Capítulo 2. El síntoma
El vapor flotaba en el aire. El aire caliente cubría todo el baño y empañaba sus paredes de roca. El agua de la ducha caía hirviendo. Finalmente, Hermione giró la llave de agua, cerrándola. Corrió la cortina de la ducha para alcanzar la toalla, que estaba del otro lado.
-¡Sorpresa! -se oyó un grito femenino.
-¡AHHHHHHHHHHHHHHHHHH! -el chillido de Hermione resonó por las paredes e hizo eco por todo el castillo. Lavender estaba del otro lado, sostenía su celular en la mano, y acababa de sacarle una foto.
Completamente desnuda.
-¡VEN AQUÍ, AHORA MISMO! -chilló Hermione, tropezándose y envolviéndose con la toalla mientras corría fuera del baño y hacia el dormitorio que compartía con las otras cuatro chicas.
Lavender reía encima de una cama, con el teléfono en la mano. Todas las chicas se estaban descostillando de la risa.
-¡DENME ESO! -gritó Hermione, más furiosa que en toda su vida. Corrió hacia Lavender, pero ella le lanzó el teléfono a Parvati, que lo atrapó al vuelo. Echando humos, Hermione se dio la vuelta y se abalanzó sobre su propia cama. Tomó su varita de la mesa de luz y apuntó a Parvati a toda velocidad, sin darle tiempo a reaccionar. -¡ACCIO TELÉFONO!
El celular se desprendió de las manos de Parvati y voló hacia Hermione, que lo atrapó al vuelo.
-¡Espera! -gritó Lavender, desde su cama, extendiendo un brazo hacia ella, ya sin reír-. ¡No lo rompas! ¡Solo era una broma, Hermione!
Hermione desbloqueó la pantalla y su fotografía desnuda, con cara de sorpresa y saliendo de la ducha, apareció ante ella en la pantalla del celular. De inmediato, borró la fotografía. Solo en ese momento pudo respirar aliviada. Lentamente, sus ojos se dirigieron a Lavender.
-Solo era una broma, vamos -repitió ella. Hermione no dijo nada, pero le lanzó su teléfono de vuelta y regresó al baño, para terminar de vestirse. Cuando cerró la puerta tras ella, oyó que las cuatro rompían en carcajadas otra vez.
Angustiada, se miró a sí misma en el espejo. ¿Por qué le pasaba eso? ¿Por qué tenía que estar en cuarentena con esas cuatro chicas que no dejarían de molestarla, en el mismo dormitorio? ¿Por qué no podía estar con alguna buena amiga?
Claro. Porque no tenía una buena amiga. Solo tenía dos amigos, uno de ellos del que estaba locamente enamorada en secreto. Pero ellos no estaban allí con ella. Estaba sola con la estúpida de Lavender Brown, la maldita Parvati Patil, y las otras dos.
¿Qué se sentiría tener una buena amiga? Se dio cuenta de que nunca, en sus trece años de vida, había experimentado aquello. Con una mujer, al menos, no.
¿Qué se sentiría?
-Vaya, tú sí que eres la mejor amiga -Luna Lovegood sonrió ampliamente, al ver a Ginny-. Realmente te has arriesgado.
-No iba a pasar mi cuarentena encerrada en un dormitorio de Gryffindor con Leanne Blockmore, Tina MacDonald, Tessa Kirke y Joselié Croug. Sabes que no soporto a la mayoría de ellas.
-Pero te arriesgaste mucho, amiga -dijo Luna-. ¿Cómo hiciste para llegar hasta la torre Ravenclaw sin que nadie lo notara?
-Bueno, primero pensé en escabullirme por los pasillos -dijo Ginny-. Tendría que lograr sortear a los prefectos, a Peeves, a los profesores que podía haber haciendo guardias, y encima de todo responder a la adivinanza para ingresar a la sala común de ustedes. Y todo esto sabiendo que, si me pescaban, la orden del director es expulsar al alumno o alumna que viole la cuarentena.
-¡Exacto! -dijo Luna, con sus ojos azules bien abiertos, como platos-. ¡¿Cómo lo hiciste entonces?! -insistió, intrigada.
-Bueno, pues, me di cuenta que había una forma mucho más fácil. Se me ocurrió mientras miraba por la ventana de mi habitación, en la torre Gryffindor. Da justo hacia esta torre, ¿sabes? Y pensé, ¿quién está monitoreando los cielos? Pues nadie. Los profesores y prefectos solo monitorean los pasillos. Así que tomé mi escoba de Quidditch, abrí la ventana, me despedí de las otras tontas y volé hasta aquí.
-¡Fascinante, Ginny!
-¡Sí! Ni siquiera necesité responder a la adivinanza, porque me metí por una ventana. Era la de un cuarto de aquí al lado. Las chicas que ocupaban el cuarto, que son mayores, estaban algo molestas de que me colara por su ventana, pero no creo que me delaten. No parecían querer armar alboroto. De hecho, eran un montón de amargadas.
-¿Amargada yo?
-Sí, Cho, te veo mal últimamente.
-¿Y qué quieres que haga, Marietta? Estamos aquí encerradas en este cuarto. No podemos salir para absolutamente nada. La verdad es que no me lo estoy pasando precisamente genial.
Cho se dejó caer en su cama y se quedó mirando el techo. Hacía horas que no hacía otra cosa más que eso.
Pensar era lo único que le dejaba la cuarentena.
Dejó que los pensamientos flotaran por su mente. Pensamientos que en su mayoría tenían que ver con Cedric Diggory, el chico que le gustaba.
-Le mandaré un whatsapp -concluyó, estirándose para tomar su teléfono de la mesa de luz.
-¡No! ¡Estás loca! -Marietta se lanzó y alcanzó el teléfono primero.
-¿Qué haces? Dame mi teléfono.
-¡No permitiré que lo hagas!
-No le enviaré una lechuza. Sabes que las cartas pueden transmitir el virus, por el contacto con el papel. Por eso nos recomendaron usar celulares para comunicarnos y Dumbledore cambió esa magia del colegio que impedía usar cosas muggle.
-Cho, no te hagas la tonta, sabes bien de lo que estoy hablando. Debes olvidar a ese chico.
-Pero no puedo, Marietta. Me la pasé fantástico en esa cita que tuvimos la otra vez, en nuestra primera salida a Hogsmeade del año. ¿Te conté que tomamos el té juntos en lo de Madame Tudipié?
-Solo un millón de veces.
-Y tomó mi mano…
-Y tomó tu mano -repitió Marietta, de memoria-. Y dijo que le gustabas mucho.
-¡Sí!
-Y luego se fue.
-Bueno, tú sabes, tenía prácticas de Quidditch…
-Pero se fue, Cho. ¿Por qué se iría, si le gustabas tanto?
-¿Por qué me diría que le gusto mucho si no le gusto? No tiene sentido.
-Tenía entendido que tú estabas presionándolo desde el primer minuto de la cita para que te dijera eso.
-Claro que no… Bueno… Quizás, un poco, nada más.
-Ya olvídalo, Cho. No le escribas. Si le gustas de verdad, él te escribirá a ti.
Cho protestó, pero no insistió en recuperar su teléfono. Otra vez su amiga había conseguido que entrara en razón. Respiró hondo y volvió a quedarse mirando el techo.
-¿Has notado que el techo tiene una mancha?
-¿A dónde? -preguntó Anthony Rickett.
-Allí, mira -Cedric apuntó a una parte en la esquina superior del cielo raso de su dormitorio-. ¿La ves? Parece de tierra, ¿no lo crees?
-No lo sé, amigo.
-Vamos, allí, hombre. En esa equina. Estos elfos son un desastre. No dejo de encontrar cosas sucias en este dormitorio.
Cedric resopló y lanzó una pequeña bola por el aire, que rebotó en una pared. Se lo notaba fastidioso.
-Estoy harto de esta cuarentena, quiero que se termine ya.
-Pues acostúmbrate, viejo. La cosa tiene para largo -dijo otro de los ocupantes del dormitorio, desde la cama más lejana.
-Deberíamos irnos de aquí -dijo Cedric-. ¿Qué sentido tiene estar encerrados? Si estuviera en casa de mis padres, al menos, podría estar practicando jugadas en el jardín trasero en vez de estar encerrado en un dormitorio de dos por dos.
-Es peligroso, no podemos irnos -dijo Anthony-. Podría agarrarnos el virus si tratamos de irnos del castillo.
-¿Pero de qué hablas? Oye, honestamente, ¿te oyes cuando hablas? -dijo Cedric, con ímpetu-. Hombre, somos magos. M-A-G-O-S. ¡Podemos aparecernos de un lugar a otro al instante, maldición! ¿De qué riesgo me hablas? Podría estar en casa de mis padres en un segundo.
-No, porque eres menor de edad para aparecerte aún.
-Solo me falta un año. Cuando estemos en sexto, el año que viene, ya cumpliré diecisiete y podré aparecerme.
-Mientras tanto, tendrás que quedarte en este dormitorio, Cedric. Acéptalo.
-Pero. ¿Y qué me dices de la red flú? Mis padres están conectados. Podría llegar allí en treinta segundos con la red flú.
-Toda la red flú fue desactivada por completo, por el Ministerio de la Magia -dijo otro de los chicos-. Para evitar el transporte de magos. No quieren que nadie se ande por las calles. Esto es serio. No quieren que nadie se mueva de donde está. Puede propagarse el virus.
-No va a pasarnos nada a nosotros, amigos. Hufflepuff no tiene Horrovirus. No hay casos.
-No lo sabes.
-Vamos, todos lo saben. Somos la única casa sin casos de Horrovirus. Mientras ningún imbécil ande entrando o saliendo de aquí, no pasa nada. Eso va para ti, Cedric.
Con otro resoplido de fastidio, Cedric lanzó la bola otra vez contra la pared.
-¿Puedes dejar de lanzar cosas por el aire?
-Lo siento -dijo Ron-. Es mi forma de matar el aburrimiento.
-Pues lanzar bolillas de páginas de El Profeta por la habitación no va a hacer que se termine la cuarentena -dijo Seamus, desde la cama más lejana a la suya.
-Es que leo las noticias todo el día. Me obsesiono tanto leyéndolas, que luego me fastidio y quiero destrozar el periódico.
-Todos vamos a morir -decía Neville, jugando con sus dedos mientras se movía de forma inquieta en su cama.
-Ya basta, Neville, no vamos a morir -dijo Harry-. Tienes que dejar de pensar que…
Pero Ron ya no escuchó el resto del discurso de Harry. Cerró los ojos, se acostó de nuevo y volvió a soñar despierto con la persona con la que en verdad quería estar en ese momento.
Hermione.
¿Por qué el destino los había tenido que separar así? Justo cuando pensaba que estaban empezando a compartir más cosas juntos. Unas semanas atrás, habían empezado a practicar hechizos juntos luego de que ella terminara largas redacciones para sus múltiples asignaturas.
Si tan solo, algún día, tuviera el valor para decirle que la amaba. Para decirle que pensaba en ella día y noche. Lo había pensado tanto, que había tomado la decisión de confesarle de una vez lo que sentía por ella. Y justo, justo cuando pensaba que lo haría, que uno de esos días lo haría, la voz amplificada de McGonagall anunció que todos debían irse a sus dormitorios.
Y quedó separado de ella.
Hermione giró los ojos al otro lado del cuarto. Las chicas cuchicheaban en voz baja sobre algo y lanzaban risitas.
Hasta ahora, nunca había sentido odio por sus compañeras de cuarto. Solo indiferencia, o falta de amistad. Pero ahora un verdadero odio estaba naciendo dentro de ella.
Lavender alzó la mirada hacia Hermione, luego murmuró algo en voz baja a Parvati y ambas empezaron a reír como tontas. Estaba claro que se estaban burlando de ella.
Sin aguantarlo más, Hermione se puso de pie y las enfrentó.
-¿Se puede saber qué demonios murmuran?
Ambas quedaron en silencio. Lavender puso cara de ofendida.
-¿Qué te pasa, rarita? -le espetó-. Nadie te habló a ti.
-Yo creo que estaban hablando de mí.
Las otras dos chicas alzaron la mirada, para ver qué pasaba, desde sus camas.
-Tranquila -dijo una de ellas, al ver que Lavender buscaba su varita.
-No me digas que me quede tranquila, Fay -dijo Lavender-. Esta rarita no va a decirme a mí…
Hermione, explotando de furia, fue a agarrar su propia varita, harta.
-¡Alto ahí! -gritó otra de las chicas.
Pero era tarde. Hermione se acercó a Lavender con la varita apuntándola, y esta reaccionó, tomando su propia varita y apuntando a Hermione a toda velocidad.
-¡Desmaius! -gritó Lavender.
Todas contuvieron el aliento, esperando el golpe del hechizo. Hermione misma cerró los ojos, esperando ser golpeada y volar por los aires, porque no había hecho a tiempo de pronunciar un contra-hechizo.
Pero nada pasó.
Todas quedaron petrificadas.
-Qué rayos -Lavender miró su varita, confundida, como si analizara algún desperfecto mecánico, y volvió a apuntarla hacia Hermione-. ¡Petrificus Totalus!
Pero nada pasó tampoco.
Y entonces Parvati se apartó de su amiga de un salto, como un resorte, gritando y lanzando alaridos de terror, hasta quedar a muchos metros de distancia.
-¡LLAMA A MCGONAGALL! -gritó, de inmediato, como histérica.
-¿Qué? -Lavender miró a su amiga, confundida-. ¿De qué rayos hablas, Parvati?
Pero Fay ya tenía su celular en la mano y, con el rostro lleno de pánico y horror, buscaba en su agenda de contactos a toda velocidad.
-¡RÁPIDO, PÁSAME EL TELÉFONO!
Parvati, hecha un desastre de los nervios y sin dejar de chillar, alterada, tomó el teléfono y empezó a hablar a los gritos.
-¡AUXILIO! ¡PROFESORA, AUXILIO! ¡LAVENDER TIENE EL PRINCIPAL SÍNTOMA! ¡VENGAN AHORA MISMO, LLÉVENSELA! ¡YA ME OYÓ! ¡LAVENDER ESTÁ INFECTADA!
