3 a.m.


-¡Dean! ¿Qué haces aquí?

-Bueno, pues, estaba preocupado porque no volvías.

-¿Oíste el anuncio de McGonagall? -Seamus acababa de detenerse en seco en medio del oscuro y desierto pasillo. A decir verdad, se alegraba bastante de que Dean hubiera aparecido, porque no dejaba de oír sonidos extraños. En un momento, por loco que sonara, estuvo seguro de haber oído algo parecido a la carcajada de un niño… Le había puesto la piel de gallina y se había alejado corriendo del pasillo en el que estaba en ese momento, con el sonido de los truenos resonando tras él.

-Sí, lo oí -dijo Dean, acercándose a él-. ¿Por qué no fuiste al despacho de Dumbledore?

-No pienso ir allí para que me castiguen por estar fuera de la cama, no me creo nada eso de que "no vamos a castigarlos". Si me lo preguntas, es puro cuento de McGonagall para pillarnos.

-Estoy totalmente de acuerdo, amigo. ¿Y? ¿Has encontrado a Neville? Para eso bajaste, ¿no es así?

-Claro, ni él ni Harry volvían… -dijo Seamus, mirando alrededor con preocupación-. Pero no, no puedo encontrarlo. No tengo la menor idea de dónde estarán.

-Quizás estén teniendo sexo con tu madre -comentó Dean.

-Sí, yo estaba pensando que quizás... ¿Qué? ¿Qué has dicho? -Seamus levantó la mirada y la clavó en Dean, muy confundido. ¿Había oído bien?

-He dicho que quizás tenían sexo con tu madre -repitió Dean, torciendo los labios en una sonrisa.

-¡Retira eso! -gritó Seamus, tratando de sonar duro; aunque, la verdad, la cara de malicia que tenía Dean le acababa de poner la piel de gallina, y la voz le tembló al decir esas dos palabras.

Pero Dean sonrió aún más.

-¿Qué ocurre, Seamus? -Dean empezó a acercarse, relamiéndose los labios, aún sonriendo-. ¿Tienes miedo?

-¿De qué habría de tener miedo? -dijo Seamus, aún tratando de sonar valiente, aunque no pudo evitar dar un paso atrás.

-¿Tienes miedo de tu mami? -Dean empezó a reír, una risa horrenda que jamás le había oído antes-. ¿Tienes miedo de tu mami, porque te pegaba de niño?

Seamus se quedó congelado, con el corazón latiéndole a toda velocidad.

-¿Cómo sabes eso? Yo ja-jamás dije q-que… -no pudo evitar tartamudear.

Dean empezó a reír más fuerte. Seamus abrió grandes los ojos mientras lo miraba, aterrado. Cuando Dean volvió a hablar, Seamus casi muere del susto, porque ya no tenía la voz de siempre, sino que ahora su voz era exactamente igual a la voz de la madre de Seamus:

-¡Ven aquí, Seamus! ¡En cuanto te encuentre, voy a molerte a golpes! -la voz era la de la madre de Seamus. Fue tal el susto que se pegó Seamus, que empezó a gritar a todo pulmón, se dio vuelta y quiso correr, pero tropezó con el borde de la bata que se había calzado sobre el piyama y cayó de bruces al piso.

Quiso ponerse de pie, pero notó cómo Dean se lanzaba sobre él. Sin dejar de reír como un desquiciado, Dean cayó sobre él con todo su peso. Seamus sintió un dolor agudo en su espalda, el dolor más terrible que nunca hubiera sentido. Vio la sangre empezar a salir a chorros por debajo de él, y se dio cuenta, mientras la risa macabra de su madre le taladraba los oídos, que jamás volvería a ponerse de pie…


-Estamos adentro -dijo el débil susurro de Hermione. La pared se había abierto muy sutilmente, de manera imperceptible, y ambos se habían colado tras la ancianita a través del portal. Casi al instante, la pared se había cerrado tras ellos y habían sido tragados por la más profunda oscuridad. Al minuto, los pasos de la anciana se perdieron en la distancia, porque ella caminó más rápido que ellos, y ellos se quedaron un minuto pegados a la pared de roca por la que habían pasado, muy nerviosos. La verdad es que durante ese minuto, los dos no habían querido moverse de allí; mientras estuvieran contra esa pared, sabían que dentro de exactamente una hora, a las cuatro de la mañana, la pared se abriría de nuevo y podrían volver a Hogwarts. Pero si avanzaban hacia adelante, no sabían qué podía pasar…

-Hermione, espérame aquí -murmuró Ron, finalmente, en el oído de la chica-. Yo iré a buscar a Harry. Tú quédate y, ni bien se abra el portal de nuevo, vuelve al castillo…

-Ni loca -le dijo Hermione, también al oído-. ¡No me quedaré aquí sola, no me dejarás aquí!

-Hermione, es por tu propio…

-Ron, ¿no lo entiendes? -susurró enérgicamente. Ni siquiera podía ver a Ron, y él estaba pegado a ella, hombro con hombro. Era absurdo que aún llevaran la capa para hacerse invisible. Pero, aún así, no se la quitaron, por las dudas. Sentían que la capa los protegía contra esas criaturas malignas.

-¿Qué es lo que debo entender?

-¡Todo esto ocurrió porque nos separamos! Si no hubiéramos dejado a Harry ir solo…

-Entiendo, dices que es mi culpa.

-¡No! No digo que sea tu culpa, pero no vamos a separarnos. Iremos juntos por él, ¿de acuerdo?

Ron tomó aire y suspiró.

-De acuerdo, vamos.

Los dos se separaron del muro. En cuanto dieron un paso, sintieron que estaban de pie en medio de la nada misma, como si sólo existiera el suelo bajo sus pies y la persona que tenían a su lado, todo lo demás era un espacio negro.

Fueron avanzando, más y más. No oían sonidos, no oían nada que les indicara que había alguien más allí. Tratando de no hacer ruido, caminaron a un ritmo más rápido. Pronto se dieron cuenta de que estaban en un túnel, porque había paredes a sus lados, paredes de roca. El túnel debía tener unos dos o tres metros de ancho, y no había forma de saber qué tan alto era el techo, si es que lo había; Ron, que era el más alto, estiró un brazo y no pudo sentir nada.

Avanzaron más y más. De a poco, comprendieron que si querían encontrar a Harry tenían que darse prisa, porque hacía al menos unas dos horas que Harry se había ido por allí, y eso quería decir que quizás estaba por llegar al otro lado, por pasar hacia la zona oscura, de donde no había retorno…

-Ron, tenemos que correr -dijo Hermione, al darse cuenta de este pequeño detalle.

-¿Qué dices? -susurró Ron, más aterrado que nunca-. De ninguna manera…

-Ron, si seguimos avanzando a este ritmo, jamás llegaremos a tiempo para salvarlo. Piensa, hace unas dos horas que Harry entró a este túnel, ya podría haber llegado del otro lado. Si aún no llegó, entonces no tardará en hacerlo. Y tenemos que avanzar más deprisa que él.

-Pero Hermione… esas criaturas avanzan por este túnel como si fuera el camino de entrada o salida de su casa… ¿entiendes lo que te digo?

-Lo sé. Pero Ron, escucha -se susurraban el uno al otro al oído, pero no eran capaces de ver absolutamente nada, como si se movieran con los ojos cerrados. Sólo podían sentir el tacto del cuerpo del otro. -Escucha, Ron, Harry vino con esa niñita, vino con uno de ellos. Nosotros tenemos ventaja, porque ellos no saben que estamos aquí…

-No lo saben aún -Ron suspiró de nuevo, mientras avanzaban con los brazos extendidos hacia adelante y sujetando sus varitas fuertemente, como si temieran chocar en cualquier momento con alguna criatura maligna-. Bien, hagámoslo. ¿Nos quitamos la capa?

-No podemos correr con ella, y no le veo el sentido a usarla…

Se quitaron la capa y Hermione se la guardó en un bolsillo. ¿Cuál era la probabilidad de que alguno de esos seres pudiera ver en la oscuridad? No quiso pensar en eso.

-A la cuenta de tres -dijo Ron-. Uno… Dos…

-Espera.

-¿Qué ocurre? ¿Oíste a alguien? -la voz de Ron no pudo disimular el terror que lo invadía por dentro.

-No. Si nos chocamos con uno de ellos… ¿qué hacemos?

-Bueno, pues, yo apuntaré hacia adelante y diré "Avada Kedabra". Tú haz lo que quieras.

-De acuerdo -Hermione suspiró muy hondo, nerviosísima-. Ya, haz la cuenta.

-Tres -dijo Ron, la tomó de la mano y empezó a correr.

Los dos corrieron a toda velocidad por el túnel. Desde luego, el sonido de sus pasos se oía perfectamente, y, dos minutos después, el sonido de sus jadeos y respiraciones agitadas también se oyeron con toda claridad. Eran plenamente conscientes del alboroto que estaban haciendo, y de que, si una criatura pasaba caminando por allí, era seguro que reparara en la presencia de ellos allí. Pero siguieron corriendo, tan rápido como podían, pensando sólo en Harry, tratando de que nada más importara. Salvar a Harry era lo importante, y esa era la única forma de lograrlo.

Luego de diez minutos corriendo por el largo túnel (que parecía ir derecho todo el tiempo), ambos empezaron a tener la aliviadora sensación de que estaban solos en ese lugar, porque no se oía nada más y en ningún momento tropezaban con nada, el suelo era plano y liso.

Pero la sensación desapareció de golpe, cuando una mano huesuda sujetó el cabello de Hermione con una fuerza descomunal y tiró hacia atrás.


Oyó un ruido. Sin perder un segundo, se metió tras una gárgola. Escuchó los pasos. Sin moverse de su lugar, observó cómo una figura oscura pasaba a su lado y se perdía en la distancia, al otro lado del pasillo.

Contuvo el aliento. No respiró ni una sola vez más hasta que la figura oscura desapareció escaleras abajo. Entonces, aferrando su varita con fuerza, asomó la cabeza tras la gárgola y miró por sobre la gárgola. No había nadie más en ese pasillo de Hogwarts.

Ginny salió tras la estatua y caminó con mucho cuidado, la varita siempre en alto y aguzando el oído. Ella no era estúpida, nadie la engañaba. Sabía exactamente qué estaba pasando: Se había dado cuenta cuando se reunió en la sala común, unas horas atrás, y no encontró ni a Harry, ni a Ron ni a Hermione. Era obvio que se habían quedado afuera, paseando por ahí, haciendo de las suyas. Y a ella siempre la dejaban fuera de sus aventuras, pero esta vez no sería así…

Así que, cuando vio a Neville bajar las escaleras de los dormitorios a toda prisa, corrió a preguntarle a dónde iba; pero Neville se limitó a decirle que estaba muy apurado (tenía una cara asustadísima) y se marchó sin contratiempos. Ella esperó cinco minutos, luego se puso de pie y salió de allí.

Todo eso, desde luego, antes de que bloquearan las entradas y salidas de las salas comunes. Una vez afuera, le había bastado caminar por uno o dos pasillos para descubrir lo que pasaba. Se había cruzado a una especie de Inferi lleno de sangre, que trató de atacarla en el pasillo del séptimo piso; valiente y resuelta como era natural en ella, Ginny no perdió el tiempo en lanzarle su mejor encantamiento mocomurciélago.

Luego, había pasado las siguientes horas moviéndose por los pasillos y petrificando o inmovilizando a tantas criaturas como podía. Así que, por ende, era plenamente consciente de que el castillo había sido invadido por fuerzas oscuras, y que, una vez más, Harry, Ron y Hermione estaban metidos en el tema.

Sin que le fallara el pulso por un segundo, Ginny se había colocado un pañuelo alrededor de la frente a modo de vincha, para correrse el flequillo de la cara, lo que le dio un aspecto tremendo a ninja o luchadora profesional. Se deslizó ágilmente por los pasillos, entre medio de las luces de los rayos y el agua que corría por algunos pasillos donde las ventanas se habían roto y el agua del diluvio entraba a chorros.

Había escuchado el mensaje de McGonagall, pero sabía que era inútil ir al despacho de Dumbledore. Harry, Ron y Hermione no estarían allí. Conociéndolos, estarían metidos hasta el fondo del asunto, tratando de resolverlo por sus propios medios.

Así que caminó por más y más pasillos, escondiéndose cada vez que oía ruidos. De pronto se detuvo, porque había llegado al pasillo del segundo piso, había bajado una escalera y se había quedado exactamente ante la puerta de la biblioteca. Vio que la puerta estaba abierta, y se apoyó de espaldas a la pared más cercana, con la varita lista para atacar.

Esperó, aguzando más el oído. El repiqueteo constante de la lluvia contra los vidrios, golpeando con toda potencia, le hacía imposible oír con claridad.

Respiró hondo, inflando su pecho y entrecerrando los ojos. Entonces, con mucha agilidad, salió corriendo y se metió en la biblioteca de un salto, cayendo al piso al instante y rodando en el suelo sobre sí misma mientras lanzaba un hechizo confundidor al aire e iba a parar exactamente tras el mostrador.

Una vez oculta allí, cerró los ojos, aún con la varita en alto, para oír mejor. Si hubiera alguien allí, alguien o algo, el sonido de su hechizo lo habría hecho salir. Pero el silencio era casi total, así que tomó valor y se puso de pie de un salto, abriendo los ojos mientras lo hacía y apuntando su varita hacia todos lados, casi de manera profesional.

Pero no había nadie allí.

Lentamente, Ginny dio unos pasos más adentro de la sala, aún mirando hacia todos lados y apuntando.

Fue entonces cuando vio lo que había en el suelo.

Entrecerró los ojos y se acercó con cuidado, sin dejar que aquello que había visto la distrajera. Podía ser una trampa.

Se agachó, aún mirando hacia todos lados, y levantó el pergamino del suelo. Entonces corrió a toda velocidad afuera de la biblioteca y se alejó subiendo las escaleras que había ante la puerta nuevamente, a toda velocidad. Cuando llegó al pasillo del tercer piso, se metió en el primer aula que encontró, cerró la puerta tras ella rápidamente y encendió la luz de su varita al tiempo que la apuntaba hacia el interior del aula también.

Pero no había nadie allí tampoco.

Cerró la puerta con un conjuro y se quedó con la espalda pegada a ella, aún mirando hacia adelante, por si algo salía por debajo de un pupitre o por el armario de libros al fondo. Pero, por el momento, no parecía que hubiera nada ni nadie allí…

Recién entonces, cuando estuvo más segura de que su seguridad no se vería comprometida allí, abrió el pergamino que había juntado del piso de la biblioteca. Era, tal como creyó, el mapa del merodeador.

¿Qué hacía el mapa del merodeador en el suelo de la biblioteca?

Quien sea que lo había utilizado, no había dicho "travesura realizada", porque podía verse absolutamente todo.

Por un lado, estaba muy agradecida de haber dado con aquello, porque ahora podría ubicar a Harry, Ron y Hermione fácilmente. Pero, por otro lado, le preocupaba que eso hubiera quedado allí, porque quería decir, sin ninguna duda, que Harry había estado en la biblioteca y, por alguna razón, había extraviado el mapa. Lo que, de ser posible evitar, Harry jamás hubiera hecho…

El primer lugar en el que buscó fue en la biblioteca, pero no había nadie allí. Recorrió los pasillos con un dedo, sobre el papel que representaba el castillo, en busca de sus amigos. Pero no había nadie en los pasillos, todo el mundo estaba dentro de sus salas comunes…

Fue entonces cuando su dedo se detuvo ante dos figuras que caminaban en un lugar muy alto del castillo…

Las inscripciones "Molly Weasley" y "Arthur Weasley" iban una junto a la otra, caminando casi en círculos, por el aula de Adivinación, en lo alto de la torre Norte.

¿Cómo era posible? ¿Qué demonios hacían sus padres, a esas horas de la noche, adentro de Hogwarts y haciendo un tour por la sala de Adivinación?

Fuera lo que fuera que hicieran allí, Ginny tenía que averiguarlo. Salió del aula, mirando hacia todos lados con precaución, y subió más y más escaleras…

Un rato después, y sin haberse cruzado a nadie por el camino (pero sí llevándose varios sobresaltos cuando creyó ver a alguien por el rabillo del ojo), Ginny llegó a la torre Norte y empezó a subir por las interminables escaleras espiraladas que conducían al aula de Adivinación.

Una vez que estuvo bajo la puerta trampa, Ginny se detuvo y reflexionó sobre aquello. Sacó el mapa una vez más y contempló las dos figuras con el nombre de sus padres. Seguían allí, pero ahora habían dejado de caminar y estaban fijas en un mismo punto, más o menos por donde estaba el escritorio de la profesora Trelawney.

Ginny tomó fuerzas, mientras miraba hacia las escaleras por las que acababa de subir y luego hacia arriba, donde estaba la puerta trampa con la cuerdita que colgaba. No se oía nada más que la lluvia atroz, y, desde la ventana más cercana, podía ver lo alto que estaba en esa torre, con los terrenos del castillo sombríos y bañados en agua, iluminados por las figuras de los rayos, que se dibujaban no muy lejos de allí, tras las montañas y entre el bosque. No podía verse el tornado desde aquel lado de la torre, pero sí la forma espiralada de las nubes en el cielo…

Ginny respiró hondo, levantó el brazo y tiró de la cuerda.

La escalera que conducía a la sala de adivinación bajó con un chirrido ensordecedor y se plantó ante ella.

Ginny miró hacia arriba. La sala de Adivinación era algo negro como boca de lobo. Probablemente debido a las espesas mantas que la profesora colocaba tapando las ventanas, lo que seguramente evitaba que la luz de los relámpagos ingresara allí. Lo cierto es que, mientras subía las escaleras, con la varita siempre en alto ante ella, sintió que se metía al ático oscuro y tenebroso de una vieja casa abandonada.

Esa sensación estuvo con ella mientras terminaba de subir. Entonces se encontró a sí misma, sola, en la entrada del aula de adivinación. El aula estaba completamente oscura; tal como pensó, unas mantas enormes tapaban las ventanas, y cada vez que caía un rayo la tela era iluminada de blanco, pero aún así no entraba suficiente luz como para ver nada allí dentro.

Ginny pegó un sobresalto cuando la escalera-trampa subió de golpe de golpe y se cerró con un estruendo horrible. Giró en redondo sobresaltada. No tenía idea de que esa escalera pudiera cerrarse sola.

-¡Lumos! -susurró. Su varita se encendió e iluminó el aula. Podía ver claramente el escritorio de la profesora Trelawney ante ella, alumbrado por el haz de luz blanca que emitía su varita. Todo lo demás era tinieblas.

Despacio, Ginny caminó hacia el escritorio. No se atrevió a pronunciar palabra, supo que era estúpido decir "¿mamá?" o "¿papá?", porque era obvio que ellos no estaban allí.

Era una trampa, lo había sabido desde un principio. Aún así, no era lo bastante cobarde para huir. Si alguna criatura horrenda quería vérselas con ella, y por eso había hecho que el nombre de sus padres figuraran en el mapa, entonces ella iría a buscarla para matarla.

Ginny se sentó en el escritorio de la profesora Trelawney, mientras movía la varita de un lado a otro para que el haz de luz blanca iluminara las distintas partes de la oscura aula. Podía ver los sofás, las mesas, pero no había nadie allí.

Entonces se llevó otro sobresalto, porque la bola de cristal ante ella se había iluminado de pronto, resplandeciendo en luz blanca.

Asombrada, Ginny dirigió la mirada hacia la bola de cristal. Sus ojos estaban iluminados de blanco, y sus labios se abrieron un poco, para exhibir una cara de asombro y sorpresa similar a un hechizo, a un hipnotizamiento.

No podía creer lo que veía. La bola de cristal había empezado a reproducir una serie de imágenes maravillosas, tan maravillosas que todo el miedo que había sentido instantes atrás desapareció de golpe. Había unas imágenes bellísimas de ella y Harry de la mano, caminando por un prado, riendo juntos…

Era imposible que algo malvado hubiera provocado aquello. Sencillamente imposible. Eran las imágenes más hermosa que hubiera visto nunca…

-Es hermoso, ¿no es así? -preguntó una voz suave.

Ella no se movió, no apartó la mirada. No podía despegar los ojos de la bola de cristal. Se limitó a asentir con la cabeza, hipnotizada.

-Claro que es hermoso -dijo la voz. Entonces, una mano blanca y huesuda apareció junto a la bola de cristal, sobre la mesa. Pero Ginny no levantó la cara para ver quién estaba allí, quién se había sentado a su lado. No podía despegar los ojos de aquellas imágenes. Ella y Harry recostados en el césped de un lugar soleado, sonrientes…

-¿Qué es esto? -preguntó Ginny, con voz débil.

-Esto, querida mía, es tu futuro -dijo la suave voz.

Ginny curvó los labios en una sonrisa. Vio, por el rabillo del ojo, como la mano pálida y huesuda se apartaba de la mesa. Entonces la sintió en su cabeza, en su cabello: La mano estaba acariciándole el cabello, como a una niña pequeña le acaricia el cabello su madre. Ginny dejó que la mano la acariciara y continuó mirando la bola de cristal…


-¡AVADA KEDABRA! -volvió a gritar Ron, con todas sus fuerzas. Se había asegurado, desde luego, que Hermione estuviera a salvo tras él, porque no quería que, en esa oscuridad implacable, el hechizo fuera a darle a su amiga…

Finalmente, tras una lucha que había llevado más de media hora, logró matar al último de aquellos seres que los habían atacado.

-¿Ya vencimos a todos? -dijo Hermione.

-Sí -dijo Ron, apuntando alrededor con la varita. Luego de que empezara la pelea, con un Inferi que había tirado del pelo de Hermione, tanto él como ella habían encendido el Lumos, porque se dieron cuenta de que era absurdo no hacerlo: las criaturas ya sabían que estaban ellos allí.

Entonces, ahora con luz, habían visto al menos a cinco Inferi que se les lanzaban encima. Habían estado peleando con ellos todo el rato: por momentos parecía que ellos lograrían vencerlos, porque les quitaron sus varitas y tuvieron que recuperarlas luchando con manos y uñas. Sin embargo, luego de todo aquello, los habían matado a los cinco.

Ahora, Hermione y él estaban rasguñados y sangrando por todas partes, pero vivos y con sus varitas en la mano. La luz de sus varitas alumbraba a los cadáveres ya vencidos, a las rocas de las paredes a su lado y al techo también de roca, que se alzaba a unos cinco metros sobre ellos.

-Vamos -dijo Hermione-. Es ridículo seguir a oscuras. Avancemos con luz, y si vemos a alguien, lo matamos.

Ron miró a Hermione a los ojos. Ambos estaban respirando agitados, y se sentían mucho más valientes que antes, ahora que habían matado a cinco Inferi ellos solitos.

-Bien, vamos.

Ambos miraron hacia adelante, levantaron las varitas, haciendo que el haz de luz diera contra las paredes de roca y la negrura que se levantaba en la distancia, y volvieron a correr.

Lo que no se dieron cuenta fue que, durante la pelea, el reloj de pulsera de Hermione se había desprendido y caído al suelo. Ahora, el segundero se dirigía hacia el doce, junto con el minutero, y la manecilla se acababa de mover hacia el número cuatro.