Disclaimer: Los personajes de la caricatura no me pertenecen, yo soy la que me pongo de pendeja a involucrarlos en situaciones randoms de la life en universos alternativos culs inspirados en épocas de nuestra historia :v

Advertencia: Leve lenguaje soez, situaciones comprometedoras y cringe, mucho cringe (?)

Hello, hello! ¿Cómo están criaturas? Pues bueno, que he venido a publicar después de casi un año, un nuevo one-shot. El motivo por el que ahora hago presencia se debe a un reto que hice con Mortem, el cual consistía en escoger un tema libre mientras se utilicen las tres parejas.

*Narración de cómo ocurrió*

Estaba yo bien piripiripiri navegando en redes y de la nada le digo:

—Parce, hagamos un reto entre las dos

Y que me dice: —Órale wey.

Y ya.

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Pdta. Lo escribí en un día, así que disculpen los múltiples errores.

Pdta2. Se supone que mi tema eran los 70's, pero creo que me perdí, xD

Pdta3. ¡Espero que les guste!


Una noche en los 70's

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El olor nauseabundo de las calles no pasaba desapercibido ni siquiera para quienes transitaban en los automóviles, era normal encontrarse con montones de basura regada en los andenes, ya sea por la ausencia de contenedores o por la poca apropiación ciudadana en esos lares, le fue indiferente el gesto asqueado de algunos transeúntes, también ignoró en su totalidad el miedo con el que caminaban por su lado alertas a cualquier acción de ataque, algún robo o en el peor de los casos, una muerte prematura cuya ejecución todavía no estaba vaticinada por la misma. Extranjeros, los llamaban, como si aquella comunidad de edificios viejos repletos de grafitis hechos bajo la rebeldía y desesperación de su ambiente o sólo representaciones de burlas no pertenecieran a la misma ciudad. Aunque su paso era lento por ese sector que conocía muy bien desde que le fue permitido abrir los ojos a la existencia, el bajo mundo que recorría sin una pizca de pánico, privado de todos los colores que abundaban en la clase media-alta, era otra muestra de apatía del gobierno ante su pueblo.

Townsville era llamada, la ciudad de las luces intermitentes, nombre dado gracias al espectáculo de rayos en la que fue sometida durante una temporada y como resultado trajo la oscuridad absoluta por 25 horas, el tiempo suficiente para que se desatara el caos y el terror, causando varios disturbios y decadentes actos; fue una pesadilla que nadie quisiera recordar, ni los altos mandos que como evidencia al fallo de su sistema de electricidad, llamaron a tal evento: La ira de Dios. "Patético", pensó el joven rodando los ojos por el recuerdo del suceso, uno que no fue de gran relevancia allí, ya que la escasez de energía de días enteros y vandalismo por doquier, se daba a menudo. Si fue la rabia de dios o como sea que lo llamasen lo que provocó ese escenario, no se quería ni imaginar la venganza que podría tener hacia las personas como él.

"Tonterías" se mofó internamente al estar pensando en cosas irreales, la falta de sustancias le estaba quemando el cerebro, así como el incremento de su ansiedad comenzaba a presentarse en su sistema. No había argumento válido para justificar la gran pobreza de esa gente más que la carencia de un desarrollo social, económico y político por la corrupción de los últimos. Townsville enfatizaba con gran rigor el dicho de: "los privilegiados serán privilegiados, y los pobres seguirán pobres". Era una realidad que muchos aceptaban, adaptaban y aprendían a vivir. Dejando en claro a su vez, que los individuos se conformaban con poco o nada por la constante ignorancia en la que habitaban.

Aún el sol estaba luchando por su permanencia en el cielo una innecesaria batalla que fue lentamente perdiendo. Él, como todos los días, esperaba su descenso para deambular de nuevo por los conocidos callejones que presumían ser sus amigos en la fría noche cuando el silencio otorgaba sus calladas voces, al fin de cuentas, eran ellos los que mejor guardaban entre sus construcciones, míseros secretos. No era alguien que alardeara de poder descansar cuando la luna daba su paso, de llegar exhausto a casa donde su bella esposa aguardaba pacientemente con una deliciosa cena acompañada de vino y motivante música que era inspiradora para las nuevas generaciones, ya no. Por el contrario, en su departamento lejano al establecimiento que frecuentaba, sin una pizca de comida en las guanteras, perseveraba a las estrellas para revivir los placeres que ansiaba en el momento en que su mente no se convergía al sueño.

En el subterráneo, a calles de distancia de su vivienda, apresuró su andar para no perder el tren que lo llevaría a su destino, la impaciencia de su cuerpo comenzaba a darle malas jugadas. Los escalofríos, que, si bien pudo relacionarlos con la gélida noche y los mareos, estaban planeando su entrada. No han pasado muchas horas de su último consumo y su físico parecía entrar en una abstinencia de años. Se dispuso a fumar un cigarro como emoliente hasta llegar al bar. El metro tenía algunos guardias de vigilancia, mas el público sabía que era simplemente una estrategia con el fin de que la situación no se descontrolara. Para nadie era un secreto que en aquellos rieles el índice de criminalidad era desbordante. Por eso, era de vital importancia, mantener un gesto estoico e impermutable, así, ningún imbécil se aprovecharía al ver ni un ápice de inocencia en el reflejo de su mirada. Al menos por parte de Boomer, siempre conservaba un semblante firme.

Cerró los ojos un instante mientras apoyaba su cabeza en el ventanal, no había ningún paisaje digno de ser observado por esos túneles, todo era oscuridad y lo único sobresaliente de los vagones, a parte de los focos a punto de estallar, eran las tipografías de letras con aerosol que presumían como arte. Entre largas caladas en la misma posición dejó que la nicotina hiciera su trabajo, decepcionándolo al comprender que ésta tenía un efecto nulo, pero era mejor a nada. En una postura relativamente sosegada, procuró estar con sus sentidos activos, porque no debía olvidar que la atmósfera era peligrosa. Decidió al final abrir sus parpados, seguido de una mueca de incomodidad que pocas veces manifestaba, pues los recuerdos brotaban de su mente al verse expuesto en su nebulosidad. Se regañó por perder la neutralidad que mayormente lo asechaba, no podía permitirse flaqueza por sus pensamientos.

Su travesía, ahora en el exterior, continuaba siendo envuelta por cenizas y descuido, aun así, el panorama cambiaba bastante cuando cruzaba media ciudad hasta su destino. Todavía con imperfecciones, pero sin tanta opaques como en el lugar donde vivía, se desvió del rumbo que estaba tomando al ser consciente de la falta de alimento en su cuerpo. Aunque quería negárselo, llevaba días sin probar un suministro decente y eso no le traería ninguna ventaja, por muy acostumbrado que estuviera. Si quería sobrevivir al crepúsculo, debía tener fuerza. Sin sopesarlo mucho, asió el camino donde las luces eran brillantes, los neones no eran obscenos y los letreros de comida predominaban en cada esquina. La concurrencia allí caminaba con tranquilidad disfrutando de los puestos de bebida y alimentos. Eran ambientes dignos de ser familiares.

Familia.

Esa palabra lo seguía atormentando cada que la evocaba, era la prueba inminente del amor que se creó, pero no pudo ser. No, no debió recordarlo al detener su caminar y mirar a la pareja jugando con un niño pequeño en brazos sin importar que los horarios no fueran adecuados a su edad. De nada le serviría en ese momento arrepentirse por lo perdido. El calor de su tacto lejano estaba, mas la memoria de sus brazos persistía viva.

Tomó un largo respiro, siguiendo su recorrido hacia el puesto de comida que sabría no le negarían bocado alguno.

—Oh mi querido muchacho, ¿qué te ha pasado? —preguntó la vieja señora observándolo preocupada desde su lugar al verlo llegar—Mírate cómo estás—escudriña en su aspecto desgarbado.

—Pero qué dices Lupita, sigo igual desde la última vez que me viste—le respondió con una sonrisa aparentemente tranquila.

—La última vez que te vi, tus mejillas poseían algo de color. Ahora, sin temor a equivocarme puedo afirmar que ni color tienes—su tono cambió a uno más severo, pero el joven la contempla sin ningún recelo, pues era siempre lo mismo con la anciana cada que la visitaba—Ya sé por lo que vienes, y no quiero seguir alcahueteando ese estilo de vida que llevas—dictaminó.

—Vamos, ¿le negarás bocado alguno a tu ahijado? ¿Qué clase de madrina hace eso? —rogó falsamente con un gesto de súplica.

Lupita era una mujer castaña latina que fue a buscar suerte en el país donde los sueños son posibles. La nación de paz, de armonía e igualdad, toda una fachada construida detalladamente por la publicidad para ilusionar con proyectos grandes a los más analfabetos. La conoció por su madre en un invierno fausto. Poseía la edad conveniente para rememorar como agarró sus cachetes la primera vez que lo vio, algo incómodo se alejó de la confianzuda y cariñosa señora, quien apenas abría su negocio de comida típica de su tierra, algo no muy bien visto para los patriotas de esa época, pero que sin dejarse desmotivar creció y mantiene al son de hoy. Era amiga de su madre y con el tiempo, se volvió la suya. Lo apoyó cuando estaba en la cúspide de su carrera musical, le brindo su apoyo cuando iba a casarse con el amor de su vida, siguió a su lado cuando el parapente de sus sueños cayó en picada y lo seguía haciendo a pesar de llevar una supervivencia derrochadora y complicada.

—Siéntate muchacho—le respondió resignada después de un intercambio de miradas—¿Sabes algo Boomer?, no sé qué me duele más, si tu indolencia conmigo o tu indolencia contigo—exclamó suavemente retirándose a atender otra mesa después de dar la orden de comida para el rubio.

Boomer entendía el desasosiego que esa mujer podía mostrarle, también la mueca reprobatoria que le lanzaba por aparecerse de vez en cuando por el local con el único fin de comer y no escuchar palabras. Aun entendiéndolo, no le importaba. Para él su vigor se resumía en los límites que se prometió no llegar y en las malas decisiones que comprendiendo su daño, tomó. No se consideraba pesimista, sencillamente era alguien cuya existencia gozaba de los infortunios luego de haber probado manjares, porque nadie estaba exento de caer de la majestuosidad del cielo hacia los grandes abismos del infierno. Eran metáforas que bebía con ironía y beneplácito.

Su visita fue breve, ingiriendo lo necesario y marchándose luego de dirigirle una sonrisa de agradecimiento a la dueña. Ella le sonreía devuelta con la esperanza marcada en sus ojos de volverlo a ver, tan vivido como en antaño y no alguien esperando su consumación. Un sentimiento que, en lo profundo de su corazón, tanto él como ella, discernían erróneamente para no aceptar lo decadencia del primero.

—Siempre te lo digo, cuídate muchacho—. informó pasando una mano por sus mejillas, brindándole calidez—No creo que sea muy grato para ella el observarte de tal manera—sin una pizca de escrúpulo le comentó al muchacho lo que no quería oír.

El rubio lo tenía claro, no hacía falta que se lo recordarán, alejándose de ella, asintió.

—Adiós.

Y se alejó, de vuelta a su verdadero rumbo.

Townsville impactaba a todo aquel que no conociera sus limitaciones, a aquellos que se vanagloriaban de libertad y deseos. Su ingenuidad los podía cegar del mundo real. Vivir con la creencia de jamás dejar la suavidad de las nubes para mancharse con el lodo, era la pantomima perfecta que muchos habían creado para no aceptar un fin. El fin que deambulaba por las calles, se impregnaba en el aire y tocaba hombro cuando ya era momento de partir. Townsville impactaba a las masas, las atraía a través de paisajes pintados con los peores oleos y les enseñaba la insignificancia de cada uno de ellos. Boomer notaba entre pasos como los colores de las tiendas cambiaban y las sonrisas de los sujetos que circulaban también. ¿Inocencia?, no, no, ahí se carecía de ella. Townsville era la influencia y el impacto, la levedad y lo profundo. Al blondo de ojos cansados le costó caminar unas cuadras para darse cuenta. ¿Familias? Para nada, solamente gente vacía. Si naces en Townsville tenías que aprender a mantenerte vivo.

De vuelta a esas avenidas repletas de personas tan conocidas, pero no importantes, saludó a las chicas que paradas esperaban una oportunidad de trabajo a las afueras del gran hotel. Cada una con diferentes necesidades, prorrogaban por la tenue luz que les permitieran pagar el arrendo de una noche, alimentar a quienes estaban en casa o aceptar el destino que escogieron. En un mundo de hombres fuertes, esas muchachas debían entregar sus cuerpos para sobrevivir. Las conocía, había intercambio palabras con alguna de ellas, él también tenía necesidades y las drogas no eran lo único que le gustaba de ahí. Su cara y actitud coqueta le traía la ventaja de conseguir placer fácilmente; y de paso, brindarles un poco a las desahuciadas que gustosas recibían su caricias y estocadas con anhelo.

Escuetamente levantó una mano en señal de saludo al guardia que vigilaba la entrada de la muchedumbre antes de ingresar. El bar podía tener putas cerca a sus puertas, pero a ninguno de los allí presentes parecía darle relevancia, ya que su diversión era primero que los juicios de moralidad. Ricos, clase media o pobres, todos convenían en esas paredes para ahitar sus caprichos más profundos. La mayoría de visitantes eran artistas fracasados, escritores buscando inspiración, bailarinas que querían ganar algún concurso programado o jóvenes- éstos en su mayoría. No era de sorprenderse que incluso tipos de alta sociedad, fueran a divertirse allí.

El color rojo se reflejaba en los extasiados rostros de quienes disfrutaban el ritmo proveniente del equipo, a veces confundiéndose con las luminiscencias que abarcaba la gran esfera en el techo. Los colores cálidos como el amarillo y azul en la pista, causaban cierta magia en los pasos de los consumidores del establecimiento. Las extensiones con tenues colores verdes rodeaban las paredes llenas de cuadros decorativos que eran ignorados por los presentes, al ser música disco, no había nadie que los culpara, puesto que la influencia del sonido ponía a bailar hasta a aquel que tenía dos pies izquierdos. Ni hablar de la fusión divertida de los pasos con la extravagante ropa que estaba de moda, faldas cortas para las chicas y pantalones ajustados con bota campana en los chicos. Cuando Boomer se internaba en el sitio, se distraía un rato con el panorama.

—¡Boomer! —escuchó su nombre ser pronunciado con jocosidad antes de recibir un abrazo.

No le regresó el gesto a aquella chica alegre que no conocía conceptos como espacio personal o negativas, pero tampoco hizo nada para apartarla. Mirándola y devolviendo su semblante sonriente, le permite su cercanía.

—Qué tal, Robin—es lo único que dice.

—Pensé que no vendrías hoy, te demoraste más de lo usual—le recriminó con un puchero en su rostro sin quitar el brillo de sus ojos por verlo de nuevo esa noche.

—Te dije que vendría, ¿no?

—Sí, pero no sueles cumplir tu palabra.

Le guiñó un ojo dándole la razón para luego recibir gustosamente la cerveza que la muchacha le ofrecía. Su vista pasa de ella y sigue estudiando, como todos los días que iba, el ambiente de baile y música presente.

Robin indaga en su imagen de pies a cabeza sin pudor alguno, para ninguno de los dos era un secreto su gusto hacia él. Notó el ansia del hombre, quien estaba temblando ligeramente y moviendo sus dedos, era la prueba de todos los días que le mostraba cuan desesperado estaba por otra dosis.

—¿Te quedarás aquí un momento o irás directamente donde está la auténtica diversión? —cuestionó la joven con un tono de voz burlón.

Y Boomer, por primera vez en ese día, le sonríe verdaderamente, indicándole sus dientes con absoluta zozobra. Ella ya captando toda la atención del rubio, agarró su mano entrelazando sus dedos y lo dirigió tras las puertas misteriosas que no permitían el paso a cualquiera. Allí era donde se hallaba la genuina naturaleza de ese sitio y el motivo por el cual, él estaba ahí.

Robin fue una de las múltiples fans que conoció en su efímera carrera de cantante, sin embargo, no limitándose a eso, su talento como saxofonista atrajo su admiración para contratarla como uno de sus músicos acompañantes. Ella era lo único físico que le quedaba de aquellos tiempos más allá de antiguos objetos que lo trasladaban a sus reminiscencias. Una joven hermosa, dulce, entusiasta, ingenua… una víbora cuando de sus beneficios se trataba. No la culpaba, Boomer era alguien que jamás acriminaría a otra persona por sus propios actos, se imputaba él por caer bajo los insinuantes encantos de ella. Robin se convirtió en su camarada, amiga… Y en su amante después haber pedido la mano de su novia en matrimonio.

—Dime una cosa Boomer.—preguntó la chica al borde de las lágrimas—¿Me amas?

—Bonita, claro que lo hago, con todo mi corazón—afirmó sin titubeos.

—Entonces… ¿Por qué me engañas?

Detrás de las puertas, yacía la verdadera diversión.


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Los mejores amigos de las mujeres, eran los diamantes.

No había otra cosa que pudiera entender a esas criaturas como lo hacían ellos, su centelleo constante era la símil perfecta de una fémina, éstos eran los mejores amigos de las mujeres porque al igual que su codicia, tentaban con su brillo a quienes no podían poseerlos. Los diamantes eran los mejores amigos de las mujeres porque relucían su delicadeza y entrega absoluta, si se quería a una mujer, un diamante se debía dar, para que la fealdad de cualquier cara se vea reemplazada por la "amabilidad" del alma.

Blossom era la protagonista de esas paredes, no había atractivo alguno que se le asemejara. La brillantez de su piel más de una vez fue comparada con el nácar de una perla, sus labios definidos naturalmente le daban cierta picardía cuando sonreía al cliente de turno, el vaivén de sus caderas al caminar atraía las miradas de aquellos que no podían comprarla, su cabello rojizo cual fuego destacaba en la banalidad de los colores, ni hablar de sus pechos levantados, redondos, exquisitos, de los cuales era difícil despegarse al estar erecto. Los amantes que tuvieron la dicha de estar entre sus piernas la exaltan como la tesura del algodón. Su bien formado trasero era el aperitivo que varios apetecían degustar. Lo más llamativo de ella, eran esos lunares que ataviaban su anatomía de forma armoniosa, a veces asimilados como las estrellas perdidas del firmamento que cualquier ingrato de amor soñaba descubrir. Blossom era el interestelar de esas paredes, si querían poseerla, debían tratarla como un diamante.

Contemplando la expresión de su cara frente al espejo del camerino, la pelirroja no pudo evitar pensar en lo ajetreados que han sido los últimos días para ella. Sus ojeras estaban presentándose sutilmente, mas debía aplicarse una mascarilla que las disminuyera, pues tal tesoro como la consideraban, no debía permitirse imperfecciones. En aquellos instantes, no tenía percepción alguna del tiempo, ni siquiera ganas de ver el reloj en la pared que le confirmaría que su show iba a empezar. Otra noche con un baile en solitario, a merced de miradas lascivas. A esas alturas, ni ella podía negarse el cansancio físico al que estaba sometida; conociéndose, se exigía más que el resto, sobresalía más, se entregaba a más hombres ricos- el asco había quedado rezagado en su inconsciente- para ganar lo necesario, lo suficiente. Su esfuerzo estaba dando los frutos que quería, una salida a esa caja de lujuria en la que vivía cada día.

Sin embargo, ella siguió con sus ojos clavados en las manchas de su piel maltratada por el abundante producto que usaba para taparlas, en las sombras que hacían sus largas pestañas en sus mejillas y lo opacos que eran sus labios cuando el labial no los rellenaba, era todo lo contrario a perfección. Blossom hizo un intento de sonrisa, que se quedó en eso, un intento. Las comisuras de su boca temblaban por el esfuerzo de dicha acción, dejando como evidencia el cansancio de éstas al obligarse sonreír la mayoría del lapso que trabajaba. En la soledad de ese espacio decorado con trajes y lencería, la chica se deshacía de la máscara que usaba y escrutaba la verdadera personalidad de la actriz fuera del guion. Su reflejo, su ser, ella. Aburrida, cansada… dolida. Sus atribuladas emociones le solían dar jugarretas cuando se encontraba sola, por un momento las dejaba salir, ser libres de la jaula y revolotearse como el pájaro saboreando su libertad. Luego, volvía a encerrarlas bajo la dureza que se imponía. Así, nadie jugaría con ella del mismo modo en que lo hacían con su cuerpo. Todo era con un fin, se repetía y eso valía la pena.

Comenzó a maquillarse en lo que esperaba su vestimenta, tornando a la perfección cual joya recién hallada.

El golpe suave en la madera le advirtió la llegada de los accesorios que presumiría en el escenario. Se dirigió a la entrada y abriendo la puerta, chocó con la presencia de Robin, su amiga de años, sosteniendo un conjunto de encaje con múltiples joyas, el cual le hizo entender lo que denotaba aquello. Si ese color sería el de esa noche, morado, eso significaba que, tal vez, había oportunidad verlo.

—Toc toc, princesilla, ¿lista para hoy? —aludía la castaña sonriente.

La mayor no se explicaba como su conocida estaba encandilada por la rutina, hombres aburridos buscando el placer que no disfrutaban en casa. La diferencia de ese día, es que las visitas eran de acaudalados varones. Daba igual de que estrato fueran, todos los que periódicamente se dirigían a ese hotel que fingía ser un bar para cualquier público y por el contrario en lo oculto tenía uno de los mejores burdeles de la ciudad, así como la mejor venta de drogas y apuestas ilícitas, eran los imbéciles poco satisfechos que se creían dueños de una mujer por darle un papel con valor, los mismos que trataban de regocijar su maltrecho ego queriendo ser dominantes en el sexo. Nada nuevo.

—No es la gran cosa—comentó arreglándose.

—Uh, puede que finjas no darle importancia, pero tú y yo sabemos quién viene y eso te emociona—exclamó pícara.

—Si viniera o no, ¿habría diferencia alguna? —preguntó no dispuesta a caer en sus burlas o dar interés a esas palabras.

—Claro que la habría si viene—puntualizó sin reparos—te compraría toda la noche y pasarías un rato agradable, relajada, hasta feliz y no abriéndole las piernas con un falso gesto de excitación a cualquier bastardo.

—Robin, puta es puta. Con él o sin él, lo seguiría siendo—enfrentó sus ojos con seguridad—No soy de escoger amantes, soy de dejarme llevar por el mejor postor y si alguien con más dinero o poder que él viene y me toma, con el placer impregnado en mi rostro, lo haría tocar el cielo—decretó seria, extenuada, no creyéndose ni ella misma sus propias palabras.

—Pero…—fue interrumpida.

—Dejemos el tema hasta aquí—abruptamente calló a la chica, moviendo la mano en señal de haber escuchado lo suficiente.

La castaña indignada se le quedó viendo un segundo, dio la vuelta y salió de la habitación sin decir nada más.

—Blossom, lindura, prepárate—escuchó la voz del administrador, "el diablo" como le decían, llamarla al otro lado del pórtico, minutos después de finiquitar su acción de prepararse.

Ese hombre de voz afeminada que la recogió de las calles para brindarle una nueva oportunidad de vida y que, aprovechando su belleza natural, la explotó sin recorro. No tenía un nombre exacto, así que lo conocían como ÉL. Su apariencia a primer vistazo daba la confianza para dejarse engatusar por sus palabras decoradas de ilusiones que no se cumplirían, ideas de revolución y amor tapadas del más cínico juicio, así como vulgaridad en su máxima expresión. Blossom siendo víctima de su propia ingenuidad, aprendió que tomar la mano que ofrece comida sin aparentar recibir nada a cambio, era señal del peligro. La humanidad consistía de acciones y reacciones, nada de lo que realice se hará sin un precio. Si Eva pagó el pecado de su desobediencia, con su ejemplo, se aprendía a no torear a la serpiente para que el castigo no sea tan fuerte.

Antes de entrar al escenario, visualizó a su íntima amiga tomada de la mano de ese hombre que no cayó en su gracia desde que le fue permitido conocerlo. Robin era una joven que deseaba sentirse amada y él representaba toda la patanería y egoísmo de los hombres.

Agarró el brazo de su amiga en cuanto estuvo cerca.

—Robin… no quiero volver a verte como la última vez—inició el regaño que la menor no quería oír. Mirarla al borde la histeria, salida de sí por la psicosis en la que estaba gracias al consumo de drogas, no era algo que quisiera repetir.

Ellas se conocieron en ese lugar y se alegró por su persona al verla triunfar en aquello que amaba, la música, pero desfallecer en las llamas de los avernos por aquel que le brindó el cielo, la decepcionaba. Sin embargo, lo que en realidad le dolía era darse cuenta que ella todavía siendo consciente, persistía en esos senderos foscos, sin intención de mejorar, de salir, de brillar.

—No soy una niña a la que tienes que cuidar, Bloss—le dijo molesta.

Su acompañante estresado por la impaciencia, se involucró en la conversación sin ser llamado.

—Morado, eh, así que hoy le moverás el culo a esas ratas—despreció con arrogancia.

—¿Algo más por decir, intento de Elvis? —sin ganas de armar una pelea, aunque el tono de su voz expresara lo contrario, le respondió al rubio.

—Te estás quedando sin insultos—replicó más serio que antes, pero sin quitar su expresión de choteo.

—¿Qué es la falta de insultos comparado con tu triste vida? Sin carrera, mujer o neuronas—respondió con sátira—Cuídate Robin—se alejó de ambos al escuchar por tercera vez su llamado.

Le desagradaba ese charlatán con aires de grandeza o al menos así lo percibía ella, pero le desagradaba más que su amiga no le importarse cuan nocivo podía llegar a ser. De todas formas, ella no le echaría más cabeza al asunto, en ese momento debía enfocarse en lo más importante, resplandecer y alabar sus atributos con obscenidad hacia el público que la esperaba. Especialmente a aquel iris rojo que tanto había deseado ver y capta a primera instancia en cuanto pone un pie en la tarima.

No hacían falta palabras, siempre que el rosa y el rojo colisionaban, creaban galaxias enteras de sentimientos.


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La algarabía era opacada por el ruido férreo del motor, la bandera pronto se bajaría en señal de inicio, su pie en el embrague y acelerador, hacía que el sonido del auto rugiera con mucha fuerza, era una pequeña prueba que le compartía a su rival con un mensaje claro, no importaba cuánto se esforzara, se encargaría de humillarlo en esa carrera de la forma en que no se le permitió hacerlo a puño limpio por cobardía y obvia desventaja contra sus acompañantes. Visualizó a través de las ventanas su rostro imponente y sonriéndole socarrón, le levantó el dedo de en medio con la mano derecha. Cuando se era alguien que competía en carreras gradualmente, el oscilar del emblema se volvía lento, las resonancias se volvían ensordecedoras y cada sentido se enfocaba en solo un punto, la meta.

Preparados, listos, arranquen.

El humo que los autos desprendían era un contraste de la época. Atrás habían quedado las noches en que los carros presumían sus motores y se desenvolvían en las calles como gusanos buscando el camino. Con la llegada de la nueva década, el cielo se convirtió en el mejor escape y medio de transporte, los automóviles que entre cambios y adelantos corrían en esa oportunidad, fueron reemplazados por su estética y aire puro. Allá en los 50's y 60's yacía la memoria de esas máquinas de fuerza que a muchos trajo felicidad. Las carreras en esos días se habían vuelto ilegales gracias al índice de mortandad a causa de éstas. Pero, sin importar las nuevas medidas de prevención o estrategias que buscaban crear conciencia en el hombre por la contaminación, la impulsividad y adrenalina de quienes corren en ellos, en los antiguos, les permitía vivir sensaciones incomparables que se negaban a dejar.

Butch era una persona que no tenía muy claro el concepto límite, sobrevivía con base extremos que le dejaban saborear el dulce néctar de la muerte. Asimismo, era egoísta y testarudo, pocas veces pensaba en las consecuencias de sus actos. Un claro ejemplo, era ese, arriesgando su vida entre las millas, importándole si se estrellaba o que el motor fallara. La secreción de estímulos que experimentaba era mucho mejor que las drogas que había probado a lo largo de su vivencia, porque prefería volar con su cerebro activo y consciente a la fatalidad. Ganar era una costumbre que no se permitía romper por nada del mundo, aunque la victoria era aburrida para algunos, a él le causaba plenitud.

Desde pequeño se encontró con los placeres del peligro y del dolor. Su madre solía regañarlo por la travesura que inocentemente hacía o cuando se caía en la cama a propósito para sentir el golpe en su cuerpo, que años más tarde, lo plantearía como un recordatorio de que estaba vivo; aunque era normal ese tipo de actos en los padres, esa mujer parecía desahogar con Butch toda su frustración. Si el pelinegro tuvo cariño, se debió a la vieja nana que cuidaba de él y su hermano, y cuando la muerte posó su tacto en ella, entendió lo que era el suplicio. El ineficaz amor que sus padres les regalaron, sirvió para resguardar en sus memorias que, si se amaba a alguien, la aflicción y la ausencia estarían en constante permanencia. Butch era inquieto, arrebatado, alguien con quien se debía ir con cuidado. La psicología hablaba de que el comportamiento errático era causado por el contexto, tal vez, a costa de esa falta que tuvo desde temprana edad, el hombre de cabello desordenado, trataría llenarla con sensaciones que quería asimilar como ese hermoso sentimiento que las personas presumía, el amor.

Haber coexistido en compañía de su hermano mayor le enseñó a jamás humillarse ante nadie, sin importar si de eso dependiera su vida. Mucho tiempo estuvo bajo su sombra e imagen de éste, una figura hipócrita que el desgraciado construyó durante toda su infancia para conseguir lo que quisiera sin esforzarse demasiado. No le sorprendía su posición en el senado, más que nepotismo, era ágil engañando, utilizando artimañas, corrupto, una representación digna del gobierno. No culpó nunca al maldito por el déspota trató que recibió a lo largo de su diario vivir o por las comparaciones, de hecho, agradeció que le enseñara la otra cara de la moneda, esa donde hacía lo que quisiera sin represalias. Butch y Brick aprendieron lo peor del uno y el otro; no fueran los mejores hermanos, pero se soportaban cuando el menester hacía acto de presencia. Nacer en cuna oro era acoplarse a estándares altos de educación donde el término no tenía importancia, la vanidad era un reflejo de la incertidumbre y vendían el amor como una mentira preciosa en la cual no había dolor; pero el dolor era lo primero que se sentía cuando se abren los luceros a la tierra.

Había ganado, como se lo esperaba. El mentecato enojado por su "injusta" derrota se rehusaba a pagar el dinero apostado. Butch levantó una ceja y con un tono mesurado le dijo:

—Se nota que tu falta de masculinidad te ha hecho un mal perdedor.

El sujeto en cuestión pudo matarlo en ese mismo instante, sabía que tenía un arma, pero no era nada en comparación al armamento que poseía su equipo. Él estaba solo cosa que su persona no. ¿Qué era un hombre contra seis más? Nadie, simplemente alguien con deseos de morir. No obstante, no le convenía, cada persona en la ciudad conocía a Butch, no sólo por ser hijo del senador, ni tampoco por la imagen de chico problemático en los periódicos, no. Ese hombre era conocido por ser un maldito maniático sin compasión a cualquiera que busque retarlo. Además, desaparecerlo allí mismo sería firmar su sentencia. Con derrota y el abatimiento en sus facciones le dio su dinero, Butch complacido y burlándose de él, se marchó.

La vida nocturna era su favorita, amaba rodearse de todo tipo de bellezas, consumos y juegos, sobre todo este último cuando traía un premio. Las estaciones no detenían su rumbo, ni el pasar de los días su estrés, pues nada lo salvaría de la inminente realidad en la que estaba viviendo. Su comportamiento errante incrementó con la noticia que, en su ególatra pensamiento, no imaginó recibir, una noticia que lo mantenía lejos de casa. Esa y otras razones fueron las que lo motivaron a aceptar la invitación de su hermano a aquel establecimiento que había frecuentado en miles de ocasiones y le había brindado múltiples placeres. Las mujeres atendían a sus clientes como si fueran sus amos, ni hablar de las bebidas que exquisitas subían la euforia de los actos. La vida nocturna era su favorita, pero… ¿se divertía ahí o era un escape al futuro que le deparaba?

—No puedo creer que te hayas enamorado de esa zorra—exclamó a su acompañante sin sorpresa alguna, atento a los movimientos incitadores de la joven a la muchedumbre.

—Yo no puedo creer que vayas a padre y aquí estamos—respondió el pelirrojo importándole poco los comentarios de su hermano, sin quitar ni un segundo la vista del cuerpo que se contoneaba con sensualidad.

El hijo de puta tenía que recordarle las causas del porqué huía de casa, se exponía demás o ignoraba el tema cuando se lo preguntaban. Padre, Butch, el famoso barón de la locura como sus conocidos lo llamaban, a iba a ser padre. Con todas sus dudas carcomiendo su cabeza, no terminaba de discernir qué era lo que más le asustaba, si el hecho de saberse padre o no poder darle el ejemplo que nunca tuvo.

De un sorbo bebió el brandy que había en el vaso.

—¿Tenías que arruinar mi noche de esa forma? —preguntó hastiado.

La carcajada de su pariente no hizo más que molestarlo. Brick despegó los ojos de la bruja que lo tenía hechizado y le regaló un gesto irónico.

—¿En serio no te haces la idea? ¡Já, ya tiene siete jodidos meses! —jocosamente continúa provocándolo.

—Eso no es de tu incumbencia.

—Entonces no arruines mi ambiente.

—¡¿Para qué mierda me invitaste si me lo ibas a pregonar?!—el volumen de la música podía ensordecer a los presentes, mas el tono de voz de Butch fue tan alto y molesto, que algunas meseras voltearon a verlo con curiosidad.

—Para comprobar si mi hermano era tan valiente como presume ser o darme cuenta que es solo una nena con miedo al compromiso—dictaminó serio—Te invité para ver si eras capaz de negarte e ir a darle la cara a la mujer que te espera en casa preocupada sin saber nada de ti durante dos días o aceptarías refugiarte entre putas del asedio que tú mismo te sometes—su aspecto cambió a un soez—Todo me indica que eres un cobarde—finalizó, retornando su visión a las bailarinas.

Se había perdido los últimos segundos del acto de esa pelirroja para hablar con él.

El mayor de los dos podía ser frío y desinteresado, pero cuando quería que alguien siguiera sus órdenes o hacer valer su punto, lo hacía de tal forma que no había forma de darse cuenta. Butch no solía comprender muchas cosas, no porque fuera estúpido, sino por su falta de empatía, sin embargo, siempre agradecía las sutiles maneras de su consanguíneo para hacerlo entrar en razón o manipularlo cuando quería algo. Esa vez, era una de contadas situaciones donde el azabache tomaba su consejo.

Se levantó consciente del daño que podría estar causándole a la fiera que vivía con él. Y con tal pensamiento en mente, tomó su abrigo y se alejó no sin antes exclamar:

—Que no se te peguen las ladillas.

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Buttercup decía de pequeña que ningún hombre sería tan relevante para ella como para preocuparse por su bienestar. La fugacidad del tiempo le hacía entrever que ninguna idea era correcta, ni equivocada, dependía desde la perspectiva que la mirara. Buttercup de niña odiaba la percepción de enamorarse, pues vio cómo su madre quedó abandonada por ese hombre que decía ser su padre. Ver llorar a esa mujer tantas noches abrazada a la almohada con el recuerdo constante de ese que la abandonó, fue algo que impulsó a la chica a crear barreras de distancia entre el placer carnal y los sentimientos. Se dijo que debía echarle mucha cabeza y lo ignoró completamente. Así, empezó formarse nuevas metas a cumplir, no limitándose a la familia convencional, convirtiéndose en una chica hermosa, deseada por muchos. Buttercup había logrado terminar la carrera, a pesar de haber sido difícil por los estándares de su sexo, pero fue un objetivo logrado. La pelinegra hasta esa fecha, mantenía como idea correcta el no amar a nadie; la joven madre de varios meses que se asomaba a la ventana repetidamente esperándolo, se replanteaba si debió romper esa regla que se puso de niña. La imagen de verse soltera, se volvió errónea cuando conoció a Butch… ¿hizo bien?

El baile no era su fuerte, tropezaba mucho y sus pies no congeniaban con el ritmo de la música, mas eso no le impedía ir a discotecas a inútilmente mover su cuerpo al son de la canción. Ahí, entre el sudor de la gente alcoholizada, lo conoció. Coqueto, voraz, dominante, un hombre con el cabello como la misma noche, con los ojos como esmeraldas y sonrisa gatuna que prometía el paraíso. Buttercup cayó en picada por su amor, en sus abrazos y en sus besos. Nadie podía ser tan violento y pasional al mismo tiempo, Butch había llegado a replantearle la idea que con mucho esfuerzo se recordaba desde niña.

Hablar detalladamente de sus inicios, sería remontarse en aquel sábado en la noche donde su acercamiento disfrutaba de la melodía. El resto ya es un devenir de recuerdos de citas, aventuras y sexo. Cuando Buttercup se dio cuenta que estaba enamorada, pensó: "No creí que el color de cabello de mi verdadero amor, seria negro" Mucho menos creyó que le gustaría pisar el mismo suelo de él, toca su suave rostro y suspirar su nombre cuando se entregaban a las sensaciones de sus corazones. El amor idealizado que le tenía, la frustraba, pues no comprendía como ese desconocido había alcanzado tal nivel en su existencia.

La perspectiva de equivocación, volvía a cambiar.

Enterarse que sería madre, no lo negaría, fue un golpe bajo, por lo que prefirió ocultarlo los primeros meses mientras digería la noticia. No era fácil para ella, una mujer tan libre, imaginándose esclava de un amor que jamás anheló, de proyectar una imagen de sí misma tratando de entender un capricho o de un llanto sin motivo por parte de la criatura en la noche. No.

La puerta sonó despertándola del letargo de pensamientos que llenaban su mente. Había llegado y detenido su paso al observarla sentada en el asiento junto a la lámpara. ¿Cuánto tiempo estuvo así?

—¿Dónde estabas? —preguntó cautelosa, reprimiendo los insultos que querían brotar de su garganta hacia el cabrón desconsiderado que no fue capaz de informarle nada.

Butch se quedó en silencio observando la cansada expresión que esos ojos, usualmente vivos, le mostraban, la miró levantarse y acercarse lentamente hacía a él, sin quitar el ceño fruncido que acentúan las pocas líneas de su frente o como su piel suave sigue resplandeciendo en la lóbrega habitación únicamente alumbrada por la ligera luz del aparato.

—Pregunté, ¿dónde estabas? —rechinó los dientes y no pudo evitar pegarle una cachetada al sentir el aroma de alcohol impregnado en sus ropas—Hueles a zorra barata—se alejó de él rehuyendo del tacto que quería darle e imaginando los escenarios en que disfrutaba de alguna aparecida.

El silencio se evaporó por todo el lugar, uno incómodo y con sentimientos que querían salir.

—Si quieres dejarme, está bien, dímelo, pero no huyas como un estúpido que me deja con la sensación de sentirme abandonada—su voz se cortó con la última palabra, porque dolía imaginarlo lejos de ella, pero dolía más que no pudiera serle sincero.

—Si tuviera el solo pensamiento de dejarte, te lo diría—pronunció por primera vez desde que llegó a su casa con pesadez.

—Entonces dim…

—¡Tengo miedo! —la interrumpió dejando al aire todos los temores que en silencio devoraban su cabeza.

—¡Yo también! —lo secundó hastiada, entendiendo, pero no justificando sus actitudes

—¡Es difícil!

—Pero no imposible… procura hablar conmigo cuando eso pase—le comentó más suave al notar la desesperación en su mirada—somos un equipo, ¿recuerdas? —agregó sonriéndole con seguridad.

—¿Juntos?

—E inseparables—terminaron los dos chocando sus puños al entender que se tenían el uno al otro, ante todo.

—No vuelvas hacer eso, Butch, sé tu filosofía, tus extremos, sin embargo, ya no eres tú, somos tres—el susodicho le sonrió con inseguridad y arrepentimiento antes de posar su mano en el abultado vientre de su mujer.

—¿Me dejarías hablar con él? —En todo el trascurso del embarazo Butch casi no tocaba el tema, sin embargo, con el miedo aun presente y tomando valor, se arrodilló para pronunciarle palabras al niño que ya terminaba de desarrollarse—Hola pequeño…

La conversación parecía secreta para Buttercup, pues sin pronunciar palabras, se limitó a escuchar lo que el padre de la criatura le decía.

—Y cuando nazcas, te enseñaré a competir en carreras para seas el mejor.

—Oh no, eso no—le recriminó la fémina, dándole un golpe suave en la cabeza.

Podría ser rey o lo que quieras—dijo acercándose a ella una vez que había terminado con su primogénito, llevándola al lecho y susurrándole al oído. Sintiendo entre sus brazos el estremecimiento de la pelinegra ante su cálido aliento, sus palabras—porque te amo más de lo que pudieras saber—acortando la poca distancia que hay entre sus rostros, sellan el afecto que sienten el uno por el otro con un beso que ambos deseaban.

Con un el calor de sus cuerpos fundiéndose entre sí.

Ellos podrían con la situación, no era un consejo, era una promesa.

El color de cabello de mi verdadero amor era tan negro como la noche estrellada, me balanceaba entre planetas misteriosos a través de sus sedosas hebras y me permitía descansar en paz.


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Blossom para él era más que una mujer.

Era más que un tributo a los hombres hambrientos deseosos de saciar sus depravados anhelos, de comerla entera, de poseerla. Blossom no era la simple prostituta que visitaba semanalmente para follarla, tampoco era la mujer que no mereciera amor por venderse. Aún con el pensamiento de varón, de tener una dama a disposición, Brick pensaba en Blossom como un igual. Esa intrépida, fría y enojona criatura, lo había cautivado. Diría estúpidamente que fueron sus extraños ojos rosas, o las torneadas pierdas que se cernían al caminar, incluso afirmaría que el sexo con ella era uno de los mejores, pero no; lo que Brick vio en esa doncella fue el reflejo de la crueldad del mundo. Para muchos ella era un diamante, para él solo una piedra que fingía serlo. Eso capturó su curiosidad.

Obtenerla cada que iba no era fácil. No era el único ansioso por enterrar su longitud en ese sexo tan recorrido, no los culpaba, la chica llamaba la atención de todo tipo de clientes, quien además se esforzaba por mantener un semblante apacible y seductor. Era una buena actriz, se lo reconocía. No se delataba ni con su lenguaje no verbal. De hecho, mantenía tal serenidad que cualquiera deseaba compartir cama con ella solamente por ver reflejada la misma pasión en esos ojos rosas. Los hombres eran ególatras, celosos, irascibles, pensaban que por pagar unas horas de su tiempo conseguían su amor. Los diamantes debían ser regalados a las damas, esa metáfora que representaba su valor. Quisieron comprarla con regalos lujosos, cartas, tratos, sin embargo, ella ojeteaba hombres aburridos sin nada que hacer. Un diamante sólo sería admirado por otro diamante y Blossom no podría ver el valor de la reliquia, aunque lo intentara.

En sus facultades inconscientes de su naturaleza, no evitaba el odio hacia esos mamarrachos que tocaban sin descaro algo que a él le pertenecía. Mirarla resplandecer para desconocidos le hervía la sangre, pero con el tiempo Brick entendió que ese era su castigo por la vida que llevaba, querer a una mujer del pueblo y para el pueblo. Su trayectoria como político no lo exoneraba del desgano hacia las situaciones que no creía relevantes. ¿Democracia? No, eso fue lo que ha vendido a las personas ignorantes después de todos los sucesos de la guerra, una falsa libertad que sólo el conocimiento podría vislumbrar. Si ante su falta de consideración como reprimenda le habían mandando a ella para atormentarlo, pues estaba funcionando.

No obstante, Brick no era alguien al que se le imponían cosas, no permitía que jugaran con él, nadie, absolutamente nadie tomaba represalias en su contra, así que con las herramientas en mesa se propuso enamorarla, a su tiempo, a su modo, dejándola creer que ella llevaba el control. Brick ya estaba enamorado cuando bailaron su primera canción juntos después de las desbordantes pasiones, Blossom se enamoró cuando en su rostro no puedo disimular el enojo al darse cuenta que él prefería a otra puta y a otras mujeres, por encima de ella.

Con el tiempo, a Brick dejo de importarle con quien se revolcaba. Suficiente regocijo había tenido al saberse dueño del pensamiento de la dulce Blossom. Podían tener su cuerpo, pero él mandaba en su corazón.

La quería, la amaba.

Trató de persuadirla para que abandonara ese trabajo y viviera con él, mas su forma de ser y su desconfianza de su alrededor, no le permitía ver la manera en cómo él se abría a ella; además de esa independiente terquedad por salir adelante sola. Admiraba, así como odiaba su orgullo, tan parecido al suyo, por eso Blossom era su igual y también su rival, porque le costaba admitirse que le dolía verla marchitarse.

Mas Brick no era de insistir, él dejaba todo a la persuasión y lograba su cometido, con ella no lo podía hacer. ¿Era egocéntrico acaso enamorarse de alguien parecido a su persona? ¿Se busca la media naranja para amar aquello que se repudia de uno mismo? Dolía, el amor, dolía. Vivían en un ciclo de idas y venidas, la consecuencia del bien es el mal y viceversa, el castigo del hombre siempre será la memoria y el joven pelirrojo angustiado trataba de entrever el significado de aquel amor pasional que ahora traía consigo una profunda pena.

Tal vez debía renunciar, renunciar a la dependencia que tenía de sus besos, sus caricias, su piel.

El cuartucho decorado de luces de neón estaba absorbido por el silencio comunicativo de quienes allí se encontraban. Blossom y Brick intercambiaban miradas retadoras, esas que nunca tenían un ganador y que el orgullo primaba antes que el amor.

—Me voy a casar—comentó al otro lado de la habitación contemplándola

—Lo sé, los periódicos fueron más rápidos.

—Así que estás pendiente de mi vida—insinuó divertido.

—En absoluto—mintió para no verse descubierta, aunque entendiera que Brick ya sabía de su falsedad, pues levantó una ceja.

—Tanto te cuesta decir lo que sientes—retó.

—No vales la pena para mostrarte mis sentimientos—Una las características de Blossom, era esa habilidad por dañar a la gente con palabras, sin tonos fuertes e insultos.

—¿Alguien lo es para el diamante en bruto? —respondió hostil, soez, congojado. Mucho le había permitido a esa mujer para que intenté hacerlo mierda. Si no dialogaban y se iban atacar, así sería. Atacó su debilidad, cosa que funcionó, ya que su expresión caustica se borró.

Reprimió la aflicción que dichas palabras le causaron, mantuvo su mirada fija en la de él para después quedarse viendo algún punto de la habitación, si lo seguía observando, lloraría y no podía permitirle ver su dolor.

La joven había mirado las noticas, había leído los periódicos y había escuchado de sus compañeras como Brick, cliente predilecto del lugar, por fin sentaría cabeza con una mujer respetable, digna, una que no era ella. Pero… estúpido era su dolor ante la noticia, ella lo había rechazado, le dijo que no y él como un hombre sensato, siguió adelante. Blossom no podía confiar, le era difícil, no le gustaba ser un victima ni depender de alguien. Vivía en la mierda de la ciudad y ella con la única oportunidad de salir adelante, declinó su propuesta de un futuro juntos por miedo. ¿Qué si era una estúpida? Lo era. ¿Qué idealizó un destino juntos? También. Cuán tormentosos eran los sentimientos absurdos, eso que se imaginan y no pasan, esos que te dejan con un mal sabor de boca por lo que pudieron ser.

—¿La amas? —preguntó con voz queda, sin verlo, penosa por no saberlo suyo, por necia e inmadura, pero su orgullo era lo que tenía. Ya ni eso al ser humillada tanto física como emocionalmente, mas siempre se repetía, no olvides por qué lo haces, no lo olvides.

—¿Tú me amas? —preguntó de vuelta, débil, ilusionado.

—Yo…

Te amo

Silencio.

Brick rendido sonrió ante el silencio y se acercó parsimoniosamente hacia ella.

—Permíteme un último baile—extendió su mano.

Blossom y Brick se entendían más con sus cuerpos que con sus palabras, no necesitaban de un te amo para saber que se amaban, no necesitaban sacar al aire sus sentimientos, pues con tan solo un baile podrían decirse todo aquello de lo que se avergonzaban, anhelaban y sufrían. Él la besa y ella corresponde mientras dejan que sus siluetas se reflejen en la pared, libres de inmundicia, libres de tapujos, libres de daños.

Con último beso en la frente, Brick se separó y dispuso su andar a la puerta.

Brick, puse un hechizo y tú eres mío—se despidió, mirándolo segura de sus palabras, sonriéndole con esa verdadera coquetería que sólo él era digno de ver.

—Lo sé—le devolvió el gesto con la misma seguridad.

No era una despedida definitiva, era un hasta luego…


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Boomer, tú no sabes lo que es amor

No sabes lo qué es amor hasta que la tristeza tiene sentido

No sabes lo qué es amor hasta que los labios de quien amas, queman y se vuelven prohibidos

No sabes lo qué es amor hasta que dices adiós

Cuando la carrera del rubio se volvió comercial, recibió muchas ofertas por parte de disqueras, le decían que tenía un nuevo género revolucionario que cambiaría el sentido musical para siempre, le prometían giras, riquezas, fama. Pero, en ese entonces componía por placer, no por lo que ésto le trajera. Pensó, ingenuamente, que la fama no dañaría su ser, otra vez, Boomer estaba equivocado.

El hombre tuvo una infancia difícil, no hubo día en que no mirara a su madre inyectarse en el baño, quedaba ida, hablándole a la nada. Por eso, comenzó a frecuentar a Lupita, la mujer se encargaba de su cuidado cuando su madre iba a trabajar, o eso era lo que ella decía, pues su dichoso trabajo consistía en emborracharse y drogarse con sus amigos. Era joven cuando tuvo a Boomer y él no conoció a su padre… ni su mamá lo conocía. Vivió en un contexto tóxico en el cual visualizarla completamente sobria, era un milagro. Así que, desde pequeño, él tuvo contacto con ese mal que disfrutaba consumir en las tantas habitaciones de ese hotel.

Su lema era: Bienvenidos al hotel california, una vez que entras, ya no puedes salir.

Antes de ser famoso y de tirar su carrera por las drogas, estuvo Bubbles, el primer y único amor del rubio. Se conocieron cuando eran dos críos asistiendo a la preparatoria en el salón de música. Ella tocaba el violín y él, el piano. Intercambiaron palabras cuando presentaron su primer dueto. Era muy bonita y no cualquiera podía quitar la vista de su rostro en el momento que sonreía. Que alegría había sentido el rubio cuando se le declaró y ella con un gesto sonrojado aceptó la invitación a la famosa aventura llamada amor. Nada se le podía equiparar. Si sus actos no hubieran sido incontrolables, tal vez hubieran tenido una linda familia.

Fue la compañera de su vida, la esposa que quiso y por tentaciones y excesos, perdió.

—Dime una cosa Boomer. —preguntó la chica al borde de las lágrimas—¿Me amas?

—Bonita, claro que lo hago, con todo mi corazón—afirmó sin titubeos.

—Entonces… ¿Por qué me engañas? —quedamente inquirió.

—No te engaño, ¿cómo podría hacerle eso a la mujer más hermosa del planeta?

—Lo haces ahora, Boomer.

Solía acompañarlo a las presentaciones, iba con la palabra "fan número uno" en la frente, no literalmente, pero su actitud emotiva y fascinada, lo dejaba en claro. Bubbles fue su inspiración, fue a la primera y a la última que le dedicó una melodía antes de recaer en la psicodelia.

—Recuerda nuestro tiempo juntos—le dijo entretanto iniciaba a tocar el piano.

Boomer amaba a Bubbles en espacios donde no existía el tiempo, la amaba con la misma fuerza con la que adoraba tocar su piano, la amaba tanto que decidió soltar su mano para que encontrara la verdadera felicidad.

Cuando se ama de verdad, se entiende que el dolor no es pasajero, que la felicidad de la otra persona es la tuya y que la entrega es en su totalidad, no mínima. Boomer se alejó de Bubbles al entender que le haría daño con sus decisiones; prefería verla sufrir unos instantes y que siga alegre ante mundo, al verla apagada, preocupada, con insomnio por no saber dónde estaba. El rubio era consciente que esa vida le traería mal y aun así continuó, no sin antes alejar a la persona que recibió su corazón. La corrupción coge a todos, los atrapa, los hunde y no los suelta; por eso el demonio, con su amor oculto en la envidia se aferraba a las llamas mientras observaba al ángel jugar entre las violetas.

El pinchazo en su brazo no lo sintió gracias a los efectos de las sustancias que había consumido. La temperatura de su cuerpo incrementó y sus pupilas se dilataron exageradamente. Boomer tenía la mirada perdida, sin rastro alguno de poseer alma. De un lado para otro su cabeza se movía, de un lado para otro, su cabeza se movía. ¿Qué estaría mirando para que se le plasmara una sonrisa estúpida en la cara? Levanta el brazo queriendo tocar algo, pero no había nada, en esa sucia habitación no había nada.

—Bubbles… Bubbles—susurró a la pared del cuarto—¿me escuchas, Bubbles?

Lo hago, Boomer.

—Ja, ja, ja, luces graciosa.

Antes decías que era hermosa.

—Eres muy linda... Bubbles… Bubbles… lo siento.

Así fue mejor, soy feliz.

—Bubbles, te amo.

Yo también te amo, Boomer.

—¡Regresa, regresaaaaaa! —grita sollozando por la distorsión de la imagen, se había desvanecido, había perdido a su amor de nuevo.

Robin estaba demasiado aturdida como para prestarle atención a los delirios del rubio, poco a poco se dormía, sus parpados pesaron, los colores la enceguecían… oscuridad.

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Fin


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Aclaraciones: Quería copiar la fórmula que utilizó Tarantino para Una vez en Hollywood y parece que no lo logré. Los personajes no se tratan mucho, lo sé, pero bueno.

Varios de los sucesos ocurridos en esta década me parecieron mucho más interesantes que la moda y el origen de la música disco. Investigar sobre ella fue entretenido, ya que me mostró una perspectiva muy decadente, como las drogas, la prostitución y las apuestas (Cosas que no han cambiado mucho, je)

La mayoría de palabras en cursiva se debe a canciones de las cuales me inspiré y sucesos que acontecieron en esos años.

1. La ciudad en la que me basé para retratar Townsville fue New York, digamos que no fueron sus mejores años, ni económicamente, ni socialmente.

2. La ciudad de las eternas luces hace referencia al apagón que sucedió en dicha metrópoli en 1977 durante 25 horas.

3. Elvis, Blossom llama así a Boomer porque se enteró que él se creía inmune a las drogas por haber vivido rodeado de ese ambiente, igual que Elvis quien recibió una insignia por parte de Nixon llamada: Guardia antinarcóticos. Elvis murió de por un paro cardíaco a causa de drogas, lol.

4. Ya sé que los verdes quedan bien descontextualizados, pero quería meterlos y hacer algo bonito con ellos. Ok?

Para finalizar les informo que no he dormido por estar escribiendo. Necesitaba cumplir este reto sí o sí porque el castigo a la falta era muy vergonzoso, ¡no me podía permitir tal humillación!

Por cuestiones de orgullo y temas personales me reservo la penitencia.

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Si llegaron hasta aquí, muchas gracias por leerme, espero que haya sido de su agrado.

See ya in hell!

Lenore