Muy buenos días señoras, señoritas, espero que estén teniendo un muy buen fin de semana, aquí volvió un poco el frío y me encuentro con una gripa que para que les cuento jajajaja pero sigo al pie del cañón, para no dejarlas decepcionadas con esta historia, bueno eso digo yo jejeje. Espero que sigan al pendiente de ella y espero sus comentarios.

Los personajes de Candy Candy no me pertenecen solo los tomo prestados un poco para hacer de ellos una historia si no diferente una en la que no lloren tanto, lo hago solo por diversión sin fines de lucro, no es apta para menores de edad, así que dicho esto comenzamos. Espero disfruten el capítulo.

CAPITULO IV

UN POCO DE AMOR

Desde el día de la fiesta Anthony estaba más al pendiente de Candy, si eso podía ser posible, aún recordaba que por haberse distraído Eliza hubiera lastimado a su princesa, sabía que Eliza era también su prima, pero definitivamente no sentía el mismo cariño por la morena que por la rubia.

Llegó el día del bautizo de Candy, evento en el cual Albert no se vio involucrado en lo más mínimo, todo lo dejó en manos de la tía abuela y de Rosemary, él era hombre y no se metería mucho en esas decisiones. Los padrinos de Candy fueron Allen y Samantha Cornwell, los padres de Stear y Archie, quienes se quedaron enamorados de la pequeña pecosa con solo verla y más cuando ellos mismos pensaban que su segundo hijo sería una hermosa niña, siendo sorprendidos por otro hermoso niño al cual nombraron Archivald Cornwell.

El evento fue anunciado por todo lo alto en la sociedad digno de una heredera como lo era Candy White Andrew, su padre se presentó ante la ceremonia pero apenas se dejó fotografiar junto a su hija, cosa que intrigó a la prensa, pero alegaron que tenía muchos compromisos que atender y no había podido quedarse mucho tiempo. Los Cornwell ya sabían sobre la actitud que Albert había tomado con su hija y aunque no la aprobaban no decían nada por respeto a su luto.

Candy cada día crecía más y se hacía más cercana a su primo Anthony quien siempre la cuidaba y la ayudaba en todo, desde darle de comer hasta ayudarla a caminar, ese sentido de responsabilidad que él mismo se había adjudicado desde pequeño hacía que madurara más rápido de lo normal, seguía siendo un niño, pero anteponía todas sus necesidades antes las necesidades de su princesa, como el la llamaba. Elroy los veía enternecida siempre juntos, ambos rubios y de piel tan blanca jugando uno al lado del otro mientras el pequeño le ayudaba a caminar y a pronunciar las primeras palabras, solo una cosa los hacía parar de sus pequeñas travesuras y era la presencia del padre de la pequeña quien al llegar a la mansión Candy se quedaba congelada en el tiempo esperando un regaño o una llamada de atención al tener siempre el recuerdo de que su padre nunca le había regalado una sonrisa o una palabra de aliento o inclusive un beso, al principio ella le hacía fiestas y agitaba sus manos para que él la notara, le dedicaba una tierna sonrisa igual que lo hacía con su pequeño primo, pero solo obtenía un pequeño y leve contacto de cabeza, pero cuando hacía ruido de más según su padre, solo se ganaba una llamada de atención o que él se diera la media vuelta y se encerrara en la habitación o en la biblioteca, ganándose su miedo más no su respeto.

La tía abuela reprochaba la actitud de William al igual que Rosemary, pero Albert seguía sin entender el duro proceder ante la pequeña, se decía a sí mismo que ella no lo notaría al crecer y que con eso ella sería un persona inteligente a la hora de elegir un enamorado ya que él se encargaría de que ella pensara más con la cabeza y no tanto con el corazón como lo había hecho él, así en dado caso que ella resultara viuda igual que él o su hermana no sufriría tanto. Amaba a su hija, la amaba de verdad, pero cada vez se parecía más a su difunta esposa y eso seguía lastimándolo, no había día que no la recordara ni aniversario que no le llorara, estaba tan afectado que no se daba cuenta muchas veces de lo que hacía con los negocios de la familia.

Elroy estaba al pendiente de todo, era informada por George quien siempre había sido leal a ella y a Rosemary, así que se encargó de separar las fortunas de todos y cada uno de los miembros del Clan para que en dado caso que William terminara arruinando todo ninguno de los integrantes se viera tan afectado, incluyendo una cláusula donde decía que cada centavo que fuera incrementado sería dividido por partes iguales a cada uno de los miembros, los cuales ya tenían su porcentaje de la fortuna según su posición en la familia, siendo Albert el más beneficiado seguido por ella.

Los Cornwell llegaron de visita después de un largo viaje que había hecho, ellos también ya eran unos jovencitos de cinco y cuatro años respectivamente igual que Anthony quien ya había cumplido los 5 y Candy tenía 3 años. Con una alegre risa y corriendo a los brazos de su madrina Samantha y su padrino Allen llegó abalanzándose sobre ellos mientras era seguida muy de cerca por Anthony quien la cuidaba para que no resbalara y cayera al piso. Al llegar con sus padrinos la tomaron en brazos y la llenaron de besos, tenían mucho tiempo sin verla y sus bellos ojos estaban más vivarachos que nunca cada vez tenían más brillo y sus rubios rizos crecían adornándolos Dorothy con dos pequeñas coletas y dos grandes moños que la hacían ver adorable. El rojo era el color que Dorothy prefería para vestirle ya que con lo rubia que era y con sus grandes ojos verdes la hacía ver más coqueta, era una niña con mucha gracia que fácilmente se ganaba el cariño de la gente, de todos menos el afecto de su padre.

-¡Candy! ¡Mira que hermosa te has puesto! – Decía Samantha mientras la besaba en la mejilla, mientras su esposo se acercaba por el otro lado para hacer lo mismo.

-¡Estás muy hermosa y grande! – Decía Allen a la pequeña, siendo observados por los pequeños Anthony, Stear y Archie, los cuales también habían notado lo bonita que estaba su prima menor.

-¡Regalos!- Gritó la pequeña ya que sabía que siempre que llegaban sus padrinos obtenía algún regalo del lugar que habían visitado.

-Jajajajaja vamos pequeña que no habrá ningún regalo hasta que me des mi beso. – Dijo juguetón Allen, pero sin saber porque Anthony sintió un dolor en su estómago al ver esta acción, no sabía explicar porque no le había gustado ver a su princesa besar a otro que no fuera él.

Todos fueron al salón siendo recibidos por Rosemary y la tía abuela, quien les llamaba la atención para que se comportaran como todos unos niños dignos de ser un Andrew, ella seguía vigilando los buenos modales de sus sobrinos y no iba a ser la excepción con sus nietos.

-Bienvenidos primos. – Dijo Rosemary abrazando feliz a su prima así como a Allen, quien la abrazaba gustoso de verla también.

-Gracias prima, ¿Cómo has estado? – Preguntaba sabiendo que Rosemary siempre había tenido una salud muy pobre y que debía tener muchos cuidados.

-A Dios bien gracias. – Contestó amablemente mientras se sentaban y la tía abuela ordenaba el té para los mayores y un jugo de manzana natural para los pequeños.

-¿Cómo les ha ido en Suiza?

-Genial tía, todo ha sido muy hermoso, el clima es muy frío más que en Lakewood por eso no pudimos quedarnos más tiempo.

-¿Más tiempo? ¡Si han estado casi seis meses de viaje! – Dijo Elroy sorprendida.

-Lo sé tía, pero sabes que nos encanta viajar.

-Lo entiendo niña, pero ya pronto Alistear y Archivald deberán estudiar y no podrán seguir viajando con ustedes por todos lados.

-Es verdad Sammy, ¿Han pensado como le van a hacer? - Preguntó Rosemary interesada en sus sobrinos.

-La verdad si hemos hablado de ello, pero tanto Allen como yo aún no decidimos que es lo más conveniente para los pequeños.

-¿Por qué no los dejas con nosotros? Anthony pronto iniciará sus estudios particulares y al ser los tres casi de la misma edad podrían avanzar juntos, así cuando tengan edad para el internado podrán ir juntos. – Dijo la vieja Elroy quien ya lo había pensado al saber que esos dos no dejarían de viajar solo por los estudios de sus hijos.

-Eso tendríamos que discutirlo con calma Sra. Elroy. – Dijo Allen convencido de que sería una muy buena opción.

-Sería maravilloso – Dijo Rosemary quien siempre había querido tener más hijos, pero no fue posible por su delicada salud y por el fallecimiento de Vincent, pero al llegar Candy llenó otro poco su deseo y le causaba ilusión tener más niños en la familia.

-¿No habrá algún problema con Albert? – Preguntó Samantha un poco desconfiada por la actitud que había tomado los últimos años su primo.

-No lo creo, el adora a los niños, además podrían tomar también las clases de equitación juntos, los caballos que Albert les regaló están aquí en el establo esperando que los niños crezcan. – Dijo emocionada Rosemary.

-Les prometemos que lo pensaremos bien. – Dijo Allen quien sabía perfectamente que si lo harían ya que había hablado con su esposa muchas veces de que sería mucho más fácil viajar sin tantas cosas que llevar para atender a los pequeños, además no era justo que ellos estuvieran siempre viajando y no llegaran a sentir que pertenecen a algún lado.

Las lejanas visitas de los Cornwell alegraban la vida de los pequeños quienes se veían con mucho entusiasmo cada vez que estaban juntos, pero siempre que eso sucedía llegaban los molestos Leagan con el pretexto de que también querían ver a sus primos, lo cual no era verdad pero su molesta madre llegaba como si tuviera radar para enterarse donde habían estado para así ser la siguiente en visitar el mismo lugar que los Cornwell, no le agradaba que ellos viajaran tanto y ella siendo mucho más rica económicamente tuviera que ir solo unos pocos días de viaje ya que su marido siempre estaba en constantes y frecuentes "viajes de trabajo" y no le dejaba mucho tiempo para la diversión, en el fondo deseaba que Louis se pareciera un poco más a Allen en lo aventurero, pero con tal de que la tuviera viviendo como reina era mejor que trabajara, además no le gustaba viajar con sus dos hijos eran de lo más fastidiosos los dos gemelos que ni ella misma podía tolerarlos mucho tiempo.

Lo bueno de que iban los Cornwell era que podían jugar los cuatro juntos y aunque tenían que incluir a los Leagan podían cuidar más a la pequeña Candy, ya que Eliza y Neal buscaban siempre un pretexto para pelear con ella y sabían que el tío Albert no les diría nada en absoluto, pensando que conviviendo con esos dos su hija sería más fuerte y aprendería a defenderse sola.

El tiempo pasó más rápido de lo que hubieran pensado y llegó el día que Anthony empezaría sus clases particulares y con ello dejaría un poco de lado a Candy ya que ella aún no tenía la edad para comenzar sus estudios tenía apenas 5 años y para una niña las clases eran completamente diferentes a la de los niños, siendo literatura, arte, música y quehaceres domésticos las asignaturas más importantes para ellas y para los niños aparte era filosofía y letras, matemáticas, educación sexual, entre otras menos la de quehaceres domésticos. Anthony estaba triste porque no conviviría tanto con Candy y era aburrido permanecer toda la mañana estudiando tantas cosas que a él le parecían aburridas.

-Mamá, ¿Es necesario que vaya a clase? – Preguntaba un poco fastidiado por no poder compartir tanto con Candy.

-Claro que es necesario amor, tienes que comenzar tus estudios, no es bueno que tanta inteligencia se quede en el olvido, además ¿No querías ser médico? –Preguntó para tratar de convencerlo ya que siempre decía que sería médico para ayudar a que ella estuviera mejor de salud.

-Si mamá, pero no me gusta dejar sola a Candy y menos con mis primos cerca. – Decía preocupado ya que sabía que los gemelos iban casi a diario y eran muy molestos con la pequeña rubia.

-No te preocupes por tu princesita, Candy estará bien cuidada por Dorothy y por mi Anthony.

-Pero mamá, tú te entretienes platicando con la tía Sara y a Dorothy la envían por cosas y se descuidan, sino fuera por mí esos dos la lastimarían, es muy pequeña mamá.

-Veo que siempre estás al pendiente de todo. –Le dijo con cierta risita que la hacía sentir orgullosa de su hijo por el caballerito que estaba formando. – No te preocupes esta vez voy a cuidarla yo, no te preocupes.

-¿Es una promesa mamá?

-Es una promesa, mi amor.

Anthony se fue a la biblioteca, donde serían impartidas las clases un poco más tranquilo pero siempre con el corazón un poco intranquilo. Las clases le parecieron demasiado largas y aburridas, eran interesantes pero su mente estaba en otro lado, era muy pequeño aún para entender la importancia de las matemáticas y del arte. Al término de las clases lo primero que hizo en vez de ir al comedor al ser la hora de la comida, se dirigió al salón del té donde sabía que siempre estaba su madre y la tía abuela y por consiguiente estaría Dorothy con su pequeña princesa.

-¡Mamá! – Entro el pequeño corriendo sin importar que su tía abuela le daría una advertencia por olvidar sus modales.

-¡Anthony!- Dicho y hecho, la amargada de la tía Elroy le dirigió una mirada y un grito de asombro al verlo entrar de esa manera - ¿Qué sucede? – Preguntó Rosemary sorprendida por verlo entrar tan apurado.

-Mamá ¿Dónde está Candy? – Preguntó sin inmutarse mucho por el reproche hecho por su tía abuela.

-Anthony debes de comportarte. – Le dijo solemnemente Elroy y con cierto reproche en su voz- Debes de entrar tranquilo Anthony, eres un Andrew nunca lo olvides.

-Lo siento Tía abuela, pero quiero saber dónde está mi princesa.

-Anthony, Candy está con Dorothy en el jardín ha estado muy inquieta, me imagino que es porque te extraña. – Dijo Rosemary amorosamente a su hijo.

Anthony salió más tranquilo del salón dirigiendo una reverencia a ambas damas y en cuanto salió del salón comenzó su carrera en dirección hacia el Jardín, sin escuchar que su madre y Elroy le avisaban que pronto comerían. Candy vio que Anthony bajaba las escaleras de la mansión y se dirigía corriendo hacia donde ella estaba.

-¡Anthony! – Gritó la pequeña feliz de ver a su adorado primo, emprendió la carrera emocionada con el latido desbocado de su corazón que comenzaba a acelerarse cada vez que lo veía aproximarse hacía ella, era un sentimiento natural que nacía en su corazón desde que tenía memoria y era algo que aunque ella sabía que era natural le emocionaba de sobre manera sentir su acelerado ritmo al ver a su primo consentido, le gustaba tener esas emociones que se concentraban en su estómago al desatarse una explosión de mariposas revoloteando en su interior.

-¡Candy! –Anthony se sentía igual, su corazón se aceleraba a un ritmo diferente al que naturalmente latía y no era por la carrera que llevaba a su encuentro, era un ritmo diferente sabia reconocer ese latido que solo se hacía presente al estar ella cerca de él, así como su estómago se hacía nudo al verla a su lado, y la corriente eléctrica que sentían en sus manos cada vez que se tocaban para entrelazarlas.

Ambos niños corrían uno al otro acercándose cada vez más encontrándose en un efusivo abrazo que hizo que casi perdieran el equilibrio, aferrándose Anthony al pequeño cuerpo de Candy para evitar que ella saliera lastimada.

-¡Te extrañé! – Dijo Anthony en cuanto pudo articular palabra.

-¿Dónde estabas Anthony? – Hablo la pequeña aún le costaba entender por qué tenían qué estar separados de ahora en adelante toda la mañana. Anthony la tomo de la manita con mucho cariño sintiendo nuevamente ambos esa corriente que los hacía aferrarse más al otro. La dirigió a una banca que estaba cerca de Dorothy quien los cuidaba a lo lejos viendo toda la tierna escena que se había desarrollado frente a sus ojos, para ella era obvio que esos dos niños sentían amor uno por el otro, un amor tierno e inocente que se había empezado a forjar desde hacía años. Anthony ayudó a Candy a sentarse en la banca y se colocó junto a ella, ambos con los pies aun colgando del piso.

-Ya no podré estar todo el día contigo, princesa. – Trataba de explicarle con palabras fáciles para que la pequeña entendiera más fácilmente su explicación.

-¿Por qué Anthony? – Pregunto triste Candy.

-Tengo que aprender cosas y vienen unos señores a enseñarme.

-¡Yo quiero aprender! – Dijo emocionada, aún no sabía que al estar aprendiendo no le gustaría del todo la escuela.

-También lo harás, solo que ahora eres muy pequeña.

-Yo quiero ir contigo Anthony. – Decía triste porque no quería separarse tanto tiempo de su primo.

-Yo también quisiera Candy, pero no se puede, tenemos que esperar a que yo termine y después podremos jugar ¿Te parece? – Candy asintió no muy convencida de ello, pero Anthony le había explicado que era necesario hacerlo y aunque no le gustaba la idea tenía que aceptarlo.

Anthony le dio un rápido beso en la mejilla para que se sintiera un poco más tranquila, sonrojándose ambos cual tomate ante tal acción ya lo habían hecho anteriormente y siempre tenían la misma reacción se sonrojaban y Candy cubría un poco su rostro con su mano, a Anthony le gustaba ver esa acción cada vez que lo hacía. El tiempo transcurría y el lazo entre ellos se hacía más fuerte y evidente ante los demás a sus casi nueve de Anthony y siete de Candy, el amor que se tenían comenzaba a tomar más forma.

Poco a poco se iban habituando a su nueva rutina de vida, donde de lunes a viernes toda la mañana cada uno empezaba con sus respectivas actividades y por la tarde podían jugar juntos, se divertían ambos rubios al jugar en el jardín, pero cuando llegaban sus primos Leagan la diversión se hacía tensa porque ambos tenían que cuidarse de ambos morenos, Eliza se la pasaba correteando a Anthony y Neal molestando a Candy, eso hacía enojar a Anthony que no quería ni tener cerca a Eliza y mucho menos que molestaran a Candy. Eliza se sentía muy molesta al ver que el guapo rubio no le hacía el menor caso, ella quería que su primo le hiciera el mismo caso que le hacía a esa pecosa.

Anthony escuchó llorar a Candy, en un momento que Eliza le tapo la visión entre él y Candy y Neal se había acercado a ella.

-¿Qué sucede princesa? – Preguntó preocupado – ¿Qué le hiciste Neal?

-¡Nada! ¡Mamita! – salió llorando despavorido antes de que su primo se encargara de ponerlo en su lugar, mientras Eliza corría detrás de él para poder poner en mal a Candy frente a los demás.

-¿Qué te hizo princesa? – Le dijo buscando su mirada verde que estaba acuosa por las lágrimas que comenzaban a salir de ellos, provocando en Anthony una sensación de tristeza.

-Neal me dijo pecosa. –Dijo entre sollozos abrazándose del cuerpo de su primo, mientras él la abrazaba.

-No te preocupes princesa, además tus pecas son hermosas.

-¿De verdad Anthony?

-Claro que sí, ya te lo he dicho muchas veces. No debes de hacer caso a los comentarios mal intencionados de Neal, él siempre quiere molestar.

-Está bien Anthony, no dejaré que me afecte de nuevo. – Le dijo dedicándole una tierna sonrisa que hizo que la respiración de Anthony se cortara por un momento perdiéndose en los ojos verdes de su hermosa prima, no tenía la menor duda de que era muy hermosa y de que verla sonreír era suficiente para que él fuera feliz.

-Prométeme que lo dejaras pasar la próxima vez. – Le dijo mientras con sus manos acariciaba sus pequeñas pecas que eran más visibles cuando estaba el sol en todo lo alto iluminando su rostro y reflejando más luz en sus verdes ojos, Candy se sintió igual de atraída a los ojos de su primo, ojos que adoraba por el intenso azul que tenían, era como ver al mismo cielo en su mirada y eso era algo que ella siempre admiraría en él, no solo su bondad.

Después de ese momento un llamado por parte de Dorothy los sacó de la burbuja que habían creado alrededor de ellos.

-Candy, Anthony, la tía abuela les ha llamado. ¿Qué sucedió?

-Neal estaba molestando a Candy de nuevo.

-Eso no fue lo que dijo a la tía Elroy. – Dijo Dorothy con fastidio al saber que ese niño malcriado de nuevo había hablado mal de la pequeña Candy para que se llevara otro castigo por parte de la abuela Elroy o por parte del padre de Candy quien acababa de llegar de otro de sus viajes. – Candy acaba de llegar tu padre también. – Le dijo en un tono serio porque sabía lo que significaba eso para la pequeña, quien simplemente asintió resignada a su destino.

-No te preocupes Candy, yo hablaré con la tía abuela y con mi tío Albert, esta vez no se saldrán con la suya. – Dijo Anthony decidido a defender a Candy a si fuera de su padre una vez más.

-Candy – Dijo Albert serio.

-Bienvenido papá. – Contestó Candy muy seria e inclinando su cabeza en señal de reverencia y respeto hacía el que la había engendrado.

-¿Quieres explicar porque Neal está llorando?

-¿Llorando? – Preguntó sorprendida ya que ella había sido la ofendida.

-Neal no tiene nada tío.

– Anthony, deja hablar a Candy por favor.

-No sé porque llora padre, yo no le hice nada, él me ofendió burlándose una vez más de mis pecas y cuando Anthony llegó a ver que me sucedía, salió corriendo hacia la mansión.

-Eso es verdad tío, Candy no le hizo nada. – Albert hizo el gesto de que Anthony guardara silencio, quien lo obedeció pero apretando sus puños por la impotencia de que no lo dejaban hablar.

-¡No es cierto! – Gritó Eliza de pronto para llamar la atención. – ¡Candy empujó a Neal por eso le dijo pecosa!

-¡Eso no es verdad Eliza! – Gritaron ambos rubios.

-¡Basta! – Dijo Elroy molesta con ambos niños porque aunque los quería Eliza y Neal eran hijos de su hijastra, y ella la quería como a una hija por consiguiente esos dos niños eran sus nietos al igual que los rubios. Anthony y Candy callaron sorprendidos del grito de la anciana.

-Tía abuela, es justo que los niños traten de defenderse. – Dijo Rosemary quien también empezaba a perder la paciencia porque no dejaban hablar a su hijo y a Candy.

-Candy, ve a tu cuarto. – Dijo Albert muy serio.

-Pero tío… -Dijo Anthony sorprendido y Albert lo tranquilizó con la mano.

-Si Papá. – Dijo Candy resignada, sabía que era inútil alegar con su padre ya que él nunca la escuchaba.

-Anthony. – Dijo Albert captando la atención del rubio quien miraba fijamente a Candy. – Acompáñala a su habitación. – Anthony asintió y tomando de la mano a Candy la llevó a su habitación seguidos muy de cerca por Dorothy.

-Estos niños deben de comportarse mejor. – Dijo una complacida Sara, al ver que sus pequeños demonios habían salido bien librados de su nueva fechoría, ella sabía que sus hijos eran muy insoportables, pero ella tenía un especial celo con la pequeña rubia y al escuchar a Rosemary decir que Candy sería perfecta para Anthony no le causaba mucha gracia, para ella Anthony era perfecto pero para Eliza. – Es bueno que eduques con mano firme a Candy Albert porque… - No la dejaron terminar cuando Albert habló.

-Sara te aconsejo que hagas lo mismo con tus hijos. – Dijo volteando a ver al par de pillos fijamente. – No es la primera vez que pasa algo así con Candy, ella es una Andrew te guste o no, es mi hija y ten por seguro que ella está por encima de tus hijos, así que te aconsejo que si quieres seguir siendo bien recibida en esta casa, enseñes a tus hijos a respetar a la mía o me conocerás realmente "prima". – Dijo retirándose tranquilamente, mientras una Rosemary sonreía complacida de la reacción de Albert, una Sara indignada pero no atreviéndose a decir nada a favor de sus hijos ante el gran William Albert y una atónita Elroy quien estaba apenada por la forma que Albert contestó a Sara, aunque sabía que tenía razón, porque para que negarlo los gemelos eran unos malcriados y sería una ciega si no viera eso.

-Bueno, las dejo. – Dijo Rosemary para alcanzar a su hijo y su sobrina lo antes posibles y avisarles que no estaban en problemas como ellos creían.

-¿Escuchó lo que me dijo William tía abuela? ¿Cómo es posible que me hable así? ¡Mis hijos no tienen por qué ser tratados así! ¡Y mucho menos yo! – Decía Sara indignada alzando la voz sin importarle que la escucharan.

-Sara, tienes que reconocer que Eliza y Neal siempre hacen alguna travesura, sé que son niños y que pronto dejaran de hacerlo pero mientras esté William que se comporten, sobre todo con lo que se refiere a Candy, ella es su hija.

-Una hija que él no quiere.

-Te acabas de dar cuenta que no es así. – Dijo Elroy quien observaba como Sara tenía su mirada llena de furia en contra de la pequeña Candy.

Continuará...

Hasta aquí otro capítulo y con ello el inicio de una sola actualización, como ya se dieron cuenta ya se finalicé la otra historia, y la próxima aún esta en edición, esta es en la que me voy a concentrar para poder terminarla y no dejarla inconclusa, espero la sigan muy de cerca. Me han hecho comentarios por el comportamiento de Albert, pero así hice la historia y así la pensé desde un principio, si cambio algo lo más probable es que me tarde más, tendría que leer todos los capítulos de nuevo y volver a reescribirlos y no me gustaría la verdad, o sería en definitiva borrarla. Agradezco de antemano los comentarios y las sugerencias que recibo, pero espero me comprendan lo difícil que sería volver a reescribirla, sobre todo para mí que tengo el tiempo muy limitado y enlazar una cosa con otra que no había pensado igual sería desastroso. De igual forma agradezco todos los comentarios, sea de quien sea, y vengan de donde vengan, así sea una sola persona la que escribiera todos los comentarios quiero decirles que me gusta mucho leerlos, me levantan mucho el ánimo y me animan a seguir publicando mis locuras. Ojalá leyeran sin sentirse ofendidas por lo que escribo y que lo hagan recordando que es un Anthonyfic. Les mando un fuerte abrazo a cada una de ustedes, a todas las vistas que ya esta cerca de las 650, 3 seguidores y más de 60 visitantes...

Un fuerte abrazo

Saludos!