Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
Hay OOC
«Capítulo dieciséis»
Como Hinata había previsto, ninguno de los Õtsutsuki asistió a su discreta boda, celebrada en la capilla de los Uzumaki. Comprendiendo cómo se sentían porque ella hubiera elegido casarse con Naruto en lugar de cumplir los últimos deseos de Toneri, Hinata no se lo reprochaba. «Con el tiempo —pensó—, tal vez la perdonarían, sobre todo cuando vieran cuánto beneficiaba a Rose Himawari su alianza.» Y la niña, desde luego, no había mantenido en secreto su alegría.
—¿Ahora va a ser mi papá? —le había preguntado a Naruto mientras éste la tenía en su regazo, abrazada a su cuello. Había corrido hacia él dando gritos de entusiasmo cuando Hinata la había traído de visita a la casa, y él la había aupado hasta dejarle las enaguas y las medias blancas hechas un lío. Conmovida por la evidente felicidad de la pareja, Hinata había sentido una paz y un alivio inmensos. Si aún le hubiera quedado alguna duda sobre lo apropiada que sería aquella nueva vida para su hija, se disipó al ver el rostro radiante de Rose Himawari. La iban a consentir, de eso no había duda, pero también la amarían de todo corazón.
—¿Es eso lo que quieres? —dijo Naruto en respuesta a la pregunta de Rose. Ella arrugó la frente pensativa, y miró a Hinata dubitativa antes de contestar.
—Me gustaría mucho vivir en esta casa tan grande —respondió con todo el candor de un niño— y no me importa que mamá se case con usted. Pero no quiero llamarle papá. Pondría triste a mi papá que está en el cielo, creo.
Las palabras aturdieron a Hinata, que intentó en vano buscar una respuesta. Sin saber que hacer, vio a Naruto poner el dedo en la barbillita redonda de la niña y volverle la cara hacia él para que lo mirara.
—Entonces, llámame como quieras —dijo con naturalidad—. Pero, créeme, princesa, yo no voy a sustituir a tu papá. Sería un necio si lo intentara, con lo bueno que era. Sólo quiero cuidar de ti y de tu madre. Me imagino, espero, que a tu padre le aliviará saber que hay alguien aquí que cuida de vosotras mientras él no puede.
—Oh —dijo Rose Himawari con evidente satisfacción—. Entonces perfecto, creo, siempre que no lo olvidemos, ¿verdad, mamá?
—Sí—susurró Hinata. La emoción le había hecho un nudo en la garganta y era tan feliz que se había sonrojado—. Exactamente, hija.
A la ceremonia asistieron Tenten, Kushina y Neji Hyuga, además de los padres de Hinata. Habían venido desde Dorset para la ocasión, y aunque no parecía que desaprobaran la unión, les sorprendía que su hija mayor se estuviera casando con un mundo tan distinto al suyo.
—El señor Uzumaki parece un hombre decente —le susurró su madre antes de la ceremonia— y sus modales son correctos, aunque tal vez le falte finura. Y supongo que es guapo, aunque un poco tosco para considerarlo realmente apuesto...
—Mamá —preguntó Hinata con una sonrisa traviesa, acostumbrada como estaba al recato de la mujer—, ¿estás intentando decirme que lo apruebas?
—Supongo que sí—admitió su madre—, aunque el señor Uzumaki no se parece en nada, ni en aspecto ni en carácter, a tu primer esposo.
—Mamá... —Hinata la abrazó impulsivamente y sonrió contra las plumas que adornaban su sombrero—. Con el tiempo, te darás cuenta, como he hecho yo, de que el señor Uzumaki es un hombre maravilloso en todos los sentidos. Tiene algunos defectos, pero también posee algunas virtudes que eclipsarían a Toneri o a mí.
—Si tú lo dices —dijo su madre dubitativa, y Hinata se echó a reír.
Cuando se reunieron en la capilla, Hinata acompañada por Tenten y Rose Himawari, y Naruto por Neji Hyuga, que se había ofrecido a ser su padrino, se les unió otra persona justo en el último momento. Hinata sonrió radiante al ver a lord Aburame, conde de Ravenhill, entrar en la capilla. Tras detenerse para hacer una reverencia impecable, fue a sentarse junto a los padres de Hinata. Les dirigió una sonrisa a Hinata, y luego a Naruto.
—¿Qué está haciendo aquí? —preguntó Naruto en voz baja.
Hinata le sujetó suavemente el brazo, que había puesto rígido.
—Un favor inmenso —le susurró ella—. Al asistir a nuestra boda, lord Aburame está demostrando públicamente que respalda nuestro matrimonio.
—Es más probable que esté aprovechando su última oportunidad de comérsete con los ojos.
Hinata lo reprendió con la mirada, pero él no pareció darse cuenta, porque la estaba mirando con avidez. Hinata llevaba un elegante vestido de seda amarillo pálido con un diminuto ramillete de flores primaverales prendido en el centro del cuello cuadrado. Las mangas cortas y abombadas llevaban encima otras largas transparentes de crepe liso. El vestido daba a Hinata un aspecto juvenil y frágil, y no requería ningún adorno adicional salvo unas cuantas flores de color naranja prendidas en el pelo negro azulado, que llevaba recogido en lo alto de la cabeza.
El vicario empezó a hablar.
—¿Quieres a esta mujer como legítima esposa, para amarla en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, hasta que la muerte os separe?
Naruto respondió sin que le temblara la voz.
—Sí, quiero.
Y a medida que transcurría la ceremonia, Hinata dejó de ser viuda para convertirse en esposa por segunda vez.
Hicieron los votos, se pusieron las alianzas y se arrodillaron cuando el vicario empezó una larga oración. Hinata intentó concentrarse en sus palabras, pero al mirar el rostro serio de Naruto le pareció que el mundo entero había desaparecido a excepción de ellos dos. Cuando él la ayudó a levantarse, tomándola firmemente de la mano, se asombró de que el vicario estuviera terminando la ceremonia: «... lo que ha unido Dios, que no lo separe el hombre.»
«Estaban casados», pensó Hinata maravillada, mirando a su esposo en el silencio que se había hecho en la capilla, sus dedos entrelazados estrechamente con los de él. De repente, Rose Himawari, que por lo visto había sentido el impulso de añadir algo a las últimas palabras del vicario, rompió el silencio, imitando su tono grave y monocorde.
—Y vivieron felices y comieron perdices.
La pequeña congregación se echó a reír y Naruto le dio a Hinata un beso breve pero contundente mientras ella aún sonreía.
La cena que siguió fue muy animada, amenizada con música interpretada por violinistas y por conversaciones regadas con innumerables botellas de vinos caros. Rose Himawari pudo sentarse a la mesa de los adultos durante un ratito. La contrarió muchísimo que Kurenai apareciera a las ocho para llevársela a su cuarto, pero dejó de protestar cuando Naruto le susurró al oído y le puso algo en la mano. Dándole a Hinata un beso de buenas noches, la niña se marchó felizmente con Kurenai.
—¿Qué le has dado? —le preguntó Hinata a Naruto, y él la miró como si acabara de hacer una travesura.
—Botones.
—Botones —susurró ella sorprendida—. ¿De dónde?
—Uno de la chaqueta de mi traje y otro de la espalda de tu vestido. Rose los quería para conmemorar la ocasión.
—¿Me has quitado un botón de la espalda del vestido? —susurró Hinata, mirándolo con reprobación mientras se preguntaba cómo se las había ingeniado para realizar aquella pequeña hazaña sin que ella se diera cuenta.
—Da gracias a que no te haya quitado más, señora mía —le recomendó él.
Hinata no respondió, ruborizándose al darse cuenta de que esperaba su noche de bodas con tanta expectación como hacía él.
Al fin, la larga cena y las interminables tandas de brindis terminaron y los hombres se quedaron en la mesa tomando oporto. Hinata se fue a su dormitorio contiguo al de Naruto y con ayuda de Kurenai se quitó el vestido de bodas. Se puso un camisón de batista blanca muy fina con un intrincado plisado, y volantes en el corpiño y las mangas. Hinata despidió a la doncella con una sonrisa de agradecimiento, se cepilló el cabello hasta que le cayó sobre los hombros en largas ondas sueltas.
Era extraño, estar otra vez esperando la visita conyugal, extraño pero maravilloso Qué afortunada era de haber tenido dos amantes en su vida. Sentada ante el tocador, inclinó la cabeza para susurrar una oración de agradecimiento Al fin, el suave crujido de la puerta rompió el silencio y Hinata alzó la vista para ver a Naruto acercándose.
Despacio, Naruto se quitó la chaqueta y la dejó en el respaldo de la silla. Se acercó a ella y le puso las manos en los hombros mientras sus miradas se encontraban en el espejo.
—Tendría que haberme quedado más rato, no hay duda. —Deslizó los dedos por el brillante cabello de Hinata y luego le tocó ligeramente los lados del cuello. Ella se estremeció gratamente al notar la caricia de las yemas de sus dedos—. Pero cuanto más pensaba en que estabas aquí arriba... mi dulce y bella esposa... más imposible se me hacía no venir. —Sin apartar la vista del reflejo de Hinata, Naruto empezó a desabrocharle cuidadosamente la larga hilera de botoncitos hasta que el camisón cayó flojo sobre sus pechos. Deslizó las manos bajo la fina tela y empezó a acariciarle las formas rotundas de sus senos.
Hinata se puso a respirar más hondo mientras se reclinaba en la silla. Los pezones se le contrajeron bajo las cálidas manos de Naruto. Él tiró de ellos suavemente, tomándolos entre los dedos índice y pulgar, hasta que Hinata sintió que una corriente la recorría hasta los dedos de los pies.
—Naruto —dijo con un temblor en la voz—. Te amo.
Él se arrodilló junto a la silla y la atrajo hacia sí, capturando con la boca un pezón a través del camisón y tirando con apremio. Ella se estremeció y le acarició la cabeza, frotando con la boca su espeso cabello rubio. Soltándole el seno, Naruto sonrió y tomó su rostro entre las manos.
—Dime dijo—, ¿aún piensas que las buenas esposas siempre satisfacen los deseos de sus maridos, pero que jamás deberían enardecerlos?
—Creo que ése es mi deber —dijo ella con pesar.
—Es una lástima —le informó él, mirándola risueño—. Porque no hay nada que me guste más que verte luchar contra tus deseos impúdicos. —La levantó con suma facilidad, y ella se le abrazó al cuello mientras la llevaba hasta la cama. La habitación estaba iluminada por la luz parpadeante de las velas, y la piel de Naruto adquirió un brillo broncíneo cuando se quitó la ropa. Le bajó el camisón a Hinata hasta las caderas, cubriendo de besos cada nuevo centímetro de piel que dejaba al descubierto, y luego la desvistió por completo. Ella se apretó contra él, gimiendo con tanto placer y deseo que Naruto se echó a reír dulcemente. Pero su diversión menguó cuando ella lo tocó, inspeccionándole los hombros y la espalda, y recorriéndole la dura musculatura con sus manos inexpertas.
Naruto empezó a respirar de forma entrecortada y hundió el rostro en el cabello de Hinata.
—Naruto —le susurró ella al oído—, enséñame lo que te gusta. Dime qué quieres. Haré cualquier cosa por ti... cualquier cosa.
Él alzó la cabeza y la miró a los ojos, cálidos y confiados, transmitiéndole una profunda adoración y la besó con avidez. Tomándole la mano, le pasó lentamente los dedos por todo su cuerpo, demorándose en los lugares que le proporcionaban placer, enseñándole formas de acariciarlo que ella jamás había imaginado.
Murmurando ardientemente contra su garganta, Naruto le abrió los muslos y le introdujo los dedos; le besó el estómago y el ombligo, y tocó suavemente con el dedo pulgar el botón oculto en el húmedo vello púbico. Ella se arqueó, gimiendo de placer, y Naruto empezó a mover el pulgar en círculos, uno, y después otro, mientras la penetraría más profundamente con los otros dedos. Bajó la cabeza y le acarició con la lengua la carne inflamada, mordisqueándola suavemente con los labios y el borde de los dientes, y ella se aferró a su nuca con frenesí.
—Por favor—gimió ella, enardecida y lista, tensando todos los músculos del cuerpo con anticipación—. Ahora, Naruto...
Pero él se apartó y la sentó encima suyo, colocándola de forma que su miembro erecto rozara con la parte de Hinata que él había puesto tan húmeda e inflamada.
Comprendiendo lo que quería, ella tomo el miembro y lo guió con manos temblorosas.
Intentó introducirlo dentro de ella, pero su inexperiencia no le permitió hallar el ángulo correcto. Él la guió para que se inclinara más, hasta que tuvo los pechos a la altura de su rostro. Entonces, el duro miembro penetró con facilidad y ella jadeó al notarlo dentro.
Apoyándose sobre los codos, Naruto se metió un pezón en la boca, y luego el otro, dándoles pequeños mordiscos que la impulsaron a retorcerse contra él. Hinata empujó con apremio, aligeró la presión y volvió a acometerlo, hallando un ritmo que lo hizo temblar bajo ella. Naruto apretó los dientes y se aferró a las sábanas, mientras el sudor le penaba el rostro. No la sujetó ni la guió; se limitó a dejarle hacer lo que quisiera hasta sentir que alcanzaba el punto culminante. Emitiendo un grito gutural, Hinata se apretó contra él, lo besó con pasión y fusionó su cuerpo con el de Naruto, notando el placer en todos los poros de su piel. Sólo entonces la tocó él, sujetándola por las nalgas para introducirse más adentro todavía mientras estallaba su propia pasión.
Hinata se quedó apoyada en su hombro durante mucho rato, acariciándole de vez en cuando la cara con las yemas de los dedos. Cuando Naruto empezó a respirar con normalidad, se levantó para apagar las velas y luego regresó a los brazos de Hinata. Ella no sabía si habían dormido minutos u horas, pero se despertó en la oscuridad para notar una vez más las manos de Naruto acariciándola.
La besó en la boca y los pechos, y empezó a estimularle sus partes íntimas con la mano hasta que volvió a estar lista para recibirlo. Hinata se sobresaltó un poco cuando Naruto le dio la vuelta y le puso una almohada debajo de las caderas.
—¿Confías en mí? —le susurró diabólicamente al oído.
Ella se relajó y gimió indicándole que siguiera, abriéndose por completo para que él hiciera lo que deseara, fuera lo que fuera. Notó sus piernas deslizándose entre las suyas y la tomó desde atrás, penetrándola profundamente. Hinata se preguntó abotargada si aquello era inmoral, si debería permitirlo, y luego muy pronto, ya no le importó. Sus acometidas le arrancaron gemidos guturales, y Naruto la mordió suavemente en la nuca cuando su clímax siguió al de ella.
Volvieron a hacer el amor poco antes del amanecer, con movimientos lánguidos y adormilados, dándose besos interminables mientras Naruto la acunaba en sus brazos.
—No quiero salir nunca de esta cama —le susurró Hinata, desperezándose cuando él le acarició la espalda.
—Me temo que tendrás que hacerlo, señora mía. Pero de ahora en adelante siempre habrá otra noche para nosotros.
Hinata le pasó los dedos por el pecho, encontró el pezón diminuto y se lo frotó con suavidad.
—¿Naruto?
—¿Sí, mi amor?
—¿Con cuánta frecuencia sueles, humm..., o sea, cada cuánto prefieres...?. Sus intentos para plantear la cuestión con delicadeza parecieron divertir a Naruto.
—¿Con cuánta frecuencia lo prefieres tú? —preguntó él, pasándole la yema del dedo por la mejilla ruborizada.
—Bueno, con Toneri, yo..., es decir, nosotros... al menos una vez a la semana.
—Una vez a la semana —repitió él, y en su mirada risueña Hinata vio un deseo tan intenso que la hizo estremecerse—. Me temo que yo voy a requerirte con bastante más frecuencia, lady Uzumaki.
Gratamente sorprendida, Hinata se dijo que Naruto era un hombre de fuertes apetitos; que su sexualidad insaciable no debería haberla sorprendido. Y la perspectiva de pasar la mayoría de las noches con él no era precisamente un infortunio.
—Toda la vida me han enseñado a ser moderada en todo —dijo—. Y lo he sido...salvo contigo.
—Bien, lady Uzumaki —murmuró él, incorporándose—. Creo que es buen augurio para nosotros. —La besó antes de que pudiera responder.
Hinata pensaba que conocía y comprendía a Naruto Uzumaki bastante bien después del tiempo que había vivido bajo su techo. No obstante, pronto descubrió la inmensa diferencia que había entre residir con él y ser su esposa. Durante el primer mes de vida en común, habían adquirido un grado de intimidad sorprendente. Hinata descubrió muchas cosas sobre Naruto: que aunque pudiera ser insensible o duro con quienes lo defraudaban, nunca era despiadado. Que no era un hombre religioso, ni particularmente espiritual, y sin embargo tenía un código de honor que lo impulsaba a ser honesto por encima de todo. Que lo incomodaban los elogios y quitaba importancia a los favores que él hacía.
Aunque Naruto intentaba ocultarlo a toda costa, era compasivo y amable con quienes él consideraba vulnerables o débiles. En los negocios era un hueso duro de roer, pero daba generosas propinas a los barrenderos y a las cerilleras, y subvencionaba anónimamente multitud de causas reformistas.
Cuando se descubría alguna de sus buenas obras, negaba que tuviera buenos motivos y fingía que todo lo que hacía era por razones puramente mercantiles.
Perpleja por su conducta, Hinata lo abordó en la biblioteca un día que él se había quedado a trabajar en casa.
—Las pensiones para tus trabajadores, el nivel de seguridad que has logrado en tus fábricas y el colegio para trabajadores que estás financiando —le preguntó Hinata—, ¿has hecho todo eso únicamente porque acaba proporcionándote más beneficios?
—Exactamente. Aumentar el nivel de inteligencia de los empleados y mejorar su salud redundará en una mayor productividad.
—Y el proyecto de ley que estás respaldando anónimamente en el Parlamento para prohibir que los huérfanos trabajen en molinos y fábricas —prosiguió Hinata—, ¿también es por razones puramente comerciales?
—¿Cómo te has enterado? —preguntó él frunciendo levemente el entrecejo.
—Te oí hablar de ello con el señor Sarutobi el otro día —dijo Hinata, nombrando a uno de sus amigos políticos. Sentándose en su rodilla, Hinata le aflojó el cuello almidonado de la camisa y jugueteó con el pelo de su nuca—. ¿Por qué te incomoda que los demás conozcan tus buenas obras? —preguntó con suavidad.
Él se encogió de hombros, incómodo.
—No sirve de nada. Ya sabes lo que dicen.
Hinata asintió pensativa, recordando el artículo publicado el día anterior en el Times, donde se criticaba el respaldo de Naruto al colegio para trabajadores: El señor Uzumaki se ha puesto como meta conseguir que las clases medias e incluso las bajas accedan a la dirección del país. Personas que ignoran lo que es la responsabilidad o la moral van a tener poder sobre el resto de nosotros. Él quiere que las ovejas guíen a los pastores, y en su lucha se está esforzando activamente para que brutos incultos como él sean elevados por encima de hombres de intelecto y cultura.
—Todo lo que hago crea polémica —dijo Naruto con naturalidad—. De hecho, hay veces en las que mi intervención es contraproducente para las causas que apoyo. Sólo me falta que me acusen de intentar dirigir una gran conspiración de las clases bajas para derrocar a la monarquía.
—No es justo —murmuró Hinata, sintiéndose repentinamente culpable al darse cuenta de que en los círculos que ella había frecuentado había hombres respetables que se oponían activamente a leyes cuyo objetivo era educar y proteger a personas mucho menos afortunadas que ellos. Qué extraño que ella y Toneri jamás hubieran hablado de aquellos problemas, que apenas hubieran sido conscientes de ellos. Nunca se les había ocurrido preocuparse por los niños que tenían que trabajar en minas a los tres y cuatro años.., por los cientos de viudas que intentaban mantener a sus familias vendiendo cerillas o paja para trenzar.., por toda una clase de personas que no tenían posibilidades de mejorar su situación a menos que alguien luchara por ellas—. Qué egoísta y ciega he sido durante la mayor parte de mi vida —musitó.
—¿Tú? —Naruto parecía sorprendido. La besó en el pómulo—. Tú eres un ángel.
—¿Ah, sí? —preguntó ella con sarcasmo—. Me estoy dando cuenta de que apenas he hecho nada para ayudar a los demás.., pero tú... tú has hecho tanto, y no te dan el reconocimiento que te mereces.
—No quiero reconocimiento. —Naruto la sentó en su regazo y la besó.
—¿Qué quieres? —preguntó ella en voz baja, sonriéndole.
Naruto enroscó la mano en el tobillo de Hinata y empezó a subirla bajo las faldas.
—Yo diría que, a estas alturas, ya deberías tenerlo bastante claro.
Desde luego, Naruto no era un santo. No dudaba en manipular a los demás para obtener los resultados que deseaba. Descubrir pruebas de sus maquinaciones divertía y horrorizaba a Hinata al mismo tiempo, como la invitación que recibieron para la fiesta de fin de semana que los condes de Uchiha celebraban todos los años en el campo para inaugurar la temporada social. La invitación fue totalmente inesperada, pues Itachi, lord Uchiha, disfrutaba de gran prestigio en la buena sociedad, y los Uzumaki tenían una reputación demasiado dudosa para ser incluidos en una lista de invitados tan exclusiva.
No obstante, en cuanto los recibieran públicamente en un baile ofrecido por los Uchiha, sería difícil que a partir de entonces alguien los rechazara.
Hinata llevó la invitación a Naruto con una expresión interrogante. Él estaba holgazaneando en la habitación de música mientras Rose Himawari aporreaba las teclas de un pequeño piano de caoba que habían instalado para su uso particular. Curiosamente, Naruto afirmaba que le gustaba escuchar a la niña mientras aprendía las escalas, y se pasaba al menos dos mañanas por semana escuchándola.
—Un mensajero acaba de traer esto —le dijo Hinata en voz baja, enseñándole la invitación mientras él escuchaba la cacofonía de Rose Himawari como si fuera la interpretación de un coro celestial.
—¿Qué es? —preguntó él, arrellanándose en el sillón junto al piano, mientras Rose Himawari empezaba a tocar otra vez las escalas.
—Una invitación para la fiesta que celebra el conde de Uchiha en el campo. — Hinata lo miró con suspicacia—. ¿Has tenido tú algo que ver en esto?
—¿Por qué lo preguntas? —contestó él con suavidad sospechosa.
—Porque no hay ninguna razón para que nos inviten. Uchiha es el esnob más grande que hay en el mundo civilizado, y él jamás se prestaría voluntariamente a invitarnos a nada, ¡aunque sólo fuera a ver cómo le limpiaban las botas!
—A menos que... —musitó Naruto—, quisiera que yo hiciera algo por él.
—Escucha ésta, papá Naruto —le ordenó Rose Himawari—. ¡Es la que hago mejor! —El piano casi vibró por el entusiasmo con que tocaba la niña. Después de un tiempo Rose Himawari había decidido llamarle papá, según ella Toneri se lo permitió.
—Estoy escuchando, princesa —le aseguró Naruto; luego le habló a Hinata bajando la voz—. Creo que pronto verás, amor mío, que muchos aristócratas van a tener que pasar por alto nuestras pequeñas transgresiones. Hay demasiados nobles que tienen negocios conmigo, o querrían tenerlos. Y la amistad, como cualquier otra cosa, tiene un precio.
—Naruto Uzumkai —exclamó Hinata con incredulidad—, ¿me estás diciendo que, de alguna forma, has obligado a los condes de Uchiha a invitarnos a su fiesta?
—Les di a elegir —dijo él indignado—. La cuestión es que Uchiha está hasta las orejas de deudas y lleva meses detrás de mí para que le deje invertir... —Se calló para aplaudir a Rose Himawari cuando se puso a interpretar una canción infantil casi irreconocible; luego volvió a dirigirse a Hinata—. Me ha perseguido como un perro a un gato para que le deje invertir en la línea de ferrocarril que he proyectado. El otro día le dije que a cambio de permitirle participar en mi negocio no me importaría una demostración pública de amistad de un hombre tan estimado como él. Evidentemente, Uchiha convenció a lady Izumi de que lo mejor para ellos sería enviarnos una invitación.
—¿Así que les diste a elegir entre invitarnos o la bancarrota?
—No fui tan directo.
—Oh, Naruto, ¡eres un pirata!
Él se rió al ver su expresión reprobatoria.
—Gracias.
—¡No pretendía ser un elogio! Sospecho que si alguien estuviera hundiéndose en arenas movedizas, le arrancarías todas las promesas imaginables antes de echarle una cuerda.
Se encogió tranquilamente de hombros.
—Amor mío, para eso está precisamente la cuerda.
Asistieron a la fiesta de los Uchiha y fueron recibidos por la aristocracia con una especie de cortesía distante que dejaba patente una cosa: no es que fueran exactamente bienvenidos, pero tampoco los iban a excluir. La predicción de Naruto había sido correcta. Tenía incontables vínculos financieros con nobles ambiciosos que le debían favores; no osarían arriesgarse a provocar su ira. Aunque un hombre poseyera un buen patrimonio y muchas tierras, si no tenía dinero para mantener sus propiedades y su estilo de vida, acababa perdiéndolo todo. Con el progresivo distanciamiento de las raíces agrícolas que estaba experimentando la economía, muchos aristócratas venidos a menos se habían visto obligados a vender sus propiedades y empresas familiares por falta de liquidez, y ningún asociado de Naruto Uzumaki quería verse en esa situación.
Hubo un tiempo en el que a Hinata podría haberle molestado la frialdad con que la recibieron sus antiguas amistades, pero en esta ocasión le sorprendió comprobar que ya no le afectaba. Sabía lo que decían de ella: que había sido la amante de Naruto Uzumaki antes de casarse con él, que la boda se había celebrado porque se había quedado embarazada, que se había casado con él por motivos puramente económicos, que había perdido posición asociándose con una familia plebeya. Pero las habladurías, la desaprobación social y el escándalo eran como dardos inofensivos lanzados contra una armadura.
Jamás se había sentido tan segura, tan apreciada y amada, y le parecía que su felicidad no hacía más que crecer día a día.
Para alivio suyo, Naruto había aminorado su vertiginoso ritmo de vida, y aunque seguía estando constantemente ocupado, su energía inagotable no la dejaba exhausta como había temido. Incluso Kushina había comentado el cambio que se había operado en él, complacida de que por fin durmiera habitualmente ocho horas en lugar de cinco, y de que pasara las noches en casa en lugar de irse de juerga a la ciudad. Durante años, Naruto había actuado como si la vida fuera una batalla, pero había empezado a mirar el mundo que lo rodeaba con una nueva placidez que lo serenaba.
Naruto bebía menos y estaba menos horas dentro de casa enfrascado en contratos y cifras, optando, en lugar de ello, por pasar las tardes acompañando a Hinata y Rose Himawari a picnics o paseos en carruaje. Les compró un hermoso balandro, las acompañaba a obras de teatro en Drury Lane y adquirió un «chalé» con una docena de dormitorios en Brighton para pasar el verano en La playa. Cuando sus amigos le hacían bromas sobre lo casero que se había vuelto, Naruto se limitaba a sonreír y respondía que no había nada que le gustara más que pasar el tiempo en compañía de su esposa e hija. La alta sociedad estaba claramente perpleja ante su conducta. En general, se consideraba poco viril hablar tan amorosamente de una esposa, y aún más de una niña, y sin embargo nadie osaba hacer un comentario crítico en presencia de Naruto. Su actitud se interpretaba como una más de sus excentricidades. La propia Hinata se sorprendía de cuánta era su devoción, pero no podía evitar complacerse cuando percibía los evidentes celos de otras mujeres, que le preguntaban burlonas qué pócima mágica había empleado para tener a su esposo tan encandilado.
A menudo, Naruto traía amigos a cenar a casa, y su mesa se llenaba de políticos, abogados y comerciantes ricos que eran muy distintos de las compañías a las que Hinata estaba acostumbrada. Hablaban sin tapujos sobre dinero, negocios o política, sobre todas las cosas que jamás se habrían mencionado en las mesas de los aristócratas. Aquellas personas le eran ajenas y a menudo carecían de raíces y delicadeza, pero las encontraba fascinantes a pesar de todo.
—Vaya panda de sinvergüenzas —le dijo a Naruto una noche, después de que el último invitado a cenar se hubiera marchado. Hinata estaba subiendo a su habitación, y Naruto le había pasado un brazo por la cintura—. Ese señor Nara y el señor Akimichi son bastante impresentables.
—Lo sé. —Naruto bajó la cabeza fingiendo arrepentimiento, pero ella le oyó reírse—. Viéndolos, me doy cuenta de cuánto he cambiado desde que te conozco.
Ella resopló con escepticismo.
—Tú, señor mío, eres el más sinvergüenza de todos.
—Tu misión es reformarme —respondió él perezosamente, deteniéndose un peldaño por debajo de Hinata para que tuvieran las caras a la misma altura. —Hinata se le abrazó al cuello y le besó la punta de la nariz.
—Pero no quiero. Te quiero tal como eres, sinvergüenza y perverso.
Él tomó su boca en la suya, besándola profundamente.
—Sólo por eso, voy a ser especialmente perverso. —La besó en la mejilla y siguió hasta el borde de la mandíbula—. Esta noche no vas a tener a un caballero en tu cama, señora mía.
—En otras palabras, una noche típica —musitó ella, y gritó cuando él se la cargó inesperadamente al hombro y siguió subiendo las escaleras— Naruto, bájame ahora... Oh, bruto, ¡va a vernos alguien!
—Naruto pasó junto a una boquiabierta criada, sin prestar atención a las súplicas de Hinata, y fue a su dormitorio, donde se dedicó a provocarla e incitarla durante horas. La hizo reír, la hizo jugar, luchar y gemir de placer. Después, cuando ella estaba exhausta y saciada, le hizo el amor con ternura, susurrándole en la oscuridad que la querría siempre. Tanto amor la hacía sentirse humilde, y le resultaba incomprensible que él la viera tan especial cuando en realidad era una persona corriente.
—Hay muchas mujeres como yo, ¿sabes? —murmuró cuando ya amanecía, mientras yacía con el cabello desparramado sobre el cuello y el pecho de Naruto—. Mujeres con mi educación, con títulos más antiguos y caras y figuras más bonitas.
Notó en la mejilla que Naruto le sonreía.
—¿Qué estás intentando decir? ¿Qué preferirías que me hubiera casado con otra?
—Por supuesto que no. —Le tiró suavemente del pezón en señal de reprobación—. Es sólo que no soy el gran trofeo en que tú me conviertes. Habrías conseguido cualquier mujer que te hubieras propuesto.
—En toda mi vida, sólo has existido tú. Tú eres todos mis sueños, deseos y afanes.—Jugueteó suavemente con su cabello—. Y no creas, tanta felicidad me da miedo... Me recuerda al rey de la montaña.
—Ahora que has llegado arriba, ¿temes que te echen? —le preguntó Hinata, comprendiendo a qué se refería.
—Algo parecido.
Hinata entendía perfectamente cómo se sentía Naruto. Aquélla había sido precisamente la razón de que ella no hubiera querido casarse con él al principio, temiendo arriesgarse a perder algo tan valioso, hasta que el miedo la había alejado de lo que más quería.
—Bueno, nosotros no viviremos así —murmuró Hinata, besándole el hombro desnudo—. Disfrutaremos todos los momentos al máximo sin preocuparnos por el mañana.
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Continuará...
