LAZOS DE AMOR
RINDIENDO FRUTOS
CAPITULO XXXVII
En la sala de espera se encontraba Tom caminando de un lado a otro, impaciente por que Elisa ahora sí ya había entrado en la labor de parto, la habían regresado dos veces y esa era la tercera vez que la había llevado en los últimos diez días, según el médico aún le faltaban unas semanas y eso hacía que se preocupara por su hijo.
-No te preocupes Tom, Elisa será atendida por el mejor médico del hospital. – Le decía Anthony para que se tranquilizara.
-Así es Tom, además Mary Jane, quien es la mejor enfermera del lugar va a asistirlo. – Decía Candy.
Sin embargo el miedo al que se enfrentaba como cualquier padre primerizo era difícil de quitar de su cabeza. Tom no decía nada, solo los miraba y sonreía con una sonrisa de lado.
Las horas pasaban y pronto llegaba la noche y después la madrugada. Candy se había mantenido al lado de Anthony en todo momento no había querido dejarlo a pesar de la súplica que su príncipe le había hecho.
-¿Cómo te sientes amor? – Le preguntaba una vez más que le llevaba un café para que ambos aguantaran el desvelo, al igual que los Cornwell quienes también estaban ahí junto a ellos, ambos chicos habían cuidado bastantes meses a Elisa y también se preocupaban por ella. Las enfermeras que estaban de guardia se acercaban cada tanto tiempo para avisar el avance de la parturienta.
-Bien amor, ¿Y tú? – preguntaba con la misma preocupación que él, ambos estaban impuestos a desvelarse por la carrera que ambos habían elegido.
-Yo estoy bien. – Le decía besando su frente.
Llegaron las seis de la mañana y por fin llegaba una enfermera con una gran sonrisa en su rostro, buscando con sus ojos al orgulloso padre que estaba sentado con las manos deteniendo su rostro, todos estaban exhaustos después de haber pasado más de doce horas en aquella sala de espera.
-Señor Stevens. – Dijo la enfermera refiriéndose a él, ya lo conocían en el hospital. Tom levanto el rostro que reflejaba una gran angustia y unas enormes ojeras enmarcaban sus ojos. – Felicidades. – Decía la mujer con una gran sonrisa. – Su bebé ha nacido. –Tom se levantó de golpe ante la noticia que le había dado aquella joven.
-¿Y mi esposa cómo está? – Preguntaba ansioso por su pelirroja.
-No se preocupe, su esposa está bien, solo algo cansada, un momento más podrá pasar a verla, por lo pronto me puede seguir para que conozca a su bebé. – Le dijo de nueva cuenta.
-¿Qué ha sido? – preguntó por fin al sacarse la duda de su esposa.
-Es una hermosa niña. – Dijo por fin la enfermera quien le sonreía de manera traviesa al verlo poner cara de sorpresa y alegría.
-¡Una niña! ¡Es una niña! – Decía emocionado a su familia, quien lo rodeo para abrazarlo y felicitarlo. - ¡Será hermosa como su madre! – Decía emocionado.
-¡Felicidades Tom! – Le decían los cuatro chicos mientras Tom los abrazaba emocionado.
-Hay que cuidarla desde ahorita, no vaya a toparse con un chico inquieto como su padre. – Dijo Stear riendo mientras Tom lo volteaba a verlo con muy poca gracia reflejada en su rostro, sin embargo ninguno se inmutaba y reían por la reacción que había tenido el moreno.
Tom entró a un corredor que lo llevaba a la sala de los cuneros, buscando ansioso con sus ojos a su hija, pronto dio con una sábana rosa que lo llamaba hacia ella, encontrándose con el nombre de su esposa encima de aquella canasta "Elisa Stevens" cuanto había soñado con ver aquel nombre unido a su apellido, y por fin su sueño se había hecho realidad y en aquella pequeña canasta se encontraba la realización máxima de aquel sueño, una pequeña bebé de buen peso y cachetes sonrosados, con los cabellos castaños y tan blanca como su suegra, era el vivo retrato de Sara, sin embargo Tom la veía hermosa, era su hija y se pareciera a su suegra o no para él era la niña más hermosa del mundo, la pequeña abrió sus ojos como si supiera que su padre la estaba viendo y comenzó a parpadear esos grandes ojos de color verde que parecía lo observaban.
Tom abrió los ojos sorprendido al ver los ojos de su pequeña princesa, eran de color verde, el mismo color verde aceituna que tenían los ojos de su madre, no le cabía la menor duda, la pequeña era el vivo retrato de su suegra con los ojos de su madre, la pequeña bebé Stevens había abueleado como se decía comúnmente cuando los nietos heredaban los rasgos de sus abuelos. Una lágrima recorrió el rostro del joven Stevens quien la miraba enamorado, conmovido.
-Nunca permitiré que nadie te haga daño mi niña. – Decía conmovido, una enfermera se acercó a él y le proporciono un traje especial para que se acercara a su pequeña, Tom la obedeció en automático sin dejar de observar a su pequeña, una vez listo se adentró a aquel cuarto nervioso con las lágrimas recorriendo sus mejillas. La enfermera tomó a la pequeña en sus brazos y se la acomodó en los de él, quien la sostenía tenso, con miedo.
-Tranquilo, acérquela a su corazón, permítale escuchar sus latidos y tenga mucho cuidado con su cabeza.- Fue todo lo que le dijo la joven y lo dejó a solas con aquel pedacito de su vida. La respiración de Tom se aceleró y el calor que le proporcionaba el cuerpecito frágil de su hija lo conmovió de sobre manera, si solo verla lo había hecho jurar que nadie la lastimaría, el tenerla en sus brazos lo obligaba a protegerla de los chicos como le había dicho Stear, los chicos como él, hormonales e inquietos.
Elisa pasó una semana en el hospital en recuperación, Candy y Anthony la visitaban seguido ya que ellos ya estaban incorporados a sus clases normales, ambos se reunían a la hora de la comida junto a Elisa y Tom para ayudarlos un poco con la pequeña Michelle, que era el nombre que habían elegido ambos para bautizar a su hija. Eliza estaba maravillada con el parecido que aquella niña tenía con su madre, aunque agradecía que los ojos fueran como los de su suegra quien poseía unos ojos de verdad hermosos, se parecían a los de Tom, solo que Tom había heredado el color de su padre.
-Si tu abuela supiera que se quiso deshacer de una copia de ella misma. – Decía triste Elisa quien recordaba lo que había pasado gracias a su madre. Sentía tristeza porque toda su familia la había ido a visitar, inclusive su padre le había enviado una tarjeta y un gran regalo para su primer nieta, hasta el imbécil de Neal había ido a ver a la pequeña Michelle, había viajado desde Lakewood que era donde se había refugiado junto con su madre después de la vergüenza y humillación que habían pasado gracias a los Andrew, sin embargo él si quería conocer a la hija de su hermana.
Por motivos de salud de la pequeña al haber nacido un poco prematura los Stevens tendrían que quedarse a vivir un tiempo en la mansión de los Andrew, Elisa seguía siendo buena amiga de Alejandro quien era el que le había hecho compañía en casi todo el embarazo, cuando llegaron a la mansión Alejandro salió corriendo para conocer a aquel pequeño que le habían dicho sería su compañero de travesuras, ya no se sentiría tan solo entre tanto adulto en aquella mansión, sin embargo nunca le dijeron que no sería niño, sino que sería una hermosa niña de ojos verdes quien llegaría a su vida.
Toda la familia estaba presente a la llegada de los Stevens del hospital, Candy, Anthony, Stear, Archie, Albert, Dorothy, la tía abuela, Rosemary y hasta el abuelo Hernry se encontraban en aquella mansión, todos esperando la llegada de la nueva integrante de la familia, un feliz y alegre Alejandro corría ansioso de un lado para otro, para conocer por fin a la pequeña.
-Mira Alejandro. – Dijo Elisa con cariño a aquel niño por el cual había desarrollado un sentimiento especial, el cual había notado que cada que se acercaba a su vientre la pequeña Michelle se movía inquieta. Alejandro se fue acercando poco a poco a Elisa y cuando por fin tuvo el rostro de aquella bebé con la que había desarrollado una conexión tan especial desde su vientre sus grandes ojos verdes se abrieron de par en par sorprendido de lo hermosa que era aquella pequeña, sintió que su corazón se aceleró al momento de verla y su rostro se ponía colorado, sin saber por qué. Los presentes observaban aquella escena, enternecidos y recordando la reacción que había tenido Anthony la primera vez que vio a Candy.
-¡Es hermosa, Elisa! – Le dijo sin que su rostro aminorara el color rojo que se había posado en sus mejillas. -¡Yo te ayudaré a cuidarla! ¡Será como mi princesa! – Dijo ante el asombro de Candy y Anthony, quien por Rosemary conocían aquellas palabras que Alejandro decía. Ambos rubios se voltearon a ver con una sonrisa tierna.
-Creo que Alejandro está enamorado. – Dijo Anthony a su esposa, besando su mejilla y hablándole al oído. – Entiendo perfectamente lo que sintió Alejandro al ver a Michelle, son los mismos sentimientos que yo experimentaba cada vez que te veía.
-Creo que tienes razón amor, Alejandro cuidará a Michelle como tú me cuidabas a mí. – Decía Candy con una sonrisa, mientras Albert veía a un Tom no muy convencido por lo que decía el pequeño niño.
-Vamos Tom, no te molestes, si Alejandro es igual que Anthony y yo digo que es así, te has ganado al mejor yerno de todos. – Le dijo Stear palmeando su espalda, Tom tenía que reconocer que eso era verdad, Alejandro era un gran niño y si era igual que su primo y su hermana no podía elegir un mejor partido para su hija. A Tom no le quedó de otra más que sonreír y aceptar que tal vez Alejandro sería el futuro esposo de su hija.
-Tienes razón esta vez Stear, si Alejandro es cómo Anthony, tendré al mejor yerno de todos y mi hija al mejor marido.
-¡Hey! – Decía Candy. – El mejor marido lo tengo yo. – Todos comenzaban a reír alrededor de aquellos dos pequeños quien seguían enfrascados viéndose uno al otro como reconociendo la pequeña la voz de aquel niño que siempre estaba revoloteando al lado de su madre, jugando uno y otro. Rosemary se acercó a su hijo y lo abrazó por la cintura.
-Me acuerdo perfectamente de aquel día que conociste a Candy, y con esta escena que estás viendo te darás cuenta de lo que yo vi en aquel momento. – Le dijo tierna dándole un beso Anthony a su madre en la coronilla, abrazándola por los hombros mientras con la otra mano sostenía a su pecosa de la cintura, abrazando con infinito amor a aquel par de rubias que eran tan importantes en su vida.
-Creo que a Alejandro le ocurre lo mismo que me ocurrió a mí en aquella época. – Candy lo veía curiosa esperando que terminara de decir lo que pensaba. – Conoció el amor a primera vista. - Decía viendo a su esposa besando sus labios con cuidado.
Efectivamente Alejandro veía embobado a la pequeña que estaba en los brazos de Elisa y aquella pequeña no paraba de seguirlo a donde se movía, ambos estaban entretenidos el uno en el otro y eso le causaba una gran ternura a su madre.
Rosemary veía enternecida aquella escena al igual que Dorothy y Albert, ya que nunca habían visto a Alejandro estarse quieto por tanto tiempo, era la primera vez desde que había llegado a aquella mansión que duraba mucho tiempo en una sola actividad.
-Ver a la hermosa bebé de Elisa me hace querer tener mis propios nietos. – Dijo Rosemary viendo a su sobrina y a su hijo con picardía. – Lástima que ustedes decidieron cuidarse hasta que terminaran sus estudios. – Dijo con un suspiro deseando tener un pequeño bebé de aquellos dos rubios.
Candy y Anthony se rieron por el comentario de su mamá y ambos se voltearon a ver con una sonrisa en sus rostros, sin embargo de pronto cayeron en cuenta que eso habían platicado antes de casarse, sin embargo la emoción de la noche de bodas, lo maravilloso de la luna de miel y el convivir día a día juntos en la intimidad de su hogar los había hecho olvidarse por completo el cuidarse de un posible embarazo, ambos abrieron los ojos con sorpresa al caer en cuenta hasta ese preciso momento lo que su madre les decía, ninguno de los dos había tomado las medidas necesarias para evitar un embarazo. Tenían cerca de un mes de casados y aún era muy pronto para saber si había o no embarazo.
Cuando iban de camino a la mansión, Rosemary y Henry iban muy serios y pensativos, al igual que los dos rubios.
-¿Sucede algo? – Preguntó Henry quien era el que más observaba aquel silencio.
-¿Por qué lo dice Henry? – Preguntó Rosemary a su suegro.
-Están todos muy callados.
-No, yo solamente estoy pensando en la bebé de Elisa, es tan hermosa que no sé cómo su abuela no es capaz de venir a conocerla, incluso su abuelo quiere conocerla. Neal se encargará de llevarle fotos al reclusorio. – Dijo Rosemary.
-Tienes razón madre, la tía Sara tiene el corazón tan duro que ni siquiera por conocer a su nieta dobló las manos. – Decía Anthony estando de acuerdo con su madre.
-Hay personas así hijo, que no les importa nada más que su posición económica. – Decía Henry entrando a la plática y comprendiendo a su nuera.
-Me alegro de saber que mis hijos van a tener a una abuela dulce y cariñosa. – Decía Candy.
-Y consentidora. – Decía Rosemary. – Así que cuando hagan alguna travesura ni los vayan a regañar delante de mí por favor. – Decía con una sonrisa traviesa.
-¡Mamá! ¡Ni siquiera a mí me regañabas! – Decía Anthony riéndose por las palabras de su madre.
-No hubo necesidad, sin embargo no sabemos si sus hijos van a salir igual que ustedes o serán tan tremendos como los padres de Candy. – Dijo Rosemary ante el asombro de Candy.
-¿Mi madre era tremenda? – Preguntó Candy, no tenía muchas historias de su madre y quería saber algo de ella.
-Tu padre ahora que estuvieron de luna de miel me contó algunas anécdotas de ella y por lo que me dijo tu mamá era bastante tremenda. – Dijo Rosemary quien observó que Candy se giraba del asiento delantero para escuchar algo de lo que le había dicho su tía.
-Dice tu padre que cuando tu mamá estaba pequeña le gustaba subir a los árboles al igual que a él y que ya estando de novios lo retó a una carrera a ver quién llegaba más rápido a la cima de un árbol, dijo que escalaba tan rápido que lo dejó en un minuto abajo, y mira que tu padre era muy bueno para subir a los árboles.
-Ya veo de donde sacas la habilidad. – Le dijo Anthony a Candy con una sonrisa traviesa, mientras Candy se ponía colorada por la pena que le daba, pero sabía que tenía razón Anthony, ella siempre los dejaba abajo cuando de trepar árboles se trataba, sin embargo Alejandro también era muy bueno escalando y eso lo había heredado por supuesto de su padre.
-Me hubiera gustado conocerla. – Dijo Candy triste. Anthony le tomó su mano izquierda con su mano derecha, mientras seguía conduciendo con la otra mano y la llevó a sus labios para besarla con inmensa ternura.
Llegaron a la mansión y cada uno se retiró a sus habitaciones, el abuelo de Anthony se sentía cansado de haber pasado todo el día fuera al igual que Rosemary, Candy se cercioró de que se tomara su medicina y se retiró junto con su amado a su habitación.
-¿Qué te sucede hermosa? ¿Estás así por lo de tu mamá? – Le dijo abrazándola con amor mientras aspiraba profundamente el aroma de su cabello. Candy negó.
-No, me quedé pensando en lo que dijo mi tía del embarazo. - Dijo seria.
-¿Tienes miedo de tener un hijo nuestro? – Preguntó Anthony. Candy volvió a negar.
-Nada me haría más feliz que tener un hijo tuyo mi amor, sé que habíamos prometido cuidarnos, sin embargo no lo hicimos y lo más probable sería que… - Decía un poco inquieta temía que Anthony no estuviera de acuerdo con tener hijos tan jóvenes.
-Si estuvieras embarazada yo sería el hombre más feliz de la tierra Candy, yo quería esperar no por mí, sino por ti, por tu carrera de enfermera, no me gustaría que no terminaras de estudiar. – Decía tierno.
-Yo quería esperarme para que tú te concentraras en tú carrera, para que no tuvieras que estar preocupado por mí, a mí no me falta mucho para terminar mis estudios y siempre puedo ejercer mi carrera por pocas horas.
-Entonces vamos a seguir practicando para lograr tener ese bebé que ambos deseamos. – Le dijo tomándola entre sus brazos y llevándola a la cama para volver a disfrutar de esa pasión que a ambos embriagaba. Se amaron una vez más, uniendo sus cuerpos hasta llegar a la cima del éxtasis.
Todos los días, el par de rubios salían rumbo al hospital los dos en sus uniformes blancos, cada uno a su lado del hospital, sin embargo en más de una ocasión le había tocado tratar al mismo paciente, siendo ambos muy buen equipo. Los médicos ya los identificaban como marido y mujer y también como un muy buen equipo de trabajo, siempre estaban dispuestos a ayudar.
-Hola hermosa. – Le dijo sorprendiéndola de espaldas mientras ella esperaba que llegara por el frente. Candy dio un pequeño brinco y Anthony la abrazó.
-¡Me asustaste! – Le dijo con un pequeño puchero que la había hecho cruzarse de brazos. La giró para darle un beso en su nariz.
-Lo siento mi vida. – Le dijo besando ahora sus labios. Sin embargo Candy seguía haciéndose la ofendida. -¿Qué puedo hacer para que me perdones? – Le decía mientras la abrazaba y ella se dejaba querer, cediendo poco a poco con sus caricias.
-Sabes que no puedo enojarme contigo. – Le decía correspondiendo a su abrazo.
-Siempre es bueno que me lo recuerdes. – Le decía mientras una pareja se acercaba a ellos.
-Con ustedes no se puede. – Dijo aquella voz que pronto reconocieron.
-Terry, señora Grandchester. – Dijo Anthony saludando a los recién llegados.
-Buenas tardes. – Dijo Candy correspondiendo al saludo que le dirigían ambos.
-¿Ustedes siempre son así de empalagosos? – Preguntó Terry viendo con diversión al par de rubios que lo observaban.
-No. – Contestó Candy, dándole un beso en la punta de la nariz de su príncipe quien lo recibió con una sonrisa. – A veces somos más. – Dijo después de eso. Anthony sonrió con travesura y besó de igual forma a su esposa.
-En eso tiene razón. – Contestó Anthony mientras Terry rodeaba los ojos. -¿Vienen a revisión? – Pregunto a Terry ya que ahora si a su esposa se le notaba que estaba bastante embarazada, el vientre abultado de siete meses no dejaba nada a la duda.
-Sí, Susana tiene revisión dentro de un rato. – Dijo Terry mientras la dichosa señora Grandchester admiraba a aquel matrimonio con curiosidad.
Candy y Anthony los acompañaron dentro del hospital y en cuanto llegaron Susana fue llamada por la enfermera del ginecólogo pidiendo que entrara solo ella por el momento. Terry se quedó afuera junto a los Brower.
-Anthony, ¿Has sabido algo del asunto que te pedí ayuda? – Preguntó Terry al rubio, sin querer profundizar mucho en el tema, le apenaba que Candy se enterara de aquella situación, aunque no podía asegurar que el rubio no le hubiera informado ya sobre aquel asunto.
- Siento desilusionarte Terry, pero no he tenido ninguna noticia al respecto, tal vez se atiende en otro hospital. – Dijo respondiendo de la misma manera que él le había preguntado. Candy sin embargo se quedaba escuchando entendiendo que no querían que se enterara ella de la situación, sin embargo era muy curiosa y después averiguaría sobre ello.
-Señor Grandchester, puede pasar. – Dijo la enfermera que se acercaba para darle el paso a Terry y ver que noticias tenían sobre el embarazo de Susana.
-Vuelvo en un momento. – Dijo Terry, como pidiendo que lo esperaran. Candy y Anthony se quedaron ahí un rato, ambos ya habían terminado sus turnos así que no les costaba mucho esperar al actor.
-¿Qué es lo que te ha pedido? – preguntó curiosa Candy, Anthony la miraba divertido.
-Quiere saber si Karen ha venido al hospital. – Candy se sorprendió, sin embargo supo porque lo decía.
-¿Quiere saber sobre su embarazo? – Preguntó la rubia.
-¿Sí está embarazada? – Dijo Anthony sorprendido, ya que Terry no le había asegurado si realmente lo estaba.
-El día de la boda de Terry y Susana, yo vi a Karen acompañada de un joven, estaban sentados al final de la iglesia, ella quería pasar desapercibida, pero al parecer no lo consiguió porque al salir de la iglesia ella se llevó la mano a su vientre y se le notaba que estaba abultado, así que yo diría que sí, que Karen está embarazada.
-Es lo que Terry quiere averiguar desde ese día. – Dijo pensativo.
-Ella no quiere que la encuentren, sino ya se hubiera hecho presente.
-Es lo más probable. – Decía Anthony.
-¿Le vas a decir lo que te dije? – Anthony no estaba seguro de qué hacer.
-No pecosa, no sabemos cuánto tiempo tiene ni dónde encontrarla, tal vez ella se fue de aquí. – Decía analizando la situación.
Terry y Susana salieron del consultorio del médico, muy serios, ninguno de los dos tenía una expresión de serenidad en su rostro.
-¿Hay algún problema? – Preguntó Anthony al ver los rostros de ambos.
-No mucho. –Dijo Terry, respondiendo al rubio. – Solo que Susana tiene que pasar de nuevo el resto del embarazo recostada o corre el riesgo de parir antes. – Dijo Terry preocupado.
-No tengas miedo Susana. – Dijo Candy con cuidado. – Si tienes cuidado este tiempo no habrá ningún problema.
-Gracias. – Decía Susana con una sonrisa angustiada, se veía el miedo en su rostro.
-¿Cuánto tiempo le falta? - Preguntó Anthony.
-Alrededor de siete semanas. – Contestó Terry.
El matrimonio Grandchester se despidió de los Brower para llevar a Susana por fin a descansar, el embarazo había sido bastante problemático y Terry tenía miedo de que algo malo le pasara a Susana o a su hijo.
Las semanas seguían su curso y Candy cada vez sospechaba más de su embarazo, había tenido nauseas, mareos y uno que otro antojo tan raro que le parecía increíble, así como el rechazo de una que otra comida, sin embargo se las arreglaba para que su esposo no se diera cuenta de ello, quería darle la sorpresa de que serían padres al cumplir su segundo mes de casados.
Estaba muy ilusionada buscando la manera perfecta de darle esa noticia, sin embargo ninguna idea que le venía a su mente creía que era la indicada. Solo faltaban unos cuantos días para su segundo mes de casados y las ideas volaban por su mente, no quería compartirlo con nadie aún, ni siquiera con su suegra quien sería la más emocionada en saber que sería abuela, quería que el rubio fuera el primero en enterarse de esa noticia.
La mañana de su aniversario Anthony se levantó muy temprano y con urgencia al baño, sentía que las ganas de vomitar lo dominaban y se fue directo al retrete comenzando a vomitar todo lo que había cenado la noche anterior, Candy se despertó con los movimientos que había sentido en la cama así como los ruidos que había hecho su esposo al ir al baño.
-¿Te encuentras bien amor? – Le preguntó Candy quien lo miraba extrañada, él nunca se enfermaba y el verlo en esa posición le causaba preocupación. Anthony salió del baño y Candy le proporcionó un poco de agua, le tocó la frente para comprobar su temperatura, sin embargo no tenía fiebre.
-Ya me encuentro bien amor, al parecer me cayó mal la cena. – Dijo sin darle mayor importancia al asunto.
-¿De verdad? ¿No quieres que te de algo para el malestar? – Preguntó Candy.
-No te preocupes mi amor, ya pasó. – Le dijo abrazándose a ella. - Si quieres vuelve a dormir. – Le dijo al ver la hora y comprobar que era muy temprano, era su día de descanso pero también era su aniversario.
-Se me ocurre mejor otra cosa. –Le dijo con mirada traviesa cosa que él interpretó muy bien. – Feliz aniversario mi amor. – Le dijo con un tierno y a la vez apasionado beso, enroscando su cuerpo al de él, obligándolo a atraparla con sus manos para sostenerla de los glúteos mientras lo abrazaba por la cintura.
-Creo que estoy de acuerdo contigo. – Le dijo siguiéndole el juego. – Feliz aniversario mi amor, ambos se amaron sin restricciones, disfrutando el cuerpo de uno y de otro buscando la manera de complacer a su contrario, terminaron cansados, relajados, besando Anthony los hombros desnudos de su esposa mientras ella se acurrucaba con su espalda y su cadera en su vientre y en su torso, provocando ese movimiento un nuevo encuentro en esa posición llevando a Candy a la cúspide del placer al alcanzar la meta que su cuerpo le exigía una vez más, era maravilloso descubrir todas las maneras que sus cuerpos se podían amoldar el uno al otro para demostrarse el amor y el deseo que los embargaba siempre que estaban juntos y la manera de que se extrañaban cuando estaban separados.
-¿Crees que podremos salir a cenar? – Preguntó Candy quien recordaba que tenían una reservación para cenar para celebrar.
-Por supuesto, tú eres mi medicina y ahora me siento mucho mejor. – Le decía besándola una vez más.
-¿Estás seguro? – Le decía entre los mimos que recibía.
-Completamente. – Decía seguro, el malestar ya había pasado y estaba seguro que no volvería a pasar.
Llegaron al restaurante y como las veces anteriores ambos llamaban mucho la atención, Candy se sentía ahora orgullosa de ser ella la dueña del amor de su rubio, caminaba segura de sí misma, y Anthony la llevaba del brazo de la misma forma orgulloso de tener a aquella hermosa mujer como su esposa.
La velada fue muy romántica, no había mucha gente en aquel restaurant y ambos pedían sus postres favoritos para terminar la velada. Ambos se retiraban a la mansión, Anthony había decidido darle un pequeño obsequio en la intimidad de su alcoba.
-¿Cómo les fue? – preguntó Rosemary quien se encontraba en el salón de la mansión.
-Muy bien tía. – Le contestó Candy con una gran sonrisa, ansiosa por ver la reacción de su esposo cuando le diera la gran sorpresa que le aguardaba en la habitación. Había tomado mucho tiempo en encontrar la mejor manera de decirle que sería papá y se había decidido por aquel regalo que tenía bien escondido.
-Me alegra mucho. – Dijo Rosemary, se quedaron un rato hablando con ella y la rubia los veía bastante extraños a los dos, tenía la sensación de que algo sucedía con ellos dos, sin embargo ninguno de los dos decía nada, pensaba que eran las ganas que tenía porque le dieran esa noticia tan maravillosa de que sería abuela. –Bueno yo me retiro para que ustedes sigan festejando su aniversario. – Les dijo con un abrazo a cada uno, felicitándolos una vez más.
Una vez que llegaron a su habitación Anthony se fue directo a su cómoda en donde guardaba aquel regalo que le había elegido a su esposa, tomó la cajita y se acercó a ella lentamente.
-Cierra los ojos. - Le dijo con una bella sonrisa. Candy obedeció y cerró sus verdes ojos mientras su sonrisa se ensanchaba. – Extiende tu mano. – Le decía divertido, le gustaba ver como obedecía sus instrucciones. – Todavía no los abras. – Le dijo una vez que le había puesto la cajita en su mano. Le dio un beso en los labios que sorprendió a la rubia, más sin embargo correspondió en cuanto sintió la suavidad de los suyos. – Ya puedes abrirlo. – En el momento que Candy abrió sus ojos vio la sonrisa más perfecta en su esposo, aquella tan sincera y tan pura que había conocido en él a lo largo de su vida.
-¿Qué es? – Decía emocionada.
-Ábrelo. – Le dijo divertido. Candy obedeció y comenzó a desenvolver aquella pequeña caja que había sido envuelta con mucho cuidado. Cuando Candy abrió la caja para ver el contenido se encontró con un sencillo broche del color de sus ojos, era un prendedor de esmeraldas que hacía juego con sus ojos, algo pequeño y simbólico para sus dos primeros meses como marido y mujer.
-¡Es hermoso! – Le dijo Candy feliz por el obsequio.
-¿Te gusta? – Preguntó aún dudoso por haberle obsequiado algo tan sencillo.
-¡Me encanta! ¡Gracias amor! – Le decía emocionada, era una de las tantas cosas que él amaba de Candy, que siempre se maravillaba y apreciaba los obsequios que él le daba, tenía guardados todos y cada uno de los regalos que le había dado a lo largo de su vida, aún fueran tan sencillos como aquel prendedor, era sencilla y transparente en sus expresiones. – Ahora tú cierra los ojos. – Le dijo traviesa ampliando la sonrisa que tenía en su rostro.
-¿Yo también? – Preguntó algo sorprendido.
-Sí, yo también te preparé algo, espero que te guste. – Le decía mientras sacaba debajo de la cama una caja algo grande. Anthony esperaba ansioso la orden para que abriera los ojos.
-¿Ya? – Preguntaba como niño pequeño.
-No, todavía no. – Decía apurada. - ¡No vayas a abrirlos! – Le decía riendo con travesura. Anthony esperaba y ponía sus manos dentro de los bolsillos de su pantalón. - ¡Estás haciendo trampa! – Dijo entre risas cuando volteó a ver a su esposo y él trataba de abrir los ojos.
-¡No vi nada! – Le decía mientras Candy como venganza le comenzaba a hacer cosquillas. – ¡Me rindo! – Decía entre risas atrapándola entre sus brazos aún con los ojos cerrados. Candy besó sus labios en medio del leve forcejeo que habían iniciado, Anthony no se negó a corresponder, incluso aún con los ojos cerrados siguió besándola intensamente. Una vez terminado aquel beso Candy susurró en sus labios.
-Feliz aniversario mi amor. Ya puedes abrir los ojos. – Le dijo de nueva cuenta susurrando en sus labios.
Anthony abrió sus bellos ojos azules y se encontró en la cama con una caja envuelta en tela de seda color azul cielo con un gran listón rosa pastel como moño adornando la superficie de aquella caja. Anthony pensó que era un color muy original la envoltura del regalo, sin embargo veía a su esposa ansiosa, con un brillo especial en sus ojos, como cuando hacía una travesura y quería ser descubierta.
-No tenías que hacerlo. – Le dijo sin soltarla aún.
-Tu tampoco. – Le dijo con una sonrisa. – Sin embargo este regalo es para los dos. – Le dijo con una sonrisa y guiñándole un ojo. Anthony seguía sin comprender. – Ábrelo. – Le dijo soltándose de su abrazo para que él pudiera acercarse al regalo. Anthony se sentó sobre la cama y colocó el regalo entre sus piernas para proceder a deshacer aquel fino moño. Cuando destapó la caja abrió los ojos sorprendido por el contenido y sonrió divertido por el presente que le había hecho.
-¿Te gusta? – preguntó Candy al ver la confusión en el rostro de su esposo.
-Sí me gustan pero… - Dijo confundido, pero no quería ofender a su esposa.
-Pero ¿Para qué quieres un muñeco y una muñeca? – Dijo divertida. Anthony le sonrió y tomó el sobre que estaba sujeto por la mano izquierda de aquel muñeco de trapo con cabello rubio y ojos azules, vestido de color azul y la mano derecha de aquella muñeca rubia de rizos y pecas vestida de color rosado.
-¿Se supone que somos nosotros? – Dijo cuándo levantó a los muñecos con sus manos. Candy asintió. Cuando levantó ambos muñecos tomó la tarjeta en sus manos y al fondo de la caja se encontraba una chambrita tejida color blanco, era tan pequeña pero a la vez tan grande para uno de aquellos muñecos. Anthony levantó su vista emocionado, comenzando a humedecerse sus ojos cuando se encontró con los de la rubia, que estaban por derramarse. Ella asintió. -¿Estás segura? – Preguntó con una sonrisa. Candy le extendió el sobre que tenía en sus manos. Anthony lo abrió y eran los resultados de una prueba sanguínea que se había hecho días antes en el hospital. "Positivo" era lo único que leyó de aquella prueba. - ¡Te amo!
Decía Anthony levantándose de pronto de la cama para abrazar a la rubia y girarla en sus brazos, gritando emocionado.
-Vamos a tener un hijo mi amor. – Le decía emocionado, tal fue su alegría que no le importó la hora que era, sus gritos de alegría y las risas de ambos llegaron a los oídos de Rosemary y Henry.
-¿Anthony, Candy, qué sucede? - Preguntó Rosemary del otro lado de la puerta.
-¡Adelante! – Contestó Anthony eufórico aún por la noticia.
-¿Qué sucede hijo? – Preguntó su abuelo emocionado al ver que eran gritos de alegría los que se producían en aquella habitación.
-¡VOY A SER PAPÁ! – Dijo en un grito, emocionado, abrazando a su madre y a su abuelo al mismo tiempo. Rosemary no cabía de la felicidad que le embargaba en ese momento y comenzó a llorar de felicidad al ver a su sobrina y a su hijo tan felices por aquella noticia.
-Vamos a ser abuelos Vincent. – Dijo para sí misma, recordando a su esposo una vez más.
Continuará…
Bueno señoras y señoritas bellas, hasta aquí otro capítulo más, espero les haya gustado y hayan disfrutado leerlo, les mando un fuerte abrazo a la distancia a cada una de ustedes, mis profundos agradecimientos por sus comentarios y por las lecturas y visitas que registra la historia. Síganse cuidando por favor, y comenten para saber que están bien.
Dios la bendiga.
Saludos y bendiciones.
