Hola! aquí de nuevo actualizando esta historia, tengo apuro porque se encuentren estos rubios jajajaja espero que les guste el capítulo, les mando un fuerte abrazo. Bendiciones para todas ustedes.

Los personajes de Candy Candy, no me pertenecen sin embargo soy una fanática de Anthony y Candy, por ello decidí hacerles una historia para ellos dos, una donde sean felices, lo hago sin fines de lucro solo por diversion, pero no es una historia apta para menores de edad, así que ya sabes que hacer si no lo eres. COMENZAMOS!

LAZOS DE AMOR

CAPITULO XXII

TRANZANDO CAMINO

Candy estaba en la primera clase de enfermería que le habían impartido y a pesar de lo difícil que se veía era interesante para ella el poder conocer otros temas que los que le eran impartidos por sus profesores. Ella siempre había sido algo despistada para las clases de música, arte y sobre todo matemáticas, pero por una extraña razón las de enfermería le generaban interés de saber más del asunto.

-¿¡Quedó claro!? – Decía Mary Jane con su peculiar forma de hablar tan fuerte y a la vez tan aguda, todas las demás estudiantes asintieron muy profesionales. Volteó a ver a Candy para ver si no tenía alguna duda. Candy le sonrió en respuesta de haber entendido todo y ella se sintió tranquila y orgullosa. –Recuerden que al ser estudiantes aún no tienen permitido ir a la sección del hospital, así que estarán aquí por lo menos tres meses para que puedan salir y comenzar a relacionarse con los médicos y los estudiantes a medicina, ¿Entendieron?

-¡Sí señorita! – Se escuchó en todo el salón. Candy las observaba y todas ellas parecían chicas muy serias y profesionales, aprovecharía para conocerlas y aprender de ellas un poco. Candy se levantó de su lugar y tomó con cuidado sus libros acercándose a la que según ella era la estudiante más seria y profesional de todas.

-Hola, buenas tardes, me llamo Candy. – Le dijo extendiendo su mano, sin embargo la chica en cuestión no le respondió simplemente tomó sus cosas y salió del lugar sin voltear a verla.

-No te preocupes. – Le dijo una chica delgada de ojos azules y cabello rojizo. – Flamy es siempre así, como es la que está más avanzada no habla con nadie. Mucho gusto. – Dijo extendiendo la mano hacia ella. – Mi nombre es Jane, Candy. – Le dijo ya que había escuchado su nombre al tratar de presentarse con la otra enfermera.

-Mucho gusto, Jane – Dijo Candy agradeciéndole con una sonrisa el gesto. Ambas chicas salieron del salón entre las demás chicas que hacían grupos entre ellas para platicar un poco antes de pasar a la siguiente clase.

-Candy. – Dijo la voz de la enfermera mayor, llamando a su pupila. Le hizo un ademán con su cabeza indicándole que se acercara a ella. Candy se disculpó con Jane y se acercó a su ángel guardián.

-Usted dirá señorita Mary Jane. – Saludó con respeto.

-A la hora del almuerzo dices que yo te envié a comer ahí, ellos ya saben que irás a desayunar, comer y cenar, solo que no te ubican. ¿Entendido? – Preguntó como lo había hecho hacía un rato en clase.

-Entendido señorita Mary Jane, gracias. – Le dedicó una sonrisa y la vieja enfermera le sonrió apenas retirándose del lugar como si le hubiera llamado la atención. Jane se acercó apurada a la rubia para saber que le había dicho.

-¿Te ha regañado? – Candy negó con una sonrisa.

-No, solamente me ha dicho lo que tengo que decir al llegar al comedor.

-Qué extraño. – Dijo Jane.

-¿Qué? – Preguntó Candy confusa.

-La señorita Mary Jane no da indicaciones personalmente, solo da la clase y se va, ¡ah! y pregunta mucho más si eres su tocaya. – Dijo haciendo una mueca de desagrado haciendo a Candy reír por ello. A partir de ese día Candy y Jane se hicieron buenas amigas, se cubrían una a la otra en sus dudas y poco poco Candy le confiaba sus cosas, dándole Jane ánimo para que dejara la carta en el buzón del hospital. Ahí se encargaban de ponerle una estampilla para mandarlas, eran los privilegios que tenían las estudiantes ahí para poderse comunicar con sus familiares. Al no tener dinero para enviarla personalmente Candy decidió hacer lo que le decía su amiga ya que ella no se animaba a pedirle dinero a Mary Jane, la experimentada enfermera ya había hecho mucho por ella, le había solucionado su problema de vivienda y comida y además le estaba enseñando una profesión muy noble y altruista, justo como le gustaba a ella.

Mientras la carta emprendía su viaje a Lakewood, Anthony y compañía viajaba de regreso a Chicago, habían tenido que esperar unos días para poder tomar el tren ya que solo había corridas Lunes, Miercoles y Viernes, así que el viernes tomaron el tren rumbo a Chicago, pero Anthony viajaría a Lakewood en busca de su amada.

Llegaron un domingo a Chicago, cansados pero con la esperanza de que Candy hubiera llegado a Lakewood.

-Madre, iré a dejarte a casa para que descanses mis primos y yo viajaremos a Lakewood para buscar a Candy.

– Está bien hijo no te preocupes. – Dijo Rosemary quien quería irse por su cuenta para no retrasar más a su hijo, sabía que de todas formas él no se dejaría convencer de esperar.

-Yo iré con ustedes. – Dijo Albert quien también había viajado con ellos para asegurarse de que encontraran pronto a su hija, Dorothy iba con él y ahora era otro hombre parecía que se había ido uno y había llegado otro uno preocupado por encontrar a su hija.

-Está bien tío. – Dijo Anthony, él no le guardaba rencor, sin embargo mentiría si no lo seguía culpando de todo lo que había pasado.

-Dorothy puedes ir con Rosemary a la mansión Andrew.

-No Albert, yo iré a la mansión de mi hijo, allá está mi suegro y la tía abuela, ella se quedó con él para que ninguno estuviera solo.

-¿Por qué no se quedaron en la mansión de Chicago? – Preguntó confundido, aún no habían hablado de la forma en que los habían corrido por órdenes suyas de Lakewood.

-¿Todavía lo preguntas? – Dijo esta vez Stear quien seguía molesto con su tío por ello.

-¿A qué te refieres Stear? – Preguntó dudoso.

-A que tú ordenaste al tío Louis que tanto mi tía como Anthony debían salir de Lakewood sin dinero, y sin el apellido Andrew a menos de que Anthony se casara con Eliza. – Dijo Archie ofuscado. Dorothy lo volteó a ver sorprendida, mientras sostenía en sus brazos a Alejandro quien dormía cansado por el viaje.

-¿De qué están hablando? –Dijo confundido, su gesto les dijo a los demás que había sido otra mentira del canalla de Louis Leagan.

-En el camino te explico tío. – Dijo Anthony, al fin y al cabo él había sido el ofendido, no sus primos. Terry se despedía de ellos iba con su suegra, quien había decidido acompañarlo para cuidar a su hija ya que sabía que estaba delicada de salud.

-Gracias por todo Terry. – Le dijo Anthony estrechando su mano siendo sincero.

-No hay de que, de todas formas seguiré al pendiente hasta que aparezca Candy. – Le dijo al rubio quien asintió en informarle cuando estuviera con ella. Se despidieron de una vez y los Andrew se dirigieron a la mansión de los Brower.

Anthony llegó apresurado a su casa, saludando a su abuelo y a la tía abuela lo cuales estaban en la sala tomando una taza de té platicando muy amenamente. Llevó a su mamá a su habitación ya que Rosemary había llegado más cansada de lo habitual, tenía que reconocer que ese viaje le había afectado un poco a su salud, eso y el saber que Candy estaba desaparecida le estaba pasando factura en su salud aunque tenía que hacerse la fuerte para poder apoyar a su hijo.

Dorothy aunque había acompañado a los Andrew no significaba que iba a volver con Albert, ello solo lo había hecho por la preocupación que tenía por Candy, sin embargo el rubio estaba feliz de tenerla tan cerca así como a Alejandro, ya había comprendido que había sido un idiota todos estos años y solo rogaba por encontrar pronto a su hija y pedirle perdón por todo el daño que le había causado.

-¿Listos? – Preguntó Anthony apurado al reunirse con sus primos y su tío.

-Listos. – Dijeron todos al unísono.

-Dorothy, puedes ir a la mansión con la tía abuela si así lo quieres. – Dijo dirigiéndose a la pelirroja quien lo miraba aún tímida.

-No se preocupe señor William. – Le dijo ante el rostro de desacuerdo de Albert, pero no era el momento para hablar de ello.

-No habrá inconveniente si se queda aquí. – Dijo el abuelo de Anthony a quien ya le habían dicho a grandes rasgos lo que sucedía.

-Gracias abuelo. – Dijo Anthony y este le dirigió una sonrisa amorosa. – Vamos. – Dijo dirigiéndose a la puerta, seguido de los demás.

Viajaron en el automóvil de Albert, iban los cuatro chicos y Anthony fue el encargado de conducir, era el que tenía más prisa en llegar.

-Tranquilo Anthony.- Dijo Stear quien trataba de tranquilizarlo un poco.

-Stear tiene razón Anthony. – Dijo Albert. – Mejor dime que fue eso de que yo los corrí de Lakewood.

Stear y Archie comenzaron a relatar lo sucedido ya que Anthony no estaba en la mansión el día que Louis Leagan había hablado con sus tías.

-Me doy cuenta que siempre tuve a mi lado al enemigo y no me di cuenta de ello. – Decía Albert sintiéndose un tonto una vez más.

-Yo me encontré con George hace unos días tío. – Dijo Anthony para hacer más conversación aún no llegaban y les faltaba todavía algunas horas por llegar.

-Sí Anthony, George me dijo lo que había hablado contigo y las sospechas que tenía sobre Louis, también aclaramos lo de su supuesto despido. Todo este tiempo Louis se encargó de hacer malos manejos con el dinero y culpo a George de todo esto, además le dijo que yo era el que lo estaba culpando de todo, por ello no se acercaba a mí y a nosotros Louis nos dijo que George estaba incapacitado y que no quería visitas porque quería recuperarse lo antes posible.

Las cosas iban tomando forma de todo lo que había sucedido. Albert había descubierto gracias a Anthony y a sus sospechas de que todo había sido obra de Louis y que él mismo se había puesto de acuerdo con el Duque de Grandchester para llevar a cabo esa venganza que había jurado en contra de los Andrew y Louis lo hacía porque ya no quería volver a pasar la vergüenza de no tener dinero. Además quería aprovechar la herencia de Anthony haciéndole creer que Albert quería un compromiso de su hija. Louis sabía que la fortuna de Anthony era inmensa, aunada a la fortuna que le correspondía por parte de los Andrew, la cual también era mentira que había perdido gracias a su tío.

-Yo nunca di la orden de que te casaras con Eliza, con razón cuando me informó que te habías ido de Lakewood se cuidó de darme a conocer los motivos por los que lo habías hecho y yo asumí que era porque estabas molesto por lo de Candy.

-Ese fue mi mayor motivo tío, buscar a Candy. Pero cuando me advirtió el tío Louis que querías que me casara con Eliza o abandonara la mansión, no lo dudé ni un segundo. Lo único que me detenía era mi madre. – Dijo Anthony preocupado por la salud de su madre.

-¿Ella ha recaído? – Preguntó Albert al ver la mirada de angustia de sus sobrinos.

-Hace unos meses tuvo un episodio que la llevó al hospital. – Dijo triste.

¿Cómo? – Dijo Albert angustiado. – Hace años que no tenía una recaída.

-Lo sé, el médico nos advirtió lo que padece y que debemos cuidarla, dice que aunque no es algo muy grave al ser crónico tiene que tener sus cuidados.

-Entiendo. – Decía Albert pensando que todo esto había sido culpa de él y del señor Legan.

-No te preocupes tío, hemos estado muy al pendiente de la tía Rosemary. – Dijo Archie tratando de suavizar la culpa de Albert.

-Gracias hijo, sé muy bien lo mucho que la quieren.

Llegaron por fin a Lakewood, era de noche cuando por fin llegaron a su destino. Anthony bajó del automóvil igual de impaciente que como se subió y se dirigió a la entrada de la mansión. La mansión lucía a oscuras, solo las luces de la entrada estaban encendidas. El mayordomo llegaba para abrir la puerta ante la insistencia de los toquidos que se presentaban insistentes.

-Buenas noches joven Brower. – Saludó sorprendido. – Sr. Andrew. – Dijo al adulto que llegaba tras él y después los Cornwell.

-Miles ¿Dónde está Candy? – Preguntó Anthony arrebatado.

-¿La señorita Candy? – Preguntó sorprendido viendo al Sr. Andrew quien le daba la orden con la mirada de contestar la pregunta que le hacía Anthony angustiado.

-La señorita Candy no está aquí joven Brower.

-¿Cómo que no está aquí? ¡Ella debió haber llegado hace días! – Decía angustiado.

-¡Cálmate Anthony! – Decía Stear. – Primero nos calmamos todos por favor.

-Miles, ¿No has recibido ninguna carta?

-No joven, desde que ustedes se fueron junto a la señora Elroy nadie ha venido a visitarnos, ni siquiera el cartero. – Dijo el mayordomo ya más despierto.

-Stear, Archie ¿Ustedes creen que pueda estar con alguna de sus prometidas? – Preguntó Anthony.

-No lo creo Anthony, tanto Patty como Annie se fueron a Chicago el día que nosotros nos fuimos para allá.

-Tal vez fue muy apresurado venir sin primero preguntarles a ellas. – Dijo Albert.

-¡Tenemos que regresar! – Dijo Anthony impaciente, queriendo recorrer el camino de regreso.

-Tranquilízate Anthony. – Dijo Albert. – Tenemos que pensar muy bien lo que haremos, sobre todo porque lo único que obtuvimos es que Candy dijo que venía a su casa, pero la verdad no nos detuvimos a pensar si ella traía dinero para hacerlo. – Dijo pensando ya un poco más las cosas.

Anthony lo veía sorprendido, tenía razón en Nueva York nadie les pudo decir nada de la rubia que había abordado el tren hacía más de una semana, era tanta gente la que viajaba que nadie la recordaba, pero no habían preguntado en Chicago, ahí era menos gente la que había, tal vez alguien había visto o recordaba algo.

-Vamos a descansar muchachos. – Dijo Albert tratando de mostrase sereno ante los muchachos, pero no lo estaba y sabía bien que ninguno de los chicos en especial Anthony podrían dormir esa noche.

Efectivamente Anthony no pudo dormir en toda la noche, no le importaba que su permiso en el hospital había terminado, lo único que quería era llegar de nuevo a Chicago y comenzar a preguntar en la estación de trenes a ver si alguien había notado a su pecosa.

-Buenos días. – Dijo Albert quien fue el segundo en llegar al comedor, le siguió Stear y por último llegaba Archie, todos con unas ojeras asomándose a su rostro, ni el baño matutino les había borrado el cansancio que tenían, sobre todo Anthony quien tenía la mirada perdida, eso hizo que Albert se sintiera más miserable.

-Buenos días tío. – Contestó por cortesía. – Ordené que prepararan un almuerzo para llevar, si no les molesta. – Dijo viendo con ansia a sus primos quien solo le sonrieron asintiendo que estaban de acuerdo. – Bien es hora de irnos. – Dijo de nueva cuenta.

-Vamos, pero yo manejo ahora. – Dijo Albert quien no iba a permitir que su sobrino manejara de nueva cuenta ya era mucho estrés el que estaba manejando.

El camino fue más serio que el anterior, ninguno hablaba, Anthony solo iba observando el camino, mientras los demás hablaban cosas sin sentido.

-Tío puedes ir a la estación del tren, por favor. – Dijo únicamente al llegar a Chicago. Albert asintió y se dirigió rumbo a la estación.

Anthony se bajó junto a los tres caballeros quienes lo seguían respetando el dolor que tenía el rubio por la angustia de no saber de su amada. Llegó y preguntó en donde vendían los boletos, pero nadie le supo dar razón de su amada, todos preguntaron a empleados y a las personas que estaban en los puestos de venta, sin embargo nadie recordaba a la chica de rizos rubios y pecas.

Anthony salió de la estación de trenes más desanimado que nunca y vio a una señora que pedía limosna enseguida de la estación, se acercó a ella y sacó un billete de su cartera, proporcionándoselo con cuidado.

-Muchas gracias joven, Dios lo bendiga. – Dijo la humilde mujer agradeciendo el buen gesto del rubio, los demás veían como Anthony hablaba con la mujer. – Lo vi entrar muy triste joven. – Le dijo para hacer conversación. Anthony pensó que no perdía nada con preguntarle a mujer.

-He venido a preguntar por mi prometida, pero nadie la ha visto porque ya hace una semana que llegó a Chicago. – Dijo esperando que le diera alguna información.

-Por qué no me dice como es la señorita, tal vez yo la haya visto, vengo todos los días y estoy desde la mañana muy temprano y me voy muy tarde. – Le dijo con una sonrisa. – Veo muchos rostros y soy buena recordándolos. – Le volvió a decir.

-Mi prometida es la más hermosa de todas señora, es rubia con el cabello rizado, blanca y delgada, muy pequeña de estatura, tiene unos ojos verdes que hipnotizan al verlos y unas maravillosas pecas adornan su rostro, pero lo que la hace más hermosa es el gran corazón que ella posee. – Le dijo enamorado a la mujer que lo veía con una sonrisa, recordando a la joven rubia que días atrás había llegado a Chicago, la cual le proporcionó unas cuantas monedas.

-Si es la joven que creo que dice, llegó hace como diez días. – Dijo la mujer ante el asombro de Anthony quien la miró en espera de más información.

-¿La ha visto usted?

-He visto a una chica con sus características, la misma descripción que usted me ha dado. Llevaba una maleta blanca con franjas rojas, parecía muy asustada. – Albert llegaba en ese momento alcanzando a escuchar la descripción que daba la mujer y las pertenencias que llevaba.

-Es la maleta que le compré a Candy el día que nos fuimos a Nueva York. – Dijo sorprendido de que esa mujer recordara a su hija.

-¿Sabe a dónde se fue? – Preguntó Anthony ansioso y emocionado, por lo menos sabía que había llegado con bien a Chicago, ahora sería cuestión de dar con ella en esa bulliciosa ciudad.

-La muchacha tomó el camino rumbo al hospital, ahí fue donde la perdí de vista. – Dijo la mujer dándole ahora dinero Albert por la información que les había dado.

-Por lo menos sabemos que llegó Anthony.

– Pero a donde habrá ido, eso fue hace más de una semana. – Dijo angustiado.

Mientras cerca de ahí Anthony preguntaba por ella Candy seguía dedicada a sus estudios. Estaba en la recámara de su habitación estudiando las clases que había tenido ese día, estaba muy ilusionada con el nuevo giro que había tomado su vida y aunque aún no las dejaban ayudar a los pacientes se sentía útil aprendiendo tantas cosas. Su vida se había instalado en el hospital y sus pensamientos no dejaban de girar en torno al su rubio amor, quien seguía preguntando a los alrededores si alguien había visto una chica con sus características, solo un lugar la recordó al decirle que había preguntado si podía trabajar, su corazón se estrujó al saber que su amada no tenía dinero, eso explicaba por qué no había podido llegar a Lakewood.

Anthony llegaba a la mansión junto a sus primos y tíos, todos tenían la cara de decepción, no había tenido noticias de Candy y eso los preocupaba mucho.

-¿Anthony todo bien? – Preguntó Rosemary quien seguía sintiéndose mal por todo lo que sucedía, sin embargo sacaba fuerza de donde no las tenía para poder darle fortaleza a su hijo. Anthony negó triste.

-Voy a mi habitación. – Dijo dando un beso y un abrazo fuerte a su madre.

-Está bien amor. – Le dijo en un susurro correspondiendo a su abrazo. - ¿Qué sucedió? – Le preguntó a Albert.

-No está en Lakewood, no llegó, pero averiguamos en la estación del tren que si llegó a Chicago y al parecer esta buscando trabajo. – Dijo esto con un nudo en la garganta y las lágrimas queriendo salir de sus ojos.

-¿Trabajo? – Dijo sorprendida la tía abuela. -¡Eso no podemos permitirlo! – Volvió a decir ante la mirada de reproche de los demás.

-Tia abuela, al parecer Candy no tiene dinero, por eso tal vez no viajo hasta Lakewood.

-¡Todo esto es mi culpa! – Decía Albert desesperado dejándose caer en un sillón tomándose la cabeza con ambas manos. – Dorothy lo veía afligida sin atreverse a acercarse a él.

-Es verdad. – Dijo Rosemary sin dudarlo, ella era la única que no sentía mucha compasión por su hermano. – Si hubieras investigado primero los manejos que estaba haciendo Louis, no hubieras apartado a Candy de Anthony y ella no estaría desaparecida. – Dijo sintiendo un leve mareo que los Cornwell pudieron percibir.

-Tía será mejor que te tranquilices un poco. – Le dijo Stear y Archie quienes la ayudaban a sentarse.

-Gracias muchachos, no se preocupen yo estaré bien. – Dijo con una sonrisa recomponiéndose del mareo, no era momento de sentirse mal.

-Rosemary tienes razón, yo soy el culpable, y voy a encontrar a Candy lo más pronto posible y le pediré perdón.

-Nunca debiste tratarla como lo has hecho todos estos años, te dije que un día te ibas a arrepentir y sería demasiado tarde, ella debió ser lo más importante para ti. Espero que con Alejandro sea diferente. – Le dijo de nueva cuenta Rosemary mientras veía a Dorothy quien se apenaba por lo dicho.

-No te preocupes hermana, intentaré ser un padre amoroso para Alejandro y buscaré a Candy y le pediré perdón por todos estos años. – Dijo a Rosemary quien lo miraba esperanzada. Su mirada se giró ahora a Dorothy quien lo miraba tímida. - Solo espero que me permitas estar junto a ustedes Dorothy. – Le dijo mirándola a los ojos, buscando algo de amor del que había habido entre ellos hacía años atrás. Dorothy bajó la mirada tímida temiendo ser descubierta.

-Ya no pretendo alejarte de tu hijo, sé que también cometí ese error y te prometo que no intentaré alejarte de él nuevamente. – Le dijo tranquila, aparentando una serenidad que estaba muy lejos de sentir. Albert asintió agradecido, sería difícil de lograr, pero no se daría por vencido, quería por fin lograr formar una familia como la hubo soñado un día con su amada Candace.

El cumpleaños de Anthony por fin llegó, llegó el día que tanto había soñado para recibir su herencia y tener los medios económicos necesarios para poder buscarla, ya había dado con el lugar donde había sido llevada a un principio, sin embargo aún no la tenía a su lado. Sentía frustración por todo lo que pasaba, pero aún guardaba la esperanza de que pronto la encontraría, tal vez en algún local de trabajo, no dejaba de perder detalles en los lugares que frecuentaba y cada vez ampliaba más sus horizontes, todo con tal de verla otra vez.

Los Cornwell habían permanecido en Chicago junto a la tía Elroy quien también había decidido quedarse ahí para ayudar con la búsqueda de su nieta, ella también estaba preocupada por ella y tenía gente que la estimaba mucho en esa ciudad y estaban al tanto de la búsqueda de la jovencita.

-Buenos días Anthony. – Dijeron los Cornwell quienes habían llegado muy temprano para felicitar a su primo antes de que se fuera a encerrar al hospital ya que los días que había pedido permiso lo habían atrasado de sus clases.

-Buenos días muchachos. – Le dirigió una sonrisa melancólica y los chicos no se animaron a felicitarlo por su cumpleaños, así que se limitaron a abrazarlo fuertemente dándole una vez más su apoyo incondicional.

Todos seguían en la búsqueda de la pecosa incluso Patty y Annie quienes se paseaban por las tiendas de Chicago con la esperanza de que estuviera trabajando en alguna de ellas, todo esto lo suponían porque Anthony había dicho que al parecer ya no tenía dinero, nadie se imaginaba que la dulce Candy había encontrado refugio muy cerca de su amado príncipe.

-¡Torpe! – Le dijo Mary Jane a Candy cuando la vio más distraída de lo normal, ocasionando que Candy brincara del susto al identificar ese típico grito que su salvadora le dirigía cuando estaba soñando despierta y no atendía la lección del día. - ¿Y ahora que te sucede? – Le preguntó con insistencia.

-Nada señorita Mary Jane. – Contestó la pecosa tímida, mientras se enfrentaba a las miradas de sus compañeras quienes la veían divertida por como la llamaba la vieja enfermera.

-Pon atención por favor. –Le dijo más tranquila a lo que Candy asintió con una sonrisa tímida.

El estudiante para médico Anthony Brower no la pasaba mejor que su amada, él también estaba muy distraído ese día, cosa que no era normal en él, sin embargo cuando era para poner atención en algo importante seguía demostrando que a pesar de estar distraído era el mejor en su clase.

La noche llegó y con ello Anthony a su hogar, lo esperaban con una pequeña cena que le había organizado su madre, ahí se encontraban solo las personas que más lo querían, todas menos la que más le importaba, les agradeció con una melancólica sonrisa esperando que cada uno le diera un abrazo, todos trataban de reconfortarlo, mientras él trataba de aparentar tranquilidad para no provocarles lástima.

-Felicidades hijo. – Dijo Albert quien fue el primero en felicitarlo. Anthony agradeció con un gesto, aún no dejaba de culparlo por la desaparición de Candy.

Todos y Cada uno fueron felicitándolo, Archie, Stear, su abuelo, su tía abuela y por supuesto su madre quien lo recibía con sus brazos cálidos y amorosos que eran los únicos que le traían un poco de paz a su corazón. La velada terminó temprano por el ánimo del rubio y se retiró a su habitación a descasar, se asomó a su balcón y suspiro al cielo el nombre de su amada.

-¡Candy, amor mío cómo te extraño! – Decía melancólico.

Al mismo tiempo en el área de las estudiantes a enfermeras, una hermosa rubia ojos verdes abría también su ventanal suspirando por igual por aquel rubio ojo azul que no la hacía más que perder el aliento.

-Feliz cumpleaños mí príncipe. No sabes cuánto te extraño. – Decía con la misma melancolía que su amado. La noche pasó y con ello pasaban los días y una carta llegaba a Lakewood, la cual había tardado más de lo normal porque al ser correo del personal del hospital no tenía calidad de urgente, ya que era solamente para los empleados que enviaban noticias a sus familiares. Así que se tardó en recolectar las cartas para que salieran juntas cada una a sus destinos.

Miles el mayordomo de Lakewood, recibía la carta que estaba a nombre de la Señora Rosemary Brower Andrew, no tenía remitente, ya que Candy no quería que cayera en manos de Sara, ella sabía muy bien del poco afecto que tenía la estirada mujer por ella y sabía perfectamente que no la ayudaría, además al no estar ella se imaginaba que esa mujer se la llevaba en la casa junto a la tía abuela y su tía Rosemary. Miles decidió guardar la carta junto con la demás correspondencia que llegaba para sus patrones, en el cajón del despacho de la señora Elroy, justo como ella le había ordenado, ya se encargaría ella de entregársela cuando la viera.

Dorothy seguía conviviendo con Albert y Alejandro, el cual ya no sentía miedo por aquel hombre que había conocido jaloneando a su buena amiga, quien extrañamente había resultado ser su padre, ya conociéndolo no era tan malo como él lo creía, sin embargo si era muy estricto. Con el paso de los días Dorothy se había mudado a la casa Andrew junto a la tía abuela y Albert y el abuelo de Anthony tenía que ir a supervisar los negocios de su nieto.

-Anthony ¿Puedo hablar contigo?

-¿Qué sucede abuelo? – le dijo con una sonrisa sincera, ese hombre se había convertido en el más importante de su vida, lo había acompañado en la peor época que había pasado en su vida y eso era para él muy valioso.

-Quería infórmate que necesito ir a ver los negocios de los buques que dejó tu padre, yo creo que tardare más o menos un mes. – Dijo el buen hombre, con su voz tranquila y serena que siempre le demostraba.

-Claro que sí abuelo, pero ¿No crees que ya va siendo hora de que consideres en vender la compañía naviera? – Preguntó ante el asombro de su abuelo. – Sé que era de mi padre, pero creo que pronto no podrás seguir con esos viajes tan largos y cansados, además yo no creo poder atenderlos. El viejo Henry mostró una sonrisa melancólica.

-Sé que tienes razón hijo, pero me cuesta hacerlo la verdad. –Le dijo con sinceridad. – Pero te prometo que lo voy a pensar. – Le dijo con una sonrisa amorosa. -¿Sabes que te quiero, verdad? – Le preguntó de pronto.

-¿Y sabes que yo te quiero a ti verdad abuelo? – El viejo Brower asintió feliz.

Anthony llegó ese día al hospital preocupado porque su madre se quedaría sola en la mansión y aunque tendría cerca al ama de llaves, ya era una señora grande y no podía estar al pendiente de su madre.

-Buenos días doctor Brower. – Le dijo una voz vieja y gruesa.

-Buenos días señorita Mary Jane. – Le contestó amablemente.

-Si sigue así de distraído me obligara a llamarlo de la misma forma con la que llamo a mi protegida.

-¿Su protegida? – Preguntó curioso Anthony.

-Sí. – Dijo simplemente. –Es una muchacha que está estudiando enfermería, pero a veces se distrae mucho pensando en el novio. – Dijo rodeando los ojos. – Sin embargo será una excelente enfermera. –Dijo con orgullo. - ¿Qué le sucede doctor?

-Mi madre se quedará sola un tiempo en casa y yo por mis estudios no puedo acompañarla y ella últimamente no ha estado bien de salud. – Dijo explicando rápidamente su problema, a pesar de que era estudiante de medicina y tenía cierta confianza con la enfermera de mayor rango del hospital no le gustaba andar divulgando sus problemas.

-Eso tiene solución. – Le dijo con una sonrisa. - ¿Qué le parece si le envío a una de mis muchachas? Ya tienen tres meses en el curso de enfermería y la próxima semana comenzaran a hacer su servicio en el hospital ayudando a las enfermeras graduadas y a ustedes los estudiantes de medicina.

-¿Cree que sea conveniente? – Preguntó con duda.

-Claro que sí. La joven que le digo es una muchacha noble, de buena cuna, tiene finos modales y además todo lo necesario para ser una excelente enfermera. – Mary Jane miró en el rostro de Anthony un poco de duda por lo que decía así que considero a su otra opción. – Aunque también hay otra chica ella es una excelente estudiante, sigue los protocolos de enfermería al pie de la letra sin ser flexible, pero es más fría y poco amable la verdad. Dígame doctor ¿Es grave lo que padece su madre?

-Por el momento no, pero si requiere de cuidado. – Dijo únicamente.

-¿Entonces qué le parece mi propuesta? Mientras las demás chicas hacen el servicio en el hospital, una de ellas lo puede hacer en su casa.

-Agradezco su ofrecimiento, dígale a esa muchacha que se le pagará bien sus servicios. – Dijo un poco más animado de saber que su madre tendría compañía.

-¿Qué chica quiere que le envíe doctor? – Preguntó Mary Jane.

-La que usted considere más apropiada, señorita Mary Jane. – Dijo amable retirándose a las rondas que comenzarían en pocos minutos. Mary Jane asintió con una sonrisa.

Como enfermera Mary Jane no podía hacer favoritismo con sus alumnas, tenía que pensar primero en el bienestar de la señora Brower, así que estudio detenidamente a las dos enfermeras que tenía en la mira Candy y Flamy eran las elegidas, una por su buen corazón y mal que bien siempre tenía una palabra de aliento para las personas, mientras Flamy seguía al pie de la letra el protocolo sin involucrarse mucho con los sentimientos de la gente.

-Buen día Candy. – Le dijo a su protegida cuando llegó al área de estudiantes de enfermería.

-Buenos días Mary Jane. – Contesto un poco decaída.

-¿Qué te sucede muchacha? – Le pregunto curiosa.

-Mary Jane, yo quisiera saber, si en mi día libre podría buscar un lugar para trabajar, uno que no interfiera con mi horario en el hospital. – Dijo rápidamente para que no creyera que no estaba agusto en el hospital o que no creyera que no le gustaba ser enfermera ya que ella ahora amaba esa noble profesión, aun no siguiera los métodos convencionales.

-¿Necesitas dinero? – Le pregunto con su voz gruesa y chillona a la vez. Candy bajó el rostro y Mary Jane comprendió que todos esos meses que había estado ahí ella nunca le había mencionado que ocupara dinero, pero Candy sentía la necesidad de comenzar a guardar dinero para comprar un pasaje a Lakewood y buscar a su familia, por lo menos ir y venir en un fin de semana. Se había quedado esperando respuesta a su carta la cual nunca le había llegado, no sabía que su familia la buscaba en Chicago desesperadamente, pero al estar ella solamente encerrada en esa escuela día y noche, sería imposible que la localizaran.

-Veré que puedo hacer. – Le dijo simplemente con una sonrisa de lado y Candy sonrió feliz iluminándosele el rostro por la buena disposición de su mentora.

Mary Jane la vio a lo lejos con una sonrisa más sincera, sin dudarlo más ya había decidido a quien enviar a la mansión del doctor Brower. Desde un principio su cariño por la joven enfermera la había hecho inclinarse sobre ella, por eso fue de la primera que había hablado, pero también tenía que darle la oportunidad a otras enfermeras, aunque si bien lo pensaba si la enfermedad de la señora Brower no era delicada, le vendría bien la compañía de una joven que fuera noble y parlanchina para que la ayudara a divagar de sus preocupaciones.

Continuara…

AAAAAAhhhhhhhhhh ahora sí ya falta poco para el encuentro... chan, cha, cha, chaannnn, jajajaja que sangrona me vi jajajaja espero hayan disfrutado el capítulo. Cuidense mucho y espero pronto poder compartir el siguiente...

Les mando un fuerte abrazo y mis bendiciones para cada una de ustedes y su familia, cuídense, protéjanse y si pueden quédense en casa por favor.

Besos!