Los personajes de Candy Candy no me pertenecen, pero los incluyo en esta historia para hacer volar mi imaginación, es sin fines de lucro y no apto para menores. ¡COMENZAMOS!

LAZOS DE AMOR

FIESTA REAL DE COMPROMISO

CAPITULO XXXI

Terruce llegaba a la casa de su mujer para enfrentar la situación con ella y su madre, desde que había vuelto de Nueva York había evadido toda responsabilidad que ella pudiera causarle, tenía miedo, se sentía incapaz de ser padre a pesar de que sabía perfectamente que su padre no había corrido cuando él venía en camino.

El problema de sus padres se había suscitado después, una vez que su abuelo se había enterado con quien se había casado el gran Richard Grandchester, aquel hombre había estado de acuerdo con la boda que se había pactado con la joven Rosemary Andrew, pero al enterarse que se había llevado a cabo con una actriz de Broadway llamada Eleanor Baker su ira fue tanta que no paró hasta que su propio hijo desistiera de ese matrimonio, siendo él un pequeño de tan solo dos años, pero al ser hombre y el primogénito de Richard su abuelo no iba a permitir que aquella mujer lo criara, así que utilizó todo su poder para quedarse con la patria potestad de aquel pequeño, quien después de eso se sumió en la más profunda soledad al tener que convivir en un palacio tan grande y vacío al mismo tiempo, vacío del amor materno, vacío de caricias y afecto, vacío de palabras de amor, pero lleno de responsabilidades y protocolos, una vida difícil para un pequeño sin su madre. Al poco tiempo su abuelo decidió quien sería la esposa digna para su hijo, eligiendo a la Condesa de Hertford bastante reconocida en ese país Margaret Lancaster una mujer de aspecto duro y semblante frío que a pesar de estar de acuerdo de casarse con un hombre tan apuesto y rico, era Duque, sus padres habían arreglado el compromiso de repente ya que ella misma había creído que nunca se casaría, no había tenido ni una sola propuesta de matrimonio y el arreglo que habían tenido primero sus padres con un Barón, para su desgracia no se había realizado porque aquel joven había fallecido siendo un chiquillo.

El matrimonio no fue lo que esperaba ya que el apuesto Duque era un hombre divorciado, con un hijo y además tenía un pasado que daba mucho que desear, sintiéndose ella frustrada por esa situación y decidió ser indiferente con aquel pequeño que ya contaba con 4 años de edad.

La vida de Terry a partir de ese momento fue más dura que nunca, tenía que aguantar las reprimendas sin sentido de aquella mujer que le obligaban a llamar madre, pero todo aumentó cuando nació su primer hijo, él pensó que tendría un hermano con quien jugar y que su vida sería menos solitaria, sin embargo su nueva "mamá" no le permitía acercarse a su pequeño hijo alegando que era muy pequeño, formando un niño temeroso y delicado, uno del cual el Duque no se sentía del todo orgulloso, todo lo contrario a Terry quien era valiente y arriesgado. El pequeño Terry creció recibiendo otro tipo de caricias de las jóvenes doncellas que vivían en aquel palacio, quienes lo atendían cada vez con mayor esmero al ir creciendo y convertirse en un apuesto joven de catorce años, las mozas se desvivían por ser ellas las que lo atendieran principalmente por las noches. Ahí fue cuando aprendió el arte de amar, cuando una noche una de las doncellas de su "madre" se quedó más tiempo del necesario en su habitación, queriendo enseñarle al futuro Duque la manera en la que debía ser amada una mujer, a partir de entonces, mozas entraban y salían de la habitación de aquel joven, sintiéndose él, merecedor de la atención y el cariño de todas las féminas jóvenes de ese lugar. Su padre lo envió al Colegio desde muy joven para que se formara como un caballero, sin embargo la soledad en la que vivía lo hizo ser más hostil y rebelde, causando uno y miles dolores de cabeza a su padre para "pagarle" de alguna manera sus años de olvido y para que su "madre" pudiera decir con razón que él era una mala influencia para su hermano.

Llegó al pequeño departamento de Susana, no atreviéndose a tocar la puerta, apretando los puños para darse valor de enfrentar lo que viniera, tenía días sin verla y sabía perfectamente que eso para una mujer era un rechazo y Susana no era la clase de mujer que se conformaba con tan poco.

-Buenas tardes. – Dijo la madre de aquella joven, lo recibió con un semblante frío y resentido.

-Buenas tardes señora Marlowe.- Saludó con inquietud, pero sabía bien que no iba a ser nada fácil a lo que se enfrentaba. – ¿Se encuentra Susana?

-Está durmiendo. – Dijo seriamente la mujer.

-¿Podemos hablar un momento? – La mujer se sorprendió con las palabras de aquel joven ya que desde que había ido por ella a Nueva York no había tenido la delicadeza de hablar con ella del asunto que los unía.

-Adelante. - Dijo la mujer cambiando su rostro por uno más condescendiente, sin embargo en el fondo de su alma sentía un rechazo por aquel apuesto joven. - ¿Usted dirá de qué quiere hablar? Del embarazo de mi hija, o únicamente de la criatura. – Dijo la mujer con pesar, ya se había enterado por su hija que aquel joven era el futuro Duque de Inglaterra y sabía bien que tenía el poder para quitarle fácilmente a su nieto o su nieta.

-Vengo a hablarle de su hija. – Dijo sintiendo un poco malestar en su estómago, no porque no tuviera sentimientos por aquella dama, sino porque sabía perfectamente que le sería muy difícil mostrarle una fidelidad que él nunca había experimentado con nadie, ni siquiera había tenido una relación seria con alguna mujer, la más seria que había tenido era con Susana y de pronto se encontraba con que iba a ser padre.

-Usted dirá joven Grandchester. – Dijo aparentando tranquilidad.

-Primero que nada quiero decir que no había podido venir por los ensayos de la obra. – Primero se disculpó agarrando valor de decir a lo que iba.

-Mi hija me lo explicó. – Dijo reconociendo que su hija lo había justificado ya con esa excusa.

-Pero ahora que pronto será el estreno tendré el tiempo suficiente para estar con ella casi todos los días. – Dijo seguro, pensando en que también tendría que hablar con Karen, aún no lo había hecho a dos semanas de haberse involucrado con ella.

-Si sabe usted que su embarazo está avanzando. – Dijo la mujer ayudándole un poco a lo que el joven quería llegar.

-Así es señora, sé que el embarazo de Susana está avanzando. ¿Cómo sigue?

-Mucho mejor, el médico dijo que ya podía levantarse de su cama, el peligro ya pasó, sin embargo el sueño por las tardes la vence.

-Entiendo.

-¿Qué es lo que pretende hacer con mi hija y la criatura? ¿Quiere mantener a mi hija como una amante? – Preguntó indignada. -¿O le quitará a su hijo si es un varón? – Preguntaba con angustia, con miedo, sabía que aunque era muy joven el chico que estaba ante ella tenía poder.

-¡NO! – Gritó una voz que venía atravesando la puerta de la habitación. Era Susana que ya se había despertado y había escuchado las voces en la sala del departamento. Terry se levantó de golpe al verla llegar con los ojos a punto de desbordarse en llanto y su mirada de súplica que le dirigía, se fue sobre él tratando de abrazarlo para suplicar que no le quitaran a su hijo. - ¡No me quites a mi bebé! ¡Por favor! – Le dijo a punto de caer y Terry la tomó entre sus brazos sintiéndose más miserable que nunca, había hecho llorar a la única mujer que le había demostrado amor verdadero, a la única que le había despertado a él un sentimiento de amor o celos hacia su persona, a la primera joven que había tomado virgen en su vida, ella le había entregado su pureza confiando en sus sentimientos hacia ella.

-Susana, yo no pretendo quitarte a tu hijo… a nuestro hijo. – Dijo corrigiendo lo dicho, demostrando a Susana que él también quería sentirse involucrado en el embarazo de su hijo.

-Promételo, por favor. – Le dijo en súplica. Le dolía ver esos ojos azules envueltos en llanto.

-Te lo prometo mi amor. – Le dijo abrazándola a su pecho con ternura, con un amor que no se explicaba nacía del fondo de su corazón, la veía tan frágil y desvalida, tan diferente a Candy, que era segura y valiente de sí misma. Ella sí lo necesitaba, ella sí ocupaba de su protección y su presencia, en cambio aquella rubia ya tenía a quien amar. – Te prometo que nuestro hijo crecerá a nuestro lado y que siempre estarás a su lado y yo estaré siempre con ustedes. – Le dijo viéndola a los ojos, sellando una promesa sin necesidad de terceras personas, era una promesa que nacía en lo más profundo de su corazón y que se la hacía con convicción. – Susana ¿Te quieres casar conmigo? – Le preguntó de pronto, así sin más, sin ir preparado para esa propuesta, lo había hecho sin haberlo planeado, sin pensarlo, simplemente le había nacido la necesidad de hacerlo al verla tan frágil y desvalida, al ver que ella lo necesitaba tanto a él y a nadie más, a pesar de las maravillas que hablaba de aquel rubio. Susana lo miró extrañada por la pregunta, ella tampoco se esperaba esa propuesta tan arrebatada, sin embargo mentiría si dijera que no era lo que anhelaba en el fondo de su corazón.

-¿Y tu padre? – Preguntó con miedo antes de dar su respuesta definitiva.

-Mi padre se encuentra en Inglaterra y dudo mucho que pueda regresar a América. – Dijo seguro, viendo los azules ojos que lo veían enamorada, las lágrimas que se asomaban de sus ojos los hacían ver de un azul más intenso y hermoso, ahí supo Terry que ella era la indicada para él, compartían el mismo gusto por el teatro, los mismo intereses, ella era sumisa y apasionada en la intimidad y a la vez era decidida en sus acciones, supo hacerse a un lado cuando pensaba que lo había perdido y había considerado la posibilidad de comenzar de nuevo con alguien más a pesar de amar a aquel rebelde. -¿Qué dices? ¿Te casarías conmigo? – Preguntó más seguro de lo que decía, mientras la madre de Susana cambiaba su semblante por uno más conmovido al ver a su hija al lado del hombre que decía amar.

-Sí Terry, acepto casarme contigo. – Le dijo enamorada viendo en sus ojos la esperanza y las ganas de cambiar por ella, de ser un hombre diferente al que había conocido, con la esperanza de que fuera realidad. La madre de su Susana una vez que escuchó que su hija aceptaba a aquel joven se refugió en su habitación para darles un poco de privacidad, cosa que agradecieron los jóvenes quienes se fundieron en un beso apasionado y muy necesitado, tenían semanas de no compartir uno, Terry se sintió como en casa, los besos de Susana le provocaban sentimientos que no le había provocado ninguna mujer, ni siquiera los besos de Karen que eran tan apasionados y dedicados hacia él, él no podía corresponderlos de la misma manera, los disfrutaba eso era verdad, pero él no podía corresponderle con la misma intensidad como lo hacía con Susana. Ahora solo restaba hablar con Karen.


Candy se encontraba en la residencia de los Andrew, esa noche por fin su amado príncipe sellaría el compromiso que tenía con ella desde hacía tiempo, por fin se llevaría a cabo la pedida de mano que tanto habían anhelado, Rosemary la había convencido de prepararse en aquella mansión para que su hijo no la viera lista hasta que ya estuvieran todos reunidos.

-¿Estás nerviosa Candy? – Preguntaba Dorothy quien era la que ayudaba a Candy a vestirse, como en los viejos tiempos.

-No, estoy muy emocionada Dorothy, por fin voy a realizar mi sueño. – Decía enamorada. Dorothy la veía feliz, ella siempre había deseado que ese día llegara, verla plenamente feliz y por fin lo conseguía, su padre ahora le demostraba ahora con mayor facilidad su amor por ella, el amor de su vida la iba a pedir en matrimonio y al mismo tiempo se iba a celebrar el compromiso, la sencilla cena se había convertido en un pequeño baile donde habían invitado a la mayoría de la gente de la alta sociedad de Chicago y Lakewood, todo a pedido de la vieja Elroy, quien no quería que la gente pensara mal de sus nietos, ya era suficiente con las habladurías que comenzarían a correr por Eliza, por ese lado decidieron darle gusto.

-¡Te ves hermosa Candy! – Decía Dorothy al ver a su hija vestida de esa forma. El vestido que Candy usaba era una de las creaciones de madame Monique quien se había convertido en la diseñadora exclusiva de la familia Andrew, confeccionando vestidos únicos para cada una de las integrantes sin repetirlo a sus demás clientas. Era un vestido largo que se ajustaba a su cuerpo y terminaba en una amplia cola que arrastraba a su paso, de la parte de arriba el escote era recto ajustándose a sus hombros dejándolos descubiertos, era de color rojo, un rojo tan intenso que le hacía relucir su blanca piel, al frente llevaba una abertura fina y delicada que le permitía dar los pasos seguros y estables, esta llegaba hasta un poco debajo de su rodilla, sin permitir ver más piel.

-Adelante. – Dijo Dorothy al escuchar que tocaban a la puerta, ya Candy estaba vestida, así que ya podía dar libre acceso a lo que seguía.

-Bonjour, ma belle. – Dijo aquel joven maquillado con movimientos femeninos que ya conocía Candy, más sin embargo Dorothy lo miraba con extrañeza.

-Bonjour Geovanny. – Contestaba Candy con una reverencia al saludar a aquel joven que le había caído muy bien.

-Allez, les filles, commençons. Nous n'avons pas toute la journée. * - Las acompañantes de aquel muchacho se apresuraron a seguir sus ordenes, todas llevaban un pequeño maletín donde guardaba todo lo necesario para el peinado y maquillaje de la futura señora Brower.

-¡Prêts! – Anunció Geovanny para avisar que ya estaba lista su obra maestra, como él le decía ya que estaba encantado con el cutis y cabello de aquella muchacha.

El cabello de Candy estaba totalmente recogido, mientras algunas ondas de su cabello adornaban su frente y enmarcaban su rostro, su cuello se veía largo y estilizado y lo adornaba una gargantilla de diamantes que hacían juego con los aretes y el brazalete que portaba en su mano derecha. Adornando el vestido en su parte superior como siempre el delicado emblema de los Andrew que nunca podía faltar, aunque para gusto de Geovanny era mejor no usarlo, pero él no entendía ese gusto de los ricos.

Una vez que había terminado ordenó a las chicas que colocaran todo en su sitio y se retiraron en fila como habían entrado. Por fin todo estaba listo, Candy se veía espectacular, luciendo ese vestido que la hacía ver más alta y estilizada, su cuerpo era muy hermoso y al llevar el vestido que le delineaba sus formas la hacía ver un poco más grande de la edad tenía.

-Anthony quedará impresionado. – Dijo Dorothy quien volvía después de que había abandonado la habitación tanta gente. Albert llegaba detrás de ella para avisar que estuviera preparada para cuando anunciaran su presencia, los invitados comenzaban a llegar y ella tenía que estar lista al momento. Al verla Albert se quedó por un momento sin habla, contemplando la belleza de su hija, no podía evitar recordar a su madre la noche que la conoció. Sus ojos se llenaron de lágrimas y su memoria voló rápidamente a aquella época. Su rostro en conjunto era muy parecido al de su madre, sus pecas, pero sobre todo su estatura y su cuerpo. Dorothy respetó su espacio y salió de la habitación.

-Eres el vivo retrato de tu madre. – Le dijo con orgullo. Candy lo vio sorprendida por sus palabras. – Tu madre era la mujer más bella de este mundo, y no me refiero solo a lo físico, sino que era una mujer valiente, fuerte, capaz de defender al más desvalido y capaz de ponerme en mi lugar en menos de un minuto, sin gritos, sin reclamos, simplemente con unas palabras, que me demostraban que tenía la razón. Su mirada era cálida y amorosa, sus manos y su piel eran tan blancas y suaves, y con solo un roce de ellas hacía estremecer a cualquiera. – Candy lo escuchaba con las lágrimas a punto de brotar de sus ojos, era la primera vez que su padre le hablaba de su madre. – No llores hija. – Le dijo cerrando la distancia que había entre sus cuerpos abrazándola a su pecho con total ternura. – Verte así, tan elegante, tan hermosa, me recuerda el día que conocí a tu madre. Relató aquel encuentro.

-Buenas noches… - La saludé caballerosamente mientras me inclinaba a besar su mano delicadamente, en ese simple contacto sentí que mi cuerpo reaccionó al sentir una corriente eléctrica recorrer mi espalda. Ella me volteó a ver perdiéndome en sus hermosos ojos verdes que me miraban con coquetería, perdiéndome en ellos inmediatamente.

-Buenas noches, caballero… - Respondió con una dulce sonrisa en sus labios, correspondiéndole en el acto.

-William, William Albert Andrew… - dije un poco nervioso, pero tratando de ocultarlo.

-Candice White… -Contestó simplemente.

-Nunca me habías hablado de mi madre. – dijo Candy emocionada por lo que escuchaba.

-Nunca me atreví a hacerlo porque me lastimaba su recuerdo. – Dijo siendo sincero. – Yo amé a tu madre como nunca volveré a hacerlo hija. – Dijo bajando su vista hacia sus ojos.

-¿Ni a Dorothy? – Preguntó confundida.

-Dorothy es la mujer de la cual estoy enamorado ahora, pero el amor que tendré por tu madre siempre será diferente, fue el amor de dos jóvenes inexpertos que en el momento que decidieron amarse lo hicieron para entregarse para siempre a ese amor, sin embargo el destino tenía otros planes para nosotros y se la apartó de mi lado. – Dijo aguantando las lágrimas que le quemaban sus ojos, escapándose una de ellas para recorrer su rostro. – Sin embargo yo decidí amarla desde la primera vez que la vi, fue mi primer amor, fue mi primera mujer, fue la primera que me dio una hija, fue la primera en muchas formas en mi vida, y el primer amor mi niña, el primer amor nunca, óyelo bien, nunca se olvida. – Le dijo mirando fijamente sus ojos.

-Creo que te entiendo. – Dijo sin dejar de fijar su mirada en su padre.

-Estoy seguro que sí, es un amor muy parecido al que tú tienes con Anthony. – Le dijo seguro de sus palabras. – Él es tu primer amor, y puedo asegurarte que pase lo que pase nunca podrás olvidarlo. – Candy lo escuchaba maravillada, su padre era un hombre que aún conservaba en su corazón a su madre y por primera vez lo veía como a un hombre que había amado con tal intensidad a una mujer que el haberla perdido lo había casi enloquecido. Por un momento lo comprendió, sabía que para ella sería muy duro perder el amor de Anthony, y en ese momento todo resentimiento y todo rencor que pudiera haber guardado hacia su padre se había esfumado por completo, su padre era un hombre que sufrió y sufría aún la pérdida del amor de su vida.

-Te amo papá. – Le dijo abrazándose a su cuerpo una vez más, sintiendo el amor paternal que siempre había anhelado.

-Y yo te amo a ti hija. – Le dijo besando su frente. – Aún hay cosas que no sabes de tu madre. –Le dijo nuevamente. – Y te prometo que pronto te las contaré, solo dame un poco de tiempo para analizarlas. – Le dijo antes de retirarse. Candy asintió, estaba segura que su padre apenas comenzaba a sanar la muerte de su madre y ese había sido otro paso más para lograrlo, sabía que le tenía que dar tiempo y no forzarlo en las cosas.

-Aquí estaré padre, no te preocupes. – Le dijo sincera.

Albert se reunió con Dorothy una vez que salió de la habitación, aquella mujer lo llenaba de paz y lo comprendía muy bien en relación al duelo que llevaría por siempre en el alma por su amada Candace, no lo juzgaba ni le reprochaba nada, muy al contrario ella le animaba a hablar sobre ella, entonces reparó en algo que nunca había notado.

-Dorothy ¿Algún día me hablarás de cómo murieron tu hijo y tu esposo? – Preguntó un poco intranquilo ante la formulación de esa pregunta, sabía que era algo muy difícil para su futura esposa.

-Muy pronto. – Le dijo con una sonrisa melancólica en su rostro, sabía que también ella tenía que sanar aquella mala experiencia que había sufrido en su vida. Ambas almas estaban rotas por diferentes motivos, sin embargo habían sabido unirlas, pero era algo que solo lo lograban juntos, habían comprobado que separados no lo superarían del todo, su relación era un tipo de pegamento que mantenía unidas sus almas rotas.

Albert la besó en los labios con ternura una vez más, disfrutando de ese contacto que como todo hombre necesitaba. Alejandro se incluía en su familia llegando emocionado junto a su tía Eliza quien se encargaba de vez en cuando de entretenerlo mientras él le platicaba de sus aventuras, la presencia de aquel niño en su vida la hacía divagar en lo que su alma traía dentro.

-¡Papá! – Le gritó emocionado aventándose a sus brazos para que este lo atrapara.

-¡Hola jovencito! ¿Dónde te habías metido? – preguntó Albert al tomarlo en brazos y abrazar a Dorothy para ir a recibir a los invitados.

-Con mi tía Eliza. – Dijo mirando a la joven quien se unía a ellos. – Ella es muy divertida y me escucha con atención. – Dijo el niño emocionado.

-Me alegro mucho. – Dijo Albert dirigiendo una mirada de agradecimiento a aquella pelirroja. –Gracias. – Le dijo con una sonrisa. Eliza asintió correspondiendo a la sonrisa con una igual de cálida y sincera. – Tom pronto llegará de su viaje Eliza. – Le dijo para que cambiara un poco su semblante, tenía semanas que le había dicho que ya estaba enterado de su estado, sin embargo aquel joven no aparecía.

-¿De verdad? – Preguntó algo incrédula a lo que su tío le decía. Albert asintió.

-De verdad Eliza, se retrasó porque no había viajes al continente, por la guerra se han detenido los viajes en barco de civiles, pero gracias al abuelo de Anthony, Tom acaba de tomar un barco hace unos días y ya viene en camino. – Le dijo con una sonrisa alegrándole la noche a Eliza que no estaba segura de mostrarse ante todos esa noche por lo que pudieran decir las personas, sin embargo a pesar de que ya tenía cuatro meses de embarazo este aún no era notorio en su cuerpo.

-¡Gracias tío! – le dijo abrazándose a su brazo en señal de alegría.

Elroy los observaba desde abajo en cada uno de sus movimientos, de seguro su sobrino y le había advertido a Eliza sobre aquel joven, ella aún seguía molesta con la muchacha, sin embargo le alegraba que pronto se resolvería aquella situación.

Abajo en la recepción comenzaban a llegar los invitados enfundados en sus mejores galas y un elegante Anthony entraba acompañado de su madre y su abuelo, ambos muy bien vestidos acorde a la ocasión, la belleza de la viuda de Brower no pasó inadvertida para varios caballeros que estaban presentes, entre ellos el sobrino de Harold Simmons, un hombre que había permanecido soltero porque no había encontrado a la mujer de sus sueños, sin embargo al ver a la hermosa mujer que entraba junto a los otros dos caballeros quedó admirado de su belleza. Las miradas de los demás caballeros no se hacían esperar sobre la viuda, la mayoría eran ancianos que estaban buscando una nueva esposa pero algunos sabían que aquella bella mujer no daría su brazo a torcer ya que lo habían intentado cuando ella había quedado viuda tan joven, había uno que otro hombre casado quien veían a su lado a la mujer que habían elegido siendo muy jóvenes, sin embargo su belleza iba disminuyendo mientras la belleza de Rosemary Brower Andrew iba en aumento. Anthony y su abuelo notaron esas miradas y ninguno de los dos las recibió del todo bien, Rosemary sin embargo solo se limitó a saludar a los presentes.

-Bienvenidos. – Dijo la tía abuela saludando elegantemente a los Brower.

-Muchas gracias tía abuela. – Contestó Anthony a aquella mujer besando con respeto su mano, mientras las muchachas alrededor suspiraban por lo apuesto de aquel hombre.

-¡Está guapísimo! - Decían las chicas entre sí. - ¡Que suerte tiene la hija del señor Andrew! – Decían otras. - ¡Ellos siempre han estado comprometidos! – Decía otra joven dándose la muy conocedora de la situación. – Yo escuché que estaba comprometida con un Duque. – Comentaba alguien más. –Eso no fue cierto, solo se fue a estudiar un tiempo al extranjero. – Decían cada una de las muchachas y las damas que estaban presentes, a pesar del nivel de educación que tenían ninguna podía negar que el chisme era lo que las mantenía de pie.

-¿Y Candy? – Preguntó enamorado, sin prestar más atención de lo que decían a su alrededor.

-En un momento viene. – Contestó Albert.

-¡Mi hermana está hermosa, Anthony! – Dijo Alejandro dirigiéndose a su primo y futuro cuñado.

-Me imagino, Alejandro. - Dijo Anthony saludando al pequeño primo que lo abrazaba con entusiasmo. - Tu hermana es la mujer más hermosa del mundo. - Le dijo guiñándole un ojo ante la sonrisa traviesa del niño.

La mucama iba por Candy para avisar que ya había llegado su prometido, Candy se daba un retoque en el maquillaje y se acomodaba el vestido, observando una vez más su apariencia, ella misma reconocía que se veía diferente. El corsé que llevaba pasaba inadvertido entre la tela de su vestido, sin embargo sintió la necesidad de acomodarlo ajustando las copas para acomodarse sus senos, eso los hizo sobresalir un poco más. Camino en dirección a las escaleras que la llevarían junto a su amado. Cada paso que daba lo daba segura, decidida, sin ningún tipo de temor o miedo, sabía que era un paso muy importante que daría en su vida, pero era el que ella había estado preparada desde hacía mucho tiempo, había esperado ese momento desde que tenía tan solo siete años que fue la edad en la que ella había descubierto los sentimientos por su príncipe y por fin estaba sucediendo.

Bajaba las escaleras con elegancia, con cuidado, cada escalón que bajaba la acercaba más a su amado quien la esperaba al pie de la escalera observando su belleza. El rostro de Anthony no pasó desapercibido por nadie, ellos pronto conectaron sus miradas y así se quedaron observándose uno al otro embrujados por la belleza que ella tenía y por la galanura de él, sin duda eran una de las parejas más hermosas que existía, una muy parecida a la que había formado su padre y su madre en aquella época.

-Se parecen mucho a Albert y Candace. – Dijo una anciana que había asistido a la fiesta de compromiso de ellos, pero pronto calló al ver que Elroy la había escuchado y la mirada que le había dirigido era una de que guardara silencio. Albert había escuchado lo dicho y sintió que su corazón se estrujaba, sin embargo Dorothy lo abrazaba en señal de comprensión, él le sonrió y siguieron en lo que estaban, pusieron su atención en la pareja principal de la noche.

Al momento de que Candy iba bajando las escaleras, Terry iba llegando del brazo de Susana y de su suegra, quien los acompañaba a aquel compromiso al que habían sido invitados. La tía abuela había dado la indicación que lo anunciaran como el futuro Duque de Grandchester para que le diera más importancia al evento, sin embargo el haber llegado tarde a aquel baile había impedido hacerlo. Terry observó con detenimiento a la joven que bajaba al encuentro de su prometido y se quedó perdido por un momento en su imagen. Susana advirtió su estado.

-¿Te arrepientes? – Preguntó sin querer sonar triste, sin embargo no lo había conseguido del todo. Terry la volteó a ver con ternura.

-No Susana, no me arrepiento. – Le dijo besando su mano y siguiendo su camino hacia el salón. Terry suspiró de nueva cuenta, pensando en lo hermosa que se veía aquella chica que lo había rechazado sin siquiera tratarlo, sin siquiera conocerlo suspiró profundamente al reconocer que si las cosas hubieran sido diferentes él si se hubiera enamorado perdidamente de aquella joven, si tan solo ella le hubiera demostrado un poquito de afecto.

Candy por fin tomaba la mano de Anthony, sintiendo una vez más esa corriente eléctrica que le despertaba sus sentidos, ambos seguían perdidos uno en el otro, con una sonrisa demostraban la felicidad que les inundaba sus corazones.

-¡Te ves hermosa! – Le dijo en su oído una vez que la tuvo cerca. Candy sintió su cuerpo estremecerse desde la punta del cabello hasta la punta de sus pies.

-Y tú te ves muy guapo. – Le dijo tornando su rostro de color rojo, cosa que advirtieron los presentes. Anthony hizo una reverencia y besó su mano con delicadeza, fundiendo sus labios con su mano dejando impregnado el sabor de su piel en ellos. Le ofreció su brazo para ir junto a los representantes de cada familia.

Tanto Rosemary como Albert, Dorothy y el señor Brower rodearon a los chicos para hacer el protocolo del anuncio del compromiso. Albert fue el que tomó la palabra ante todos.

-Quiero agradecer a los presentes el haber venido a festejar junto a nosotros el compromiso matrimonial de mi hija Candy White Andrew y mi sobrino el joven Anthony Brower Andrew. –Albert cedió la palabra al señor Brower.

-He solicitado la mano de la señorita Candy White Andrew para mi nieto Anthony Brower, la cual tengo el honor de compartir con ustedes se nos ha concedido. – Decía el hombre junto a su nieto, quien miraba enamorado a su prometida, ahora sí ya todo era formal, ya toda la sociedad de Chicago y Lakewood estaba enterada del compromiso y de la pronto boda que se llevaría a cabo.

-Estando ambas partes en común acuerdo. – Habló ahora la matriarca del clan. – Hemos de informar que la boda se realizará en menos de tres meses, una vez que se hayan terminado de realizar los preparativos.

Una vez que terminaron el protocolo se procedió a la apertura del baile, comenzando aquel vals que habían bailado por primera vez en aquella mansión de Lakewood, había sido un pedido especial de Anthony quien recordaba como si hubiera sido ayer aquel momento. Candy se emocionó al escuchar aquella melodía la cual llevaba grabada en su corazón.

-Me permites hermosa. – Le dijo con una reverencia, Candy se inclinaba un poco aceptando la invitación, mientras su prometido la tomaba firmemente de su cintura y la acercaba a su cuerpo, aferrándola hacía él sintiendo así sus formas unidas a su cuerpo, ese movimiento le provocó que escapara un suspiro a Candy abandonado su cuerpo al momento que Anthony posicionaba su rostro muy cerca del de ella. – Me tienes loco, mi amor. – Le dijo cerrando sus ojos abandonándose a esa cálida sensación que comenzaba a calentar su cuerpo, tratando ambos jóvenes de controlar lo que despertaba en su cuerpo aquel contacto, tenían que controlarse ya que estaban ante la presencia de mucha gente y ellos eran el centro de atención, nadie hacia otra cosa más que observar al par de enamorados que se veían uno al otro sin importar la presencia de nadie más, ambos bailaban al ritmo de aquel vals a la perfección, sus movimientos eran tan perfectos y estaban tan sincronizados que todos advertían que eran hechos el uno para el otro.

-Tú eres el que busca hacerme enloquecer. – Le contestó Candy en su oído con suavidad, con un susurro provocando que Anthony sintiera como se erizaba su piel una vez más.

-No sigas pecosa. – Le decía tratando de sonar tranquilo, que nadie advirtiera el estado de su cuerpo, deslizándose en la pista de baile tratando de concentrarse para no cometer un error.

-No siga qué. – Decía Candy traviesa, sabiendo lo que le ocasionaba a su rubio amor.

-Me vas a obligar a que te robe en este preciso momento. – Le decía con una sonrisa coqueta, mientras Candy le correspondía de la misma manera.

-No te atreverías. – Le decía juguetona, con una sonrisa con sus labios rozando sus oídos provocando el descontrol en el rubio.

-¿Estás segura? – Le contestó él de la misma forma, provocando ahora en ella que su piel se erizaba por completo, sintiendo como su cuerpo reaccionaba, y el calor se alojaba en toda ella concentrándose en su rostro de muñeca un intenso rubor que hizo que Anthony sonriera satisfecho. – Te amo. – Le dijo de frente para tranquilizar su corazón el cual había sentido alborotarse por la cercanía de sus cuerpos. Todos entendieron esa parte, ya que nadie había escuchado los comentarios que se hacían en secreto.

-Y yo te amo a ti. – Le dijo Candy deseando cerrar esa distancia que los separaba y unir sus labios en un apasionado beso, sin embargo ambos tenían que aguantar un poco más. Siguieron bailando hasta que terminó aquel vals que distinguían como propio.

Una vez firmado por fin el contrato matrimonial, fue entregado a Anthony para que él lo guardara en la casa que compartiría con su amada. El baile comenzó para los invitados y las personas más allegadas a la pareja se hacían presentes para felicitar y desearles una vida próspera a los futuros esposos.

Ante el descuido de los invitados Anthony tomó a Candy por sorpresa y se la llevó en dirección al jardín, un lugar que estaba abandonado ya que todos estaban disfrutando de tan maravillosa fiesta.

-¿Qué sucede Anthony? – Preguntó sorprendida ante la acción del rubio.

-Te dije que te iba a robar. – Le dijo acercándose peligrosamente a sus labios, en busca de poder besarlos por primera vez aquella noche. Candy abrió los ojos sorprendida por lo que decía. Sin embargo cerró los ojos decidida a recibir aquella caricia que también ella necesitaba.

Sus cuerpos se unieron en un beso apasionado, húmedo, profundo, buscando ambos dentro de sus bocas el sabor dulce y adictivo que tenían cada uno, disfrutando la unión de sus bocas, saboreando su sabor y deleitándose con el aroma que desprendían sus cuerpos, Anthony deslizó sus manos alrededor de su espalda deteniéndose en la parte baja de ella, deseando apretar con sus manos su glúteos, Candy se aferraba a su cuello buscando ese contacto que ambos sabían muy bien que anhelaban, su senos comenzaron a frotarse con su pecho en un movimiento lento, al principio había sido por casualidad pero al sentir lo bien que se sentía Candy siguió haciéndolo delicadamente, como si fuera un movimiento fortuito. Anthony no pudo más y subió sus manos por los costados llegando a la altura de sus senos, rozando con sus pulgares esa delicada parte de su cuerpo. Candy soltó sus labios de pronto soltando un gemido por el placer que ese movimiento le había provocado. Anthony aprovecho eso para dirigirse a su cuello, el cual había deseado besar en cuando la vio bajando por la escalera, la gargantilla que llevaba le impedía continuar con ese beso cargado de deseo que lo abrumaba, sin embargo no le impidió saltarlo para dirigirse a su escote rumbo a aquellos montes que acariciaba aún con sus pulgares.

Se deleitó con su olor aspirando maravillado ese aroma, era un aroma a rosas, era el perfume que siempre había usado desde que se lo regaló por primera vez a la tierna edad de siete años, su nariz se posicionó entre la separación de sus senos y Candy arqueaba su espalda para sentir un poco más de él. Anthony se animó a lamer esa parte de su cuerpo, sintiendo en su lengua arder la piel de su amada.

-Anthony, Candy. – Escucharon una voz que los buscaba desde el interior de la mansión.

Continuará…

* Vamos niñas, comencemos que no tenemos todo el día. (según el traductor) jajajaja.

Bueno hermosas damas, aquí les dejo un nuevo avance de la historia, espero les haya gustado mucho, quiero agradecer enormemente por los comentarios que ha recibido. Espero siga siendo de su agrado.

Saludos y bendiciones.