Buenas tardes señoritas, aquí les dejo el primer capítulo de esta otra historia que me aventuré a escribir, espero les guste no está basada en la caricatura, aunque aun así los personajes de Candy Candy son los protagonistas, es un universo alterno (AU) pero igual le he puesto el corazón a mi pareja favorita Candy-Anthony, espero que les guste y espero por favor sus comentarios. Los personajes de Candy Candy no me pertenecen, solo los utilizo para hacer una historia diferente donde después de un poco de sufrimiento logran encontrar la felicidad. Es sin fines de lucro y como ya saben no es apta para menores de edad. Dicho esto comenzamos!
CAPITULO I
EL NACIMIENTO
Un hombre paseaba nervioso por la sala de espera, el hospital estaba vacío y casi en penumbras, solo se escuchaba los pasos en seco junto con el eco de su lento andar. Había llevado hacía unas horas a su esposa quien empezó con las labores de parto ya entrada la noche, la veía muy mal, todo el embarazo estuvo delicada y el miedo de perderla se incrementaba al pasar de los minutos "todo estará bien" se animaba a sí mismo volteando hacía arriba como buscando consuelo y seguridad en el ser supremo, siempre fue muy devoto de su religión y confiaba plenamente en Él, siempre lo había escuchado y siempre había sido buena persona, al igual que ella, era una mujer excepcional, noble, tierna, devota, dadivosa, humilde además de hermosa.
Recordó el día que la conoció su bella risa inundo el ambiente dejando a todas las demás a oscuras, mientras ella platicaba con algunas damas a su alrededor, el solo la observaba ilusionado. Su tía Elroy Andley había organizado el baile para su presentación ante la sociedad y así buscar a una posible esposa. Dentro de las asistentes estaba ella Candice White, una joven de cabellos ondulados y verdes ojos, con algunas cuantas pecas que resaltaban su blanca piel, su risa era tan clara y cristalina que solo bastó con eso para enamorarse de ella y decidirse por ella para que fuera su esposa.
-Buenas noches… - Le saludó caballerosamente mientras se inclinaba a besar su mano delicadamente, en ese simple contacto sintió que su cuerpo reaccionó al sentir una corriente eléctrica recorrer su espalda. Ella lo volteó a ver perdiéndose en sus hermosos ojos azules que la miraban con coquetería, perdiéndose en ellos inmediatamente.
-Buenas noches, caballero… - Respondió con una dulce sonrisa en sus labios, siendo correspondida en el acto.
-William, William Albert Andrew… - dijo un poco nervioso, pero tratando de ocultarlo.
-Candice White… -Contestó simplemente.
Desde ese día el cortejo comenzó y poco después los arreglos para el compromiso y la boda, Candice era hija de un ganadero muy importante el Sr. Robert White y la Sra. Elena White, ambos de una importante posición económica lo que valió para que la tía abuela arreglara el compromiso sin ningún problema. Después se enteró que Candice había ido a la fiesta invitada por una amiga, la Srita. Jouls, la cual era la interesada en el joven Andrew y ella no tenía idea a que se debía el festejo, siendo la afortunada en la que el guapo heredero puso su vista.
Sus memorias se vieron interrumpidas al escuchar unos pasos que se aproximaban hacía él, al estar en la sección designada para las personas más prestigiadas y ser tan tarde todo estaba muy solo, salvo él y los médicos que se aproximaban con cierta rapidez a su encuentro.
-Sr. Andrew, el parto de su esposa se ha complicado, necesitamos que decida entre la vida de su hijo y la vida de su esposa.
-¿QUE? – Preguntó el rubio asustado, mientras su respiración se entrecortaba y buscaba un espacio para detenerse debido a la abrupta noticia recibida y el mareo que se hacía presente en todo su cuerpo. ¿QUÉ ESTA DICIENDO DOCTOR? ¡DIGAME QUE NO ES VERDAD! – Decía con la angustia incrementándose en su pecho.
-Lamentablemente, es así Sr. Andrew, y no tenemos tiempo que perder, debe decidir para que nos permita seguir con el parto, entre más rápido entremos, más oportunidades tendremos de salvarlos a los dos. – Dijo el médico con seguridad.
-A ella… - respondió con duda. – Sálvela… a ella… por favor… - Dijo en un susurro sintiéndose miserable por haber condenado la vida de su pequeño hijo, ese ser fruto de su amor, ese ser que había llegado a completar a su pequeña familia que recién formaba, ya que al poco tiempo de su boda, los padres de ella habían fallecido en un accidente marítimo, ella había quedado devastada después de esto provocándole los malestares durante todo el embarazo.
Los médicos salieron a paso apresurado para continuar con el parto de la joven Candice Andrew quien se debatía entre la vida y la muerte en aquella sala de parto.
-Doctor… - dijo con mucho esfuerzo… - Salve a mi bebé… - Pidió en un suspiro perdiendo rápidamente el conocimiento, ignorando que su esposo había decidido salvarla a ella, tal era su amor por ella que había preferido salvarle la vida a ella que a su propio hijo, aunque eso le destrozara la vida al pobre rubio.
Las horas continuaban su curso y Albert seguía en aquella sala de hospital pero ahora estaba llorando acongojado por su bebé, porque no lo conocería, porque no podría tenerlo en brazos, porque había perdido a su primogénito y él había sido el verdugo de su vida, sabía que había hecho lo correcto, pero eso no impedía que se sintiera miserable… Candice tal vez no se lo perdonaría, pero había sido un cobarde porque no se imaginaba una vida sin ella… sin el amor de su vida, "Candice, por favor perdóname" miraba al Cielo implorando una fuerza del más allá intentando robar un milagro al creador.
Los médicos por su lado se enfrentaban a una disyuntiva por los deseos de ambos padres, él había pedido salvarla a ella y ella como era normal había pedido salvar a su hijo, no tuvieron más opción que evaluar la situación y ver quien tenía más probabilidades de sobrevivir, aunque veían muy difícil ambas situaciones, el tiempo que se había tomado Albert en decidir y los minutos que se perdieron al trasladarse para informar la situación al heredero habían pasado factura agravando la situación, llegando a un punto en el cual el bebé nació sin respirar y la joven madre al ver que había nacido y no reaccionar comenzó a asfixiarse, unos pocos movimientos de reanimación por parte del enfermero necesito su bebé para que comenzara a sacar lo que le impedía reaccionar y comenzó a llorar, reaccionando la joven madre al tener a su bebé cerca de ella, besándolo con dulzura.
-¿Qué es? – Preguntó dudosa ya que estaba envuelto en una manta para cubrirlo del frío.
-Es una hermosa niña – Contestó el enfermero que la había hecho reaccionar.
-¡Niña! Eres… hermosa… princesa… Te amo… Candy Andrew… - Dijo la joven madre quien poco después cerró sus ojos para no volverlos a abrir nunca más…
Los médicos se conmovieron con la escena haciendo lo imposible por regresar a la vida a la joven madre, sin embargo la hemorragia que se había presentado no fue posible detener, la joven de 18 años había perdido la vida al dar a luz a una hermosa niña de cabellos rubios y rizados igual que ella un 07 de mayo de 1898.
Albert recibía la noticia sintiéndose completamente destrozado, llorando inconsolablemente en la soledad de esa sala de hospital, sus llantos y lamentos se escuchaban junto con el eco que hacía más desgarradora la escena, cayó de rodillas gritando al cielo su desdicha, había perdido a la mujer que más había amado en su vida, a su compañera, a aquella que había elegido para envejecer juntos y que solamente pudo amar en vida por tan poco tiempo, ¿Qué caso tenía seguir vivo? ¿Para qué continuar con su existencia, si ella ya no estaría presente? Una tonta idea pasó por su cabeza, mientras era observado por el personal médico.
-Sr. Andrew, siento mucho lo que ha sucedido, pero tiene que ser fuerte, por ella, por su hija. – Albert ni siquiera había preguntado que era su primogénito, todo se centraba en el dolor que sentía de haber perdido a su adorada Candice. – ¿Quiere conocerla?, aún es muy pequeña y tendrá que quedarse una semana en el hospital para que termine su desarrollo. – Decía el joven médico a un hombre que parecía estaba sordo, había dejado de llorar y de gritar, ya no maldecía ni gritaba blasfemias, simplemente había cesado su llanto, su mirada se había ensombrecido y se perdía en el final del pasillo buscando una salida inmediatamente.
-¿Sr. Andrew? – Preguntaba nuevamente el médico. – ¿Se encuentra bien? Su hija está en la sala de cuidados neonatales, si quiere puede acompañarme. – Seguía preguntando esperando alguna reacción de su parte.
-No – Dijo en seco por fin. – Vuelvo por ella en una semana. – Camino lentamente por el largo corredor oscuro escuchándose solamente sus pasos firmes y decididos hacia la salida, necesitaba salir de ahí lo más pronto posible, quería huir de todo, no tenía el valor de conocer a su hija, que si bien era hija del amor de su vida él había preferido la vida de su madre sobre la de ella, pensaba además que esa pequeña no sobreviviría al ser prematura, aún le faltaban unas semanas por nacer y al decirle el médico que su hija estaba en cuidados neonatales lo más seguro era que también partiera al lado de su madre, así que se encerró toda esa semana ordenando los preparativos del funeral de su esposa en el más completo hermetismo, al no tener ella familia y al vivir su familia lejos, no quería a nadie para compartir su dolor, lloraría él solo su amarga pena dentro de su mansión, esa casa donde había sido tan feliz y ahora le recordaba su triste existencia, se sentó a llorar su pena y a esperar la noticia del fallecimiento de su hija, el cual estaba seguro que pronto llegaría.
Había pasado un poco más de una semana y el joven heredero no había ido a reclamar a su primogénita. Un fuerte y sonoro toque se escuchó en su despacho.
-Adelante.
-Sr. Andrew. – El mayordomo entraba con miedo, no reconocía a su joven amo después de la muerte de su esposa, era simplemente otra persona, dura y fría.
-Dime Alfred.
-Viene a verlo una reverenda y una señora.
-Diles que no estoy para caridad.
-Vienen a hablar sobre su hija.
-¿Mi hija? – Albert, no sabía en qué día vivía, mirando confundido el calendario que se mostraba en su escritorio. – Diles que pasen. – Contestó simplemente.
El mayordomo salió en silencio de la biblioteca, encontrándose con las dos buenas mujeres a quienes les indicaba el camino a seguir.
-Buenas tardes Sr. Andrew – Dijeron las dos buenas mujeres.
-Buenas tardes, ¿En qué puedo servirles?
-Nos han enviado del hospital Sr. Andrew, en referencia a su hija, la pequeña Candy Andrew.
-¿Candy? – Preguntó Albert sorprendido.
-Si –Contesto tímidamente la Srita. Ponny intimidada por la dureza con la que el hombre las miraba. – Tengo entendido que su esposa eligió el nombre de su pequeña antes de… -No pudo decir más ya que notó que la mandíbula de aquel hombre se tensó al mismo tiempo que apuñaba su mano haciendo que sus nudillos quedaran blancos de la fuerza que ejercía en los mismos.
-¿Y que tienen que ver ustedes con ella?
-Pues verá Sr. Andrew, el hospital nos llama cuando algún pequeño o pequeña ha quedado sin ninguno de sus padres, o cuando alguno de ellos los ha abandonado en el mismo hospital.
-¡Yo no he abandonado a mi hija! – Dijo dándole un fuerte golpe al escritorio haciendo que ambas mujeres dieran un salto por el susto que les proporcionó.
-¡No! – Dijo ahora la religiosa, quien estaba un poco más tranquila. – Nosotras no hemos dicho eso, solo que como dijo la Srita. Ponny el hospital nos envía para que investiguemos la situación de su pequeña, si va a ir por ella o va a darla en adopción. – Albert miro a la hermana María con furia por las palabras que se atrevía a dirigirle, pero ella no se inmutó en absoluto sosteniéndole la mirada decidida y serena al mismo tiempo.
-Como le dije, yo no he abandonado a mi hija. – Dijo con un tono fuerte y seco. – Mandaré por ella el día de mañana.
-Con todo respeto señor, pero su hija no necesita que alguien vaya por ella, necesita que su padre vaya por ella.
-Pero quien se cree usted para…
-Me creo quien soy señor Andrew, soy una persona que habla por esos inocentes que no pidieron venir al mundo y por los cuales nadie habla. Su hija tiene derecho a vivir en un hogar seguro y si usted no puede dárselo, puede darle la oportunidad de tener uno.
-¿Insinúa que sería mejor darla en adopción? – Albert pensaba también en esa posibilidad, era tanto su dolor que no soportaba ver a su hija sin que le recordara que de no haber quedado embarazada tal vez ella aún viviría. – "Albert, es nuestra hija" – Escuchó en su mente, claramente era la voz de su esposa Candice que le reclamaba que era su hija y que él tenía que ver por ella.
-Solo le hago ver las opciones que tiene señor Andrew.
-Mañana iré por ella… - Dijo simplemente, bajando el tono de voz al decir esto.
-Estamos enteradas de su situación y lamentamos mucho lo ocurrido Sr. Andrew – Continuaba hablando la hermana María. – Pero va a necesitar una nodriza para que la alimente, en el hospital no han logrado conseguir a nadie que les ayude y ha sido alimentada solo artificialmente. Es importante para el desarrollo de su hija.
-Entiendo… - Decía Albert más tranquilo, tal vez el reproche mental de su esposa le había hecho entrar en razón.
-Si usted quiere – Decía ahora la Srita. Ponny. –Conocemos a una muchacha que acaba de quedar viuda y lamentablemente en el mismo accidente perdió a su bebé recién nacido, ella busca trabajo y si usted quiere… - No la dejó continuar y respondió rápidamente.
-Dígale que ya tiene trabajo, que mañana la espero a las 9 de la mañana afuera del hospital. – Ambas mujeres asintieron y se despidieron tranquilamente dando por asentado que esa charla había terminado y que el joven padre iría a recoger a su hija después de haberla dejado 10 días a cargo de enfermeras y enfermeros en el amplio hospital Santa Juana, convirtiéndose la pequeña Candy Andrew en la consentida de todos ellos, porque a pesar de ser solo una bebé su carisma y su bella sonrisa había cautivado a más de uno de los empleados que trabajaban ahí, incluso la jefa de enfermeras, la Srita. Mary Jane estaba encantada con ella.
La mañana siguiente había llegado, desatándose una nevada tardía muy intensa que casi impedía el paso de las personas hacia el hospital.
-Buenos días. – Decía una joven pelirroja de blanca piel y ojos marrones afuera del hospital, cubriéndose del frío con un fino abrigo de piel pero algo gastado por el uso.
-Buenos días, ¿Usted es la Sra. Que enviaron las religiosas? – Preguntó Albert con duda, pero era la única persona que estaba afuera y que a pesar del mal clima y el frío que hacía lo esperaba para que le diera trabajo.
-Así es Sr. Andrew, la Srita. Ponny y la hermana María me comentaron que necesita una nodriza. – Dijo tímidamente y con ojos tristes, encontrándose con unos ojos azules igual de tristes que los de ella, pero fríos y duros en su mirar.
-Bien, venga conmigo por favor…
-Dorothy… mi nombre es Dorothy Simmons… - Dijo amablemente y procedió a seguirlo apresuradamente ya que no le dejó terminar de decir su nombre que le dio la espalda rápidamente dirigiéndose a la puerta del hospital para recoger a su pequeña hija.
Una vez dentro del hospital, llenó el papeleo que le habían dado, llenando cada espacio en blanco con dolor al poner los datos de su difunta esposa, y al llegar al cuadro del nombre de la menor lo pensó un poco, las religiosas le habían dicho que su esposa quería que se llamara Candy, pero como estaban enteradas ellas de eso, si ni él mismo lo sabía, no queriendo investigar más sobre lo acontecido, decidió llenar así el nombre de la pequeña "Candy Andrew-White" dudando un poco en ponerle el apellido de su esposa, así que prefirió hacerlo su nombre para que quedara "Candy White Andrew", era lo correcto pensaba él.
-Dorothy, ¿Podría por favor recoger a la niña? – Preguntó Albert seriamente.
-Claro que sí. – Decía tranquilamente adentrándose dentro de la sala donde estaba aquella pequeña niña que había traído mucha alegría a aquel lugar, encontrándose con una hermosa bebé rubia y de grandes ojos verdes con unas cuantas pecas adornando su nariz y sus mejillas, enfermeras y doctores se amontonaban alrededor de ella queriendo despedirse de ella con lágrimas en los ojos, diciéndole lo mucho que la iban a extrañar y de cuanto la querían, mientras la bebé parecía comprender las palabras de amor con las cuales era llenada, dedicándoles una hermosa e inocente sonrisa, despidiéndose así del personal para ser entregada en los brazos de Dorothy, que al tenerla en sus brazos aparecieron un par de lágrimas en sus ojos al sentir el calor de ese frágil cuerpecito que se estremeció al contacto de sus brazos, sintiendo un calor recorrer su cuerpo al sentir de nuevo llenarse un poco ese espacio que había quedado vacío en su corazón, al sentir el calor de su cuerpo llenar sus brazos que habían quedado vacíos con la pérdida de su pequeño bebé 10 días atrás, si, el nacimiento de Candy había sido el mismo día del fatídico accidente que había sufrido su esposo y en el cual había perdido también a su bebé.
Dorothy escuchaba tras de ella decir a los empleados del hospital que el Sr. Andrew no había ido siquiera a conocer a su hija y que se le había olvidado que estaba en el hospital, ella solo escuchó en silencio los comentarios, no comprendiendo quien era capaz de abandonar a una criaturita tan tierna e inocente como aquella. Llego junto a Albert con la intención de entregarle a la niña, pero con la rapidez con la que se adentró al hospital con esa misma salió, no quedándole de otra a Dorothy que seguirlo nuevamente cargando a la pequeña en sus brazos, mientras se acurrucaba en su pecho escuchando tranquilamente el latir de su corazón.
El camino hacia la mansión fue incómodo en ningún momento intentó acercarse a la pequeña, ni aun cuando el pequeño angelito lloraba por alimento.
-Haga que deje de llorar Dorothy. –Fueron las únicas palabras que dijo en todo el camino.
-Si Sr. Andrew. – Contestó nerviosa.
Entraron a la mansión enorme y oscura, todas las ventanas estaban cerradas y las cortinas corridas, no había ningún lugar iluminado en ese inmenso salón, incluso el salón tenía varios cuadros cubiertos, así como los jarrones yacían vacíos en las mesas.
Albert subió las escaleras lentamente y se volteó solo con Dorothy para darle instrucciones.
-Dorothy, usted dormirá en el cuarto de Candy, en un momento Alfred le mostrará el camino. –Sin decir más se adentró a las escaleras perdiéndose en el oscuro corredor que llevaba a su habitación.
Alfred llegó un poco después para llevar a Dorothy a la habitación de Candy, la cual estaba al lado contrario de la de Albert, para ella ya no se le hacía raro que algo así sucediera, de hecho sabía bien que los padres muchas veces no estaban felices con tener una hija mujer como primogénita, a ella le había pasado algo similar a diferencia que ella si tenía a su madre a su lado la cual la había protegido hasta el final de sus días, así que ella sería para esa niña como la madre que había perdido, defendiéndola hasta de su propio padre si era necesario.
Continuará...
Hasta aquí el día de hoy, espero que les haya gustado un poquito esta historia o por lo menos los haya dejado con ganas de seguir con el siguiente capítulo.
¡Saludos y un fuerte abrazo a todas!
