Cartas de sangre
Me siento desorientado. No sé si soñé o si solo estuve pensando. Oigo pasos acercándose a mi puerta. Ya debe ser de día. Si dormí fue en esta misma esquina y solo por unos pocos minutos. La puerta se abre y distingo dos siluetas que se me acercan. Una se queda de pie mientras que la otra se arrodilla a mi lado y toma mi muñeca.
- Su pulso está muy débil. - dice el hombre - Necesita comer. -
- Administre otros 25 de Anafranil.
Es la doctora Kane quien está de pie entonces. Aunque su imagen es algo borrosa, la voz es inconfundible. Es más fría que el piso sobre el que estoy sentado.
El asistente obedece. Sus manos heladas sujetan mi brazo, siento la aguja perforando mi piel y el líquido frío expandiéndose por mis venas. Cierro los ojos. He aprendido a nos resistirme. Cuando vuelvo a abrirlos, las imágenes se vuelven más nítidas y algo de claridad regresa a mi mente.
- Déjanos solos.- dice la doctora.
El asistente se retira mientras que ella se mantiene de pie frente a mí.
- Conversemos, Arthur.
En cuanto a su indiferencia, la Doctora Kane me recuerda mucho a la trabajadora social que veía cuando estaba en libertad. Sin embargo aquella era…cómo decirlo…menos persuasiva en sus métodos. Digamos simplemente que la Doctora Kane tiene más recursos para forzar a los pacientes y no tiene miedo de utilizarlos.
- Por qué te resistes a comer?
- No tengo hambre…
- No podemos dejar que mueras de hambre.
- Entiendo. Sería un problema para su institución…
- Entiendes perfectamente. Negociemos entonces. Debe haber algo que desees. Todos deseamos algo.
- Pero yo ya tengo todo lo que deseo.
- Cómo dices? No tienes nada. Ni siquiera tu libertad.
- Jajaja - me río.
Las personas son tan simples. Solo perciben las cosas que ven. Desear algo vuelve esclavo al hombre, lo hace esclavo de la esperanza, lo obliga a seguir adelante aún cuando no debería. Mata al deseo, y matarás también a la decepción. Yo no deseo nada y por eso lo tengo todo… Tengo incluso mi libertad pues mi cuerpo podrá estar encerrado entre cuatro paredes, pero mis pensamientos están más allá de los barrotes de acero, mucho más allá de cualquier horizonte.
- De qué te ríes?
- Jajaja, no lo entendería...
Ambos nos quedamos en silencio por un rato.
- Arthur, estás esperando morirte?
- No deseo morir…- digo, encogiéndome de hombros - …Pero tampoco estoy ansioso por seguir viviendo….-
- Qué tal un cigarrillo?
La doctora busca en su bolsillo, saca una cajetilla y me ofrece uno. Trato de ignorar su oferta tan tentadora. Definitivamente extraño ese placer, pero puedo dominarlo. Así que simplemente declino con un gesto. La doctora guarda la cajetilla.
- Sabes que puedo hacerte poner en solitario, cierto?
Por primera vez desde que entró levanto la vista y la miro directamente a los ojos. Su cara me sonríe pero sus ojos la traicionan. En su voz detecto inmediatamente la no tan sutil amenaza.
- He vivido en solitario toda mi vida… No pierda su tiempo conmigo, doctora. Lo único que alguna vez quise ni usted ni nadie me lo puede dar.
La mujer voltea y sin decir una sola palabra se retira.
Los martes por la tarde son días de visitas. A todos los reclusos de Arkham se les permite recibir visitas siempre y cuando su comportamiento haya sido adecuado…lo que sea que eso signifique. Me doy cuenta de que ya deben ser las 3 p.m. cuando empiezo a oír pasos. Los internos se dirigen hacia la sala de visitas y los pasillos se llenan de voces. No puedo distinguir lo que dicen, pero ciertamente puedo percibir la emoción en el ambiente. El único buen día en la semana de un interno. Me pongo de pie y me paro detrás de la puerta de mi celda. Hay una diminuta ventana por la que logro ver una parte de la sala común. El martes por la tarde es lo que marca mi noción del tiempo. Este momento es mi única guía para navegar a través del inmenso océano del tiempo. Ha pasado otra semana.
Ahí están los doctores acompañando a los internos. Ambos grupos visten uniformes blancos, pero no es difícil distinguir a cuál de ellos pertenece cada individuo. Es la forma de andar la que los delata. Ningún doctor camina con la cabeza baja y ningún interno camina con prisa. Recuerdo los días en que trabajaba en el hospital de niños. Me ponía uno de esos uniformes de doctor encima de mi traje de payaso. "El doctor de la risa", ese fui yo durante unos pocos días. Algunos de los internos están esposados, pero la mayoría tiene las manos libres. Si yo tuviera alguien que me visite, estaría en el primer grupo, pues desde que entré aquí me categorizaron como "altamente peligroso".
De pronto se abren las puertas y comienzan a llegar los visitantes, esos extraños hombres y mujeres que parecen venir desde otro mundo. Su ropa de colores le inyecta algo de vida a este cementerio blanco y lo vuelve tolerable por unas pocas horas. Es este el momento en el que cada vez, inevitablemente se acelera mi corazón. Por unos minutos vuelvo a ser prisionero de aquello que intento tan desesperadamente escapar…la esperanza. La ilusión de que alguien vendrá a verme es más fuerte que la razón. Sé muy bien que no tengo a nadie. Sé que nadie vendrá. Y aún así no puedo dejar de buscar su rostro entre las personas que van y vienen. Las puertas se cierran y los visitantes se dirigen hacia las habitaciones aledañas junto con sus familiares. Ya solo quedan algunos doctores en la sala común, que es hasta donde alcanza mi vista.
Doy la espalda hacia la puerta y me deslizo hasta el suelo. Los latidos de mi corazón retoman su ritmo apático y mi vista se vuelve a perder entre los ladrillos blancos. Cierro los ojos.
- Fleck…Arthur Fleck -
Abro los ojos. Alguien dijo mi nombre?
- Por favor… -
Yo conozco esa voz. Con un salto me pongo de pie y miro otra vez por la ventana. No puede ser. Es ella! Es Sophie! Sophie, viniste a verme! No me has olvidado! Es Sophie con su abrigo café y un pañuelo en el cabello. Sophie que en una mano sostiene un bolso y en la otra mi corazón.
Uno de los doctores se le acerca. No logro escuchar lo que le dice, pero sí la escucho a ella.
- Por favor, déjeme verlo.
- Es imposible, señorita. Por favor entienda. Es un criminal peligroso.
No, no, por favor! Déjenme verla! Yo no le haría daño a Sophie. Jamás lo haría! No a ella. Por favor!
Veo que discute con el doctor, pero él solo niega con la cabeza. Otro hombre uniformado se acerca y toma a Sophie por el brazo.
- Lo lamento, pero debe irse, señorita.
- NOOO!- grito, golpeando mis puños contra la puerta - SOPHIE! SOPHIEEEEEE!-
No puede oírme. Las paredes de mi celda no lo permiten. El oficial guía a Sophie hacia la salida y la pierdo de vista.
- SOPHIEEEE!
Es inútil. Me dejo caer en el piso y espero…espero durante horas.
La puerta se abre. Es el asistente que vino esta mañana. Me trae la cena. Deposita la bandeja sobre la cama y sin decir nada se dirige nuevamente a la salida.
- Hay algo que quiero…dígale a la doctora Kane.-
El muchacho parece sorprendido.
- Está bien.
Me siento en la cama. Inspecciono el plato de comida. Se ve horrible. No siento el más mínimo deseo de comer. Minutos después la puerta se abre nuevamente.
- Me dijeron que querías verme, Arthur. Qué sucede?- pregunta la doctora sin acercarse.
- Hay algo…algo que deseo…
- Y qué es?
- Primero necesito saber que me lo dará.
- Eso depende de ti… comerás?
- Lo haré si usted cumple con su parte del trato.
- Te escucho.
- Hoy vino una mujer a visitarme. No la dejaron pasar. Tengo derecho a recibir una visita semanal, igual que los demás internos.
- No puedo darte eso. No puedo arriesgar la integridad física de ninguna persona que quisiera venir a verte.
- Entonces no hay trato.
- Muy bien.
La doctora se dirige hacia la puerta.
- Espere…
Se detiene y voltea a verme.
- Quiero mi libreta. Eso. Mi libreta.
Me mira con algo de desconfianza. Parece evaluar la situación.
- Termina el plato y veré que la traigan.
La doctora se queda viendo. Sabe que si se va, tiraré la comida por la tasa. Así que hago mi mayor esfuerzo y me obligo a terminar la hasta la última cuchara de sopa. Tengo náuseas.
La doctora parece satisfecha y se retira. A los pocos minutos regresa el asistente y me entrega mi libreta. Verla me trae muchos recuerdos. La abro y veo que está tal como la dejé. Aún están los restos de las dos páginas que le arranqué. Una se convirtió en una flor y la otra en una carta.
El asistente recoge la bandeja y el plato vacío.
- Espere! - digo antes de que se marche - No me traído un lápiz.-
- Usted pidió la libreta.
- Pero cómo escribiré si no tengo un lápiz?
- Ese no es mi problema. Usted pidió la libreta.
Con eso se retira.
Arranco una página más. Debo escribirle a Sophie. Necesito hacerlo! Tengo el papel, pero no tengo tinta. Busco a mi alrededor. Necesito algo, cualquier cosa con la que pueda escribir. Nada, no tengo nada. Maldita sea! Desperdicié mi oportunidad pidiendo una libreta que no me sirve para nada! La desesperación se apodera de mí y golpeo mi cabeza contra la pared. Una, dos, tres veces. Cada vez con más fuerza. Todo es inútil. Nunca volveré a verla, nunca más hablaré con ella…
De pronto una gota se sangre cae sobre mi ropa blanca. Mi nariz está sangrando a causa de los golpes. Las gotas se convierten un chorro. Me limpio con una mano y mis dedos se tiñen de rojo. Aguarden…
- Jajajajaja!
Claro, eso es! Recojo la hoja de papel del suelo y con la tinta de mis venas comienzo a escribir.
- Jajajajja!
Mis dedos trazan letras inevitablemente grandes. Necesitaré más que una sola hoja para escribirlo todo y definitivamente necesitaré más tinta. Golpeo mi cabeza de nuevo hasta hacer fluir la sangre suficiente como para escribir todo lo que le quiero decir a Sophie.
Arranco otra y otra página. Las lleno de ambos lados. Creo que escribí un libro completo. Mi vista se vuelve borrosa, me siento mareado. Me cuestas distinguir las letras que estoy formando. Solo veo manchas rojas…luego manchas negras delante de mis ojos. La habitación comienza girar y de repente todo se oscurece.
