Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
Hay OOC
«Capítulo quince»
Absorta en sus pensamientos, Hinata había olvidado que aquella mañana tenía una cita con Shino, su supuesto prometido, para salir juntos a cabalgar. Mucho después de que Tenten se hubiera marchado, aún Hinata estaba sentada en la habitación de las visitas con una taza de té tibio en la mano. Tenía la mirada clavada en el líquido lechoso y buscaba las palabras adecuadas para convencer a Naruto de que la perdonara y volviera a confiar en ella. No creía que hubiera una forma fácil de abordar la cuestión.
Sencillamente tendría que ponerse a su merced y confiar en que todo saliera bien. Sonrió irónica al pensar que le habían enseñado cien formas distintas de rechazar educadamente a un caballero, pero que en su repertorio no había ninguna para recuperarlo. Conociendo la soberbia de Naruto y sus formidables defensas, Hinata sabía que no cedería fácilmente.
Le haría pagar caro por la manera en que había huido de él; le exigiría su rendición incondicional.
—Dios mío, ¿por qué está tan seria esa cara tan bonita?
Shino, lord Aburame, entró en la habitación. Alto y atlético, llevaba un traje de montar oscuro. Con sus cabellos oscuros, su discreta gallardía y su porte elegante, era el hombre con el que cualquier mujer habría soñado. Sonriéndole con melancolía, Hinata decidió que había llegado la hora de quemar las naves.
—Buenos días. —Le indicó que se sentara junto a ella.
—No estás vestida para ir a montar —observó él—. ¿He llegado demasiado pronto, o has cambiado de opinión sobre lo que te apetece hacer esta mañana?
—He cambiado de opinión sobre muchas cosas, me temo.
—Ah. Presiento que vamos a tener una conversación seria. —Shino le sonrió con desenfado, y adopto una expresión vigilante.
—Shino, tengo tanto miedo de perder tu amistad después de lo que quiero decirte. Él le tomó la mano con suavidad y le dio un beso en la palma. Cuando alzó los ojos, su mirada era seria, amable y serena.
—Querida amiga, tú no me perderás jamás. No importa lo que digas o hagas. Tras un mes de compañerismo, los dos habían adquirido una profunda confianza en el otro, lo cual permitió a Hinata hablar con la honestidad y la contundencia que Shino merecía.
—He decidido que no quiero casarme contigo.
Él no parpadeó ni demostró la más mínima sorpresa. —Siento oír eso —dijo en voz baja.
—Tú no te mereces otra cosa que no sea un matrimonio por amor —se apresuró a proseguir Hinata—. Un amor verdadero y maravilloso con una mujer sin la que no puedas vivir. Y yo...
—¿Y tú? —preguntó él, reteniendo su mano.
—Voy a reunir el valor necesario para ir a ver al señor Uzumaki y pedirle que me tome como esposa.
Se hizo un largo silencio, mientras él asimilaba las palabras de Hinata.
—¿Te das cuenta de que si te unes a él muchas personas de nuestra clase pensarán que has caido en desgracia? Habrá círculos que jamás volverán a aceptarte...
—No importa —le aseguró Hinata con una sonrisa nerviosa—. Mi reputación sin tacha fue un frío consuelo en los años que siguieron a la muerte de Toneri. La cambiaré gustosa por la oportunidad de ser amada. Lo único que siento es haber tardado tanto tiempo en darme cuenta de lo que realmente importa. Desde que Toneri murió, he tenido un miedo atroz a sufrir de nuevo y, por ese motivo, me he mentido a mí misma y he mentido a todo el mundo.
—Entonces, ve a ver a Uzumaki y dile la verdad.
Ella sonrió a Shino, estupefacta ante la sencillez de la respuesta.
—Shino, se supone que tienes que hablarme del deber, del honor y de lo que le debo a Toneri.
—Querida Hinata —dijo él—. Te espera toda una eternidad sin Toneri. Usa el sentido que te ha dado Dios para decidir lo que es mejor para ti y para Rose Himawari. Si te decides por Uzumaki, yo aceptaré tu elección.
—Me sorprendes.
—Quiero que seas feliz. La vida no te da tantas oportunidades para serlo, y yo no voy a cometer la torpeza de interponerme en tu camino.
La naturalidad de Shino, la caballerosidad con que había aceptado los deseos de Hinata, aliviaron el dolor que se le había instaurado en el corazón. Le sonrió con inmensa gratitud.
—Ojalá todo el mundo reaccionara como tú.
—No lo hará —le aseguró él sarcástico, y los dos se echaron a reír y se tomaron las manos, antes de que Hinata retirara suavemente las suyas.
—¿Crees que a Toneri le habría gustado el señor Uzumaki? —se oyó preguntar.
Shino le dijo sonriendole.
—Bueno, no. No creo que hubieran tenido suficientes cosas en común como para que le gustara. Uzumaki es un poco tosco y le faltan principios para ser del gusto de Toneri. Pero ¿acaso te importa eso?
—No —confesó ella—. Sigo queriendo al señor Uzumaki.
Tomándole las manos, Shino la urgió a levantarse. —Entonces, ve a verlo. Pero, antes de marcharte, quiero que me prometas una cosa.
—No más promesas —se quejó Hinata con una sonrisa en los labios—. Me hacen muy desgraciada.
—Pero ésta vas a tener que hacérmela. Prométeme que si algo va mal, cuando sea, acudirás a mí.
—Sí—dijo Hinata, cerrando los ojos cuando notó los cálidos labios de él rozándole la frente—. Y, Shino, debes creerme, en mi opinión, has cumplido por completo la promesa que le hiciste a Toneri. Para él, fuiste un amigo fiel y sincero, y para mi lo eres incluso mejor.
Shino le respondió abrazándola estrechamente.
Hinata tenía los nervios destrozados cuando su carruaje se detuvo ante la casa de Uzumaki. Un lacayo le abrió la puerta y la ayudó a bajar, mientras el otro iba a llamar a la puerta. Hinata vio el rostro de la señora Burney asomando por la puerta principal y contuvo una sonrisa cuando pensó que nunca habría imaginado que se alegrarla tanto de verla. La casa y todos los sirvientes le parecían maravillosamente familiares. Se sentía como si regresara al hogar. No obstante, se le hizo un nudo en el estómago al considerar la posibilidad de que Naruto pudiera echarla en cuanto la viera. El ama de llaves la miró con evidente inquietud cuando Hinata se acercó a ella. Le hizo una reverencia y luego se enderezó, entrelazando las manos.
—Señora —dijo—. Me alegro de verla.
—Señora Burney —respondió Hinata con amabilidad—. ¿Va todo bien?
El ama de llaves le sonrió evasiva.
—Sí, aunque... —Bajó el tono—. Nada ha sido igual desde que usted se fue. El señor... —Se quedó bruscamente callada, recordando sin duda que un sirviente debía respetar la intimidad de la familia a la que servía.
—He venido a ver al señor Uzumaki. —Hinata estaba tan nerviosa que se ruborizó y tartamudeó como una adolescente—. Si...siento muchísimo no haberle avisado que venía y haber llegado tan pronto, pero es bastante urgente, ¿sabe?
—Señora —se excusó la señora Burney—. No sé cómo decírselo, pero... el señor ha visto su carruaje desde la ventana y... bueno... no recibe visitas. —Bajó la voz y miró con recelo al lacayo que esperaba a cierta distancia—. No está bien, señora.
—¿No está bien? —Hinata se alarmó—. ¿Ha caído enfermo, señora Burney?
—No exactamente.
Entonces, el ama de llaves debía de referirse a que había estado bebiendo. Perturbada, Hinata consideró la situación.
—Tal vez debería regresar en otro momento —dijo en voz baja—, cuando el señor Uzumaki esté un poco más despejado.
La señora Burney parecía francamente angustiada. —No sé cuándo será eso, señora.
Se miraron a los ojos. Aunque el ama de llaves jamás se atrevería a expresar sus propias opiniones y deseos, Hinata tuvo la sensación de que la urgía tácitamente a que se quedase.
—No querría molestar al señor Uzumaki, naturalmente —dijo Hinata—. Pero me temo que, durante mi estancia aquí, debí de olvidarme algunas... humm... cosas en mi habitación. ¿Tendría alguna objeción en que fuera a buscarlas?
Sin duda, su sugerencia fue un alivio para el ama de llaves.
—No, señora —se apresuró a decir, aferrándose a la excusa—, faltaría más. Claro que tiene que recoger sus cosas si se las dejó en la habitación. ¿La acompaño o recuerda el camino?
—Recuerdo el camino. —Hinata le dedicó una sonrisa radiante—. Subiré sola. Por favor, ¿podría decirme dónde está el señor Uzumaki, para evitar molestarlo?
—Creo que está en su habitación, señora.
—Gracias, señora Burney.
Hinata entró en la casa, que parecía un mausoleo. El inmenso salón central, con sus imponentes columnas doradas, el techo encofrado de plata y el olor a flores, resplandecía en la oscuridad. No se veía ni un alma en aquella penumbra tan ostentosa. Para evitar encontrarse con Kushina o Tenten, lo cual la distraerla de su misión, Hinata subió las escaleras tan deprisa como se lo permitieron sus piernas. A causa del esfuerzo y de la agitación que sentía, el corazón empezó a palpitarle con violencia hasta notar los latidos en todas las extremidades del cuerpo. Pensar en tener a Naruto de nuevo en sus brazos la excitaba tanto que casi la indisponía. Temblando como una hoja, fue hasta su puerta, que estaba entornada. Pensó en llamar, pero decidió no hacerlo, pues no quería darle la oportunidad de que le negara la entrada.
Con suavidad, abrió la puerta, que chirrió de forma casi imperceptible. De hecho, Hinata jamás había entrado en el dormitorio de Naruto durante el tiempo en que había vivido en la casa. La inmensa cama de caoba tenía una colcha de terciopelo azul adornada con brocados del mismo color. La luz que se colaba por una hilera de cuatro ventanales rectangulares se reflejaba en el artesonado de madera de cerezo. Naruto se hallaba de pie junto a un ventanal. Había corrido las cortinas de terciopelo para ver la entrada de la casa y tenía una copa de licor en la mano. Aún llevaba el pelo húmedo tras el baño de la mañana y la habitación estaba impregnada del olor de su espuma de afeitar. Llevaba puesta una bata de seda morada que le llegaba casi hasta los pies e iba descalzo. Hinata había olvidado lo grande que era. Se alegró de que siguiera con la espalda vuelta hacia ella, para que no pudiera ver el deseo con que lo miraba.
—¿Qué ha dicho? —preguntó Naruto con un gruñido, creyendo que Hinata era la señora Burney.
Hinata se esforzó para que no le temblara la voz. —Me temo que ha insistido en verlo.
Naruto se puso rígido al darse cuenta de quién era la intrusa, y la espalda se tensó bajo la fina bata de seda. Durante unos instantes, pareció que no conseguía articular palabra.
—Vete —dijo en voz baja, sin vehemencia—. Vete con Aburame.
—Entre lord Aburame y yo no hay nada —susurró Hinata con un nudo en la garganta.
Despacio, Naruto se volvió. Los dedos le temblaban ligeramente y el líquido ámbar que llenaba la copa osciló de un lado a otro. Dio un largo sorbo al licor, sin apartar la vista de Hinata. Parecía sereno, aunque era innegable que estaba cansado. Tenía ojeras y su tez, normalmente bronceada, había adquirido un tono ceniciento por pasarse demasiado tiempo bebiendo en interiores. Hinata lo recorrió ávidamente con la mirada y quiso correr hacia él, acariciarlo, tranquilizarlo y tenerlo en sus brazos. «Por favor, Dios mío, no dejes que me eche», pensó desesperada. Odiaba la forma en que la miraba. Los ojos azules que tanto afecto y pasión le habían transmitido tenían una expresión fría e indiferente. La miraba como si fuera una desconocida...como si ya no sintiera nada por ella.
—¿Qué significa esto? —Naruto habló en tono neutro, como si el tema no le interesara.
Haciendo acopio de todo su valor, Hinata cerró la puerta y se acercó a él, pero se detuvo a cierta distancia.
—Lord Aburame y yo hemos decidido continuar siendo amigos, pero no habrá boda. Le dije que no podía mantener la promesa que le hice a Toneri porque... —Se quedó callada y estuvo a punto de darse por vencida cuando vio la indiferencia con que Naruto recibía la noticia.
—Porque... —le instó él con frialdad.
—Porque mi corazón pertenece a otro.
Tras su admisión, hubo un silencio largo y tenso. Oh, ¿por qué no decía nada? ¿Por qué parecía tan frío e indiferente?
—Ha sido un error —dijo Naruto finalmente.
—No. —Hinata lo miró suplicante—. Mi error fue marcharme de aquí... dejarte... y he venido para explicártelo y para pedirte...
—Hinata, no. —Naruto suspiró incómodo y sacudió la cabeza—. No hace falta que me des ninguna maldita explicación. Sé por qué te fuiste. —Sonrió con sarcasmo—. Tras un mes de reflexión, y de revolcarme en el lodo, he aceptado tu decisión. Hiciste lo correcto. Tenías razón, lo nuestro no habría funcionado. Dios sabe que es mejor conservar unos cuantos recuerdos agradables y dejar las cosas tal y como están.
La resolución con la que habló dejó a Hinata aturdida.
—Por favor —dijo con un temblor en la voz—. No digas nada más. Escúchame. Debo decirte toda la verdad, y después de oírla, si aún quieres que me vaya, me iré. Pero no lo haré hasta que haya dicho lo que tengo que decir, y tú te quedarás ahí y me escucharás, y sí no lo haces...
—¿Si no lo hago? —preguntó él con un fantasma de su antigua sonrisa.
—Entonces, no te dejaré en paz ni un instante —lo amenazó Hinata, conteniendo su propio miedo—. Te seguiré a todas partes. Gritaré hasta desgañitarme.
Naruto apuró la copa y se dirigió a la mesilla de noche, donde lo aguardaba una botella de coñac. Aquello le dio a Hinata una brizna de esperanza. Él no seguiría bebiendo si ya no sintiera nada por ella, ¿no?
—Está bien —dijo Naruto con brusquedad, llenándose de nuevo la copa—. Di lo que tengas que decir. Tienes mi atención durante los próximos cinco minutos, después de lo cual te pondré de patitas en la calle. ¿De acuerdo?
—De acuerdo. —Hinata se mordió el labio. Le costaba desnudar su alma ante él, pero aquello era precisamente lo que tenía que hacer si quería recuperarlo.
—Te amé desde el principio —dijo, esforzándose por mirarlo directamente a los ojos—. Lo veo ahora, aunque en el momento no me di cuenta de lo que estaba sucediendo. No quería enfrentarme a la verdad, al hecho de ser lo que tú me llamaste: una cobarde. — Ante aquella admisión, Hinata miró el rostro de Naruto para ver si reaccionaba, pero él permaneció impasible. Se tomó otros dos dedos de coñac, con sorbos lentos y pausados—.Cuando Toneri murió en mis brazos —continuó Hinata confusa—, yo también quise morir.
No quería volver a sentir aquel dolor jamás y sabía que lo más seguro sería no volver a amar de esa forma. Y, por ese motivo, empleé la promesa que le hice a Toneri como una excusa para alejarte de mí.
Hinata se calló indecisa, reparando en que, por alguna razón, Naruto se había ruborizado hasta las orejas. Sacando valor de aquella prueba tan palpable, se obligó a seguir adelante.
—Estaba dispuesta a utilizar cualquier razón que pudiera hallar para no amarte. Y luego, cuando tú y yo... en la glorieta... —Demasiado perturbada para seguir mirándolo a los ojos, Hinata bajó la cabeza—. Jamás me había sentido así —dijo—. Estaba perdida. Ya no tenía control ni sobre mi corazón ni sobre mis pensamientos, y por eso estaba frenética por dejarte. Desde entonces, he intentado retomar mi antigua vida, pero ya no encajo. He cambiado. Por ti. —De repente, las lágrimas apenas la dejaron verlo—. Por fin me he dado cuenta de que hay algo peor que perderte... y es no tenerte jamás. —La voz se le quebró y le falló, y sólo fue capaz de susurrar—. Por favor, deja que me quede, Naruto, con las condiciones que tú desees. No me hagas vivir sin ti. Te quiero con locura.
En la habitación se hizo un silencio sepulcral. Naruto se quedó quieto, sin articular palabra. «Si aún la deseara, si aún la quisiera —pensó Hinata—, ya la habría tomado en sus brazos.» En aquel instante, quiso menguar hasta desaparecer. Empezó a notar un dolor sordo y persistente en el pecho. Se preguntó qué haría cuando él la echara, adónde iría, cómo lograría construir una nueva vida para ella y para Rose Himawari, cuando todo lo que deseaba era enroscarse como un ovillo y aullar amargamente de arrepentimiento. Se quedó con la mirada clavada en el suelo, luchando por no prorrumpir en humillantes sollozos.
Vio los pies descalzos de Naruto y se sobresaltó, pues se había acercado a ella con el sigilo de un gato. Le tomó la mano izquierda y se quedó mirándola sin articular palabra.
De repente, Hinata comprendió lo que estaba haciendo: miraba la alianza que ella llevaba desde el día en que se la puso su esposo. Con un gemido, Hinata le soltó la mano y tiró del anillo. No salía, y ella insistió frenéticamente hasta lograr quitárselo. Tirándolo al suelo, vio la marca pálida que le había dejado en el dedo y miró a Naruto con los ojos inundados de lágrimas.
Lo oyó murmurar su nombre y luego, para su sorpresa, lo vio hincarse de rodillas y notó sus dos manos inmensas en las caderas, aferrándose a los pliegues del vestido. Luego hundió el rostro en su estómago, como un niño exhausto.
Sorprendida, Hinata le tocó el pelo rubio con las yemas de los dedos. Los gruesos mechones ligeramente ensortijados estaban húmedos, y Hinata los acarició amorosamente.
—Amor mío —susurró ella una y otra vez, tocándole la nuca.
Naruto se puso bruscamente en pie y la miró. Tenía la expresión de un hombre que ha bajado a los infiernos y ha salido escaldado.
—Maldita seas —musitó, secándole las lágrimas con los dedos—. Podría estrangularte por habernos hecho pasar por esto.
—Me dijiste que no volviera —dijo ella sollozando—. Tenía tanto miedo de intentarlo... Parecías tan resuelto...
—Pensé que te estaba perdiendo. No sabía qué diablos decía. —La estrujó contra su corazón palpitante, pasándole las manos por el cabello y despeinándola.
—Dijiste que no me darías una segunda oportunidad.
—Te daría mil. Cien mil.
—Lo siento —gimoteó Hinata—. Lo siento...
—Quiero que te cases conmigo —dijo Naruto con voz gutural—. Voy a atarte a mí con todos los vínculos, contratos y rituales que ha inventado el hombre.
—Sí, sí... —Impaciente, Hinata lo atrajo hacia sí, besándolo con todo el deseo que la había torturado durante aquel último mes. Él gimió y atacó su boca con una pasión brutal, haciéndole un poco de daño, pero ella estaba tan exaltada que no le importó.
—Quiero poseerte —dijo Naruto con voz pastosa—. Ahora.
Hinata se ruborizó y apenas tuvo tiempo de asentir antes de que él la alzara en volandas y la llevara a la cama, como si fuera un felino hambriento a punto de devorar a su presa. Ella se sometió de buen grado a su autoridad. Lo amaba más allá del decoro, más allá de la moral o la cordura. Era suya por completo, como él lo era de ella.
Naruto la desnudó deprisa, tirando bruscamente de las hileras de botones y ganchos, rasgando la ropa con sus dedos impacientes allí donde no cedía con la suficiente rapidez. Sofocando un grito ante su apremio, Hinata intentó ayudarlo, sentándose en la cama para desatarse los zapatos, quitándose las ligas y las medias, alzando los brazos cuando él le sacó la camisa por la cabeza. Cuando estuvo totalmente desnuda, con el cuerpo ruboroso reclinado en el colchón, Naruto se quitó la bata y se tendió junto a ella.
Al ver su magnífico cuerpo, largo, poderoso y de una virilidad suprema, Hinata abrió los ojos para recrearse.
—Oh, Naruto, eres tan hermoso. —Hinata se acurrucó contra el pecho, acariciándolo con la boca y con los dedos.
Oyó un leve gemido por encima suyo.
—Tú sí que eres hermosa. —Naruto le acarició la espalda y las caderas, deleitándose con la textura de su piel—. Jamás me he recobrado de la primera vez que te vi, en el baile de los Senju.
—¿Me viste entonces? Pero si era de noche.
—Te seguí después de besarte en el invernáculo. —La tumbo boca arriba, recorriendo su cuerpo desnudo con la mirada—, te vi ir hacia el carruaje y pensé que eras la cosa más encantadora que había visto en mi vida. —Le dio un beso en el hombro, tocando la frágil curva con la lengua, y Hinata se estremeció.
—Y empezaste a urdir un plan —dijo ella jadeante.
—Eso es. Pensé en cien formas de meterme bajo tus faldas, y decidí que el mejor plan era contratarte. Pero en algún punto de mis intentos por seducirte me enamoré de ti.
—Y tus intenciones se volvieron honradas —dijo ella, complacida.
—No, seguía queriendo meterme bajo tus faldas.
—Naruto Uzumaki —exclamó Hinata, y él se echó a reír, apoyando las manos en el colchón junto a la cabeza de Hinata. Ella notó que el pulso empezaba a latirle más aprisa cuando lo vio colocar una pierna dura y vellosa entre sus muslos y notó su sexo, inflamado y sedoso, presionándole la cadera.
—Aquella tarde en la glorieta fue lo mejor que me ha sucedido nunca —dijo él—.Pero la forma en que me dejaste después... fue como si me expulsaran del cielo para ir a caer directamente en el infierno.
—Tenía miedo —dijo Hinata arrepentida, atrayéndolo hacia sí y besándole las mejillas y la boca con sabor a coñac.
—También yo. No sabía cómo iba a recobrarme de tu pérdida.
—Lo dices como si yo fuera una enfermedad —dijo Hinata con una sonrisa vacilante.
Naruto la miró con el deseo en los ojos. —He descubierto que no hay una cura para ti, señora mía. Pensé en acudir a otra mujer, pero no pude. Lo peor de todo es que tú eres la única que quiero.
—Entonces, no has... —Hinata sintió un gran alivio. Imaginarse a Naruto haciendo el amor con otras mujeres en su ausencia la había atormentado y se alegró inmensamente de saber que no había sido así.
—No, no lo he hecho—le informó él con una seriedad que era fingida—. Llevo un mes sin desfogarme, y vas a pagar por ello. —Hinata cerró los ojos y se retorció de placer cuando él le susurró al oído—. Durante las próximas horas, señora, vas a estar ocupadísima satisfaciendo mis necesidades.
—Sí —susurró ella—. Sí, eso es también lo que yo quiero...
Hinata no pudo terminar la frase, porque Naruto acercó la cara a uno de sus pechos. Lo acarició con su cálido aliento hasta que el sensible pezón se contrajo, y luego lo tomó en la boca. Hinata se arqueó mientras él lo excitaba con la lengua. Se abrazó a él, palpándole los músculos de acero. Naruto aumentó la presión sobre el duro pezón, chupándolo durante largos minutos, hasta notar que Hinata cerraba rítmicamente los muslos sobre su pierna.
Naruto deslizó la mano entre sus piernas, hallando con facilidad la región húmeda que se ocultaba entre su vello púbico. Susurrándole con suavidad, le separó los pliegues de sus partes íntimas hasta hallar el botón que tan dulcemente le dolía. Siguió excitándola, rodeándolo con la yema del dedo pero sin llegar a tocarlo, hasta que ella jadeó y alzó las caderas suplicante.
—Por favor —susurró Hinata. Notaba los labios hinchados e inflamados—. Por favor, Naruto...
Él restregó la boca contra la suya, una presión deliciosa que la incitó a incorporarse, ávida de más besos. Naruto volvió a besarla, explorándole la boca con la lengua, y Hinata se abandonó por completo a él. Naruto se colocó encima, y ella notó su sexo duro entre las piernas, la presión del glande en el triángulo de vello púbico. Cuando Naruto gimió, Hinata se estremeció y bajó la mano. La cerró sobre su miembro y empezó a acariciarlo con inseguridad. Se ruborizó cuando él le enseñó a hacerlo con más fuerza y rapidez, ayudándola con su propia mano.
—¿No debería acariciarte con más suavidad? —le preguntó Hinata, avergonzada y excitada al mismo tiempo.
—Los hombres no somos como las mujeres —dijo él con voz ronca—. Ustedes prefieren suavidad. Nosotros sólo necesitamos entusiasmo.
Sin articular palabra, Hinata demostró su entusiasmo hasta que él le retiró la mano con una maldición y un gemido.
—Basta —consiguió decir—. No quiero que esto termine demasiado pronto.
—Yo sí. —Hinata se abrazó a él y lo besó en el pecho y en el cuello—. Te deseo.., oh, Naruto, quiero...
—¿Lo que hicimos en la glorieta? —susurró él, mirándola con perversidad.
Hinata asintió contra su cuello y abrió las piernas debajo de él. Estaba tensa y temblaba, ardiendo en deseos de que la tomara, la poseyera. Él empezó a acariciarla lentamente, como si la explorara; primero los pechos, luego el estómago, el vientre, y ella gimió excitada cuando Naruto frotó con la palma el pequeño triángulo de vello rizado que tenía entre los muslos. Sus dedos eran inteligentes y procedían con una lentitud exasperante, acariciándole el vello con suavidad, sin alcanzar nunca la zona embarazosamente húmeda que tanto le quemaba. Hinata alzó las caderas con apremio, buscando la estimulación que Naruto le negaba, y entonces notó su boca deslizándose por su piel, desde los pechos hasta el estómago. La sujetó por las caderas, estrujándoselas y cambiándola de postura, y Hinata se sobresaltó cuando él la besó en sus partes íntimas.
Exclamó algo, un sonido incoherente que podría haber sido de protesta o de aliento, y Naruto alzó la cabeza para mirarle el rostro inflamado.
—Mi dulce dama pudorosa —dijo en voz baja—. ¿Te he sorprendido?
—Sí —gimió ella.
—Ponme las piernas sobre los hombros.
Ella lo miró avergonzada. —Naruto, no podría...
—Ahora. —Y Naruto respiró entre sus muslos, haciéndola temblar de la cabeza a los pies.
Hinata cerró los ojos y obedeció, apoyando las pantorrillas y los talones en su espalda. Naruto la acarició y la abrió con los dedos, y luego Hinata notó su boca, la caricia de su lengua, y se retorció de placer. Le parecía imposible que aquello estuviera sucediéndole a ella, que estuviera experimentando aquella intimidad tan dulce y tan terrible a la vez. Notó cómo la mordisqueaba y la lamía, y la sensación se hizo más intensa y fue extendiéndose hasta que Hinata gimió como jamás lo había hecho en su vida.
Sus gemidos y súplicas parecieron excitar a su atrevido amante. Naruto gimió y la sostuvo por las nalgas, aplastándola contra su boca. Siguió excitándola con la lengua hasta que ella ya no pudo soportar tanto placer. Gritó enfebrecida y el tormento dio paso a una explosión de placer. Él no apartó la boca hasta que Hinata dejó de temblar por completo, quedándose débil y aturdida.
Bajándole las piernas, que aún le temblaban, Naruto se colocó encima, acoplando su cuerpo lustroso y poderoso al de ella. Hinata notó su sexo grande y duro apretándose contra ella.
—Naruto, ten piedad —suplicó con los labios secos.
—Para ti no hay piedad, señora mía. —Le tomó la cara entre las manos, besándola mientras penetraba sus carnes húmedas e inflamadas. Ella inspiró profundamente, abriéndose para recibirlo, notando la invasión de su miembro erecto. Naruto le separó las piernas con las suyas y la penetró más profundamente, hasta que Hinata gimió en su boca.
Notarlo dentro la excitaba y, a pesar de estar cansada, se arqueó de placer. Él empezó a empujar con un ritmo regular, frotándole los pezones endurecidos con el pecho.
Hinata echó la cabeza hacia atrás extasiada cuando él la cubrió de besos y suaves mordiscos en el cuello.
—Eres mía —susurró él, montándola más deprisa, adoptando un ritmo impaciente—. Me perteneces... Hinata... para siempre.
—Sí —gimió ella mientras sentía que volvía a excitarse.
—Dímelo.
—Te amo, Naruto... Oh... Te necesito tanto... Sólo a ti...
Él la recompensó con una acometida que le llegó hasta lo más profundo, y Hinata se retorció enfebrecida, temblando, latiendo, invadida por un placer físico que hasta entonces nunca había imaginado. Naruto se tensó violentamente sobre ella y los músculos se le pusieron duros como el acero. Emitió un gemido gutural, y Hinata notó los latidos de su órgano viril dentro de ella.
Suspirando profundamente, Hinata se aferró a él con brazos y piernas, abrazándolo con fuerza mientras todas sus sensaciones daban paso a un agradable calor. Notó que Naruto intentaba salir de ella y murmuró una protesta.
—Te aplastaré —Susurró él.
—No me importa.
Sonriendo, Naruto se colocó a un lado y la arrastró con él, con los cuerpos aún unidos.
—Esto ha sido incluso mejor que en la glorieta —dijo Hinata maravillada.
Naruto se rió. —Hay muchas cosas que me va a encantar enseñarte.
Al pensar en el futuro, Hinata dejó de sonreír.
—Naruto —dijo con seriedad—. No puedo evitar preguntarme si un hombre como tú estará satisfecho con una sola mujer.
Naruto le tomó la cara entre las manos y la besó en la frente. Apartándose, la miró a los ojos, que tenían una expresión interrogante. —Llevo toda la vida buscándote —dijo solemne—. Tú eres la única que quiero, ahora y siempre. Si no me crees, yo...
—Te creo —se apresuró a decir ella, tocándole los labios con los dedos. Le sonrió—. No hacen falta pruebas ni promesas.
—No tendría ningún inconveniente en volver a demostrártelo. —Naruto se introdujo más dentro de ella. Hinata jadeó levemente y se acurrucó contra él, gimiendo complacida.
—No, quiero hablar—dijo Hinata jadeante—. Quiero pedirte algo...
—¿Mmmm? —Él le acarició las nalgas, deleitándose con sus suaves formas.
—¿Por qué rechazaste al señor Hyuga cuando vino a pedirte la mano de Tenten?
La pregunta lo distrajo y la miró a los ojos, vigilante. Frunció el entrecejo. —¿Cómo lo has sabido?
Abrazándosele al cuello, Hinata sacudió la cabeza, sonriéndole levemente. —Responde a mi pregunta, por favor.
Él maldijo para sus adentros y apoyó la cabeza en la almohada. —Lo rechacé porque lo estoy poniendo a prueba.
—Poniéndolo a prueba —repitió Hinata. Pensando en lo que había dicho, se separó de él, contrayendo ligeramente las facciones cuando el pesado miembro de Naruto salió de ella—. Pero ¿por qué? No es posible que pienses que sólo quiere casarse con Tenten por su... tu, fortuna.
—Entra en el terreno de lo posible.
—Naruto, no puedes manipular a las personas como si fueran peones en una partida de ajedrez. ¡Sobre todo a las personas de tu propia familia!
—Sólo intento proteger los intereses de Tenten. Si Hyuga sigue queriéndola sin mi aprobación, y sin la dote que lleva asociada, entonces pasará la prueba.
—Naruto. —Hinata sacudió la cabeza y suspiró. Se cubrió el cuerpo con las sábanas y lo miró mientras él yacía desnudo junto a ella sin ningún pudor—. Tenten ama a ese hombre. Debes respetar su elección. E, incluso si ella y el señor Hyuga pasan esa prueba tuya, jamás te lo perdonarán, y habrás abierto una brecha insalvable en la familia.
—¿Qué quieres que haga?
—Ya lo sabes —musitó ella. Abrazándose más a él, le beso suavemente el pecho.
—Maldita sea, Hinata. Llevo toda la vida haciendo las cosas de una forma determinada, y eso no puedo cambiarlo. Mi carácter me hace proteger a mí y a los míos de todos los sinvergüenzas que intenten aprovecharse de nosotros, y admito que me he habituado a eso. Si vas a intentar convertirme en una especie de calzonazos...
—Claro que no. —Hinata le pasó la lengua por la clavícula y se demoró en el hueco donde el pulso le latía violentamente—. No me gustaría que cambiaras en nada. — Apretando la cara contra su cuello, dejó que sus largas pestañas le hicieran cosquillas en la piel—. Pero deseo tanto que tu hermana sea feliz, Naruto. ¿Le negarías la misma alegría que tú y yo hemos hallado? Olvídate de esa maldita prueba y pídele al señor Neji que venga.
Hinata percibió la lucha interior de Naruto, el deseo de controlar la situación batallando con la faceta más benévola de su carácter. Sin embargo, cuando ella siguió rogándole y acariciándolo, él se echó a reír. Le puso las manos en sus suaves hombros blancos, hundiéndola en la almohada.
—No me gusta que me dominen —gruñó.
Ella le sonrió. —No estoy intentando dominarte, amor mío. Sólo estoy apelando a tus instintos nobles.
Aquellas palabras cariñosas lo dejaron ensimismado y abstraído, y la discusión pareció perder interés para él.
—Como ya te dije en una ocasión, señora mía, no tengo instintos nobles.
—¿Pero le pedirás al señor Neji que venga? —le preguntó Hinata—. ¿Y solucionarás lo de Tenten?
—Sí. Más tarde. —Le quitó las sábanas que la cubrían y le puso una mano en el pecho.
—Pero, Naruto —dijo ella, sofocando un grito cuando él le abrió las rodillas—. No es posible que quieras volverlo a hacer... No tan pronto después... —Notar su miembro duro deslizándose dentro de ella la dejó muda y, en lugar de hablar, gimió de placer.
—Ahora verás —musitó él tiernamente contra su pecho, tomando un pezón enhiesto entre los dientes, y, durante largo rato, no hubo conversación.
Hinata iba de la mano de Naruto mientras paseaban por la parte más frondosa del jardín. La falda del vestido que llevaba rozaba al pasar con matas de florecillas violetas y blancas, y la suave brisa primaveral mecía los lirios amarillos y las campanillas blancas que flanqueaban los bordes del sendero. Largas líneas de frágiles acónitos amarillos conducían a vastos bosquecillos de madreselvas y albaricoques japoneses. Inhalando profundamente el fragante aire, Hinata notó que la felicidad le inundaba el pecho y no pudo contener la risa.
—Tu casa puede ser horrenda desde el punto de vista arquitectónico —dijo—, pero, oh, este jardín es como el paraíso.
Naruto le apretó más la mano y le sonrió. Aquella tarde había sido la más feliz de sus vidas; habían hecho el amor y se habían reído durante horas, e incluso habían derramado algunas lágrimas, mientras compartían los secretos de sus corazones. Una vez reconciliados, parecía que tuvieran un millar de cosas de las que hablar y les faltara tiempo. No obstante, Hinata estaba impaciente por regresar a casa de los Õtsutsuki para darle a su hija la noticia de su inminente boda. Los Õtsutsuki se escandalizarían, naturalmente, y no sólo porque ella iba a casarse con alguien que no era de su agrado, sino porque había incumplido los últimos deseos de su difunto esposo. Y a duras penas comprenderían que ella no había actuado de forma temeraria. Lo cierto es que no había tenido elección. Era incapaz de vivir sin Naruto Uzumaki.
—Quédate conmigo —le susurró Naruto—. Haré que vayan a buscar a Rose, y las dos vivirán aquí mientras organizo la boda.
—Sabes que no puedo hacerlo.
Él frunció el entrecejo y la guió cuidadosamente alrededor de un reloj de sol de mármol y bronce que había en el suelo.
—No quiero perderte de vista.
Hinata distrajo su atención abordando el tema de la ceremonia nupcial, insistiendo en que se llevara con discreción y corrección. Por desgracia, Naruto parecía querer algo mucho más ostentoso. Tras oír sus planes. de celebrar la boda en una iglesia grande, con un millar de palomas, una docena de trompetistas, un banquete para quinientos comensales y otras tantas ideas descabelladas, Hinata le dijo con contundencia que ella no tendría nada que ver con un acontecimiento semejante.
—Haremos algo íntimo y tranquilo, y por encima de todo, reducido —dijo—. Es la única opción, en realidad.
—Estoy de acuerdo —se apresuró a decir él—. Pensándolo bien, no necesitamos invitar a más de trescientas personas.
Hinata lo miró con incredulidad. —Cuando he dicho «reducido», no pensaba en tanta gente. Media docena, tal vez.
Él tensó la mandíbula con obstinación. —Quiero que todo Londres sepa que eres mía.
—Lo sabrán —dijo Hinata con sarcasmo—. Estoy segura de que en la buena sociedad no se hablará de otra cosa... y es evidente que ninguna de mis antiguas amistades, enemigas del escándalo, asistirá a la boda, sea grande o pequeña.
—Casi todos mis amigos vendrían —dijo él alegremente.
—No me cabe la menor duda —convino ella, sabiendo que se refería a la hueste de rufianes, dandies y trepadores que habían caído en desgracia en la buena sociedad por su mala fama—. En cualquier caso, la boda será lo más discreta posible. Puedes reservar las palomas, las trompetas y todo lo demás para la boda de Tenten.
—Supongo que así sería más rápido —dijo él a regañadientes.
Hinata se detuvo en el camino de gravilla y lo miró sonriendo.
—Entonces, nuestra boda será reducida y enseguida estaremos casados. —Lo abrazó por la esbelta cintura—. No quiero esperar un día más de lo necesario para pertenecerte.
Sin necesitar más persuasión, Naruto se inclinó y la besó apasionadamente.
—Te necesito —musitó, estrujándola contra su entrepierna para demostrarle lo excitado que estaba—. Ven conmigo a casa ahora mismo, amor mío, y déjame...
—No volveremos a hacerlo hasta casarnos. —Respirando con rapidez, Hinata apoyó la oreja en su corazón palpitante. A pesar de su deseo de hacer el amor, quería esperar hasta que estuvieran convenientemente casados—. Hoy ya he hecho bastantes concesiones, me temo.
—Oh, no es verdad. —Naruto la acarició a través del corpiño y la besó en el cuello.
Con un murmullo seductor, la llevó hasta un muro de piedra cubierto de raras camelias amarillas y comenzó a subirle las faldas.
—No te atrevas —le advirtió Hinata con una risa indecisa, apartándose de él—. Un caballero debería tratar a su amada con respeto, y tú estás aquí...
—El tamaño de esto es una prueba palpable de cuánto te respeto —la interrumpió él, poniéndole la mano en su abultada entrepierna.
Hinata sabía que debería haberlo rechazado, pero, en lugar de ello, se encontró tocándole aquella forma larga y robusta.
—Eres francamente vulgar —le dijo al oído.
Naruto la incitó a que apretara más. —Ésa es una de las cosas que más te gustan de mí —susurró él, y Hinata no pudo evitar sonreír.
—Sí.
Él le hundió la nariz entre el cuello de encaje y la suave piel del cuello. —Déjame llevarte a la glorieta. Sólo unos minutos. Nadie lo sabrá.
A desgana, ella se apartó de él. —Lo sabré yo.
Naruto sacudió la cabeza y se rió quejumbroso, volviéndose para apoyar las manos en el muro cubierto de flores. Bajando la cabeza, respiró hondo, luchando por contener su deseo desbocado. Cuando Hinata se le acercó vacilante, la miró apasionadamente.
—Está bien —le dijo con un suave tono de amenaza— No volveré a tocarte hasta nuestra noche de bodas. Pero es posible que te arrepientas de haberme hecho esperar.
—Ya lo he hecho —confesó ella, y se miraron durante unos instantes, sonriéndose con los ojos.
Aunque Naruto pensaba convocar a Neji Hyuga al día siguiente, el joven lo sorprendió visitándolo aquella misma mañana. Naruto había dormido de un tirón por primera vez en un mes y se despertó a las ocho, desusadamente tarde para él. Ya no recordaba la última vez que se había sentido tan relajado. Parecía que, después de esforzarse y luchar durante décadas, había al fin alcanzado el pináculo que buscaba. Tal vez por primera vez en su vida podría intentar ser feliz.., y la razón era al mismo tiempo extraordinaria y típica. Estaba enamorado. Al fin había entregado su corazón a alguien y descubierto que ella lo amaba también. Parecía demasiado milagroso para ser verdad.
A medio desayuno, anunciaron al visitante, y Naruto le pidió al ama de llaves que hiciera entrar al joven. Serio, apuesto, pálido y vestido como si fuera a asistir a un funeral, Neji apareció como el héroe trágico de alguna pomposa novela rosa. De hecho, Naruto sintió incluso cierto remordimiento al recordar su último encuentro, donde él había contestado a su petición de mano con una rotunda negativa. Sin duda, Neji recordaba todos los detalles de aquella desagradable escena, lo cual explicaba su expresión resuelta.
De hecho, era la expresión de un intrépido caballero que se atrevía a enfrentarse con un malvado dragón, desafiándolo en su propia madriguera.
Sin afeitar y aún en bata, Naruto estaba sentado en la mesa del desayuno y le indicó a Neji que se uniera a él.
—Perdone mi aspecto —dijo con suavidad—, pero es un poco pronto para recibir visitas. ¿Quiere tomar un café?
—No, gracias. —Neji se quedó de pie.
Arrellanándose en la silla, Naruto dio un largo sorbo al café caliente.
—Es muy conveniente que haya elegido este día para hacerme una visita —observó—, pues pensaba pedirle que viniera esta misma mañana.
—¿Ah, sí? —Neji entornó los ojos—. ¿Por qué, señor Uzumaki? Algo relacionado con la casa de Devon, supongo.
—En realidad no. Se refiere al asunto del que hablamos el otro día.
—Por lo que yo recuerdo, no hablamos —dijo Neji en tono neutro—. Le pedí su consentimiento para casarme con Tenten, y usted se negó.
—Sí. —Naruto se aclaró la garganta—. Bueno, yo...
—No me ha dejado elección, señor. —Aunque Neji se ruborizó un poco,
obviamente nervioso, no le tembló la voz cuando prosiguió—. Por respeto a usted, he venido a informarle en persona de que tengo la intención de casarme con Tenten con o sin su aprobación. Y, a pesar de lo que usted o cualquier otra persona crean, no lo hago pensando en su maldita fortuna. Resulta que amo a su hermana. Si me acepta, la mantendré, trabajaré como un loco para ella y la trataré con todo el respeto y la dulzura que un hombre puede darle a su esposa. Y si usted le exige más que eso a cualquier hombre, puede irse al infierno.
Naruto enarcó levemente las cejas. No pudo evitar sentirse impresionado por aquel hombre; no ocurría a menudo que alguien se atreviera a llevarle la contraria.
—Si me permite la pregunta —dijo en voz baja—, ¿por qué ama a Tenten?
—Es igual que yo en todo lo importante.
—Socialmente no —señaló Naruto.
—He dicho —fue la serena respuesta de Neji— en todo lo importante. Su posición social me trae sin cuidado.
La respuesta satisfizo a Naruto. Se dijo instintivamente que Hyuga era un hombre decente que amaba a Tenten de verdad.
—Entonces, tiene mi aprobación para casarse con ella, si hace algo por mí. Al principio, Neji pareció demasiado aturdido para responder.
—¿Qué es? —preguntó al fin en tono suspicaz.
—Tengo otro proyecto para usted.
Neji sacudió la cabeza de inmediato.
—No voy a pasarme el resto de mi carrera aceptando encargos suyos para que me acusen de nepotismo. Respeto demasiado mis capacidades como para hacer eso. Me irá lo bastante bien haciendo proyectos para otras personas, y le recomendaré otro arquitecto que le convenga.
—Es un proyecto humilde, de hecho —dijo Naruto desoyendo la negativa—. Estoy derribando algunas casuchas de alquiler en un solar que poseo al este de la ciudad. Quiero que proyecte un edificio nuevo, distinto a todo lo que se ha hecho hasta ahora. Un gran bloque que aloje a docenas de familias; habitaciones con ventanas, viviendas decentes donde puedan cocinar, comer y dormir. Y una fachada lo bastante atractiva como para que un hombre pueda entrar y salir del lugar sin avergonzarse. Por encima de todo, quiero que sea económico, para que inspire a otros a imitarlo. ¿Puede hacer algo así?
—Sí, podría —respondió Neji en voz baja, captando la importancia de la idea, la cantidad de vidas que cambiaría... Y lo haré, aunque tal vez no quiera que el proyecto lleve mi nombre. Sabe...
—Le comprendo —dijo Naruto sin rencor—. Los aristócratas no le encargarían nada si se enteran de que también trabaja para el pueblo llano.
Neji lo miró con curiosidad, adoptando una extraña expresión.
—Jamás he conocido a un caballero de su posición a quien le importaran las condiciones de vida de las personas corrientes.
—Yo soy un hombre corriente —señaló Naruto—. Es sólo que he tenido un poco más de suerte que los demás.
Neji esbozó una leve sonrisa. —Me reservaré la opinión sobre eso, señor.
Dando por sentado que habían llegado a un acuerdo, Naruto separó las manos y tamborileó perezosamente en la mesa.
—Sabe, Hyuga, no tendría por qué ser tan malo. Podría pasar el resto de su carrera aceptando mis encargos. Con su talento y mi dinero...
—Oh, no. —Neji se rió súbitamente y, por primera vez, miró a Naruto con una afabilidad que era real—. Le respeto, Uzumaki. Pero no va a tenerme en sus manos. No quiero su dinero. Sólo quiero a su hermana.
Naruto pensó en un centenar de consejos sobre cómo quería que trataran a su hermana, sobre todo lo que Tenten necesitaba y se merecía, sobre lo mal que lo pasaría Hyuga si la defraudaba. Pero al mirar el rostro apuesto, seguro y joven de Neji Hyuga, cambió de opinión. Naruto se dio cuenta de que ya no podía controlar todos los detalles de la vida de su familia ni organizar todos los minutos de sus días. Era hora de que todos ellos, incluido él, tuvieran una vida propia. Se sintió extraño ante la novedosa perspectiva de dejar a Tenten a cargo de otra persona, y de confiar en que sería feliz y amada.
—Está bien —dijo él, levantándose y tendiéndole la mano—. Tome a Tenten con mi bendición.
—Gracias.
Se dieron la mano cordialmente, y Neji le sonrió radiante.
—En cuanto a la dote —dijo Naruto—. Querría...
—Como ya le he dicho —lo interrumpió Neji—. No quiero dote.
—Es para Tenten —dijo Naruto—. Una mujer debería gozar de cierta independencia en su matrimonio. —Aparte de ser su criterio personal, lo había constatado en matrimonios de clase alta, donde las mujeres que se casaban poseyendo propiedades y dinero recibían más consideración por parte de sus esposos. Es más, la mujer tenía legalmente el derecho de conservar sus propiedades cuando su esposo muriera, independientemente de lo que hubiera estipulado el difunto.
—Muy bien. Quiero lo que sea lo mejor para Tenten, naturalmente. Si no le importa, Uzumaki, voy a dejarle. Aunque sé que aún nos quedan algunos asuntos de que hablar, me gustaría darle la buena noticia a su hermana.
—Gracias —respondió Naruto de corazón—. Estoy harto de que me acuse de ser un ogro insensible, como ha estado haciendo estos últimos días. —Cuando se despidieron y el arquitecto se dirigía a la puerta, Naruto pensó en algo—. Oh, Hyuga... Confío en que no pondrá objeciones a que yo organice la boda.
—Organícela como desee —respondió el joven sin detenerse, claramente impaciente por ver a Tenten.
—Bien —musitó Naruto satisfecho, y se sentó en el escritorio, pluma en mano. La mojó en el tintero y empezó a elaborar una lista.
—Mil palomas para la iglesia, cinco orquestas para la recepción... fuegos artificiales, una docena de trompetistas, no, mejor, que sean dos docenas...
.
.
Continuará...
