Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor

Hay OOC


«Capítulo once»


Naruto llamó, sin mucha convicción, a la puerta de Hinata con dos nudillos de la mano derecha. No oyó ningún ruido ni ninguna respuesta en el interior de la habitación.

Suspirando, se preguntó si tal vez se habría retirado a dormir. Era de esperar que no quisiera verlo aquella noche. Se reprendió en silencio, lamentando no haber sido capaz de mantener la boca cerrada. Aunque no era precisamente un hombre de salón, las mujeres se le daban bastante bien, y podría haber hecho algo mejor que criticar el aspecto de Hinata. Probablemente ella estaría llorando en un rincón de la habitación, demasiado herida y furiosa como para siquiera contestar...

La puerta se abrió suavemente, dejando la mano de Naruto suspendida en el aire cuando se disponía a llamar de nuevo. Y allí estaba Hinata, sola, enfundada en un vestido que parecía hecho de llamas líquidas.

Naruto se aferró al marco de la puerta para no caerse de espaldas. Recorrió a Hinata con la mirada, absorbiendo todos los detalles con avidez: los enhiestos senos blancos, aprisionados bajo el corpiño rojo de seda..., el delicado ángulo de la clavícula; la suave curva del cuello, tan tentadora que le hizo la boca agua. El vestido rojo, de una simplicidad sorprendente, era elegante pero provocativo. Las zonas de piel blanca que dejaba expuestas bastaron para amenazar su cordura. En su vida había visto una mujer de una belleza tan deslumbrante y misteriosa como la de Hinata. El hielo que tenía en el estómago se disolvió y lo invadió un ardiente deseo. Y como un recipiente de plástico que ha estado expuesto a un cambio radical de temperatura, su autocontrol amenazó con estallar.

La miró a los ojos, grises y aterciopelados. Por una vez, no supo discernir su estado de ánimo. Parecía cálida, profundamente invitadora, pero cuando habló, tenía la voz crispada.

—¿Da usted su aprobación, señor Uzumaki?

Incapaz de articular palabra, Naruto consiguió asentir con la cabeza. «Ella seguía enojada», pensó él perplejo. El porqué de que se hubiera puesto el vestido rojo era un misterio. Tal vez había intuido que aquél era el peor castigo que ella podía concebir. La deseaba tanto que le dolía.., especialmente en una zona. Anhelaba tocarla, posar sus manos y su boca en aquella piel tan suave, hundir la nariz en el pequeño valle que se abría entre sus senos. Ojalá le permitiera adorarla, darle placer, de la forma en que él ansiaba.

Hinata lo recorrió con la mirada y lo miró directamente a los ojos.

—Pase, por favor —dijo, indicándole que entrara en su habitación—. Se le ha revuelto el pelo. Se lo peinaré antes de salir.

Naruto obedeció con lentitud. Era la primera vez que lo invitaba a entrar en su habitación. Él sabía que no era correcto, que no era decoroso, pero aquella noche todo se había vuelto del revés. Mientras seguía su esbelta silueta enfundada en seda por la habitación perfumada, su cerebro reacciono lo bastante como para recordar que debía excusarse.

—Lady Hinata... —Se le quebró la voz. Se aclaró la garganta y volvió a intentarlo—. Lo que le he dicho abajo... No debería... Siento...

—Naturalmente que debe sentirlo —aseveró Hinata. El tono era agrio, pero ya no estaba furiosa—. Ha sido arrogante y presuntuoso, aunque no sé por qué debería haberme sorprendido esa conducta, viniendo de usted.

Normalmente Naruto habría respondido a aquella reprimenda con un comentario burlón. En ese momento, no obstante, asintió humildemente. El roce de las faldas, el movimiento de las piernas bajo las capas de seda, lo embriagaba y confundía.

—Siéntese ahí, por favor—dijo Hinata, señalando una pequeña silla junto al tocador. Llevaba en la mano un cepillo con la base de plata—. Es usted demasiado alto para mí si se queda de pie.

Él obedeció de inmediato, aunque la frágil sillita se bamboleó y crujió bajo su peso. Por desgracia, le quedaron los ojos justo a la altura de los senos de Hinata. Los cerró para no ver aquellos montes seductores, pero nada conseguía aquietar las atormentadoras imágenes que acudían a su mente. Sería tan fácil sujetarla por la cintura y enterrar la cabeza entre los suaves pechos. Empezó a sudar copiosamente, como si volase de fiebre.

Se consumía por ella. Cuando Hinata habló, le pareció que el dulce sonido de su voz se le acumulaba en la nuca y en la entrepierna.

—Yo también siento una cosa —dijo Hinata en voz baja—. Lo que le he dicho... que es incapaz de amar... Estaba equivocada. Sólo lo he dicho porque estaba molesta. No me cabe duda de que algún día perderá la cabeza por alguien, aunque no puedo imaginarme por quién.

«Por ti —pensó él sin poder evitar su deseo—. Por ti.» ¿Acaso no lo veía? ¿O creía que sólo despertaba su lujuria insaciable, que no era más especial para él que cualquier otra mujer?

En el silencio tenso que se había creado, Naruto abrió los ojos y vio a Hinata abrir un frasco de cristal y ponerse unas gotas de un líquido transparente en la palma de la mano.

—¿Qué es? —preguntó.

—Fijador.

—No me gusta el fijador —musitó él.

—Sí, ya lo sé. —Pareció que aquello la divertía. Se frotó las manos, distribuyéndose el fijador homogéneamente en los dedos y en las palmas—. Sólo le pondré un poco. Pero no puede asistir a una ocasión como ésta con el pelo cayéndole en la frente.

Resignado, Naruto se dejó hacer. Notó sus dedos húmedos en el cabello, frotándole suavemente el inflamado cuero cabelludo, extendiéndole el fijador por los rebeldes cabellos rubios.

—En su familia, tienen todos el mismo pelo —comentó Hinata en tono risueño—. Es decir, es muy rebelde. Hemos tenido que usar dos paquetes enteros de horquillas para que Tenten llevara el pelo presentable. Atormentado por el placer exquisito que sentía, Naruto no pudo responder. Notar las manos de Hinata en la cabeza, dándole un suave masaje con las yemas de los dedos, era una verdadera tortura. Ella lo peinó hacia atrás y el pelo permaneció milagrosamente en su sitio.

—Ya está —dijo Hinata satisfecha—. Ahora parece usted todo un caballero.

—¿Se lo hizo alguna vez a él? —se oyó preguntar Naruto con voz pastosa—. ¿A Toneri?

Hinata se quedó callada. Cuando sus miradas se cruzaron, Naruto vio la sorpresa reflejada en sus cálidos ojos grises. Luego, Hinata sonrió débilmente —Bueno, no. No creo que Toneri fuera jamás despeinado.

«Naturalmente», pensó Naruto. Entre las muchas virtudes de Toneri, su pelo también había sido el de un caballero. Haciendo un esfuerzo, se levantó. Tenía el cuerpo dolorido y rígido, y se aseguró que llevaba la chaqueta abrochada para ocultar su patente excitación. Esperó mientras Hinata se lavaba las manos y se ponía un par de guantes de un blanco cegador, que le llegaban hasta los codos. Los tenía encantadores, ni huesudos ni puntiagudos, sólo ligeramente regordetes, perfectos para mordisquearlos.

Se preguntó si aquello era lo que hacían los hombres casados, si podían ver a sus esposas arreglándose antes de salir por la noche. La escena era acogedora e íntima, y el anhelo que sintió lo dejó vacío. De repente, oyó que alguien sofocaba un grito. Mirando en la dirección de la que procedía el sonido, Naruto vio a la doncella de Hinata de pie en el umbral. Tenía los ojos redondos como platos. Se le había caído al suelo una exuberante rosa roja.

—Oh... yo no...

—Entra, Kurenai —dijo Hinata con mucha calma, como si la presencia de Naruto en su habitación fuera algo que ocurría a diario.

Recobrándose, la doncella recogió la rosa y se la llevó a su señora. Hablaron durante unos instantes, y luego Kurenai prendió la fragante flor en el cabello oscuro de su señora con mucha habilidad. Satisfecha con los resultados Hinata se miró en el espejo, tocó ligeramente la rosa y luego se volvió hacia Naruto.

—¿Nos vamos, señor Uzumaki?

Él se sintió a la vez apenado y aliviado de dejar la habitación. Luchar contra los apasionados deseos que Hinata despertaba en él era una batalla continua, sobre todo mientras notaba su mano enguantada en el brazo y oía el maldito roce de sus piernas contra la falda de seda. Ella no era una seductora profesional, y Naruto sabía que su experiencia con los hombres era limitada. Pero la deseaba más de lo que jamás había deseado a ninguna mujer. Si tenerla hubiera sido sólo cuestión de dinero, él le habría comprado países enteros.

Por desgracia, las cosas no eran tan sencillas. Él jamás podría ofrecerle la vida distinguida que ella se merecía y necesitaba, la clase de vida que había tenido con Toneri. Si, por algún milagro, ella llegaba a aceptarlo, Naruto sabía que la decepcionaría una y otra vez, y ella acabaría odiándolo. Descubriría toda la aspereza de su carácter; lo encontraría cada vez más repulsivo. Hallaría excusas para que él no fuera a visitarla a la cama. Por muy bien que empezara la unión, el final sería catastrófico. Porque, como su madre había observado correctamente, uno no apareaba a un purasangre con un burro.

Mejor dejarla en paz y fijarse en alguna otra que fuera mucho más apropiada que ella. Ojalá pudiera.

Parando a Hinata en mitad de la suntuosa escalera, Naruto descendió dos peldaños sin ella y se volvió para que estuvieran al mismo nivel.

—Señora —dijo con gravedad—, todo lo que he dicho sobre sus vestidos de luto... Lo siento. No tenía derecho a hacer esos comentarios.—Guardó silencio y tragó incómodamente saliva—. ¿Me perdona?— Hinata lo estudió, esbozando una sonrisa.

—Aún no.

Lo miraba con burla, casi con coquetería, y Naruto se dio cuenta, repentinamente complacido, de que a ella le gustaba decir siempre la última palabra. Estaba tan coqueta y adorable que él tuvo que luchar con todas sus fuerzas para no tomarla en sus brazos y besarla hasta perder el sentido.

—Entonces, ¿cuál va a ser mi penitencia? —preguntó él en voz baja, y durante el instante más delicioso de su vida, los dos se miraron sonriendo.

—Se lo diré cuando piense en algo, señor Uzumaki. —Hinata bajó hasta su peldaño y volvió a tomarlo del brazo.

Aunque no se lo dijo a nadie, Hinata se sorprendió del inmenso interés que sus protegidos despertaron en el baile de los Lee. Le emocionaba el éxito que estaban teniendo y sobre todo que parecieran estar integrándose perfectamente. Al parecer, las clases de Hinata los hacían sentirse más cómodos en aquel ambiente y la aristocracia estaba gratamente complacida.

—Ese señor Uzumaki —oyó que una viuda le comentaba a otra—, lo veo bastante más distinguido. Está prosperando, pero hasta esta noche no creí que sus modales pudieran seguir el ritmo de sus progresos. —No me estará diciendo que podría plantearse casarlo con su hija, ¿verdad? —fue la respuesta de su atónita interlocutora—. O sea, es bastante vulgar, después de todo.

—Naturalmente que si —le respondió la primera viuda con énfasis—. Es evidente que se está esmerando para aprender modales y los resultados son bastante gratos. Y aunque pueda ser un poco ordinario, su fortuna es extraordinaria.

—Cierto, cierto —corroboró distraídamente la segunda viuda. Observaron a Uzumaki por encima de sus abanicos, como soldados que acechan un objetivo militar.

Mientras Uzumaki se relacionaba con la gente, Hinata se quedó con Tenten y Kushina.

Incluso antes de que hubiera comenzado el baile, a Tenten ya le habían presentado al menos una docena de jóvenes, todos los cuales parecían encontrarla lo bastante arrebatadora como para abordarla. Su carnet de baile, que llevaba sujeto a la muñeca con una cinta rosa en un estuche de plata tan fino como el papel, ya habría estado lleno si no fuera porque Hinata le había aconsejado que se reservara algunos bailes. —Querrá descansar de vez en cuando —le murmuró al oído— y, además, tal vez encuentre algún caballero con quien quiera repetir. Tenten había asentido obedientemente, dando la impresión de que la escena la aturdía un poco.

El inmenso salón de los Lee, acogía al menos trescientos invitados, y había como mínimo doscientos más circulando por las habitaciones y galerías que lo rodeaban. La mansión se llamaba Lee Court y estaba construida alrededor de un espectacular patio de piedra y mármol lleno de árboles frutales y flores exóticas. Antiguamente había sido un castillo defensivo, y se había expandido progresivamente durante el último siglo hasta convertirse en una mansión grande y lujosa. En el salón, la luz que vertían las arañas de cristal colgadas del techo y el fuego de la gran chimenea de mármol se reflejaba en las paredes pintadas de color albaricoque. El brillo arrancaba impresionantes destellos a las joyas que llevaban los invitados, dignas del rescate de un rey. Los sillones y sofás, tapizados con seda estampada, acogían a viudas y a muchachas nerviosas, y había grupos de amigos apoyados en la pared, adornada con tapices flamencos, deslucidos pero de un valor incalculable.

Hinata percibió con agrado el olor típico de los bailes, único y familiar. Era una combinación de aromas donde predominaban el fuerte olor del suelo encerado y lavado con leche, y el perfume de las flores, mezclados con efluvios más tenues a colonia, sudor, fijador y velas de cera. Durante los tres años que había dejado de asistir a acontecimientos sociales como aquél, había olvidado aquel olor, pero esa noche le traía centenares de gratos recuerdos sobre ella y Toneri.

—Todo parece irreal —le susurró Tenten, después de que otro caballero se hubiera presentado y le hubiera pedido si quería bailar con él—. El salón es tan hermoso... y todo el mundo me trata con amabilidad. Es increíble el montón de jóvenes arruinados que quieren echar mano a la fortuna de Naruto.

—¿Cree que por eso quieren bailar y coquetear con usted? —le preguntó Hinata con una sonrisa afectuosa—. ¿Por el dinero de su hermano?

—Naturalmente.

—Algunos de los caballeros que se han presentado no están en absoluto arruinados —le informó Hinata—. Lord Wolrche, por ejemplo, o el agradable señor Barkham. Los dos provienen de familias con fortunas considerables.

—Entonces, ¿por qué me han pedido un baile? —musitó Tenten, perpleja.

—Tal vez porque es usted guapa, inteligente y enérgica —sugirió Hinata, y se echó a reír cuando la joven puso los ojos en blanco en señal de incredulidad. Se acercó otro hombre, esta vez un conocido. Era el primo de Hinata, el señor Neji Hyuga, el arquitecto que visitaba a Naruto todas las semanas para consultarle acerca de los planos y los materiales de la casa solariega que había proyectado. Durante sus visitas, Tenten a menudo asistía a las reuniones para dar su opinión sobre el trabajo de Neji sin que nadie se la pidiera, y él siempre respondía con el conveniente sarcasmo. Hinata se divertía secretamente con sus encuentros, sospechando que sus riñas ocultaban una atracción mutua. Se preguntaba si Uzumaki había llegado a la misma conclusión, pero aún no le había mencionado el tema.

Aunque Naruto parecía respetar y apreciar el talento de Neji, aún no había hecho ningún comentario sobre el carácter del joven. ¿Era Neji Hyuga la clase de hombre que Naruto querría por cuñado? Hinata no veía por qué no. Neji era apuesto, tenía talento y era de buena familia. No obstante, era un profesional y no estaba en posesión de una gran fortuna... aun. Necesitaría tiempo y muchos encargos de envergadura para reunir la fortuna que se merecía un hombre de su talla.

Neji saludó a Hinata, Kushina y Tenten con una cortés reverencia, pero se quedó mirando a la joven, que se había ruborizado. La chaqueta negra lo hacía extraordinariamente apuesto. El traje de etiqueta favorecía su figura espigada, y la luz de las arañas de cristal arrancaba destellos pardos y dorados a su cabello castaño. Aunque Neji no permitió que su mirada lo delatase, Hinata vio el ligero rubor que le coloreó las mejillas y el puente de la nariz mientras miraba a Tenten. «Estaba fascinado con la muchacha», pensó Hinata, y miró a Kushina para ver si también ella se había dado cuenta.

Kushina le devolvió la mirada con una leve sonrisa.

—Señorita Tenten —le dijo Neji con un desenfado fingido—. ¿Está disfrutando de la velada?

Tenten manoseó el estuche plateado y fingió que se colocaba bien la cinta que llevaba en la cintura. —Mucho, señor Hyuga.

Mirando la cabeza inclinada de Tenten, con el sedoso cabello castaño prendido con horquillas, Neji habló con cierta brusquedad. —Pensé que debería dirigirme a usted antes de que hubiera concedido todos los bailes... ¿o es ya demasiado tarde?

—Mmmm... déjeme ver. —Tenten abrió el estuche de plata y consultó las diminutas páginas, alargando deliberadamente el momento. Hinata reprimió una sonrisa, sabiendo que Tenten había seguido su consejo justo para una ocasión como aquélla—.Supongo que podría hacerle un hueco —dijo Tenten, frunciendo pensativamente los labios—. ¿El segundo vals, tal vez?

—El segundo vals —dijo él—. Me interesará descubrir si bailar se le da mejor que la arquitectura.

Tenten respondió a su comentario sarcástico mirando a Hinata y abriendo mucho los ojos para simular perplejidad. —¿Cree que pretende ser ingenioso, señora? —le preguntó—. ¿O acaso se lo está reservando para luego?

—Creo —dijo Hinata, riéndose suavemente—, que el señor Hyuga esta intentando provocarla.

—Sí. —Tenten se dirigió a Neji—. ¿Suele atraer a muchas jóvenes con esa técnica, señor Hyuga?

—No estoy intentando atraer a tantas —dijo él con una repentina sonrisa—. Sólo a una, de hecho.

Sonriendo, Hinata intuyó que Tenten se estaba preguntando si era a ella a quien él deseaba atraer.

Neji se dirigió a Kushina y le preguntó si deseaba que le trajera algún refrigerio. Cuando ella rechazó su ofrecimiento con una sonrisa, Neji volvió a mirar a Tenten.

—Señorita, ¿puedo acompañarla a la mesa de los refrigerios para tomar una copa de ponche antes de que comience el baile?

Tenten asintió, y Hinata vio que el pulso le latía en la garganta cuando Neji la tomó por el brazo.

Cuando se alejaron, Hinata pensó que hacían una pareja extraordinaria, los dos eran atractivos, altos y esbeltos. Era posible que Neji, con su energía juvenil y su hombría, fuera el hombre perfecto para Tenten. La muchacha necesitaba que la cortejaran, la hechizaran y la hicieran volar. Necesitaba a alguien que la despojara del cinismo y la inseguridad que la hacían sentirse indigna del amor de un hombre.

—Mírelos —murmuró Hinata a Kushina—. Una pareja apuesta, ¿no? Kushina se mostró preocupada y esperanzada a la vez.

—Señora, ¿cree que un hombre tan elegante como él querría casarse con una muchacha como Tenten?

—Tengo la esperanza, la certeza, de que cualquier hombre en su sano juicio querría a alguien tan especial como Tenten. Y mi primo no es tonto.

Lady Plymouth, una mujer alegre y rubicunda, se acercó a ellas hablándoles con entusiasmo. —Mi querida señora Uzumaki —dijo, tomando las manos de Kushina entre las suyas y apretándoselas afectuosamente—. No es mi deseo privar a lady Hinata de su compañía, pero debo raptarla durante un ratito. Tengo algunas amigas que querría presentarle, y luego, naturalmente, debemos visitar la mesa de los refrigerios. Estas ocasiones son muy fatigosas si no se come como es debido.

—Lady Hinata —dijo Kushina, mirándola encima del hombro mientras se la llevaba—, si no le importa...

—Vaya —la urgió Hinata con una sonrisa—. Cuidaré de Tenten cuando regrese. — Sintió una inmensa gratitud hacia lady Plymouth, pues le había pedido en privado que presentara a Kushina a unas cuantas damas que probablemente aceptarían conocerla. «La señora Uzumaki es muy especial —le había confiado a lady Plymouth—, es la mujer más afable del mundo, con un sentido común y una buena voluntad infinitos... Si pudiera tomarla bajo su protección y presentarle a alguien.» Aparentemente su súplica había conmovido a lady Plymouth. Por otra parte, recibir la gratitud de un hombre como Naruto Uzumaki por haber sido amable con su madre no era nada que no le conviniera.

Al ver que Hinata estaba sola, al menos tres hombres se acercaron a ella desde tres puntos distintos del salón. A Hinata no le había pasado inadvertido que su vestido rojo vino atraía más atención de la que ella había recibido en su vida.

—No, gracias —dijo repetidamente cuando varios hombres le pidieron que les concediera un baile. Les enseñó la muñeca para demostrarles que no llevaba carnet de baile—. Esta noche no bailo... Gracias por pedírmelo... Es un verdadero honor, pero no... — Pero los hombres no se marchaban, por muy firme que fuera su negativa. Aparecieron dos más, llevándole copas de ponche para que saciara su sed, y llegó otro con un plato de pequeños sándwiches para tentar su apetito. Sus intentos de captar la atención de Hinata fueron en rápido aumento, hasta que empezaron a darse codazos y empujones por estar cerca de ella.

Hinata, a quien tanta atención le había sorprendido, empezó a sentirse ligeramente alarmada. Jamás la habían acosado así. Cuando era joven e iba vestida de blanco, sus damas de compañía habían supervisado cuidadosamente todos sus contactos con miembros del sexo opuesto y, desde que se casó, había estado protegida por su esposo.

Sin embargo, su aparición luciendo ese vestido rojo, y, sin duda, los rumores e insinuaciones sobre su presencia en casa de los Uzumaki, se habían combinado para suscitar gran interés entre el sector masculino.

Sólo un hombre podría haberse abierto paso entre la multitud. De repente, Hinata vio a Naruto Uzumaki avanzando a codazos; con un tamaño y una seriedad imponentes, y un poco irritado. Fue sólo entonces, al ver a Uzumaki entre tantos hombres, cuando Hinata se dio cuenta de que podía intimidarlos por la mera virtud de su tamaño. Sintió un escalofrío, inapropiado pero delicioso, cuando él la tomó posesivamente del brazo y fulminó con la mirada a la horda que los rodeaba.

—Señora —dijo con brusquedad, sin dejar de mirar al grupo—. ¿Puedo hablar un momento con usted?

—Sí, desde luego. —Hinata suspiró aliviada cuando se la llevó a un rincón relativamente privado.

—Chacales —musitó Naruto—. Y la gente dice que yo no soy un caballero. Al menos, yo no jadeo ni babeo por una mujer en público.

—Me consta que está exagerando, señor Uzumaki. Casi no he visto a nadie babeando.

—Y la forma en que la miraba ese Harrowby —continuó Uzumaki irritado—. Ese cerdo debe de haberse torcido el cuello intentando mirarle por el escote.

—Su vocabulario, señor Uzumaki —lo reprendió Hinata, aunque tuvo que contenerse para no reír. ¿Era posible que estuviera celoso? Sabía que aquel pensamiento no debería complacerla—. Y no necesito recordarle que llevo este vestido por su culpa.

En el piso de arriba, los músicos empezaron a tocar y el aire se inundó de una música alegre y vivaz.

—El baile va a empezar enseguida —dijo Hinata, adoptando un aire profesional—.¿Tiene algún baile apalabrado con alguna señorita?

—Aún no.

—Bueno, debe ponerse manos a la obra de inmediato. Le sugeriré unas cuantas muchachas que merecen la pena: la señorita Eugenia Clayton, por ejemplo, y desde luego, lady Shizuka Kirby, y esa joven, lady Ino Yamanaka. Su padre es duque.

—¿Acaso necesito a un tercero para presentarme? —le preguntó Naruto.

—En un baile público, sí. Pero éste es un baile privado, y el hecho de que lo hayan invitado es prueba suficiente de su respetabilidad. Recuerde que su conversación no debe ser ni muy seria ni muy trivial. Hable de arte, por ejemplo, o de sus periódicos favoritos.

—No leo los periódicos.

—Entonces hable sobre personas eminentes que admira, o tendencias sociales que encuentra interesantes... Oh, usted sabe perfectamente cómo llevar una conversación. Lo hace continuamente conmigo.

—Eso es distinto —musitó Naruto, mirando con una alarma apenas disimulada los rebaños de vírgenes vestidas de blanco que llenaban la sala—. Usted es una mujer.

Hinata se rió súbitamente. —¿Y qué son esas criaturas sino mujeres?

—Que me aspen si lo sé.

—Modere su vocabulario —dijo ella—. Y no diga ninguna indelicadeza a esas muchachas. Venga, vaya a bailar con alguna. Y no olvide que un auténtico caballero se acercaría a las pobres muchachas que están sentadas en lugar de dirigirse directamente a las que tienen más éxito.

Mirando la hilera de pánfilas desconsoladas, Naruto suspiró. No alcanzaba a explicarse por qué en algún momento le había parecido buena idea casarse con alguna jovencita sin formar y moldearla a su gusto. Había querido un trofeo, una yegua de alta cuna para aportar prestigio a su linaje plebeyo. Pero la perspectiva de pasarse el resto de su vida con una de aquellas muchachas de buena familia no le atraía en absoluto.

—Parecen todas iguales —musitó.

—Bueno, pues no lo son —le reprendió Hinata—. Me acuerdo perfectamente de cómo me sentía yo en mi puesta de largo, y es aterrador. No tenía ni idea de la clase de esposo con la que terminaría. —Guardó silencio y le tocó ligeramente el brazo—. Aquélla, ¿la ve?

¿La muchacha sentada al final de la fila? ¿La atractiva, con el pelo rubio y el ribete azul en el vestido? Es la señorita Shion Warner. Conozco bien a su familia. Si se parece en algo a sus hermanas mayores, será una pareja deliciosa.

—Entonces, ¿por qué está sola? —le preguntó Naruto ominosamente.

—Tiene media docena de hermanas, y la familia casi no puede ofrecer dote por ella. Eso disuade a muchos jóvenes emprendedores.., pero a usted le da igual. —Hinata le dio un empujoncito—. Vaya a sacarla a bailar.

No se dejó persuadir. —¿Qué hará usted?

—Veo que están acompañando a su hermana a la sala de los refrigerios y creo que su madre también se dirige allí. Es posible que me una a ellas. Ahora, váyase.

Naruto la miró con ironía y se marchó como un gato que sale de caza sólo porque le insisten.

Cuando se hizo evidente que Hinata volvía a estar sola, varios hombres se dirigieron hacia ella. Viendo que pronto volverían a acosarla, optó por una retirada estratégica.

Fingiendo que no veía a ninguno de los hombres que se le acercaban, se dirigió a la entrada del salón, esperando hallar refugio en una de las galerías o saloncitos que lo rodeaban. Estaba demasiado concentrada en huir como para advertir la gran silueta que se cruzó en su camino. Súbitamente, se dio de bruces con el sólido cuerpo de un hombre.

Sofocó un grito, sobresaltada. Un par de manos enguantadas la sujetaron por los hombros, haciéndole recobrar su precario equilibrio.

—Lo siento muchísimo —se apresuró a decir Hinata, alzando la vista para ver al hombre que tenía delante—. Tenía un poco de prisa. Perdóneme. Debería haber... —Pero se quedó sin habla, aturdida al ver con quién había chocado—. Aburame —susurró.

Ver a Shino, lord Aburame, conde de Ravenhill, bastó para traerle embriagadores recuerdos a la memoria. Durante unos instantes, se le hizo un nudo en la garganta que no le permitió hablar ni respirar. Habían pasado tres años desde la última vez que lo había visto, en el funeral de Toneri. Parecía mayor, más serio. Pero era más apuesto, si cabe, porque la madurez lo había curtido.

Llevaba el pelo oscuro cortado de la misma forma, era como lo recordaba, frío e incisivo hasta que sonreía.

—Lady Hinata —dijo él en voz baja.

Un millar de recuerdos los unía. ¿Cuántas ociosas tardes de verano habían pasado juntos los tres, a cuántas fiestas y veladas musicales habían asistido? Hinata recordaba cómo Toneri y ella habían bromeado con él sobre la clase de muchacha con la que debía casarse... o a Toneri y a Shino asistiendo a combates de boxeo y luego volviendo a casa borrachos como cubas... o la funesta noche en que ella le había dicho a Shino que Toneri había contraído fiebres tifoideas. Shino había sido un gran apoyo para Hinata durante toda la enfermedad de Toneri y en el momento de su muerte. Los dos hombres habían sido como hermanos y, por ello, Hinata consideraba a Shino como a un miembro más de la familia. Al verlo de esa forma, tras su larga ausencia, tuvo la sensación de que Toneri estaba aún vivo. Casi esperaba que apareciera detrás de él, con un chiste en los labios y una sonrisa radiante. Pero Toneri no estaba allí, naturalmente. Sólo quedaban ella y Shino.

—La única razón por la que he venido aquí esta noche es porque lord Lee me dijo que vendrías —dijo Shino en voz baja.

—Hace tanto tiempo... —Hinata se calló, la mente se le quedó en blanco mientras lo contemplaba. Ansiaba hablar con él sobre Toneri, y sobre lo que había sido de ellos dos durante los últimos años.

Shino sonrió. Los dientes blancos contrastaron.

—Ven conmigo—. Hinata lo tomó por el brazo con naturalidad, y anduvo sin pensar, sintiéndose como si se hallara en un sueño. Sin articular palabra, Shino la sacó del salón, atravesaron el recibidor y salieron por una larga hilera de cristaleras. La guió hasta el patio central de la casa, donde el aire estaba impregnado con la fragancia de las frutas y las flores. Afuera, lámparas de hierro forjado proyectaban luz en la espesura e iluminaban el cielo, volviéndolo del mismo color que las ciruelas negras. Para tener cierta intimidad, se dirigieron al fondo del patio, que daba a un gran jardín ubicado en la parte trasera de la casa. Hallaron un círculo de banquitos de piedra semioculto por una hilera de setos y se sentaron juntos.

Hinata miró el rostro en sombra de Shino con una sonrisa vacilante. Presentía que él se sentía igual que ella, extraño pero impaciente, dos viejos amigos deseosos por renovar su amistad. Lo sentía tan cerca, tan familiar, que tuvo el fuerte impulso de abrazarlo, pero algo la detuvo. La expresión de Shino ocultaba algo que parecía causarle malestar.., inquietud... vergüenza. Fue a tomarle la mano enguantada, pero se contuvo y, en lugar de ello, apoyó las palmas de las manos en las rodillas.

—Hinata —murmuró, recorriéndola con la mirada—. Estás más bella que nunca.

Ella también estudió a Shino, sorprendida por lo mucho que habían madurado sus facciones. El dolor que la vida a veces se reserva para quienes no sospechan que van a sufrirlo había dejado un poso amargo en su apostura juvenil. Aparentemente, ya no poseía la infinita confianza en sí mismo que su educación privilegiada le había proporcionado y, extrañamente, eso lo hacía aún más atractivo.

—¿Cómo está Rose Himawari? —le preguntó él en voz baja.

—Feliz, guapa, inteligente... Ooh, Shino, ¡cómo me gustaría que Toneri pudiera verla!

Shino pareció incapaz de contestar y se quedó mirando algún punto distante del jardín. Debía de molestarle la garganta, porque tragó saliva varias veces.

—Shino —preguntó Hinata después de un largo silencio—, ¿aún piensas a menudo en Toneri?

Él asintió y sonrió con cierta ironía.

—El tiempo no me ha ayudado ni mucho menos tanto como todos me decían. Sí, diablos, pienso en él con demasiada frecuencia. Hasta que Toneri murió, yo no había perdido a nadie ni nada que me importara—. Hinata lo comprendía perfectamente. Para ella la vida también había sido casi perfecta. De joven, no había experimentado el dolor ni la pérdida, y no le cabía duda de que las cosas serían siempre maravillosas.

— Toneri era el único hombre al que he admirado realmente. Le dijo él

Embargada por la melancolía, Hinata le tomó la mano y se la apretó con fuerza. —Sí —susurró, sonriendo con orgullo y ternura—. Era un buen hombre.

—Cuando murió —dijo Shino—, estuve a punto de derrumbarme. Habría hecho cualquier cosa para aplacar el dolor, pero nada surtía efecto. —Hizo una mueca de desprecio—. Empecé a beber. Y seguí haciéndolo. Toqué fondo, y me marché al continente para pasar algún tiempo a solas y aclararme las ideas. En lugar de ello, hice incluso cosas peores. Cosas que jamás me habría imaginado capaz de hacer. Si me hubieras visto durante estos últimos tres años, Hinata, no me habrías reconocido. Y, cuanto más tiempo llevaba fuera, más me avergonzaba presentarme ante ti. Te abandoné, después de lo que le había prometido a Toneri...

Hinata le tocó súbitamente los labios con las yemas de los dedos, acallando sus lamentos.

—No habrías podido hacer nada. Necesitaba estar sola para llorar la muerte de Toneri. —Lo miró compasiva, apenas capaz de imaginarlo comportándose de formas indecorosas y poco honorables. Shino había sido siempre moderado. Nunca había sido un borracho ni un mujeriego, jamás había jugado ni peleado, ni cometido ningún exceso. Hinata no podía ni imaginarse lo que habría estado haciendo durante su larga ausencia de Inglaterra, pero no le importaba.

Se le ocurrió que debía de haber muchas formas distintas de llorar una muerte. Mientras que ella se había encerrado en su pena, era posible que el dolor por la muerte de Toneri hubiera trastocado a Shino durante un tiempo. Lo importante era que había vuelto a casa y ella se alegraba inmensamente de volverlo a ver.

—¿Por qué no has venido a visitarme? —preguntó Hinata—. No tenía ni idea de que hubieras regresado del continente.

Shino le sonrió con cinismo. —Hasta ahora no he mantenido ninguna de las promesas que le hice a mi mejor amigo en el lecho de muerte. Y si no empiezo a cumplirlas, no podré soportarme durante más tiempo. Pensé que la mejor forma de comenzar sería pidiéndote perdón.

—No hay nada que perdonar —dijo Hinata con sencillez. Shino sonrió y sacudió la cabeza.

—Sigues siendo toda una dama, ¿no?

—Tal vez no tanto como antes —respondió Hinata con cierta ironía. Shino la miró atentamente.

—Hinata, me he enterado de que trabajas para Naruto Uzumaki.

—Sí, soy la instructora social del señor Uzumaki y su encantadora familia.

—Es por culpa mía. —Aparentemente Shino no recibió la noticia con el mismo entusiasmo que se la contaba ella—. Jamás habrías tenido que llegar a esos extremos si yo hubiera estado aquí para cumplir mis promesas.

—No, Shino —se apresuró a decir Hinata—. Es una experiencia verdaderamente gratificante. —Intentó buscar las palabras adecuadas, preguntándose cómo diantres iba a explicarle su relación con la familia Uzumaki—. Conocer a los Uzumaki me ha ido bien. Ha sido positivo para mí de una forma que no es fácil de explicar.

—Tú no tendrías que trabajar —observó Shino en voz baja—. Ya sabes lo que habría opinado Toneri.

—Sé perfectamente lo que Toneri quería para mí —corroboró ella—. Pero, Shino...

—Tenemos que hablar de algunas cosas, Hinata. Ahora no es el momento ni el lugar, pero hay algo que debo preguntarte. La promesa que ese día le hicimos a Toneri... ¿sigue siendo una posibilidad para ti?

Al principio, Hinata se quedó sin respiración. Sintió vértigo y tuvo la sensación de que el destino la arrastraba irremisiblemente. Y aquello le produjo una extraña mezcla de alivio y embotamiento, como si todo lo que tuviera que hacer fuera aceptar una situación sobre la que no ejercía ningún control.

—Si—dijo en voz baja—. Claro que sigue siendo una posibilidad. Pero si quieres liberarte de esa responsabilidad...

—Entonces sabía lo que hacía. —Shino la miró resoluto—. Ahora sé lo que quiero.

Se quedaron sumidos en un silencio que no requería palabras, transidos por el dolor y el remordimiento. En su mundo, la felicidad no se buscaba porque si, sino que se recibía, a veces, como recompensa a un comportamiento honroso. A menudo, cumplir con el deber traía dolor e infelicidad, pero siempre quedaba el consuelo de haber vivido íntegramente.

—Entonces, hablaremos de ello más adelante —musitó finalmente Hinata—. Ven a visitarme a casa de los Uzumaki, si lo deseas.

—¿Te acompaño al salón de baile?

Hinata se apresuró a negar con la cabeza.

—Si no te importa, me quedaré. Quiero estar sola y meditar unos instantes. — Viendo que Shino no estaba de acuerdo, se lo suplicó con una sonrisa—. Te prometo que nadie me abordará en tu ausencia. Estoy a un tiro de piedra de la casa. Por favor, Shino...

Él asintió de mala gana y le tomó la mano, besándole el dorso del guante. Cuando Shino se hubo marchado, Hinata suspiró hondo y se preguntó por qué razón se sentía tan confusa e infeliz cuando pensaba en cumplir la promesa que le había hecho a Toneri en su lecho de muerte.

—Querido —susurró, cerrando los ojos—, tú siempre supiste lo que era apropiado para mí. Confío en ti ahora tanto como lo hacía antes, y comprendo que lo que nos pediste es razonable. Pero si pudieras darme una señal de que aún es eso lo que quieres, pasaría de buen grado el resto de mi vida como tú deseabas. No debería verlo como un sacrificio, lo sé, pero...

Una voz irritada la sacó bruscamente de sus reflexiones.

—¿Qué diablos está haciendo usted aquí?

Naruto, cuya hombría era incuestionable, poseía un arraigado espíritu de competición y aquélla no era la primera vez que sentía celos. Pero nunca había experimentado nada igual. Aquella mezcla de ira y alarma que le desgarraba las entrañas.

No era un estúpido; había visto la forma en que Hinata miraba a Aburame en el baile y lo había comprendido todo al instante. Estaban cortados por el mismo patrón y compartían un pasado del que él no formaba parte. Había lazos entre ellos, recuerdos, e incluso más, la tranquilidad de saber exactamente qué esperar del otro. De repente, Naruto odiaba a Aburame con una intensidad que rayaba en el miedo. Aburame era todo lo que no era él... todo lo que no podría ser jamás.

Ojalá vivieran en una época más primaria, un período de la historia en el que la mera fuerza bruta bastara para dominarlo todo y un hombre pudiera tener lo que quisiera únicamente tomándolo. En realidad, de allí provenían casi todos aquellos malditos aristócratas. Eran los descendientes debilitados y endogámicos de los guerreros, que habían adquirido una posición luchando y derramando sangre. Generaciones de privilegios y facilidades los habían amansado, ablandado y refinado. Siglos después, aquellos aristócratas consentidos podían permitirse mirar por encima del hombro a un hombre que probablemente se parecía más que ellos a sus venerados antepasados.

«Aquél era su problema», pensó Naruto. Había nacido con varios siglos de retraso. En lugar de tener que hacerse pacientemente un sitio en una sociedad que estaba demasiado adulterada para él, habría podido dominar.., luchar.., conquistar.

Cuando Naruto vio a Hinata salir del salón de baile, tomando a Aburame del brazo, había tenido que hacer acopio de todas sus fuerzas para no perder los estribos. El impulso de tomar a Hinata en sus brazos y llevársela como un bárbaro casi lo había asustado. Durante unos instantes, la parte racional de su cerebro le había ordenado que la dejara marchar sin intentar retenerla. Ella jamás había sido suya, ni lo sería. Que fuera Hinata quien tomara personalmente las decisiones correctas, las decisiones cómodas. Que pudiera hallar la paz que se merecía.

«Por nada del mundo», había pensado con furia. Había seguido a la pareja, atento como un tigre al acecho, sin permitir que nada se interpusiera en su camino. Y, finalmente, había encontrado a Hinata sentada sola en el jardín, ensimismada y soñadora. Quiso zarandearla hasta que el pelo se le soltara y los dientes le castañetearan.

—¿Qué pasa? —le preguntó—... Debería estar allanándole el camino a Tenten y diciéndome con qué muchachas debo bailar y, en lugar de ello, la encuentro en el jardín mirando a Aburame con ojos de cordero.

—Yo no he puesto ojos de cordero —dijo Hinata indignada—. Estábamos recordando cosas sobre Toneri, y... Oh, debería ir a ver cómo está Tenten...

—Todavía no. Primero quiero una explicación sobre qué hay entre usted y Aburame.

Hinata lo miró consternada. —Es complicado.

—Use palabras comprensibles —sugirió él con sarcasmo— y yo intentaré seguirla.

—Preferiría dejarlo para otro momento...

—Ahora. —Naruto la sujetó por los codos cuando ella intentó levantarse del banco y la miró a la cara iluminada por la luz de la luna, echando fuego por los ojos.

—No tiene por qué molestarse. —Hinata reprimió un grito por la tosquedad con que la sujetaba.

—No estoy molesto, estoy... —Dándose cuenta que la sujetaba con demasiada fuerza, Naruto la soltó con brusquedad—. Dígame de qué diablos estaban hablando Aburame y usted, maldita sea.

Aunque era imposible que Naruto le hubiera hecho daño, Hinata se frotó los codos con ambas manos. —Bueno, tiene que ver con una promesa que hice mucho antes de que usted y yo nos conociéramos.

—Siga —musitó él cuando ella guardó silencio.

—El día en que murió, Toneri expresó sus temores sobre lo que iba a sucedernos a Rose Himawari y a mí. Sabía que no nos dejaba mucho para vivir, y aunque su familia le aseguró que se ocuparía de nosotras, eso le preocupaba terriblemente. Nada de lo que yo dijera podía reconfortarlo. Decía continuamente que Himawari necesitaba un padre que la protegiera y que yo... oh, Dios mío... —Temblando ante el vívido recuerdo, Hinata volvió a sentarse en el banco y pugnó por contener el llanto. Bajando la cabeza, usó las puntas de los guantes para secarse las lágrimas.

Naruto maldijo entre dientes y buscó un pañuelo en los innumerables bolsillos interiores de su chaqueta. Encontró su reloj de bolsillo, sus guantes de recambio, fajos de billetes, una pitillera de oro y un lápiz, pero el pañuelo se le resistía. Hinata debió de darse cuenta, porque de repente se echó a reír.

—Le dije que trajera pañuelo —dijo.

—No sé dónde he puesto el maldito pañuelo. —Le dio uno de sus guantes de recambio. Aunque ella no lo había invitado a sentarse a su lado, Naruto se sentó a horcajadas en el banco y se quedó mirándole la cabeza baja—. Venga —dijo con aspereza—. Cuénteme lo que dijo Toneri.

Hinata suspiró hondamente.

—Él tenía miedo de lo que fuera a ocurrirme... Temía que sin un esposo me sintiera sola, que necesitara la guía y el afecto de un hombre... Tenía miedo de que tomara decisiones equivocadas, y de que otros se aprovecharan de mí. Y por eso preguntó por Shino... Aburame. Confiaba en él más que en nadie en el mundo, y tenía fe en su buen juicio y sentido del honor. Aunque Aburame pueda parecer un poco frío a primera vista, es un hombre amable, muy justo y generoso...

—Deje de ponerme a Aburame por las nubes. —Naruto volvió a sentir la tenaza de los celos—. Dígame simplemente qué es lo que quería Toneri.

—Él... —Hinata respiró hondo y espiró el aire bruscamente, como si le costara articular las palabras—. Nos pidió que nos casáramos cuando él se hubiera ido.

Los dos guardaron silencio mientras Naruto se preguntaba furiosamente si había oído bien. Hinata se negaba a mirarlo.

—Yo no quería que Aburame viera lo nuestro como una imposición—susurró Hinata al fin—. Pero él me aseguró que el matrimonio era sensato, y que él lo deseaba. Que serviría para honrar el recuerdo de Toneri, y, al mismo tiempo, asegurar un buen porvenir para los tres... Rose Himawari, él y yo.

—Jamás había oído semejante disparate —bramó Naruto, modificando rápidamente su opinión de Toneri Õtsutsuki—. Evidentemente los dos recobraron el sentido común y rompieron el acuerdo.

—Bueno, no lo hemos roto exactamente.

—¿Qué? —Incapaz de contenerse, Naruto le asió la mandíbula con una mano y la obligó a subir la cabeza para verle la cara. Las lágrimas se le habían secado, dejándole las mejillas húmedas y ruborizadas y los ojos brillantes—. ¿Qué quiere decir con que no lo han roto? No me diga que tienen la absurda intención de seguir adelante.

—Señor Uzumaki... —Hinata se zafó de él molesta, aparentemente sorprendida de su reacción. Le devolvió el guante húmedo, que él se metió en el bolsillo—. Regresemos al baile, y hablaremos de este asunto en un momento más apropiado...

—¡Al diablo con el baile, vamos a hablar de esto ahora mismo!

—No me alce la voz, señor Uzumaki. —Levantándose, Hinata se sacudió la falda del vistoso vestido rojo y se ajustó el corpiño. La luz de la luna dio en sus senos perlados y proyectó tentadoras sombras en el valle que los separaba. Estaba tan hermosa y arrebatadora que Naruto tuvo que apretar los puños para no abalanzarse sobre ella. Se puso de pie, pasando ágilmente una pierna por encima del banco. Jamás había estado enojado y excitado al mismo tiempo; era una sensación nueva y nada grata.

—Aparentemente Aburame no deseaba casarse tanto como parecía—señaló Naruto con voz grave y pastosa—. Han pasado tres malditos años desde que Toneri murió, y no ha habido boda. En mi opinión, salta a la vista que él no está interesado.

—Yo también lo pensé —confesó Hinata, frotándose las sienes—. Pero, cuando he hablado con él esta noche, Shino me ha dicho que ha tardado mucho tiempo en asimilar la muerte de Toneri y que aún desea honrar sus deseos.

—No me cabe ninguna duda —espetó Naruto—, después de haberla visto con ese vestido rojo.

Hinata abrió mucho los ojos y se ruborizó un poco a causa del enojo que sentía. —Ese comentario me ofende. Shino no es en absoluto esa clase de hombre...

—¿Ah, no? —Naruto la miró furibundo—. Tiene mi garantía, señora, de que todos los hombres del salón, incluido Aburame, se mueren por meterse bajo sus faldas. El honor no tiene nada que ver con lo que él quiere de usted.

Horrorizada ante su crudeza, Hinata se alejó hasta el otro extremo del banco y lo fulminó con la mirada. Los dedos se le crisparon, como si estuviera tentada de abofetearlo.

—¿Es de Aburame de quien estamos hablando, o de usted? —De repente, dándose cuenta de lo que había dicho, se tapó la boca con la mano y se quedó mirándolo en silencio.

—Ahora vamos por buen camino. —Naruto dio una zancada para ponerse junto a ella—. Sí, lady Hinata... A estas alturas, no es un gran secreto que la deseo. La deseo, la comprendo... Diablos, incluso la aprecio, lo cual es algo que jamás había dicho a ninguna mujer.

Claramente alarmada, Hinata se dio la vuelta y huyó por un camino que atravesaba el jardín, no hacia la casa, sino adentrándose en una zona sumida en las sombras, donde había pocas posibilidades de que los vieran y oyeran. «Bien», pensó Naruto, sintiendo una satisfacción primitiva, abandonado todo pensamiento racional. La siguió sin mucha prisa, adaptando el ritmo de sus largas zancadas a los frenéticos pasitos de Hinata.

—Usted no me comprende en absoluto —dijo Hinata sin volverse, respirando con rapidez—. Usted no tiene ni idea de lo que necesito o quiero...

—La conozco mil veces mejor de lo que Aburame la conocerá jamás.

Ella se rió con incredulidad, entrando a toda prisa en un jardín de esculturas. —Hace años que conozco a Shino, señor Uzumaki, mientras que usted y yo sólo nos conocemos desde hace cuatro meses y medio. ¿Qué podría usted decir de mí que él no sepa?

—Por lo pronto, que usted es la clase de mujer que besaría a un desconocido en un baile. Dos veces.

Hinata se quedó clavada en el sitio. Su cuerpecito estaba tan tieso y rígido como un poste. —Oh —la oyó susurrar Naruto.

Se puso detrás de ella y se detuvo, deseando que Hinata tuviera agallas para mirarlo.

—Todo este tiempo —dijo ella con un temblor en la voz— ha sabido que yo era la mujer que usted besó aquella noche. Y, sin embargo, no lo ha dicho.

—Tampoco usted.

Hinata se volvió entonces, forzándose a mirarlo a los ojos, y las mejillas ruborizadas por la vergüenza. —Tenía la esperanza de que no me hubiera reconocido.

—Lo recordaré hasta el día de mi muerte. Su tacto, su olor y el sabor de su...

—No —gritó ella horrorizada—. Calle, no diga esas cosas...

—Desde ese momento, la he deseado más de lo que jamás he deseado a nadie.

—Usted desea a todas las mujeres —espetó ella. Decidiendo evidentemente que la mejor estrategia era retirarse, Hinata retrocedió y sorteó una estatua de mármol.

Naruto la persiguió sin darle tregua. —¿Qué cree que me ha inducido últimamente a quedarme en casa en el saloncito y oyéndola leer poesía que pasando la noche con las putas más expertas de Londres?

—Por favor —dijo ella desdeñosa—, ahórreme sus sórdidos cumplidos. Es posible que algunas mujeres aprecien sus perversas dotes de seducción, pero yo no.

—Usted no es inmune a mis dotes de seducción —la corrigió él, tocándola justo cuando ella dio un traspié en la gravilla. La sujetó por detrás, asiéndola por los brazos—.He visto la forma en que me mira. He notado cómo reacciona cuando la tocó, y no es repugnancia. Usted me devolvió el beso aquella noche en el invernáculo.

—¡Tenía la guardia baja! ¡Me sorprendió!

—Entonces, si volviera a besarla —dijo él en voz baja— ¿usted no respondería? ¿Es eso lo que está diciendo?

Aunque no podía verle la cara, Naruto notó que Hinata se ponía rígida al darse cuenta de la trampa en la que acaba de caer.

—Tiene mi palabra, señor Uzumaki —dijo ella sin mucha convicción—. No respondería. Ahora, por favor, déjeme...

Él le dio la vuelta, la estrechó entre sus brazos y bajó la cabeza.

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Continuará...