Disclammer: Esta obra fue creada sin ganas de lucrar con ella, los personajes usados pertenecen a sus respectivos dueños.

Advertencia: Yaoi.

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Reloj de vida

St. Yukiona.

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Segunda parte

Reloj de guerra

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A Kageyama le van fatales ese tipo de eventos sin embargo se debe de cuadrar sonreír (o hacer algo parecido a ello) y mover su mano en forma robótica mientras cuenta del uno al diez para cambiar de mano y mirar hacia el otro lado, y repetir el proceso. Ahora que si alguien le dice por el pequeño auricular que vea hacia una zona en específico (porque una cámara lo está enfocando) debe de ver de reojo a Hinata y copiarle. Tsukishima se parte de la risa al verlo por televisión, sus movimientos robóticos son muestra de su capacidad nula por convivir con el resto de las personas, como todo un rey dictador, y apuesta, casi siempre, con Akaashi (que también está ahí pero en una división distinta) que en cualquier momento perderá los estribos y acabará por lanzar todo a la mierda para esconderse a halarse los cabellos. Pero casi siempre Akasshi gana, Tsukishima sabe que un día no será así, y lo espera fervientemente, por eso es que graba todos los eventos públicos y sociales en el que la escudería participa y los pilotos jaegers deben de hacer aparición.

—Deberías de relajarte más —le dice en un momento Shoyo mientras trata de alcanzar su botella de agua pero termina por tirarla porque no se ha podido agachar bien, el hombro aún le duele terriblemente. Le han descansado un mes completo, y por ende, Kageyama también ha entrado en receso obligatorio. El pelirrojo se siente culpable, pero en realidad nada ha tenido que ver, simplemente fue una mala pasada del maldito animalejo y ahora solo le queda seguir indicaciones y trabajar en lo que si puede, y eso es haciendo ese tipo de eventos públicos.

Es Los Àngeles donde les han hecho aquel suntuoso desfile para vanagloriarlos y felicitarlos, la gente se ha congregado alrededor de la calle principal para ver de cerca a los más jóvenes de los pilotos jaegers que hay en el repertorio, pues aunque son japoneses ahora son ciudadanos americanos honorarios y grandes héroes que han salvado la vida de muchas personas. Todos se sienten agradecidos con ellos. Y aunque todos los niños quieren ser Kageyama y todas las niñas quieren tomarse la foto con Hinata, la realidad es que también han ido para ver al monstruosos jaeger que desfila erguido remolcado por grúas aéreas especiales, y los rascacielos a su lado parecen hechos de papel, al mínimo soplo de aquel titán sucumbirían. Alguien entre la multitud llora pues es casi un sueño hecho realidad y a Kageyama se le revuelve el estómago.

Es cierto que es necesario mantener a la gente a salvo pero al mismo tiempo también es de suma importancia seguir contando con el apoyo del público pues son esos contribuyentes los que pagan los impuestos y logran mantener vivo el programa, así que tienen que jugar al héroe no solo en el campo de batalla sino también en la calle, apegarse a la figura heroica que hay en la mente de cada uno de los presentes, ve de reojo a Shoyo y como la facción de dolor usa una sonrisa de máscara, también son humanos que sufren, y aunque en parte es culpa del moreno por haberlo empujado a mantener relaciones justo después de la misión y antes de legar al área médica, se le hace una reverenda pendejada que en lugar de que esté descansando, Shoyo, lo manden a hacer toda esa campaña.

Kageyama se agacha a recoger su propia botella de agua y se la entrega al pelirrojo que no puede evitar sonreír agradecido, y dar un largo trago, después le pasa el agua a Kageyama que inconscientemente le toma para taparla y dejarla de lado y seguir con sus actuaciones. Van en un auto descapotado usando sus uniformes de gala militar, delante de ellos una guardia de honor marcha firme y perfecta. De un edificio se lanza una lluvia de papeles blanco y rojo, son los colores de la bandera japonesa y Shoyo cierra los ojos mientras que disfruta de ese momento. Kageyama no puede entender cómo lo puede disfrutar si en realidad le duele el hombro. Olvida por un momento la situación cuando Shoyo le sonríe entre esa lluvia roja y blanca y Tobio bufa.

—Idiota —susurra y Shoyo también se ríe, vuelven a saludar, y el desfile llega hasta el sitio donde serán condecorados con la máxima medalla al heroísmo.

Son el presidente de los Estados Unidos y el representante de la comunidad japonesa superviviente, el Primer ministro japonés, los que entregan la medalla, en primera fila se encuentran la madre de Shoyo aplaudiendo por él y por Kageyama también, porque ha adoptado a ese polluelo que se ha quedado solo, y aunque a ella no le gustó para nada la idea de que su hijo enfrentará un peligro mortal, ahora no sabe del orgullo. El discurso se le hace eterno a Shoyo que tiene la intensión de bostezar pero sabe que si lo hace recibirá una reprimenda por parte de Ukai-sensei, así que solo se queda muy firmes, se incorpora de su silla para recibir un ramo de flores pequeño y la medalla es puesta sobre su pecho junto a las otras que ha ganado que los años, hace el saludo militar perfectamente, y un tirón en el pecho lo hace contener el aliento porque siente su músculo crujir, regresa a su asiento y Kageyama hace lo mismo en movimientos mecánicos. No es la clase de premio que había pensado que tendría en su futuro cuando era niño, es decir, se imaginaba ganando una medalla, pero una más modesta como el de las olimpiadas o algo por el estilo, pero en su lugar está ahí, frente a una multitud con un sinfín de cámaras captando su rostro rígido y agradeciendo al ministro con una reverencia sentida, después regresa a su sitio, viene otro discurso y Kageyama vuelve a incorporarse para acercarse al podium. Le ha tocado esta vez decir a él las palabras de agradecimiento en nombre de ambos, y de hecho el duelo para decidirlo fue más bien una estupidez como ver quien hacía una torre más alta de latas, y es que lo más lógico es que Kageyama ganará pero Shoyo se las arregló para ser él el vencedor.

Kageyama alza la mirada un momento, el único instante en que tiene contacto visual con el público antes de aclarar su garganta, mira la pantalla de la tablet donde está el discurso que escribió a conciencia.

—Hace diez años la llegada de estos seres cambiaron por completo la vida del mundo como se conocía hasta ese momento —una entrada cliché piensa Oikawa que está entre los espectadores viendo a su kohai, sin embargo le da puntos porque seguramente aquello se lo han preparado y la frase suele ser demoledora para todos aunque sea utilizada una y otra y otra vez—, sin embargo muchos de nosotros éramos ajenos al dolor que las personas que lo estaban viviendo de primera mano sufrían —se queda viendo el resto de las palabras en la pantalla y mira a Shoyo que le asiente suavemente para que continue—. No fue sino hasta hace cuatro años que mi vida y la de mucho de mis amigos, mi familia y conocidos cambió totalmente, jamás podría volver a ser igual pues lo que consideramos nuestro hogar ya no está más, no hay más tardes de curry, ni mañanas de entrenamiento, no hay partidos amistosos ni la ansiedad de un partido de clasificatoria, no existe una posibilidad mínima de sentir el aroma que el sol de verano levantaba en la duela de madera del gimnasio donde todos nos reuníamos para entrenar —su voz es plana y aún así se siente cercano—. Una tarde cerramos el gimnasio con la promesa de volver al día siguiente como normalmente haríamos sin saber que sería la última vez que lo haríamos, una noche levanté un balón de volley sin saber que sería la última vez que lo volvería a hacer... una mañana mi madre me deseó tener un buen día en la escuela sin saber... que no la volvería a escuchar, de un momento a otro sencillamente, todo cambió y nada, absolutamente nada volverá hacer igual, lo único que constante, lo único que es seguro y les podemos jurar, Hinata y yo es que cada vez que cuando la alarma suene, nosotros estaremos ahí para que ustedes... no tengan que experimentar ese dolor que tan bien conocemos.

La multitud enmudece porque no ha sido un discurso cualquiera protocolario, Kageyama se ha abierto y piensa que quizás ha metido la pata pero al segundo siguiente los aplausos llueven y rugen, y por primera vez en mucho tiempo, el moreno siente un nudo en la garganta alguien le estrecha la mano, el primer ministro japonés también, regresa donde su compañero piloto jaeger que le sonríe con orgullo. Sus hombros se rozan, y aunque aún le duele a Hinata, es soportable porque mediante ese casual toque le está haciendo saber que lo ha hecho bien.

La ceremonia termina y a Shoyo se le permiten unos cuantos segundos con su madre mientras que Kageyama firma un par de autógrafos, y posa para algunas fotografías.

—¿A nombre de quién? —es la pregunta reglamentaria, es la única interacción con el público, el cuál varía dependiendo de la persona en un "gracias por su apoyo".

—Oikawa Tooru-sama —reza la persona que le ha extendido un afiche del desfile. Y Kageyama alza la mirada sorprendido, el gran rey se ha hecho pasado entre la multitud empujando y apartando gente.

—Tooru-san —dice sorprendido Kageyama.

—Tobio-kun —responde sonriendo Oikawa, porque aunque lo odia, le da auténtico gusto ver a alguien conocido de aquellos tiempos, es decir, poder aunque sea intercambiar un par de palabras.

—Kageyama, ya... —habla Shoyo que va llegando después de haberse despedido de su madre, pero ve que Kageyama no se mueve y alza la mirada a la persona delante de ella que es empujada por la multitud—. ¡Gran Rey! —grita sorprendido y Oikawa cierra los ojos, le arranca a a Kegayama el plumón y el afiche que tiene, se apresura en escribir un número telefónico, mientras que el auto que va por ellos ha llegado—. Llámanos, por favor... —suplica Shoyo mientras que los de seguridad se acercan a ellos para apremiarlos y Oikawa sonríe con envidia de que el par de raros ahora tienen una limosín para ellos, aunque no es una envidia venenosa, es una envidia orgullosa y un poco frustrada. Está seguro que él hubiera podido haber sido un excelente candidato para el programa, al menos si tuviera a alguien con quien enlazarse, y el nudo de siempre le hace trizas el estómago.

Guarda el panfleto en su pantalón y se apresura a salir de la multitud.

No es como que su vida se haya detenido para siempre, por el contrario, siguió jugando volley porque aunque el mundo estaba en guerra, los deportes y el entretenimiento seguían su marcha, y ahora eran más cotizados porque los gobiernos buscaban entretener a su gente de la amenaza kaijou, pero aún así el escozor de todo lo perdido solía reptar por la noche haciéndole recordar lo que ya más no estaba. Un día de esto les hablaría, sólo para cotillear, y quizás, sólo quizás decirles que estaba orgulloso de ellos. O tal vez, se burlaría de Kageyama y su ridícula rigidez frente a las cámaras.

...

Llegan al hotel y lo primero que hace Kageyama es ir al buró donde ha dejado Hinata las medicinas para el dolor y la inflamación, al tanto Shoyo se saca el uniforme con cuidado, la corbata y la camisa, que deja de lado, sus músculos no son los de un adolescente de 19 años normal, y eso es sencillo de explicar, meterse a una interfaz para manejar un monstruo requiere no sólo de concentración emocional y psicológica, sino también una resistencia física y no se hablaba de estamina sino músculos capaces de hacer mover aquella bestia. Se mira al espejo y la herida está roja, morada, y suspira porque no puede mover el hombro, y es dolor infernal, Kageyama le ofrece un vaso con agua y el medicamento que Shoyo pasa tras un largo sorbo. Suspira, y se mueve hasta la cama para recostarse. Tobio le quita el resto de la ropa pero sin prestar, con calma y ritual. Recoge lo que está tirado mientras deja a su compañero descansar.

—¿Te quieres bañar? —pregunta Kageyama colgando el saco del uniforme del gala junto al pantalón, la camisa blanca a la bolsa de lavandería que recogerían por la noche. Shoyo no responde solo ve al techo. Tobio se dirige al baño para poner la bañera a llenar. Un baño con agua caliente seguro le sienta bien a Shoyo, le ayuda a mitigar el dolor. Regresa y se recuesta a su lado.

El pelirrojo gira su mirada para verle y busca estrechar su mano.

—Tobio —susurra reafirmando que la atención ajena esté sobre él—. Cuando esto acabe... ¿Viviremos juntos? ¿Volveremos a jugar?

Kageyama es consciente de que quizás eso nunca pase, sin embargo ensancha la sonrisa y afirma, sólo con Shoyo se permite sonreír de forma arrogante y posesiva, jurándole que harían eso, una vez terminará todo, porque tal como dijo su abuelo: en algún momento llegará alguien maravilloso, y ese alguien maravilloso era Hinata Shoyo. Probablemente la alarma sonaba de forma estrepitosa porque un kaijou había aparecido, o quizás no volvía a sonar esa alarma, probablemente un meteorito caía y todo acababa siendo un desastre, pero mientras el apocalipsis se tejía alrededor, ellos estrechaban sus manos y corazones para hacer frente al futuro.

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Fin

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St. Yukiona

Quien los ama de corazón, pulmón y páncreas.