Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor

Hay OOC


«Capítulo doce»


Hinata gritó alarmada y se quedó inmóvil, paralizada por la sensación que se apoderó de ella. Naruto la besó con el ardor que ella recordaba, en toda la boca, ávidamente, con un deseo tan intenso que ella no pudo resistirse. Le pareció que la noche se cerraba sobre ellos y que las estatuas de mármol ahuyentaban a los intrusos como centinelas mudos. La cabeza rubia de Naruto se movía sobre la de Hinata, la lengua, suave pero apremiante, tanteándola profunda y ardorosamente. Hinata tuvo la sensación de que todo su cuerpo ardía en llamas. Súbitamente, anheló estar aún más cerca de él. Le metió las manos por debajo de la chaqueta. El lino de la camisa estaba caliente y desprendía un aroma viril. El olor de Naruto era la fragancia más atractiva que ella conocía: olía a sal y a piel, a colonia y a tabaco. Alterada y excitada, despegó los labios de los suyos y hundió el rostro en la pechera de su camisa. Empezó a respirar entrecortadamente y se abrazó a su cintura.

—Hinata —musitó él. Parecía tan turbado como ella—. Dios mío... Hinata... —Ella notó que le ponía la mano en la nuca y apretaba con suavidad. Le echó la cabeza hacia atrás y la besó una vez más. A Hinata no le bastó con dejar que explorara su boca; ella también quería saborearlo e introdujo la lengua en la boca de Naruto, ardiente y con sabor a coñac. Quería más... mucho más. Gimiendo, se puso de puntillas, aferrándose a él para izarse, pero Naruto era alto para ella, y Hinata suspiró frustrada.

Alzándola en volandas como si no pesara nada, Naruto se adentró todavía más en el jardín de esculturas, donde había algo redondo y plano, una mesa de piedra, tal vez, o un reloj de sol. La sentó en su regazo, rodeándola con un brazo, mientras continuaba devorando su boca en deliciosas acometidas. Jamás hasta entonces había experimentado Hinata un placer físico tan intenso. Sin poder resistirse a tocarlo, tiró frenéticamente del guante que llevaba en la mano derecha hasta sacárselo. Le hundió la mano temblorosa en el pelo y la desplazó hasta los espesos rizos que se le formaban en la nuca. Los músculos de Naruto se crisparon al notar la mano desnuda de ella, la nuca se le puso dura como una piedra y gimió en la boca de Hinata.

Interrumpiendo el beso, Naruto se inclinó sobre ella, acariciándole con la nariz la suave piel del cuello, hallando los puntos más sensibles. Hinata notó su lengua en la piel y el placer la hizo retorcerse y temblar en el regazo de Naruto. él se demoró en el hoyuelo del cuello, donde el pulso le latía frenéticamente.

Hinata llevaba el vestido desarreglado y el corpiño se le había resbalado hasta apenas cubrirle los pezones. Al darse cuenta, recobró el sentido con un murmullo de alarma, tapándose con el brazo los pechos prácticamente expuestos.

—Por favor... —Hinata se notaba los labios inflamados e hinchados, y le costaba hablar.—. No debería... Oh, ¡tenemos que parar!

Él no dio muestras de haberla oído, porque había empezado a explorarle el cuello con los labios. Le mordisqueó y lamió el borde de la clavícula, avanzando hacia el valle que se abría entre sus senos. Cerrando los ojos desesperada, Hinata reprimió una protesta cuando notó que él tiraba del corpiño, abriéndolo con sus fuertes manos. Le diría que parara enseguida, pero el momento era de una dulzura insoportable, y ni la vergüenza ni el honor podían influirla.

Hinata suspiró cuando el pecho se liberó de su cubierta de seda roja. El pezón se le erizó con la caricia de la brisa nocturna. Naruto se quitó el guante con brusquedad y, ahuecando su mano inmensa, la colocó tiernamente sobre el suave montículo, pasando el pulgar por la cima, cada vez más dura. Hinata mantuvo los ojos cerrados, incapaz de creer lo que estaba sucediendo Notó el roce de su boca, besándole alrededor del sensible pezón, dando rodeos y tentándola, pero evitando el centro, hasta que ella se puso a gemir y se arqueó para metérselo en la boca. Naruto lo rodeó con los labios, tirando, acariciando con la lengua la punta dolorida con una habilidad exquisita. Retorciéndose, Hinata le abrazó la cabeza mientras una corriente erótica le recorría todos los puntos sensibles del cuerpo. Respiraba en extraños sollozos, notando los pulmones aprisionados por el corsé que aún llevaba puesto. Tuvo la sensación de que la ropa la agobiaba. Ansiaba notar la piel de él contra la suya. Quería su sabor, como nunca había querido nada en su vida.

—Naruto —le susurró al oído—. Para, por favor. Por favor.

Él volvió a tocarle el pecho, cubriéndolo y apretándolo suavemente, y ella notó el roce de su palma rugosa. La besó furiosamente en los labios hasta dejárselos suaves, húmedos y entregados y luego la incorporó para susurrarle al oído y, aunque su voz era dulce, sus palabras fueron feroces.

—Eres mía, y ningún hombre, dios o fantasma te apartará jamás de mí.

Cualquiera que hubiera conocido mínimamente a Naruto Uzumaki y supiera de lo que era capaz se habría alarmado. Hinata se quedó rígida. No sólo le aterraba que él la considerara suya con tanta vehemencia, sino el placer que ella había sentido al oírlo.

Durante toda su vida, Hinata se había esforzado por ser moderada, razonable, civilizada, y jamás se hubiera imaginado que aquello pudiera sucederle a ella.

Hinata intentó bajarse de su regazo con tanto ímpetu que él se vio obligado a soltarla. Cuando apoyó los pies en el suelo, le costó mantener el equilibrio. Para su sorpresa, las piernas le temblaban tanto que podría haberse caído si Naruto no se hubiera levantado y la hubiera sujetado por la cintura. Ruborizándose violentamente, Hinata se arregló el corpiño, ocultando la carne desnuda iluminada por la luna.

—Sospechaba que esto podía ocurrir —dijo, esforzándose por recobrar la compostura—. Conociendo su reputación con las mujeres. Sabía que algún día daría algún paso conmigo.

—Lo que acaba de suceder entre usted y yo no es un mero «paso»—dijo él con voz pastosa.

Hinata no lo miró. —Para que me quede en su casa en calidad de invitada, debemos olvidar este incidente.

—Incidente —repitió él con desdén—. Esto lleva meses fraguándose, desde que nos conocimos.

—No es cierto —lo rebatió ella. El corazón le latía con tanta fuerza que apenas la dejaba hablar—. No negaré que lo encuentro atractivo, yo... Cualquier mujer lo haría. Pero si usted piensa erróneamente que podría convertirme en su amante...

—No —dijo él, tomándole la cara en sus manos. La obligó a mirarlo y Hinata desfalleció al ver aquellos ojos azules y apasionados— No, nunca he pensado nada semejante —dijo él, adoptando un tono más ronco—. Quiero más que eso de usted. Quiero...

—No diga nada más —le suplicó Hinata, cerrando los ojos con fuerza—. Nos hemos vuelto locos los dos. Déjeme ir en este mismo instante. Ahora, antes de que usted haga imposible que yo me quede durante más tiempo en su casa.

Aunque Hinata no esperaba que sus palabras fueran a afectar a Naruto, aparentemente lo hicieron, y mucho. Hubo un silencio largo y tenso. Poco a poco, él fue apretándole la cintura con menos fuerza hasta soltarla.

—No hay motivo para que se vaya de mi casa —dijo él—. Llevaremos esto como usted quiera.

Hinata se tranquilizó y habló con más normalidad. —Qui... quiero olvidar esto, como si no hubiera pasado jamás.

—Está bien —dijo él de inmediato, aunque la miraba con evidente cinismo. Usted pone las reglas, señora. —Se agachó, recogió el guante de Hinata y se lo entregó.

Ruborizándose, ella volvió a ponérselo con torpeza.

—Debe prometerme que no se inmiscuirá en lo que Aburame y yo hagamos — consiguió decir—. Lo he invitado a que me visite. No deseo que lo echen ni que lo traten incorrectamente cuando venga. Yo tomaré todas las decisiones sobre mi futuro y el de Rose Himawari sin su ayuda.

Por la forma en que había tensado la mandíbula, Hinata supo que Naruto estaba apretando los dientes.

—Bien —dijo él sin inmutarse— Pero antes quiero decir algo. Durante esos tres años, Aburame ha estado divirtiéndose en Europa. No intente convencerme de que la maldita promesa que le hizo a Toneri ha sido lo más importante para él durante ese tiempo. ¿Y qué me dice de usted? No estaba pensando en esa condenada promesa cuando accedió a trabajar para mí; usted sabía que Toneri no lo habría aprobado. Diablos, ¡los dos sabemos que debió de removerse en su tumba!

—Acepté su oferta porque no sabía que Aburame aún deseaba cumplir lo que le había prometido a Toneri. Debo pensar en Rose Himawari y en su futuro. Cuando usted apareció, y Aburame no estaba, me pareció lo mejor en ese momento. Y no me arrepiento. Cuando termine mi contrato con usted, seré libre para cumplir mis obligaciones con Toneri, si pienso que eso es lo más conveniente.

—Todo eso me parece muy sensato —observó Naruto sin levantar la voz, pero con cierto sarcasmo—. Dígame una cosa: si decide casarse con Aburame, ¿le dejará compartir su lecho?

Hinata se ruborizó. —No tiene derecho a hacerme esa pregunta.

—No lo quiere de esa forma —dijo él con contundencia.

—El matrimonio es mucho más que lo que sucede en el lecho conyugal.

—¿Es eso lo que le dijo Toneri? —espetó él—. Me pregunto... ¿le respondió usted alguna vez como me responde a mí?

La pregunta la encolerizó. Hinata no había pegado a nadie en su vida, pero su mano actuó por iniciativa propia. Como si estuviera fuera de la escena, vio el destello del guante blanco cuando lo abofeteó. El golpe fue de una suavidad ridícula, insignificante salvo por su valor simbólico. Aparentemente, Naruto no se inmutó. De hecho, Hinata vio la satisfacción con que la miraba y supo, presa de la desesperación, que acababa de darle la respuesta. Sollozando, se alejó de él tan deprisa como pudo.

Al cabo de un rato, Naruto regresó al baile, esforzándose por parecer sereno mientras el cuerpo le dolía por el deseo que aún sentía. Al fin sabía lo que era tenerla en sus brazos y notar su boca en la suya. Al fin conocía el sabor de su piel, el latido de su pulso en sus labios. Aceptando ausente una copa de un líquido dulzón que un sirviente le

ofrecía, Naruto se quedó en un lado del salón y examinó la multitud hasta localizar el llamativo vestido de Hinata. Parecía que estuviera indiferente y serena, conversando como si tal cosa con su Tenten y presentándole a los posibles pretendientes que se acercaban a ellas. Sólo el rubor de sus pómulos delataba la confusión que la embargaba.

Naruto dejó de mirarla, sabiendo que daría pie a comentarios si seguía haciéndolo con tanta insistencia. Pero, de alguna forma, él sabía que Hinata estaba pendiente de él, a pesar de la distancia que los separaba. Ausente, se concentró en la copa de ponche que tenía en la mano. Se la bebió con impaciencia en unos pocos sorbos, hallando el sabor empalagoso y medicinal Lo abordaron varios conocidos la mayoría socios de sus actividades empresariales, y él conversó educadamente con ellos, se rió con chistes que sólo oía a medias y aventuró opiniones cuando apenas sabía de qué se estaba hablando. Toda su atención, sus pensamientos, su alma obstinada, estaban centrados en lady Hinata.

Se había enamorado de ella. Todos los sueños, esperanzas y ambiciones de su vida no eran más que una diminuta llama en comparación con la gran hoguera que Hinata había encendido en sus entrañas. Le aterrorizaba que ella tuviera tanto poder sobre él. Naruto jamás había deseado querer a nadie de aquella forma; no lo serenaba ni lo hacía feliz, sólo lo hacía dolorosamente consciente de que tarde o temprano iba a perderla. Pensar en no tenerla, en cedérsela a otro hombre, por el deseo de su difunto esposo, casi lo puso de rodillas. Buscó furiosamente formas de atraerla... Había cosas que podía ofrecerle. Diablos, construiría un gran monumento de mármol en memoria de Toneri Õtsutsuki con sus propias manos, sí ése era el precio para que Hinata lo aceptara. Absorto en sus frenéticos pensamientos, Naruto no reparó al principio en que Aburame estaba cerca de él. De forma paulatina, se dio cuenta de que a pocos metros había un hombre alto, una apuesta figura solitaria en medio del vibrante clamor del baile. Sus miradas se encontraron lo supo porque él se volvió hacia su dirección, ya que aún llevaba gafas, sin saber porque rayos las llevaba en un salón de baile, Naruto se acercó a él.

—Dígame —le dijo en voz baja—. ¿Qué clase de hombre le pediría a su amigo que se casara con su esposa después de que él muriera? ¿Y qué clase de hombre induciría a dos personas aparentemente sensatas a estar de acuerdo con un plan tan absurdo?

Aburame a través de sus gafas lo miró desafiante, pues frunció el entrecejo. —Un hombre mejor de lo que usted y yo seremos jamás.

Naruto no pudo evitar mostrarse desdeñoso. —Parece que el esposo ideal de lady Hinata quiere controlarla desde la tumba.

—Estaba intentando protegerla —dijo Aburame, aparentemente sin inmutarse— de hombres como usted.

La serenidad de aquel condenado sacaba a Naruto de sus casillas. Aburame tenía una confianza en sí mismo que lo exasperaba, como si ya hubiera ganado una competición de la que Naruto ni siquiera tenía noción hasta que hubo terminado.

—Cree que ella seguirá adelante, ¿verdad? —musitó Naruto con resentimiento—. Cree que sacrificará el resto de su vida simplemente porque Toneri Õtsutsuki se lo pidió.

—Sí, eso es lo que creo —fue la fría respuesta de Aburame—. Y, si usted la conociera mejor, no le cabría ninguna duda.

«,¿Por qué?», quiso preguntar Naruto, pero fue incapaz de formular en voz alta aquella pregunta tan dolorosa. ¿Por qué ya se daba por hecho que ella seguiría adelante?. ¿Había amado tanto a Toneri Õtsutsuki que él podía influirla incluso después de muerto? ¿O era simplemente una cuestión de honor? ¿Podía su sentido del deber y de la ética impelerla realmente a casarse con un hombre al que no amaba?

—Se lo advierto —dijo Aburame en voz baja—. Si le hace daño a lady Hinata o la incomoda de cualquier otra forma, responderá ante mí.

—Tanta preocupación por su bienestar es conmovedora. Llega con unos años de retraso.

El comentario pareció afectar a Shino, y Naruto se felicitó por su triunfo al ver que se ruborizaba ligeramente.

—He cometido errores —reconoció parcamente Shino—. Tengo tantos defectos como el que más, y la perspectiva de llenar el hueco de Toneri Õtsutsuki me intimida muchísimo. Intimidaría a cualquiera.

—Entonces, ¿qué le hizo regresar? —musitó Naruto, deseando que existiera alguna forma de obligar a aquel hombre a abandonar otra vez Inglaterra.

—Pensar que lady Hinata y su hija podían necesitarme.

—No le necesitan. Me tienen a mí.

Acababan de poner las cartas sobre la mesa. Podrían haber sido generales de ejércitos enemigos, enfrentándose en el campo de batalla. Shino sonrió con desdén, curvando los labios finos y aristocráticos.

—Usted es lo último que ellas necesitan —dijo—. Sospecho que incluso usted mismo lo sabe.

Luego se marchó. Naruto se quedó mirándolo, impasible e inmóvil, mientras la furia lo consumía por dentro.

Hinata necesitaba beber algo. Una buena copa de coñac que le calmara los nervios y le permitiera dormir unas horas. No había tenido que tomar bebidas alcohólicas desde el primer año de luto. El médico le había prescrito una copa de vino en aquella época tan confusa, pero no había sido suficiente. Sólo la bebida lograba serenarla. Por ese motivo,

había enviado a Kurenai a buscar copas de whisky o coñac cuando los demás ocupantes de la casa dormían. Sabiendo que la familia de Toneri no habría aprobado que una dama bebiera, y previendo que podrían darse cuenta de cómo menguaban las existencias, Hinata había decidido tener una botella escondida en su habitación. Valiéndose de Kurenai como intermediaria, había conseguido que un lacayo le comprara coñac, y lo había guardado en el cajón de su cómoda. Esa noche, añorando aquella botella de coñac de hacía tanto tiempo, se puso el camisón y aguardó impacientemente a que los ocupantes de la casa se retiraran.

El regreso del baile en el carruaje había sido infernal. Por fortuna, Tenten estaba demasiado excitada por su éxito y las halagadoras atenciones de Neji como para percatarse del incómodo silencio que reinaba entre Hinata y Naruto. Naturalmente, Kushina había percibido la tensión y había intentado disimularla, conversando sobre lugares comunes. Hinata se había esforzado por eludir la mirada amenazadora de Naruto y había conversado con Kushina, sonriendo y bromeando mientras los nervios la corroían por dentro.

Cuando ya no detectó ningún sonido ni movimiento en la inmensa casa, Hinata puso una vela en un pequeño candelero y salió sigilosamente de la habitación. Por lo que ella sabía, el lugar donde sería más fácil encontrar coñac era en el aparador de la biblioteca, donde Naruto siempre tenía un surtido de excelentes marcas francesas.

Bajando la escalera principal con los pies descalzos, Hinata alzó la vela y se sobresaltó un poco cuando la diminuta llama proyectó misteriosas sombras en las paredes doradas. La casa, tan concurrida durante el día, parecía un museo desierto por la noche.

Una corriente fría se le enroscó en los tobillos y la hizo estremecer; se alegró de haberse puesto una bata blanca de volantes encima del fino camisón.

Entrando en la biblioteca, Hinata inhaló el familiar olor a cuero y vitela, y pasó junto al gran globo terráqueo de camino al aparador. Dejó la vela en la superficie de caoba pulida y abrió la puerta para sacar una copa.

Aunque en la habitación no se oía nada ni se movía un alma, algo la alertó de que no estaba sola. Inquieta, se volvió para mirar a su alrededor y contuvo un grito cuando vio a Naruto sentado en el mullido sillón de piel, con las piernas estiradas. Tenía sus ojos clavados en ella y la miraba sin parpadear. Aún vestía el traje de etiqueta, aunque se había quitado la chaqueta, y llevaba el chaleco y la corbata flojos. Se había desabrochado la camisa blanca hasta la mitad. Tenía un vaso de coñac vacío entre los dedos, y Hinata supuso que debía de llevar bastante rato bebiendo.

A Hinata le dio un vuelco el corazón. Se quedó sin respiración, incapaz de articular palabra. Buscó apoyó en el aparador, aferrándose al borde con ambas manos.

Naruto se puso lentamente en pie y se acercó a ella. Vio la puerta abierta del aparador y comprendió de inmediato lo que ella quería.

—Permítame —dijo. La voz sonó como un suave murmullo en el silencio que los rodeaba. Sacó una copa y una botella de coñac. Llenando la copa hasta la mitad, la sujetó por el cuello y usó la llama de la vela para calentarla. Revolvió expertamente el contenido un par de veces y se la ofreció a Hinata.

Ella se la llevó a los labios de inmediato, deseando que la mano no le temblara tan visiblemente. No podía evitar mirarle el pecho desnudo. ver a Naruto Uzumaki con la camisa desabrochada la hacía pensar en imágenes inquietantes y espeluznantes. Quería restregar la boca y la cara contra aquel pecho, quería estrujar sus senos desnudos contra ella...

Hinata se ruborizó de la cabeza a los pies y se tomó el coñac a grandes sorbos, que la hicieron toser.

Naruto regresó a su sillón y se dejó caer pesadamente. —¿Va a casarse con Aburame?

Hinata estuvo a punto de soltar la copa de coñac.

—Le he hecho una pregunta —dijo él con voz pastosa—. ¿Va a casarse con él?

—Aún no sé la respuesta.

—Claro que la sabe. Dígamela, maldita sea.

—Yo... —Hinata notó que las fuerzas la abandonaban—. Es posible que lo haga.

Naruto no pareció sorprenderse. Se rió, una carcajada desagradable y ronca.

—Tendrá que explicarme por qué. Me temo que a los vulgares boxeadores como yo nos cuesta entender estos acuerdos de la clase alta.

—Se lo prometí a Toneri —dijo Hinata con cautela. Tuvo una sensación semejante al miedo. Naruto parecía tan.., malévolo, sentado en la oscuridad. Apuesto, con el cabello rubio y tan imponente, podría haber sido el mismo Lucifer sentado en su trono—. Si hay algo en mi que se merece su admiración o afecto, usted no desearía que yo me comportara de una forma deshonrosa. Me han educado para cumplir siempre con mi palabra cuando la doy. Sé que hay personas que piensan que el sentido del honor de una mujer no es tan fuerte como el de un hombre, pero yo siempre he intentado...

—Dios mío, no dudo de su honor —dijo él ásperamente—. Lo que digo, lo que debería ser evidente para todo el mundo es que Toneri jamás debería haberle pedido que le prometiera nada semejante.

—Pero lo hizo, y yo le di mi palabra.

—Y ya está. —Naruto sacudió la cabeza—. De usted no me lo habría imaginado; usted, la única mujer que conozco que es capaz de hacerme frente cuando me enfado.

—Toneri sabía lo que me sucedería sin él —dijo ella—. Sabía que jamás volvería a casarme voluntariamente. Quería que tuviera la protección de un esposo y, lo más importante, que Rose Himawari tuviera un padre. Y los valores y creencias de Aburame eran similares a los suyos, y Toneri sabía que su amigo jamás nos maltrataría ni a Rose ni y a mi...

—Basta —la interrumpió Naruto con brusquedad—. Voy a decirle lo que pienso del santo Toneri. Creo que quería que usted no volviera a enamorarse nunca. Y condenarla a un matrimonio con un besugo como Aburame fue la forma de asegurarse de que él sería su único amor verdadero.

Hinata se quedó pálida con aquella acusación. —Eso es inmundo. Está completamente equivocado, no sabe nada sobre mi esposo ni sobre su amigo...

—Sé que usted no ama a Aburame. Sé que jamás lo hará. Si está tan interesada por casarse con un hombre que no ama, entonces tómeme a mí.

De todas las cosas que Naruto podría haber dicho, aquélla fue la que menos esperaba oír Hinata. Aturdida, se terminó el coñac y dejó la copa clavada en el aparador.

—¿Me está pidiendo que me case con usted? —preguntó en un susurro.

Naruto se acercó a ella y no se detuvo hasta tenerla acorralada contra el aparador.

—¿Por qué no? Toneri quería que la protegieran y la cuidaran. Yo puedo hacerlo. Y podría ser un padre para Rose Himawari. Ella no sabe quién diablos es ese Aburame. Yo me haré cargo de las dos. —Deslizó la mano por el cabello de Hinata, acariciándole las largas ondas oscuras. Hinata cerró los ojos y contuvo un gemido de placer al notar sus dedos en la nuca. Parecía que todo su cuerpo reaccionara cuando él la tocaba. Notó un espasmo mortificante y expectante en sus partes íntimas y se avergonzó de sentir un deseo carnal tan intenso. Jamás había anhelado tanto que un hombre la poseyera como en aquel instante—. Podría darle cosas que jamás ha imaginado —susurró Naruto—. Olvídese de sus malditas promesas, Hinata. Eso pertenece al pasado. Ha llegado la hora de pensar en el futuro.

Hinata sacudió la cabeza y abrió los labios para hablar. Él bajó rápidamente la cabeza y tomó su boca, haciéndola gemir de placer cuando su lengua la exploró. La besó con una pasión y una destreza enloquecedoras, tentándola y atormentándola, y Hinata se puso de puntillas para intentar responderle. Notó sus manos cálidas a través de la fina capa de muselina. La acariciaba con un atrevimiento sorprendente, ahuecándolas al tocarle los senos, las caderas, incluso las formas plenas de las nalgas. Ella gritó levemente cuando él se las estrujó con suavidad, izándola hacia él. Mientras la besaba, la frotó insistentemente contra el abultamiento que le provocaba su excitación, y Hinata estuvo a punto de desvanecerse al notar su dureza. Ni siquiera su esposo se había atrevido a tocarla con aquel descaro.

Hinata despegó los labios de los de Naruto. —Así no puedo pensar...

—No quiero que piense. —Naruto le puso la mano en la parte delantera del pantalón, colocándole los dedos laxos sobre la inmensa protuberancia que pugnaba por liberarse de la tela. Ella abrió los ojos al sentirla y hundió la cabeza en su pecho para eludir su boca. Naruto le besó entonces el lóbulo de la oreja, avanzando a besos hacia la garganta. Aunque el sentido común, lo que le quedaba de él, le pedía a gritos que contuviera su sensualidad desbocada, Hinata enterró la mejilla en el pecho de Naruto.

Estaba fascinada por su virilidad sin límite, por su fuerza y su rudeza. Pero él no era para ella. Aunque los polos opuestos podían atraerse, eso no era aplicable al matrimonio. La satisfacción sólo podía lograrse uniendo a igual con igual. Y ella había hecho una promesa a su esposo en su lecho de muerte.

Pensar en Toneri la devolvió abruptamente a la realidad, y Hinata logro zafarse de los brazos de Naruto. Fue hacia una silla dando traspiés y se desplomó en ella, sintiendo las piernas débiles y temblequeantes. Para alivio, Naruto no la siguió. Durante mucho rato, lo único que se oyó en la biblioteca fueron sus respiraciones entrecortadas. Finalmente, Hinata consiguió romper el silencio.

—No puedo negar la atracción que sentimos el uno por el otro.—Guardó silencio y se rió sin mucha convicción—. Pero seguro que usted sabe que no nos entenderíamos. Yo estoy hecha para llevar una vida tranquila y sin sobresaltos. Su estilo de vida es demasiado ostentoso y vertiginoso para mí. Se hartaría de mí al cabo de muy poco, y querría deshacerse de mi...

—No. Le dijo él

—... y para mí sería una tortura, intentar vivir con un hombre con su afán y su ambición. Uno de los dos tendría que cambiar, y eso crearía un terrible resentimiento, y el matrimonio tendría un final amargo.

—No puede estar segura de eso.

—No puedo correr ese riesgo —respondió ella con resolución.

Naruto la miró en la penumbra. Tenía la cabeza ligeramente ladeada, como si confiara en un sexto sentido para penetrar en sus pensamientos. Se acercó y se puso en cuclillas frente a ella. Hinata se asustó cuando le cubrió la mano con la suya. Despacio, le acarició los fríos nudillos con el dedo pulgar.

—Hay algo que no me dice —murmuró—. Algo que la inquieta... que incluso le da miedo. ¿Soy yo? ¿Es mi pasado, el hecho de que fuera boxeador, o es...?

—No —dijo ella con una risa entrecortada—Claro que no le tengo miedo.

—Reconozco el miedo cuando lo veo —persistió él.

Hinata sacudió la cabeza, negándose a abundar en el comentario. —Debemos olvidar esta noche —dijo—o tendré que irme con Rose Himawari mañana mismo. Y no deseo dejarlos a usted ni a su familia. Quiero quedarme el mayor tiempo posible y cumplir nuestro trato. No debemos volver a abordar este tema jamás.

Los ojos azules de Naruto brillaron como el fuego. —¿Cree que es posible?

—Tiene que serlo —susurró ella—. Por favor, Naruto, dígame que lo intentará.

—Lo intentaré —dijo él inexpresivo.

Hinata se estremeció. —Gracias.

—Será mejor que se marche ahora mismo —dijo él sin sonreír—. Verla con ese camisón está a punto de volverme loco.

Si Hinata no se hubiera sentido tan desgraciada, el comentario le habría parecido divertido. Las hileras de volantes que adornaban el camisón y la bata la tapaban más que un vestido normal. Era únicamente el estado inflamado de Naruto lo que la hacía tan deseable a sus ojos.

—¿Va a retirarse también usted? —preguntó ella.

—No. —Naruto fue a llenarse la copa y le respondió sin darse la vuelta—. Aún no he terminado.

Pugnando por contener sus emociones, Hinata intentó esbozar una sonrisa. —Buenas noches entonces.

—Buenas noches. —Naruto se quedó de espaldas, con los hombros rígidos, mientras oía cómo se alejaban sus pasos.

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Continuará...