Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor

Hay OOC


«Capítulo diecisiete»


Interesándose por una de las sociedades reformistas a las que Naruto hacía donativos, Hinata asistió a una reunión de las señoras que habían fundado el grupo. Cuando supo que era una sociedad de ayuda a la infancia, decidió colaborar personalmente aparte de hacer donativos. Las mujeres de la sociedad organizaban bazares, hacían presión para mejorar la legislación social y fundaban nuevas instituciones para atender a la multitud de niños que se habían quedado huérfanos a causa de la reciente epidemia de tifus y tisis. Cuando el grupo decidió redactar un panfleto para describir las condiciones en que trabajaban los niños en las fábricas, Hinata se ofreció para formar parte del comité. Al día siguiente, ella y media docena de mujeres fueron a visitar una fábrica de escobas que, según sus informaciones, era una de las que más contravenían las normas. Sospechando que Naruto no aprobaría su visita a la fábrica, Hinata decidió no mencionárselo.

Aunque se había preparado para ver cosas desagradables, las míseras condiciones de la fábrica la impresionaron profundamente. El lugar estaba sucio y mal ventilado, y había muchos niños trabajando con edades evidentemente inferiores a los nueve años.

Hinata se conmovió al ver aquellas criaturas delgadas y desgraciadas con caras inexpresivas, trabajando sin cesar con aquellas manitas tan diminutas; algunos habían perdido uno o varios dedos en accidentes con los afilados cuchillos que usaban para cortar las gavillas de paja. Eran huérfanos, explicó uno de los trabajadores adultos, recogidos de orfanatos y trasladados a un dormitorio angosto y oscuro ubicado junto a la fábrica. Trabajaban catorce horas diarias, a veces más, y a cambio de su incansable trabajo recibían un mínimo de comida y ropa, y unos pocos peniques diarios.

Las mujeres del comité se quedaron en la fábrica e hicieron preguntas hasta que el director descubrió su presencia. Las echaron enseguida, pero, para entonces, ya sabían lo que necesitaban. Entristecida por lo que habían visto, pero resuelta a tomar cartas en el asunto, Hinata regresó a casa y redactó el informe del comité para presentarlo a la sociedad en la próxima reunión.

—¿Vienes cansada de la reunión? —preguntó Naruto aquella noche durante la cena. Era observador y había notado signos de cansancio en la cara de Hinata.

Ella asintió, sintiéndose culpable por no decirle dónde había estado aquel día. No obstante, estaba casi segura de que saberlo no le haría ninguna gracia y se dijo que no era necesario confesárselo.

Por desgracia, Naruto se enteró de la visita a la fábrica al día siguiente, no por Hinata, sino por uno de sus amigos, cuya esposa también había ido. Lamentablemente su amigo también le había dicho que la fábrica estaba ubicada en una parte de la ciudad especialmente insalubre y peligrosa.

La reacción de Naruto dejó a Hinata estupefacta. La abordó en cuanto llegó a casa, y ella vio con pesar que él no estaba meramente disgustado. Estaba iracundo. Se esforzaba por no alzarle la voz, pero la furia que sentía era patente en cada palabra que lograba articular.

—Maldita sea, Hinata. Nunca habría imaginado que pudieras hacer algo tan absurdo. ¿Te das cuenta de que el edificio podría haberse derrumbado encima de ti y de esos cerebros de chorlito? Sé en qué condiciones están esos sitios y no permitiría que entrara allí ni mi perro, mucho menos mi mujer. Y los hombres... Dios mío, cuando pienso en los sinvergüenzas que debía de haber por allí, ¡se me hiela la sangre! Marineros y borrachos en todas las esquinas. ¿Sabes lo que sucedería si a uno de ellos se le metiera en la cabeza disfrutar a tu costa?.

Como aquello pareció dejarlo momentáneamente incapaz de seguir hablando, Hinata aprovechó la oportunidad para defenderse.

—Iba acompañada, y...

—Señoras —dijo él con violencia—. Armadas con sombrillas, sin duda. ¿Qué crees tú que podrían haber hecho, si se hubieran topado con malas compañías?

—Los pocos hombres del barrio con los que nos cruzamos eran inofensivos —argumentó Hinata—. De hecho, estuvimos precisamente en el mismo sitio donde tú pasaste tu infancia, y esos hombres no eran distintos de ti...

—En aquellos tiempos, me habría puesto las botas contigo si te hubiera podido poner la mano encima —dijo Naruto con rudeza—. No te engañes, señora mía... Habrías acabado de cara a la pared con las faldas por la cintura. El milagro es que ayer no te encontraras con ningún marinero borracho.

—Estás exagerando —dijo Hinata a la defensiva, pero con ello sólo consiguió aumentar su mal humor.

Naruto continuó atormentándole los oídos con un sermón que alternaba la furia con los insultos, nombrando las diversas enfermedades que podía haber contraído y los parásitos que posiblemente había encontrado, hasta que Hinata no pudo seguir escuchándolo.

—Ya he oído bastante —gritó enojada—. Me queda claro que no debo tomar ni una sola decisión sin pedirte primero permiso. Vas a tratarme como a una niña y tú vas a actuar como un dictador. —La acusación era injusta, y ella lo sabía, pero estaba demasiado iracunda para que eso le importara.

De repente, Naruto pareció calmarse y se quedó mirándola con una expresión inescrutable. Tardó bastante en volver a hablar.

—No habrías llevado a Rose Himawari a un sitio así, ¿verdad?

—¡Por supuesto que no! Pero ella es una niña, y yo soy...

—Mi vida —la interrumpió él sin levantar la voz—. Eres toda mi vida. Si alguna vez te sucede algo, no me quedará nada.

De repente, sus palabras la hicieron sentirse pequeña y trivial y, como él había dicho, irresponsable. Pero, no obstante, sus intenciones habían sido buenas. Por otra parte, sabía que visitar la fábrica no había sido lo más apropiado, o no habría intentado ocultárselo. Conteniéndose para no seguir discutiendo, se quedó mirando un punto fijo en la pared con el ceño fruncido.

Naruto juró entre dientes, y Hinata no puedo evitar hacer una mueca al oír sus reniegos.

—No diré una palabra más si me haces una promesa.

—¿Sí? —dijo ella con cautela.

—De ahora en adelante, no vayas a ninguna parte adonde no llevarías a Rose Himawari. A no ser que yo esté contigo.

—Supongo que es razonable —dijo ella a regañadientes—. Muy bien, lo prometo.

Naruto asintió brevemente, sin abandonar su expresión severa. Hinata pensó que aquélla era la primera vez que él ejercía su autoridad sobre ella. Es más, había abordado la situación de una forma muy distinta de como lo habría hecho Toneri. Su difunto esposo le habría puesto unos límites mucho más estrictos, pero utilizando palabras más suaves. En circunstancias similares, Toneri le habría pedido directamente que abandonara el comité. Las verdaderas damas, habría dicho, se limitaban a llevarles a los pobres cestas con dulces y sopas, o quizás a contribuir en un bazar con algunos bordados. Naruto, a pesar de su furia e indignación, le pedía de hecho muy poco en lo que respecta a la obediencia que le debía como esposa.

—Lo siento —consiguió decir Hinata—. No quería preocuparte.

Él aceptó la disculpa con un asentimiento.

—No me has preocupado —musitó—. Cuando he sabido lo que habías hecho, me he muerto de miedo.

Aunque la pelea había terminado y el ambiente se había distendido, Hinata notó cierta tensión entre ellos que duró hasta después de la cena. Por primera vez en su matrimonio, Naruto no fue a verla aquella noche. Hinata durmió mal, dando vueltas en la cama, despertándose con frecuencia para constatar que estaba sola. Por la mañana, estaba frustrada y con los ojos legañosos y, para colmo, descubrió que Naruto ya se había marchado a sus oficinas de Londres. Aquel día estaba más apagada de lo habitual y pensar en la comida le daba náuseas. Tras consultar el espejo y ver que parecía cansada, gimoteó y se preguntó si Naruto había estado en lo cierto, si habría contraído realmente alguna enfermedad durante su visita a la fábrica.

Más tarde durmió una siesta, corriendo las cortinas de la habitación para sumirla en la oscuridad. Tras quedarse profundamente dormida, se despertó y vio la silueta de Naruto cerca de ella, sentado en una silla junto a la cama.

—¿Qué... qué hora es? —preguntó semidormida, apoyándose en los codos con dificultad.

—Las siete y media.

Al ver que había dormido más de lo que pensaba, Hinata se disculpó con un gemido.

—¿He retrasado a todo el mundo para la cena...? Oh, debo de haber...

Naruto la hizo callar con suavidad, acercándose a ella, apoyándole la espalda en los almohadones.

—¿Es la migraña? —musitó en voz baja.

Ella sacudió la cabeza.

—No, sólo estaba cansada. Esta noche no he dormido bien. Te quería... es decir... quería tu compañía.

Él se rió suavemente ante la torpe admisión de Hinata. Levantándose, se desabrochó el chaleco y lo dejó en el suelo, luego se quitó la corbata. Hinata tuvo la sensación de que su voz grave y vibrante se le acumulaba en la parte superior de la columna y le hacía cosquillas.

—Haré que te suban la cena.

Hinata vislumbró un destello blanco en la oscuridad cuando él se quitó la camisa y la tiró también al suelo.

—Dentro de un rato —añadió, y acabó de desvestirse para meterse con ella en la cama.

En el transcurso de las dos semanas siguientes, Hinata se dio cuenta de que no era la de siempre, pues no lograba reponerse por mucho que durmiera. Le costaba mucho esfuerzo mantener su buen humor habitual y a última hora a menudo estaba irritable y melancólica. Empezó a perder peso, lo cual al principio le alegró, pero, lamentablemente, le salieron unas ojeras que no eran en absoluto agradables. Llamaron a un médico, pero no pudo encontrarle nada.

Naruto la trataba con una amabilidad y una paciencia extremas, regalándole dulces, novelas y grabados cómicos. Cuando fue patente que ella ya no tenía fuerzas para hacer el amor, a pesar de desearlo, él le mostró su adoración de otras formas; se pasaba las tardes bañándola, extendiéndole crema perfumada en la piel seca, acunándola y besándola como si fuera una niña adorada. Llamaron a otro médico, y luego a otro, pero siempre le diagnosticaban «decaimiento», el término que todos los médicos utilizaban cuando eran incapaces de identificar una enfermedad.

—No sé por qué me encuentro tan cansada —exclamó Hinata con nerviosismo una noche que estaban sentados junto al fuego, mientras Naruto le cepillaba los largos cabellos. La habitación estaba caldeada casi en exceso, pero ella tenía las piernas heladas— .No hay motivo para mi fatiga; siempre he tenido una salud de hierro, y jamás me había pasado una cosa así.

Naruto se detuvo un instante, y luego siguió cepillándole suavemente el pelo.

—Creo que ya casi lo has superado —dijo en voz baja—. Parece que hoy te encuentras un poco mejor. —Mientras le cepillaba el pelo, le hizo cientos de promesas sobre todas las cosas que harían cuando ella se hubiera recuperado; los sitios a los que viajarían, los placeres exóticos que él le enseñaría. Hinata se quedó dormida en su regazo con una sonrisa en los labios y la cabeza apoyada en el hueco de su brazo.

No obstante, a la mañana siguiente, Hinata se encontraba mucho peor; tenía temblores y estaba ardiendo, como si la carne se le hubiera transformado en fuego.

Apenas si era consciente de las voces, de la suave mano de Naruto en su cabeza y de los dedos fríos de Kushina pasándole suavemente un paño mojado por el cuerpo abrasado. Hinata tenía la sensación de que si Kushina dejaba de darle aquel suave masaje, no podría soportar el calor que la invadiría. Se oyó susurrar palabras sin sentido; luego, en algunos momentos, la mente se le aclaraba y era capaz de hablar.

—Ayúdame, madre... Sigue, por favor...

—Hinata querida —dijo Kushina, con su voz amable y familiar, y siguió pasándole diligentemente el paño por el cuerpo.

En medio de su delirio, Hinata oyó a Naruto dar órdenes a los sirvientes y enviar a un lacayo en busca del médico, y percibió en su voz una aspereza que no había oído antes.

«Tenía miedo», pensó con acierto... Intentó llamarlo, para asegurarle que se pondría bien.

Pero aquello no era más que una esperanza lejana. Le parecía que aquel horrible fuego interno fuera a quedarse con ella para siempre, ardiendo y consumiéndola hasta que no fuera más que una cáscara vacía.

Llegó otro médico, un hombre apuesto y pelinegro que no era mucho mayor que ella. Como siempre la habían atendido viejos médicos de bigotes canos cuya experiencia y conocimientos gozaban de renombre, y Hinata se preguntó si el doctor Linley le sería de alguna utilidad. No obstante, enseguida dio muestras de su competencia y durante sus exámenes, Hinata notó que el delirio remitía un poco, como si los nubarrones de tormenta se hubieran alejado y el sol volviera a brillar. Con una diligencia que en cierto modo, nada la tranquilizaba, Linley dejó tónico de coñac y pidió que trajeran comida de la cocina, aconsejándole que debía comer para conservar las fuerzas. Luego salió para conversar con
Naruto, que lo esperaba fuera de la habitación.

Finalmente, Naruto entró a verla. Con cuidado, puso la silla junto a la cama.

—Me gusta ese doctor Linley —murmuró Hinata.

—Me lo imaginaba —dijo Naruto con sarcasmo—. He estado a punto de no dejarlo entrar al ver que era tan guapo. Su excelente reputación es lo único que me ha disuadido.

—Oh, bueno... —Haciendo un esfuerzo, Hinata le quitó importancia al tema con un débil ademán—. No está mal, supongo... Si te gustan los pelinegros como él.

Naruto se rió brevemente.

—Afortunadamente, tú prefieres a Lucifer.

Ella emitió un sonido que, de no ser por su debilidad, habría sido una risa.

—En este momento, tu parecido con el dios de los infiernos es... muy lejano —le informó ella. Observó su rostro, que estaba tan tranquilo y sereno como siempre, pero la palidez extrema de su tez lo delataba—. ¿Cuál es el veredicto del doctor Linley? — preguntó en apenas un susurro.

—Es sólo un caso grave de gripe —dijo él con naturalidad—. Con un poco más de tiempo y reposo, estarás...

—Es tifus —lo interrumpió Hinata, dedicándole una sonrisa cansada al ver su decepción. Naturalmente, el médico le había aconsejado que se lo ocultara, para evitar que la preocupación obstaculizara su posible recuperación. Alzó una mano pálida y delgada y le enseñó una manchita rosa en el hueco del codo—. Tengo más en el estómago y en el pecho. Igual que Toneri.

Naruto se miró los zapatos pensativo. Tenía las manos metidas en los bolsillos, como si estuviera profundamente concentrado. No obstante, al alzar la mirada, ella vio el miedo cerval que se reflejaba en sus azules ojos e intentó tranquilizarlo con un susurro.

Dio unas palmaditas en el colchón junto a ella. Despacio, él se acercó y apoyó la cabeza en sus senos. Abrazando su espalda poderosa, Hinata susurró entre los rebeldes rizos de su cabello.

—Voy a recuperarme, amor mío.

Él se puso a temblar y luego se recobró con una rapidez asombrosa. Se incorporó y la miró esbozando una sonrisa.

—Por supuesto —musitó.

—Llévate a Rose Himawari de aquí para protegerla —susurró ella—. Envíala al campo con mi familia. Y a Tenten y a tu madre...

—Se habrán ido dentro de una hora. Salvo mi madre... Quiere quedarse para cuidar de ti.

—Pero el riesgo... —dijo—. Haz que se vaya.

—Los Uzumaki somos una raza muy resistente —dijo él sonriendo—. Cada vez que una plaga o epidemia se propagaba por nuestro vecindario, salíamos inmunes. Fiebre escarlata, fiebre pútrida, cólera... —Movió la mano como si estuviera ahuyentando un mosquito—. A nosotros no puedes ponernos enfermos.

—No hace mucho, yo habría dicho lo mismo de mí. —Hinata intentó sonreír con sus labios resecos—. Jamás había estado verdaderamente enferma. Me pregunto que por qué ahora. Cuidé de Toneri durante toda su enfermedad y jamás tuve síntomas.

Mencionar a su difunto esposo hizo palidecer a Naruto aún más si cabe, y Hinata se disculpó en un murmullo, comprendiendo su temor de que ella tuviera el mismo final que Toneri.

—Me pondré bien —susurró—. Sólo necesito reposo. Despiértame cuando traigan el caldo. Me beberé hasta la última gota... para demostrarte... Pero no guardaba recuerdos del caldo, ni de nada definido, porque se sumió en un sueño torturado, y el mundo entero se disolvió en un torbellino de calor. Su fatigada conciencia intentaba atravesar aquel muro abrasador, pero rebotaba en él como un insecto, dejándola sin sentido, sin palabras, sin nada salvo los sonidos incoherentes que emitía involuntariamente. Estaba harta de sus gemidos incesantes, y, sin embargo, parecía que no estuviera en su mano acallarlos. No tenía poder sobre nada, ni sentido del día y la noche.

Había veces en que sabía que Naruto estaba con ella. Se aferraba a sus manos grandes y suaves, y escuchaba el murmullo sedante de su voz mientras el dolor la consumía. Él era fuerte, poderoso, y ella intentaba en vano absorber parte de su vitalidad.

Pero Naruto no podía darle su fuerza, ni protegerla de las oleadas de calor abrasador. Aquella batalla debía librarla ella y, para su desesperación, vio que su voluntad de recuperarse iba flaqueando hasta que sólo le quedaron fuerzas para resistir. Así había ocurrido con Toneri. El tifus había debilitado su espíritu y le había quitado las ganas de luchar. Hasta ese momento, ella no había comprendido lo difícil que había sido para él, y al fin lo perdonó de todo corazón por haberse rendido. Hinata estaba muy cerca de hacer como él. Pensar en Rose Himawari y Naruto aún la tentaba, pero estaba muy cansada, y el dolor la alejaba irremisiblemente de ellos.

Habían pasado tres semanas desde que Hinata comenzara a guardar cama, semanas que se mezclarían para siempre en la mente de Naruto como un largo intervalo de agotamiento y tristeza. Casi peores que el delirio de Hinata eran los intervalos en que estaba lúcida, cuando le sonreía con afecto y le demostraba lo preocupada que la tenía. No dormía ni comía bien, le decía. Quería que se cuidara como era debido. Ella pronto estaría mejor, le decía... ¿Cuánto tiempo hacia?... Bueno, el tifus nunca duraba más de un mes. Y justo cuando él se permitía animarse y convencerse de que Hinata estaba realmente mejorando, ella volvía a sumirse en sus febriles delirios, y él se desesperaba todavía más. A veces se sorprendía cuando esporádicamente le dejaban un periódico en la mesa junto a un plato de comida. Tras dar unos cuantos bocados al pan o a la fruta de forma mecánica, echaba un vistazo a la primera página, no para leerla, sino para corroborar que el resto del mundo seguía adelante. En su casa estaban viviendo una catástrofe y, sin embargo, los negocios, la política y la vida social proseguían al ritmo vertiginoso de siempre. No obstante, la prueba de resistencia de Hinata no estaba pasando desapercibida.

A medida que se corría la voz sobre su enfermedad, empezaron a llegar cartas. Parecía que todo el mundo, desde los círculos sociales más altos hasta los más bajos, quisiera expresar su preocupación y amistad por la enferma. Los aristócratas que habían tratado a los recién casados con un desdén apenas disimulado, parecían estar súbitamente deseosos de expresar su lealtad. Al parecer, a medida que la enfermedad de Hinata avanzaba, su popularidad iba en ascenso, y todo el mundo se erigía en su mejor amigo. «Qué panda de hipócritas», pensaba Naruto con rencor, mirando el recibidor repleto de centros de flores, cestas de dulces, cajas de galletas, licores de frutas y bandejas de plata llenas de mensajes que lo acompañaban en el sentimiento. Hubo incluso algunas visitas, a pesar de la naturaleza contagiosa de la fiebre tifoidea, y Naruto obtenía un placer salvaje impidiéndoles la entrada. Sólo hubo una persona a quien permitió entrar, una persona que había estado esperando: lord Aburame, conde de Ravenhill.

El hecho de que Aburame no trajera otra cesta inútil o un ramo no deseado mejoró el concepto que Naruto tenía de él. Aburame apareció sin anunciarse una mañana, vestido con sobriedad, el cabello brillante incluso a la luz tenue del recibidor. Naruto jamás seria amigo de aquel hombre; era incapaz de perdonar a alguien que había competido con él para conseguir la mano de Hinata. No obstante, muy a su pesar, le estaba agradecido desde que Hinata le había contado que Aburame le había aconsejado que siguiera el dictado de su corazón en lugar de cumplir los deseos de Toneri Õtsutsuki. Saber que Aburame podría haber puesto trabas a la decisión de Hinata, pero no haberlo hecho mejoraba la buena disposición de Naruto hacia él.

Aburame se acercó a él, le dio la mano. No le pasó desapercibido que Naruto tenía los ojos inyectados en sangre y había perdido peso. Luego apartó la mirada de repente y se pasó la mano por la mandíbula varias veces, como si estuviera considerando un problema grave.

—Oh, Dios mío —susurró al fin. Naruto podía leerle el pensamiento: que él no tendría tan mal aspecto si Hinata no estuviera en grave peligro, tal vez, de muerte.

—Vaya a verla si lo desea —dijo Naruto con aspereza.

Aburame esbozó una amarga sonrisa.

—No sé—dijo, con una voz apenas audible—. No sé si puedo pasar por esto por segunda vez.

—Haga lo que quiera entonces. —Naruto lo dejó con brusquedad, incapaz de soportar el dolor que veía en el rostro de Aburame, el miedo que transmitía su mirada. No quería compartir sentimientos, recuerdos ni lamentos. Les había dicho fríamente a su madre, a Kurenai, al ama de llaves y a todos los sirvientes que pudieron oírlo que si se ponían a llorar o daban otras muestras de emoción, tendrían que marcharse de inmediato.

El ambiente que reinaba en la casa era tranquilo, silencioso y extrañamente sereno. Sin preocuparse por dónde fuera o por lo que hiciera Aburame, ni por si podría encontrar la habitación de Hinata sin ayuda, Naruto vagó por la casa hasta llegar al salón de baile. Estaba a oscuras, las ventanas cubiertas por gruesas cortinas de terciopelo.

Corrió una y la ató. Los rayos del sol se reflejaron en el reluciente suelo de parquet e iluminaron una pared tapizada de seda verde. Mirando un inmenso espejo con marco de oro, Naruto recordó las clases de baile, la forma en que Hinata había estado en sus brazos, dándole instrucciones con mucha seriedad, cuando en ese momento él sólo podía pensar en cuánto la deseaba, cuánto la amaba.

Hinata lo había mirado radiante con aquellos ojos tan cálidos y le había hecho una broma: «Le sugiero que no aplique muchas de sus técnicas de boxeo a las clases de baile, señor Uzumaki. No me gustaría acabar a puñetazos con usted...»

Naruto se sentó lentamente en el suelo, apoyándose en el alféizar de la ventana, recordando con los ojos entornados y la cabeza baja a causa de la fatiga. Estaba agotado y, no obstante, por las noches no podía conciliar el sueño. La incertidumbre de lo que pasaría lo consumía. Sólo obtenía paz cuando llegaba su turno de cuidar de Hinata y podía asegurarse a cada instante de que seguía respirando, de que el pulso seguía latiéndole, de que continuaba moviendo los labios sin cesar en su delirio.

Después de lo que podían haber sido cinco minutos o cincuenta, Naruto oyó una voz en el oscuro recinto.

—Uzumaki.

Naruto alzó la cabeza y vio a Aburame en el umbral. El conde estaba pálido y triste, con un autocontrol casi antinatural.

—No sé si va a morir o no —dijo Aburame con brusquedad—. No parece tan hundida y entregada como lo estaba Toneri a estas alturas. Pero sé que está a punto de entrar en la fase de crisis, y le aconsejo que llame al médico.

Naruto se había puesto en pie antes de que Aburame terminara de hablar.

Hinata tuvo la sensación de que despertaba en un sueño de una frescura bendita; el dolor y el calor la estaban abandonando, dejándola relajada y más despierta de lo que se había sentido en semanas. «Ahora me encuentro mejor», pensó sorprendida, y miró a su alrededor con impaciencia, deseando compartir aquella maravillosa noticia con Naruto

Quería verlo, y a Rose Himawari, y decirles que el tormento de los días pasados había terminado al fin. Pero se extrañó al encontrarse sola, envuelta por una fría niebla salada que le recordaba a la orilla del mar. Vaciló, sin saber muy bien adónde ir o por qué estaba allí, pero la atrajo un tenue rumor.., sonaba casi como el agua que corre, como el canto de los pájaros o los árboles meciéndose con el viento. Se dirigió hacia allí, sintiéndose fuerte de nuevo, con los sentidos serenados por aquel entorno tan suave. Gradualmente el velo se niebla se esfumó y se encontró en un lugar de aguas azules y suaves colinas verdes, con exuberantes flores exóticas por doquier. Con curiosidad, se agachó para tocar una que era del color del melocotón, y le pareció que su fragancia la envolvía y la embriagaba. A pesar de su perplejidad, quiso reír. Oh, había olvidado qué se sentía siendo feliz de aquella forma tan pura, con la ingenuidad de un niño.

—Qué sueño tan hermoso —dijo.

Le respondió una voz risueña.

—Bueno, no es precisamente un sueño.

Hinata se volvió sorprendida, buscando el origen de aquella voz atractiva y familiar, y vio a un hombre acercándose a ella. Él se detuvo y la miró con unos ojos que Hinata jamás había olvidado.

—Toneri —dijo.

La piel de Hinata había adquirido un tono ciruela y su respiración era alarmantemente rápida y superficial. Tenía muchísima fiebre y los ojos entreabiertos y la mirada fija. Con el camisón blanco y únicamente una fina sábana para cubrirle las piernas, se le veía tan pequeña en aquella cama inmensa que parecía una niña. «Se estaba muriendo», pensó Naruto con los sentidos embotados, y le pareció imposible pensar en el después. Para él ya no habría esperanza, expectativas, placer o felicidad futuros, como si su propia vida fuera a terminar cuando lo hiciera la de ella. Aguardaba en silencio en un rincón de la habitación mientras el doctor Linley examinaba a Hinata. Kushina y Kurenai también habían entrado, y las dos pugnaban por ocultar su dolor.

El médico se acercó a Naruto y le habló en voz muy baja.

—Señor Uzumaki, conozco varias técnicas que en su mayoría terminarían enseguida con la vida de su esposa en lugar de salvarla. Lo único que puedo hacer es darle algo que le facilite el tránsito.

Naruto no necesitaba una explicación. Sabía exactamente lo que Linley le estaba ofreciendo: drogar a Hinata para que pasara durmiendo y sin sentir dolor la última fase del tifus. Empezó a respirar de una forma casi tan rápida y superficial como la de Hinata. Luego oyó que el sonido cambiaba y miró la cama. Hinata había empezado a respirar con dificultad y a suspirar espasmódicamente.

—Son los estertores —oyó lamentarse a Kurenai.

Naruto creyó que iba a volverse loco e intentó disimular ante la mirada impasible de Linley.

—Fuera de aquí —dijo con voz ronca, a punto de enseñar los dientes y gruñir como un animal furioso—. Déjenme solo con ella. Váyanse. ¡Ahora mismo!

Naruto casi se sorprendió de que lo obedecieran sin protestar y vio a su madre secarse las lágrimas con un pañuelo cuando cerró la puerta. Él echó la llave, encerrándose en la habitación con su esposa, y fue hasta la cama. Sin vacilar, se sentó en el colchón y abrazó a Hinata, sin hacer caso de su débil gemido de protesta.

—Te seguiré a la otra vida si tengo que hacerlo —le susurró roncamente al oído—.Jamás te librarás de mí. Te perseguiré en el cielo y en el infierno, y más allá todavía. — Naruto continuó susurrando sin cesar, amenazando, intimidando, maldiciendo, mientras la tenía apretada contra su cuerpo, como si pudiera evitar físicamente que la vida la abandonara—. Quédate conmigo, Hinata —musitó con furia, acariciándole con la boca el rostro y el cuello empapado de sudor—. No me hagas esto. Quédate, maldita sea. —Y, finalmente, cuando la garganta le dolió tanto que ya no pudo hablar, se tumbó junto a ella, hundiendo la cabeza en sus senos quietos.

Era Toneri sin duda, pero se le veía algo distinto de cómo había sido en vida. Parecía jovencísimo, tenía la piel y el cabello radiantes, y emanaba fuerza y salud.

—Hinata, amor mío —dijo con una sonrisa tranquila, divertido aparentemente por lo sorprendida que estaba ella—. ¿No sabías que vendría a buscarte?. A pesar de lo mucho que le complacía verlo, Hinata se contuvo y lo miró fijamente, temiendo tocarlo por alguna razón.

—¿Toneri, cómo es posible que estemos juntos? Yo... —Consideró la situación y su felicidad menguó al darse cuenta de que podía haber perdido la vida que había conocido hasta entonces—. Oh —dijo. Los ojos empezaron a escocerle. No le salieron lágrimas, pero estaba desconsolada.

Toneri ladeó la cabeza y la miró con afectuosa compasión.

—No estás preparada para esto, ¿verdad?

—No —dijo ella cada vez más desesperada—. Toneri, ¿no tengo elección? Quiero regresar ahora mismo.

—¿A la prisión de tu cuerpo y al sufrimiento y al dolor? ¿Por qué no vienes conmigo? Hay lugares incluso más bellos que éste. —Le tendió invitadoramente la mano—.Permíteme enseñártelos.

Ella sacudió violentamente la cabeza.

—Oh, Toneri, podrías ofrecerme un millar de paraísos, pero yo no podría... Hay alguien, un hombre, que me necesita, y yo a él...

—Sí, lo sé.

—¿Lo sabes? —Hinata se asombró de no ver ninguna acusación ni recriminación en su rostro—. Toneri, ¡debo regresar con él y con Rose Himawari! Por favor, no me culpes, debes entender que no te he olvidado, ni he dejado de quererte, pero, oh... ¡cómo lo amo!

—Sí, lo comprendo. —Toneri sonrió y, para alivio de Hinata, dejó de tenderle la mano—. Jamás te culparía por ello, Hinata.

Aunque Hinata no había retrocedido ningún paso, le pareció que su inquietud la había alejado varios metros de él.

—Has encontrado a tu compañero del alma —dijo él.

—Sí, yo... —Hinata supo que Toneri estaba en lo cierto y sintió alivio al ver que parecía comprenderla—. Sí, así es.

—¡Eso es bueno! —musitó él—. Es bueno que te des cuenta de lo afortunada que eres. Yo sólo sentí una cosa al venir aquí. Hice muy poco por los demás en mi vida. Casi todo lo que nos interesaba era inmaterial. Sólo existe el amor, Hinata... vívelo mientras puedas.

Hinata se sintió embargada por la emoción al verlo partir.

—Toneri —gritó con un temblor en la voz, deseando poder preguntarle muchísimas cosas.

Él se detuvo y la miró amorosamente.

—Dile a Rose que velo por ella.

Y entonces desapareció.

Hinata cerró los ojos y notó que se hundía, que el calor y la oscuridad la engullían, y oyó el eco de palabras feroces y contundentes que la aprisionaron como cadenas. Tanta vehemencia la asustó hasta que comprendió la causa. Se movió y le pareció que sus brazos eran pesadísimos, como si llevaran una funda de hierro. Tras la sensación maravillosa y etérea de su visión celestial, era difícil acostumbrarse de nuevo al dolor y a la enfermedad.

Pero Hinata se prestaba gustosa, sabiendo que había conseguido más tiempo con la persona que más amaba, en este mundo o en el otro. Alargó la mano, le tapó la boca a su esposo para acallar sus palabras y notó el temblor de sus labios.

—Calla —le susurró, contenta de que él hubiera interrumpido su violenta letanía. Le costaba muchísimo hablar, pero se concentró furiosamente en hacerse entender—. Calla...Ya ha pasado todo.

Hinata abrió los ojos y miró el rostro pálido y desencajado de Naruto. Sus ojos azules la miraban con perplejidad y asombro, y tenía las pestañas salpicadas de lágrimas.

Hinata le acarició lentamente la cara, la mejilla, viendo cómo su rostro recobraba poco a poco la cordura y la conciencia.

—Hinata —dijo Naruto. La voz, le temblaba y era de una humildad suprema—.¿Vas... vas a quedarte conmigo?

—Por supuesto. —Ella suspiró y sonrió, manteniendo la mano en la mejilla de él, aunque el esfuerzo le exigía todas sus fuerzas—. No me voy a ninguna parte, amor mío.

.

.

Fin