Capítulo 5. Traición


-Han pasado cinco días -dijo Ginny, desde su cama-, desde que le escribiste a Ron, Luna. ¿Te ha contestado?

-No, no lo hizo -dijo ella, en voz baja-. Quizás tengas razón, Ginny. Quizás no le gusto. Después de todo, ¿a quién podría gustarle una chica tan fea como yo?, ¿verdad? Pero está bien, no importa -añadió, con una sonrisa que parecía siempre estar allí en su rostro, fuera lo que fuera que le pasara de malo en la vida-. No necesito que me amen, ¿sabes? Ni tener un novio, ni ser linda. Lo importante es ser feliz. ¿No lo crees?

Ginny puso una expresión de aflicción y entonces se puso de pie y empezó a caminar hacia ella, sin aguantar más.

-Luna, tú eres hermosa.

-Gracias, Ginny. Tú también…

-No, déjame continuar -dijo Ginny entonces, inflando el pecho y tomando coraje-. Eres más que hermosa. Eres la chica más linda que haya visto en mi vida.

Luna abrió grandes sus azules ojos, sorprendida por eso.

-Wow, Ginny, es muy bello de tu parte…

-Y te amo -añadió ella entonces, llegando finalmente junto a la cama de Luna y mirándola a los ojos.

Luna se quedó en silencio, mirando a Ginny.

-¿Qué?

-Que te amo -repitió ella-. Me gustas, Luna. Siempre me has gustado. Desde que te conocí. No voy a quedarme callada sin decírtelo, ¿sabes? No soy esa clase de chica. No soy la clase de chica tímida que esconde sus sentimientos, que llora por las noches pensando en su príncipe azul, que escribe poemas y construye altares idealizando a su amor… ¡No! Yo soy directa, voy directo allí, sin miedo, con valentía. No voy a esconder lo que siento. Me gustas. Te amo. Eres la chica de mis sueños. Y quiero que seas mi novia.

Luna se quedó petrificada, sus ojos abiertos como platos, completamente sorprendida.

-Vaya, Ginny, yo… Yo no sabía que pensaras así de mí. No… No sé qué decir…

-No digas nada. Mira, sé que esto debe ser raro para ti. Créeme, para mí también fue raro la primera vez que me di cuenta de lo que me pasaba. O quizás no. Quizás no tiene nada de raro. Quizás es lo más natural del mundo. ¡No lo reprimas! Sé que tú también eres como yo.

-¿Gay?

-¡Sí! Gay.

-No lo sé, Ginny, yo… Yo nunca había pensado en eso, para ser honesta…

-Solo déjame… -Ginny se acercó a ella, se sentó a su lado en la cama, y apoyó una mano en su hombro. Luna abrió aún más los ojos, si es que eso era posible, completamente petrificada.

-Créeme -dijo Ginny-, Ron es solo un idiota. Es infantil, tonto. De verdad, no hay nada que ver en él. Pero yo… Yo vine aquí por ti. Me arriesgué cruzando de una torre a la otra, porque no iba a pasar mi cuarentena sin verte. Estoy dispuesta a lo que sea por estar contigo. Yo sí te veo como alguien de verdad especial. Puedo ver todo lo hermoso que tienes, no solo por fuera sino también por dentro, y… y…

Ginny se acercó a ella y la besó de súbito.

Luna se quedó allí, inmóvil, con los ojos abiertos, recibiendo el beso. Su rostro era de sorpresa y total estupefacción, pero no la apartó. Recibió su beso y se lo devolvió, pensativa, tratando de descifrar cómo la hacía sentir eso.

Finalmente, Ginny se apartó de ella y se la quedó mirando a los ojos.

-¿Y? -le preguntó-. ¿Tú también lo sientes?

-Yo… -Luna se quedó en silencio, con la misma cara de sorpresa-. Ginny, no lo sé. Lo siento, esto es muy extraño. No me imaginaba que sintieras todo lo que dices por mí, y esto pasó muy rápido. No sé qué pensar sobre esto.

-¿Te gustó ese beso? ¿O no te gustó?

-No lo sé -Luna agitó la cabeza-. Solo… Solo debo pensarlo, ¿sí?

Ginny no respondió. Se mordió los labios, miró al suelo y asintió nerviosamente.

-De acuerdo, claro. Piénsalo, Luna. Piensa en ese beso, y luego… Luego me dices, ¿sí? Yo… Estaré aquí, claro.

Se puso de pie, algo insegura, y, sin saber muy bien qué hacer, regresó a su cama, con el corazón latiendo a mil por hora.

-Ahora solo estamos nosotras dos. Tú y yo.

Hermione asintió con la cabeza, tristemente. Esa mañana se habían llevado a Parvati a la enfermería, luego de que manifestara varios síntomas, como tos seca, ojos enrojecidos y problemas para hacer magia correctamente.

-Una parte, dentro de mí, piensa que esto es lo mejor para ella -dijo Hermione-. No me malentiendas. Es que, por lo que sé, ni bien ingresan a la enfermería los duermen con una poción, porque eso desacelera el efecto del virus. Así que ahora ella debe estar dormida. Suponiendo que todo salga bien, y luego se recupere, como la mayoría de las personas, entonces quizás sea mejor para ella estar dormida en este momento que despierta y sufriendo.

-Estoy de acuerdo contigo, Hermione -dijo Fay-. Lo de Lavender fue terrible, y cuando eso pasó, supe que Parvati ya no volvería a ser la misma. No dejaba de llorar, día y noche, de gritar dormida, de temblar… Estaba muy mal, pobre. Ahora al menos está dormida, y ya no sufre.

-Y se va a recuperar -dijo Hermione, asintiendo enérgicamente-. Sé que lo hará. Tiene que hacerlo.

-Sí. Y Laura también.

Fay se quedó cabizbaja, sentada en su cama. Hermione, de pie, la miró con expresión de tristeza.

-No tiene por qué agarrarnos a nosotras -le dijo, por enésima vez-. Estuve leyendo más sobre el tema. El Horrovirus tiene un altísimo contagio, así que es muy probable que hayamos estado en contacto con el virus, al compartir habitación con ellas tres. Pero -remarcó, con ímpetu-, no todo el mundo manifiesta síntomas, ni necesita quedar en cuidados intensivos. De hecho, muchos de los expuestos al virus tienen síntomas tan leves, un poco de tos, apenas un poquito de fiebre, que quizás ni se siente, y a lo mejor problemas para usar la varita en un par de ocasiones, pero luego se recuperan solos y siguen su vida sin siquiera saber que han portado el virus.

-Sí, lo sé -dijo Fay-. Ojalá así sea.

Se hizo otro silencio, y entonces Fay sonrió.

-Oye, Hermione. Ahora que vamos a ser solo tú y yo, tendremos que ser amigas.

-Somos amigas -dijo ella, con una sonrisita tímida.

-Pero más amigas -remarcó ella-. ¿Sabes? Siempre me has caído bien, pero nunca hemos sido exactamente amigas.

-Sí, lo sé…

-Quiero saber más sobre ti. Es decir, si vamos a estar juntas 24 horas, 7 días de la semana, tendremos que compartir nuestras cosas, ¿no lo crees? Saber más la una de la otra. Hablar, en pocas palabras. No sé mucho sobre ti.

-Bueno, no hay mucho que saber… -dijo Hermione, nerviosa.

Fay rio.

-¡Vamos! Ven, siéntate. Tengamos una charla de chicas.

Hermione sonrió y se dirigió a la cama de su compañera de cuarto, para tomar asiento a su lado.

-¿Siquiera sabías que yo existía antes de todo esto? -le preguntó ella.

-¡Claro que sabía que existías! -dijo Hermione-. Eres Fay Dunbar, mi compañera de cuarto desde primer año. ¿Cómo no iba a saber que existes?

-No pasas mucho tiempo aquí en el dormitorio, normalmente -dijo ella con una sonrisa, encogiéndose de hombros.

-Sé que te gusta el Quidditch -dijo Hermione, pensativa-. Porque planeaste una prueba para el equipo de Gryffindor -se quedó pensativa, tratando de recordar más-, y también estás en las clases de Adivinación y de Cuidado de Criaturas Mágicas, conmigo.

-Tranquila, no es un examen -dijo Fay, deteniéndola con una risita. Hermione se sonrojó. -Bien, es bueno que sepas cosas de mí. Ahora hablemos de ti. Quiero saber todo.

-No hay nada que saber -Hermione se encogió de hombros.

-¡Vamos! -insistió Fay-. Si vamos a pasar el resto de la cuarentena solas las dos, juntas, tendrás que abrirte un poco y contar tus cosas. Así es como me gusta llevarme con mis amigas a mí.

-No sé qué contarte…

-Lo sé, Hermione, eres tímida -dijo Fay, mirándola con una sonrisa-. Yo también era tímida antes, ¿sabes?

-¿De verdad?

-¡Sí! Antes de entrar a Hogwarts fui a una escuela de muggles. Soy de sangre mestiza. Mi mamá, que es muggle, pensó que quizás yo saldría muggle también, o squib, supongo que sería. No sé por qué pensaba eso. Así que me mandó a una escuela muggle. Y yo era muy tímida, no me hablaba con nadie. Me la pasaba escondiendo mis emociones, mis sentimientos…

Hermione miró hacia el techo, algo nerviosa. Esa chica parecía estar describiendo exactamente a la clase de persona que ella era.

-Me gustaba un chico, y jamás en la vida podía enterarse -continuó Fay-. Era mi secreto máximo. Si alguien lo sabía, yo moriría instantáneamente y, no sé, sería comida de cocodrilos o algo así. ¡Me aterraba! Me la pasaba escribiéndole poemas en secreto, y no hablaba con nadie en la escuela.

Hermione tragó saliva, muy nerviosa.

-Luego, me enteré que sí era bruja después de todo, y recibí mi carta para venir a Hogwarts. No continuaría en la escuela muggle, y por ende no volvería a ver a ese chico, Leonard. Por un lado, me sentía contenta de resultar ser bruja, porque era lo que yo quería. Pero, por otro lado, me sentía triste. ¿Por qué la vida me iba a separar del chico que me gustaba? Eso no era justo. Y, entonces, Hermione, me di cuenta. ¿Qué sentido había tenido pasar todos esos años escondiendo mis sentimientos, ocultándome tras el pupitre en clases, mientras lo miraba de lejos, sin atreverme a dirigirle palabra, con terror de que alguien supiera lo que sentía por él? No tenía ningún sentido. Ahora ya no podría verlo más. A nadie le interesaba lo que yo sintiera. A nadie le importaban mis emociones. Yo me fui de esa escuela sin poder despedirme de nadie más que una o dos de mis mejores amigas, Leonard nunca supo más de mí, y todo ese tiempo guardando el secreto no tuvo el menor sentido.

Hermione se quedó en silencio, mirándola.

-Ahí aprendí la lección -dijo Fay-. La vida pasa muy rápido, Hermione, para vivirla siendo una persona tímida. Un día estás aquí, en Hogwarts, cursando asignaturas, viviendo lo que crees que es "normal"… Y al día siguiente un virus los mata a todos.

-No digas eso.

-¡Pero es cierto! Y si te importa la gente, ya sea que te guste un chico, o que quieras ser amiga de alguien, o que te interese tal o cual persona de la forma que sea, tienes que ir y decírselo, y pasar tiempo con ellos. Y disfrutar de todo el tiempo que puedas con aquellos que quieres, y que te importan, y que te interesan o significan algo para ti. No pierdas el tiempo, no seas una persona tímida. La vida se va volando.

Hermione quedó emocionada y sorprendida por el discurso de Fay. Se dio cuenta, en ese momento, de que no la había conocido para nada antes de ese día. Fay era una persona mucho más interesante de lo que había pensado.

-Supongo que tienes razón -dijo Hermione, dirigiéndole una amplia sonrisa-. Qué feo que no hayas visto nunca más a Leonard.

-Bah, no pasa nada, ya ni me acuerdo de él -ella se encogió de hombros.

-¿Y te gusta algún chico ahora?

-A decir verdad, sí -dijo Fay-. Pero es algo estúpido. Sé que le gusta a todas las chicas.

-¿Quién es?

-Cedric Diggory, de Hufflepuff.

-¡Oh, vamos! -dijo Hermione-. ¡No puedes decirme eso!

Fay rio, sonrojada.

-¡Pensé que dirías alguien más emocionante!

-¿Cómo quién? -preguntó Fay, riendo.

-No lo sé, pero, es que a todas les gusta ese chico.

-Lo sé.

-¿Por qué a todas les gusta?

-No lo sé -Fay se encogió de hombros-. Es que es muy lindo, ¿no crees? Es tan apuesto. Tan masculino, varonil.

Cedric miró su teléfono otra vez. ¿Por qué Draco no le respondía? Habían pasado días desde que le había escrito.

-No me hagas esto, Draco -dijo en un susurro inaudible para los demás-. Sé que sientes lo mismo. Tienes que sentirlo… Mi hermoso y sensual Draco, con esos ojos impactantes, ese cabello engominado hacia atrás. Tan atractivo. Tan seductor. Cómo disfruto verte, imaginarte… Sé que debes sentir lo mismo por mí, Draco. Tienes que responderme…

Cedric miraba su teléfono, deseando con todo su ser que Draco respondiera.

Y entonces, en ese preciso momento, Draco respondió.

-¡No puede ser! -dijo en voz alta, dando un salto.

-¿Todo bien, Cedric? -preguntó uno de los chicos con los que compartía el dormitorio.

-Sí, sí, todo bien -dijo rápidamente, mientras leía el mensaje.

Draco le había puesto: "¿De qué casa eres?"

¿Por qué le preguntaba eso? A no ser… Claro, el muy pillo debía querer adivinar quién era, anticipadamente.

-Qué listo eres, Draco, por eso me gustas tanto… -dijo Cedric en un susurro inaudible, mientras escribía su respuesta: "Hufflepuff".

Draco, en su habitación, miraba su teléfono, que había arreglado solo en dos minutos con su varita mágica, ya que para un mago no era nada complicado reparar un celular muggle usando magia; y leía la respuesta de Cedric.

-Perfecto -dijo Draco, con una sonrisa. Teniendo en cuenta que solo había un cuarto de posibilidades de que la respuesta de ese idiota fuera esa, era todo un golpe de suerte. Demasiado bueno para ser cierto, casi como si todo hubiera sido planificado así a propósito, para él…

No podía desaprovechar esa oportunidad.

Draco alzó la mirada. Crabbe y Goyle hablaban entre sí, con sus tonos de voz de tontos tan característicos, tan lentos. Blaise y Nott jugaban online un estúpido juego muggle para celulares.

Él, Draco, era el único que valía la pena en esa habitación. El único suficientemente importante para merecer sobrevivir. Para merecer ser salvado.

Empezó a toser, sin control. Se puso la almohada en la boca, para amortiguar el sonido.

-Draco, ¿estás bien? -preguntó Blaise, alzando la mirada hacia él, muy asustado.

-Sí, olvídalo, no tengo el maldito virus -dijo Draco, con la voz rasposa-. Solo es una gripe. Ayer pasé frío a la noche, no me abrigué bien.

-Ah… bien… Está bien -dijo Blaise, aunque no sonaba muy convencido.

Draco se refregó los ojos con el puño. Los sentía cansados, y al ver su reflejo en la pantalla apagada del teléfono vio que los tenía enrojecidos.

Pero no era nada. Solo tenía una gripe.

Lo importante era que saliera de esa habitación. Esos cuatro eran el verdadero peligro.

Crabbe y Goyle, esos dos eran tan tontos, que seguro ya tenían el virus. Y Blaise y Nott podían parecer más inteligentes, pero la verdad era que no eran las personas más despiertas de Slytherin. Seguro tenían el virus también.

Tenía que irse de allí, cuanto antes. Tenía que abandonar ese dormitorio, antes de contagiarse de ellos.

Cubriéndose la cara con la almohada para que los otros no oyeran, volvió a toser y se quedó mirando la conversación de "¿Amor Sí?".

La idea había surgido hacía solo un rato, cuando recordó a ese imbécil gay que le había mandado esos aberrantes mensajes. Primero había decidido olvidar el tema, convencido de que solo era algún idiota, probablemente de otra casa. Pero luego, estaba allí recostado deseando estar en Hufflepuff. La única casa del colegio sin contagios. Estaba pensando en lo afortunados que eran esos imbéciles simplones de Hufflepuff, y cómo él, Draco, merecía en verdad estar en esa casa, protegido del virus.

Y entonces, mientras pensaba en eso, se le ocurrió preguntarle al homosexual de qué casa era. Quizás, si resultaba ser de esa…

Y sí, había resultado, por pura casualidad, que sí lo era. El homosexual enamorado de él era de Hufflepuff. Así que, ahora que sabía eso, no podía acobardarse.

Acababa de descubrir su boleto de salida de ese nido infectado de virus en que se había convertido su amada casa de Slytherin.

Sí, podía ser que Slytherin fuera su casa favorita. Pero su instinto de supervivencia, que era más fuerte en su sangre, en esa sangre pura que corría por sus venas, era superior a todo. Si Hufflepuff era el lugar más seguro en el castillo, entonces él, Draco, tenía que estar allí.

Él tenía derecho a estar allí.

Él era quien merecía sobrevivir.

Él era el descendiente de una noble familia de magos de sangre pura, de la familia más pura e importante de todas, y por eso era lo más valioso en Hogwarts para ser cuidado y preservado. No los idiotas de Hufflepuff.

Ahora, lo primero que tenía que hacer para llevar a cabo su plan correctamente era averiguar quién era el idiota que le había escrito. Si bien podía llegar a funcionar de todas maneras, el efecto sería mucho mayor y mejor si averiguaba primero quien era.

¿Cómo haría para averiguarlo? No podía hacerlo preguntándole, ni nada así. Tampoco se le ocurriría jamás la respuesta solo pensando en ello, porque jamás hasta hace unos días atrás hubiera sospechado que un hombre gustara de él. No tenía la menor idea de quién podía ser. Había muchos chicos en Hufflepuff que podían ser lo suficientemente imbéciles para ocupar ese puesto. Si quería averiguarlo, tendría que consultar con una profesional…

Draco tomó su teléfono, sin perder tiempo, y marcó el número de Pansy Parkinson para una videollamada. Mientras sonaba, se puso sus auriculares y cerró las cortinas de su cama, para que no lo molestaran los demás.

Pansy atendió.

-Hola, Draco -dijo la chica, que estaba en su cama, en su habitación de Slytherin, y tenía los ojos delineados de negro. Parecía que habían estado maquillándose. Sin embargo, estaba seria y sombría como siempre, con su aspecto de chica mala. -Qué sorpresa. ¿A qué debo tu llamada?

-Quería ver como andabas, tú sabes… -dijo él, haciéndose el misterioso.

-Ya veo… -dijo Pansy, perspicaz-. Pues aquí estoy… Encerrada en mi habitación. ¿Y tú?

-Yo igual -dijo él, y decidió que ya era seguro ir directo al grano-. ¿Sabes? Me pasó algo muy curioso el otro día.

-¿Qué cosa?

-Un chico, hombre, me escribió por esa app, ¿Amor Sí?, y dijo que gustaba de mí.

Pansy sonrió, pero no rio.

-No me digas.

-Sí, una locura. El punto es, que necesito saber quién es.

-¿Te gustan los hombres? ¿De eso se trata? ¿Te gusta un hombre, y quieres saber si él es quien te gusta?

Draco entrecerró los ojos.

-Sabes que no es eso. No, en verdad necesito saberlo porque voy a jugarle una mala pasada y obtener un beneficio aprovechándome de lo que ahora sé que siente por mí.

Pansy sonrió aún más.

-Ya me parecía -dijo-. Ahora sí suenas como el Draco que yo conozco.

-Y, ¿qué dices? ¿Puedes ayudarme?

Pansy se quedó pensativa unos instantes.

-Bueno… A decir verdad… No se me ocurre nadie que pueda llegar a estar interesado en ti. Hombre, quiero decir. Claro que sé de muchas mujeres, pero…

-Es de Hufflepuff -dijo Draco, seco.

-¿Hufflepuff? -Pansy pensó aún más-. Interesante… Interesante… -se enroscó un mechón de cabello negro entre los dedos, mientras meditaba aquello-. Mira, no tengo idea de quién puede ser. Pero mi amiga quizás pueda ayudarte.

-¿Cómo?

-¿Sabías que esa aplicación fue creada por Fred y George Weasley?

-Sí, lo sé -Draco chasqueó la lengua, con desprecio.

-Bien, como te imaginarás, no son precisamente dos genios de la informática -dijo Pansy-. Esa porquería de aplicación debe ser tan fácil de corromper como niñitos de primer año. Estoy segura de que mi amiga puede hackear la app, ingresar a tu cuenta, ver el chat, y con el código de programación ver quién fue el usuario que lo escribió. Así, podré decirte quién es tu admirador secreto.

-Gracias, Pansy, sabía que podía contar contigo -dijo Draco, sonriendo y asintiendo, con maldad-. ¿Qué puedo darte a cambio?

-Solo prométeme que, sea lo que sea que estés planeando, usarás la información para algo malvado -dijo Pansy, con una sonrisa endemoniada.

Draco sonrió aún más.

-Considéralo una promesa de honor.

Luego de cortar la llamada, Draco sufrió un ataque de tos y tuvo que hundir la cabeza entera entre las colchas para amortiguar el sonido.

Rayos. ¿Qué demonios le estaba pasando?

En la otra punta del castillo, en la torre Ravenclaw, Cho y Marietta estaban hablando sobre las distintas opciones que existían para hacer ejercicios durante la cuarentena y no subir de peso, cuando de pronto Marietta la hizo callar.

-Oye, escucha -dijo, aguzando el oído-. ¿Oyes algo?

-No -dijo Cho, confundida.

Marietta se acercó a la pared que separaba su habitación con la de al lado, y pegó la oreja a la pared.

-Rayos, cómo me gustaría que existiera alguna cosa, como no sé, unas orejas extensibles, que uno pudiera usar para escuchar mejor a través de las paredes.

-Quizás algún día Fred y George hagan unas, sabes que esos dos están interesados en todo eso.

-Sí, lo sé -Marietta pegó más la oreja a la pared y le indicó a Cho que guardara silencio.

En la habitación de al lado, Luna y Ginny estaban teniendo una conversación en un tono de voz bastante alto, por la emoción que sentían.

-¡Vamos, Luna! -decía Ginny, desesperada-. ¡Si lo sientes, no lo niegues!

-Es que… Es que… -Luna hablaba de forma muy entrecortada, por los nervios, muy diferente a lo tranquila y relajada que ella solía ser.

-¡Dijiste que te gustó mi beso! ¡Que te gustó besarme! ¡Lo admitiste!

Marietta, en el cuarto de al lado, abrió la boca de par en par y dirigió sus ojos como platos hacia Cho.

-¡Cho! -dijo, en un susurro exasperado-. ¿Has oído eso?

Cho entrecerró los ojos. Lo había oído, pero no lo consideraba tan emocionante como su amiga.

-¡Vamos! -insistió Ginny, en el cuarto del lado, acercándose a Luna y tomándola de los hombros-. No te acobardes. Sé que puedes admitirlo.

-Pero Ginny -dijo Luna, mirándola a los ojos-. ¿Has pensado en lo que me estás proponiendo? Todos lo sabrán, y se reirán de nosotras, o nos molestarán por esto. No es que a mi me importe. Es decir, siempre me molestan todos, de cualquier forma. Pero tú no. Tú tienes una vida, una reputación…

-Luna, honestamente -dijo Ginny, mirándola de cerca-. Escucho todo lo que estás diciendo… Pero no me interesa.

Luna tragó saliva.

-Si alguien es lo bastante estúpido para molestar a una persona por su orientación sexual, entonces no es alguien que me preocupe o que me interese -dijo Ginny.

Luna hizo silencio. Se quedó pensativa unos instantes, sus ojos clavados en los de Ginny, sin pestañear.

Y entonces, dio un paso adelante y empezó a besarla.

Ambas se besaron con locura, ruidosamente. Ginny tropezó hacia atrás por la efusión de Luna, y por accidente se golpearon contra el borde de una cama.

Se separaron, y Luna lanzó una risita, mientras tomaba a Ginny de ambas manos.

-¡No es posible! -dijo Marietta, escandalizada, en el cuarto de al lado, su oído aún pegado a la pared-. ¡Las dos mocosas de al lado son lesbianas!

-¿Y qué tiene eso de malo? -preguntó Cho, perdiendo interés en el tema y buscando en su celular más información sobre cómo perder peso. Quizás, así, empezaría a gustarle a Cedric.

Marietta, que miraba a su amiga atónita por su respuesta, caminó hacia ella y le quitó el teléfono de las manos de un tirón.

-Oye, ¿qué haces? -dijo Cho-. Dame eso.

-No estás dándole al tema la importancia que merece -dijo Marietta.

-¿Por qué lo dices? Solo son dos chicas, lesbianas. Déjalas en paz.

-¡Qué asco! -dijo Marietta, haciendo una mueca de desprecio-. ¡¿Cómo puede darte igual?! Nada me da tanto asco como las lesbianas, Cho. Es tan repulsivo. ¡Y acaban de besarse aquí mismo, a metros de nosotras! ¡Fue muy obvio, por la forma en que dejaron de hablar y los ruidos después!

-No lo hubieras tenido que oír si no hubieras querido tener la oreja pegada a la pared -comentó Cho, aunque en voz muy baja, que su amiga no oyó.

-Qué desagradable -dijo Marietta, negando con la cabeza-. Y sabes quiénes son, ¿verdad? Ginny Weasley y Luna Lovegood.

-Sí, lo sé -dijo Cho-. ¿Y qué tiene eso que ver?

-La Weasley se metió por nuestra ventana el otro día, eso tiene que ver -dijo Marietta, chocando un puño en la palma de la otra mano.

-Sí, bueno, creí que dijimos que no pasaba nada, que no tenía importancia -dijo Cho, acomodándose el cabello tras una oreja.

-Eso fue antes de saber que eran dos asquerosas lesbianas.

-Vamos, Marietta. Mira, no conocía este lado tuyo. A mí, la verdad, no me parece que tenga nada de malo…

-Ya te lo dije, Cho, me dan mucho asco las lesbianas. No quiero tenerlas aquí al lado nuestro, oyéndolas todo el día hablar de cosas cursis, o besarse. No puedo tolerar una cuarentena así.

-¿Y qué puedes hacer al respecto?

-Te diré lo que haré -dijo Marietta, con una expresión sombría en el rostro-. Le diré a McGonagall que esa mocosa Weasley está en la casa donde no tiene que estar, porque violó la cuarentena. Y que se metió en Ravenclaw a través de la ventana de nuestra habitación.

-¡Marietta! -dijo Cho, sorprendida y negando mientras miraba a su amiga-. ¡No puedes hacer eso! ¿Cómo se te ocurre?

-Ya verás cómo puedo -dijo ella, sacando su teléfono y empezando a buscar el número de McGonagall en su agenda de contactos.

Cho la miraba enfadada.

-Marietta, espera -dijo, poniéndose de pie-. No hagas esto.

-¡No defiendas a las tortilleras esas!

-¡Basta! Marietta, no eres así. Te conozco. No eres una soplona, ¿verdad que no? No eres una traidora.

-Claro que no -dijo ella, con cara de asco-. ¿A quién estoy traicionando? A nadie. Esa Weasley debió haber pensado lo que hacía antes de meterse por nuestra ventana. Violó la cuarentena. Puso nuestra salud en peligro.

-Pero eso no te importaba hasta hace dos minutos, cuando descubriste que es lesbiana.

-¿Y a ti que te importa, Cho? ¿Acaso eres lesbiana tú también? Porque si lo eres, aléjate de mí.

-No lo soy. Bien, haz lo que quieras.

Cho se sentó de nuevo en su cama, hecha una furia, desbloqueó su teléfono y siguió leyendo el artículo sobre fitness.

-Harry, basta -dijo Ron, por quinta vez esa noche.

Harry miraba hacia afuera, hacia el sol que desaparecía en el horizonte, en ese bello atardecer de abril.

-Debo hacerlo, Ron.

-¡No! No debes hacerlo. Solo quieres hacerlo porque estás harto de la cuarentena.

-¿Qué cosa quiere hacer Harry? -dijo Seamus, incorporándose en su cama de un salto.

-Quiere salir a dar una vuelta con su escoba.

-¡NO! -bramó Seamus, se puso de pie y extendió los brazos tan exageradamente como pudo, como un arquero preparándose para atajar un penal de fútbol.

-Tranquilo, no es para tanto -dijo Harry-. Solo era una idea, nada más.

-No vas a hacerlo -le aclaró Dean, alzando un dedo desde su cama, indicando que hablaba en serio.

-Solo le decía a Ron -dijo Harry, exasperado-, que no podía tener nada de malo salir por la ventana, volando en escoba, dar una vuelta y regresar directo al dormitorio. Es decir, si no tienes contacto con nadie, si te cuidas, si solo andas por el cielo… El cielo no es contagioso, ¿entienden? Y extraño mucho volar.

-Pues olvídalo, y ya -dijo Seamus-. No va a pasar. No bromeo. Soy capaz de delatarte con McGonagall si lo haces.

-¿De verdad? ¿Es para tanto? -dijo Harry, que tenía su escoba voladora sobre las piernas, y había estado lustrándola las últimas horas.

-Dame eso -dijo Ron. Se puso de pie, le sacó la escoba a Harry y la metió bajo su cama. -No estarías diciendo todo eso si no hubieras estado lustrando tu escoba toda la tarde.

Harry se quedó cabizbajo, en silencio.

-Ron tiene razón, Harry -dijo Neville-. Es difícil, pero tenemos que aguantar. Aquí dentro, todos juntos. La vida de la gente está en juego.

-Sí, lo sé, tienen razón -dijo Harry, con un suspiro-. Les pido disculpas. Solo fue… Solo fue un momento de debilidad.

-Está bien, no pasa nada -dijo Seamus-. Somos tus amigos, estamos aquí para eso, para ayudarnos entre nosotros.

-Creí que dijiste que me delatarías con McGonagall.

-No, claro que no -dijo Seamus, y le sonrió-. Ninguno de nosotros sería capaz de delatarte, Harry. Pero tenemos que cuidarnos entre nosotros.

-Sí, amigo, no dejaremos que salgas -dijo Ron-. Pero, si sales de todas formas, bueno, no te delataríamos. Volveríamos a intentar hablar contigo, y volver a hacerte entrar en razón.

-Quizás te amenazaríamos, o jugaríamos trucos psicológicos contigo, pero nada más -agregó Seamus-. Eso es lo que los amigos hacen, ¿no es así?

Harry sonrió, y asintió con la cabeza.

-De acuerdo, no se preocupen. No volverá a pasar. Voy a aguantar aquí dentro, quieto, hasta que termine toda esta locura.

-Lo importante es estar unidos siempre -dijo Neville-. Y ser honestos, y confiar entre nosotros.

"Puedes confiar en mí, lindo", escribió Draco, con asco, pero sin detenerse. "Si eres quien yo creo que eres, entonces tengo muchas ideas que me gustaría que hagamos juntos".

Escribió eso último con mucha repulsión y con mucho esfuerzo. No le hacía nada de gracia escribir esos mensajes, pero era un sacrificio que estaba dispuesto a hacer. Tosió en su mano mientras contaba la cantidad de líneas de conversación que llevaban. Faltaba poco para llegar a las diez. Pansy le había dicho que su amiga no tardaría mucho…

Entonces, le llegó por whatsapp la respuesta de Pansy: "Es Cedric Diggory".

-¿Quééééééé? -dijo en voz alta, sin poder contenerse. ¿Su admirador secreto y gay era Cedric Diggory?

Por un momento sintió ganas de reír. Pero luego pensó, "sí, ahora que lo pienso, era bastante obvio".

Se volvió a concentrar en su trabajo. Aun había mucho que hacer. Draco entró a la parte de la configuración de la cuenta en la app y cambió el nombre de la persona que le gustaba, el campo que había tenido que completar al registrarse. Borró el nombre de "Ginny Weasley", y en su lugar escribió "Cedric Diggory".

Acto seguido, Draco volvió a la conversación con el chico que ahora sabía que era Cedric, y escribió un par de líneas más igual de repulsivas. Ya había llegado a las diez.

Entonces, el título de la conversación empezó a vibrar. El "¿Amor Sí?" empezó a moverse, y de pronto lo signos de pregunta desaparecieron, y se pudo leer "Amor Sí".

-¡NOOOO! -Cedric no podía controlarse. Estaba en su cama, viendo su teléfono, y su corazón saltaba de su pecho.

-Cedric, ¿qué te pasa? -le preguntó Anthony, desde la otra cama.

-¡Nada! -se apresuró a decir-. Es que estoy mirando una película, y es muy sorprendente, eso es todo.

Tenía las cortinas de la cama cerradas, y estaba boca abajo, leyendo la conversación con Draco.

No podía creerlo. Simplemente no podía creerlo. Draco también gustaba de él. Lo había elegido como la persona que le gustaba en la app, y ahora… ahora…

El nombre dejó de ser anónimo en el título de la conversación, y ahora se leía "Draco Malfoy y Cedric Diggory". Incluso apareció un corazón junto a los nombres.

Cedric lanzó una carcajada por la emoción.

-¡Esto es increíble! -dijo, sin poder contener su felicidad.

-Vaya, debe ser una película muy buena -dijo Anthony, desde la otra cama-. Luego me pasas el nombre, Ced, así la busco. ¿Está en Netflix?

-Sí, sí, está ahí -dijo él, ignorando a su compañero. Empezó a escribirle una respuesta a Draco.

"Vaya, Draco, debo decir que estoy sorprendido", escribió.

"Lo sé", le puso Draco. "Pero a mí no me sorprende tanto. Siempre me has gustado, Cedric, y siempre supe que un día estaríamos destinados a terminar juntos".

Cedric no podía creerlo. Estaba tan feliz, y tan emocionado, que tenía ganas de llorar.

"Debo decirte, Draco, que no pensé que esto pasaría", le puso. "No pensé que yo te gustara también, porque jamás me animé a hablarte, ni nada. Además, debo admitir que me gustas porque eres un poco… Bueno, un poco malo. Eso me atrae mucho. Pero supuse que no serías la clase de persona que se fijaría en alguien como yo".

"Pues te equivocaste", le puso Draco. "Sí me gustas, y no dejo de fantasear contigo, Ced. Solo quisiera que pudiéramos encontrarnos. Si no fuera por esta maldita cuarentena, podría expresarte todo lo que siento por ti con mucho más que palabras… Si es que entiendes lo que digo".

Cedric lanzó una carcajada, se sujetó el pecho con una mano para no morir de un infarto y empezó a mover sus piernas en la cama con emoción, sin poder contenerse. Aquello era lo mejor que le había pasado en toda su vida.

"Lo sé", le puso. "Supongo que tendremos que esperar a que todo esto termine para estar juntos. Te he esperado tanto tiempo, mi amor, que podría esperar todo lo que sea necesario. Solo quiero estar contigo".

Draco no respondió al instante. Cedric no dejó de mirar la pantalla de la conversación por un segundo, hasta que finalmente le llegó la respuesta:

"Sí, no sé si pueda esperar tanto", le puso Draco. "Te necesito mucho, Ced. Ahora que sé que lo nuestro es mutuo, no puedo esperar ni un día más para estar contigo. Ni una hora. Te quiero ahora. Necesito verte hoy mismo. Esta misma noche".

Cedric se quedó pensativo. La sonrisa se borró momentáneamente de su rostro. Él también sentía lo mismo, no podía negarlo, pero… ¿No era muy arriesgado?

"Draco, te entiendo. Ojalá se pudiera. Pero violar la cuarentena sería la única forma, y no podemos hacer eso, ¿verdad?".

"Creo que mis ganas de estar contigo escapan a cualquier norma o regla, Ced", le puso. "Va más allá que todo eso. Necesito verte hoy mismo. Creo que nuestro momento llegó. No puedo contenerlo más tiempo".

Cedric tragó saliva, nervioso. Entonces asintió, serio, y escribió su respuesta.

"De acuerdo, Draco. Tienes razón. Mira, ven a la casa Hufflepuff a las nueve de la noche en punto. Es la hora en que los prefectos se van a comer. No habrá nadie custodiando la entrada."

"Genial", le puso Draco, y agregó el emoticono de un guiño. "¿Dónde es?"

"Para ingresar, debes tomar el pasillo junto a la escalera de mármol en el Vestíbulo. Luego, ve al pasillo de la cocina. Allí, en un rincón del lado derecho de ese pasillo, verás una pila de barriles. Golpea el segundo barril de la parte inferior a las nueve en punto, y la entrada se abrirá. Yo te estaré esperando del lado de adentro".

En su cama, Draco Malfoy sonrió, victorioso. Luego de eso, tuvo otro ataque de tos. Sus ojos estaban rojos y se sentía afiebrado, pero sabía que no era nada. No tenía nada grave. Lo que importaba era que se fuera de allí, que fuera a la casa de Hufflepuff, donde por fin podría estar a salvo del virus.

"No me importa lo que pase, Ced", le puso, para un mayor efecto en su plan. "Aunque me encuentren y me expulsen del colegio, sé que habrá valido la pena. Lo habrá valido, porque habrá sido para intentar estar a tu lado. Finalmente, de una vez por todas."

"Mi amor, hermoso", le puso Cedric. "No te atraparán. Usa un encantamiento desilusionador, anda con mucho cuidado. Hay profesores custodiando los pasillos. Cuando llegues, te llevaré a un dormitorio en el fondo del corredor que está vacío, no hay niños durmiendo en él. Me inventaré una excusa, y nos quedaremos juntos allí, hasta que termine la cuarentena".

"Perfecto", puso Draco. No pudo borrar su sonrisa de victoria de su rostro, mientras cerraba la conversación, salía de su cama y empezaba a preparar su equipaje.

-Bien, ya te conté todo -dijo Fay, mirando a Hermione sonriente. Ambas estaban sentadas en la cama aún, pero ahora tenían bandejas con la cena sobre sus piernas, y comían mientras charlaban. -Ahora es tu turno.

Hermione suspiró hondo. Toda esa tarde, Fay se había comportado genial con ella. En verdad, siempre había sido una chica muy simpática, solo que no se habían hecho amigas anteriormente por el simple hecho de que Hermione, siempre tan tímida, nunca se había acercado a ella para hablarle.

Ahora, sin embargo, sentía que por fin estaba compartiendo un momento muy íntimo y cercano con una verdadera amiga, alguien en quien podía confiar.

-Vamos -la instó Fay, sonriente-. Prometo guardar el secreto de lo que sea que me cuentes.

-¿De verdad? ¿Lo prometes?

-¡Hermione! -dijo ella, riendo de nuevo-. Ni que fuera para tanto, solo estamos hablando de chicos. No estamos hablando de un secreto internacional. Recuérdalo: Ya no más ser tímida. ¿Entendido?

-Entendido.

-A partir de este momento, somos mejores amigas -le dijo Fay-. Hasta que Laura se recupere, al menos. Luego podemos ser mejores amigas también, pero me tendrás que compartir con ella, que lo era antes también.

Hermione rio.

-De acuerdo -Hermione respiró hondo-. Lo siento. Es muy difícil para mí. He guardado este secreto dentro de mí tanto tiempo…

-Lo sé -dijo ella, asintiendo con la cabeza-. Me imagino. Ahora lárgalo. Ha llegado el momento.

Hermione cerró los ojos y asintió varias veces, buscando las fuerzas.

Sabía que podía hacerlo. Sabía que podía confiar en ella. Podía decírselo.

-De acuerdo, aquí va -dijo, abriendo los ojos finalmente-. Estoy loca… Loca, perdidamente… Complemente obsesionada…

Fay empezó a sonreír mientras la oía.

-Y total y trastornadamente enloquecida y enamorada de Harry Potter.

Fay sonrió más, pero sin reírse, y dio un par de aplausos en el aire.

-¡Muy bien! -la felicitó-. ¡Lo hiciste! Diste el primer paso. ¿Viste que no es tan grave?

-Ay, lo sé, soy tan idiota -dijo Hermione, completamente roja por la vergüenza-. ¿Está mal?

-¿Qué cosa está mal?

-¿Qué me guste Harry?

-No, claro que no -dijo Fay-. Harry es un chico muy lindo, y además se nota que es un gran mago y que hará cosas importantes algún día. Ya las hizo, de hecho.

Hermione suspiró aliviada.

-¿Ves? Te dije que no era para tanto -dijo Fay, y abrazó a Hermione por los hombros-. Solo son chicos, amiga. Todas nos enamoramos, todas pasamos por esto. Lo que te pasa a ti, me ha pasado a mí, le ha pasado a Parvati, nos ha pasado a todas.

-¿De verdad?

-A TODAS -remarcó ella, asintiendo con la cabeza. Hermione sonrió, muy aliviada. Se sentía como si hubiera sacado de su pecho un peso gigantesco.

-Gracias, Fay -le dijo, retorciendo sus manos-. Supongo que necesitaba contárselo a alguien.

-Y recuerda -le dijo ella-. No tiene nada de malo sentir nada. Ni decírselo a la persona por la que lo sientes.

-Eso está muuuuchos pasos más adelante de donde estoy ahora -dijo Hermione, abriendo los ojos de par en par, asustada.

Fay sonrió otra vez.

-Pero algún día vas a llegar, amiga -le dijo, dándole palmaditas en el hombro-. Vas a llegar.

En otra torre del castillo, Luna y Ginny comían la cena, una junto a la otra.

-Todavía estoy nerviosa -admitió Luna, con una risita-. Pero también emocionada.

Ginny le sonrió, contenta.

-Lo sé, me pasa lo mismo -admitió-. Mostré todo ese valor y valentía porque sabía que era lo necesario para que podamos llegar a esta instancia. Pero ahora…

No pudo completar la frase, porque en ese momento golpearon la puerta muy fuerte.

-Oigan, tranquilos -dijo Ginny, molesta, poniéndose de pie-. ¿No pueden golpear más despacio?

-Vamos a abrir la puerta -dijo una voz.

-¿Qué? -dijo Ginny, más molesta-. No pueden hacer eso. Estamos en…

Pero entonces, la puerta se abrió de par en par, y dos figuras aparecieron delante de ellas. Al principio no pudieron distinguir quiénes eran, porque estaban envueltas en trajes de plástico de cuerpo completo que no dejaban un centímetro en contacto con el aire del ambiente. Sin embargo, sus máscaras de plástico transparente permitían ver sus rostros, y Ginny se llevó un sobresalto al darse cuenta de que eran la profesora McGonagall y el profesor Flitwick.

-¿Profesora? ¿Profesor? ¿Qué hacen aquí? -preguntó Ginny, confundida.

-Ginny Weasley, por el poder que tengo como subdirectora de esta casa de altos estudios -dijo la profesora McGonagall, con total seriedad-, la expulso en este momento de la escuela Hogwarts de Magia y Hechicería.

Ginny y Luna quedaron boquiabiertas, ambas.

-¿Qué?

-Así es, jovencita -dijo McGonagall, enfadada. Pocas veces la habían visto tan enfadada anteriormente. Incluso a través de su máscara plástica, se la notaba en un estado de humor de los peores en que la hubieran visto. -Estamos atravesando momentos de extremada delicadeza y dificultad, y no podemos permitirnos tener dentro de nuestras paredes alumnos que no respeten las mínimas normas básicas del colegio.

-Pero…

-Hemos sido notificados de que usted, señorita Weasley, violó la cuarentena ingresando a la casa de Ravenclaw en escoba voladora.

-¡No! Pero, profesora…

-Y dado que está aquí, en un dormitorio de Ravenclaw, cuando debería estar en su cuarto de Gryffindor, de mi propia casa, temo que la evidencia no deja lugar a equivocaciones. El testimonio de la señorita Edgecombe es cierto, profesor Flitwick. Proceda a elaborar el acta de expulsión -añadió, con total severidad, firme e impasible.

Ginny tenía los ojos desorbitados. Flitwick lucía nervioso, y parecía no querer cumplir las órdenes de la profesora, mirando a Ginny muy apenado, pero no se atrevió a desobedecerla, y empezó a mover su pluma sobre un pergamino que llevaba en la mano, lentamente.

-¡No puede hacerme eso, profesora! Yo…

Pero McGonagall no le dio una sola posibilidad para defenderse.

-Sus dos hermanos irán con usted -añadió McGonagall-. ¿Cómo pudieron pensar en tener una actitud así en momentos como estos? Los tres, tanto usted como Fred y George, han sido atrapados volando por los cielos en escoba voladora. También el señor Jordan. Y los cuatro están a partir de este momento expulsados del colegio. Es mi decisión final, señorita Weasley. Ahora, si me disculpa, tengo mucho, MUCHO que hacer. Por si no lo sabía, mientras ustedes se divierten violando las normas que hemos establecido por su propia seguridad, hay muchos niños enfermos y muriéndose en este mismo castillo. Y es con ellos con quien debo estar ahora, no con alumnos rebeldes como usted.

"El jefe de la casa Ravenclaw la escoltará a usted y a sus dos hermanos fuera de los límites del castillo, y luego los llevará por medio de aparición conjunta hacia terrenos cercanos a la casa de sus padres, desde donde podrá volver con ellos por su cuenta. Adiós, señorita Weasley.

Con esas palabras coléricas y furiosas, McGonagall se marchó por el pasillo, acelerada y echando humos.

Flitwick terminó de escribir y miró a las dos niñas desde el interior de su mascarilla plástica, con expresión de tristeza.

-Lo siento, niñas -dijo, en voz muy baja y amarga.

Los ojos de Ginny se llenaron de lágrimas. Se volvió hacia Luna, que la miraba atónita, al parecer sin comprender lo que estaba pasando.

-Lo siento -dijo Ginny, mirando a Luna con mucha tristeza, mientras las lágrimas rodaban por su mejilla y se perdían en su mentón-. Lo siento mucho…

-No -Luna se acercó a ella y le acarició el rostro con una mano. Lucía impactada, como si todo aquello fuera demasiado para ella. -No. Está bien. Vamos a vernos de nuevo. ¿No es cierto? No importa. Puedo esperarte, Ginny. Cuando me dejen salir de aquí, iré contigo.

-Vamos, Ginny, es hora de irnos -dijo Flitwick, en el mismo tono de voz amargo.

Ginny rompió a llorar y abrazó a Luna con fuerza. El profesor ingresó al dormitorio y señaló un baúl que estaba bajo una de las camas.

-Vamos, te ayudaré a empacar -dijo, tristemente-. ¿Es este tu baúl?

Ginny asintió con la cabeza. Mientras Flitwick daba saltitos arriba de la tapa superior, para cerrar el baúl, Ginny y Luna se abrazaron y besaron por última vez.

-Hablaremos por celular -dijo Luna, con un triste hilo de voz-. Ginny, me enseñaste algo muy importante hoy.

-¿De verdad? -dijo ella, entre lágrimas.

-¡Sí! Me enseñaste a no tener miedo -dijo Luna, tomándola de las manos-. No tengo miedo, Ginny. Vamos a vernos de nuevo, y vamos a estar juntas. Te lo prometo.

Flitwick salió al pasillo, llevando el baúl de Ginny, y esta, luego de asentir varias veces, roja por el llanto, besó a Luna por última vez, le acarició la mano, mientras la miraba a los ojos, y salió detrás del profesor, para abandonar el castillo para siempre.

Mientras tanto, en el Vestíbulo, un muchacho con los ojos rojos y sudor cayendo por la frente avanzaba dando tumbos hacia el pasillo de la cocina, arrastrando un ligero equipaje.

Draco iba rengueando, con un encantamiento desilusionador. Se sentía terrible. Era evidente que tenía fiebre, y además había estado practicando el hechizo que debía hacer para completar su plan, y se le estaba haciendo difícil, porque la mayoría de las veces que apuntaba con su varita, no salía ningún hechizo.

-¿Qué estás diciendo, Cedric? -preguntó Anthony, mirando a su amigo como si este estuviera enfermo.

-Mira, viejo -dijo Cedric-. No es nada, ¿está bien? Solo me siento un poco afiebrado, y tengo miedo de tener el virus, eso es todo. Por eso es que creo que lo mejor es aislarme en ese cuarto que está vacío, al final del pasillo, donde no duerme nadie. No quiero ser el que traiga el virus a Hufflepuff, ¿entiendes? Diles a los prefectos que me fui de inmediato por la seguridad de ustedes, por si llego a tener el virus, y que si me siento mejor luego regresaré. Estaré allí, al final del pasillo. No pasa nada.

-De acuerdo -dijo Anthony, pero miraba a su amigo con una mala sensación. Lo conocía bien, y algo le decía que había algo más detrás de su extraño comportamiento reciente. -Oye, Cedric.

-¿Sí? -dijo él, que ya iba hacia la puerta con el baúl preparado y todo.

-Si hubiera algo más pasando aquí, nos lo dirías, ¿verdad?

-Claro que sí -mintió Cedric.

-Estuviste mucho tiempo con tu celular -dijo Anthony-. He pensado… Que, quizás… Hablabas con alguien.

-No -dijo Cedric, rotundamente.

-Si es así, imagino que sabes lo importante que es que Hufflepuff permanezca libre del virus -dijo Anthony, cruzándose de brazos.

-No sé de que hablas, amigo, pero es lo que te he estado diciendo. Iré a esa habitación precisamente para evitar contagiar a nadie, en caso de que lo tenga, y por eso me esté sintiendo así. ¿Lo entiendes?

Anthony lo ignoró.

-Si esto se tratara de alguna chica, o algo… -dijo su amigo, con mucho tacto-. Si alguien que no es de Hufflepuff te hubiera pedido ingresar aquí, para estar más a salvo que en su casa… Tú no permitirías eso, ¿no es así?

-Claro que no -dijo Cedric, mirando a su amigo a los ojos, que parecía haber adivinado todo.

-Porque nosotros somos más importantes -dijo Anthony-. Somos tus amigos, y no nos traicionarías. ¿No es así? No nos expondrías al virus a todos, a toda la casa Hufflepuff, por alguna chica o alguien que te haya estado hablando… ¿Cierto?

Llegado ese punto de la tensa conversación, todos los otros chicos del dormitorio se habían puesto de pie y miraban a Cedric muy serios y cruzados de brazos.

-No, amigos -dijo él-. Tranquilos. De verdad. No es eso. ¿Está bien? Confíen en mí. No estoy traicionando a nuestra casa. No podría hacer algo así… ¿Confían en mí?

Dijo eso y los miró con la esperanza de que le creyeran, de que no lo retuvieran en su camino a la Sala Común. Tenía que llegar ante Draco. Tenía que hacerlo.

Entonces, Anthony aflojó la expresión de su rostro y sonrió, más tranquilo.

-Oye, lo siento -dijo, ahora blando-. Solo quería estar seguro, ¿sabes? Para eso somos los amigos. Debemos cuidarnos la espalda entre nosotros.

-Lo sé -Cedric les guiñó un ojo-. No es nada, chicos. Seguro estaré bien y volveré mañana mismo. Solo me preocupo por ustedes, eso es todo.

-De acuerdo, amigo -Anthony se sentó en su cama, más tranquilo-. Espero que te mejores y que no tengas nada, de verdad.

-Nos vemos, chicos.

Cedric salió del cuarto y dejó su baúl en el pasillo. Caminó hasta la Sala Común, donde no había absolutamente nadie.

Malfoy, que no podía dejar de sudar y toser, caminó con resolución, pálido, y finalmente vio los barriles de los que había hablado Cedric.

Luego de abrir la puerta, se reveló ante él la Sala Común de Hufflepuff.

Lo había logrado.

Cedric estaba allí, ante él.

-Draco -dijo Cedric, y en su rostro se reflejó todo ese amor y deseos que tenía por Draco que tanto asco le daban a este.

Entonces, deseando que aquello funcionara, que su varita no le fallara en el momento más importante de su plan, Draco lo apuntó con su varita, y pronunció por primera vez en su vida contra otro ser humano aquel hechizo oscuro del que había oído y que sería fundamental para concretar su plan con éxito.

-¡IMPERIO!

Un haz de luz salió de su varita, golpeó a Cedric en el pecho, que no se esperaba aquello para nada, y de pronto los ojos de Cedric quedaron en blanco, poseídos, hipnotizados, y el chico se quedó inmóvil e inerte, en el lugar.

Draco sonrió.

Su plan había sido todo un éxito.

Trastabillando, porque se sentía fatal, Draco ingresó en la Sala Común de Hufflepuff y miró con asco todo a su alrededor. Esos despreciables sillones, almohadones y plantas por todos lados. La entrada se cerró tras él.

Malditos simplones afortunados, que solo habían tenido suerte con el virus. Los despreciaba tanto a todos.

Malfoy se acercó a un sofá, tomó uno de los almohadones y se tapó la cara con él mientras tosía. Luego dejó el almohadón donde estaba, caminó hacia una pared y empezó a tocarla con su mano, mientras caminaba por el pasillo de los dormitorios, con Cedric yendo hipnotizado tras él.

Tosió y tosió varias veces, sin molestarse en taparse la cara al hacerlo, mientras caminaba por todo el pasillo y pasando por las puertas de todos los dormitorios. Caminó, pisando a propósito al lado de las puertas, en los lugares donde sabía que los prefectos depositaban las bandejas con la comida.

Incluso tocó algunos picaportes, luego de limpiarse la nariz.

Cuando llegó a la mitad del pasillo, tomó el baúl de Cedric y lo arrastró el resto del camino hacia el fondo, junto con su propio equipaje.

-Dime cuál es la habitación vacía -le susurró.

Cedric, hipnotizado, caminó hacia una puerta al fondo de todo y la abrió. Malfoy entró, y luego de que Cedric ingresara tras él, cerró la puerta, dejó los equipajes a un lado y se dejó caer en una cama, agotado.

No podía más.

Estaba muy enfermo.

Le ardía la cabeza, no dejaba de toser, sus ojos estaban completamente rojos y cuando quiso hacer un hechizo para mover el baúl, no pudo. Ya no estaba pudiendo hacer magia.

-Esto es lo que harás -le dijo al Cedric hipnotizado-. A partir de ahora, yo te controlo. Cuando traigan las bandejas de comida, dirás que te sientes mejor, pero que por las dudas no quieres ver a nadie, que no quieres que nadie entre aquí, que esperarás a sentirte mejor antes de volver a tu habitación. Luego, pedirás doble ración de comida, argumentando que estás con mucho apetito. Y, sobre todo, no harás nada gay mientras yo esté aquí.

Cedric asintió, sus ojos blancos, completamente hipnotizado, de pie en el lugar, como una estatua.

Draco entonces sacó su teléfono del bolsillo, entró a la app "¿Amor Sí?", cambió el nombre de la persona que le gustaba de regreso a "Ginny Weasley", y volvió a enviarle otro mensaje a la chica, a pesar de que ella no había contestado nunca el primero.

-Vamos, linda -dijo en voz alta, para sí mismo-. Tengo que divertirme con algo mientras estoy aquí, solo. Respóndeme… Nadie sabrá… Nadie sabrá de lo nuestro…

Y entonces cayó hacia atrás, sobre la cama, delirando por la fiebre.

Mientras miraba el techo de aquella habitación vacía, se formó una sonrisa en su rostro.

-Finalmente estoy a salvo.