LAZOS DE AMOR
MIEL SOBRE HOJUELAS
CAPITULO XXXVI
Terry se había pasado buscando a Karen después de haber llegado de su luna de miel, había pedido ayuda a Anthony al decirle que estuviera al pendiente por si se aparecía en el hospital para alguna revisión.
-Por favor Stanford te suplico que me digas si realmente Karen está esperando un hijo mío. – Decía una vez más, el joven productor no le había resuelto sus dudas.
-Ya te lo he dicho Terry, yo no puedo hablar sobre ella, si ella quisiera hablar contigo ya te hubiera buscado.
-Tienes que decirle que me permita verla, por favor. – Le decía suplicando.
-Ya se lo he dicho Terry y créeme cuando te digo que no quiere verte ni saber de ti. – Le decía una vez más. – Pero volveré a intentarlo, sin embargo puedes obligarla a desaparecer de Chicago.
Terry se retiraba del teatro una vez más frustrado, tenía esa duda que le carcomía el alma, veía en sus sueños a Karen con su vientre abultado que iba creciendo más y más, tenía casi el mismo tiempo que Susana, según él. Hacía cuentas en su mente y desde la primera vez que estuvo con ella y el tiempo que tenía Susana descubría que tenía cerca de tres meses de embarazo, sin embargo no estaba seguro.
Despertaba sudado, frustrado. Volteaba a ver a su lado a Susana quien dormía tranquilamente junto a él. Se levantó de nueva cuenta a media noche, desde el día de su boda que no dormía como debía de ser, solo por estar pensando si era cierto lo que sus ojos habían visto.
-¿Sucede algo amor? –Preguntó Susana al darse cuenta que Terry se había levantado una vez más de su lecho.
-No te preocupes amor, vuelve a dormir. – Le decía tratando de tranquilizarla. – Solo me levanté por un vaso de agua. – Le decía como pretexto.
Se volvió a acostar junto a su esposa la cual se acurrucó en su pecho sintiendo éste el vientre de su esposa tenía aproximadamente seis meses de embarazo, sin embargo el crecimiento de su vientre apenas se comenzaba a hacer notable.
Siguió dormido no era muy bueno para las fechas, así que tenía que encontrarla y preguntarle, y se frustraba al ver que el único contacto con ella era el productor de la obra, aquel que siempre había mostrado un interés romántico con Karen.
El joven Stanford iba rumbo al departamento de Karen, siempre que iba a visitarla procurando que Terry no lo siguiera ya lo había intentado algunas veces y tenía siempre que cambiar su destino.
Llegó a un departamento muy sencillo que estaba a las afueras de la ciudad, toco discretamente la puerta y alguien abrió sin mostrar su rostro.
-Buen día Karen. – Le dijo saludando a aquella castaña que aún lo hacía suspirar.
-Buen día Stanford. – Le contestaba tranquila, sabía que era él el que la visitaba, era el único que estaba al pendiente de ella, su familia que estaba en Florida seguía pensando que estaba triunfando como actriz.
-¿Sabes quién ha ido a visitarme? – Preguntó a sabiendas de la respuesta que obtendría.
-Ya te he dicho que no quiero que se entere dónde estoy.
-¿Por qué? No entiendo tu necedad, él tiene derecho a saber que será padre, tiene que ayudarte a salir adelante con tu hijo.
-¡De ninguna manera! ¡No quiero su lástima! – Le decía insistente. – Por favor Stanford, no insistas. Él no hubiera querido saber nada de mí si no hubiera ido estúpidamente a esa boda. – Decía ahora aceptando que había sido un error de su parte. - Mi hijo y yo saldremos adelante. – Decía Karen segura.
-Está bien no volveré a insistir, sin embargo él todos los días me visita. Me ha seguido algunas veces. – Le dijo para que estuviera enterada de que si se aparecía en su departamento no sería porque él la hubiese traicionado.
-Tendré que buscar otro lugar donde vivir. – Dijo preocupada.
-¿Otra vez? – Preguntó sorprendido. - No puedes vivir así. ¿Por qué no vienes a vivir conmigo? – Le insistió de nueva cuenta.
- No insistas con eso.
-Por favor, Karen. Estarías más tranquila sé que tus ahorros se están acabando, además Terry no sospecharía y dejaría de seguirme cada que salgo del teatro. – Karen se quedó un rato pensativa, dudando de aceptar o no la invitación que le hacía aquel joven.
-¿Sería sin ningún compromiso? – Preguntó ella, no quería que aquel joven se ilusionara con ella, y tampoco quería abusar de sus sentimientos.
-Te lo prometo, mi casa es grande y podrás estar a gusto en ella, mientras yo no estoy puedes descansar, leer, caminar por el patio, así no vivirías encerrada.
-Está bien Stanford, pero solo será mientras nace mi hijo, una vez que él nazca, me iré a Florida con mi familia.
-Muy bien. – Dijo Stanford con una sonrisa de esperanza en sus labios, tenía la esperanza en el fondo de su corazón que esa muchacha algún día lo aceptara como algo más que un amigo.
Tuvieron que hacer el cambio de casa durante la noche, todo para que Terry no se diera cuenta de nada, así levantaba menos sospechas, Karen estaría en su casa y él iría y vendría sin preocuparse que Terry lo siguiera. Efectivamente el plan funcionaba, Terry ya no seguía a Stanford al ver que él solo se dirigía rumbo a su casa, sin pasarle por la mente que Karen se hubiera refugiado con él.
Las funciones de la obra habían continuado con la joven suplente y a pesar de que habían tenido éxito no era el que habían tenido cuando Karen debutó aquella noche como la actriz principal. Había terminado por fin aquella obra, y se preparaban para una más, solo les faltaba la actriz principal ya que la muchacha que suplió a Karen no le convencía a Stanford.
Pronto llegó otra actriz que tenía la fuerza en la voz y la presencia de Karen y el protagonismo de Susana, era hermosa, era una joven rubia de ojos cafés y de un cuerpo bastante tentador, era muy alta y era muy independiente.
Cuando Margaret Spencer conoció a Terry quedó impresionada con el atractivo del muchacho, sin embargo el saberlo casado hizo que perdiera el interés en él. Stanford le había prohibido tener todo tipo de relación con las actrices de la obra para así evitar que embarazara a todas y cada una de las protagonistas que se presentaran en sus obras, había perdido a dos grandes actrices y no se arriesgaría a perder a aquella mujer que combinaba perfectamente lo que más le gustaba de Susana y Karen.
La pareja formada por Margaret Spencer y Terry Grandchester pronto debutaría en una nueva obra y la química que desprendían en los ensayos era admirada por todos y cada uno de los protagonistas del reparto, sin embargo los dos eran por el estilo, ninguno se quedaba a convivir con los actores fuera de los ensayos, cada uno se retiraba sin mencionar nada, ni siquiera una palabra de aliento a nadie más, ambos se creían autosuficientes.
Terry dejó de seguir a Stanford sabía perfectamente que de ahí se iba a su casa y ya no volvía a salir hasta otro día cuando llegaba al teatro. El silencio que el productor guardaba con respecto a Karen lo estaba matando.
Susana cada vez lo veía más ansioso, nervioso y sabía perfectamente que no era relacionado con el teatro, tenía miedo muy en el fondo de que se tratara de otra mujer, sin embargo no se atrevía a decirle o reclamarle nada, tenía miedo a ofenderlo y que se largara de su lado, solo lo abrazaba y lo mimaba, él siempre respondía a sus caricias y la tomaba entre sus brazos con infinita ternura, como si fuera lo más delicado que había tenido entre sus manos, siempre había sido así, tierno y cariñoso. Terry la miraba enamorado, la amaba y se sentía culpable de haberla engañado, pero tenía mucho más miedo de cómo reaccionaría si se enteraba que posiblemente Karen estaba embarazada, no podía evitar comparar a ambas mujeres, tomaba el rostro de Susana y veía sus profundos ojos azules quienes lo miraban enamorada, incapaz de reclamarle o reprocharle algo, por eso la trataba con dulzura, con cuidado, como no queriendo romper algo más en ella, ya le había roto el corazón una vez y sabía que ella no lo soportaría de nuevo. Karen por el contrario era una mujer hermosa y apasionada, con ella no tenía tantas consideraciones, la pasión y la lujuria que ella despertaba en su cuerpo era una pasión que nadie había despertado, solo Susana pero tenía miedo de tratarla como trataba a Karen en la cama, ambas eran tan diferentes según él, creía que el amor y la pasión no iban de la mano y no se atrevía a tomar a su esposa de la misma manera que lo había hecho con su amante, sin embargo Susana sentía la necesidad de que él la amara con fuerza con intensidad pero se sentía insegura de tomar la iniciativa, siempre los consejos que le daba su madre eran los mismos, aunque ella sintiera que la sangre le hervía cuando estaba con su esposo.
Los días seguirían pasando y los días se convertirían en semanas y meses y poco a poco el tiempo para concluir los embarazos de ambas mujeres llegaría a su fin.
Después de haber viajado un día y medio por tren estaban a punto de llegar a su destino. Habían sido un viaje maravilloso al lado de su príncipe, él la había cuidado como siempre y se sentía ansiosa por llegar a su destino, ya sabía cuál era el destino al que llegarían, aunque él hubiera tenido todo los cuidados de que fuera una sorpresa al llegar a la estación de tren no pudo evitar que el conductor del tren les avisara cuanto faltaba para llegar a su destino.
-¡Es maravilloso! – Dijo Candy emocionada cuando veía por la ventanilla del tren las aguas azules que se extendían a lo largo del camino.
-¿Te gusta? – Le preguntaba fascinado al ver su rostro iluminado de felicidad, no había duda que el verla tan feliz era lo que él necesitaba para serlo también.
-¡Me encanta, mi amor! – Le decía y se abrazaba a su cuello en señal de agradecimiento.
-¿No te parece que hubiera sido mejor irnos a Europa? – Le preguntó acariciando su rostro, observando cuidadosamente cada una de sus pecas y sus labios, le apetecía besarla hasta el cansancio, sin embargo al hacerlo frente a toda la gente no era bien visto.
-Mientras vaya contigo no importa el destino. – Le contestó de la misma forma, perdiéndose en sus azules ojos y observando con detenimiento sus labios, tenía la necesidad de volver a besarlos, pero sabía bien que no estaban solos, y al parecer eran la pareja más observada del vagón en el cual viajaban.
El tren por fin detuvo su marcha y Candy bajaba como una niña pequeña corriendo y llevando de la mano consigo a su amado, tenía ganas de llegar de inmediato a la playa y conocer por fin el lugar. A pesar de ser hija de una de las familias más importantes de América su padre nunca se había tomado la molestia de llevarla a alguna vez a la playa y para el rubio era también la primera vez que lo hacía. Su madre siempre le había contado de los viajes que su padre realizaba y hasta cierto punto el saber que gracias al mar lo había perdido le había creado una especie de trauma que les había impedido viajar a él, sin embargo al comenzar una nueva vida al lado de su pecosa, intentaría experimentar cosas nuevas y ese era el primer paso de todos.
Llegaron a la hermosa mansión que estaba ubicada en Miami, Florida, en una de las playas privadas con las que contaba el lugar, la mansión era bastante grande y estaba rodeada por varios kilómetros de mar, la entrada como toda mansión Andrew estaba adornada con flores y una gran diversidad de plantas acorde al clima que había en el lugar, Candy y Anthony pronto comenzaron a sentir los estragos del calor, ya que iban muy bien abrigados por el frío que había en Chicago.
-¡Es hermosa! – Decía Candy girando sobre su propio eje para observar cada uno de los detalles que tenía dicha mansión. - ¿Por qué no habíamos venido antes? – Preguntaba entusiasmada.
-Tienes razón mi vida, es hermosa. – Le decía Anthony dándole la razón a su amada.
En eso los empleados de la mansión salieron a recibirlos muy amablemente y bastante apenados por no haber ido a recibirlos a la estación de tren.
-Señores Brower. – Dijo el mayordomo un hombre alto y delgado de porte muy fino y estirado que los alcanzaba al ver que habían llegado ya uno de los dueños de dicha mansión. – Buenas tardes. - Decía hombre un poco preocupado.
-Buenas tardes, tú debes ser Phillips. – Dijo Anthony estirándole la mano a aquel hombre, quien se sorprendió por la amabilidad con la que era saludado. Estaban acostumbrados a la poca amabilidad que siempre había demostrado la tía Elroy y la familia Leagan que eran los que casi siempre se hospedaban en aquella mansión, y una que otra vez el señor Albert, que si bien no era grosero no saludaba de mano a los empleados. Rápidamente estiró su mano para corresponder al saludo que se le brindaba. Anthony estrechó su mano con calidez. – Yo soy Anthony Brower y ella es mi esposa Candy Brower. – Dijo Anthony con una sonrisa y comenzando a sentir más el sofoco por el clima.
-Mucho gusto, Phillips. – Dijo Candy estirando su mano para saludar al mayordomo. Phillips siguió con el asombro en sus ojos, sin embargo no opuso resistencia en saludar a la bella dama que acompañaba a aquel caballero que era desde ese momento uno más de sus patrones. Hizo una reverencia en señal de respeto hacia Candy y Anthony.
-El gusto es infinitamente para mí, señor y señora Brower. – Les dijo con una sonrisa cálida y más gentil, diferente a la que había expresado al recibirlos. – Sean ustedes bienvenidos a la villa Andrew. – Dijo haciéndose un lado para que entraran a la mansión y se pusieran más cómodos. – Los esperábamos hasta más tarde. – Decía el hombre quien según él llegarían en el último tren a la ciudad.
-Me imaginé, por eso decidimos contratar una diligencia para que nos trajera de inmediato. – Decía Anthony.
-En un momento envío al personal para que se encarguen de bajar todo su equipaje. – Decía el hombre muy amable y dispuesto a servirles con gusto. – Su recámara ya está lista. – Decía de nuevo. – Por aquí por favor. Dijo Phillips y en el trayecto con solo dos palmadas dio a entender a las demás personas encargadas del lugar que bajaran las pertenencias de la joven pareja.
Una de las empleadas salió para hacer el pago del servicio de la diligencia, sin embargo se sorprendió que el servicio ya estuviera pagado, Anthony se había hecho cargo del pago del carruaje, que diferencia de cuando los Leagan se hacían presentes en aquel lugar, ellos solo disponían y pedían sin embargo siempre les tocaba pagar los carruajes y las diligencias que ellos contrataban.
Phillips llevó a los Brower hacia la habitación principal.
-Esta es la habitación principal. – Dijo amablemente. – El señor William dio las precisas instrucciones de que se remodelara por completo, así que todo lo que está en el lugar es completamente nuevo.
-¿Desde cuándo no se utiliza esta habitación? – Preguntó Candy, quien era la más sorprendida por la remodelación que decía el mayordomo que había sufrido dicha habitación.
-La habitación en sí, se utilizó la última vez en 1890. – Dijo con tranquilidad. – El señor Andrew mandó construir la mansión a mediados de 1850, y tuvo la oportunidad de venir muy pocas veces con su esposa y sus hijos cuando eran pequeños, sin embargo la señora Elroy y los señores Leagan son los que constantemente vienen a pasar algunos días de reposo, sin embargo por órdenes del mismo señor William Albert Andrew, esta habitación permanece sin ser utilizada hasta ahora que ustedes vendrían a pasar su luna de miel. – Explicaba con tranquilidad mientras Candy y Anthony escuchaban atentos, por lo que decía desde que sus abuelos iban a vacacionar con sus padres aun siendo niños no se utilizaba aquella habitación.
-Muy bien Phillips. – Dijo Anthony con una enorme sonrisa. – Puedes por favor indicar que en una hora más nos sirvan la cena. – Le dijo con amabilidad y el caballero sonrió de vuelta, hizo una reverencia y se retiró para cumplir con las primeras órdenes que recibía de aquel simpático matrimonio.
-Cómo usted diga señor Brower. – Dijo con una reverencia y se retiró del lugar.
Una vez que Phillips se retiró, Anthony tomó en brazos a Candy una vez más para adentrarla a la que sería su habitación por las próximas tres semanas. Candy se abrazó gustosa al cuello de su amado y él abrió las puertas con cuidado.
-¡Es enorme! – Dijo Candy sorprendida por el tamaño que le ofrecía aquel paraíso, la habitación tenía vista a la playa particular que poseía la mansión, y que decir de las paredes de la habitación la mitad eran puros ventanales que permitían el libre acceso a la luz las cuales tenían unas enormes cortinas que les ayudaban a mantener la privacidad del mismo, sin embargo alrededor de aquella habitación no había absolutamente nada, únicamente mar, así que no habría ojos curiosos que los importunaran. Anthony bajó a Candy de sus brazos para que pudiera observar mejor la vista que les ofrecía aquella habitación. Candy tomó de la mano a su amado y se dirigió hacia el balcón, abrió el gran ventanal y aspiraron el olor a sal y a brisa de mar que les ofrecía el lugar.
-¡Es maravilloso este lugar amor! – Le decía Candy emocionada.
-Me encanta verte tan feliz. – Le dijo abrazándola por la espalda para disfrutar su aroma. - ¿Mucho mejor que Europa? – Preguntó con un poco de timidez, él quería llevar a su amada y recorrer juntos una vez más aquellas ciudades que de niños recorrían, sin embargo la guerra no lo permitía.
-Mucho mejor que Europa. – Le dijo feliz, girándose frente a él para abrazarlo y besarlo con ternura. – Y mucho mejor la compañía. – Le dijo atrapando sus labios para demostrarle lo feliz que estaba y que no importara el lugar en el que estuvieran, mientras compartieran ambos el espacio ella sería la mujer más feliz del mundo. Anthony disfrutó una vez más los besos de su amada, deleitándose con su sabor y sintiendo el aire del mar golpear sus cuerpos mientras ellos se demostraban cuanto se amaban, tocaron a la puerta. Anthony se adentró para dar indicaciones.
-Adelante. - Dijo tranquilo.
-Señor Brower. – Dijo Phillips. – Su equipaje ya está dispuesto en los armarios. – Dijo ante la sorpresa de Anthony. – Aproximadamente en una hora estará lista la cena, con su permiso. – Le dijo retirándose del lugar.
-Muchas gracias Phillips. – Dijo Anthony únicamente.
-¿Cómo arreglaron el equipaje? – Preguntó Candy quien había escuchado lo que decía el mayordomo.
-No tengo idea mi amor. – Dijo Anthony dirigiéndose al cuarto de baño, el cual era bastante amplio y para su sorpresa estaba preparado para que ellos pudieran bañarse, advirtió que efectivamente su ropa estaba lista en el armario que estaba dentro del mismo baño, todo listo y acomodado, zapatos y sombreros, todo estaba en su lugar. Advirtió de una puerta que estaba del otro lado del baño y al abrirla se encontró con otra habitación más pequeña por la cual daba acceso hacia el baño principal y por la cual podían accesar al baño sin molestar a los señores.
-Vaya que el abuelo no le gustaba que lo molestaran. – Dijo Candy haciendo reír a su esposo.
-Y que lo digas, comienza a gustarme la forma en que no nos interrumpirán. – Le dijo tomándola por la cintura y atrayéndola a su cuerpo, comenzaron con los besos y las caricias desvistiendo ambos sus cuerpos para poder darse un baño y refrescarse por el sudor que habían producido. - ¿Se bañaría usted conmigo señora Brower? – Le preguntaba coqueto mientras comezaba a retirar sus prendas. Le parecían siglos que no la veía de esa manera y estaba ansioso por volver a sentir su abrigo sobre su cuerpo.
-Encantada señor Brower. – Le decía coqueta, esperando que tomara la iniciativa y la llevara de nuevo hasta el cielo, esa respuesta a su invitación hizo que rápidamente la llevara hacia la tina de baño, en donde la sumergió con cuidado y después él se terminaba de retirar la última prenda que aún cubría su cuerpo, mientras Candy lo observaba con la mirada encendida de deseo, ya no había pena en ver la perfecta anatomía de su amado, él se mostraba ante ella de una manera tan sensual que adoraba verlo detenidamente, sus manos se tentaban con la curiosidad de viajar entre aquellas formas tan varoniles y perfectas.
Anthony intuyó las ganas de su amada y tomó sus manos y las dirigió a su torso mientras él se hincaba frente a ella para que lo observara y lo acariciara, Candy se sonrojó, sin embargo se deleitó con cada uno de los abdominales tan marcados que tenía el torso de su amado, ella también se hincaba y viajaba con sus manos hasta la espalda de su amado acercando su pecho al de él y poco a poco fue recorriendo su espalda hasta llegar a la parte baja, donde detuvo su recorrido. Anthony hacía lo mismo, solo que él no se detuvo y continuó explorando el cuerpo de su amada hasta que aprisionó sus glúteos con sus fuertes manos, arrancando un suspiro en los labios de su amada, los cuales rápidamente fueron atrapados con los de su amado para comenzar a besarlos e invadir su boca. Candy imitó los movimientos de su esposo y colocó también sus pequeñas manos en el perfecto trasero de su amado, sintiendo la suavidad y la firmeza de aquellas formas masculinas, Anthony también emitió un sonido de satisfacción que le había provocado ese movimiento tan repentino de su amada.
-Te amo pecosa. – Le dijo con dificultad, su cuerpo despertaba nuevamente al deseo de poseer a su esposa una vez más.
-Y yo te amo a ti, mi príncipe. – Le decía sin detener sus manos, le había agradado bastante esa forma de tocar a su esposo y sus manos viajaban de arriba hacia abajo para explorar ese lado del cuerpo de él, mientras Anthony seguía con el cometido de acariciar por más lugares a su esposa para estimular su cuerpo una vez más, se acercó a su cuerpo y ahí mismo comenzó a invadirla lentamente, poco a poco, mientras Candy se aferraba con más ganas a él recibiendo cada movimiento, cada intrusión dentro de su cuerpo con deleite, con gusto, con ansia, ayudándose de sus manos para acariciar el cuerpo de su amado.
Anthony tenía la fuerza suficiente de sostener el cuerpo de su amada en aquella tina de baño, así que la recostó un poco mientras seguía con sus movimientos cada vez más firmes y rápidos, provocando que Candy se colgara casi de su cuello permitiendo ese vaivén que la volví loca, el calor de sus cuerpos que había aminorado al entrar al agua, de pronto se había incrementado lo mismo que su respiración y el latido de sus corazones, ambos disfrutaban de ese nuevo encuentro en la bañera, ansiosos ambos de volver a llegar al clímax de su amor.
Candy ya comenzaba a sentir aquella sensación de placer recorrer su cuerpo, era una sensación que ya reconocía y que la obligaba a concentrarse detenidamente para no dejarla escapar, concentrándose en los movimientos que hacía el cuerpo de su esposo dentro de ella y los besos que recibí alrededor de su cuello, ninguno se atrevía a hablar solo a sentir, concentrándose en los movimientos y en las sensaciones que sentían en sus cuerpos, deleitándose de esa pasión que los llenaba el alma, los movimientos de Anthony cada vez aumentaban más orillándolo a llevar más rápido a su amada a la culminación de aquel acto de amor, un movimiento dentro del cuerpo de su pecosa le anunciaba una vez más que ya estaba cerca su liberación, esforzándose una vez más en retardar la propia para que su princesa disfrutara de lleno aquel encuentro, por fin la sintió estremecerse en sus brazos, tensando su agarre con sus uñas en su espalda lo cual le anunciaba que estaba disfrutando la llegada de su orgasmo, sentía el cuerpo de Candy convulsionarse dentro de ella, y por un momento su respiración de apagaba, al mismo tiempo que los latidos de su corazón se detenían, mientras ella liberaba su cuerpo y se relajaba, él disfrutaba de cada una de las reacciones que tenía el cuerpo de su amada, mientras estaba perdida en esas sensaciones, mientras él detenía su ritmo para observarla gozar, una vez que ella quedaba satisfecha, comenzaba de nuevo ese ritmo tan brioso de su cuerpo al comenzar de nuevo esos movimientos que lo llevaban al delirio, sin embargo él aún podía continuar estimulando a su esposa, aún no se aproximaba a su liberación y siguió estimulando la intimidad de su esposa con sus movimientos, ella se abrazaba a él comenzando a sentir nuevamente aquella sensación que le advertía una nueva experiencia Candy se dejó llevar y terminó una vez más liberando su humedad en el cuerpo de su amado, Anthony se sentía complacido por esa nueva reacción de ella y simplemente al sentirla convulsionar de nueva cuenta lo obligó a él a llenar su cuerpo con su humedad, terminando ambos al mismo tiempo, sin embargo la duda en la mente de Anthony estaba ahí, su esposa había experimentado un orgasmo doble en esa ocasión.
Candy también estaba confundida, era la primera vez que sentía dos veces la liberación de su cuerpo en un mismo encuentro y le había parecido maravilloso, su cuerpo seguía transpirando y su respiración seguía agitada, miró a los ojos a su amado y encontró la misma satisfacción en él, Anthony estaba maravillado de ver el rostro satisfecho de su amada. Entre la respiración agitada y los latidos acelerados de su corazón, la besó en los labios con dulzura, agradeciéndole infinitamente ese nuevo nivel de deseo que había descubierto en ella.
-Eres realmente maravillosa. – Le dijo en un susurro. Ambos terminaron aquel encuentro en la bañera limpiado el cuerpo uno del otro entre besos y caricias, olvidándose por completo de la cena que los esperaba.
Se vistieron con rapidez al recordar que habían dejado esperando a los empleados y se vistieron con las ropas ligeras que habían empacado, Anthony se vistió completamente de blanco con una camisa de manga corta y Candy utilizó un corsé y ropa interior de algodón, el vestido era del mismo material y era ligero y si no fuera por la ropa de fondo que llevaba debajo la transparencia del vestido dejara observar sus atributos.
Anthony la veía enamorado, no se cansaba de apreciar lo hermosa y maravillosa que era su pecosa, y ella estaba igual de fascinada con él, era un chico tierno, amable y apasionado que siempre se había preocupado por su felicidad y bienestar y ahora que eran como uno mismo no había menguado en esas prioridades que se había fijado desde que era un niño pequeño.
-Eres lo más hermoso que he visto en mi vida. – Le decía enamorado. Ella le respondía con un brillo muy especial que aparecía en sus ojos, era el brillo de una mujer completamente enamorada de su hombre.
-Yo podría decir lo mismo de ti. – Le respondía ella con el mismo amor que le demostraba.
-Pero yo si tengo razón. – Le decía mientras la tomaba de la mano para besarla y ella le sonreía divertida por el comentario que le hacía.
Llegaron al comedor de la mansión y ambos se maravillaban de la calidez de los colores, la frescura del lugar, todo muy diferente a la mansión de Chicago, sin embargo la elegancia era la misma. Los grandes abanicos que colgaban del techo ayudaban a reducir el calor que había en el ambiente así como la humedad que se sentía.
Por la mañana ambos se dispusieron a salir a caminar por la playa para conocer cada uno de los rincones que había en aquel lugar, disfrutando la soledad que les brindaba aquella playa que era exclusiva de los Andrew, llegaron a un lugar que estaba bastante desierto y que estaba rodeado de rocas, alrededor de ellas había arena y por un lado podían entrar a una cuenca que los resguardaba con las mismas rocas, el agua les bañaba los pies y los obligaba a quitarse sus zapatos para caminar descalzos sintiendo la arena meterse entre los dedos de sus pies.
Candy se decidió a quitarse por fin ese vestido que le cubría su cuerpo, quedándose únicamente en aquel traje de baño que le llegaba hasta las rodillas y Anthony hacía lo mismo con su camisa y su pantalón, aprovechando el calor que hacía para liberar su cuerpo. No había nadie cerca de ese lugar, las rocas que los rodeaban los aislaban por completo del mundo, eran solo ellos dos disfrutando de su amor, corrían descalzos por la arena, mojando su cuerpo entre sí, jugando como dos chiquillos mientras sus risas hacían eco en aquella solitaria playa. Una vez más los vencía la pasión al caer uno encima del otro en uno de las tantas carreras que habían realizado. Anthony la recibió encima de su cuerpo y Candy se acercaba a besarlo apasionadamente, quería demostrarle ella también que él también despertaba en su cuerpo aquella pasión que él le demostraba, él se dejaba querer y la dejaba actuar al ver que tenía la necesidad de demostrarle su pasión. Candy se sonrojaba por el atrevimiento que había tenido.
-No tengas temor amor, soy tuyo, puedes disfrutar de mi cuerpo, así como yo disfruto del tuyo, puedes sentirme, puedes amarme, soy completamente tuyo. – Le dijo cerrando sus ojos para guiar las manos de su amada por todo su cuerpo, embriagado de pasión por esos nuevos sentimientos y esas nuevas caricias que lo llevaban al delirio. Se amaron una vez más, con una mayor intensidad al descubrir que el cuerpo de su amado era maravilloso y que al imitar las caricias que él hacía en su cuerpo lo hacía estremecer de placer. – Me vas a volver loco preciosa. – Le dijo antes de abandonarse a la culminación de su placer, una vez que se había cerciorado de que ella hubiera llegado primero.
Tumbados entre la arena, abrazados uno al otro tenían una sonrisa de satisfacción dibujada en sus rostros, ambos eran muy felices y cada que tenían un encuentro descubrían una nueva forma de amarse y de proporcionarse placer, Candy poco a poco iba perdiendo su timidez en la cama y le iba demostrando que le gustaba proporcionarle el mismo placer que él le brindaba. Se levantaron del lugar y acomodaron sus ropas húmedas, dirigiéndose con paso calmo y tranquilo a la mansión.
Los empleados del lugar se desvivían por atenderlos ya que habían demostrado que eran una pareja muy amable y sobre todo noble con todos y cada uno de los empleados. Los días de la semana iban pasando muy rápido y se iba acercando la hora para regresar a Chicago.
La última noche que pasaron en aquel lugar se dedicaron a amarse toda la noche, como queriendo dejar huella en aquella cama en la que habían comenzado a escribir su historia, su intensa manera de amar y sus repetidos encuentros habían logrado dar fruto a su amor, ambos se habían olvidado de los planes de no tener familia y olvidaron por completo así la manera de cuidarse, simplemente se habían demostrado cuanto se amaban entre esas cuatro paredes formándose como un solo ser en la intimidad de aquella alcoba.
El regreso hacia Chicago fue más rápido de lo que esperaban, Candy iba dormida en los brazos de su príncipe, cansada de cada aventura que habían vivido en aquel lugar, uno que definitivamente había marcado su vida haciéndolo un lugar mágico y especial para ellos.
-¿Volveremos alguna vez? – Preguntó Candy una vez que llegaron a Chicago.
-Te prometo que volveremos en cada aniversario. – Le dijo con una sonrisa, Candy le correspondió de la misma forma.
-Te amo. – Le dijo en respuesta, mientras bajaban del tren tomados de la mano. Unos rostros conocidos los esperaban con ansia de volver a verlos.
-¡Stear, Archie! – Gritó Anthony una vez que había ubicado a sus primos que los esperaban del otro lado del andén. Ambos chicos escucharon sus nombres y agitaban sus manos a modo de saludo.
- ¡Bienvenidos! ¿Cómo les fue? – Preguntaba Archie emocionado de verle los rostros a los dos rubios y los bronceados que mostraban.
-Menos mal que se broncearon. – Decía Stear una vez de verlos y abrazarlos. – Eso quiere decir que si salieron a conocer la playa. – Dijo burlón. Candy se sonrojó intensamente y más al recordar que no solo su habitación había sido testigo de su amor, ella podía asegurar que el bronceado no solo se extendía en las partes visibles de su cuerpo.
-Hay primo. Si vieras que no es necesario estar encerrado para demostrar el amor a tu esposa. – Dijo Anthony con travesura viendo como Candy se aferraba apenada a su pecho y sus primos eran ahora los que se coloreaban de rojo sus rostros, comenzando a reír ambos rubios para hacer que sus primos se tranquilizaran un poco en sus burlas.
-¡Touché! – Dijo Archie riendo también apenado por el comentario de su primo.
-¿Cómo han estado? – Dijo el rubio cambiando de tema.
-Todos aquí muy bien Anthony. – Dijo Archie quien quería olvidar lo dicho por el rubio. – Los que están cada vez más próximos a ser padres son Elisa y Tom, quienes están en la mansión porque Elisa ha tenido como dos episodios de falsa alarma.
-Pero todavía le faltan semanas. –Dijo Candy quien ya había perdido la cuenta del embarazo de Elisa.
-Puede nacer dos semanas antes o dos semanas después. – Dijo Anthony tranquilo, recordando lo estudiado en la facultad.
-Es lo que le dijo el médico, sin embargo los nervios que tiene Tom son exagerados. – Decía Archie, ni Elisa está tan ansiosa como él.
-Mejor no digas nada Archie, imagina a Annie en esa situación. – Archie se imaginaba a Annie en esa situación y él juraba que sería completamente al revés.
-Creo que Annie sería la que estuviera asustada. – Dijo Archie.
Llegaron a la mansión de los Andrew donde estaban todos reunidos para recibir a los rubios. Alejandro fue el primero que salió corriendo para saludar feliz a su hermana y su cuñado.
-¡Candy! ¡Anthony! – Decía el pequeño rubio feliz de verlos.
-¡Alejandro! ¡Cómo has crecido! – Decía Candy jugando con su pequeño hermano, haciéndolo sentir orgulloso por lo que le decía.
-¡Ya soy todo un hombre! – Decía emocionado. – Pronto seré tan grande y fuerte como mi padre y como tú Anthony. – Le dijo al rubio quien lo alzó en sus brazos para darle un beso en su mejilla, feliz de que aquel pequeño lo quisiera tanto como a su pecosa.
-Claro que sí, Alejandro ya eres un hombrecito y tú nos ayudarás a cuidar a las damas de esta familia. – Le dijo al pequeño quien lo escuchó con mucha atención.
De pronto llegó Tom una vez más con Elisa en brazos, llegaba todo asustado una vez más, mientras una sudorosa Elisa daba pequeños gritos de dolor agarrando su vientre.
-¿Qué sucede Tom? - Preguntó Anthony una vez que vio que sucedía.
-Elisa se siente mal de nuevo Anthony. – Dijo Tom sin saludar a su ahora primo y su esposa.
-Hay que ir al hospital. – Dijo Candy quien no la veía muy bien.
-Vamos. – Dijo Anthony acompañando a ambos chicos junto con Candy al hospital, Stear y Archie los acompañaban mientras los adultos se quedaban angustiados en la mansión.
-Hay que avisar a Sara. – Dijo la señora Elroy. Albert asintió, no estaba de acuerdo con ello, pero de todas formas ella era la madre de Elisa.
Continuará…
Buenas tardes señoras hermosas, ¿Cómo están? Espero que muy bien y sobre todo que sigan aguantando el encierro. Espero hayan disfrutado este nuevo capítulo, espero sus comentarios al respecto por favor jajajaja les mando un fuerte abrazo a cada una de ustedes, así como a las nuevas lectoras que se han registrado.
Saludos y bendiciones.
