Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor

Hay OOC


«Capítulo trece»


Durante las dos semanas siguientes, Naruto apenas se dejó ver, y Hinata se dio cuenta de que estaba deliberadamente poniendo distancia entre ellos hasta que fueran capaces de reanudar su anterior amistad. Se pasaba todo el día enfrascado en su trabajo, yendo a las oficinas que tenía en la ciudad, y rara vez regresaba a casa para cenar. Se iba a dormir muy tarde y por las mañanas se levantaba con los ojos inyectados en sangre y profundas ojeras. Nadie en la casa mencionaba su incesante actividad, pero Hinata presentía que Kushina conocía la causa.

—Quiero que sepa, señora Uzumaki —le dijo con cautela una mañana— que jamás haré sufrir a ningún miembro de su familia a propósito...

—Señora, no es culpa suya —respondió Kushina con su habitual franqueza, dándole a Hinata una afectuosa palmada—. Es posible que usted sea la primera cosa que mi hijo ha querido realmente y no ha podido conseguir. A mi modo de ver, es bueno que al fin sepa hasta dónde puede llegar. Siempre le he dicho que nunca debería apuntar demasiado alto.

—¿Le ha hablado a usted de mí? —preguntó Hinata, ruborizándose hasta notar que incluso las orejas se le calentaban.

—Ni una palabra —dijo Kushina—. Pero no hace falta. Una madre siempre se entera de todo.

—Es un hombre maravilloso —le dijo Hinata con sinceridad, temiendo que Kushina pudiera forjarse la errónea idea de que no lo consideraba suficiente para ella.

—Sí, yo también lo pienso —dijo Kushina con naturalidad—. Pero eso no significa que sea apropiado para usted, señora, igual que usted no lo es para él.

Saber que la madre de Naruto no la culpaba por la situación debería haberla tranquilizado. Por desgracia, no fue así. Cada vez que Hinata veía a Naruto, por muy breve o casual que fuera el encuentro, sentía un anhelo casi irresistible. Empezó a preguntarse si realmente podría vivir así durante el tiempo que le quedaba en casa de los Uzumaki.

Dedicándose a Rose Himawari y a las mujeres de la familia, se mantuvo lo más ocupada posible. Y tenía mucho que hacer, sobre todo una vez que Tenten había sido presentada en sociedad. El salón estaba repleto de ramos de rosas y centros florales que llegaban constantemente, y la bandeja de plata que había junto a la puerta se llenaba a diario con tarjetas de pretendientes esperanzados.

Como Hinata había predicho, la combinación de la belleza y la fortuna de Tenten, por no mencionar su inmenso encanto, había atraído a hombres que parecían más que dispuestos a pasar por alto las circunstancias de su nacimiento. Hinata y Kushina casi no daban abasto acompañándola en las visitas diarias que recibía, los paseos en carruaje y los picnics, pues eran varios los caballeros que venían a cortejarla. No obstante, había un visitante en particular que parecía haber captado realmente su interés: el arquitecto, Neji Hyuga.

Había visitantes que tenían la sangre más azul y mayores riquezas, pero ninguno poseía el encanto y la confianza en sí mismo de Neji. Era un hombre hecho y derecho con grandes dosis de talento y ambición; un hombre no muy distinto de Naruto. Por lo que había observado Hinata, Neji era capaz de equilibrar el espíritu exuberante de Tenten con su fortaleza de carácter. Hacían buena pareja y prometían con ser un matrimonio feliz, si todo salía como esperaba Hinata.

Durante una de las visitas matutinas de Neji, Hinata se topó casualmente con la pareja cuando regresaba de dar un paseo por el jardín.

—Además, no es usted lo bastante alto para mí... —dijo Tenten, riendo alegremente, mientras atravesaban las cristaleras hacia una galería de esculturas de mármol. Hinata se detuvo en el extremo opuesto de la galería por la que estaba paseando. Quedaba oculta por la imponente representación alada de algún dios romano.

—Válgame el cielo. No creo que nadie pueda llamarme bajito—protestó Neji—. Y como mínimo le saco un palmo.

—¡No es verdad!

—¡Sí que lo es! —insistió él y atrajo a Tenten hacia sí con una fuerza que la sobresaltó. Eran de la misma estatura. La silueta más voluminosa de Neji enmarcaba la figura esbelta de la muchacha—. ¿Lo ve? —dijo Neji, adoptando un tono de voz más oscuro. Tenten dejó de sonreír y se quedó callada, mirándolo con timidez. Hinata pensó brevemente en interrumpir la escena, sabiendo que Tenten no estaba habituada a tales atenciones por parte de un hombre. Pero Neji tenía la expresión de una ternura infinita que Hinata no había visto antes. Inclinó la cabeza para murmurarle algo al oído y Tenten se ruborizó, poniéndole una mano en el hombro.

La propia Hinatay se ruborizó ligeramente cuando se marchó con discreción, dejándolos a solas. Oh, ¡qué lejano parecía el tiempo en que Toneri la había cortejado de aquella misma forma, y qué inocente y optimista se había sentido ella! Pero sus recuerdos se habían vuelto borrosos y ya no hallaba placer en revivirlos. Su vida con Toneri se había convertido en un sueño lejano.

Invadida por la melancolía, Hinata se pasó el resto de la mañana jugando con Rose Himawari y luego la dejó a cargo de Kurenai. No bajó a comer, pues estaba demasiado desanimada como para tomar nada. En lugar de ello, escogió una novela en la biblioteca y salió a pasear por los jardines. El cielo estaba cubierto y había una neblina fría. Hinata se estremeció y se abrigó mejor con el chal de cachemir marrón que llevaba sobre los hombros. Deteniéndose primero en la mesa de piedra, y luego en un banco situado junto a unas jardineras de flores, Hinata halló finalmente un lugar para leer, una glorieta de tres metros y medio de anchura. Las ventanas tenían pequeños postigos de madera y en el interior había bancos con cojines apoyados contra la pared. Los asientos y respaldos de los bancos olían ligeramente a moho, lo cual no era en absoluto desagradable.

Acurrucándose en uno de los cojines y subiendo los pies, Hinata se recostó y empezó a leer. Pronto, absorta en la historia de un amor imposible (¿los había de otro tipo?), Hinata no oyó los truenos. El día se volvió gris y la lluvia empezó a caer pesadamente sobre el césped y el camino pavimentado. Unas cuantas gotas se colaron por los postigos y le dieron a Hinata en el hombro, advirtiéndola finalmente de que afuera el tiempo estaba empeorando.

Abandonando la lectura, frunció el entrecejo.

—¡Qué fastidio! —musitó, viendo que estaba a punto de terminar la novela. Sin duda, era hora de regresar a la casa. Pero la lluvia arreciaba, y ella se preguntó si la tormenta amainaría en unos minutos. Suspirando, dejó el libro cerrado en su regazo y apoyó la cabeza en la pared, mientras observaba la cortina de agua que caía sobre la hierba y los setos. La glorieta se inundó del fresco olor que traía el chaparrón de primavera.

La puerta se abrió con brusquedad y alguien entró impetuosamente, interrumpiendo sus melancólicos pensamientos.

Hinata se sorprendió al ver a Naruto Uzumaki, envuelto en un abrigo empapado. Con él entró una fresca ráfaga de viento húmedo. Cerró la puerta con el pie y, maldiciendo para sí mismo, intentó plegar un paraguas empapado. Recostándose en un cojín, Hinata vio que la cara se le iluminaba con una sonrisa cuando lo consiguió. «Aquel diablo era francamente apuesto», pensó ella con una punzada de placer, mirándole ávidamente la cara mojada, los ojos azules y el lustroso cabello rubio, que se le pegaba al cráneo bien formado.

—Creía que estaba en la ciudad —dijo ella, alzando la voz cuando estallé un sonoro trueno.

—He vuelto pronto —fue su breve respuesta—. He llegado a casa justo antes de que empezara el chaparrón.

—¿Cómo sabía que había venido aquí?

—Kurenai estaba preocupada; dijo que se había ido a pasear por el jardín. —Triunfal, Naruto cerró el paraguas con un chasquido—. Fue muy fácil encontrarla; no hay muchos sitios para resguardarse. —Posó su mirada en el rostro de Hinata y respondió a su sonrisa con una risa radiante—. Así que he venido a rescatarla, señora.

—Ni siquiera me había dado cuenta de que corría peligro —dijo Hinata—. Estaba completamente absorta en la lectura. ¿Amainará pronto la tormenta?

Como si le respondiera con sarcasmo, el cielo se oscureció ostensiblemente y un trueno ensordecedor secundó a un rayo que iluminó el cielo tormentoso. Hinata se rió súbitamente y miró a Naruto, que estaba sonriendo.

—Déjeme llevarla a casa —dijo.

Hinata se estremeció, mirando la lluvia torrencial. Le parecía que la casa estaba lejísimos.

—Nos empaparemos —dijo—. Y seguro que el suelo está enfangado. ¿No podríamos esperar hasta que amaine? —Sacándose un pañuelo seco de la manga, se puso de puntillas y secó las gotas de lluvia que Naruto tenía en la cara. Él se quedó inmóvil, dejándose hacer.

—Tardará horas. Y no respondo de mis actos si estoy a solas con usted durante más de cinco minutos. —Se quitó el abrigo y se lo puso a Hinata en los hombros. La prenda le quedaba ridículamente grande—. Así que, a menos que desee que la violen en la glorieta — dijo con brusquedad, mirando la cara de ella vuelta hacia él—, será mejor que nos vayamos.

Pero ninguno de los dos se movió.

Hinata le pasó el pañuelo por la mandíbula, secándole las últimas gotas de agua que tenía adheridas a la piel recién afeitada. Estrujó el pañuelo de encaje en el puño y se sujetó el abrigo para que no se le cayera. No lograba comprender por qué estar a solas con él le proporcionaba un placer tan intenso, por qué verlo y oír su voz la hacía sentirse tan a gusto y a la vez tan perturbada. Saber que sus vidas sólo iban a estar temporalmente unidas le dolía en lo más hondo. Él se había hecho tan importante para ella tan deprisa, con tan poco esfuerzo.

—Lo he echado de menos —susurró Hinata. No tenía la intención de decir las palabras en voz alta, pero salieron por iniciativa propia y se quedaron suspendidas en el aire, con el suave repiqueteo de la lluvia como telón de fondo. Le pareció que aquel deseo, que era más fuerte que el hambre, más agudo que el dolor, estaba a punto de enloquecerla.

—Tenía que mantenerme alejado —dijo Naruto con voz ronca—. No puedo estar cerca de usted sin... —Guardó silencio y la miró desconsolado. No se movió cuando Hinata se quitó el abrigo, ni cuando se apretó contra él, ni siquiera cuando le rodeó el cuello con los brazos. Restregó la cara contra el cuello mojado de su camisa y lo abrazó violentamente. Por primera vez en varios días, Hinata sintió que podía respirar a pleno pulmón, que al fin se disolvía el dolor sordo de la soledad.

Naruto emitió un gruñido amortiguado y volvió la cabeza para cubrir la boca de Hinata con la suya. La abrazó, asiéndola con fuerza. La glorieta se desdibujó y el olor a lluvia fue sustituido por el aroma viril de la piel de Naruto. Hinata le acarició las mejillas ardientes, el cuello, y él la abrazó con más fuerza hasta casi ahogarla, como si quisiera metérsele dentro.

«Sólo esta vez... —Aquel mal pensamiento se apoderó de ella y Hinata fue incapaz de alejarlo—. Sólo una vez...» Viviría de ello, lo recordaría, lo saborearía cuando sus años de juventud ya pertenecieran a un pasado lejano. Nadie lo sabría jamás.

La tormenta repiqueteaba en la glorieta de madera, pero su intensidad no era nada comparada con los violentos latidos de su corazón. Frenéticamente Hinata tiró del nudo de la corbata de Naruato, soltándosela, luego le desabrochó el chaleco y la camisa. Él se quedó quieto, aunque su poderoso pecho subía y bajaba trabajosamente.

—Hinata... —Le temblaba la voz—. ¿Sabes lo que estás haciendo?

Hinata le abrió la camisa, dejándole el torso desnudo y, al mirarlo, se quedó sin respiración. Era una criatura magnífica. Su cuerpo era una obra maestra de músculos y tendones. Hinata lo tocó maravillada, extendiendo las manos sobre su pecho, deslizando las yemas de los dedos por la dura musculatura que había debajo. Luego le acarició el estómago surcado de duros músculos. Halló los pelos que tenía alrededor del ombligo, investigando suavemente con los dedos, y él gimió de placer. Sujetándola por la muñeca, le apartó la mano y la miró.

—Si vuelves a tocarme —farfulló—, no podré parar. Te tomaré aquí mismo. Hinata... ¿lo entiendes?

Ella se acercó a él, se apretó contra su piel desnuda, hundió la cara en el pecho. Notó que él dejaba de resistirse y la abrazaba, estremeciéndose de placer. La besó con apremio, provocándole sensaciones de una dulzura que era casi indecente. Naruto tiró varias veces de su corpiño y los botones de hueso se soltaron. La prenda le resbaló hasta los codos. Después de desabrocharle el corsé, Naruto halló la cinta que sujetaba la camisa, se la enrolló en el dedo y tiró de ella. Los pechos de Hinata se derramaron, blancos y rosas, los pezones ya contraídos por el fresco que reinaba en la glorieta. Llenándose las manos con aquellos pesos redondos y suaves, Naruto acunó los sensibles montes en las palmas de las manos.

—Date prisa —dijo ella agitada—. Naruto; por favor, yo... yo, te necesito. —Ahora que se había abandonado a la pasión, había perdido toda la vergüenza, todas las inhibiciones. Quería tenerlo encima de ella, sentir su fuego entre las piernas.

Acallándola con su boca, Naruto se quitó la camisa y el chaleco, desnudando sus hombros esculturales. Se sentó en los cojines verdes y se la puso en su regazo. Metiendo la mano bajo sus faldas, le separó las rodillas y la sentó a horcajadas sobre él. Cuando notó su órgano erecto a través del pantalón, Hinata se ruborizó por la excitación y la inquietud que aquello le provocaba. Sentía aquella protuberancia inmensa a través de sus finas calzas. Sujetándola por las axilas, Naruto la atrajo hacia sí y le besó entre los senos.

Ella acunó su rubia cabeza entre las manos y jadeó cuando notó su boca cerrándose sobre uno de sus pezones, que estaban sensibles y excitados. Las caricias de su lengua eran suaves y ardientes. Pasó al otro pecho y ella notó que le mordisqueaba suavemente la dolorida piel.

Hinata gimió y se apretó más contra él, estrujando sus pechos húmedos contra su pecho. La atormentaba, la estimulaba, y se restregó contra él con un gemido de placer. Después, su lujuria la mortificaría... mucho después. Pero en ese momento sólo existía Naruto, su cuerpo tenso y musculoso, su amorosa boca explorándola, y ella iba a saborear cada instante con él.

Naruto deslizó las manos bajo sus faldas y le palpó las redondas curvas de las nalgas. Sus caricias se volvieron suaves, casi perezosas, estimulándole el cuerpo con una lentitud desquiciante. Temblando, Hinata volvió a pedirle que se diera prisa. Notó que una parte suya se horrorizaba ante el apremio de su deseo. Naruto se rió súbitamente, una risa suave y gutural. Le aflojó las calzas y empezó a quitárselas. Ella se movió con torpeza para facilitarle la tarea y sintió una especie de vértigo cuando él terminó de sacárselas.

—Di—dime lo que tengo que hacer —le suplicó Hinata, nerviosa, consciente de su ignorancia. Aquel encuentro a plena luz del día en medio de la tormenta era completamente distinto de los serenos interludios nocturnos que había compartido con Toneri. Naruto tenía muchísima experiencia, incluso demasiada, y a ella le parecía imposible satisfacerlo.

—¿Estás preguntándome cómo darme placer? —le dijo tiernamente al oído—. No hace falta ni que lo intentes.

Hinata apretó la cara ruborizada contra su hombro, respirando entrecortadamente mientras él le abría más las piernas. Seguían oyéndose truenos, pero el estruendo ya no la sobresaltaba. Todo su ser estaba entregado al hombre que la tenía en sus brazos, al cuerpo duro que tenía debajo, a la mano que con tanta suavidad la tocaba. Naruto le acarició la cara interna del muslo con las yemas de los dedos, acercándose a la piel más suave de sus partes íntimas. Jugó con su sedoso vello púbico, buscando el pliegue secreto de su sexo... La pequeña oquedad se humedeció en cuanto notó el roce de sus dedos. Hinata tensó todos los músculos y se quedó suspendida sobre él, temblorosa y atónita. Enterró la frente en su hombro nervudo y gimió diciendo su nombre.

Jamás le habían enseñado nada sobre cómo comportarse en el dormitorio, pero ella y Toneri habían compartido instintivamente la misma dinámica que la mayoría de matrimonios, un caballero le debía a su esposa el mayor respeto en todo momento, incluso en el abrazo conyugal. Él se contenía para no tocarla de formas indecentes y no intentaba enardecer su pasión. Ella tenía que seguir conservando su pureza y, aunque un hombre debía hacer el amor a su amada con amabilidad, jamás debía tocarla ni hablarle lascivamente.

Por lo visto, nadie había informado a Naruto Uzumaki de aquellos detalles. Le susurraba palabras de amor y lujuria al oído mientras jugaba despiadadamente con ella, acariciándole alrededor del botón oculto entre los pliegues de su sexo. Excitada y envuelta en sudor, Hinata se apretó más contra su mano y gritó suavemente cuando él le introdujo un dedo.

Sintió una extraña corriente de placer en todo el cuerpo y empezó a retorcerse, arañándole el hombro, besándole ardientemente en el cuello. Él emitió un sonido gutural y Hinata notó que su cuerpo se tensaba de una forma increíble. Despacio, como si temiera asustarla, Naruto retiró la mano y empezó a desabrocharse el pantalón. Hinata se estremeció cuando sintió el contacto de su miembro, duro e inflamado. Él le abrió aún más las piernas e indagó en la húmeda abertura.

Hinata tembló cuando la penetró, dilatando sus delicadas partes íntimas. Suspiró débilmente.

—¿Te hago daño? —Naruto la estaba mirando, con aquellos ojos tan azules como el cielo. Empezó a acariciarla, cambiándola de postura, abriéndole más las piernas para estimularle directamente el sensible botón oculto entre el húmedo vello púbico. Aquel instante era tan íntimo que Hinata estuvo a punto de llorar. Se relajó para adaptarse a él y la tirantez disminuyó. Súbitamente, ya no sintió dolor, sólo placer. Abandonándose por completo, se abrazó a él, aferrándose a sus caderas con las piernas.

Naruto cerró los ojos y arrugó la frente. La sujetó por la nuca y la atrajo hacia sí, reclamando ávidamente su boca. Le puso la otra mano en las caderas, empujándola hacia sí con un ritmo insistente y penetrándola hasta lo más hondo mientras ella se retorcía y se agitaba enfebrecida. No dejaba de besarla, tentándola, devorándola apasionadamente.

Ella intentó deshacerse de la ropa que se interponía entre ellos. Quería acabar de quitarse el vestido y sentir en su piel las piernas desnudas de Naruto en lugar de los pantalones. Notó una tensión voluptuosa en sus entrañas y gimió suplicante. La había invadido una fiebre extraña y salvaje que la impulsaba a moverse con más ímpetu.

Adoraba la textura dura y tersa del cuerpo de Naruto, notarlo dentro, que le tomara los senos con sus manos inmensas mientras la montaba. Entonces, súbitamente, se quedó paralizada; tensó todos los músculos y notó un placer ardiente en sus partes íntimas que se le extendió al resto del cuerpo. Incapaz de moverse, se mordió el labio y gimió cuando sintió una explosión de placer en sus entrañas.

Aunque Hinata no comprendía enteramente lo que estaba sucediendo, Naruto sí lo sabía, porque le susurró al oído con suavidad, la acunó en sus brazos y siguió empujando.

Ella empezó a temblar y notó deliciosos espasmos en la zona que él estaba invadiendo con tanto ardor. Aquello bastó para que Naruto perdiera el control. Se estremeció, suspiró y empujó por última vez. La sujetó por las nalgas, atrayéndola violentamente hacia sí para penetrarla aún más hondo.

Sintiéndose ebria, Hinata se relajó pesadamente sobre su pecho, mientras el lugar por el que estaban unidos seguía candente y latiéndole. Quería reír y llorar al mismo tiempo, y acabó suspirando para aliviar la tensión. Naruto le acarició la espalda desnuda y ella apretó la mejilla contra su hombro.

—Esto jamás te había sucedido con tu esposo —susurró él. Era una afirmación, no una pregunta.

Hinata asintió perpleja y maravillada. Era difícil creer que pudieran tener una conversación en aquella postura, mientras Hinata notaba su calor dentro de ella. Pero afuera la tormenta seguía arreciando, envolviéndolos íntimamente en la oscuridad, y se oyó responder como si estuviera bajo los efectos de las drogas.

—Me gustaba la intimidad con Toneri... Siempre era agradable. Pero hubo cosas que él nunca... y yo no... porque no está bien, ¿sabes?

—¿Qué es lo que no está bien? —Naruto le quitó algunas horquillas del pelo y el resplandeciente cabello negro se derramó como una cortina sobre su espalda desnuda.

Hinata habló despacio, escogiendo las palabras. —La mujer debería amansar la animalidad del hombre, no enardecerla. Ya te he dicho que el acto sexual debería ser...

—Una elevada expresión de amor —dijo él, jugando con su cabello—. Una comunión de almas.

Hinata se quedó sorprendida de que aún lo recordara. —No debería ensuciarse con la lascivia.

Naruto tenía la boca apoyada en la cabeza de Hinata, y ella lo notó sonreír. —No veo nada malo en un poco de lascivia de vez en cuando.

—Ya me lo imaginaba —dijo ella, sonriendo con la cara hundida en su pecho.

—Entonces, debes de pensar que te estás empezando a degenerar —musitó él. Y ella dejó de sonreír.

—Acabo de tener relaciones ilícitas con mi patrón en la glorieta. No creo que nadie lo considerara una conducta intachable. —Intentó apartarse de él, sofocando un grito cuando su largo miembro se deslizó fuera de ella. Sintió una vergüenza insoportable al ver lo mojados que tenía los muslos y buscó algo con que limpiárselos Naruto recogió la chaqueta del suelo y, por una vez, encontró un pañuelo. Se lo dio, y habló con naturalidad y ternura.

—Es la primera vez que veo a una mujer ponerse roja de la cabeza a los pies. Mirándose el cuerpo, Hinata vio que su piel había adoptado varios matices de rosa.

Quitándole el pañuelo, se apartó lo más posible mientras se limpiaba.

—No puedo creer lo que he hecho —dijo en voz baja.

—Recordaré esta tarde durante el resto de mi vida —respondió Naruto—. Voy a recubrir esta glorieta de oro y pondré una placa sobre la puerta.

Hinata lo miró, aterrorizada de que pudiera estar hablando en serio, y vio su mirada risueña.

—Oh, ¿cómo puedes bromear sobre esto? —Se apartó y tiró del vestido, que tenía arrugado en la cintura.

—Espera, estate quieta—. Con destreza, Naruto le subió las prendas interiores, le abrochó el corsé y le ayudó a meter los brazos en las mangas. Percatarse de que Naruto tenía tanta experiencia en prendas femeninas fue descorazonador para Hinata. Seguro que se habría citado allí con muchas amantes... Ella era la última de una lista larguísima.

—Naruto... —empezó a decir, cerrando los ojos mientras él le levantaba el cabello con una mano y posaba la boca en su cuello. Le acarició la piel con sus labios sedosos, poniéndole la carne de gallina. Ella suspiró desesperada y se apoyó en su robusto pecho—.Me horroriza mi debilidad de carácter contigo —dijo—. Seguro que ya te lo habrán dicho otras mujeres antes que yo.

—Yo no recuerdo a ninguna —dijo él.

Hinata se rió con incredulidad, pero Naruto la cambió de postura para tenerla frente a él, recorriéndole posesivamente con las manos la cintura, la espalda y los costados.

—Lo que acabamos de compartir, Hinata... no sé si ha sido una comunión de almas, pero es lo más cerca de eso que yo voy a estar jamás.

—Ha sido un instante fuera del tiempo. —Hinata mantuvo la mirada fija en el pecho desnudo de él; la mano, por iniciativa propia, le acarició los músculos duros y lustrosos.—. No ha tenido nada que ver con la vida real. Yo no debería.., es que... quería estar contigo al menos una vez. Lo deseaba tanto que lo demás me daba igual.

—Y ahora, ¿crees que vamos a seguir como si nada hubiera pasado?—le preguntó él con incredulidad.

Hinata tragó saliva y sacudió la cabeza, conteniéndose para no acurrucarse contra su cuerpo semidesnudo y llorar como una niña.

—Bueno, no, por supuesto que no. No... no puedo quedarme después de esto.

—Hinata, amor mío, no es posible que creas que voy a dejarte marchar. —Naruto la atrajo hacia sí, cubriéndola de besos.

Hinata no supo hasta entonces que la alegría y el dolor pudieran mezclarse de aquella forma. Se aferró a él y se permitió responder brevemente, besándolo con feroz adoración, abrazándolo estrechamente por todas las veces que no podría tenerlo en sus brazos. Al final, se apartó de él y se quedó de pie, tirando del vestido arrugado hasta ponérselo. Se puso a buscar los zapatos, hallando uno en el centro de la glorieta y el otro debajo de un banco. Naruto la siguió, recogiendo su ropa y vistiéndose.

Suspirando, Hinata miró por la ventana salpicada de gotas de lluvia y clavó la mirada en algún punto distante, donde los altos setos se difuminaban.

—Yo ya sabía que tendría que irme —dijo, dándole la espalda a Naruto—. Ahora, después de esto, es evidente que no puedo vivir bajo el mismo techo que tú.

—No quiero que te vayas.

—Mis sentimientos hacia ti no cambian lo que debo hacer. Ya te he explicado por qué.

Naruto guardó silencio durante un largo minuto, asimilando el significado de sus palabras.

—Sigues pensando en casarte con Aburame —dijo en tono neutro—. Incluso ahora.

—No, no es eso. —Hinata sintió mucho frío. El ardor de su encuentro la estaba abandonando al fin. Intentó examinar sus alternativas, pero todas la dejaban vacía y le producían un extraño temor. Retomar los hábitos de toda una vida, seguir el camino que habían elegido para ella, primero su padre y luego Toneri, le parecía lo más natural—. No sé qué va a pasar con Aburame. Ni siquiera sé si él aún me aceptará.

—Claro que lo hará. —Naruto la hizo volverse para que estuvieran cara a cara. Era inmenso y oscuro, y la miraba con una especie de finja resignada—... He tenido que luchar por todo lo que he conseguido. Pero no lucharé por ti. Vendrás a mí por voluntad propia.

Estaría perdido si te intimidara o te suplicara que me aceptes. Supongo que, en opinión de la clase alta, un Aburame bien vale cien Uzumakis. Nadie te culpará por casarte con él, sobre todo cuando se sepa que Toneri deseaba ese matrimonio. Y es posible que incluso seas feliz durante un tiempo. Pero un día te darás cuenta de que fue un error, cuando sea demasiado tarde para que cualquiera de los dos podamos hacer nada.

Hinata palideció, pero consiguió responder sin perder la calma.

—Nuestro acuerdo... Te devolveré el dinero...

—Guárdalo para Rose Himawari. Es absurdo reducir su cuenta a la mitad sólo porque su madre es una cobarde.

Hinata bajó los ojos llorosos y se quedó mirándole el tercer botón de la camisa.

—Ahora estás siendo cruel —susurró

—Creo que podría ser un caballero en casi todo, salvo en perderte. No esperes que me lo tome con elegancia, Hinata.

Enjugándose las lágrimas, Hinata consiguió susurrar una última cosa. —Quiero regresar a la casa.

A pesar del abrigo de Naruto y el paraguas, Hinata estaba empapada cuando llegaron. Naruto la guió por las cristaleras que conectaban con una galería llena de esculturas. Debido a los dibujos que la lluvia había dejado en la ventana, el espacio rectangular alternaba las sombras con zonas de luz plateada. Las estatuas estaban surcadas por regueros grises. Empapado, con el cabello pegado a la cabeza, Naruto miró a la obstinada mujer que tenía ante él. Estaba temblando y rígida, tan distante a causa de sus obligaciones y promesas que podrían haber estado separados por un muro de granito.

Los mechones oscuros estaban empapados y se le pegaban a la cara, pálida y pequeña, dándole el aspecto de una sirena triste. Él anhelaba llevársela arriba para quitarle la ropa fría y mojada, y calentarla junto al fuego, y luego con su cuerpo.

—Hablaré con tu madre y tenten mañana —dijo Hinata con un temblor en la voz—. Les diré que mi labor aquí ha finalizado y que no hay razón para que me quede.

Himawari, Kurenai y yo habremos hecho el equipaje y nos habremos marchado a final de esta semana.

—Me marcho a Durham mañana —musitó Naruto—. Ardería en el infierno antes que tener que verte partir mientras finjo que te deseo lo mejor y que no ha pasado nada entre nosotros.

—Sí, naturalmente. —La tenía delante, diminuta y rígida. Estaba distante, herida, arrepentida, hermética, y profundamente enamorada de él. A Naruto le enfurecía que, para ella, el honor y el sentido común fueran más importantes que él. Hinata intentó devolverle la mirada, y él percibió desconcierto y miedo en sus ojos. Le daba miedo confiar en que ellos dos pudieran tener un futuro. Naruto sabía cómo persuadir a los demás para que hicieran cosas que no deseaban, pero con ella no iba a recurrir a aquellas tácticas.

Hinata tendría que elegirlo a él por voluntad propia y era evidente que jamás haría una cosa semejante.

Amargado por la sensación de derrota, Naruto quiso súbitamente alejarse de ella, antes de hacer o decir algo que los dos lamentaran para siempre. —Sólo una cosa más —dijo con un tono de voz mucho más áspero de lo que había pretendido—. Si me dejas ahora, no vuelvas. No doy segundas oportunidades.

Ella se echó a llorar y retrocedió con brusquedad. —Lo siento —susurró, y salió corriendo.

—No lo entiendo —dijo Tenten apesadumbrada—. ¿Es por algo que yo haya hecho... o es que ha acabado dejándome por imposible? Me aplicaré más, señora. Lo prometo...

—No tiene nada que ver con usted —le aseguró Hinata, asiéndole firmemente la mano. Después de haberse pasado la noche en vela, se había levantado con los ojos legañosos, más resuelta que nunca a no dar marcha atrás. Tenía que hacerlo, antes de estropear aún más las cosas. Su propio cuerpo se le hacía extraño, invadido aún por las sensaciones que había sentido en el encuentro del día anterior en la glorieta. Hasta el momento, no había sabido lo placentero que era fornicar, no comprendía su poder para arruinar la vida a las personas, destruir familias y disolver los votos sagrados. Había descubierto por qué los hombres y las mujeres tenían aventuras, y por qué lo arriesgaban todo por ellas.

Toneri no habría reconocido a su esposa, amorosa y virtuosa, en la mujer que se había entregado a Naruto Uzumaki. Toneri se habría horrorizado al ver en lo que se había convertido. Avergonzada y llena de aprensión, Hinata le había pedido a Kurenai que empezara a hacer el equipaje cuanto antes. Había intentado explicarle a Rose Himawari, con la mayor suavidad posible, que ya era hora de que regresaran con los Õtsutsuki, y, naturalmente, la noticia había trastornado a la niña.

—¡Pero si aquí estoy muy bien! —había gritado Rose enojada. Los ojos grises se le habían inundado de lágrimas—. Quiero quedarme, mamá. ¡Iros tú y Kurenai, y yo me quedo aquí!

—Éste no es nuestro sitio, Rose —había respondido Hinata—. Sabes perfectamente que no pensábamos quedarnos para siempre.

—Dijiste que nos quedaríamos un año —le rebatió Rose Himawari, recogiendo a Magdalena del suelo y abrazándola con todas sus fuerzas—. No hace un año, y aún falta mucho, y tú tenias que enseñarle modales al señor Uzumaki.

—Ya le he enseñado todo lo que tenía que enseñarle —dijo Hinata con firmeza—.Ahora, deja de dar el espectáculo, Rose. Comprendo que estés triste, y me duele terriblemente, pero no debes importunar a los Uzumaki con esto.

Cuando Rose se hubo marchado corriendo a algún rincón de la casa, Hinata había hecho el esfuerzo de pedirles a Kushina y a Tenten que se reunieran con ella en el saloncito después del desayuno. No era fácil decirles que iba a marcharse dentro de un par de días. Para su sorpresa, se dio cuenta de que las echaría en falta más de lo que jamás habría imaginado.

—Debe de haber sido Naruto —exclamó la muchacha—. Últimamente está insoportable, tan malhumorado como un oso herido. ¿Ha sido grosero con usted? ¿Es esto por su culpa? Iría a verlo ahora mismo y lo haría entrar en razón...

—Calla, Tenten. —Kushina miró a Hinata con ternura—. No vas a resolver nada sulfurándote y haciéndole las cosas más difíciles a lady Hinata. Si desea marcharse, se marchará con nuestro afecto y gratitud. No vamos a corresponder a toda su amabilidad atormentándola

—Gracias, señora Uzumaki —susurró Hinata, incapaz de mirar a los ojos a la madre de su amante. Tenía la horrible sospecha de que Kushina, con su gran intuición, había adivinado lo que había sucedido entre ella y Naruto.

—Pero yo no quiero que se marche —dijo Tenten con obstinación—. Voy a añorarla muchísimo... Es la mejor amiga que he tenido jamás, y... Oh, ¿qué haré yo sin mi Rose?

—Seguirá viéndonos. —Hinata le sonrió afectuosamente, a punto de llorar—.Seguiremos siendo amigas, Tenten, y está invitada a visitarnos a mí y a Rose siempre que lo desee. —Embargada por la emoción, Hianta se levantó y se retorció nerviosamente las manos—. Si me perdonan, tengo muchas cosas que hacer...

Se marchó a toda prisa, antes de que pudieran verla llorar, y las dos mujeres empezaron a hablar acaloradamente justo cuando ella alcanzaba el umbral.

—¿Ha tenido lady Hinata alguna disputa con Naruto? —oyó preguntar a Tenten—. ¿Es ése el motivo de que a él no se le vea el pelo y de que ella se vaya?

—No es tan sencillo, Tenten... —fue la cauta respuesta de Kushina.

No, no era nada sencillo.

Hinata intentó imaginarse cómo sería casarse con Naruto, convertirse en su mujer y llevar su ostentoso y vertiginoso estilo de vida. Dejar atrás todo lo que ella conocía... Convertirse en una mujer distinta, en definitiva. Hinata sufría amargamente, lo deseaba con todo su ser, pero cuando se imaginaba con él había algo que la confundía y la helaba por dentro. Buscaba a ciegas el motivo de esa sensación, para dar sentido a sus miedos, pero la verdad se le escapaba.

Naruto jamás había aceptado la derrota hasta entonces. La había tolerado en pequeñas dosis, tal vez, sabiendo que a largo plazo siempre iba a conseguir lo que quería.

Pero nunca lo habían vencido de verdad; no sabía lo que en realidad significaba perder. Aquel sentimiento lo volvía cruel e inconstante. Quería matar a alguien. Quería llorar. Por encima de todo, quería reírse de sí mismo por ser tan estúpido. En las absurdas historias que Hinata leía algunas tardes en voz alta sobre los griegos y sus dioses enamoradizos y caprichosos, los mortales siempre eran castigados por apuntar demasiado alto. Soberbia, había explicado Hinata en una ocasión. Demasiado orgullo y ambición.

Naruto sabía que había pecado de soberbia y que le había llegado la hora de pagar por ello. Jamás debería haberse permitido amar a una mujer que evidentemente no estaba hecha para él. Lo que más lo atormentaba era la sospecha que aún fuera posible conseguirla, si la intimidaba, la atormentaba y la sobornaba. Pero no le haría aquello, ni se lo haría a él.

Quería que ella lo amara tan voluntaria y felizmente como había amado a Toneri. La mayoría de las personas habrían encontrado aquella idea ridícula. Incluso a él se lo parecía. ¿Qué debía de pensar Hinata cuando lo comparaba con su santo esposo? Naruto era un canalla, un oportunista, un aprovechado sin modales; todo lo contrario de un caballero. Sin duda, Aburame era la elección correcta, la Única, si ella deseaba una vida similar a la que había tenido con Toneri. Frunciendo el entrecejo, Naruto fue a la biblioteca en busca de unos archivos y cartas que pensaba llevarse a Durham. En el piso de arriba había mucho movimiento.

Kurenai y las sirvientas estaban metiendo ropa y objetos personales en baúles y maletas, y el ayudante de cámara de Naruto doblaba los trajes y las pajaritas para su viaje. Naruto no soportaría ver a Hinata marchándose de su casa. Él se iría primero.

Al llegar al escritorio, empezó a rebuscar entre los montones de papel sin advertir, al principio, la presencia de otra persona. Naruto oyó un gritito proveniente de su mullido sillón de piel y se volvió bruscamente sobre sus talones, intrigado.

Rose Himawari estaba sentada en el sillón con Magdalena, las dos prácticamente hundidas en el mullido asiento. Con el corazón en un puño, Naruto vio que la niña tenía la cara sucia y enrojecida, y que necesitaba que le sonaran la nariz.

Parecía que ellas siempre necesitaban un pañuelo. Maldiciendo para sus adentros, Naruto buscó uno en la chaqueta, pero no lo encontró. Se aflojó la corbata de lino, se la quitó de un tirón y se la puso a Rose en la nariz.

—Suénate —musitó, y ella lo obedeció gustosa. Se rió; era evidente que la novedad de usar una corbata para sonarse la nariz la divertía.

—¡Está siendo un tonto, señor Uzumaki!

Naruto se puso en cuchillas delante de ella, la miró a los ojos y le sonrió con afecto. —¿Qué te ocurre, princesa? —preguntó con suavidad, aunque ya lo sabía.

Rose se lo explicó de buen grado.

—Mamá dice que tenemos que irnos. Vamos a vivir otra vez en la casa de mi tío, y... y yo quiero quedarme aquí. —Arrugó la carita apesadumbrada, y Naruto estuvo a punto de perder el equilibrio al notar un golpe invisible en el pecho. Pánico.., amor.., y angustia.

Aunque despedirse de Hinata no habría acabado por completo con él, aquél iba a ser el golpe de gracia. Durante aquellos meses, él había tomado afecto a aquella niña tan encantadora, con sus manitas pringadas de azúcar, su cordel de botones, sus largos cabellos enmarañados y sus ojos grises, tan parecidos a los de su madre. Ya no harían más tés juntos, ni se sentarían en el saloncito delante de la chimenea para contarse cuentos de conejitos y coles, dragones y princesas, ya no la llevaría de la manita que tan confiadamente le tendía.

—Dígale a mamá que debemos quedarnos con usted —le ordenó Rose Himawari—. Usted puede hacer que se quede, ¡sé qué puede!

—Tú madre sabe lo que es mejor para ti —murmuró Naruto, sonriendo levemente, aunque por dentro se sentía morir—. Sé una buena chica y haz lo que te dice.

—Yo soy siempre una buena chica —dijo Rose, y empezó otra vez a lloriquear—.Oh, señor Uzumaki... ¿qué les pasará a mis juguetes?

—Te los enviaré todos a casa de los Õtsutsuki.

—No cabrán. —Con una manita rolliza, se limpió una lágrima que le rodaba por la mejilla—. La casa es mucho, muchísimo más pequeña que la suya.

—Rose... —Naruto suspiró y le apoyó la cabecita en su hombro, cubriéndola con su mano inmensa. Ella se acurrucó contra él, dándole palmaditas en la áspera mandíbula. Al cabo de un rato, se apartó.

—¡Está aplastando a Magdalena!

—Lo siento —dijo él contrito, enderezándole el sombrerito azul a la muñeca.

—¿Volveré a verlos a usted y a Tenten? —preguntó Rose con tristeza.

Naruto fue incapaz de mentirle. —No muy a menudo, me temo.

—Van a añorarme un montón —dijo ella, suspirando hondo, y empezó a buscar algo en el bolsillo de su delantal.

Naruto notó una extraña sensación en los ojos. Se le habían empañado y le escocían, sin que él pudiera hacer nada para evitarlo. —Todos los días, princesa.

Rose Himawari sacó un objeto pequeño del bolsillo y se lo entregó.

—Es para usted —dijo—. Es mi botón del perfume. Cuando se ponga triste, puede olerlo y se sentirá mejor. A mí siempre me funciona.

—Princesa —dijo Naruto, hablando en voz baja para que no se le quebrara—. No puedo quedarme con tu botón favorito. —Intentó devolvérselo, pero ella le apartó la mano.

—Lo necesita —dijo la niña con obstinación—. Quédeselo, señor Uzumaki. Y no lo pierda.

—Está bien. —Naruto cerró la mano y bajó la cabeza, intentando contenerse.

«Aquello era culpa suya —pensó—. Había hecho lo indecible para conseguir que lady Hinata viviera en su casa. Pero jamás había anticipado las consecuencias. Ojalá hubiera sabido...»

—¿Va a llorar, señor Uzumaki? —preguntó la niña preocupada, poniéndose junto a sus rodillas y mirándole la cara vuelta hacia abajo.

Naruto consiguió sonreírle. —Sólo un poquito, por dentro —dijo con voz ronca. Notó su manita en la mejilla y se quedó paralizado cuando lo besó en la nariz.

—Adiós, señor Uzumaki —susurró, y se marchó arrastrando tristemente el cordel de los botones.

Aún era por la mañana cuando el carruaje de Naruto estuvo al fin listo para partir. No había nada que lo retuviera en su casa. Nada salvo su corazón atormentado. Sopesando todo lo que él y Hinata se habían dicho, se dio cuenta que no ganarían nada con seguir hablando de ello. Habían puesto las cartas sobre la mesa, y Hinata se iría o se quedaría en función de lo que le dictaran sus deseos, sin que él se inmiscuyera.

No obstante, aún quedaba un asunto pendiente. Tras comprobar que Hinata se había llevado a Rose Himawari al jardín, Naruto subió a su dormitorio. Kurenai, la doncella, estaba allí, con un montón de ropa doblada en los brazos, haciendo viajes del ropero a la cama. Se sobresaltó un poco al verlo en el umbral.

—¿Se...señor? —preguntó con cautela, colocando la ropa doblada en una esquina del baúl.

—Tengo que pedirle algo —dijo Naruto con brusquedad.

Claramente intrigada, Kurenai se volvió para ponerse delante de él. Naruto notó que estaba incómoda por hallarse a solas con él en la misma habitación. Precisamente aquella habitación, con la ropa y las pertenencias de Hinata por todas partes. En la cama había un montón de objetos: un cepillo de pelo, un juego de peines, una caja de marfil, un pequeño marco guardado en un estuche de piel. Naruto no habría reparado en el marco si Kurenai no hubiera intentado ocultarlo discretamente cuando él se acercó.

—¿Hay algo que pueda hacer por usted, señor? —preguntó la doncella incómoda—.Algo que pueda traerle, arreglarle o...

—No, no es nada de eso. —Posó la mirada en el estuche de piel—. ¿Qué es eso?

—Oh, es... bueno, algo personal de lady Hinata, y... señor, a ella no le gustaría que usted... —Kurenai protestó consternada cuando Naruto lo examino.

—¿Es una miniatura? —preguntó, sacando hábilmente el objeto que había dentro del estuche.

—Sí, señor, pero... no debería, en serio... Oh, Dios mío. —Kurenai se sonrojó y suspiró con evidente malestar cuando él miró el retrato.

—Toneri —dijo Naruto en voz baja. Nunca había visto una imagen de aquel hombre, jamás había querido hacerlo. Era lógico que Hinata tuviera un retrato de su difunto esposo, por Rose Himawari y no sólo por ella. No obstante, Naruto jamás le había pedido que le enseñara un retrato de Toneri Õtsutsuki y, desde luego, Hinata nunca lo habría hecho por iniciativa propia. Aunque Naruto había imaginado que tal vez sentiría odio al ver el rostro de Õtsutsuki, cuando miró la miniatura le sorprendió la lástima que le inspiró.

Siempre había pensado en Toneri como en alguien de su edad, pero su rostro era joven. Naruto se sorprendió al caer en la cuenta de que Õtsutsuki no podía tener más de veinticuatro años al morir, casi seis años más joven de lo que él era. Hinata había sido cortejada y amada por aquel apuesto muchacho que tenía los cabellos blancos, los ojos azules y cristalinos. Toneri había muerto sin apenas haber saboreado la vida, dejando viuda a una joven que era incluso más inocente que él.

Por mucho que lo intentara, Naruto no podía culpar a Toneri Õtsutsuki por intentar proteger a Hinata, por dejarlo todo dispuesto para ella, por asegurarse de que cuidarían de su hija. Sin duda, pensar que los Naruto Uzumaki del mundo podrían seducir y hacer sufrir a su esposa debió de angustiarlo mucho.

—Maldita sea —susurró Naruto, metiendo la miniatura en el estuche de piel. Frunciendo el entrecejo, dejó el objeto en la cama.

Kurenai lo miró con aprensión. —¿Hay algo que pueda hacer por usted, señor?

Naruto asintió y rebuscó en el interior de la chaqueta.

—Quiero que te quedes con esto —musitó, sacando una bolsita llena de monedas de oro. Para una sirvienta de la posición de Kurenai, era una fortuna—. Acéptalo y prométeme que si lady Hinata necesita algo alguna vez, me avisarás.

La doncella se quedó atónita. Tomó la bolsa, la sopesó en la mano y lo miró con los ojos muy abiertos.

—No necesita pagarme para que lo haga, señor.

—Acéptelo —insistió él con brusquedad.

Kurenai sonrió a regañadientes y se metió la bolsa en el bolsillo del delantal. —Ha sido un buen amo, señor. No se preocupe por lady Hinata ni por la señorita Rose Himawari. Las serviré lealmente, y le avisaré si hay problemas.

—Bien —dijo él, y se volvió para marcharse. Se detuvo y la miró para hacerle una última pregunta—. ¿Por qué has intentado ocultarme la miniatura, Kurenai?

Ella se ruborizó un poco, pero lo miró con franqueza al responderle. —Deseaba ahorrarle el mal trago, señor. Sé lo que siente por lady Hinata, sabe

—¿Ah, sí? —dijo él en tono neutro.

La doncella asintió con vigor.

—Es una dama dulce y encantadora, y habría que tener el corazón de piedra para no fijarse en ella. —Kurenai bajó la voz y adoptó un tono confidencial— Entre usted y yo, señor, creo que si mi señora fuera libre para elegir por sí misma, es posible que se hubiera quedado con usted. Salta a la vista que la tiene encandilada. Pero el señor Toneri se llevó casi todo su corazón a la tumba con él.

—¿Mira la miniatura a menudo? —preguntó Naruto, imperturbable.

Kurenai entornó los ojos mientras pensaba. —No tan a menudo desde que vinimos a vivir a su casa, señor. Por lo que sé, no la ha sacado desde hace un mes más o menos. Caramba, hasta tenía un poco de polvo.

Por alguna razón, la información le reconfortó.

—Le deseo buena suerte, señor —dijo la doncella en voz baja.

A su regreso del jardín, Hinata fue a su habitación y se encontró a Kurenai ordenando una pila de medias cuidadosamente dobladas.

—Qué adelantada vas, Kurenai —comentó con una débil Sonrisa.

—Sí, señora. Y lo estaría más si el señor no hubiera venido a la habitación y me hubiera interrumpido. —Lo dijo como si tal cosa, y prosiguió con sus ocupaciones.

Hinata notó que la mandíbula se le desencajaba. —¿Ah, sí? —preguntó débilmente—. ¿Para qué? ¿Me buscaba?

—No, señora, sólo me ha pedido que cuidara de usted y de la señorita Rose, y yo le he prometido que lo haría.

—Oh. —Hinata recogió una enagua de lino e intentó doblarla, pero terminó estrujándola contra su pecho—. Qué amable por su parte —susurró.

Kurenai la miró divertida y con cierta lástima.

—No creo que haya sido amabilidad lo que lo ha impulsado a hacerlo, señora. Parecía tan enamorado como un muchachito imberbe. De hecho, tenía exactamente la misma expresión que usted tiene en este momento. —Viendo el desastre que Hinata estaba haciendo con la enagua recién planchada, Kurenai se echó a reír y acudió en su rescate.

Hinata soltó la prenda sin protestar.

—¿Tienes idea de dónde puede estar ahora el señor Uzumaki, Kurenai?

—De camino a Durham, diría yo. No parecía muy dispuesto a entretenerse, señora. Hinata fue corriendo a la ventana para ver la entrada de la casa. Gimió angustiada cuando vio el inmenso carruaje negro de Naruto alejándose por el camino flanqueado de árboles que conducía a la carretera. Apoyó una mano en la ventana, apretando la palma contra el frescor del cristal. La boca le tembló violentamente e intentó contenerse.

«Se había ido —pensó—, y ella lo haría pronto. Era lo más conveniente. Estaba haciendo lo correcto para ella, y también para él. Era mejor que él se casara con una muchacha joven e intacta, con quien pudiera vivirlo todo por primera vez: los primeros votos, la primera noche de bodas, el primer hijo...

«Y en lo que a ella respectaba, sabía muy bien que en cuanto regresara con los Õtsutsuki, su destino podría perfectamente ser quedarse con ellos durante el resto de su vida. No tenía la intención de obligar a Shino a cumplir su promesa de casarse con ella; no era justo negarle la oportunidad de que encontrara a alguien a quien amara de verdad.»

—Vuelvo al principio —susurró Hinata con una sonrisa vacilante, pensando en cómo sería retomar la vida con la familia de su esposo. Aunque estaba más triste, era un poco más sabia y ya no estaba tan segura de su infalibilidad moral.

Siguió el carruaje con la mirada hasta que alcanzó el final del camino y pareció que la espesura lo engullía.

—Todo lo que necesita es un poco de tiempo, señora —oyó que Kurenai decía detrás de ella para intentar animarla—. Como usted ya sabe, el tiempo lo cura casi todo.

Hinata tragó saliva y asintió sin decir nada, pero sabía que esta vez su doncella se equivocaba. Por mucho tiempo que pasara, la pasión, aquella necesidad de cuerpo y alma, que sentía por Naruto Uzumaki jamás se debilitaría.

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Continuará...