No lo diría en voz alta, pero él observaba por largos periodos a su hijo al dormir.
La noche desfilaba, y bien podría descansar, mas no le placía hacerlo. Sus ojos insistían en seguir abiertos y su alma lo obligaba a seguir viendo. Su mente se debatía entre el anhelo y lo enfermizo y el corazón desbocado lo incitaba a continuar.
El pacífico semblante y la queda respiración le zambullían en la conciencia, ese joven con su sangre por las venas le daba calma, y era la razón de su tormenta.
La culpa y el raciocinio le contrariaban, los sentimientos y el deseo desbordaban. Su pecho se oprimía y los labios apretó. La ímpetu de su amor se presentaba, de nuevo, y sus manos se encargaban de sellarla.
No lo diría en voz alta, pero siempre que lo veía sonreír, todo su ser se regocijaba.
Era tan vivaz; su sonrisa estaba grabada en su memoria, y se sentía tan dichoso cuando esa bella curva se dirigía a él.
Su mirada vaga sobre él y sus sonrisas paternales eran su disfraz perfecto, su diluida ternura en el mar de rencor dedicado a sí mismo. Revolvía su inusual y hereditario cabello con diversión trazada sobre su hambre de tocar todo de él.
Y en la noche estrellada, junto a él, simplemente lloró en silencio mientras miraba el firmamento, y la cabeza reposante del pequeño descansaba sobre su hombro.
No lo diría en voz alta, pero lo amaba. Y no era el amar correcto de un padre hacia su hijo.
Abrazos, palabras de cariño y entre líneas un insano amor. La sed lo corrompía y su garganta se quemaba, lo miraba con una sonrisa forzada y sus manos temblaban. El miedo inundaba su mente, las emociones se batían y su asedio se resquebrajaba.
La sensación tortuosa del encierro era cada vez más insoportable.
No lo diría en voz alta, pero quería besarlo.
Apretó con fuerza los puños, tal vez morir sería menos doloroso.
Su cabeza colapsa, su cuerpo está a punto de entrar en frenesí y su respiración se altera. El ahínco apasionado de su corazón va a estallar, no puede estar más tiempo con él. Rebasó sus propios límites. La sensación inaudita lo acorralaba y lo culpaba. Se mortificaba cada segundo de su sentir.
Y sin palabras, sin despedidas, desapareció. No dejó rastro, y sólo dejó detrás la confusión y la tristeza, esperando, también, desaparecer los gritos desesperados cada vez más lejanos tras el manto oscuro que envolvía su conciencia.
No lo diría en voz alta, porque estaba prohibido.
