LAZOS DE AMOR

UNIÓN FAMILIAR

CAPÍTULO XL

-Felicidades Anthony. – Decían ambos muchachos, igual de emocionados.

Tanto Albert como Rosemary, Dorothy, la tía abuela y Henry se abrazaban uno al otro felices por el nacimiento del primogénito de los Brower.

Anthony dejó a todos los presentes festejando y se escabulló de los médicos para dirigirse al cuarto de su esposa, quería saber cómo estaba, le había dolido al escuchar que hubo un momento en el cual ella sintió rendirse. Entró con mucho cuidado a su habitación y la encontró dormida, su rostro reflejaba cansancio, pero a la vez una sonrisa que era imposible borrar de su rostro, se acercó hacia ella y se posicionó en un sillón que estaba junto a la cama y se dedicó a contemplarla dormir, sus ojos se llenaban de aquella imagen tan hermosa para sus ojos, su pecosa lo había hecho el hombre más feliz del mundo desde aquel día que aceptó sus sentimientos hacia él y a pesar del distanciamiento siempre se mantuvieron firmes a ellos, se convirtió en su novia, en su prometida, en su esposa, en su mujer, en su amante y ahora le regalaba lo más preciado que la vida pudiera darles, lo había convertido en padre de un hermoso varón, un niño que evidenciaba la felicidad que había en sus vidas.

-Te amo Candy. – Dijo en un susurro tomando su mano, mientras una traviesa lágrima rodó por su mejilla, una lágrima de felicidad que acompañaba a esa dicha que era tanta que se le desbordaba por los ojos. Estuvo así más de dos horas, contemplando a su esposa dormir, viendo como recuperaba un poco esa fuerza que la había abandonado durante la labor de parto.

-Mamá. – dijo Candy entre sueños mientras su sonrisa se ampliaba una vez más, sus ojos comenzaron a parpadear indicando que había comenzado a despertar de ese corto sueño reparador. – Amor. – Dijo una vez que abrió sus ojos y se encontró con la hermosa mirada de su amado príncipe en ella. Anthony se levantó del asiento que había ocupado por más de dos horas y se acercó a ella con sumo cuidado, despejando su rostro de los rizos que yacían aun pegados a su rostro por el sudor que había desprendido su cuerpo horas antes.

-Hola hermosa ¿Cómo te sientes?- preguntó con una hermosa sonrisa que adornaba el rostro tan feliz que poseía el rubio.

-Me siento bien, aunque cansada. – Dijo tallándose un poco sus ojos. Anthony beso su frente en repetidas ocasiones como si quisiera borrar con ellos el cansancio de su pecosa.

-Gracias amor. – Le dijo sin dejar de besar su frente, extendiendo los besos hacia todo su rostro para por último capturar sus labios en un tierno y húmedo beso, uno con el que buscaba demostrar la felicidad que lo embargaba en aquellos momentos, uno con el que buscaba confirmar una vez más el amor que profesaba por ella, el amor que tenía en su pequeña pero hermosa familia. – Me has hecho el hombre más feliz del mundo mi cielo. – Le decía enamorado. Candy lo escuchaba sintiendo que aquel amor que él le profesaba era uno de los más sinceros que había conocido en su vida.

-Tú también me haces muy feliz. – Le dijo correspondiendo de nuevo a ese beso que ella también necesitaba sentir en esos momentos. – Me has hecho mamá del bebé más hermoso de este mundo. – Le dijo tomando su rostro con ambas manos para enfocarse en sus ojos una vez más derramando ella también unas cuantas lágrimas de felicidad. – Se parece a ti mi vida, es el niño más hermoso del mundo. – Le dijo con una sonrisa que irradiaba felicidad, una felicidad que no era posible de esconder, una felicidad que había alcanzado por fin y que no sabía si aquel preciso momento era el límite para aquella felicidad, estar a su lado la hacía tan feliz y ahora el tener un hijo de su adorado Anthony le producía miles de sensaciones que eran difíciles de medir.

-Estoy seguro que se parecerá a su madre. – Le dijo abrazándola a su pecho compartiendo ambos aquella felicidad mientras sus corazones se acompasaban al mismo ritmo.

En esos momentos tocaron a la puerta, Anthony concedió el paso, una sonriente, extraña y feliz Mary Jane, entró a la habitación seguida por Jane quien entre sus brazos cargaba al primogénito de los Brower, una sonrisa apareció en ambos rubios quienes estaban impacientes de ver al pequeño que habían formado, aquel pedacito fruto de su grande amor.

-Muchas felicidades. – Dijo Jane también feliz de ver bien a la rubia. – Es un hermoso angelito. – Dijo Jane feliz y emocionada. Anthony se puso de pie para alcanzar a tomar a su pequeño entre sus brazos.

-Gracias Jane. – Decía Anthony quien tomaba con cuidado a su hijo mientras lo acomodaba en sus brazos para descubrir su rostro y conocerlo al fin. Mientras él veía a su heredero Candy era revisada por Mary Jane y por Jane al mismo tiempo que la felicitaban por tan hermoso acontecimiento. Anthony veía al bebé en sus brazos y para él, era el bebé más hermoso del mundo, era un bebé rubio de grandes ojos azules igualito a él, sin embargo él no podía apreciarlo, solo podía ver que era el bebé más hermoso que sus ojos habían visto. Mientras Anthony se dedicaba a observar y a acariciar a su bebé Candy era sometida a una serie de pruebas para hacerle los estudios necesarios y saber cómo había quedado después del parto.

-Mary Jane, quiero hacerle una pregunta. – La enfermera mayor la miraba muy seria ante la pregunta que esperaba le hiciera la rubia.

-Dime Candy. – Dijo con su voz ronca.

-¿Quién era la enfermera que estuvo a mi lado todo el tiempo? – Preguntó segura de lo que había visto en la sala de parto.

- Era Jane Candy. – Dijo Mary Jane, segura de lo que había visto en esos momentos. Candy pensó unos segundos pero recordó que ella había visto a Jane a su lado derecho, mientras que la enfermera que ella decía estaba a su lado izquierdo dándole ánimos para seguir en el proceso de parto.

-No, me refiero a la que estaba a mi lado izquierdo, la enfermera rubia de ojos verdes que estaba dándome ánimo para tener a mi bebé. – Volvió a decir, sin embargo Mary Jane la miró un poco confundida, por la descripción que le había dado la rubia.

-Candy la única enfermera rubia con ojos verdes eres tú, solo falta que me digas que tenía pecas. – Dijo Mary Jane con el rostro serio, sin embargo al ver el rostro de Candy su semblante cambió un poco, no quiso ahondar más en el tema y de nuevo puso su semblante serio como de costumbre. – Al lado izquierdo no había nadie Candy. – Dijo sin más tomando las muestras que había recolectado para los estudios de Candy y salió de la habitación no sin antes felicitar al doctor Brower, seguida de una confundida Jane.

-¿Estaría soñando? – Preguntó Jane a Mary Jane. Anthony escuchó esa pregunta y se acercó a su esposa quien estaba seria mirando hacia donde se habían dirigido las dos enfermeras.

-Cuando uno está bajo los efectos de la anestesia es común tener alucinaciones. – Dijo sin más, sin embargo Candy no había sido sometida a anestesia alguna. Jane lo sabía, sin embargo no quiso seguir indagando, dejando todo a una jugada de la mente de la rubia.

-¿Sucedió algo amor? – Preguntó Anthony acercándose a su esposa con el bebé en sus brazos, colocándolo junto a ella para que lo acariciara también.

-No lo sé amor. – Dijo Candy emocionada de ver a su hijo nuevamente en brazos. Lo tomó con mucho cuidado y lo abrazó a su pecho para que sintiera su calor, mientras Anthony los abrazaba a ambos como protegiéndolos. – Cuando estaba en labor hubo un momento que sentí desfallecer, sin embargo una enfermera que nunca había visto me animó a seguir adelante, pero lo más curioso fue que cuando escuché el llanto de nuestro bebé ella se quitó el cubre boca y por un momento me pareció estar frente a mí misma, le dio un beso al bebé y me felicitó y me dijo que estaba hermoso. Sin embargo Mary Jane me dice que no había nadie a mi lado, pero yo hablé con ella. – Decía Candy confundida, Anthony no sabía qué decirle, efectivamente habían entrado otras enfermeras junto a ella, sin embargo ninguna tenía las características que Candy había descrito.

-Tal vez fue un engaño de tu mente, hermosa. – Le dijo Anthony quien no tenía en ese momento una explicación de lo que Candy había descrito.

-Tal vez. – Dijo Candy no muy convencida, sin embargo se distrajo mientras se trataba de colocar a su pequeño en su seno para comenzar a amamantarlo, el pequeño quien estaba hambriento se prendió inmediatamente del pecho de su madre buscando saciar el hambre que ya le comenzaba a hacer estragos en su pequeño estómago, Anthony lo observó enternecido por ver que el pequeño no lloraba a pesar de que demostró estar impaciente por alimentarse, poco a poco sació su hambre quedándose dormido por primera vez en los brazos de su madre.

-Es hermoso, como tú. – Le dijo Candy al rubio quien los miraba enternecido. Él sonrió con ternura hacia su esposa y le tomó el rostro con delicadeza, depositando un casto beso en sus labios.

-A mí me parece que es tan hermoso como tú. – Le dijo con una sonrisa, la puerta era tocada una vez más y de nuevo Anthony cedía el paso a los nuevos visitantes.

Se había olvidado por completo de su familia, se había escabullido hacia la habitación de su esposa sin siquiera preocuparse por los demás, lo único que buscaba era volver a estar cerca de su esposa y de conocer a su bebé. Una feliz Rosemary entró primero que los demás, seguida de Albert, Dorothy, Elroy, los Cornwell y por último el bisabuelo quien cerraba la puerta para adentrarse a la habitación.

-¿Dónde está mi nieto? – Preguntó emocionada, mientras jalaba de la mano a Albert para ambos acercarse al mismo tiempo a Candy quien tenía en sus brazos dormido al pequeño nuevo integrante. - ¡Dios es hermoso, Albert! – Decía emocionada la feliz abuela.

-¡Es igualito a Anthony! – Dijo el feliz abuelo al ver a su nieto en brazos de su hija.

-Ni como negarlo. – Dijo la vieja Elroy. - ¡Es todo un Andrew! – Dijo emocionada, mientras el abuelo Henry se reía por los comentarios de la feliz ¿Tatarabuela?

-Es igualito a mi hijo cuando nació, Candy. – Le dijo a su sobrina.

-¿¡Verdad que sí!? Es lo que le dije a Anthony. – Dijo Candy con una sonrisa emocionada.

Rosemary se acercó con cuidado y tomó al pequeño en sus brazos. Unas lágrimas rodaron por sus mejillas mientras Albert se acercaba a ella para también acariciar a su nieto.

-Candace, nuestro primer nieto. – Pensó emocionado sin poder evitar que las lágrimas acudieran a su rostro, una cálida brisa se sintió cerca de su rostro, un pequeño roce que lo hizo cerrar sus ojos, Rosemary tuvo la misma sensación, solo que ella le hablaba a otra persona.

-Nuestro primer nieto, Vincent. – Dijo Rosemary con una amplia sonrisa en sus labios.

-Es hermoso. – Dijo Dorothy acercándose a Albert quien la recibió con un abrazo, conmovida por el bebé que había nacido, uno que a pesar de no ser así ella sentía como si fuera su propio nieto.

-Gracias Candace, gracias por cuidar a nuestra hija, mi amor. - Decía Albert, era imposible que no se acordara de aquella que lo había hecho tan feliz y más al agradecerle que hubiera mantenido a salvo a su pequeña Candy.

Los Cornwell también estaban felices de ver a sus primos convertidos en padres, se veían tan bien juntos, sobre todo con el bebé en sus brazos.

-¿Cómo se va a llamar? – Preguntó Rosemary viendo a los jóvenes padres que estaban abrazados en la cama de aquella habitación, Anthony y Candy se miraron con una sonrisa mientras los integrantes del a familia esperaban la respuesta de ellos.

-Adrián. – Dijo Candy sonriendo a Anthony quien asintió feliz a su esposa.

-Qué bello nombre. – Dijo la abuela sin dejar de ver a su pequeño nieto, quien la tenía enamorada, era exactamente igual a su hijo cuando nació.

Los días pasaron rápido y Candy y Anthony llegaban de nuevo a su casa, solo que con un miembro más agregado a la lista. Candy se sentía tan feliz que había olvidado por completo aquel extraño incidente en el hospital, al no haber podido averiguar quién era aquella enfermera que la había alentado a seguir adelante en su labor de parto.

-¿Así estas bien? – Preguntó Anthony una vez que la ayudó a acomodarse en su habitación.

-Sí mi amor, no te preocupes. – Dijo Candy con una sonrisa, mientras su pequeño dormía tranquilo en el moisés que estaba junto a la cama.

Albert llegó de visita con su familia, Alejandro por fin conocería a su pequeño sobrino, estaba muy emocionado porque por fin había nacido su sobrino y aunque era mucho más pequeño que él, él se iba a encargar de enseñarle todo lo sabía. Estaba encantado con Michelle, era su princesa, pero sabía bien que no podía hacer cierto tipo de travesuras que como todo niño necesitaba hacer, y a pesar de llevarle cinco años a su sobrino eso no impediría que pudieran jugar juntos.

-Hola Alejandro. – Dijo Anthony feliz de ver a su pequeño cuñado y primo a la vez.

-¡Hola Anthony! ¿Cómo están? – Preguntó muy maduro el pequeño Alejandro.

-Muy bien, aquí esperando que conozcas a tu sobrino. – Dijo Anthony en respuesta.

Alejandro salió corriendo emocionado rumbo a la habitación de los rubios para conocer por fin al nuevo integrante de la familia.

-¡Alejandro, no corras! – Dijo Albert apenado por la actitud de su hijo.

-No te preocupes, Albert. – Dijo Rosemary quien estaba encantada de tenerlos de visita en su casa, ellos eran los que siempre los visitaban.

-Tío, me gustaría hablar contigo un momento. – Dijo Anthony a su tío, mientras las damas se dirigían rumbo a la habitación para conocer al bebé.

-Claro que sí Anthony, tú dirás. – Dijo dirigiéndose con él rumbo al despacho del rubio menor. Una vez dentro del lugar Anthony se sentó en el escritorio invitando a su tío a sentarse en él. - ¿Sucede algo malo? – Anthony negó con un movimiento de cabeza.

-No tío, lo que sucede es que Candy me comentó algo cuando estuvo en el parto y quisiera saber si te ha comentado algo al respecto. – Albert puso cara de confusión lo que hizo ver a Anthony que no tenía ni la menor idea de lo que había hablado.

-No me comentó algo fuera de lo normal. – Anthony le comentó lo que Candy le había dicho sobre aquella enfermera, tal vez era algo que había sucedido en un momento que Candy cayó dormida, sin embargo sabía bien que eso no había pasado en ningún momento. Albert se quedó serio sumido en sus pensamientos mientras Anthony lo observaba detenidamente.

-¿Qué opinas al respecto tío? – Preguntó estudiando sus reacciones.

-Anthony, ¿Te importaría si lo hablamos delante de Candy?

-Para nada tío, si tú tienes una respuesta para lo sucedido me gustaría que Candy obtuviera esa respuesta. – Dijo Anthony seguro. Albert asintió y ambos se dirigieron rumbo a la habitación.

-Buenas tardes hija. –Saludo Albert con una sonrisa a su hija, dándole un beso en su frente. – Candy le sonrió y vio cómo su esposo se colocaba junto a ella abrazándola con cariño.

-¿Sucede algo? – Preguntó Candy al ver el rostro de ambos rubios.

-Mi vida, me tomé la libertad de comentarle a mi tío acerca de lo que viste en la sala de parto. – Dijo Anthony esperando no decepcionar a su esposa, ni haber violado la confianza que ella había depositado en él. –Espero no te moleste. – Le dijo viéndola a los ojos. Candy lo observó con cariño, sabía que estaba preocupado por ello, así que no tenía por qué molestarse por ello.

-Para nada amor. – Le dijo besando la punta de su nariz. – Es algo que ocurrió tal vez en mi mente, o tal vez... no lo sé. – Dijo no queriendo seguir buscando una explicación lógica a eso.

-O tal vez tu madre vino a ayudarte. – Le dijo Albert a su hija, mientras los presentes lo veían asombrado. Alejandro seguía en lo suyo viendo a su primo, sin prestar importancia a las cosas que no entendía de los adultos.

-¿Qué has dicho Albert? – Preguntó Rosemary confundida, mientras que Candy y Anthony lo veían serios, al igual que Dorothy.

-Lo que sucede es que Candy, el día que nació Adrián vio a una enfermera rubia de ojos verdes y pecas a su lado alentándola para que no se rindiera. – Dijo viendo a su hermana, la cual no sabía nada al respecto y comenzó a derramar lágrimas de emoción.

-¿Sucede algo madre? –Preguntó Anthony un poco preocupado por la reacción de su madre.

-Lo que sucede Anthony. – Dijo Albert captando la atención de Candy y del rubio. – Es que hace muchos años la madre de Candy quiso estudiar enfermería. – Candy volteó a verlo sorprendida, era otra de las miles de cosas que no sabía de su madre, Rosemary solo lo sabía porque Candace se lo había contado. – Cuando yo conocí a Candace, ella había intentado estudiar como enfermera en el hospital San José, sin embargo su padre no se lo permitió, a pesar de eso estuvo asistiendo unos cuantos meses, pero al poco tiempo nos conocimos y cambió sus prioridades cuando decidimos formalizar nuestra relación, así que decidió no continuar con los estudios, nunca llegó a ser enfermera titulada como tú hija. – Le dijo a Candy. – Dudo mucho que haya entrado a un quirófano, sin embargo no tengo duda de que ella haya sido la enfermera que viste a tu lado. – Candy tenía los ojos inundados de lágrimas, recordando las palabras que le había dedicado aquella mujer, en verdad tenía sentido lo que su padre decía.

-¡Era ella! – decía emocionada. - ¡Era mi madre! – Dijo sin dejar de llorar, con una sonrisa en sus labios, mientras Albert se acercaba a ella y la besaba nuevamente en su frente, abrazándola a su regazo para consolarla.

-Tengo una foto de tu madre con uniforme de enfermera, eso despejará todas las dudas que tienes. – Le dijo con la garganta hecha nudo, comprobaba una vez más que en realidad su Candace había cuidado a su hija siempre. Candy asintió feliz, esperando ver esa fotografía que su padre le comentaba. Al día siguiente Albert se había quedado con aquello en su mente, presentándose muy temprano únicamente para mostrar a Candy aquella fotografía que le había prometido.

-Buenos días tío. – Dijo Anthony un poco extrañado por la visita tan temprano de su tío. – Pasa. – Le dijo con una sonrisa.

-Siento venir tan temprano. – Dijo un poco apenado. – Pero encontré la foto que le prometí a Candy. – Dijo mostrando entre sus manos un gran álbum fotográfico que tenía años que no había vuelto a tocar.

-No te preocupes tío, con Adrián es imposible levantarse tarde. – Dijo Anthony con una sonrisa.

-¿Es madrugador?

-Sí, creo que saca a su padre. – Dijo con una sonrisa de lado, no podía decir que a su madre porque Candy siempre había sido muy dormilona.

-¿No les da mucha lata? – Preguntó divertido, él no tenía la más mínima idea si un bebé era latoso o no, no había tenido ninguna experiencia con sus hijos, con Candy por no animarse y con Alejandro por la huida de Dorothy.

-Para nada, es un bebé demasiado tranquilo. – Dijo emocionado.

-Entonces debe de sacar a ti, por lo que cuenta Dorothy, Candy era muy inquieta y Alejandro ni se diga. – Anthony sonrió por lo dicho. – Recuerdo que Rosemary nunca se quejaba de ti.

-Sí, eso comenta mi madre, que es exactamente igual a mí. - Dijo con una sonrisa orgullosa.

-No te emociones, el que sigue será igual a Candy. – Dijo con sonrisa burlona Albert.

-Eso sería maravilloso tío. – Dijo Anthony emocionado, sin una pizca de miedo en sus palabras, y era verdad él quería que su pecosa le diera otra bebé ahora con el rostro de ella.

Albert entro a la habitación de los rubios y saludó a su hija.

-Buenos días hija.

-Buenos días padre. – Dijo levantada, estaba acomodando a Adrián en su moisés cuando recibió a su padre con una sonrisa.

-Vengo a traerte la fotografía que te había prometido. – Le dijo con una sonrisa. Enseñándole con un movimiento de manos aquel grueso álbum que traía en sus manos, era un gran álbum con pastas gruesas y letras doradas plasmadas en su portada "Familia Andrew White" decía al frente.

-¿Es? – Preguntaba emocionada, era el libro familiar que habían iniciado sus padres al momento de haber formado su familia, el cual nunca había visto en su vida. Abrió la página donde estaba aquella fotografía, la única que tenía de su amada Candace en uniforme de enfermera. Candy la tomó entre sus manos quedando en completo silencio al observar que efectivamente aquella muchacha era la misma que se había mantenido cerca de ella en la sala de parto. -¡Es ella! - Dijo Candy comenzando a llorar por la impresión. - ¡Era mi mamá! – Dijo emocionada. Albert comenzó a derramar unas lágrimas a su vez que Anthony se sentía igual de conmovido y se impregnaba de la emoción de su esposa.

-Sabía que ella te cuidaría desde donde quiera que esté. – Dijo Albert limpiando su rostro, conteniendo el nudo que se había formado en su garganta. Candy comenzó a ojear las fotografías de su madre, y vio cada una de las fotos que nunca había visto, la vio desde pequeña, vio a su padre siendo un niño, con una sonrisa feliz, vio las fotos de su boda, las fotos de su luna de miel y cada una de las fotografías que habían sido plasmadas en aquel viejo álbum, cada una tenía una fecha impresa debajo de cada una, se tardó bastante tiempo observando aquel álbum junto a su padre y su esposo, mientras Albert le contaba cada una de las anécdotas que él recordaba al haber tomado cada una de ellas, hasta que llegaron a la última fotografía tomada, tenía fecha del 01 de mayo de 1898, aproximadamente una semana antes de su nacimiento, en ella lucía su padre arrodillado con solo una rodilla mientras con la otra sostenía a su adorada Candace sentada en su pierna acariciando su abultado vientre, en otra estaban los dos de pie, su madre era un poco más alta que ella, ambos se veían felices a la espera de su primer hijo. Cada una de las fotografías tenían abajo un comentario que había sido escrito por el puño y letra de su madre, desde "nuestra boda", "nuestra luna de miel" y por último estaba uno que decía "nuestro primer hijo" sin embargo debajo de ese comentario no existía ninguna foto. Albert se sintió culpable, él era el único responsable de que aquel grueso álbum hubiera quedado a la mitad, la miró bajando su vista con pena. Candy imaginó lo que su padre sentía.

-No te preocupes padre. – Le dijo tomando su mano y besando su mejilla. – Te entiendo. El solo ver el álbum que con tanto amor iba formando mi madre y ver que se quedó truncado me ha provocado mucho dolor. Entiendo porque lo dejaste hasta aquí, te entiendo perfectamente, yo no sé qué hubiera hecho si me hubiera faltado mi príncipe. –Dijo viendo a los ojos a su esposo, quien le dedicó una sonrisa tierna y dulce. –Te quiero papá. – Le dijo abrazándose a él.

-Y yo te quiero a ti mi muñequita. – Le dijo por primera vez utilizando aquel mote que le había puesto Dorothy desde la primera vez que la había tenido en brazos, y que él había escuchado muchas veces en los labios de su ahora esposa.

-Ver este álbum me ha dado una idea. – Dijo Candy limpiando de su rostro las lágrimas que la habían acompañado desde que comenzó a ojear aquellas páginas y volteando a ver a su esposo. – Nosotros también comenzaremos un álbum de fotos y así cuando nuestros hijos crezcan podrán conocer la historia de amor de sus padres, así como la historia de mis padres. – Dijo feliz, Albert le sonrió y la abrazó de nuevo.

-Eres exactamente igual a tu madre. – Le dijo emocionado.

Adrián creció como un niño sano y tranquilo al lado de sus primos, Alejandro era el que casi siempre comandaba al grupo de pequeños que habían nacido, era la nueva generación de los Andrew, de Albert era Alejandro el cual cuidaba a Michelle muy de cerca llevándola de la mano casi siempre, después seguían los hijos de Terry, los cuales parecían de la familia ya que se la llevaban cada domingo en las reuniones semanales que hacían, tanto Julieta como Terrence se la vivían ahí, Después seguía el hijo de Candy y de Anthony, Adrián. Stear había tenido a una hermosa niña de cabellos negros y ojos azules a la cual pusieron Anabelle, después nació en nuevo bebé de Eliza y Tom un pequeño niño de nombre Arthur, y más tarde nació la pequeña de Archie y Annie, una niña castaña como su padre de ojos completamente azules de nombre Ingrid. La familia iba creciendo, los niños comenzaban a crecer, y cada uno formaba su propia familia.

Candy y Anthony siguieron con su amor el cual aumentaba conforme crecía su familia, y cada año como había sido una promesa por parte del rubio regresaban a Miami a festejar cada aniversario de bodas, siendo ese lugar el refugio que sus cuerpos buscaban y al parecer era un lugar afrodisíaco porque cada año volvían con un nuevo integrante acompañándolos de nuevo, así que a los dos años de Adrián, nació un nuevo bebé, el cual trajo la misma alegría que el primogénito llenando sus vidas de felicidad y convirtiendo al pequeño Adrián en el hermano mayor, al tener que cuidar ahora a un niño de rizos rubios y ojos azules, y una que otra peca que adornaba su rostro, a ese torbellino le llamaron Abraham, el cual tentó muchas veces la paciencia de la pecosa, al enfrentarse a su versión masculina, era todo un torbellino, inquieto y travieso, le gustaba trepar árboles mientras su hermano tenía que correr a salvarlo de los pocos cuidados que tenía su hermano, después del nacimiento de Abraham nació otro pequeño más ocupando el tercer lugar en la lista de los hermanos Brower, esta vez el más pequeño de los Brower llegó para festejar la terminación de los estudios de su padre ya era un médico reconocido a nivel nacional y su fama se iba extendiendo poco a poco al viejo continente. El más pequeño de los Brower llevaría el nombre de Alan un niño de rubios cabellos y ojos verdes iguales a los de su madre, sin embargo las facciones eran casi exactamente iguales a las de su padre, salvo por los ojos los cuales eran como los de su esposa, o su madre o su suegra, quien sabe, lo único que era cierto era que eran verdes, los tres niños eran la alegría de los rubios Anthony y Candy se sentían maravillados con su familia, tenían tres hermosos hijos, Adrián, Abraham y Alan Brower-Andrew, eran una familia perfecta a la vista de todos, sus hijos siempre eran muy bien portados y acaparaban las planas de sociales cuando se presentaban en algún evento.

-¿Crees que ya sea suficiente? – Preguntó Anthony al ver en sus brazos al más pequeño de sus hijos, mientras Candy lo amamantaba en la habitación. Candy lo miró con travesura.

-Creo que si mi amor, por más que lo intentes creo que no estábamos destinados a tener una niña. – Dijo con un suspiro viendo enamorada a su bebé. – Ojalá que no sea tan travieso como Abraham. – Decía riendo mientras su esposo la acompañaba.

-No importa si tenemos otro varoncito, no me molestaría, además siempre es divertido hacerlos. – Le dijo con una mirada pícara que Candy interpretó muy bien.

-A mí no me molesta seguir practicando. – Le contestó correspondiendo al beso que su esposo le brindaba, era un beso tierno, dulce, apasionado, demostrándole una vez más a su esposa que ella era su debilidad, que podían tener uno o diez hijos y que la emoción de tenerlo era exactamente la misma, y que su amor seguía en aumento, no había momento que no pasara que no lo demostrara y Candy se sentía la más afortunada del mundo.

La tía Elroy estaba muy feliz con los nuevos nietos que se le habían sumado a la familia eran su orgullo y cada uno era amado de forma diferente, según su personalidad, Abraham era el más travieso de los Brower seguido por Alan y por último Adrián. Los Cornwell-O´Brian habían tenido primero a Anabelle y después a Melissa y por último tuvieron a un hermoso varoncito igualito a su madre, pero con los ojos tan negros como su padre lo bautizaron con el nombre de Alexis, era un niño bastante inteligente y sobre todo muy responsable y amable.

Los Cornwell-Britter no se quisieron quedar atrás con la familia que habían comenzado y a pesar de que habían tenido a la más pequeña de los primogénitos de toda la familia, pronto se emparejaron con el siguiente embarazo llevándose únicamente solo diez meses entre Ingrid y los pequeños Helen y Ángel, que a pesar de que tenía su rostro y nombre como un verdadero Ángel era un verdadero diablillo, era exactamente igual de travieso e inquieto que su padre, cuando se juntaban él y Abraham ponían al mundo de cabeza y los pobres de Alejandro, Adrián, Michelle, Anabelle e Ingrid sufrían porque tenían que corretearlos para que no salieran lastimados, más cuando llegaba Terrence de visita que era el vivo retrato de su padre, sin embargo con los adultos todos se comportaban como verdaderos angelitos, especialmente cuando llegaba la tía abuela quien tenía la maravillosa virtud de sentarlos a todos con solo una mirada.

Eliza y Tom habían tenido a su primogénita Michelle y después que nació su hijo Arthur tuvieron otro niño más al cual bautizaron con el nombre de David igual de inquieto que su hermano, Michelle era la única que los controlaba porque era la encargada de corretearlos con la ayuda de Alejandro, con quien hacia un lazo cada vez más fuerte.

Rosemary estaba feliz con sus nietos, sobre todo cuando se los dejaban por tres semanas cuando los rubios se iban a celebrar su aniversario de bodas, le gustaba contar todas las anécdotas del mar que su esposo le había compartido en el tiempo que vivieron juntos y los tres se sentaban abriendo los ojos emocionados por las aventuras que le compartía su abuelita sobre su abuelo Vincent, sin embargo lo que más les gustaba era escuchar las historias que le contaba su bisabuelo sobre su abuelo, Henry sí que tenía historias divertidas que contar sobre las travesuras que había hecho su abuelo.

-¿Crees que es bueno que los mimen tanto? – Preguntaba Candy cuando los veía tan entusiasmados con las aventuras de su abuelo Vincent.

-Nosotros crecimos con las anécdotas de mi padre amor y no puedo decir que haya sido algún problema. – Decía Anthony dando su punto de vista, él mismo estaba encantado de poder conocer más a su padre a través de los ojos de su abuelo.

-Pero tú no eras como Abraham, ni como Alan. – Decía Candy con un suspiro. Anthony la veía divertido.

-Te entiendo hermosa, pero la vitalidad que tienen nuestros hijos es maravillosa, es verte a ti y a mí en ellos, son una parte de ti y una parte de mí en cada uno, y eso me hace adorarlos tanto como a ti.

-¿Crees que él será igual de inquieto? – Preguntó tocándose el vientre con una sonrisa traviesa al ver que su esposo abrió los ojos emocionado, tenían poco más de un mes que habían regresado de su aniversario de bodas y como las otras veces volvía a surtir efecto. Candy llegaba una vez más embarazada, Adrián tenía ya 9 años, Abraham tenía 7 y Alan tenía 5 años, sus pequeños príncipes. Anthony la tomó entre sus brazos y la besó emocionado, gritando una vez más a los cuatro vientos que iba a ser nuevamente padre. Su madre estaba junto a su abuelo y los niños alrededor de ellos escuchando sus cuentos cuando voltearon sorprendidos a ver al par de rubios que no se cansaban de tener familia.

-¿Otro? – Dijo Adrián que era el mayor y tenía que cuidar a veces a sus hermanos que eran a su parecer bastante traviesos, sin embargo los quería mucho y por tal de que no se lastimaran los seguiría cuidando.

-¡Siiii! – Gritaron Abraham y Alan quienes sabían que sería un compañero más de travesuras.

-¡Otro hermano! – Gritaba Alan emocionado ya no sería el bebé de la casa y ya no podrían decirle que "no porque era muy pequeño".

-¿Te he dicho alguna vez que me haces muy feliz? – Le preguntó su esposo una vez más abrazándola y aferrándola a su pecho.

-Mmmmmhhhh creo que no. – Le dijo con travesura.

Adrián los miraba orgulloso, sentía orgullo que su padre amara tanto a su madre, él soñaba que el amor que él comenzaba a experimentar por Anabelle fuera así de duradero, estaba muy pequeño, sin embargo él sabía que lo que sentía por su prima era amor, era la única de todas las primas que tenía que lo hacía acelerar su corazón, era la única que lo hacía sentirse triste cuando ella estaba triste, era la única que lo hacía poner rojo o nervioso cuando le dedicaba una sonrisa.

-¿Cómo le pondremos esta vez? – Preguntó el rubio a su esposa.

-Antonio. – Dijo Candy segura.

-¿Y si es niña? – Preguntó ilusionado.

-No lo creo. – Dijo Candy quien estaba segura que el cuarto Brower sería otro varoncito.

La tía Elroy estaba emocionada por las nuevas parejas que armaría en un futuro, ya estaba bastante mayor, sin embargo mientras tuviera un aliento de vida ella trataría de buscar lo mejor para su familia, Elroy sabía que Alejandro y Michelle eran uno mismo, tenían una relación muy parecida a la de Candy y Anthony, a los 14 años de Alejandro y los 10 de Michelle ya era más que obvio las intenciones de cada uno, a pesar de ella aún ser muy pequeña, Alejandro lo tenía claro y sabría esperar por aquellos ojos verdes.

Adrián y Anabelle eran casi de la misma edad y siempre estaban de la mano, desde muy pequeños los ojos azules de ambos se compenetraban y se buscaban entre todos los demás, siendo los que siempre andaban procurando que sus hermanos no se lastimaran. Los hijos de Terry después de haber tenido a Julieta con Susana y a Terrence con Karen, había tenido otro pequeño más de nombre Romeo y por último acababan de tener al pequeño Arnold, el cual tenía alrededor de tres meses de edad.

Cuando llegó el bautizo del último integrante de los Brower, Albert, Dorothy y los demás miembros de la familia estaban muy entusiasmados por presentarlo al mundo. Los padrinos serían Stear y Patty una vez más ya que habían sido los padrinos de Adrián, sin embargo habían comenzado a darles la vuelta a los padrinos, aunque sabían bien que esta vez, si sería el último.

-¿Cuál será su nombre? – Preguntó el Obispo al ver a la pareja de rubios que regresaban una vez más a bautizar al nuevo integrante de la familia.

-Anthonella Brower Andrew. – Dijo Anthony con una hermosa sonrisa, orgulloso de tener en sus brazos a la pequeña niña que una la viva imagen de Candy, salvo los ojos azules que había heredado de su padre, todo hasta las pecas había heredado de su madre, era Candy con los ojos azules. Anthony volteo a ver a Candy y le guiñó un ojo orgulloso de ella, de sus tres príncipes y de su pequeña princesa.

-Creo que tendré que apartar a esta belleza para mi hijo Arnold. – Decía Terry al acercarse a la pareja una vez terminada la celebración del sacramento.

-Eso sí que no se va a poder. – Dijo Anthony encarando a Terry. – Mi princesa va a elegir a la persona con la cual decidirá casarse y si tu hijo es el elegido bienvenido sea, sino me temo mi buen amigo que tendrás que buscarle por otro lado. – Le dijo mientras Terry se comenzaba a reír junto con él.

-Nada me haría más feliz que mi hijo y tu hija se enamoraran Anthony, por lo menos tendría un consuegro que me agrade. – Decía mientras veía a Terrence muy junto a Ingrid, los cuales nuevamente mostraban que dentro de su inocencia se agradaban bastante. Anthony miraba hacia la dirección que miraba el castaño.

-Creo que Archie puede pensar lo mismo. – Decía Anthony con una sonrisa.

-Creo que tienes razón. – Decía Terry riendo junto con Anthony mientras a lo lejos Archie los veía no muy convencido de lo que estaban hablando, sin embargo él había notado lo mismo que había notado Anthony, Terry y los demás de la familia. - Lo bueno que mi hijo si es todo un caballero, tal y como se lo prometí a Karen. – Decía Terry recordando a aquella mujer que lo había dejado marcado de por vida.

Candy y Anthony se preparaban nuevamente para hacer el viaje de aniversario como cada año, habían faltado muy pocas veces, solo cuando estaban recién paridos habían faltado a esa promesa. Este año sería diferente porque era la primera vez que celebraban su aniversario en compañía de todos sus hijos, siempre que iban a Florida de vacaciones era en verano, pero cuando era su aniversario de bodas ellos siempre asistían solos como una pareja de recién casados, sin embargo ese era el primer viaje de Anthonella a la playa ya que había resultado ser un poco alérgica al sol y no podía exponerse mucho tiempo, sin embargo al ser su padre médico y su madre enfermera iban preparados para todo lo que pudiera pasar, Anthonella tenía ahora 5 años, Alan tenía 10, Abraham tenía 12 y Adrián tenía 14 años, justo la edad que tenía Anthony cuando le había dado el primer beso a su mamá.

Candy se encontraba en la playa junto a Anthonella, Alan y Abraham jugando entre las olas, buscando la manera de entretener a la pequeña quien había mostrado mucho entusiasmo por el mar, le gustaba mojar sus pequeños pies con el agua salada y hacer castillos de arena, la chispa que tenían los tres hijos que la acompañaban hacían que Candy sonriera feliz, pero al observar que desde la terraza de la habitación principal su príncipe y su hijo mayor los observaban se sintió plena, se sintió bendecida, ellos eran su mundo, su vida, su entereza, por ellos era capaz de hacer que el mundo girara de lado contrario por tal de verlos sonreír, Anthony posó sus ojos en su esposa y suspiró enamorado, Adrián lo observaba en silencio, estaba nervioso.

-Papá. – Dijo metiendo sus manos al bolsillo de su pantalón.

-Dime hijo. – Dijo con su voz tranquila y tierna, como siempre la utilizaba cuando alguno de sus hijos se dirigía a él.

-¿Cómo te diste cuenta que estabas enamorado de mamá? – Anthony se sorprendió un poco por la pregunta, pero sabía bien que su hijo ya se había tardado mucho en hacerla. Anthony suspiró y volteó a ver a su hijo con una sonrisa.

-¿Anabelle? – Peguntó mientras su hijo coloreaba su rostro apenado, tratando de esconderse al ser descubierto.

-¿Cómo lo sabes? – Preguntó sorprendido.

-Es algo obvio hijo, tú estás enamorado de Anabelle desde que eras muy niño. – Dijo con una sonrisa. – Hijo el amor no es motivo de esconderse, el amor que se tienen tú y Anabelle es algo muy parecido al amor que nos tenemos tu madre y yo, así como tu tío Alejandro y Michelle.

-¿Entonces tú crees que Anabelle me ama? – Dijo iluminándosele sus hermosos ojos azules.

-¿Tú lo sientes? – Le preguntó Anthony a su hijo. Adrián asintió. - ¿Lo ves? Tu corazón te dice que ella te ama y sabes bien que tú a ella. – El muchacho volvió a asentir esta vez con una hermosa sonrisa, viendo como su padre lo abrazaba orgulloso. – Lo más importante hijo, es que siempre respetes a tu pareja y sobre todo siempre confíes en ella, eso es fundamental para que el amor triunfe. – Le dijo como consejo, mientras lo abrazaba por los hombros y se dirigían a acompañar al resto de su familia.

-Gracias papá. – Le dijo el muchacho feliz, su padre sabía que estaba enamorado y lo mejor de todo que era correspondido, no era solo lo que él deseaba o lo que creía ver, sino que realmente todos sabían que era verdad ese amor.

El rubio mayor y su primogénito se unían al resto de su familia quienes jugaban a alcanzar a Anthonella quien le encantaba que la corretearan a lo largo de la playa.

Candy al ver a su príncipe y a su primogénito se acercó a ellos para abrazarlos, dando un beso en la mejilla de su hijo y uno en los labios de su esposo.

Adrián se fue con sus hermanos para cuidar a su hermanita junto con ellos, quería darles espacio a sus padres para estar juntos y que disfrutaran un poco entre pareja, él sabía lo que era eso al extrañar tremendamente a Anabelle y sentir la necesidad de tenerla a su lado. Lo que el joven no sabía que aquella pelinegra de ojos azules estaba igual de inquieta por volverlo a ver.

-¿Ves la perfecta familia que me has dado? – Le dijo Anthony a Candy abrazándola por la cintura desde su espalda.

-Es la familia que siempre soñé. – Le dijo en respuesta suspirando, al ver a los cuatro rubios correr sobre la arena, mientras las olas los bañaban y los revolcaban entre risas. Candy se giró sobre sus pasos y se abrazó al cuello de su príncipe de las rosas, besando sus labios una vez más, demostrándole cuanto lo amaba y cuan necesitada estaba de él, Anthony correspondió a ese beso dulce y apasionado que ella le brindaba, aferrándose a su cuerpo acariciando su espalda mientras sus hijos los observaban a lo lejos.

-¿Papá no se cansará de besar a mamá? – Preguntó Alan haciendo una mueca de asco ante la escena, mientras Antonella se reía cubriéndose sus azules ojos, sin embargo los dos mayores los veían con orgullo, ellos ya entendían lo que era estar enamorado y ambos sentían admiración por su padre, por el trato que le daba a su madre, siempre siendo un caballero para ella.

-Créeme Alan, que cuando tú tengas novia no querrás dejar de besarla. – Dijo Adrián abrazando a su hermano más pequeño, mientras Abraham lo veía divertido.

-Habló la voz de la experiencia. – Le dijo mientras Adrián lo tomaba de los hombros y se subía arriba de él riendo por las palabras de su hermano, los demás le hacían segunda al ver que tenían a Abraham revolcado en la arena.

Los rubios seguían en lo suyo mientras sus hijos jugaban entre ellos, divertidos, felices de compartir en familia aquellos bellos momentos.

-Te amo pecosa.

-Y yo te amo a ti, mi príncipe de las rosas.

FIN.

Bueno hermosas, hasta aquí llegamos con esta historia, espero que les haya gustado tanto como me gustó a mí, y espero que los cinco largos días que no tuvieron actualización los haya compensado con estos tres capítulos, espero que se entretengan un poco y que tengan paciencia por favor, quería terminar esta historia para enfocarme a una sola, a pesar de estar en cuarentena las clases virtuales de mis hijos, la casa y las demás responsabilidades me dejan agotada y la verdad no me gustaría que escribir se hiciera algo obligatorio, como saben lo hago por gusto y no quisiera que se convirtiera en algo tedioso, si lo hago por gusto la inspiración llega más rápido a mí. Espero que estén muy bien, les mando un fuerte abrazo y nos seguimos leyendo en la siguiente historia. Espero sus comentarios.

Saludos y bendiciones.