Capítulo 4. Las muertes


Pensó que se había quedado dormida, pero pronto supo que no era así. Hermione miró la hora: las 03:00 a.m. Suspiró, apartó las sábanas y se sentó en la cama.

Sus tres compañeras de cuarto estaban hechas bollos en sus camas, respirando lentamente o incluso roncando, en el caso de Parvati. No había muchas probabilidades de que alguna de ellas estuviera despierta también.

Hermione había estado pensando en Harry, llorando en su almohada y sufriendo por su reciente descubrimiento de que él no la había elegido en ese juego como la chica que le gustaba.

Luego de meter unos frascos de vidrio que sacó de debajo de su cama en su mochila, que se colgó al hombro, Hermione caminó en silencio hacia el baño. Parecía un extraño complemento para llevar al pequeño baño de su dormitorio, una mochila.

Una vez adentro, encendió las velas de la pared con su varita y trabó la puerta con un alohomora desde adentro.

Entonces empezó a caminar ante el espejo, primero hacia un lado, luego hacia otro. Mientras lo hacía, iba con los ojos cerrados, y pensando en una sola cosa: Harry.

Con un pequeño chirrido, que no creía fuera muy audible desde el dormitorio, el lavamanos empezó a hundirse en la pared. Al mismo tiempo, algunas baldosas del piso empezaron a hacerse a un lado, girando en su lugar y abriendo un hoyo en el suelo allí donde antes estaba el lavamanos.

No era mucho más ancho que ella, que ya de por sí era solo una delgada niña de trece años. Hermione entraba justo en el hoyo. Pasó un pie, y luego otro. Se sujetó con las manos del borde de los cerámicos mientras sus pies parecían caer a un hoyo sin fondo. Pero luego de quedar colgando en la oscuridad del piso de su baño, sosteniéndose solo con ambas manos del borde, la niña se soltó y cayó solo un par de centímetros antes de que sus pies tocaran el firme suelo de roca.

-¡Lumos! -exclamó. Su varita iluminó una serie de escaleras de roca muy angostas y pequeñas, donde una persona adulta no cabía, que bajaban en espiral, como una escalera de caracol.

Empezó a bajar por ellas. Mientras lo hacía, recordó el día que había descubierto ese lugar. Había sido un año atrás, en la época en que se había abierto la Cámara Secreta. Ella estaba en el baño de su dormitorio una noche, llorando. Recordó que lloraba porque alguien se había burlado de ella en una clase. La niña, entonces de doce años, estaba encerrada en el baño de su cuarto llorando, y deseando que Harry estuviera allí con ella consolándola.

Él era el único niño tan bueno y noble como para notar la existencia de alguien como ella. Y ella empezó a invocarlo desesperadamente en ese baño, deseando que él estuviera allí, que estuviera allí con ella para abrazarla y consolarla.

Lo deseó tanto, pero tanto, que de pronto se oyó un chirrido y, asustada, contempló como el lavamanos se hacía un lado para revelar ese hoyo en el suelo. Astada pero también intrigada por aquello, la niña había entrado y había recorrido ese trayecto por primera vez, descubriendo ese lugar secreto.

Ahora, un año después, se sentía más terrible bajar esas escaleras de caracol, de antigua piedra, sin ninguna luz más que la de su varita, porque se suponía que estaban en cuarentena y que cualquier alumno encontrado fuera de su habitación sería expulsado de la escuela de inmediato y sin posibilidad de argumentación.

Pero, siendo que solo ella conocía ese lugar, ¿a quién iba a contagiar, o de quién se iba a contagiar? Sabía que no habría absolutamente nadie en la sala a la que estaba yendo, porque solo ella podía entrar allí.

Cuando el tramo de angostas escaleritas terminó, empezó un túnel recto, que, según sus cálculos, debía ser adyacente al pasillo del séptimo piso fuera del retrato de la Dama Gorda. Pero este túnel era muy, muy angosto, casi como si más que un túnel fuera un espacio hueco dentro de la misma pared de rocas. Incluso, el techo era tan bajo que sospechaba que eso se debía a que había ventanas arriba de él, las enormes ventanas que había en uno de los lados del pasillo de séptimo piso.

Luego de andar un buen rato por el túnel, y de que este diera algunos recodos, y subidas y bajadas por pequeños tramos de escalera rocosa, llegó.

Una vieja puerta de madera la separaba de la sala secreta.

Hermione la abrió e ingresó a una gigantesca sala iluminada por abundantes velas en todas las paredes, con enormes vitrales en lo alto, con música que era emitida de forma mágica por arpas que había distribuidas por la sala, violines que se movían solos y pianos antiguos cuyas teclas eran presionadas solas, mediante magia.

Empezó a caminar hacia el centro de la enorme sala, donde había una enorme estatua, una estatua que replicaba a la perfección a Harry Potter.

-Hola, mi amor -lo saludó, acariciando al paso la roca de la escultura. Todas las paredes estaban llenas de fotografías de Harry, de ilustraciones de Harry, de figuras en forma de rayo y de réplicas de los lentes del chico.

Había estanterías llenas de libros. Hermione tomó uno al azar y empezó a leer en una de las páginas un poema que ella misma había escrito, tiempo atrás:

-Harry, mi amor, cuando te veo pasar ante mí, el mundo se derrite bajo mis pies. Dejo de sentir cualquier ápice de la realidad. Todo dentro de mí se convierte en ti. No sé si es real o si he vuelto a fantasear…

Siguió leyendo, y se dejó caer en un sofá, que estaba bañado de un inexplicable olor a Harry. ¿Sería el olor de su champú? Aún no lo había descubierto.

Había una puerta en esa sala, una enorme puerta principal, que llevaba al pasillo del séptimo piso. Sin embargo, una vez que ella estaba del otro lado, la puerta desaparecía, y nadie podía verla. Nadie podía entrar allí, y nadie más que ella sabía que esa sala existía.

Era una sala que había sido creada solo para ella, lo sabía. No podía explicar cómo había pasado. Era como si la sala le diera a la bruja o mago la capacidad de transformarse en lo que sea que más necesitara. Y como si, de alguna forma, aunque ella no estaba cerca de esa enorme puerta principal, sino en el baño de su cuarto, en lo alto de la torre Gryffindor, la sala le había extendido un túnel secreto hasta su baño para que ella, en ese desesperado momento de necesidad, pudiera acceder.

La habitación estaba completamente dedicada a Harry, y a su enorme, gigante, amor por él. Y ella, cada vez que lo necesitaba, cada vez que se sentía en la desesperada necesidad de evocar a su amor platónico, iba a esa sala y se dejaba caer en sus sofás, dejaba que la música de los violines inundara su alma y dejaba caer las palabras con las que expresaba esa angustia existencial de amar al chico con la cicatriz en forma de rayo en uno de los muchos libros en blanco que reposaban en las estanterías, esperando para que ella los llenara de su poseía.

Un rato después, cuando se sintió mejor, se incorporó de ese sofá de seda roja y caminó hacia unas largas mesas llenas de calderos e ingredientes de pociones. Tomó de su mochila los frascos que había llevado allí, y empezó a verter sus contenidos en los calderos. Encendió un fuego bajo ellos y revolvió lo que había dentro con largos cucharones de madera.

Luego de un rato, miró la hora: las 04:00 a.m. Una hora era más que demasiado tiempo para pasar en el baño.

Bajó el fuego y aplicó el encantamiento que lo controlaba, para que se apagara automáticamente cuando llegara el momento. Luego tomó su mochila y se marchó de allí, de regreso a su dormitorio.

Harry no se podía dormir. El estar en cuarentena hacía que la hora del sueño cambiara, y mucho. Se quedaba jugando estupideces o leía noticias en su celular, y cada vez se dormía más tarde.

Esa noche, sin embargo, se quedó releyendo los chats que había tenido con ¿Amor Sí? Volvió a abrir esa misteriosa conversación con la chica que estaba enamorada de él.

"Quiero que sepas que estás en lo profundo de mi corazón. Que mi amor por ti es enorme. Enorme pero oculto. Siempre he soñado con el día en que pudiera revelarte lo que siento. Pero jamás me he animado".

¿Quién sería?

Finalmente, se quedó dormido, y tuvo un extraño sueño en el que Cho Chang le daba una gran paliza en el Quidditch, lo humillaba ante todo el colegio y un montón de dementores comiendo palomitas de maíz en las gradas lo señalaban y se reían de él.

¿Por qué Dumbledore permitía que los dementores se sentaran en las gradas del estadio a ver el juego? ¿Y por qué les permitían comer palomitas de maíz?

Vio que Dumbledore también lo estaba señalando y riéndose con muchas ganas mientras Cho le lanzaba una bludger por la espalda y Harry caía de su escoba, girando hacia el suelo, más y más y más…

Abrió los ojos. Aún era de noche. Harry tomó su celular y vio que aun estaba abierta la conversación con la chica que gustaba de él. De pronto, empezó a escribir la línea número 11:

"Oye, siento no haber hablado más. Pero, aunque no hayamos coincidido, creo que podemos hablar, ¿no es así?".

Envió el mensaje. Pensó que quizás la app no le permitiría seguir hablando luego de las diez líneas de texto, pero se lo permitió sin problemas. Arriba seguía diciendo "AMOR NO", pero Harry ignoró eso y siguió escribiendo como si se tratara de un mensaje normal:

"Cuéntame de ti. ¿Qué cosas te gusta hacer? Cuando no estás en cuarentena, claro".

Harry sonrió y cerró los ojos. Y esta vez, luego de quedarse dormido, tuvo sueños más tranquilos.


DESASTRE EN BEAUXBATONS

La escuela de magia y hechicería más grande del mundo, Beauxbatons, ubicada en Francia, está experimentado el peor momento en todos sus siglos de historia académica.

Con una matrícula que este año alcanzó los 25 mil estudiantes, recibiendo no solo alumnos de Francia, sino todos los niños magos y brujas de España, Italia, Alemania, Países Bajos, incluso Irlanda, y de la mayoría de los países de Europa occidental y oriental (exceptuando Gran Bretaña y los países nórdicos, que tienen a casi el 100% de sus niños magos asistiendo a las escuelas de Hogwarts y Durmstrang, respectivamente), e incluso siendo la escuela de magia de los niños y niñas magos de África que tienen acceso a una educación; la escuela está en este momento dejando a todos esos niños con un futuro muy incierto.

En las últimas 24 horas, se han contabilizado 700 víctimas fatales de Horrovirus, un incremento del 30% respecto a ayer. Estamos hablando de niñas y niños europeos que mueren cada hora con la enfermedad. Entre ellos, en las últimas 24 horas murieron hijos de magos y brujas famosos, como Ademaro Scheck Junior, hijo del famoso jugador de Quidditch del mismo nombre; Leopoldo González, hijo del famoso historiador español Augusto González; y Fleur Delacour, hija de la mitad-veela Apolline Delacour.

En total, a la fecha han muerto ya 5 mil estudiantes, un quinto del total de alumnos, y está infectada ¾ partes de la escuela. Esto supera a los peores pronósticos que hacíamos hace solo unos días, dando como resultado la catástrofe más grande de la historia para una escuela de magia, y al mismo tiempo una cantidad de muertes infantiles que es incluso mayor que las que se han contabilizado durante el reinado del Innombrable y el de Gellert Grindelwald juntos, para toda Europa.

Los expertos en epidemiología marcaron responsabilidades en la directora del colegio, Madame Olympe Maxime, que durante las primeras semanas de la epidemia dictaminó continuar con las clases normalmente, propagando así el contagio entre los estudiantes. Además, fuentes dentro del establecimiento nos han asegurado que no había ningún tipo de información sobre medidas de higiene y desinfección por parte de los profesores, ya que la directora no estaba preocupada y consideraba a la enfermedad "solo una gripecita de fin de invierno". No fue sino hasta hace una semana, cuando ya superaban las 2 mil muertes, que la directora declaró la emergencia, aislando a los alumnos en cuarentena y empezando a educarlos respecto a medidas de higiene para no contagiarse.

Los padres, angustiados, atestaron de cartas vociferadoras al Ministerio de la Magia Francés. Sin embargo, la nueva política de "no cartas" implementada por todos los países, para evitar la propagación del virus por papel, insta a que todos los magos y brujas del mundo se comuniquen mediante celulares muggles, y ya no por carta, por lo que ninguna de todas esas cartas ha llegado a oídos de los ministros. Sin embargo, la administración francesa ha tomado cartas en el asunto, aunque fuera ya tarde, enviando a una cartilla de más de veinte sanadores a atender a los infectados de forma permanente en el colegio.

Esta mañana, además, se ha oficializado el despido de la directora Madame Maxime, que ha sido desplazada de su cargo por orden del Secretario de Educación, y hay una guardia médica de emergencia permanente en la escuela, donde ya se suspendieron hace días todas las actividades académicas.

Recordamos a todos los padres de niños en cuarentena que, por el bien de ellos y de ustedes, no pueden retirarlos de sus colegios. Los gobiernos del mundo están de acuerdo en que el movimiento de miles de niños de regreso a sus hogares no haría más que aumentar la cantidad de contagios. Todo lo que podemos hacer en estos momentos es respetar la cuarentena, y desear que pronto se descubra una vacuna o una solución.

-Escrito por Betty Braithwaite, para El Profeta. 09 de abril de 2020.


-Vaya, esto es terrible -Ron dejó el periódico a un lado, y miró a sus compañeros con tristeza-. Todo el mundo está muriendo. Beauxbatons se ha convertido en una morgue. No sé qué va a pasar, pero esto es lo peor que haya pasado… nunca.

-En Hogwarts no estamos tan bien tampoco -dijo Seamus, con pesimismo-. Muchos elogiaron a Dumbledore, pero la verdad es que la primera cuarentena fue un fiasco. Aunque la declaró rápido, estar dentro de nuestras Salas Comunes no fue nada. Es decir, seguíamos estando en contacto entre todos nosotros.

-Sí, pero recuerda que nos hacían mantener un metro y medio de distancia, no tocar las mismas superficies, y tratar de estar en nuestros dormitorios la mayor parte del día -dijo Harry-. En verdad, la mayoría tenía miedo de bajar a la Sala Común, así que tampoco es como si hubiéramos estado todos juntos allí las dos semanas que duró.

-Igual, considero que debe haber habido muchos contagios en esas dos semanas -insistió Seamus-. De otra forma, no se explica como aún estamos teniendo casos nuevos de infectados todos los días.

-No puedes evitar eso -dijo Harry-. Mismo aquí, somos cinco personas juntas en un dormitorio. Es suficiente conque uno tuviera síntomas que no fueran visibles, porque muchos no lo son, para que otro se contagie sin saberlo. Mira el dormitorio de Hermione si no. Primero parecía que ninguna estaba infectada, y hace unos días se llevaron a Lavender, que tenía síntomas ya graves, sin saberlo. Y un par de días después se llevaron a la otra niña, ¿cómo es que se llama?

-¿Fay?

-No, la otra, la amiga de ella.

-Pobre, seguro todas morirán -se lamentó Neville, moviéndose nervioso en su cama con los brazos rodeando sus piernas.

-¡Neville! -lo reprendió Ron-. ¡No digas eso!

-Hermione estará bien -dijo Harry-. Ella es hija de muggles. Es muy, muy raro que un hijo de muggles muera por la enfermedad.

-Pero no imposible -acotó Seamus, con tanto pesimismo que Harry sintió deseos de arrojarle una almohada por la cabeza.

-Y, otra cosa positiva -continuó Harry, tratando de ver siempre el lado positivo-, es que ninguno de nosotros ha mostrado ningún síntoma en todos estos días que llevamos encerrados en este cuarto. Ni un solo síntoma. Siendo que ya nadie puede entrar o salir del dormitorio, podemos estar tranquilos de que todos estaremos bien hasta que todo esto termine.

-No estés tan seguro, Harry -dijo Dean-. Aún no pasó una semana de esta nueva cuarentena en los dormitorios. Los síntomas pueden aparecer incluso hasta una semana después de que contrajiste la enfermedad, o incluso más.

Harry se cruzó de brazos.

-Deberíamos video-llamar a Hermione -dijo Ron-. Debe sentirse sola y asustada, con todos los contagios que hubo en su dormitorio.

-Sí, buena idea -mientras los otros tres se ponían a ver cosas en sus teléfonos, Harry fue a la cama de Ron, se sentó a su lado, y este video-llamó a su amiga.

-¡Hola! -saludó Hermione momentos después, en la pantalla del teléfono. Ambos la saludaron con la mano, y ella les sonrió. Estaba sentada en su cama, en pijama, a pesar de que eran las dos de la tarde.

-¿Cómo estás, Hermione?

-Bien, creo -dijo ella, con una mueca-. Ayer se llevaron a Laura a la enfermería, así que, siendo ya la segunda en este dormitorio, la verdad las chicas están un poco… nerviosas -dijo eso último en voz muy baja, mirando de reojo a las otras camas que estaban más allá.

-Estarás bien -dijo Ron, tratando de tranquilizarla-. Eres hija de muggles.

-Si, lo sé, no estoy preocupada por mí -dijo ella, hablando en un susurro-. Pero Parvati está como loca. No deja de decir que vamos a morir todas, y se la pasa llorando todo el día. Es un ambiente muy tenso.

-Bueno, habla con nosotros mejor, para distraerte -le dijo Ron, con una sonrisa muy amplia que buscaba reconfortarla-. ¿Cómo está Crookshanks?

-Aquí anda, en mi cama, durmiendo -dijo ella-. Ya no lo dejo salir, claro. Tenemos todo cerrado para que no escape. Si se va, las chicas no dejarán que entre de vuelta. Tienen miedo que traiga el virus.

Hermione dirigió sus ojos hacia Harry.

-¿Cómo estás tú, Harry?

-Todo bien -dijo él, encogiéndose de hombros-. Te extrañamos, Hermione.

-¿De verdad? -dijo ella, con una extraña voz muy aguda y las palabras saliéndole entrecortadamente.

-Sí, claro -dijo Ron-. No es lo mismo sin ti. Ya me he cansado de Harry.

-Ya cállate -dijo Harry, riendo.

-De verdad, ya estoy cansado. No aguanto más todo esto.

-¿Y qué vas a hacer?

Draco entrecerró los ojos, muy serio. Estaba sentado en su cama, con el mentón apoyado en las manos, a pesar de que todos decían que no había que llevarse las manos a la cara, y había una gran paranoia con todo eso.

-Ya lo verás -le dijo a Crabbe, con misterio.

Blaise, que paró la oreja desde su cama, intervino en la conversación.

-¿Qué piensas, Draco?

-Pienso que no voy a quedarme aquí a esperar morir -dijo él, muy serio-. ¿Cuántas muertes ha habido hoy en Hogwarts?

-Unas tres, creo -dijo Theodore-. Ya van como quince, en total.

-¿Alguien de nuestra casa?

-Tracey Davies -dijo Blaise-. Salió en el reporte de McGonagall de hoy, estaba leyéndolo en mi teléfono recién. Luego de una semana en la enfermería, murió finalmente anoche.

Draco se tapó la cara con una mano.

-También se llevaron a la enfermería a Miles Bletchley, a Millicent Bulstrode y a Fergus Cowley… Entre varios otros.

-¿No lo ven? Más del 50% de los muertos en Hogwarts fueron alumnos de Slytherin. Eso se debe a que somos la casa más pura, con más alumnos sangre pura.

-¿Qué quieres decir?

-Digo que, si nos quedamos aquí, vamos a terminar como los de Beauxbatons, todos muertos.

-Pero ya es tarde -dijo Blaise, incorporándose en su cama-. Mira, Draco, los síntomas tardan hasta una semana en aparecer, o más. Si alguno de nosotros tiene el virus, seguramente ya se lo pasó a todos los demás en esta habitación, por lo que no sirve de nada irnos, da igual. Y si ninguno de nosotros lo tiene, entonces, ¿qué mejor que quedarse aquí, en vez de salir y arriesgarte a que te contagies en otro sitio?

Draco resopló y se cruzó de brazos, insatisfecho. Pero entonces movió los ojos hacia Blaise, lentamente.

-Si… Supongo que tienes razón.

De mal humor, cerró las cortinas de su cama y aplicó el encantamiento desinfectante en ellas.

-No moriré por culpa de estos cuatro tarados -dijo en voz muy baja, para sí mismo. Desbloqueó su teléfono y apareció ante él la conversación con Ginny en la app "¿Amor Sí?". Bueno, si es que podía llamarse "conversación" a un larguísimo mensaje enviado por él que jamás había sido respondido.

Aunque estaba marcado como "leído".

Con furia, Draco volvió a abrir la cortina y estrelló su teléfono contra la pared en un arranque de rabia. Este estalló en pedazos, volando sus distintas partes por toda la habitación.

-¡Oye! ¡¿Por qué rayos hiciste eso?!

-Lo siento -dijo Susan, y se apresuró a juntar las páginas de El Profeta del suelo-. Es que me di cuenta de algo. ¿Por qué El Profeta sigue viniendo en papel? ¿No es eso peligroso?

-Sí, es cierto -coincidió Ernie-. Creo que a partir de mañana lanzan la versión digital. Igualmente, he oído que desde hace semanas que las lechuzas que lo entregan en Gryffindor y en Ravenclaw lo dejan en la parte de afuera de las ventanas, y se van. No entran al dormitorio. Y, antes de agarrarlo, les aplican el encantamiento desinfectante. Así que no pasa nada, en teoría. Nosotros, que no tenemos ventanas en las habitaciones, estamos mejor aún. Las lechuzas van todas a la puerta redonda de entrada a la Sala Común, y los prefectos hacen una desinfección masiva de los ejemplares, que es mejor porque sabemos que los prefectos son más responsables que los alumnos.

-Menos mal -dijo Hannah, relejándose en su cama, con las manos tras la cabeza-. Tenemos que mantenernos como la casa sin contagios. Ya se lo dije yo a la profesora Sprout: Hufflepuff sobrevivirá todo esto como la única casa que no ha tenido ningún contagiado desde que la primera cuarentena dictada por Dumbledore separara a las cuatro casas y nos encerrara por separado. Para lograrlo, no basta con estar encerrados en nuestra casa, sino que también tenemos que cuidarnos de todo lo que pueda venir de afuera, como las lechuzas.

-Es verdad -coincidió Justin Finch-Fletchley-. Los Hufflepuff estamos demasiado relajados, para mi gusto. Más los que somos hijos de muggles. Algunos actúan como si nada pasara, paseando por los pasillos, yendo a la Sala Común a pesar de que está prohibido.

-Bueno, nosotros no somos que digamos el ejemplo a seguir -dijo Ernie, señalando a sus amigos-. Es decir, esta habitación era originalmente de niñas, y ahora miren…

Señaló a los cuatro, que eran mitad niños y mitad niñas, y todos rieron.

-Bueno, no puedo estar sin ver a mi gran amigo Ernie durante toda una cuarentena -dijo Hannah, guiñándole el ojo a su mejor amigo, Ernie McMillan-. ¿Quién va a aguantar todas mis palabrerías y ser mi psicólogo sino?

Ernie rio.

-Es verdad, es que no se puede estar tan estrictamente dentro de los dormitorios tampoco -dijo Susan-. Es muy aburrido. He oído que en las otras casas los prefectos están muy intensos, castigando a todo el que pudiera siquiera intentar salir de su cuarto. Nadie sale. Aquí, en cambio, los prefectos están muy relajados. Cuidan la entrada de la Sala Común como si sus vidas dependieran de eso, pero no hay mucho control interno en los pasillos de las habitaciones. Todos confían en que nadie aquí tiene el virus.

-Sí, no creo que tenga nada de malo mezclarnos entre las habitaciones. Siempre que nadie salga de la casa, la mantendremos como la única sin el virus.

-Además -dijo Susan-, Hufflepuff tiene otra ventaja, que creo fue importante para que el virus no entrara en primer lugar. ¿Qué es lo que caracteriza a nuestra casa, sobre todo?

-¿La Sala Común más cómoda de las cuatro? -dijo Justin.

-¡No! No me refiero a eso. ¡Es un sótano! Estamos un piso debajo de la tierra, muy aislados. No hay aire aquí proveniente de afuera. Sí, sé que el virus no se transmite vía aérea, sino por gotitas de saliva y todo eso. Pero igual. Es la casa más protegida y aislada de todas, todos lo saben.

-Es cierto -dijo Ernie-. Incluso más que Slytherin. Y ellos están parcialmente bajo el Lago Negro, ¿sabían? Uno diría que es un lugar muy aislado también.

-Sí, pero el problema de Slytherin es que se contagiaron varios de ellos rápidamente, y empezaron a transmitir el virus por toda la casa -dijo Hannah-. Y, como son todos sangre pura, empezaron a caer como moscas, uno tras otro…

-No lo digas así -dijo Susan, horrorizada.

-¡Pero es cierto! Durante años, los Slytherin siempre se han creído los superiores, los mejores del colegio. Siempre nos han tratado a los Hufflepuff como inútiles, como los peores, como la lacra. Como los que no tienen ningún talento, ni nada. Bueno pues, ¿quién ríe ahora? Hufflepuff es en este momento el lugar más seguro del castillo y quizás hasta del país, ¿por qué no? Es la casa sin contagios. Y Slytherin, con todo su esplendor y su sangre pura, son los que tienen más casos en todo el colegio. Creo que la historia les ha dado lo que merecen.

Aunque bastante oscuras, las palabras de Hannah parecieron hacer efecto en sus amigos, que asintieron entre sí, de acuerdo con ella.

-¿Cómo viene todo el tema del virus aquí, en Ravenclaw? -preguntó Ginny, mientras comía el desayuno que la prefecta, Penélope Clearwater, había dejado del lado de afuera de la puerta del dormitorio.

-Pues, se han llevado a muchos niños a la enfermería hoy -dijo Luna, leyendo en su celular el reporte matutino de McGonagall-. Una Ravenclaw que conocemos que fue llevada para internarse porque tiene el virus es Padma Patil.

-Oh, pobre Padma -dijo Ginny, apenada-. Su hermana Parvati debe estar muy afectada. Quizás se esté enterando en este mismo momento, con este reporte, ya que ella está en Gryffindor. Qué horror.

-Al menos vinieron sanadores del Ministerio para ayudar a Madame Pomfrey -dijo Luna, con optimismo-. Así que podrán atender mejor a los niños.

-Sí, supongo -dijo Ginny, con una mano en el mentón, mientras miraba a Luna con ojos brillosos.

-Gracias por haber venido a hacerme compañía, Ginny -dijo ella, con una sonrisa simpática-. Cuando anunciaron que teníamos que hacer cuarentena en los dormitorios, todas las demás niñas que dormían aquí se fueron a otros dormitorios de otras chicas, para pasar la cuarentena con ellas y no conmigo -lo relataba de una forma totalmente tranquila y con normalidad, como si no le afectara en lo más mínimo-. Está bien, no importa. Estoy acostumbrada a que me dejen sola. Me hubiera gustado que no se llevaran mis zapatillas, sin embargo, debo decir que hace un poco de frío aun para andar descalza.

-Yo te presto, tengo varios pares -dijo Ginny, con tristeza.

-Pero luego tú viniste -dijo ella, continuando-. Y me di cuenta que no iba a estar tan sola en esta cuarentena como creí. Gracias.

-De nada -dijo Ginny, y se puso de pie, tomando valor-. De hecho, Luna, hay algo que tengo que decirte…

Pero Luna la interrumpió, sin haber escuchado eso último.

-Pero supongo que las amigas siempre están la una para la otra, ¿no es así? -continuó Luna, con voz soñadora-. Y tú eres mi mejor amiga, Ginny.

-Sí, claro -Ginny tragó saliva con esfuerzo-. Tu amiga…

-Y creo que sería egoísta de mi parte no decirte esto, así que mejor será que lo diga -añadió entonces, y Ginny abrió los ojos de par en par.

-¿Decirme qué? -preguntó con un hilo de voz, sus dos manos en el pecho, esperando a oír aquellas palabras con una mezcla de esperanza y sintiendo como si levitara. ¿Acaso…? ¿Acaso Luna iba a decirle que…?

-Me gusta tu hermano, Ginny.

Ginny cayó otra vez con los pies en la tierra con un golpe seco y sintió como si todo el mundo cayera sobre sus hombros de un golpazo.

-¿Qué te gusta quién? -preguntó, frunciendo el ceño y boquiabierta.

-Tu hermano, Ginny -dijo ella, sonriente-. Ay, de hecho, ayer estuvimos hablando por medio de esa app, ¿sabes? Y creo que yo también le gusto. Es que, ¡es tan lindo!

-Tengo como veinte hermanos -dijo Ginny, sin poder ocultar lo molesta que estaba, negando con la cabeza, de mal humor-. ¿De cuál de todos hablas?

-¡DE RON!

-Oh, rayos -Ginny se dio una palmada en la frente y se dejó caer en la cama, pesadamente-. No hablarás en serio.

-¡SIIIII! -Luna se puso de pie y empezó a bailar en la habitación, cantando una melodía alegre, mientras abrazaba su teléfono-. ¡Me encanta! Es el chico de mis sueños, Ginny. Dejó de hablarme luego de las diez líneas de texto, pero yo le mandé otro mensaje, le dije que no me importaba que haya salido "Amor No", porque sé que él puede interesarse en mí una vez que me conozca. ¡Es que el pobrecito no sabe quién soy aún! Jamás me ha visto, no sabe de mí. Ginny, necesito un favor: ¿Puedes presentarnos?

Ginny abrió grandes los ojos y se quedó mirando el techo. Todo a su alrededor se había desplomado en un segundo.

-Por favor, Horrovirus, mátame -dijo para sí misma, en un susurro.

Mientras tanto, Harry estaba mirando por la ventana de su habitación, hacia los terrenos del castillo. A veces se quedaba horas así, mirando hacia afuera, deseando poder salir nuevamente, volar con su escoba por el estadio de Quidditch, volver a la normalidad…

Vio entonces que una lechuza volaba hacia él. Era Hedwig. La lechuza, distinguible por su blanco pelaje, volaba desde los terrenos directo hacia la torre Gryffindor y hacia la ventana de su habitación. Harry se apresuró a buscar su varita. Mientras la tomaba de entre las sábanas, varios de sus compañeros alzaron la mirada, porque la lechuza apareció en la parte exterior de la ventana.

-¡Oye, tu lechuza no puede entrar! -dijo Seamus de inmediato, asustado.

-Tranquilo, tranquilo, no lo hará -dijo Harry.

Hedwig dejó la carta enganchada en el vidrio, en la parte exterior, y luego se alejó de allí hacia la pajarera de las lechuzas, donde alguno de los profesores se estaba encargando de alimentarlas diariamente, y donde todas las lechuzas vivían ahora.

-Tampoco puedes meter esa carta -dijo Seamus, paranoico.

-Vamos, Seamus, la desinfectaré desde adentro -Harry apuntó al vidrio e hizo el encantamiento de desinfección más veces de las que creía necesario, para que Seamus no dijera nada. Este se quedó en silencio mientras Harry abría la ventana y tomaba la carta, pero se notaba que seguía molesto.

Sin importarle aquello, Harry la leyó a toda velocidad:


¡Hola, Harry!

¿Cómo está todo? Quería contarte que yo estoy bien. Más que nada me la paso en el Bosque Prohibido, alimentando animales, cuidando plantas, como siempre. No hay nada de peligroso en eso, ¿sabes? El virus solo se transmite entre humanos. Ni siquiera estoy seguro de que yo califique como un posible portador o que pueda afectarme, porque bueno… No lo sé… Soy un poco "diferente" a otros humanos, ¿sabes?

En fin, quería contarte que todo está bien conmigo, hago vida normal, nada de qué preocuparme. Siempre he sido solitario de todas formas, así ha sido. Los que me preocupan son ustedes. ¿Cómo están? Cuéntame, Harry, quiero saber que todos estén bien. Los otros profesores están patrullando pasillos, asegurándose de que todos cumplan la cuarentena, o ayudando a Madame Pomfrey con lo que puedan. Hay un poco un caos ahí. La enfermería fue ampliada varias veces mediante magia y ahora es como veinte veces la superficie que era antes.

Bueno, Harry, solo quiero saber que estés bien. Mándale mis mejores deseos a Ron y a Hermione.

Hagrid.

Pd.: ¡Ya habrá días en que puedan venir a visitarme otra vez! Los esperaré con ganas. Y mientras tanto, me tomaré el té con bollos yo solo, con Fang. ¡Ya podrán acompañarme más adelante!


-Algo que definitivamente no extraño, son los bollos de Hagrid -dijo Ron, al leer la carta.

-Sí, pero extraño poder salir a su cabaña, caminar por terrenos, ir hacia allá, al aire libre -dijo Harry, y se quedó mirando por la ventana otra vez, fantaseando con todo eso despierto.

-Voy a denunciarlos.

-¿Qué dices?

-Ya me oíste -dijo Angelina, en otra habitación de esa misma torre, más alto-. Los he visto dos veces hoy, por la ventana.

-Bueno, pero sabes que ellos son así…

-No, no me importa -Angelina se apartó de la ventana y enfrentó a su amiga-. Están comprometiendo la salud de todos nosotros.

-Pero, ¿como podrían? Están solos en una habitación, a lo sumo contagiarán a los de esa habitación.

-¿Estás diciendo que las vidas de los otros en esa habitación no importan?

-¡No, Angelina! Cálmate. Lo que digo es que, en todo caso, ellos deberían ser quienes los denuncien. No nos están comprometiendo a nosotras.

-Alicia, no es tan sencillo. Si ellos contraen el virus, pueden transmitirlo de forma indirecta. Por ejemplo, si por accidente tocan la mano de un prefecto al recibir la comida, o qué se yo, el virus se esparce. ¡Comprometen a toda la casa Gryffindor, al salir con sus escobas por la ventana y violar la cuarentena! Ni siquiera sabemos a dónde van. ¿Y si están metiéndose a otras habitaciones, con otros idiotas que no se quejan y los dejan entrar como si nada? Yo no voy a ser cómplice de la muerte de mis compañeros por culpa de dos idiotas. Voy a denunciar a Fred y a George con Dumbledore. Ni siquiera con McGonagall. Escribiré directamente a Dumbledore.

-¡Pero Angelina! -protestó Alicia Spinett-. ¡Los expulsarán!

-No me importa si los expulsan -dijo Angelina, frunciendo el ceño-. Alicia, no me digas que tú también eres de los que se toman esto como una broma, como algo "que no les pasará a ellos". Esto es grave. Hay miles de personas muriendo cada día. ¿Qué me importa si expulsan de la escuela a Fred y a George Weasley? Estamos hablando de vidas, de VIDAS, aquí. Si ellos siguen violando la cuarentena, como los he visto hacerlo estos días, la gente puede morir. ¿Qué es más importante?

Alicia no dijo nada ante eso.

-Será mejor que Dumbledore sepa de esto -Angelina sacó su teléfono del bolsillo de la túnica y empezó a redactar un mensaje. Las otras chicas del cuarto la miraban, pero ninguna decía nada. -Los prefectos hacen un gran trabajo vigilando los pasillos -ironizó, con tono sarcástico-. Pero nadie está vigilando los cielos. No hace falta ser Fred y George Weasley para tener la genial idea de violar la cuarentena saliendo de la ventana de tu habitación por escoba voladora. Y le diré que también vi a Lee Jordan con ellos en una ocasión. Es hora de que alguien avive a los profesores con esto. O más estudiantes lo harán también. Y, cuando queramos acordarnos, un montón de idiotas habrán propagado el virus por todo el castillo.

Siguió escribiendo su mensaje a Dumbledore, muy seria.

-No me importa si todos piensan lo que sea que piensen de mí -agregó, furiosa-. Si todos quieren verme como la villana, la mala de la historia, está bien por mí. Pero haré lo que tengo que hacer.

Finalizó su mensaje, y lo envió a Dumbledore.

-Tranquila… -Hermione estaba sentada en la cama de Parvati, tratando de consolarla. La chica no dejaba de llorar desde que había sabido que su hermana estaba internada en la enfermería. -Se pondrá bien… Verás que se pondrá bien. La mayoría sobrevive.

-No puedo estar tranquila -decía Parvati, sin dejar de llorar-. Es mi hermana…

Fay caminaba por la habitación, nerviosa, de un lado al otro. No dejaba de caminar nerviosa por todos lados desde que su mejor amiga, Laura, también había abandonado el cuarto, rumbo a la enfermería.

-Y nosotras seguimos -dijo Parvati, sin dejar de llorar-. No soy tonta. Dos de nosotras ya han ido a parar a la enfermería. ¿No saben lo que eso significa, chicas? El virus está en este dormitorio. Lo está desde que lo trajo Lavender, y luego cayó también Laura. Mañana una de nosotras tendrá síntomas, y pasado la otra…

-¡No digas eso! -insistió Hermione-. No podemos pensar así. Muchos enfermos no manifiestan síntomas, ¿sabes? Y la mayoría se recuperan luego de unas semanas en cuidados intensivos. Solo estamos así de pesimistas porque en este momento hay mucha gente en la enfermería. Pero ya han dado de alta a algunos estudiantes, que han regresado a sus habitaciones curados. Si bien el proceso de recuperación es largo, hay nuevos sanadores, que fueron enviados por el Ministerio…

-Chicas -dijo Fay, con un hilo de voz. Tenía su teléfono en la mano, y sus ojos estaban abiertos en shock. Acababa de leer algo en su celular, y Parvati de inmediato dio un salto en la cama y se la quedó mirando con horror.

-¿Qué? -preguntó, con un hilo de voz.

Hermione se quedó en silencio, mirando a su compañera de dormitorio.

Fay giró lentamente los ojos, apartándolos de la pantalla del teléfono, y los dirigió hacia Parvati y Hermione, con terror y pánico.

-Lavender ha muerto.