Hola de nuevo aquí aplicándome para que llegue pronto el reencuentro y hasta yo me emociono porque ya lo escribí jajajaja pero este todavía no es. No me odien! véanlo como una distracción para la cuarentena jejejeje
Los personajes de Candy no me pertenecen solo están desempeñando un papel en mi historia en la cual los rubios más queridos para mí son los protagonistas de ella y serán muy felices, lo hago sin fines de lucro solo para entretenerme y entretener al que guste leer. Es un fic no apto para menores así que les recomiendo discreción. ¡COMENZAMOS!
LAZOS DE AMOR
CAPITULO XX
CAMINOS CRUZADOS
Candy estaba muy inquieta porque ya no había tenido noticias de Dorothy ni de Alejandro, su padre se había ido de nuevo de viaje y esta vez no le había dicho cuando volvería, dos días después Terry también había abandonado la mansión y el Duque iba y venía a su antojo. Se encontraba de nuevo sola, en el parque no había seña de ninguno de los Simmons, la carta que había escrito días atrás se encontraba en su bolsillo esperando la oportunidad para dársela a Dorothy y la enviara.
Gracias a la intervención de Terry ya no estaba tan vigilada como antes y la desesperación que sentía la hacía pensar en fugarse de ese lugar, pero ¿A dónde iría? No sabía dónde vivía exactamente Dorothy, podría preguntar por la mansión Simmons, pero ¿Cómo se escaparía de su guardaespaldas? Tenía que estar segura que nadie más estaba ahí en la mansión, el Duque nunca avisaba cuando se iba y mucho menos cuando regresaba. El tiempo apremiaba y los días pasaban. Dorothy seguía sin aparecer.
-¿Dorothy, dónde estás? ¿Habrá huido pensando que la delataría con mi padre? No, Dorothy confía en mí, además dijo que volvería. – A pesar de que confiaba ciegamente en Dorothy la desesperación de no poder enviar la carta a Anthony para que fuera a rescatarla de ese lugar la hacía desesperarse.
Tomó la decisión, buscaría a Dorothy y le pediría que la ayudara a volver a Lakewood y así preguntarle a sus primos en dónde estaba su príncipe, se levantó con una sonrisa decidida a hacerlo, no había tiempo que perder, sino volvería el Duque, su padre y tal vez también Terry, y aunque él pensaba también como ella en que no quería casarse no quería que hubiese cambiado de opinión, después de todo había tratado de besarla a la fuerza. Tomó todo el dinero que tenía en su habitación y en una pequeña maleta blanca con bordes rojos puso lo necesario para poder viajar.
Ana había sido la única que se enteraba de lo que haría y ella misma le ayudó a esconder la maleta entre los arbustos, sabía que a ella nadie la seguiría, ni siquiera el joven guardaespaldas que estaba ilusionado con ella. La joven sabía que ellos serían despedidos al momento de enterarse de la fuga de la joven, sin embargo ella sentía una profunda pena por Candy y más que la había llegado a estimar en todos esos meses que llevaba ahí encerrada y más al ver que a pesar de que el joven con el que estaba prometida era muy guapo ella no sentía nada hacia él, incluso cuando ella fue testigo de tratar de forzarla a besarla tuvo que intervenir para que no lo lograra, algunas veces se portaba como un caballero pero otras como esa vez se había portado como un patán, lo bueno que al día siguiente de aquello había partido de la mansión.
-Ana, no quisiera que tuvieras un problema por mi culpa. – Le decía afligida a la única persona que había tenido un poco de consideración con ella.
-No se preocupe señorita Candy, yo volveré con mi familia, hace tiempo que quiero hacerlo, pero la verdad me detuve cuando usted llego.
-¿Y qué harás con…?
-¿El guardaespaldas? Si me quiere se irá conmigo. – Dijo cerrándole un ojo divertida a Candy para que se relajara. – Señorita, si no encuentra la casa de su madre del otro lado del parque hay diligencias que la llevarán a la estación de trenes, los señores son muy discretos y respetuosos. – Le dijo dándole una posible solución. Candy asintió y se dirigió al jardín.
Anna distrajo a su guardaespaldas y salió por el hueco que utilizaba Alejandro para colarse a la mansión, era muy estrecho pero gracias a la delgada figura de Candy pudo salir sin mayor problema. Se acomodó su ropa y sacó la maleta con más problema que como ella había salido, cuando por fin pudo liberarla se dirigió al lado contrario de la mansión, buscando la manera de pasar desapercibida, lo bueno de esos lugares que nadie sabía que ella había sido una prisionera de los Grandchester.
Se detuvo unas casas más adelante en donde pudo ver a una muchacha regar el jardín, era la primera persona que veía.
-Disculpe señorita. – Preguntó tímidamente, la joven que era una de servicio se acerca con respeto a la joven dama que le hablaba.
-Usted dirá que se le ofrece señorita. – Dijo inclinándose en señal de respeto a la joven dama que se había dirigido a ella.
-¿Sabe usted dónde es la residencia de los Simmons? – La muchacha lo negó y Candy agradeció su amabilidad y siguió su recorrido. No había tenido mucha suerte en localizar a Dorothy y los minutos pasaban, pronto se darían cuenta de su huida y tenía que actuar rápido, se decidió a rodear la calle para llegar al otro lado del parque sin que fuera notada por nadie de la mansión Grandchester, llegó a las diligencias y se subió a una inmediatamente, el viejo cochero se sorprendió por lo intrépido de la muchacha ya que ni siquiera le dijo a donde se dirigía.
-Disculpe señor ¿Me puede llevar a la estación de trenes?
-Claro que sí señorita. – Le respondió amablemente y con respeto y más por las ropas tan finas que esta portaba. El caballero la dejó después de haber mantenido una breve charla con ella ya que la veía muy nerviosa y ansiosa, la dejó en la estación del tren y Candy pagó su servicio. – Que tenga un excelente viaje señorita. – Candy agradeció con una sonrisa.
Para buena suerte de Candy el tren que viajaba a Chicago estaba a punto de salir, pero el dinero que había llevado era casi justo el que tenía para el pasaje y lo poco que le quedaba le alcanzaría para un almuerzo, parecía mentira que con el dinero que tenía su padre nunca le diera dinero para gastar para ella misma. Respiró más tranquila cuando estuvo en el tren ya que antes de subirse a la diligencia había visto que se comenzaban a movilizar la seguridad de los Grandchester. ¿La ventaja? Que nadie estaba para darles órdenes de donde más buscarla.
Anthony llegó a su casa emocionado por haber encontrado a George y por poder por fin haber retirado el dinero que tenía a su nombre, al ser menor de edad, solo George podía ayudarlo a sacar ese dinero ya que él había sido el encargado de abrir esa cuenta y con gusto le ayudó a retirarlo, con eso él podía ir junto con sus primos y su madre a buscar a su amada.
En la entrada de su mansión estaba un coche muy elegante cargado de varios baúles, el cochero lo saludó muy respetuosamente haciendo una reverencia. Anthony correspondió al saludo amablemente.
-Joven Brower. – Le dijo como si lo conociera, Anthony solo sonrió y entro a la mansión extrañado por la visita que habían recibido.
Un hombre alto delgado, con el pelo cano y un traje hecho a la medida estaba de espaldas como esperando a alguien. Admiraba todo el salón detenidamente sumido en sus recuerdos.
-Buenas tardes. – Saludó amable al extraño hombre que admiraba su casa. El señor se volteó sorprendido por el saludo, ya que no esperaba a un hombre sino a una mujer que lo recibiera. En pocas palabras esperaba a Rosemary. Anthony lo observó curioso, era una imagen que le resultaba familiar, era un hombre muy alto a pesar de su edad, su cabello antes castaño claro ahora era cano, su porte era distinguido y elegante, el traje era hecho a la medida y su figura era atlética a pesar de las arrugas que se formaban en su rostro. Sus ojos azules resaltaban en su blanca piel, la nariz respingada y sus gruesos labios le recordaban a alguien. Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas ante el asombro de Anthony.
-¿Anthony? – Le digo emocionado.
-¿Abuelo? – Preguntó Anthony al reconocer de pronto a esa figura que tenía grabada por las fotos que le había mostrado alguna vez su madre, pero no había duda ese señor elegante que se mostraba ante él definitivamente era su abuelo, el señor Henry Brower.
El señor Brower se acercó muy conmovido hacia su nieto abrazándolo con fuerza, buscando en su único nieto el abrazo deseado de su hijo desaparecido hacia tanto tiempo.
-¡Eres todo un hombre! – Le decía con amor. - ¡Tu padre y tu abuela estarían muy orgullosos de ti! – Le decía mientras las lágrimas recorrían sus mejillas conmovido por el encuentro, le tocaba el rostro buscando los rasgos de su hijo Vincent. Definitivamente era un Brower, pero se parecía más a los Andrew, salvo la nariz y la mirada tierna tenía de su padre.
-¿Mi abuela? – Preguntó con temor de escuchar el discurso que le había dado su abuelo, pero temía que sabía cuál era la respuesta.
-A tu abuela y a mí, nos afectó muchísimo la muerte de tu padre. – Dijo triste, mientras Rosemary llegaba y escuchaba la versión. – Ella cayó enferma por mucho tiempo. Por ello nunca venimos siquiera a verte hijo. – Le decía sin dejar de mirarlo a los ojos, pidiendo perdón con su explicación. – Después de su fallecimiento yo caí nuevamente en depresión y después por el manejo de los negocios me fue imposible despegarme, tenía que hacerme cargo de los negocios de tu padre y de los míos también. Tenía que cuidar lo que te pertenece ahora a ti Anthony. – Le dijo acariciando su rostro, mientras Anthony derramaba lágrimas de tristeza por el fallecimiento de su abuela y por la felicidad al mismo tiempo de encontrarse con su abuelo.
-¿Marianne? – Dijo Rosemary cuando escuchó que su suegra había fallecido. Anthony la vio con miedo, temía que se pusiera mal nuevamente.
-¡Rosemary! – Dijo Henry feliz de verla, la abrazó con dulzura y ternura, y ahí estaba el rostro de su nieto, definitivamente Anthony era más Andrew que Brower, sin embargo él estaba orgulloso de su nieto. Lo veía alto, fuerte y definitivamente muy buen mozo.
Anthony vio que la salud de su madre decayó un poco por la noticia de la muerte de su abuela, ella había apreciado mucho a la familia de su esposo y más porque a ella siempre la respetaron y le dieron su lugar.
-Anthony, Rosemary, ¿Saben a qué he venido? – Anthony bajó la mirada con cierta pena, se imaginaba que era por la herencia que le habían dicho que recibiría. – No tienes por qué apenarte hijo, solo vengo a darte lo que te corresponde. – Le dijo con una sonrisa.
-Abuelo, el dinero es lo que menos me importa, lo principal es que estás aquí junto a nosotros y nos gustaría que te quedaras a vivir aquí. – Se animó a decir Anthony ante la mirada de aprobación de su madre. Henry se sorprendía pero le agradaba la petición, no tenía nada que hacer ya en Escocia, no tenía a nadie allá y los negocios los había trasladado a América para poder pasarlos a nombre de su nieto.
-Gracias hijo, ¿No incomodaré?
-¿Qué dice señor Brower? – Dijo Rosemary con una sonrisa. – Usted está en su casa y siempre será bien recibido. – Le dijo sinceramente.
-Gracias hija. – Dijo feliz abrazando a Anthony y a Rosemary, feliz, sentía que su corazón recuperaba mucho de la alegría que había perdido hacía tiempo.
Anthony y su abuelo se ponían al tanto de todo lo acontecido en esos años y Henry quedaba sorprendido con la actitud del hermano de su nuera, ya que él lo recordaba como un hombre justo y noble. Había conocido a Albert cuando se casó su hijo con Rosemary y después tuvo el gusto de conocer a su esposa, sin embargo nunca conoció a la hija de ambos, pero al saber que era la persona que su nieto amaba ya era como una nieta más para él.
-Por lo que me dices, yo puedo ayudarte hijo. – Le dijo tranquilamente.
-¿De verdad abuelo? – Henry asintió.
-Claro que sí, si lo que dices es verdad así como te lo han contado, lo más seguro que por eso se esté haciendo ese compromiso y si podemos probarlo es penado por la ley y por consiguiente sería anulado por completo. – Anthony lo veía como una luz que se iluminaba en su camino, por fin después de tantos días de oscuridad que había pasado lejos de su amada. – Además si realmente se llevó a cabo un mal negocio tú mismo puedes reponer ese dinero sin ningún problema. – Le dijo ante la incredulidad de Anthony.
-¿Cómo es eso abuelo?
-Mira hijo, al morir tu padre dejó todo su dinero a nombre tuyo, y se te entregaría al ser mayor de edad. Por disposición de tu madre me dejó a mí a cargo de ese dinero, tu puedes disponer de cuanto necesites desde este momento.
-Abuelo no es necesario.
-Es tu derecho, además aunque la firma será cuando ya oficialmente cumplas tus 18 años, ya puedes disponer de ello, solo dime cuanto necesitas. – Decía amablemente. Henry extendió una carpeta que traía en un portafolio de piel que lo acompañaba. Anthony la tomó un poco confundido. – Aquí está el dinero que te corresponde, eso es solo la herencia de tu padre. – Le dijo guiñándole un ojo. – Y esta más es la herencia por parte de tus abuelos. – Le dijo con una sonrisa divertida. Anthony abrió los ojos sorprendido por la gran cantidad que se reflejaba en esos papeles, era una suma muy importante de dinero.
En los documentos se reflejaba la cantidad de dinero que había heredado de su padre, la flotilla de barcos y también la cantidad que había aumentado duplicando el monto desde la muerte de su padre. Su abuelo había hecho un excelente trabajo con ese dinero.
En la otra carpeta se reflejaba la inmensa fortuna que sería heredada por parte de sus abuelos, también era una suma verdaderamente grande.
-Abuelo, esto sí que no puedo aceptarlo. – Le dijo honesto. – Es tu dinero, además aún tienes mucho que dar. – Henry lo veía con mayor orgullo que antes, su nieto se había convertido en un hombre honrado y justo, volteó a ver a Rosemary con agradecimiento.
-Gracias hija. – Le dijo con una infinita ternura. – Has hecho de mi nieto alguien verdaderamente digno de admirar. – Le dijo sincero. – Hijo tu padre es quien puso el dinero a tu nombre, yo solo me encargué de administrarlo todos estos años, no ha sido sencillo tengo que reconocerlo, sin embargo creo que no lo hice tan mal. Mi dinero es decisión mía el heredarte en vida, porque yo no sé cuánto tiempo tenga más de vida.
-¿Pasa algo malo abuelo? – Preguntó con miedo de que su abuelo estuviera enfermo.
-No hijo, no te preocupes, pero ya soy un hombre viejo. – Dijo el señor Brower quien tenía solo 63 años, aún era joven pero sabía que nadie tenía la vida comprada, su esposa había fallecido diez años después de la muerte de su hijo, le había afectado mucho su muerte y nunca pudo superarla, murió a los 51 años una edad bastante joven aún.
-No digas eso Henry. – Dijo Rosemary, quien veía la tristeza en su rostro.
-Mi madre tiene razón abuelo. Tú vas a vivir muchos años más, eres joven y fuerte aún, además tu nieto está estudiando para médico y no permitirá que te pase nada tan pronto, menos ahora que te he recuperado en mi vida. – Le decía Anthony visiblemente emocionado de tenerlo ahí.
-Tu padre y tu abuela murieron muy jóvenes, sobre todo tu padre. – Dijo triste.
-Lo de mi padre fue un lamentable accidente abuelo y lo de mi abuela también fue lamentable, tal vez su corazón no resistió la tristeza de su pérdida.
-Lo sé hijo, ambos estábamos muy mal, pero yo tenía que resistir por ambos. – Dijo esto último más tranquilo. – Por lo pronto me sentiría más feliz si aceptas también mi herencia en vida.
-Con una condición. – Dijo Anthony a su abuelo. – Que sigas a cargo de la flota de barcos, yo no sé nada al respecto de ello. – Dijo con una sonrisa de lado y rascándose la nuca en señal de pena por no saber nada del oficio de su padre.
-Está bien hijo, no te preocupes, puedo seguir con ello desde aquí. – Le dijo dándole un fuerte abrazo.
Candy viajaba en el tren ansiosa, temerosa, era la primera vez que viajaba sola, siempre lo había hecho en compañía de Dorothy o de su tía con sus primos. Conocía Chicago pero sabía muy bien que no podía ir a la mansión de los Andrew ya que lo más seguro era que se encontrara a su padre ahí, ella sabía que tal vez había regresado nuevamente ahí como en su último viaje.
-¿Qué haré? Ya no tengo dinero para comprar mi pasaje hacia Lakewood. – Pensaba asustada, y era verdad lo que tenía no le alcanzaba para pagar el pasaje de ida a Lakewood, no tenía donde quedarse y no podía pedir ayuda a nadie de los conocidos porque lo primero que harían lo más seguro era que le avisaran a su padre. Pasó los días de viaje con apenas una comida al día, aguantándose el hambre para poder administrar lo poco que le quedaba, no tenía nada de valor en su maleta, salvo el anillo que su amado Anthony le había entregado la noche que se separaron como señal de un compromiso con ella. Se lo quitó de su dedo y lo apretaba con fuerza a su pecho negándose a la posibilidad de empeñarlo o venderlo.
Llegó a la estación en Chicago y bajó asustada volteando para todos lados, buscando la manera de arreglárselas por la falta de dinero. Salió por las calles de la ciudad en busca de algún lugar donde podría buscar trabajo para ver si la contrataban. Nada, en ningún lugar le daban trabajo, mucho menos por su aspecto de ser una señorita acomodada. Llegó a la puerta de un gran hospital, era el hospital donde estudiaba su amado, más ella no lo sabía. El hambre le hacía estragos en su vientre y solo se limitaba a ver pasar a la gente que ingresaba y salía del lugar. Unos ojos la observaban que ya tenía varias horas ahí sentada y no se decidía a entrar o a irse de ese lugar. Estaba cansada, sedienta, se acercó a la pequeña fuente que estaba al lado del hospital sin saber que había estado siendo observada.
-Buenas tardes, señorita. – La saludó una voz de una anciana que sonaba muy enérgica.
-Buenas tardes señora. – Le dijo tímida. Era la primera que alguien la saludaba desde que había llegado.
-Señorita. – Le dijo para sacarla de su error. Candy asintió apenada. - ¿No eres de por aquí verdad? – Candy negó. ¿De dónde vienes? Te he estado observando desde hace rato y veo que no tienes a donde ir ¿Verdad?
-No, señorita. Voy llegando de Nueva York y no conozco a nadie. – Le dijo sin querer ahondar mucho en el tema.
-¿Cómo te llamas? – Preguntó la mujer quien la seguía viéndola con curiosidad.
-Candy. – Dijo nerviosa. – Candy White Andrew.
-¿Candy? – Dijo sorprendida. Candy la vio asustada, de seguro ella conocía a su padre, no debió decirle su apellido. - ¿Tú padre sigue igual de necio? – Le preguntó sin más y vio como Candy quiso salir huyendo de ahí. – Espera. – Le dijo tomándola del brazo. – No tengas miedo. – Le dijo infundiéndole confianza. – Conocí a tu padre hace mucho tiempo, y también a tu madre. – Le dijo con eso detuvo Candy su huida, un ruido que provenía desde su estómago se hizo presente en la rubia. -¿No has comido? –Candy negó tímida, tenía mucha hambre y no podía negarlo. – Bien acompáñame a la cafetería del hospital. – Le dijo guiándola hacia dentro.
Una vez dentro de la cafetería la enfermera le pidió un plato del menú del día, Candy comía tranquila como había sido enseñada pero con mucha hambre que era difícil de esconder.
-Muchas gracias señorita… - Le dijo porque hasta ese momento no sabía el nombre de su ángel guardián.
-Mary Jane. – Le dijo tranquila.
-¿Cómo conoció a mi madre? – Preguntó un rato después que ya estaba más tranquila.
-Tu madre llegó una madrugada muy nevada a dar a luz a este hospital precisamente, venía muy mal y no sobrevivió al parto. – Le dijo ante la mirada vidriosa de Candy la cual empezaba a llorar por los recuerdos que le eran contados. – Tu padre se volvió loco del dolor cuando se enteró de la noticia y puedo decirte que hasta se trastornó un poco. – Dijo Mary Jane recordando aquel día. – Tuviste que quedarte en el hospital porque naciste prematura y esos días te convertiste en el ángel de este hospital, todos los que trabajábamos aquí nos encariñamos con tu inocencia, tenías una alegría natural en ti. – Le decía con cierto punto hasta tristeza porque ahora la veía triste y perdida.
-Mi padre nunca me contó nada de eso. – Dijo Candy y Mary Jane pensaba que era normal que no le hubiera contado nada, después de todo él la había dejado en ese hospital más de la cuenta. Decidió no contar la amarga experiencia de aquel hombre cuando decidió por la vida de su esposa, sobre la de su hija, no contó que cuando fue por ella la recogió la nodriza y que no había tenido ni el más mínimo interés en visitarla cuando estaba en el hospital, no tenía caso provocar más sufrimiento del que se veía en esa muchacha.
-¿Huiste de casa? – Le preguntó tranquilamente, sabía que si su padre seguía igual con ella era natural que lo hubiera hecho. Candy asintió con pena.
-¡Pero no puedo volver! – Le dijo con miedo.
-Está bien, no voy a obligarte, pero comprenderás que si algo sucede yo no sabía quién eras ¿Verdad? – A Candy se le iluminaron los ojos al escuchar sus palabras, o sea que esa buena mujer la ayudaría. Era una mujer extraña, parecía ser muy estricta, no reflejaba mucha emoción en su rostro, sin embargo era la única persona que le había ofrecido ayuda.
-Verdad. – Le dijo con una sonrisa sincera, abalanzándose sobre ella para abrazarla y agradecerle su ayuda. Mary Jane distinguió el brillo de felicidad que desprendían sus ojos desde su tierna infancia.
-Bien, ¿Me imagino que no tienes donde quedarte?
-No. – Dijo abrazándose a sí misma.
-Yo soy la directora de la escuela de enfermeras que está en este hospital. – Le dijo segura. – Todos los años entran muchas muchachas con la ilusión de convertirse en una de ellas. – Candy la escuchaba sin comprender a que se refería. – ¿Te gustaría estudiar para ser una enfermera? – Preguntó decidida, ella necesitaba otra enfermera en su escuela para cumplir con la cantidad estipulada por año.
-¿Yo enfermera? – Preguntó confusa, no le desagradaba la idea siempre le había gustado ayudar a la gente y aunque no era muy estudiosa que digamos, sería una buena forma de agradecerle a esa mujer sus atenciones, vería la forma de comunicarse con Annie o con Patty, porque si se comunicaba a casa de sus primos corría el riesgo de que su tía Sara recogiera el telegrama y sabía bien que ella no era de fiar. Mary Jane asintió.
-Puedes quedarte a vivir en una habitación del hospital, tendrías comida y estudiarías para llegar a ser una enfermera. Yo no puedo llevarte a mi casa, ya que vivo aquí mismo en el hospital. – Le dijo de una forma que Candy interpretó como tristeza. -¿Te parece?
-¡Muchas gracias! - Volvió a decirle emocionada y abrazándola feliz. Ya tenía resuelto por lo pronto donde quedarse, le sería más fácil organizar lo que haría después, desde ahí le sería más fácil buscar a Anthony y a sus primos.
Mientras Candy se instalaba en la escuela de enfermería, la cual se encontraba al extremo opuesto de la escuela de medicina, casi al final del hospital. Anthony salía con sus primos rumbo a Nueva York. El día que Candy había llegado, era el día que Anthony había salido con Terry, sus primos y su madre.
Terry conocía a la madre de Anthony, y quedaba sorprendido con la belleza de aquella mujer, era demasiado bella ahora entendía a su padre del porque se había enamorado como un loco de ella, hasta cierto punto se parecía mucho a su madre, ambas eran rubias, blancas, delgadas lo único que las diferenciaba en rasgos eran los ojos, mientras Rosemary los tenía verdes, Eleanor los tenía azules igual que él.
-Es un gusto señora Brower. – Le dijo caballerosamente mientras besaba su mano al saludarla.
-Igualmente Terry, gracias por lo que haces por mi hijo. – Le dijo agradecida, sin duda se parecía algo a su padre, sobre todo en el cabello, pero lo demás era de su madre, ella la conocía porque cuando se casó con ella fue un escándalo para el gran Duque. Terry veía a Rosemary y no comprendía como su padre había pasado de dos mujeres tan hermosas como su madre y esa señora a la gorda, chaparra y malhumorada que tenía como esposa ahora. Sonrió al recordar el aspecto de su madrastra.
-No se preocupe señora Brower, digamos que es una deuda que tengo con Candy, además de que no estoy de acuerdo con lo que quiere hacer mi padre. – Dijo tranquilo.
-¿Deuda? – Pensaba Anthony, eso no se lo había comentado. - ¿A qué se referirá? – La llegada de sus primos impidió que le preguntara a qué se refería.
-Buen día Anthony, tía. – Decían Stear y Archie abrazando a su primo y besando la mano de su tía.
-Buenas tardes muchachos. – Decía Anthony feliz de volver a verlos y emocionado porque por fin su búsqueda pronto llegaría a su fin. – Muchachos él es Terruce Graham Grandchester, Terry ellos son mis primos Allistear y Archivald Cornwell Andrew. – Dijo Anthony amable de presentar a sus primos sin recordar que Archie tenía cierto rencor al futuro duque.
-Así que tú eres el famoso duque. – Dijo Archie sin poder contenerse. Terry notó cierta ironía en sus palabras y arqueó una ceja divertido, no sabía porque presentía que se iba a divertir un rato con ese joven.
-¿Me conoces? – Preguntó con una sonrisa irónica.
-No realmente, pero creo que conocemos a alguien en común. – Dijo viéndolo fijamente.
-Por lo que veo es de alguna dama. – Dijo sonriente, él siempre tenía ese tipo de problemas con las chicas, ellas lo buscaban y él se dejaba querer aunque después de haber embarazado a Susana tenía que sentar cabeza.
-Mi prometida. – Dijo recalcando el cargo de la dama, y Terry sonrió maliciosamente. – Annie Britter, estudió en el Colegio San Pablo, en Londres. – Dijo sin dar más información. Terry hizo el ademán de recordar ese nombre pero no le caía el veinte de quien era.
-Lo siento, no la recuerdo. Tal vez ella si me conoce. – Dijo pagado de sí mismo. – Tenía muchas admiradoras en el Colegio, pero la verdad no recuerdo a la mayoría. – Dijo con ironía y Archie apuñaba las manos molesto porque se refería a Annie como a una de las tantas que había tenido.
-Tranquilo hermano. – Lo detenía Stear y Anthony al mismo tiempo, no les convenía provocar una pelea y que el dichoso Duque desistiera de llevarlos junto a Candy. – No es momento Archie, después aclaras las cosas con Annie, además ella es tu prometida y ahora sabes que ella siempre te ha amado. – Le dijo para calmarlo. Archie sonrió victorioso al ver que Terry escucho lo que decía Stear "ella siempre te ha amado" y Terry lo miró con burla complacido de que ese joven estaba celoso de él. Subieron al carruaje que los llevaría a la estación del tren y se dispusieron a hablar de otras cosas, procurando que Archie no estuviera junto a Terry.
Ya en el tren, Anthony no se quedó con la duda de la "deuda" que Terry tenía con Candy así que se decidió a preguntar a qué se refería.
-Terry ¿A qué te referías con la deuda que dices tener con Candy? – Terry lo miró sorprendido y confundido, no se esperaba esa pregunta. Sabía que no debía contarle lo sucedido con Candy aquella ocasión y más porque él sabía que había sido un idiota, aunque aún recordaba la gran bofetada que le había dado por querer pasarse de listo.
-Candy no quiere casarse conmigo, al igual que yo no quiero casarme con ella. –Comenzó a decir. – Digamos que me siento con la obligación de reparar un poco el daño que le ha hecho mi padre. – Anthony asintió pero de todas formas no sabía porque no estaba convencido con su respuesta, sentía que había algo más tras de eso.
Terry recordaba lo que había hecho aquella tarde.
"Después de que Candy regresara del parque cuando se encontró con Dorothy, regresó a la mansión y le agradeció a Terry su intervención, este aceptó halagado su agradecimiento y vio en los ojos de la rubia un brillo tan especial que lo cautivó, después de todo las pecas de aquella muchacha combinaban muy bien con sus verdes ojos, los cuales habían brillado de una forma muy hermosa, tal vez no sería del todo malo casarse con ella y hacerla su mujer, había pensado.
A partir de esa tarde, era más amable con ella y hasta cierto punto más galán, trataba de agradarla y convencerla quizás de que aceptara el compromiso. Unos días después de haberse acercado un poco más y haber escuchado parte de su vida ella le habló del inmenso amor que tenía por Anthony, eso hirió su orgullo y se sintió molesto, ella siempre hablaba de aquel perfecto chico al cual amaba y a pesar de que él tampoco quería casarse había pensado después de unos días de trato con ella que tal vez no sería tan malo, había considerado dejar a Susana para seguir con el compromiso pactado. Sin embargo Candy no mostraba ningún interés en él.
-¿Qué tiene ese jardinero que no tengo yo? – Pregunto por fin ya cansado de escuchar hablar tanto de su perfección. – Debe de ser un debilucho que se dejó quitar a su prometida por estúpido.
-Anthony no es ningún debilucho y mucho menos un estúpido. – Le dijo con el rostro rojo del coraje, la mirada encendida y los puños apretados del coraje. Se veía tan hermosa defendiendo al que ella consideraba el amor de su vida.
-Si yo fuera él no me había dejado robar a la novia. – Dijo volviendo a ser el engreído que había conocido cuando llegó.
-¡Eres un idiota! – Le dijo Candy molesta, eso y lo hermosa que se veía con el cabello despeinado, su rostro enrojecido del coraje y su mirada desafiante lo llevó por impulso a tratar de besarla en los labios para demostrarle que él podía ser más hombre que aquel que ella reclamaba como suyo. Candy lo empujó antes de que colocara sus labios en los de ella y le propino tremenda bofetada que lo hizo tambalearse un poco. La tomó de nuevo por la cintura forzándola de nueva cuenta para conseguir el beso que se había encaprichado por obtener ante la mirada de miedo y angustia que Candy le dirigía".
-Si no hubiera llegado Anna. – Pensaba Terry regresando de sus recuerdos, Anna había visto todo y había evitado que él cometiera esa canallada. – Quien iba a decir que cuando regresara a Chicago iba a encontrar a Susana abrazada al amor de la mona pecosa.
Terry se había arrepentido de su acción con Candy y por eso otro día después de lo sucedido emprendió su viaje de regreso a Chicago. Tal vez por eso ayudaba a Anthony por remordimiento, tal vez por eso no se atrevió a golpear a aquel que se había atrevido a abrazar a su mujer, porque Susana era su mujer aún él haya considerado la opción de cumplir con el compromiso impuesto por su padre.
-Pero ahora seré padre y Susana me necesita. – Pensaba hasta cierto punto ilusionado.
El tren seguía su curso y los cuatro jóvenes se perdían en sus pensamientos, sobre todo Anthony quien deseaba que aquel medio de trasporte volara para llegar cuanto antes a su destino. Sin saber que la causante de su viaje estaba en una habitación del hospital donde él estudiaba.
Continuará…
Pues aquí queda la historia el día de hoy, como ven estos están más cerca, y a la vez tan lejos, como les digo no se me desesperen, calmantes montes, con calma que nos amacenemos jajaja... Espero que se hayan entretenido un poco, déjenme su comentario que piensan del capítulo, esperaban que Terry fuera tan buena onda? tenía que sacar lo imbécil que era en la serie al creerse el obligo del mundo jajaja en fin se llevó un cachetadón por parte de la pecosa aunque gracias a que Anna se hizo presente no se lo regresó, uf! de la que se salvo la pecosa.
Bueno hermosas espero que estén muy bien y sobre todo muy sanas, sigo igual aquí gracias a Dios pidiendo por todo el mundo, por que todo esta pesadilla termine y nos permita continuar adelante, cuídense, portéjanse mucho por favor, las espero y espero sus comentarios.
Bendiciones para todas!
