolor de que su esposo no estuviera con ella, y Naruto sufriría lo indecible intentando alejarla del fantasma de Toneri durante las próximas horas. El vestido gris plateado, aunque fuera bonito, lo había provocado como una capa tienta a un toro. ¿Por qué no podía tenerla sólo por una noche, sin que el dolor se interpusiera tan insistentemente entre los dos?

Y por eso había hablado sin tapujos, incluso con crueldad, demasiado enojado y decepcionado como para medir sus palabras.

—Naruto, ¿por qué le has dicho eso? —le preguntó su madre.

—Te felicito —fue el sarcástico comentario de Tenten—. Sólo tú podías echarnos a perder la noche a todos en treinta segundos, Naruto.

Los pocos sirvientes que habían presenciado la escena se ocuparon de repente en tareas que nadie les había pedido, deseando a todas luces evitar que Naruto se desahogara con ellos. No obstante, a Uzumaki se le había pasado el enfado. En cuanto Hinata se hubo marchado, lo había invadido una sensación extraña y desagradable. Intentó identificarla, pues no se parecía a nada que hubiera sentido antes. Curiosamente se sentía peor en aquel momento que después de la peor paliza que había recibido siendo boxeador. Tenía un inmenso nudo de hielo en el estómago y el frío se le extendía hasta los dedos de las extremidades. De repente, tuvo miedo de que Hinata lo odiara, de que jamás volviera a sonreírle ni a dejar que la tocara.

—Subiré a verla —dijo Kushina en tono maternal y sereno—. Pero primero me gustaría que me dijeras que le dijiste, Naruto...

—No —la interrumpió su hijo con suavidad. Alzó la mano, indicándole que no lo hiciera—. Iré yo. Le diré... —Guardando silencio, se dio cuenta de que era la primera vez en su vida que le avergonzaba enfrentarse a una mujer—. Diablos —dijo furioso. Él, a quien jamás le había importado la opinión de nadie, se había amilanado con las palabras de una simple mujer. Habría sido mejor que Hinata lo hubiera insultado, le hubiera tirado algo, lo hubiera abofeteado. Eso podría haberlo soportado. Pero el quedo desdén de su voz serena lo había destrozado—. Sólo quiero darle un par de minutos para que se calme antes de hablar con ella.

—Por la forma en que se ha ido —observó Tenten con acritud—, lady Hinata tardará como mínimo tres días en poder volver a mirarte a la cara. Antes de que Naruto pudiera responder con un comentario convenientemente sarcástico, Kushina tomó del brazo a su hija y se la llevó al saloncito.

—Ven, Tenten... Nos beberemos una copa de vino para relajarnos. Dios sabe que la necesitamos.

Suspirando, Tenten la siguió. Estaba tan enojada que se movía con la gracia de una dieciochoañera furiosa. Si no se hubiera sentido tan turbado, la escena habría hecho sonreír a Naruto. Se dirigió a la biblioteca para tomarse una copa, se detuvo en el aparador y se sirvió. Tragándose el licor sin saborearlo, se puso otra copa. No obstante, el líquido no conseguía alejar el frío que le corroía las entrañas. La mente le bullía, barajando palabras, buscando una disculpa que lo enmendara todo otra vez. Podía decirle a Hinata todo salvo la verdad: que tenía celos de Toneri Õtsutsuki, que deseaba que dejara de llevar luto por su esposo; cuando era evidente que ella había dedicado el resto de su vida a su recuerdo. Dejando el vaso con un gemido, Naruto salió a desgana de la biblioteca. Los zapatos le pesaban como si tuvieran las suelas de plomo cuando subió las escaleras hacia las habitaciones de Hinata.

Hinata estaba tan impaciente por entrar en sus dependencias privadas y cerrar la puerta que estuvo a punto de dar un traspié. Pensando en Rose Himawari, que dormía plácidamente dos habitaciones más allá, intentó no dar un portazo. Se quedó muy quieta, abrazándose el cuerpo. En su mente resonaban todas las palabras que acababa de intercambiar con Naruto Uzumaki.

Lo peor era que él tenía parte de razón. Hinata había pensado que el vestido gris era ideal para la ocasión precisamente por la razón que él había sugerido. Era elegante y distinguido, pero en esencia no difería de las circunspectas prendas que ella había llevado durante el tercer año después de la muerte de Toneri. Nadie podía sacarle ningún defecto, ni siquiera su propia conciencia atormentada. Incorporarse al mundo sin Toneri la asustaba muchísimo, y ésa era la forma de recordarles a todos, incluso a sí misma, lo que en un tiempo había tenido. No quería perder el último vestigio de su pasado con Toneri. Ya había demasiados días en los que no pensaba en él. Demasiados momentos en los que sentía una atracción embriagadora por otro hombre, cuando en un tiempo había pensado que sólo Toneri podría despertar sus sentidos. Se le estaba haciendo tremendamente fácil tomar decisiones por sí misma, sola, sin considerar antes lo que Toneri habría aprobado.

Y la independencia la asustaba tanto como la complacía.

Su forma de actuar en aquellos cuatro meses había demostrado que ya no era la madre joven y protegida, ni la viuda virtuosa y circunspecta que la familia y los amigos habrían visto con buenos ojos. Se estaba convirtiendo en una mujer completamente distinta.

Absorta en sus pensamientos, Hinata no advirtió la presencia de su doncella Kurenai hasta que ésta le habló.

—Señora, ¿le falta algo? ¿Un botón, o un fleco...?

—No, nada de eso. —Hinata respiró hondo, intentando serenarse—. Parece que mi vestido gris no es del agrado del señor Uzumaki —le informó a la doncella—. Quiere que lleve algo que no parezca de luto.

—Se ha atrevido... —empezó a decir Kurenai sin salir de su asombro.

—Sí, se ha atrevido —dijo Hinata con sarcasmo.

—Pero señora... no va a complacerlo, ¿verdad?

Hinata se quitó los guantes, los tiró al suelo y se sacó los zapatos plateados. Aún sentía la furia palpitándole en las entrañas, y una excitación crispante que le resultaba desconocida.

—Voy a hacer que se le salgan los ojos de la cara —dijo con brusquedad—. Voy a hacer que se arrepienta de haberse atrevido a decir nada sobre mi atuendo.

Kurenai la miró con extrañeza, pues jamás había visto la expresión de venganza que observaba en su rostro.

—Señora —aventuró con cautela—, no parece usted la misma de siempre. Hinata se dirigió al armario cerrado, giro la llavecita y lo abrió. Sacó el vestido rojo y lo sacudió enérgicamente, aireándolo brevemente.

—Deprisa, Kurenai —dijo, dándole la espalda e indicándole la hilera de botones que debía desabrochar. Ayúdame a quitármelo, deprisa.

—Pero.., pero... —Kurenai estaba atónita—. ¿Quiere llevar ese vestido? No he podido airearlo bien, ni plancharlo...

—Yo lo encuentro perfecto. —Hinata inspeccionó las ondas de seda roja que tenía en los brazos—. Pero me daría igual que fuera una inmensa bola de arrugas. Voy a llevar este maldito vestido.

Viendo su determinación, aunque sin duda no la aprobaba, Kurenai suspiró ruidosamente y empezó a desabrocharle el vestido gris. Cuando vieron que la camisola blanca de Hinata sobresaldría por el generoso escote, ella se la quitó.

—¿Va a ir sin camisola? —gritó Kurenai, atónita.

Aunque la doncella ya la había visto totalmente desnuda, Hinata se ruborizó de la cabeza a los pies, hasta que incluso los pechos se le pusieron rosados.

—No tengo camisolas lo bastante escotadas para este vestido rojo.

Intentó ponerse sola el vestido rojo, y Kurenai se apresuró a ayudarla. Cuando tuvo el vestido abrochado y el fajín rojo de terciopelo ceñido en la cintura, Hinata se dirigió al espejo. Las tres lunas ovales con el marco de caoba le permitieron verse desde todos los ángulos. Hinata se quedó atónita al verse vestida con aquel rojo tan vivo, que tanto contrastaba con la blancura de su piel. Jamás había llevado para Toneri nada tan atrevido como aquello, un estilo que le dejaba al descubierto las níveas curvas de los senos y el tercio superior de la espalda. Las faldas se movían en una masa fluida y rizada a cada paso que daba, cada vez que respiraba. Se sentía vulnerable y expuesta, y al mismo tiempo extrañamente libre y ligera. Aquélla era la clase de vestido que había llevado en sus sueños prohibidos, cuando quería escapar al tedio de su vida cotidiana.

—En el último baile al que asistí —comentó, estudiando su reflejo—, vi a mujeres que lucían vestidos mucho más atrevidos que éste. Algunas llevaban la espalda prácticamente al descubierto. Éste parece casi modesto en comparación.

—No es el corte, señora —respondió Kurenai—. Es el color—. Sin dejar de mirarse en el espejo, Hinata se dio cuenta que el vestido era demasiado espectacular para necesitar más adornos. Se quitó todas las joyas: la pulsera de diamantes que Toneri le había regalado al nacer su hija, los pendientes, regalo de boda de sus padres, y los pasadores que le adornaban el moño. Todo salvo la sencilla alianza. Le entregó los objetos a la doncella.

—En el saloncito hay un centro de flores —dijo— y creo que tiene rosas rojas. ¿Puedes traerme una, Kurenai?

La doncella se detuvo antes de obedecer. —Señora —dijo en voz baja—, casi no la reconozco.

Hinata dejó de sonreír y respiró hondo.

—¿Es eso bueno o malo, Kurenai? ¿Qué habría dicho mi esposo si me hubiera visto así?

—Creo que al señor le habría encantado verla con ese vestido rojo—respondió Kurenai pensativa—. Era un hombre, al fin y al cabo.

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Continuará...