Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
Hay OOC
«Capítulo catorce»
Los Õtsutsuki recibieron a Hinata como a la hija pródiga. Hubo comentarios, naturalmente, pues ninguno de ellos podía resistirse a expresarle la opinión colectiva de que marcharse había sido un grave error. Se había ido con una reputación sólida e intachable, y contando con la admiración y el respeto de todo su círculo de amistades, y había regresado desprestigiada. Económicamente, su asociación con Naruto había sido muy beneficiosa, pero había caído moral y socialmente.
A Hinata no le importaba. Los Õtsutsuki podrían protegerla de algunos, si no de todos, los obstáculos con los que se toparía en su camino. Y cuando Rose Himawari tuviera dieciocho años y poseyera una cuantiosa dote, tendría muchos pretendientes, y el escándalo que había rodeado a su madre haría ya tiempo que se habría olvidado.
Hinata no hizo ningún intento de ponerse en contacto con Shino, sabiendo que los rumores de su nuevo paradero le llegarían enseguida. Él fue a visitarla cuando ella llevaba apenas una semana instalada en casa de los Õtsutsuki, y Asura e Indra y sus esposas lo recibieron de muy buen grado. Alto, y bien parecido, Shino parecía un caballero que acudía en rescate de una damisela en peligro. Cuando Hinata se unió a él en el serio salón donde los Õtsutsuki recibían las visitas, tenía la intención de decirle que no necesitaba que la rescataran. No obstante, él enseguida le hizo saber con su habitual franqueza que los últimos deseos de Toneri eran también los suyos.
—Así que has abandonado ese nido de perversión —comentó Shino. Tenía la expresión seria.
Hinata no pudo contener una repentina risa, porque su irreverencia la había sorprendido —Debes andarte con cuidado en tu asociación conmigo —le advirtió alegremente—.Tu reputación puede salir perjudicada.
—Después de mis correrías por Europa durante estos tres últimos años, te aseguro que no me queda ni una pizca de reputación por salvar. —Shino pareció dulcificarse cuando Hinata le sonrió—. No te culpo por irte a vivir con los Uzumaki —dijo—. ¿Cómo podría, si lo hiciste por mi culpa? Yo debería haber estado aquí hace años, para hacerme cargo de ti, tal y como le prometí a Toneri.
—Shino, con respecto a la promesa... —Hinata se quedó callada y lo miró indecisa, ruborizándose mientras intentaba hallar las palabras justas.
—¿Sí? —le preguntó él con suavidad.
—Sé que acordamos hablar de ello —dijo ella, incómoda—, pero ahora creo que... no hay necesidad... Después de todo, tú y yo...
Shino la hizo callar, poniéndole sus largos dedos en los labios con mucha suavidad. Atónita, Hinata no se movió cuando él le tomó las manos con afecto y decisión.
—Piensa en un matrimonio entre amigos íntimos —dijo— que han acordado comunicarse siempre honestamente entre ellos. Una pareja que posee los mismos ideales e intereses. Nos gusta estar en compañía del otro y nos tratamos con respeto. Eso es lo que yo quiero. No veo por qué no podemos tenerlo juntos.
—Pero tú no me amas, Shino. Y yo no...
—Quiero darte la protección de mi apellido —la interrumpió él.
—Pero eso no basta para acallar el escándalo y los rumores...
—Es mejor que lo que tienes ahora —señaló él con buen criterio—. Además, te equivocas en una cosa. Yo te quiero. Te conozco desde antes de que tú y Toneri se casaran. Jamás he respetado ni apreciado a ninguna mujer como a ti. Es más, creo que un matrimonio entre amigos es la mejor unión que existe.
Hinata comprendió que Shino no se refería a la clase de amor que ella había vivido con Toneri. Ni tampoco estaba ofreciéndole la apasionada relación que ella había tenido con Naruto Uzumaki. Aquél era realmente un matrimonio de conveniencia, una unión que colmaría sus necesidades y satisfaría la última petición de Toneri.
—¿Y si eso no te basta? —le preguntó Hinata en voz baja—. Conocerás a alguien, Shino... Podría ocurrir semanas después de que nos casáramos, o años, pero sucederá algún día. Una mujer por la que estarías dispuesto a morir. Y querrás estar con ella desesperadamente, y yo no sería más que una carga para ti.
Él sacudió la cabeza de inmediato.
—Yo no soy así, Hinata. No creo que exista una sola persona o un solo amor verdadero para cada uno de nosotros. He tenido aventuras, llevo tres años teniéndolas, y estoy harto de tantas payasadas, tanta obsesión, éxtasis y melancolía. Quiero paz. — Shino sonrió con sarcasmo—. Quiero ser un hombre casado respetable, aunque Dios sabe que jamás me habría imaginado diciendo una cosa así.
—Shino... —Hinata miró el brocado del sofá, pasando un dedo por la cenefa de flores de lis doradas y rojas—. No me has preguntado por qué he dejado de trabajar para Uzumaki con tanta brusquedad.
Hubo un largo silencio antes de que él respondiera. —¿Quieres contármelo? —No parecía especialmente impaciente por saber la respuesta.
Hinata hizo un ademán negativo con la cabeza y se rió con nerviosismo. —No realmente. Pero a la luz de tu proposición, me siento obligada a confesar algo. No quiero mentirte y...
—No necesito escuchar tu confesión, Hinata. —Shino le tomó la mano y le dio un apretón que la reconfortó. Esperó hasta que ella fue capaz de mirarle a los ojos, que reflejaban remordimiento y pesar—. No quiero oírla —continuó—, porque entonces tendría que confesarme yo. No es necesario, ni práctico. Así que guárdate tu pasado y yo me guardaré el mío. A todo el mundo se le permite tener un secreto o dos.
Hinata notó una oleada de afecto hacia él. Cualquier mujer sería afortunada de tener un esposo así. Era incluso capaz de imaginarse un matrimonio entre los dos. Serían algo más que amigos, aunque bastante menos que amantes. Pero la situación se le hacía extraña y artificial, y frunció el entrecejo mientras lo miraba. —Quiero hacer lo correcto; ojalá supiera lo que es —dijo.
—¿Qué crees tú?
—No lo sé —confesó ella, y Shino se rió suavemente.
—Entonces, deja que te corteje durante un tiempo. Podemos darnos un margen. Esperaré hasta que tú estés convencida de que ésta es la mejor opción para los dos. — Shino guardó silencio y, tomándole las manos, se las colocó en sus hombros, sonriéndole levemente, como si la desafiara a que no las retirara. Hinata las dejó donde estaban, aunque el corazón empezó a palpitarle cuando se dio cuenta de lo que iba a hacer. Shino se acercó y le dio un suave beso en los labios que duró sólo unos instantes. No había nada apremiante en aquel beso, pero Hinata percibió su dilatada experiencia sexual y su gran aplomo. Se preguntó si Toneri habría sido como él al hacerse maduro, si habría adquirido su desenvoltura. Shino se retiró. Siguió sonriéndole cuando Hinata se apresuró a retirarle las manos.
—¿Puedo verte mañana por la mañana? —preguntó—. Iremos a cabalgar por el parque.
—Está bien —susurró ella. Hinata estaba sumida en un mar de dudas y se despidió de él mecánicamente. Por fortuna, Shino no cedió ante la insistencia de los Õtsutsuki para que se quedara a cenar, y dedicó a Hinata una Sonrisa irónica que expresaba su opinión sobre la evidente intromisión de los parientes de Toneri.
Olinda, la esposa de Indra, una mujer elegante, alta y rubia, se acercó a Hinata mientras estaba en el recibidor.
—Qué guapo es lord Aburame —exclamó en tono de admiración—. Cuando Toneri vivía, pasaba desapercibido, pero ahora que ya no es su sombra... —De repente, dándose cuenta que la observación podía ser ofensiva, se quedó callada.
—Continúa siendo la sombra de Toneri —dijo Hinata en voz baja. Después de todo, ¿no era Toneri quien había creado aquella situación? Todo estaba saliendo como él había planeado. Aquel pensamiento debería de haberla reconfortado, pero sólo consiguió irritarla y enojarla.
—Bueno —dijo Olinda pensativa—. Supongo que para ti cualquier hombre es inferior a Toneri. Era tan extraordinario en todos los sentidos. Nadie podría eclipsarlo.
Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que Hinata habría estado automáticamente de acuerdo con ella. En esos momentos, no obstante, se mordió los labios y guardó silencio.
Aquella noche le costó conciliar el sueño. Cuando finalmente lo consiguió, fue ligero e inquieto, y la acosaron sueños muy vívidos. Andaba por un jardín de rosas, la gravilla crujía bajo sus pies y la intensa luz del sol la obligaba a entornar los ojos.
Hechizada por las exuberantes rosas rojas que la rodeaban, se acercó a una, acunó en las manos sus pétalos aterciopelados y se inclinó para oler su fragancia. Un repentino pinchazo en el dedo la sobresaltó y se retiró a toda prisa. Una espina le había hecho sangre en la base del dedo. Al ver una fuente cercana, que vertía agua fresca en una pila de mármol, fue a mojarse la mano herida. Pero los rosales la rodearon y crecieron como una extraña masa viva. Las rosas se marchitaron y cayeron, y lo único que quedó fue una cortina de puntiagudas espinas marrones, aprisionándola por todos los costados. Gritando de desesperación, Hinata se acurrucó en el suelo, mientras las ramas espinosas seguían creciendo a su alrededor, y se puso la mano herida en su corazón compungido y palpitante.
Luego, el sueño cambió y se halló echada sobre la hierba, mientras algo... alguien le impedía ver el cielo y las nubes. «¿Quién eres...? ¿Quién eres?», preguntaba suplicante, pero su única respuesta era una risa suave y ronca que la envolvía como el humo. Notó las manos de un hombre sobre ella, subiéndole suavemente las faldas, deslizándose por sus piernas rígidas, mientras una boca ardiente y deliciosa la besaba. Gimiendo, se relajó bajo él y sus ojos, cegados por el sol, consiguieron ver dos ojos azules que la miraban con malevolencia. «Naruto —dijo sofocando un grito, abriendo las piernas, los brazos y el cuerpo entero para recibirlo, y se retorció de placer al sentirse aplastada bajo su peso—. Oh, Naruto si, sigue...»
Él sonrió, le cubrió los senos con las manos y la besó, y ella gimió de placer.
«Naruto...»
Hinata se despertó bruscamente, alarmada por el sonido de su propia voz. Respirando con rapidez, miró confusa a su alrededor. Estaba sola en la cama, con los almohadones apilados a su alrededor, las sábanas enredadas en las rodillas y en los tobillos. Se apoderó de ella una decepción insoportable cuando las últimas reminiscencias del sueño se esfumaron. Se abrazó a un almohadón y se apoyó en el costado, temblando y ardiendo. ¿Dónde estaría Naruto en aquel mismo instante? ¿Estaba durmiendo y soñando en su cama solitaria o estaba saciando sus deseos en los brazos de otra mujer? Sintió la tenaza de los celos. Se apretó las sienes, intentando ahuyentar las imágenes que le venían a la cabeza. Otra mujer podía estar abrazando su cuerpo poderoso, tocándole el pecho, sintiéndolo temblar de placer.
«Ahora ya no importa; he hecho mi elección —susurró Hinata para sus adentros. Y él me dijo que no volviera. Se acabó... Se acabó.»
Fiel a su palabra, Shino cortejó a Hinata, visitándola casi todos los días. La acompañaba en sus cabalgatas por el parque, los picnics con los Õtsutsuki y las fiestas con sus amigos. Gracias a la decidida protección de los Õtsutsuki, aquellas reuniones solían transcurrir sin incidentes y Hinata estaba a salvo de ofensas y desaires. La lealtad que le estaba demostrando la familia de su difunto esposo era loable. Cerraron filas en torno a ella y la defendieron con celo, a pesar de censurar personalmente sus actos pasados. No obstante, sí aprobaban que Shino la frecuentara. Conociendo los últimos deseos de Toneri sobre el matrimonio de Hinata y Shino, la familia hacía lo posible para asegurarse de que no hubiera impedimentos para la pareja.
—Cuando tú y Aburame se casen —le dijo Asura, el cabeza de familia, con mucha naturalidad..., se acallarán muchos rumores sobre ti y Uzumaki. Yo que tú, haría lo posible por acelerar el proceso.
—Lo comprendo, Asura —respondió Hinata, aunque por dentro ardía en deseos de decirle que nadie le había pedido aquel consejo—. Y te agradezco que compartas tu sabiduría conmigo. No obstante, aún no es del todo seguro que Aburame y yo vayamos a casarnos.
—¿Qué? —Asura entornó los ojos y la miró frunciendo el entrecejo—... ¿Tiene él dudas sobre si debe asumir el compromiso? Hablaré con él y pondré las cosas en su sitio. No te preocupes, querida, subirá contigo al altar, aunque tenga que apuntarle con una pistola.
—No, no —se apresuró a decir Hinata, a punto de soltar una carcajada—. No hace falta. Aburame no da ninguna muestra de querer echarse atrás. Soy yo la que tengo dudas, y él me está dando el tiempo que haga falta para que tome la decisión.
—¿Qué decisión es ésa? ¿Qué razón puedes tener tú para retrasar las cosas? — Asura la miró con impaciencia—. Permíteme que te diga que si no llega a ser por esta familia, ahora serías una paria. Estás al borde de la ruina. Cásate con Aburame, por el amor de Dios, y conserva la poca reputación que te queda.
Hinata lo miró pensativa; el corazón se le ablandó porque era hermano de Toneri. Hinata se acercó y lo besó afectuosamente en la mejilla. —Has sido muy amable conmigo. Tendrás mi eterna gratitud por acoger a un personaje tan escandaloso como yo.
—Tú no eres escandalosa —gruñó él—. Sencillamente, estás desorientada. Necesitas un hombre, Hinata. Como la mayoría de las mujeres, necesitas el buen juicio y el sentido común que proporciona un marido. Y Aburame es de fiar. Oh, conozco sus correrías por Europa, pero todos los hombres cometen diabluras alguna vez en su vida, y eso pertenece al pasado.
Hinata sonrió súbitamente. —¿Y por qué razón mi asociación con Uzumaki se define como escandalosa mientras que la conducta incluso peor de Aburame se describe como una mera «diablura»?
—No es el momento de hablar sobre semántica —dijo Asura, suspirando con exasperación—. El hecho es, Hinata, que necesitas un esposo si quieres seguir formando parte de la buena sociedad. Y Aburame es el candidato apropiado y está dispuesto a ello. Es más, es el candidato que mi querido hermano Toneri recomendó y si él lo tenía en tan alto concepto, también lo tengo yo.
Reflexionando más adelante sobre la conversación, Hinata admitió que la postura de Asura era razonable. Ser la esposa de Shino sería mucho más llevadero que vivir como una viuda de moralidad dudosa, perseguida por el escándalo. Los sentimientos de Hinata hacia Shino eran claros. Lo apreciaba y confiaba en él, y tenían una afinidad que se basaba en su larga amistad. Su compañerismo se cimentaba todos los días en largos paseos y en tardes ociosas, y en cenas donde bromeaban, se hacían confidencias y se sonreían por encima de las copas de cristal. Pero Hinata esperaba desesperadamente una señal interior que le indicara que había llegado el momento.., el momento de quitarse a Naruto Uzumaki de la cabeza y hacer realidad los deseos de Toneri.
No obstante, seguía necesitando a Naruto como el primer día. Incluso lo necesitaba cada vez más, si cabe, hasta que empezó a tener dificultades para comer o conciliar el sueño. No se había sentido tan triste desde la muerte de Toneri. Le parecía que llevaba en los ojos un lúgubre velo gris y, aparte de leer y jugar con Rose Himawari, sus días apenas tenían ningún propósito. Pasó una semana, luego otra, hasta que hubo transcurrido un mes entero desde que dejara a los Uzumaki.
Hinata se despertó temprano después de una noche en vela más y se dirigió a la ventana. Corrió las pesadas cortinas de terciopelo y miró la calle, iluminada por la luz violeta del amanecer. El humo del carbón estaba suspendido sobre la ciudad como una suave neblina, difuminando el horizonte de edificios y hogares. Dentro de la casa empezaron a oírse los sonidos del nuevo día: doncellas abriendo los postigos, encendiendo los fogones, preparando la chimenea y sirviendo las bandejas del desayuno.
«Otro día más», pensó Hinata, y sintió un hastío inmenso al pensar en que tenía que bañarse, vestirse, arreglarse el pelo y tomar el desayuno sin tener hambre. Quería volver a meterse en la cama y taparse la cabeza con las mantas.
—Debería sentirme feliz —dijo en voz alta, confusa por el vacío que sentía en sus entrañas. La clase de vida ordenada que siempre había esperado, planeado y valorado estaba al alcance de su mano, pero ya no la quería.
Un breve recuerdo le vino a la memoria, sobre una ocasión en que ella y Rose Himawari habían ido al zapatero, y Hinata se había probado un par de zapatos de paseo exquisitos con un diseño único. Aunque el zapatero había usado la horma de siempre, alguna característica del cosido o la rigidez de la piel le había producido un dolor insoportable.
—Me van demasiado justos —había comentado Hinata contrariada, y Rose Himawari había exclamado con orgullo.
—¡Eso quiere decir que estás creciendo, mamá!
Volver con los Õtsutsuki y pensar en casarse con Shino era exactamente como probarse aquellos zapatos tan justos. Para bien o para mal, ya no estaba hecha para aquella vida. Todos aquellos meses con los Uzumaki la habían convertido, si no en una mujer mejor, sí en una mujer distinta.
¿Qué hacer? Por la fuerza de la costumbre, Hinata fue a la mesilla de noche y sacó la miniatura de Toneri. Ver su rostro la reconfortaría y le daría fuerzas, y tal vez un poco de orientación.
No obstante, mientras miraba las serenas facciones de su joven esposo, le sorprendió darse cuenta de una cosa. Ver a Toneri no le traía paz. Ya no anhelaba sus brazos, su voz, su sonrisa. Por increíble que pareciera, se había enamorado de otro hombre. Amaba a Naruto Uzumaki con la misma intensidad con que había querido a su esposo o incluso mas. Sólo con Naruto se sentía viva y completa. Añoraba sus conversaciones provocadoras y terrenales, y esos ojos azules que la miraban con una sorna, una ira o una lujuria que la derretían. Añoraba la forma en que su presencia carismática parecía abarcarlo todo, el torrente de planes e ideas que fluía de él, la energía sin límites que la había arrastrado en una corriente vertiginosa. La vida sin él era lenta, lúgubre y de un tedio insoportable.
Notando que estaba respirando con extraños jadeos, Hinata se tapó la boca. Lo amaba y eso la aterraba. Durante meses, su corazón se había resistido a dejarse llevar por lo inevitable. Había tenido un miedo cerval a que otra pérdida volviera a destrozarle el alma, y por ello había sido más fácil y más seguro evitar enamorarse. Ese había sido el verdadero obstáculo entre ella y Naruto... No su promesa a Toneri, ni sus distintos orígenes, ni ninguno de los problemas triviales que ella había puesto como excusa.
Dejando la miniatura, Hinata se soltó el cabello y se quitó los enredos pasándose el cepillo de base de plata con ímpetu y brusquedad. El impulso de correr hacia Naruto era superior a ella. Quería vestirse y pedir que le prepararan el carruaje para irse con él en aquel mismo instante, e intentar explicarle por qué había confundido tanto las cosas.
Pero ¿era unir sus vidas realmente la mejor opción para ellos? Sus pasados, sus expectativas, incluso sus formas de ser, eran radicalmente distintos. ¿Les aconsejaría alguna persona racional que se casaran? Pensar que el amor bastaría para que todo saliera bien era un tópico absurdo, una respuesta simplista a un problema complicado. Y sin embargo... a veces las respuestas más simples eran también las mejores. Las cuestiones menores tal vez se podrían resolver más adelante. Tal vez lo único que realmente importaba era la verdad que le dictaba su corazón.
Se iría con él, decidió Hinata con resolución. Sólo temía que ya fuera demasiado tarde. Naruto le había dejado claro que no intentara volver con él. Que no sería bien recibida.
Hinata dejó el cepillo en el tocador con sumo cuidado, y se miró en el espejo. Estaba pálida y parecía cansada, tenía ojeras. Un rostro que apenas podía compararse con las atractivas bellezas que sin duda rodeaban a Naruto. No obstante, si había alguna posibilidad de que él aún la deseara, merecía la pena arriesgarse a que la rechazara.
El corazón le palpitaba violentamente y se sintió desfallecer. Fue al armario y rebuscó entre los vestidos que él le había comprado, las vistosas prendas que ella nunca se había puesto. Si él la aceptaba, prometió en silencio, jamás volvería a vestirse de gris.
Encontró el vestido verde jade de seda italiana, con sus modernos puños acabados en punta, y lo extendió cuidadosamente en la cama después de sacudirlo. Justo cuando empezaba a buscar ropa interior de lino limpia, alguien llamó suavemente a la puerta y la abrió.
—¿Señora? —dijo Kurenai en voz baja, entrando en la habitación. Parecía sorprendida y no obstante aliviada de que Hinata estuviera despierta—. Oh, señora. Me alegra verla levantada y trajinando. El ama de llaves ha venido a buscarme hace cinco minutos. Parece que tiene visita, e insiste en quedarse hasta que usted baje.
Hinata frunció el entrecejo, picada por la curiosidad. —¿Quién es, Kurenai?
—Es la señorita Tenten Uzumaki, señora. Ha venido sola a caballo desde su casa...
Caramba, debe de haber al menos diez kilómetros, ¡y sin que la acompañe un mozo! —Ayúdame a vestirme, rápido, Kurenai. ¡Oh, debe de haber pasado algo para que Tenten venga aquí sola a estas horas! —Hinata se sentó en una silla y se puso las medias a toda prisa, sin molestarse en que las costuras quedaran rectas.
Estaba impaciente y le pareció que tardaba una eternidad en vestirse y recogerse el pelo. Bajó apresuradamente a la habitación de las visitas, donde la criada ya había servido una bandejita de café para la recién llegada. El resto de la familia aún no se había levantado, lo cual Hinata agradeció. Si alguno de los Õtsutsuki estuviera despierto, seria imposible impedir que se inmiscuyeran. Sintió una profunda alegría al ver la figura atractiva y espigada de Tenten yendo de arriba abajo en la habitación. La había añorado muchísimo.
—Tenten —exclamó.
Tan vibrante, bella e impetuosa como siempre, Tenten se volvió y fue hacia ella. —Señora... —Abrazó espontáneamente a Hinata, y las dos se echaron a reír.
—Tenten, tiene buen aspecto —dijo Hinata, apartándose para mirarle los brillantes ojos oscuros y la cara sonrosada. Tenten iba vestida a la última moda, con un elegante traje de montar azul, un chal blanco de gasa en el cuello y un sombrerito de terciopelo adornado con plumas teñidas de azul. Parecía tan saludable como siempre, pero tenía la mirada triste, y su frustración apenas disimulada era casi palpable.
—Pero no estoy bien —dijo Tenten, a todas luces impaciente por explicarle el motivo de su visita—. No estoy nada bien. Estoy triste, amargada y a punto de asesinar a Naruto, y... —Miró a Hinata de arriba abajo—. ¡Oh, señora! Parece usted agotada, y ha perdido peso, ¡al menos tres kilos!
—Es porque su hermano ya no pide platos de pasteles para mí en cuanto me descuido —respondió Hinata con una alegría forzada. Le indicó a la muchacha que tomara asiento junto a ella en el sofá—. Siéntese conmigo y dígame qué la ha impulsado a cruzar sola toda la ciudad. ¿Recuerda que yo a menudo le insistía en que una joven no debe desplazarse sin acompañante...?
—Oh, maldito decoro —exclamó Tenten apasionadamente, con los ojos brillantes.
—Pensaba más en su seguridad —dijo Hinata burlona—. Si el caballo pisara una piedra o tropezara, tendría que pedirle ayuda a algún desconocido, que podría...
—Maldita seguridad —la interrumpió la muchacha—. Las cosas van francamente mal, y yo no sé cómo arreglarlas. Usted es la única persona a la que puedo recurrir.
A Hinata se le aceleró el pulso. —¿Se trata del señor Uzumaki? ¿O de su madre?
—Se trata de Naruto, naturalmente. —Tenten frunció el entrecejo y se removió en el sofá, con evidentes ganas de levantarse y ponerse a andar de nuevo por la habitación—.Creo que no lo he visto sobrio ni una sola vez durante todo este mes. Desde que usted se fue, se ha convertido en un monstruo de egoísmo. No tiene palabras amables para nadie, y es exigente e imposible de complacer. Se pasa todas las noches en compañía de juerguistas y pelandruscas, y se pasa el día bebiendo e insultando a quien se cruza en su camino.
—Así no es como suele comportarse su hermano —dijo Hinata en voz baja.
—Y no he hecho más que empezar. Parece que no le importe nadie, ni yo ni mi madre, ni siquiera él mismo. He intentado ser paciente con él, pero luego ha ocurrido esto último y ahora yo no...
—¿Qué es esto último? —preguntó Hinata, intentando dar sentido al rápido torrente de palabras.
Tenten sonrió de repente, cambiando el tono de la conversación. —Su primo, el señor Hyuga, ha pedido mi mano.
—¿Sí? —Hinata sonrió complacida—. Así que lo ha conquistado, ¿eh?
—Sí, así es —graznó la muchacha, derritiéndose de alegría y triunfo—. Neji me ama y yo le correspondo multiplicando sus sentimientos por cien. ¡Jamás pensé que el amor pudiera ser tan magnífico!
—Mi querida Tenten, me alegro muchísimo por usted, como estoy segura de que se alegra su familia.
El comentario pareció devolver a Tenten a la ingrata realidad.
—Hay un miembro de mi familia que no se alegra —dijo tristemente—. Naruto ha prohibido la unión. Dice que no apoyará un matrimonio entre el señor Hyuga y yo bajo ningún concepto.
—¿Que ha hecho qué? —Hinata sacudió la cabeza con incredulidad—. Pero ¿por qué? Mi primo es un hombre perfectamente respetable con un gran porvenir. ¿Qué razón dio su hermano para negarse?
—¡Naruto dijo que Neji no es lo bastante bueno para mí! Dijo que debía casarme con un hombre con título y fortuna, y que puedo aspirar a más que a un mero arquitecto de una familia cuyos orígenes son mediocres. Es el comentario más esnob que he oído jamás, ¡y en boca de Naruto, precisamente!
Hinata la miró perpleja. —¿Cómo reaccionó usted, Tenten?
La muchacha endureció la expresión.
—Le dije a Naruto la verdad, que no importa si aprueba o no la unión. Tengo la intención de casarme con Neji Hyuga. Me da igual si Naruto aporta una dote o no; Neji dice que él podrá mantenerme, y que no le importa si soy una heredera o una indigente.
Yo no necesito un carruaje, ni joyas, ni una gran casa para ser feliz. Pero, señora, ¿qué forma es ésa de empezar un matrimonio? Mi madre está angustiada, Naruto y mi prometido enemistados... La familia se está desmoronando, todo por... —Guardó silencio y hundió el rostro entre las manos, a punto de deshacerse en lágrimas.
—¿Por qué? —le preguntó Hinata en voz baja.
Tenten la miró a través de los dedos; sus ojos oscuros centelleaban.
—Bueno —farfulló—, supongo que iba a decir «por usted», aunque eso parece una acusación, y mi intención no es ésa, desde luego. Pero, señora, es evidente que Naruto cambió cuando usted se fue. Supongo que yo estaba demasiado ensimismada para darme cuenta de lo que sucedía entre ustedes dos, pero ahora lo veo... Naruto se ha enamorado de usted, ¿verdad? Y usted no lo ha aceptado. Sé que debía de tener una buena razón para dejarnos, usted es muy inteligente y sabia, y debe...
—No, Tenten —consiguió susurrar Hinata—. No soy ni inteligente ni sabia, en absoluto.
—Y sé que está acostumbrada a una clase de hombre muy distinto a Naruto, por lo cual yo jamás me atrevería a suponer que usted siente lo mismo por él. Pero he venido para pedirle algo. —Tenten bajó la cabeza y se limpió unas cuantas lágrimas con la manga—. Por favor, vaya a verlo —dijo con voz ronca—. Hable con él, dígale algo para que entre en razón. Jamás lo había visto actuar así. Y creo que usted es la única persona en el mundo a quien tal vez escuche. Consiga simplemente que vuelva a ser razonable. Si no lo hace, Naruto va a acabar destrozándose y arrastrará con él a todos los que lo queremos.
—Oh, Tenten... —Hinata le pasó afectuosamente el brazo por la cintura y la acercó a ella. Se quedaron sentadas en aquella postura durante al menos un minuto. Al final, Hinata habló en voz baja—. No querrá verme.
—No —dijo Tenten, suspirando—. Naruto no permite que se pronuncie su nombre. Finge que usted no existe.
Ante aquellas palabras, Hinata sintió un vacío y mucho miedo. —Lo único que puedo prometerle es que lo intentaré. No obstante, es posible que se niegue a hablar conmigo.
Tenten suspiró y vio por la ventana que se estaba haciendo de día.
—Debo irme; tengo que regresar a casa antes del desayuno. No quiero que Naruto sospeche dónde he estado.
—Permita que uno de los mozos de los Õtsutsuki la acompañe —dijo Hinata con firmeza—. Es demasiado peligroso que cabalgue sola.
Tenten ladeó la cabeza y le sonrió en señal de disculpa. —Está bien, señora. Le dejaré que me acompañe hasta el final del camino, siempre que tenga la cautela de que no lo vean desde la casa. —Miró a Hinata esperanzada—. ¿Cuándo irá a ver a Naruto, señora?
—No lo sé —confesó ella, mientras notaba una mezcla de excitación, miedo y esperanza en su interior—. Supongo que cuando me vea con fuerzas para hacerlo.
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Continuará...
