Buen día hermosas aquí les dejo otra capitulo más de esta historia, espero sea de su agrado. Es una historia no apta para menores de edad. COMENZAMOS
LAZOS DE AMOR
ENTRE FIESTAS Y CARICIAS
CAPITULO XXXII
Anthony y Candy estaban sumergidos en el placer de sus cuerpos cuando de pronto escucharon las voces de sus primos que los buscaban.
-Candy, Anthony. – Decían Archie y Stear quienes iban en su búsqueda.
Ambos rubios agradecían a la noche su oscuridad ya que eso les ayudaba a camuflar un poco el rubor que se asomaba en sus rostros al haber elevado la temperatura de sus rostros. Anthony suspiraba agitado al levantar su cabeza de entre el escote de su amada, colocándola en la frente de ella para combinar sus respiraciones las cuales quemaban sus rostros al contacto. Anthony aferraba su cuerpo al de Candy buscando controlar un poco la reacción que había provocado aquella chica en su cuerpo.
-No te muevas pecosa, por favor. –Dijo en un susurro no entendiendo la rubia por que le decía que se quedara quieta, sin embargo obedeció para tratar también de controlar su respiración.
El sonido de las voces se hacía cada vez más intenso y por fin ambos chicos encontraban la manera de tranquilizarse, sobre todo Anthony quien era el más ansioso, comenzaba a moverse de un lado a otro, lejos de su amada para así poder controlar su cuerpo con el aire fresco de la noche.
-Hasta que los encontramos. – Dijo Stear quien era el más apurado por encontrarlos.
-¿Sucede algo Stear? – Preguntó Anthony a su primo al verlo emocionado por encontrarlos.
-¿Qué están haciendo? – Preguntó un poco confundido por cómo veía a su primo caminar de un lado a otro antes de informar a lo que habían sido enviados.
-¡Stear! – Habló Archie quien si se había dado cuenta de lo que tal vez había pasado. – Diles de una vez a que venimos ya que ellos buscaban estar un rato a solas. – Le dijo a su hermano, mientras Stear sonreía como tonto al captar que había interrumpido un momento romántico entre ellos.
-Lo siento chicos, pero mi tío nos envió a buscarlos. –Dijo sintiéndose mal por haberlos interrumpido. – Pero si quieren podemos decir que no los encontré. – Decía de nuevo pecando de inocente.
-¡Stear! ¿Cómo se te ocurre? – Preguntaba Archie dándose una palmada en su frente ante las palabras que salían de la boca de su hermano.
-¡Perdón! – Decía apenado. Esa forma de ser de Stear había ayudado a Anthony a relajarse por completo y recuperar su estado natural.
-No te preocupes Stear, pero cuando lleguemos Candy y yo a interrumpir un momento a solas con Patty no acepto reclamos. – Le dijo dándole una palmada en su espalda con afecto, mientras tomaba de la mano a su prometida quien los veía apenada por haber sido descubierta junto a su príncipe.
-¡Eso no es justo! Saben bien que no lo hago con intención. – Decía el pobre Stear quien ya estaba sentenciado por su primo en interrumpir el momento que compartiera a solas con su amada Patty. Stear se iba renegando mientras Archie se burlaba de él conforme avanzaban al salón donde se llevaba a cabo la fiesta.
-¿Nos buscabas tío? – Preguntó Anthony más tranquilo dirigiéndose a su tío.
-Sí hijo, lo que sucede es que llegó el fotógrafo y quería que de una vez tomaran las fotografías con las que se anunciará el compromiso en los medios.
-¿Ya ves? – Dijo Stear muy cerca de Anthony. – Es al fotógrafo al que debes de interrumpir cuando esté con su novia. – Dijo ante la risa que le provocó al rubio por su comentario, mientras Candy lo seguía viendo apenada por la situación no en la que los habían encontrado, sino por la situación en la que se imaginaron que estaban.
-¿Qué sucede amor? – Preguntó Anthony al verla un poco incómoda.
-Nada, solo que no me siento a gusto con los comentarios que hacen los chicos. – Dijo apenada mientras se colocaba muy junto a él para posar para la fotografía.
-No tienes que sentir pena, te puedo asegurar que ellos están igual que nosotros. – Le dijo mientras la tomaba por la cintura y la acercaba a su cuerpo, sintiendo muy cerca su respiración mientras se disparaba la primera fotografía.
Una vez terminada la sesión de fotos el baile continuó, tranquilo, sin ningún contratiempo, la vieja Elroy veía con orgullo que las cosas se conducían con elegancia, sus sobrinos estaban tranquilos, sus nietos se comportaban como los caballeros que eran, hacia tanto tiempo que no disfrutaba un baile con esa tranquilidad con la que todo se desarrollaba, el último había sido el baile de compromiso de Archie y las cosas no habían terminado del todo bien, pero ahora veía a William junto a Dorothy y al pequeño Alejandro que seguía aguantando las horas de desvelo, hasta que llegó la mucama encargada de cuidarlo, la que ahora le preocupaba era Eliza quien la veía seria observando todo a su alrededor y rechazando las ofertas para bailar en la pista.
Sus ojos se posaron de pronto en un caballero que se acercaba a su sobrina Rosemary y no era la única que estaba observando esa acción, sino que Anthony, Albert y el mismo suegro de ella observaban como aquel alto caballero de mirada oscura se acercaba a ella para invitarla a bailar.
-Buenas noches señora. – Le dijo con una reverencia de respeto.
-Buenas noches caballero. – Respondió Rosemary amable, no era el primero que se le acercaba a invitarla a bailar, sin embargo si era el primero que se atrevía a hacerlo esa noche en presencia de su suegro.
-Me preguntaba si sería usted tan amable de concederme una pieza de baile. – Preguntó como todo el caballero que era.
-Gracias señor…
-Simmons, Hubert Simmons. – Dijo presentándose, dejando en claro que era familiar del señor Simmons por lo tanto era familiar de Dorothy.
-Bien señor Simmons, agradezco su invitación, pero no me parece conveniente. – Le dijo con amabilidad, el señor aceptó de buena gana el rechazo quedándose un poco más para despistar un poco que había sido sutilmente rechazado por aquella dama.
-¿Sucede algo mamá? – Preguntó Anthony al acercarse a su madre después de haber observado cada uno de los movimientos que tenía el señor hacia su madre.
-Nada hijo, no te preocupes, que no toda la gente sabe que yo no bailo. – Le dijo con una sonrisa, entendiendo Anthony de qué se trataba toda esa situación.
-Entiendo. – Dijo serio, observando a su madre, era una mujer joven, muy hermosa, y sabía bien desde pequeño que siempre atrajo las miradas de diferentes hombres, si bien él cuando era pequeño no le gustaba pensar en la posibilidad de que su madre volviera a casarse, al estar él tan enamorado de su Candy le hacía pensar que tal vez su madre debería buscar una persona que la amara como ella se merecía.
Albert llegó también a informarse de lo sucedido aprovechando que Dorothy iba a acompañar a Alejandro a dormir ya que la mucama sola no había podido convencerlo. Invitó a bailar a su hermana como en todos los bailes, era con el único que bailaba y eso lo sabía bien la familia y muchos de los invitados presentes.
-¿Por qué no aceptaste bailar con Hubert? – Preguntó con cierta burla en la voz.
-Hermano, tú sabes bien por qué no bailo con nadie más. – Le contestó mirándolo a los ojos, reflejando la profunda tristeza que aún le embargaba por la pérdida de su esposo.
-Te entiendo más que nadie, hermana, pero también como tú me dijiste un día, debes darte la oportunidad de conocer a alguien más, eres muy joven y bella aún. ¿No fue algo así tu consejo? – Le preguntó buscando obtener respuesta de ella.
-Tal vez tengas razón, pero yo te di el consejo una vez que Dorothy y tú tenían una relación, clandestina o no, era una relación, lo de ustedes se dio natural, no fue forzado, no fue buscado, y la verdad hermanito yo no busco a nadie en mi vida, sé que aún soy joven y te mentiría si no me doy cuenta de las miradas de muchos caballeros, sin embargo el amor que le tuve a Vincent es un amor que nunca podré olvidar y llevo clavado en lo más profundo de mi ser, siempre lo voy a amar.
-Yo también siempre amaré a Candace. – Dijo como queriendo convencerla de lo contrario.
-Lo sé hermano, pero también amas a Dorothy, tal vez no con la misma intensidad con la que amaste a Candace, y la verdad yo ya no tengo la capacidad de amar de esa manera, mi capacidad de amar está en mi familia, en mis hijos, mis sobrinos, nuestros nietos. –Le dijo acentuando lo último. – Ahí está mi amor y soy feliz hermano, soy muy feliz. – Le dijo con una sonrisa, Albert le sonrió feliz también, eso era cierto Rosemary cuando perdió a su esposo se refugió un tiempo en su habitación, le lloró y sufrió la muerte de Vincent, sin embargo al salir de su encierro volcó todo el amor que tenía en su hijo, en él, en su familia, demostrando a todos lo fuerte que era, que pesar de su débil condición física, tenía más fuerza de la que podían imaginar, saliendo adelante junto a su hijo y había logrado ser feliz de ese modo, cosa muy distinta a él, que se encerró en su dolor y apenas diecisiete años después comenzaba a sanar y aceptar su pérdida.
-Tienes razón hermana, esa es la diferencia entre tú y yo. – Le dijo Albert. – Tú si supiste ser siempre feliz, por cierto eso de los nietos no me simpatizó.
Rosemary le sonrió y se dejó guiar al son del vals que bailaban, mientras las miradas se posaban en ellos observando lo bien parecidos que eran ambos hermanos y que lucían felices y orgullosos de lo que ahora eran.
Candy observaba bailar a su padre y lo miraba con amor, con una mirada muy diferente a la que siempre le había dirigido, ya no era aquel hombre reacio y malhumorado que ella siempre conoció, sino que ahora era un hombre más relajado, su rostro se veía feliz y hasta dulce, era un hombre completamente nuevo, hasta se veía más joven de lo que le parecía antes.
-¿Se ve feliz, no? – Le preguntó Anthony quien la veía con atención que estaba observando a su padre, mientras él se deleitaba con su rostro lleno de paz y tranquilidad que ahora reflejaba.
-Sí. – Dijo Candy sorprendida por que la habían estado observando. – Nunca lo había visto tan feliz. – Le dijo también feliz ella.
-Me da gusto que sea feliz, porque así tú eres completamente feliz. – Le dijo robando un rápido beso en los labios para que nadie los viera, mientras seguían bailando alrededor de la pista de baile.
-¡Anthony! – Le dijo ruborizándose por completo.
-Eres mi prometida y pronto serás mi esposa y mi mujer. – Le dijo acercándose a su oído para susurrarle esas palabras que la hacía estremecer por ese contacto tan sutil que recibía en su oído, adoraba esa caricia que le hacía con sus palabras porque la transportaban a ese mar de sensaciones que despertaban su cuerpo. – Y es lo que más deseo, hacerte mi mujer. – Le dijo de nueva cuenta con la misma voz, con la misma sensualidad que le demostraba siempre que le hablaba al oído, girándola así al compás de la música mientras le hablaba cosas al oído para hacer que su cuerpo se estremeciera y poder sentirlo en su contacto.
El baile terminó, y los invitados comenzaron a despedirse de los futuros esposos, ambos estaban a medio salón despidiéndose de ellos.
-Bien muchachos. – Dijo una voz bastante conocida para ellos. – Nos retiramos. – Dijo de nueva cuenta, era Terry quien se acercaba junto a Susana, quien a pesar de ya haber sido presentadas sentía incomodidad de estar cerca de aquella rubia de ojos verdes, a la muchacha no le había simpatizado mucho conocer a la que por poco iba a ser la esposa de su actor favorito, y también le causaba cierta incomodidad que estuviera con aquel rubio que la había hecho suspirar antes de saberse embarazada del rebelde.
Candy solo la miró tranquila, a ella no le había causado el mayor efecto en su vida, solo un poco de celos al recordar que se había abalanzado a su prometido, pero al ver que su amor la trataba como a las demás mujeres le devolvía la calma al comprobar que realmente había sido ella la que se había ofrecido de cierta forma a su amado.
-Muchas gracias por acompañarnos, Terry. – Dijo Anthony amable a aquel rebelde. – Creo que nos veremos pronto en su boda. – Dijo de nueva cuenta ya que Terry les había informado que se iba a casar con Susana y que ya estaban en los preparativos, Terry al ser mayor de edad ya podía disponer tanto de su dinero como de su vida y lo aprovecharía al máximo, más ahora que su padre no sería capaz de regresar al país.
-Fue un gusto conocerte, Susana. – Dijo Candy amable a la rubia ojo azul, y ella le extendió la mano un poco dudosa.
-Muchas gracias. – Dijo con una sonrisa. – Esperamos verlos en nuestra boda. – Les dijo feliz de decir en voz alta que se casaría con aquel joven.
-Cuente con ello señorita Marlowe. – Dijo Anthony correspondiendo a la sonrisa de aquella chica, ella le dedicó una sonrisa muy amplia, muy diferente a la que le dedicaba a Candy, haciendo que Candy se sintiera molesta por la forma en la que le sonreía a su príncipe. Anthony sintió la tensión en el cuerpo de Candy, la conocía muy bien y sabía que en ese momento estaba celosa por la atención que le ofrecía la rubia, la acercó a su cuerpo un poco más firme y Candy entendía ese movimiento, buscó sus ojos y encontró la mirada enamorada de su novio y se relajó, en esa mirada él le decía todo, siempre había sido así, cuando sentía celos ella tensaba su cuerpo y él la relajaba con esa mirada cálida demostrándole que no tenía por qué sentirse insegura. Terry no se había dado cuenta de aquella sonrisa, simplemente la tomó de la mano y se retiró junto con su suegra quien los seguía detrás una vez que se despidió de ellos.
-Sabes bien que te amo princesa. – Le dijo en cuanto se fueron, no alcanzó Candy a responder porque siguieron las despedidas.
-Buenas noches muchachos. – Decía Patty y Annie, quienes estaban acompañadas de los Cornwell, sus familias ya se habían retirado y ellas serían llevadas a su hogar por los caballeros de sus primos. – Candy, todo estuvo muy bonito. – Decía Annie emocionada con la fiesta de compromiso.
-Es verdad Candy, muchas felicidades a ambos. – Decía una sincera Patty, quien esperaba también que en un futuro se anunciara su compromiso.
-Muchas gracias por acompañarnos muchachas. – Dijo Candy abrazando a las dos chicas.
-Pueden llevarse mi auto Stear. – Le dijo Anthony viendo como Stear se le iluminaba su rostro al ver que sacaba las lleves para llevar a las chicas a su respectiva mansión. –Yo me quedaré un rato más con Candy. – Le dijo guiñándole un ojo mientras ellos salían de la mansión Andrew.
-Está bien, Anthony en un rato más regresamos. – Le dijo Stear tomando las llaves del Rolls Royce.
-Bueno hijo ya es hora de retirarnos. – Dijo Rosemary quien venía acompañada de su abuelo.
-Lo siento madre, le presté mi auto a Stear y Archie para que llevaran a sus prometidas, en un momento vendrán. – Le dijo mientras Rosemary lo veía con travesura, sabía que lo había hecho con el propósito de quedarse un rato más con Candy, ya que ella dormiría esa noche en esa mansión.
-Bien entonces, ve a platicar un rato con Candy al jardín, entiendo que no han tenido tiempo de estar ni un momento a solas. – Le dijo segura de su propuesta, ella no se había dado cuenta del leve "secuestro" que había cometido su hijo.
-Gracias madre. – Le dijo tomándole la palabra sin chistar. Ofreciendo su brazo a Candy para dirigirla al jardín nuevamente, Candy se dejaba guiar por aquel hombre que la hacía suspirar, ella también quería estar con él un momento a solas y disfrutar de su compañía sin testigos, sin miradas que los juzgaran o los pusieran en entre dicho.
Llegaron al jardín y se sentaron en una banca, una que estaba muy cerca de un farol y que alumbraba el lugar de una manera romántica, iluminando con tonos azulados y plateados aquella noche tan mágica que habían compartido.
-Te ves hermosa bajo la luz de la luna. – Le dijo abrazándola por la espalda, apegando su cuerpo al de ella, amoldando su figura a sus formas que calzaba a la perfección entre sus curvas. Candy cerró los ojos para disfrutar el contacto que recibía su cuerpo, acomodándose a él para sentir más aquello que le encantaba sentir. No le respondía con palabras, sino con los movimientos de su cuerpo le advertía que estaba disfrutando de ese contacto y sobre todo de escuchar su voz vibrar en su oído. – Te amo pecosa, amo cada pedacito de tu cuerpo, amo la forma en la que reaccionas cuando te hablo al oído, amo la forma de demostrarme que estas celosa. – Dijo esto último y Candy se detuvo en ese momento y se giró para encontrarse con su rostro y abrazarlo por el cuello.
-Tú eres completamente mío Anthony Brower. – Le dijo muy cerca de sus labios. – Y lo sabes muy bien. –Le decía rozándolos levemente como incitándolo y tentándolo para que la besara, sin embargo se alejaba un poco para impedir que la besara. - ¿Lo sabes verdad? – Le preguntó mirándolo a los ojos. Anthony sonrió con diversión al verla en esa posición de posesión que siempre le había demostrado sin llegar a ser dramática en su acción.
-Sabes perfectamente que soy total y completamente tuyo. – Le dijo por fin alcanzando sus labios para comenzar a besarlos con ternura, con deleite, saboreando sus labios con infinita pasión y amor, saboreando su sabor y degustando la dulzura de sus bocas, recorriendo su figura con ambas manos, acariciándola para deleite de su princesa, para demostrarle que era ella y solo ella la que lo ponía en ese estado de excitación, para demostrarle que no había ninguna mujer que quisiera tener a su lado más que a ella, su amada y querida Candy. Candy sonrió complacida con sus palabras, sabía bien que él la amaba, sin embargo le gustaba que se lo dijera y que se lo demostrara, le gustaba sentir esa pasión desbordarse de su cuerpo y detenerse en el suyo, fundiéndose en besos y caricias atrevidas, tal vez era el abandono sufrido de niña lo que la había hecho celosa, o tal vez era como su madre, no lo sabía, simplemente sabía que siempre le había molestado las miradas que le dedicaban otras chicas a su amado, pero en ese momento, no había nadie que lo observara, solo ella, solo ella era la afortunada de poder observar a tan perfecto hombre, y era suyo, completamente suyo.
-Yo también soy tuya, Anthony, completamente tuya. – Le decía entre besos, mientras ambos se centraban en el sonido que sus labios hacían al hacer contacto, demostrando la pasión que se dedicaban en sus besos. La temperatura aumentaba, sin embargo el control de ambos estaba alertado al pensar que tal vez podrían estar siendo vigilados por sus padres, no en vano sabían el lugar al cual se habían dirigido.
-Lo sé amor, sé que eres casi por completo mía. – Le dijo dejando de besarla y acariciando su rostro para ver sus hermosos ojos verdes que lo veían con duda.
-¿Casi? – Preguntó con duda.
-Me falta explorarte, me falta desnudarte, me falta conocer y acariciar cada rincón de tu cuerpo, me falta fundirme en ti y hacerte mujer en mis brazos, me falta hacerte el amor como un loco y solo así, podré decir que ya eres completamente mía. – Candy se ruborizó con las palabras que le decía su prometido, era verdad lo que le decía, sin embargo la vergüenza que aun sentía ante ello la rebasaba y se le reflejaba en su rostro. Cada palabra, cada susurro lo acompañaba de un beso tierno alrededor de su rostro.
-Te amo. – Le dijo correspondiendo a sus palabras. Anthony sonrió por la respuesta dada, ya que había sentido que le había costado trabajo formularlas.
-Y yo te amo a ti hermosa. – Le dijo de nueva cuenta en su oído lamiéndolo con discreción.
Las luces de un auto los obligaron a separarse de nueva cuenta, sabían que no podían avanzar mucho, sin embargo no solo podían expresar su amor con su labios o con sus manos, sino también con palabras y se habían dado cuenta ambos que era totalmente erótico provocar a sus sentidos con solo hablarse al oído.
Se despidieron con un corto, pero húmedo beso, con la promesa de verse otro día, ya que el siguiente lunes Candy regresaría al hospital para continuar con su curso de enfermería.
Esa noche ambos chicos no pudieron dormir, felices y extasiados de la noche que habían compartido, tal vez no habían estado mucho tiempo a solas, y no habían podido compartir más de unos cuantos besos, sin embargo las palabras dichas por el rubio habían causado revuelo en el cuerpo de la pecosa, impidiéndole conciliar el sueño sin caer en los sueños húmedos que le mostraban con imágenes las palabras que le habían dedicado entre besos y caricias.
La cuenta regresiva comenzaba, los preparativos comenzaban a hacerse junto con las amonestaciones que corrían en la iglesia, las cuales habían empezado hacía tiempo en Lakewood y se habían retomado de nueva cuenta, Anthony Brower y Candy White Andrew se iban a casar y todo Chicago, todo Lakewood y muy pronto todo el país se enteraría por las noticias de las columnas de sociales.
Sin embargo antes de aquella boda, otra se terminaba de organizar, era una boda totalmente diferente a la del par de rubios, era la boda del patriarca de los Andrew, sin embargo al ser una segunda boda no era tan ostentosa como la primera, al contario, era una boda discreta donde se celebraría su unión y al mismo tiempo el cumpleaños de su hijo Alejandro, el cual estaba corriendo por toda la mansión ilusionado por la fiesta que tendría, nunca le habían festejado en grande ya que siempre su abuelo le había llevado regalos al hogar, y su madre le hacía un pastel junto a los niños del aquel orfanato, sin embargo en ese momento esa fiesta sería en grande y más tarde se celebraría la unión por el civil de Albert y Dorothy para terminar en la noche con la unión por la iglesia.
La fiesta de cumpleaños había acabado, las firmas de ambos estaban plasmadas en los papeles legales que habían firmado ante el juez, el nombre de Alejandro pasaba a ser el de Alejandro Andrew Simmons y Dorothy dejaba de nueva cuenta su apellido de soltera para pasar a ser una Andrew, por fin, por fin se había cumplido aquella promesa de matrimonio que se había pactado cuando ambos eran unos chiquillos, pero que por circunstancias del destino no se había realizado.
-Por fin las aguas toman su rumbo. – Le dijo Harold a Elroy.
-No, mi querido Harlod, la vida sabe cuándo es tiempo de tomar su curso. – Le dijo con una sonrisa.
-Pensé que estarían igual que nosotros. – Le dijo con una sonrisa de lado y una sonrisa triste.
-Eso fue diferente Harold, nuestras vidas no estaban destinadas para estar juntas. – Le decía con melancolía al recordar que sus padres lo habían comprometido con aquella bella mujer la cual había sido la madre de Dorothy y que el amor que se habían profesado ellos de adolescentes solo había quedado en besos y caricias que se había llevado el tiempo, más no los recuerdos.
-Tal vez, también la vida quiera volver a retomar su curso. – Le dijo tomando su mano discretamente para dirigirla a su boca y besarla con ternura. Elroy solo le sonrió, fijando después sus ojos en la ceremonia que se llevaría a cabo frente a ellos y Harold fue en busca de su hija.
Hubert Simmons no había perdido la esperanza de poder acercarse a la viuda Brower, y aprovechaba cualquier oportunidad para acercarse a ella, sin embargo, el resultado siempre era el mismo, ser rechazado con elegancia y firmeza.
-Tienes que aceptar que ha sido el que más ha insistido. – Le dijo su hermano al verla rechazar de nueva cuenta a su futuro primo.
-Ya se cansará. – Le dijo guiñándole un ojo con su alegría habitual, Albert la admiraba por esa chispa y esa alegría que siempre demostraba, a pesar de todas las dificultades que había sufrido. Albert fue a tomar su lugar al frente de la iglesia, dejando a su hermana junto a su suegro.
-Madre. – Decía Anthony quien había sido un observador mudo ante aquel galanteo que recibía su madre. - ¿No crees que sería bueno darte una oportunidad? – Le dijo sincero.
-Amor, yo ya tuve una oportunidad con tu padre, y déjame decirte que a pesar de los años y de su ausencia, tu padre sigue enamorándome cada día. – Le dijo viéndolo a los ojos con ternura, viendo la confusión de su hijo en sus ojos. – Tu padre cada día me enamora con una caricia hecha por el viento, me enamora a través de tus ojos que tienen su mirada, me enamora con tus acciones al verlo reflejado en ellas, me enamora con las rosas que brotan cada día en el jardín. – Le decía ya que Vincent había sido el que plantó las rosas que crecían en el jardín de los Brower. - Anthony, yo ya no puedo enamorarme de alguien más, simplemente porque ya estoy enamorada y mi vida está llena de amor y está completa, además pronto todo ese amor que tengo volverá a crecer y tu padre me enamorará una vez más a través de tus hijos. – Anthony veía admirado a su madre, era una maravillosa mujer que había decidido a amar a su padre a pesar de su ausencia y aun así era feliz, ella era mujer de un solo hombre y lo había demostrado siempre.
-No sabes cuánto te admiro madre. – Le dijo con una sonrisa.
-Más te vale. – Le dijo guiñándole un ojo mientras él le sonreía orgulloso.
En eso su mirada se dirigió a la chica que entraba en esos momentos a la iglesia quedándose estático al momento, Rosemary volteó hacia donde su hijo dirigía la mirada y pronto comprendió el porqué de su repentino cambio de actitud.
Candy entraba lentamente por el pasillo de aquella iglesia con un vestido de color marfil con algunas flores decorando sus tirantes, los tacones que calzaba la hacían verse más alta y estilizada, sus rizos caían a lo largo de su cuerpo y una corona de flores de tonos pastel decoraba su cabeza, parecía una ninfa que se había escapado del bosque mientras repartía pétalos de rosa para abrir paso a la novia que esperaba más atrás del brazo de su padre, Alejandro sostenía su velo y Candy miraba a su prometido con una mirada cómplice y enamorada, sin perder Anthony un detalle de los movimientos de su amada, quien se veía tan dulce y tierna ataviada en ese vestido.
Candy llegó al altar junto a su padre y le colocó una flor en la solapa de su traje, se la acomodó con amor y volteó a verlo a los ojos.
-Padre, deseo que seas muy feliz, que Dorothy llene tu vida de bellos momentos y que juntos compartan momentos llenos de alegría que juntos recopilaran. – Le dijo abrazándose a él mientras su príncipe la observaba esperándola en su lugar.
-Gracias hija, te amo. – Le dijo besando su frente con cariño. Candy se dirigió a su lugar, el cual estaba enseguida de su amado rubio, él la recibió con gusto tomando su mano para concentrarse ambos en la ceremonia. Stear y Archie se encontraban detrás de ellos igualmente emocionados de ver a su tío por fin sonreír.
Albert observaba como entraba Dorothy del brazo de su padre, la iglesia estaba llena solo de las amigos y familiares cercanos, él los observó a todos sintiendo un poco de nostalgia al recordar su anterior boda, tan diferente aquella ocasión, sin embargo había personas nuevas que se incluían a esa nueva felicidad, entre los presentes se le figuró ver de pie a una mujer de cabellos dorados y rizados y grandes ojos verdes que él conocía muy bien que lo miraba con una sonrisa llena de paz y una mirada llena de amor y de agradecimiento. Albert le sonrió de vuelta cerrando sus ojos al sentir las ganas de llorar.
-Siempre estarás en mi corazón Candace, siempre te voy a amar. – Dijo en sus pensamientos y dirigió su mirada a aquella pelirroja que representaba su presente y su futuro. Le sonrió enamorado y ella correspondió aquella sonrisa de la misma forma, llegando por fin a su lado extendiéndole la mano para acercarla a él y que el sacerdote los uniera por fin.
Sus manos se entrelazaban y sus miradas estaban conectadas uno al otro, atendiendo a lo que el sacerdote decía mientras se dirigía a ellos y a la vez oficiaba aquel sacramento. Albert sentía que su corazón se había liberado de un dolor que le había acompañado por muchos años y se sentía extraño, sentía que era un peso menos en su alma, sin embargo no le provocaba culpa, le provocaba paz y una tranquilidad que tenía muchos años de no sentir, una paz y una tranquilidad que lo había abandonado aquel 07 de mayo de 1898, en aquella noche fría y nevada en donde se escribió su desgracia, pero también se comenzó a escribir su bendición.
Continuará…
Hola señoras y señoritas hermosas, espero que estén muy bien con todas sus familias y que estén leyendo en la comodidad de su hogar, espero que hayan disfrutado este capítulo el cual estuvo muy variado pero que escribí con mucho cariño para todas ustedes.
Saludos y bendiciones para todas.
