Buenos días señoras, señoritas bienvenidas a otro capítulo mas de Lazos de Amor, espero que estén al pendiente de la historia. Muchas gracias por los comentarios y PM que recibo, gracias por el número de visitas y sobre todo de vistas, se los agradezco en el alma.

Los personajes de Candy Candy, no me pertenecen, solo los utilicé como inspiración para hacer una historia creo yo diferente a las demás, lo hago solo por diversión y sin fines de lucro, no es apto para menores de edad, así que están nuevamente advertidas. Es un Anthonyfic, y los demás personajes solo son un medio para lograr este resultado, sin más les dejo un abrazo y espero disfruten la lectura. Adelante.

CAPITULO V

LOS CUATRO MOSQUETEROS

Después del altercado con los Leagan Rosemary llegó a la habitación de Candy, tocando delicadamente la puerta al no escuchar ruido alguno. La puerta se abrió lentamente y Dorothy le permitió la entrada haciéndole una seña de silencio con los dedos. Rosemary se encontró con la tierna imagen de dos pequeños niños que se abrazaban uno al otro consolándose mutuamente, el rubio queriendo proteger a la pequeña y ella dejándose consolar abrazando a su primo a la cintura.

-Me gusta verlos así. – Dijo Rosemary en un volumen que apenas escuchó Dorothy, quien asintió en silencio, no podía estar más de acuerdo con ella, esos dos eran el uno para el otro.

-Tiene razón Rosemary. –Dijo Dorothy como siempre con solemnidad.

-¿Nunca me hablarás de tú verdad?

-Lo siento, no puedo hacerlo. – Dijo Cohibida.

-No entiendo porque, somos amigas desde hace mucho tiempo, además quien sabe, tal vez seas pronto de la familia. – Dijo guiñándole un ojo mientras que Dorothy se sorprendió por lo dicho conteniendo el aliento con sorpresa, queriendo contestar algo pero no le salieron las palabras y solo veía a Rosemary compartiéndole una sonrisa cómplice y dirigiéndose a los niños cambió de tema.

-Anthony, Candy.

-Mamá.

-Tía Rosemary. – Dijeron al mismo tiempo los niños abrazándose a ella amorosamente.

-No llores Candy, todo salió bien, Albert puso en su lugar a los Leagan, espero que ahora si se comporten o por lo menos tarden una buena temporada antes de venir de nuevo a molestar. – Les dijo a ambos niños guiñándoles un ojo para que estuvieran más tranquilos.

-¿De verdad?- Preguntó una Candy muy sorprendida, volteando a verlos a ambos asintiendo en silencio.

-¡Gracias mamá!- Dijo Anthony emocionado porque siempre estaba seguro que podía contar con su madre.

-No fui yo Anthony, fue tu tío el que habló con Sara y la puso en su lugar, recordándole que Candy era su hija y que no permitiría más ofensas como esa.

-¿!Mi padre!? –Dijo Candy sorprendida.

-Así es Candy, Albert te quiere pequeña, eso nunca lo dudes.

-Lo ves Candy, todo salió bien. – Dijo Anthony abrazándola nuevamente, él siempre la abrazaba buscaba el mejor momento para hacerlo era algo que le gustaba hacer, sentir el calor del delicado cuerpo de Candy junto al suyo.

-Bueno, ahora quiero decirles a ustedes dos, que pronto vendrán otras dos personas a vivir a esta casa.

-¿Dos personas? ¿Quién mamá? – Preguntó Anthony curioso mientras Candy hacía el mismo gesto de curiosidad esperando la respuesta de su tía.

-¿No lo adivinan?

-Mientras no sean los Leagan. – Dijo Candy con una cara de asco que hizo que tanto madre como hijo comenzaran a reír por las ocurrencias de la rubia.

-No te preocupes Candy, ¿Se dan? – Preguntó alegremente de nuevo.

-¡Stear y Archie! – Gritó Candy emocionada, mientras Rosemary asentía y Candy daba saltos de alegría tomando de las manos a Anthony feliz dando vueltas junto a él alrededor de la alcoba.

-¿De verdad mamá? – Decía Anthony emocionado también, él quería mucho a sus primos y le alegraba que vivieran junto con ellos.

-De verdad Anthony, la próxima semana llegaran para quedarse a vivir aquí con ustedes y continuaran las clases junto contigo amor.

-¡Qué bien! – Dijo Anthony emocionado eso significaba que ya no tendría que tomar las tediosas clases solo. Pero Candy hizo un mohín desanimada. - ¿Qué sucede princesa?

-Nada Anthony, solo que yo me pasaré toda la mañana sola mientras tu estas estudiando con nuestros primos.

-No te preocupes Candy, también empezarás con tus clases de música, la tía abuela sugirió que estudiaras con Eliza.

-¡NO! – Gritaron Candy y Anthony ante la posibilidad de tener a Eliza cerca de Candy y a Neal con los muchachos.

-No se preocupen, Eliza misma se ocupó de ponerse en contra de la sugerencia de la tía Elroy.

-Qué bueno. – Dijo Candy quien soltó una alegre risa que contagió a todos los presentes.

La semana pasó muy rápido y por fin llegaron los Cornwell y para darles la bienvenida la tía abuela aprovecho para organizar una fiesta, hace mucho que no daba una fiesta en la mansión y le emocionaba de sobremanera tener una.

Todos estaban muy emocionados por la fiesta que se llevaría a cabo en honor a los chicos Cornwell, pero también otra era la intención de la vieja Elroy quien a pesar de la edad de los niños tenía en mente ir viendo a las hijas de las mejores familias de Chicago.

Candy estaba inquieta por la fiesta, no le gustaba mucho estar de gala porque no podía jugar mucho y a ella le gustaba correr, saltar y deslizarse por las escaleras cuando la tía abuela no la veía, porque todos los demás sabían que ese era uno de los mayores placeres de la pequeña, en cambio estar vestida como muñeca le impedía hacer todo ese tipo de maniobras. Dorothy terminaba de vestirla con un vestido largo, unos zapatos con un pequeño tacón y le adornó el cabello con lazos de seda que le formaban unos moños en cada una de sus coletas.

El baile comenzó y tanto los Cornwell como Anthony iban a la habitación de la pequeña rubia para escoltarla al bajar, los tres iban vestidos muy elegantes de etiqueta iguales entre sí, al ver a Candy los tres quedaron asombrados por la belleza natural de la pequeña, pero ninguno había quedado sin palabras como Anthony.

-¡Qué bonita! – Dijo Stear siendo el primero en hablar.

-¡Qué bonita Candy!- Dijo Archie siguiendo lo que decía su hermano. -¿Verdad Anthony? –Preguntaba al rubio quien seguía admirando a la pequeña. El corazón de Anthony se aceleraba al momento de ver a Candy y la respiración se le entrecortaba impidiéndole articular una palabra.

-¿Qué sucede Anthony? –Preguntó Candy dudosa de su apariencia al ver que su primo favorito no decía nada al respecto, bajando tímidamente el rostro en señal de decepción porque él no le decía nada, no tomando mucho en consideración lo que habían dicho los Cornwell.

-Anthony, ¿Sucede algo? – Preguntó Dorothy al verlo igual de serio, pero con un gran brillo en sus ojos y aún con la boca abierta, sabiendo de antemano la pelirroja que no era de decepción su reacción sino todo lo contrario.

-¡Estas hermosa princesa! – Pudo decir por fin al ver el rostro triste de Candy, reprochándose el haberla hecho sentir mal. –Eres la niña más bonita que he visto. –Volvió a decirle mientras sus primos se asombraban de las palabras del pequeño rubio.

-¡Gracias chicos! – Contestó por fin Candy a los tres, pero dirigiendo solo su mirada a Anthony quien la miraba con complicidad perdiéndose de lleno en sus verdes ojos, ese color que lo tenía hipnotizado sin saber bien porque.

Bajaron los tres junto a Candy, Rosemary venía bajando con Albert y una tímida Dorothy que no quería integrarse a la fiesta, pero que había cedido por la insistencia de Rosemary. La tía abuela ya se encontraba abajo recibiendo a la crema y nata de Chicago, compartiendo con los Britter, los Stevens, los O'Brian y por supuesto los Leagan, que aunque habían sido reprendidos por Albert, no podían dejar pasar la oportunidad de rozarse con la alta alcurnia. Sara pensaba que ahí encontraría a un prospecto para su terrible hijo, ya que ella estaba convencida de que Anthony sería ideal para Eliza, la estaba preparando para ello y Rosemary tendría que darse cuenta de ello.

El baile daba inicio, mientras los más pequeños estaban aburridos de ver como los adultos bailaban entre sí, no le encontraban ningún chiste al baile, ellos lo que querían era estar corriendo y brincando entre las mesas y escondiéndose bajo los vestidos de las damas. Candy y Anthony se la pasaron agarrados de la mano toda la noche, mientras que Eliza los veía molesta porque a ella no la tomaban en cuenta para nada.

-Anthony. –Decía una Eliza con cara de pocos amigos. –Vamos a bailar. –Decía no preguntando, sino dando órdenes, ya que era la única que por instrucciones de su madre decía "disfrutar" del baile y actuaba como toda una señorita mayor de lo que era.

-¿Bailar? –Decía Anthony perplejo – No gracias, yo prefiero quedarme con Candy y mis primos platicando. -¿Cómo se le ocurría a Eliza invitarlo a bailar? Eso era para los adultos y ellos solo eran unos niños, además si él se animara a bailar siquiera lo haría solo con Candy y con nadie más. En el fondo Anthony si quería bailar, pero sabía que Candy aún era pequeña para eso y prefería pasar el tiempo con ella acompañándola en vez de estar perdiendo el tiempo con Eliza.

La tía abuela observaba a las niñas de la edad de Candy y obviamente a Eliza que era un año mayor que ella, pero Sara la tenía bien instruida para que disfrutara ese tipo de eventos, definitivamente podría considerarla para Stear, quien era el mayor de los Cornwell, aunque también había otras pequeñas que se verían adorables junto a él. Bien decían que las niñas maduraban más que los hombres, mientras sus sobrinos estaban encantados comiendo postres las niñas los veían buscando una sonrisa por parte de ellos, pero a ellos les pasaban sin pena ni gloria las niñas, solo Anthony era el único que se desvivía por Candy, pero él siempre había sido así con ella, así que eso no era nada de extraño. Elroy los veía como una posible pareja a futuro, pero si no se daban las cosas también tenía que considerar a alguien más, le gustara o no a Rosemary al fin de cuentas ella era la matriarca de la familia y tenía que hacerse cargo de ello.

El baile terminó siendo un éxito según la tía abuela, ya que había podido ver el terreno en el cual estaban parados sus sobrinos, y como había visto ninguno de los tres había pasado desapercibido para los padres de las pequeñas, todas las niñas de entre siete y nueve años habían visto con buenos ojos a sus sobrinos, no cabía duda que Candy necesitaba urgentemente comenzar sus clases, ella no era tan desenvuelta como las hijas de los demás, era aún muy inquieta y traviesa y eso tenía que remediarse.

El lunes muy temprano Elroy se dirigió a Dorothy para decirle que Candy comenzaría sus clases de música para que fuera educando su oído y gusto por la música. Dorothy consideraba que era muy pronto por la edad de la pequeña, pero ella sabía bien que era la tradición de la gente de abolengo, ella misma había pasado por todo ese ritual de enseñanzas incluso aún más pequeña, de las cuales si bien había aprendido para ella eran innecesarias, al haber conocido otro estilo de vida más sencillo y relajado, pero ella solo era la nana Candy y no podía opinar al respecto.

Anthony y los Cornwell también comenzaban juntos las clases y entre risas y travesuras entre ellos eran reprendidos por los maestros quienes tenían que ir a quejarse con la tía abuela para que les llamara la atención y así poder continuar con los estudios.

Candy en cambio se aburría sobremanera de escuchar a la solterona que le impartía las clases de música y la historia del arte, cabeceaba de vez en cuando intentando no cerrar los ojos sino quería llevarse una reprimenda por la maestra, ella no iba a avisarle a la tía abuela, simplemente agitaba su varita en cualquier lugar que hiciera ruido para espabilarle el sueño a la pequeña.

Para los niños Andrew el ser libres era lo mejor que podía pasarles, así que todas las tardes después de estudiar, comer y hacer sus tareas salían despavoridos emprendiendo camino entre los árboles en busca de una nueva aventura que los llevara a conocer más de la vida. Les gustaba irse cerca del lago para arrojar piedras y escalar árboles, todo en compañía de la fiel Dorothy que al ir Candy con ellos los seguía muy de cerca para que no se perdieran en los inmensos bosques propiedad de los Andrew.

Candy con ayuda de sus primos comenzó a trepar árboles y pronto los superó a los tres, Anthony siempre la seguía de cerca para estar al pendiente de ella. Con el paso de los años seguían haciendo las mismas travesuras pero cuando Candy cumplió los 10 años de edad ya eran capaces de escaparse de la vigilancia de Dorothy e ir a dar al lago en donde ahora se metían a nadar para pasar las tardes relajados. Cuando hacía frío buscaban el lugar donde había más nieve y armaban una pelea campal entre los cuatro, armando equipos de dos y Anthony siempre era elegido por la dulce Candy, la cual siempre se decidía a elegirlo por el extraño sentimiento que notaba que se iba alojando más fuerte en su corazón, ella siempre había sentido un latir diferente en su corazón al verlo y no se comparaba con el latir que experimentaba diario, sobre todo cuando se acercaba a ella, cuando le tomaba la mano o cuando le rozaba su mejilla para besarla o simplemente cuando la abrazaba para consolarla del nuevo regaño por parte de su padre o por la nueva ofensa que le hacían los Leagan. Archie siempre veía que esos dos no dejaban que hicieran equipo con nadie más siendo el primero en quejarse por su acción.

-¡Candy! Siempre haces equipo con Anthony, ¿Por qué no quieres hacer equipo conmigo? – Decía molesto, no entendía porque pero le molestaba que Anthony siempre fuera el elegido y no él.

-No te enojes Archie, la próxima vez haré equipo contigo y después con Stear. –Contestaba siempre alegre y segura, pero cuando llegaba la próxima vez era lo mismo, de una u otra forma Anthony terminaba siendo el elegido por la rubia.

-Vamos Archie, no te molestes, sabes bien lo que Anthony siente por Candy, y Candy por él siempre lo hemos sabido. -Decía Stear que a sus ojos era muy obvio el comportamiento de ambos.

-De él si estamos seguros, pero no de ella. – Decía Archie molesto, a él le gustaba Candy, tenía que admitirlo y sabía que a Stear también. - ¿Es que a ti no te molesta Stear?

-Tengo que reconocer que si hermano, pero Anthony es nuestro primo y no debemos pelear por ello, además Candy es la que decidirá en un momento dado, si es Anthony, alguno de nosotros u otro que aún no conocemos. – Archie seguía celoso y le dolía pensar que Candy podría fijarse en alguien más, pero definitivamente prefería que fuera Anthony en vez de algún extraño.

Anthony desde hacía mucho tiempo había reconocido cual era el sentimiento hacia Candy, sabía desde muy pequeño que su corazón se aceleraba con solo verla, con escucharla hablar, al escuchar su melodiosa risa y se acongojaba al verla llorar o simplemente al estar triste, esforzándose siempre por arrancarle una sonrisa de alegría a su rostro.

En las clases que tenía había una en particular que le llamaba la atención y era la clase de botánica, sabía que tanto a su mamá como a Candy le fascinaban las rosas y él quería hacer algo especial para ella. Todas las tardes después de cenar y al haberse despedido de la pecosa a quien acompañaba siempre hasta la puerta de su cuarto se sumergía en los libros para buscar la manera de crear una nueva estirpe de rosas, él quería hacer algo especial por Candy, sabía que la amaba y sabía perfectamente que nadie ocuparía ese lugar en su corazón. Todas las noches se desvelaba buscando la manera de recrear lo que sería para él su mayor muestra de amor hacia como el la llamaba "su princesa".

Anthony pidió a Albert mandara a hacer un pequeño invernadero donde hacía sus pruebas, no dejaba entrar a nadie, y para que Candy no sintiera curiosidad lo hacía cuando ella estaba durmiendo, así no le prohibía la entrada y no se descubría en su sorpresa. Mientras Anthony trabajaba en su invernadero, Stear trabajaba en el pequeño taller para hacer algo especial para Candy, él quería impresionarla con algún invento, algo que él creara especialmente para ella pensaba que así les ganaría a su hermano y a su primo. Archie por el contrario se esmeraba en conocer todo lo referente a la moda para así saber cuándo regalarle el atuendo perfecto a Candy, al ser una chica ella le agradecería y así la conquistaría por fin. Los tres Andrew estaban perdidos por Candy, pero Anthony era él que tenía los sentimientos más arraigados y con más tiempo, era imposible de creer pero él la había amado desde el primer momento que la vio llegar a la mansión en brazos de Dorothy.

Candy crecía poco a poco y sus formas de mujer comenzaban a reflejarse en su cuerpo, si bien no estaba tan desarrollada como Eliza, quien tenía unas caderas amplias y un busto prominente más que cualquier chica de su edad, comenzaba a aumentar de talla en el busto siendo apenas perceptibles para ella quien siendo una mujercita deseaba terminar de crecer lo más rápido para así poder conquistar al rubio que le robaba el sueño desde que era una simple niña, desde que tenía uso de razón ella sabía que quería más a Anthony que a cualquier muchacho y deseaba que él la viera más allá de ser una simple prima, ella deseaba que la viera como una mujercita y anhelaba que no se fijara en Eliza, quien traía a más de uno de cabeza en especial a ese chico Thomas Stevens quien siempre que se reunían la molestaba y le insistía de que fuesen novios. Eliza solo se reía de él pero aprovechaba para coquetearle cuando creía que nadie estaba observándola, pero todos sabían bien que entre ellos había más que una simple amistad, ese juego de estira y afloja que Eliza había desarrollado con Tom no era invisible para los demás incluso Neal sabía de las intenciones de Eliza para con Tom, pero al ser su hermano servía como tapadera de ella y no la acusaba con su madre.

Eliza al tener más experiencia en los hombres como ella decía, se sentía en ventaja para conquistar al joven Brower del cual siempre le había dicho su madre que él sería el esposo perfecto para ella, coqueteándole de una manera tan descarada que Candy se sentía cohibida cuando ella lo hacía, ella no sabía que Anthony en vez de sentirse atraído se sentía incómodo por la forma en la que se acercaba a él, teniendo que buscar miles de pretextos para alejarse lo más posible de ella. Candy sabía que Anthony prefería estar siempre a su lado, antes que estar con Eliza, pero temía que con el tiempo él notara que Eliza había cambiado mucho antes que ella y que se había convertido en una hermosa joven digna de tener a cualquier hombre a sus pies.

Candy no sabía que el corazón de Anthony solo latía por ella, él creía que era muy obvio en cuanto a sus sentimientos se refería, ya que buscaba el menor pretexto para estar con ella, para rozar sus manos, para rozar sus labios al dirigirse a su mejilla al darle el beso de buenas noches, más de una vez le había dado el beso en la comisura de sus labios sintiéndose sumamente nervioso al estar tan cerca de catar su dulce sabor, cuando se perdían en su mirada verde-azul y se pasaba el tiempo sin sentirlo, amaba a esa chiquilla y era algo que nunca podría cambiar en su corazón aunque así lo quisiera.

Anthony era hombre y había notado que las formas de Eliza habían cambiado drásticamente y que se había convertido en una hermosa joven, lo notaba en su forma de vestir y en la manera que intentaba provocarlo, teniendo que aumentar las maneras de alejarla de su lado y más cuando se dio cuenta que su amigo Tom estaba perdido por ella, no solo era un juego de molestarla era que él estaba verdaderamente enamorado de ella, cosa que todos sabían incluso la misma Eliza y ella se aprovechaba y se burlaba del moreno, provocándolo de sobremanera sin importarle que por la edad las hormonas del muchacho comenzaban a despertar. Anthony prefería el cuerpo esbelto y delicado de Candy, sus escasas formas a sus casi 12 años eran perfectas para él, era delgado, frágil, delicado, era fresca y divertida, era alegre, tierna y buena, sobre todo era una niña de excelente corazón sacrificándose siempre por que los demás estuvieran bien antes que ella misma. Definitivamente la amaba y pronto se lo diría, sentía mucho que sus primos la amaran igual, pero él tenía que cerciorarse de los sentimientos de Candy y si no eran los que él deseaba y sentía se apartaría de ella aún le costara perderla para siempre.

Pronto llegaría el cumpleaños de Candy y los tres Andrew se preparaban para hacerle un regalo, la tía abuela como siempre preparaba una enorme fiesta para la hija del patriarca, y tanto Dorothy como Rosemary ayudaban con los preparativos para dicho evento.

-Dorothy, ¿Qué te sucede? Te noto distraída. – Preguntaba Rosemary mientras la tía abuela estaba en el despacho afinando detalles con los empleados.

-No es nada Sra. Rosemary.

-Ya te he dicho que me hables de tú, somos amigas, además ya tienes muchos años viviendo junto a mí y tal vez pronto Albert se dé cuenta de sus sentimientos.

-¿Qué dice señora? – Preguntó Dorothy sorprendida.

-Vamos Dorothy, me he dado cuenta de que tú y Albert están enamorados y sabes que me alegra mucho, mi hermano sufrió mucho con la muerte de Candice y desde entonces ha pasado muy malas rachas tanto en lo personal como en lo económico. – Dorothy bajaba la vista avergonzada, no quería que se dieran cuenta que ella mantenía una relación prohibida con el patriarca, una que habían iniciado hacía mucho años, pero que Dorothy sabía perfectamente que por parte del patriarca era solo algo físico, algo sexual, que la usaba solo para satisfacer las necesidades que como todo hombre debía tener, en cambio ella se había entregado a él en cuerpo y alma desde que Candy era aún muy pequeña. – No te apenes Dorothy, sé que Albert te ama, lo conozco y sé que sus sentimientos por ti no son los de una simple empleada, si quieres puedo hablar con él.

-¡No! – Gritó Dorothy asustada por la sugerencia de Rosemary ella no quería que nadie se diera cuenta de la relación sería una vergüenza para los Andrew y para ella misma, haber caído en la cama de su patrón no era propio de una dama. – Rosemary no sabes lo que dices, solo son imaginaciones tuyas. – La tuteó sin darse cuenta tratando de convencerla que estaba en un error.

-No lo creo Dorothy, pero por lo menos me da gusto saber que ya me hablas de tú. – Le dijo sonriente, sonrisa que Dorothy correspondió. Dorothy se levantó de su asiento pretextando ir a buscar a Candy ya que tenía rato que había salido con sus primos al lago, pero en eso todo comenzó a darle vueltas y se volvió a sentar mareada y con ganas de devolver el estómago. – Dorothy ¿Estás bien? – Preguntó Rosemary asustada, más porque Dorothy era una chica muy sana.

-Sí, no te preocupes un simple mareo, pero ya me siento bien. – Dijo con una pálida sonrisa.

-¿Segura? Lo mejor sería que llamemos a un médico.

-¡NO! – Dijo casi en un grito, asustada de que confirmaran sus sospechas.

Dorothy tenía días que sentía náuseas matutinas y si bien hacía muchos años no había tenido esos malestares comprendía muy bien que eran causa de un posible embarazo, el apetito se le había ido, los mareos eran constantes y el cansancio era constante, por eso no había puesto mucha objeción cuando los niños se retiraban solos al lago a divertirse, además que eran unos muchachos sanos y sabían cuidarse y cuidar de Candy ella no se sentía en condiciones de estar persiguiéndoles toda la tarde, ellos tenían mucha energía y ella deseaba que sus sospechas fueran ciertas, anhelaba volver a sentir vida dentro de ella y cargar en sus brazos a otro bebé producto de su amor.

A pesar de tener esos sentimientos se reprochaba a si misma el haber permitido que pasara, no era la mejor situación el tener un bebé fuera del matrimonio, su relación con su padre no había cambiado mucho y si bien él estaba de acuerdo en que trabajara con los Andrew no le perdonaría un error como esos nuevamente. Ella amaba a William Andrew eso lo sabía, pero también sabía que ella era un desfogue para el rubio, aunque le doliera el alma tendría que renunciar a su puesto y a Candy para volver a casa de su padre y pedirle perdón, o tendría que volver a refugiarse en el orfanato de Ponny nuevamente, eran dudas y más dudas lo que la asaltaban día a día recordándole siempre que el señor Andrew no reconocería jamás a su hijo, ella sabía que había amado con locura a la señora Candice y no trataba muy bien a la hija de ambos así que ¿Qué le esperaba a su pequeño hijo?, el cual sería un bastardo fuera del matrimonio. Tendría que renunciar e irse muy lejos de ahí con su pequeño pecado.

Continuará...

Bueno señoras, aquí les dejo otro capítulo más, vamos avanzando en la historia y estos niños ya están mucho más cerca uno del otro, tanto que ya han descifrado sus sentimientos, tanto Candy por Anthony, como los Cornwell por Candy, Anthony hace mucho que los descubrió así que vamos a ver como sigue evolucionando todo.

Espero que les haya gustado y si no que por lo menos lo hayan disfrutado al leerlo, les mando un fuerte saludo a cada una de ustedes.

Saludos!