Capítulo 10. La zona cero
PRONÓSTICOS FUNESTOS PARA EL MUNDO MÁGICO
De acuerdo a un estudio realizado por los más prestigiosos magos europeos, la tasa de mortalidad del Horrovirus está en crecimiento constante. Esto significa que cada día es mayor el número de magos enfermos que mueren por la enfermedad. Hasta hace una semana, se creía que dicha tasa rondaba el 5% de los enfermos. Luego, se advirtió que había crecido al 7%. Actualmente está cerca del 10%, y dicen que seguirá en aumento.
Lo que los expertos explicaron a El Profeta Virtual es que, contrario a lo que se creía, cuanto más se contagia entre los magos y brujas, el Horrovirus se vuelve más letal. Cada nueva persona que se contagia y que lo transmite potencia al virus, por razones químicas, físicas y mágicas, por lo que la nueva persona infectada tiene más posibilidades de morir por el virus.
Estos hallazgos confirman los peores temores del mundo mágico: Aunque se mantenga una estricta cuarentena, el virus no está disminuyendo en intensidad, sino que, todo lo contrario, está atacando cada vez más. Según estimaciones, si no se hubieran realizado cuarentenas en la mayoría de los países, hoy la mitad de los magos y brujas del mundo habrían muerto por Horrovirus, y la tasa de mortalidad rondaría el 75%. Cabe mencionar el caso de la escuela Beauxbatons, que adoptó medidas demasiado tarde, donde a la fecha el 45% de sus alumnos han fallecido por la enfermedad.
En este momento, en Gran Bretaña, de cada cien enfermos que necesitan ser dormidos y están bajo tratamiento, diez mueren. Las cuarentenas han demostrado tener un efecto positivo al corto plazo, pero el colapso total del sistema sanitario y la agresividad en aumento del virus demuestran que no serán suficientes para detenerlo, y a largo plazo, el pronóstico es letal para todo el mundo mágico, si no encuentran la vacuna pronto. Todos los países ruegan en este momento que se halle una vacuna, que será la única solución posible.
Los expertos trabajan incansablemente en ello, día y noche, pero hasta el momento no están más cerca de hallarla… (click aquí para leer el resto de la noticia).
Penélope Clearwater apartó sus ojos de la pantalla de su teléfono, luego de leer aquella noticia en el titular de El Profeta Virtual.
-Oh, Dios -dijo, angustiada. Se guardó el teléfono y golpeó la puerta de aquel dormitorio de la casa Ravenclaw. -¡Revisión matutina, niñas!
Se oyeron pasos adentró y Lisa Turpin abrió.
-Niña -corrigió-. Solo quedo yo.
-Lo siento, Lisa -dijo Penélope, sacando su varita-. Lo había olvidado -le hizo la revisión de rutina, y luego de acariciar su varita alzó los ojos hacia ella, tratando de que sus noticias no sonaran duras-. Aun estás portando el virus, Lisa. Pero no te preocupes, sé que…
Vio que empezaban a caer lágrimas por su rostro.
-No… No te pongas mal, pequeña -Penélope entró al cuarto y le dio un abrazo, a través de su traje plástico.
-Padma murió -dijo la niña, empezando a llorar descontroladamente, en sus brazos. Penélope se quedó con los ojos muy abiertos, mientras la abrazaba y la sentía sacudirse por el llanto.
-Lo sé… Lo siento mucho, Lisa. Sé que compartía habitación contigo.
-Era más que eso -dijo ella, abrazándola con fuerza y quebrándose con el llanto-. Era… Era mi amiga.
Se quedaron abrazadas un buen rato. Penélope luchó por esconder sus propias lágrimas, que sentía bajo la máscara, en el momento en que se apartaron.
-Tú estarás bien, Lisa -le dijo, mirándola a los ojos-. Morag y Mandy están en Gryffindor ya, a salvo. Y sé que cuando venga a hacerte el test, uno de estos días, darás negativo e irás con ellas también.
Pero Lisa seguía llorando, sin poder parar.
-Te lo prometo -añadió Penélope, dándole una caricia en el hombro.
Se marchó de allí, porque tenía que continuar con los test y hacer a tiempo para llevar todos los desayunos a las habitaciones, ya que cada vez había menos prefectos y profesores sanos para ayudar a los niños, así que ella sola tendría que hacer todo eso ese día. Sin embargo, aquella partida apresurada de la habitación de Lisa le dejó un hueco en el corazón que no sanaría en todo el día. Aquellos días estaban destruyéndola, cada vez más, lentamente. Por las noches lloraba hasta quedarse dormida y deseaba poder huir, y a veces estaba convencida de que lo haría. Pero si lo hacía, dejaría aun mas solos a esos niños. Su única motivación para continuar era el saber que alguien tenía que hacerlo, que no quedaba otra.
Golpeó la puerta del siguiente dormitorio, respirando hondo.
-¡Revisión matutina!
-Oh, no, vino Penélope -dijo Justin, poniendo los ojos en blanco, adentro.
-La tonta Penélope -se burló Hannah, en voz baja-. No la soporto. ¡Adelante! -gritó.
-Hola -Penélope entró, cerrando la puerta detrás de sí.
-Siempre con la misma cara de aburrida -murmuró Hannah en el oído de Susan, y ambas rieron, mientras Penélope le hacía el test a Ernie.
-Aún lo tienes, Ernie…
-Sí, no pasa nada -dijo él-. Mañana será otro día.
Fue el turno de Justin.
-Tú también, Justin… -continuó-. Tú también, Hannah… -continuó-. Y tú, Susan. Bueno, saben que esto puede cambiar en cualquier…
-Sí, sí, lo sabemos -dijo Hannah, quitándole importancia, para que ya no hablara. Con expresión triste, Penélope continuó con Luna.
-Oh… -acarició su varita-. Luna, tú ya no lo tienes.
-¿En serio?
-Sí -dijo ella, y le esbozó una pequeña sonrisa-. Eres afortunada.
-Debo serlo -dijo Luna, con expresión soñadora-. ¿Ya puedo ir con Ginny, entonces?
-Sí, claro. McGonagall me dijo de tu caso. Prepara tus cosas. Lo mejor será hacerlo rápido, para reducir riesgos. Ve a la Sala Común, y te veré allí en cuanto pueda.
Penélope salió del dormitorio, y Luna quedó allí, sonriente.
-Bueno, Luna -dijo Justin-. Supongo que es el adiós.
-Fue un placer compartir el dormitorio con ustedes -dijo la niña-. Aprendí muchas cosas.
-¿Cómo qué? -quiso saber Susan.
Luna se quedó totalmente en silencio, con la mirada perdida.
-No importa -dijo Hannah-. Te extrañaremos, Luna.
-Gracias -dijo ella, sonriente-. Se ha sentido casi como tener amigos.
La niña preparó sus cosas a toda velocidad, los saludó con la mano, contenta, y se marchó.
-¿Qué tal tu cita de anoche, Cho? -preguntó Jenny, sirviéndose café y pan con fiambres. Estaban desayunando en una punta de la larga mesa colocada en la Sala Común de Gryffindor.
En ese preciso momento, Angelina y Alicia, que venían charlando animadamente, estuvieron a punto de sentarse junto a ellas. Cuando ya habían corrido las sillas para hacerlo, Oliver Wood apareció allí corriendo a toda velocidad y haciéndoles señas.
-¡Chicas! -les gritó, acercándose desesperado.
-¿Qué pasa, Oliver? -dijo Angelina.
-Vengan, vengan aquí, conmigo. Tengo que hablar con ustedes -se las llevó de allí a toda prisa, hacia la otra punta de la mesa.
-Oh, no -protestó Alicia, mientras iban tras él-. Espero que no sean más tácticas y estrategias para tu partido de Quidditch, Oliver. Te dijimos que ya no lo hagas.
-¡Será muy breve, lo prometo! -dijo él, llevándoselas a la rastra de allí.
-Bien -dijo Jenny, continuando la conversación con Cho-. Te preguntaba que cómo estuvo tu cita con Harry.
-¡Excelente! -dijo Cho, sonriendo y sirviéndose medialunas-. Fue muy interesante, Jenny. Harry es un gran… escuchador. Es educado. Te deja hablar. No anda interrumpiéndote constantemente. La verdad es que me gustó mucho. Solo en una oportunidad se puso a hablar de Quidditch, así que lo interrumpí. Porque claro, ya que a ambos nos gusta eso, no podíamos hablar del tema en la primera cita. O luego se nos agotarán los temas de conversación. Y tengo planeadas al menos tres primeras citas con él, según estuve anotando anoche en mi libreta. Luego de la tercera, lo dejaré besarme. Allí me pedirá que sea su novia, y luego será oficial.
-Quizás te estás adelantando un poco -comentó Jenny, en voz baja, sin querer herir los sentimientos de su amiga-. ¿No te había pasado algo similar… con Cedric?
-No, claro que no -dijo Cho-. Voy a escribirle a Harry ahora mismo.
-¡Oye, espera!
-¿Qué pasa? -Cho ya tenía el celular en la mano.
-Pero si la cita fue anoche. Espera un poco primero. Además, quizás él debería ser quién te escriba a ti, ¿no crees?
-Oh, no, Jenny. Eres igual que Marietta. Bueno, quizás ambas tengan razón. Soy muy ansiosa, lo sé. Pero realmente me gustó este chico. Si no me escribe para mañana, voy a escribirle yo. Es decir, sé que nuestra cita fue anoche, pero, ¿cuándo será la segunda? Tampoco podemos ir tan lento. Necesito saber fechas.
Dos chicas que pasaban caminando por allí les dirigieron una mirada de desprecio y continuaron avanzando hasta sentarse en un punto al medio de la mesa. Una de ellas tenía maquillaje negro bajo los ojos, el cabello muy negro atado en una cola de caballo alta y un collar de cuero con tachas.
-Este lugar me repugna -dijo Millicent Bulstrode, sentándose junto a su amiga-. Qué desagradable que es haber terminado aquí. En Gryffindor.
-Pensé que te gustaría estar aquí, ya que significa que estás a salvo -dijo Pansy Parkinson, acomodándose su collar de tachas.
-¿A salvo? -Millicent puso cara de asco, mirando las opciones de desayuno-. ¿No leíste El Profeta? Todos vamos a morir.
Pansy se sirvió un enorme waffle y lo empezó a masticar. Se rascó la nariz, pensativa, sus ojos oscurecidos por el maquillaje negro.
-Finalmente, me reuniré con mi amada.
Millicent revoleó los ojos.
-La muerte -explicó Pansy, masticando de forma lenta y mirando a su amiga con una expresión misteriosa-. Sabes que me obsesiona la muerte.
-Sí, lo sé. Sé quién es tu amada. No tienes que explicármelo. ¿No amabas a Draco también? Pensé que estarías triste, luego de lo que le pasó…
-Jamás amé a Draco -dijo Pansy, parpadeando rápido-. Eso no era amor. La muerte es mi amor. Draco ahora está con ella -y sonrió-. La oscuridad es todo lo que soy. De niña quería ser un vampiro.
-Sí, me lo dijiste, Pansy.
-Cuando el Horrovirus finalmente me mate, la muerte y yo estaremos juntas -dijo Pansy, ondeando una mano en el aire, sus ojos brillando con el fantasma de algo que solo ella veía, una oscuridad cerniéndose sobre su rostro, que tenía una malévola y extraña expresión de goce-. Estoy lista para ir contigo, amada. Pronto estaremos juntas en la eternidad.
Millicent la ignoraba, mirando a la otra gente de alrededor con asco.
-He pensado en ella toda la noche, ayer. Era noche de luna llena, así que, naturalmente, estuve despierta hasta las cinco de la madrugada afilando mis colmillos con mi varita. Compré una poción hace un tiempo, en el Callejón Knockturn, que afirma estar hecha a base de sangre de unicornio. Aumenta tus poderes al beberla en noches de luna llena. Deberías probarla. Es deliciosa. Me encanta sentir la dulce sangre chorreando por mis labios…
Pansy acarició sus labios, que estaban pintados de un tono muy oscuro, y cerró los ojos.
-Aunque, pensándolo bien -dijo entonces, abriéndolos nuevamente-, no puedo ir al encuentro con mi amada con las manos vacías… ¿No lo crees?
-¿De qué hablas?
-Debo ofrecerle algo, antes de nuestro encuentro -dijo Pansy, haciendo ademanes con las manos en el aire, como si agarrara algo invisible-. Algo que la oscuridad valore. Algo que la muerte acepte como mi regalo divino. Solo así me amará como yo la amo a ella.
Pansy miró alrededor, como buscando algo con la mirada.
-Tiene que ser algo especial… Algo como… Un sacrificio.
-¿Un sacrificio? -Millicent sabía que Pansy era así, rara, pero desde que había empezado la pandemia estaba peor que nunca. No dejaba de decir que por fin había llegado la hora de que todos vayan con su amada.
-Un sacrificio… -Pansy miraba alrededor, desesperada, anhelando una presa digna de su daga diabólica-. Un cordero para el asador, un cerdo para el matadero. Eso necesito. Una ofrenda… Tiene que ser alguien que luzca como un cerdo. Que sea tonto como un cerdo. Un niño tonto, eso necesito…
Sus ojos se posaron en Neville, que acababa de bajar por las escaleras junto a Seamus y Dean, charlando. Neville resbaló con un pedazo de fiambre que había caído al suelo, anduvo unos tres metros patinando y gritando hasta que finalmente se golpeó con una silla y voló dos metros más, de cabeza, hasta caer al suelo.
Se formó una sonrisita en la cara de Pansy.
-Perfecto.
-¿Vas a sacrificar a Neville Longbottom? -preguntó Millicent, boquiabierta.
-Sé exactamente cómo -dijo Pansy-. ¿Recuerdas, en el verano pasado, cuando llevé a todas mis serpientes al cementerio, y dormí con ellas en una fosa recién abierta?
-Sí, cómo olvidarlo -dijo Millicent.
-Ese día vino a mí, en un sueño místico -susurró Pansy, con los ojos muy abiertos, como mirando algo espectral que flotaba ante ella-. La primera fase del sacrificio es el engaño. Debo encantar a la presa. Encantarla como a una serpiente con una flauta. Hacer que se enamore de mí… Y, cuando eso haya ocurrido, empezará la fase dos…
Neville se puso de pie, torpemente, se limpió la túnica, ruborizado, y caminó a los tropiezos hasta una silla cerca de Oliver, Alicia y Angelina. Seamus y Dean se sentaron frente a él y empezaron a comer a toda velocidad.
-Tenemos que hacer algo, amigos -decía Seamus, leyendo en su celular-. Según esta noticia, a menos que encuentren la vacuna pronto, todos vamos a morir.
-No seamos tan dramáticos… -empezó Dean.
-No, Dean -dijo Seamus-. Es hora de ser realistas. Si la tasa de mortalidad va en aumento, no habrá cuarentena que nos salve. Al final, en algún momento, el virus nos agarrará, y atacará peor que nunca. Nadie podrá salvarse, todo el mundo mágico va a morir.
-¡Oh, no! -dijo Neville, asustado.
-Vamos, no podemos pensar así -dijo Dean-. Apuesto a que encontrarán la vacuna. Pronto.
-Pero, por si eso no pasa, tenemos que hacer algo -dijo Seamus-. Solo imagínenlo: El último día de sus vidas. ¿Qué harán con él? ¿Quedarse aquí dentro, mirando el celular?
-¿No eras tú el que estaba todo paranoico con el tema? -dijo Dean, frunciendo el ceño-. ¿El que tomaba absolutamente todas las precauciones…?
-Eso ha terminado -dijo Seamus-. Con esta noticia -señaló su celular-. Si todos vamos a morir, entonces quiero hacer algo para despedirme de esta vida.
-¿Algo como qué?
Seamus, entonces, rebuscó en su bolsillo y sacó un enorme pergamino, que fue desdoblando.
-Esto es un plano de Hogwarts que saqué hace tiempo de la biblioteca y jamás devolví -dijo él, extendiendo el plano sobre la mesa y señalándolo con un dedo a sus amigos-. Esto de aquí es la Torre de Astronomía, la torre más alta de todo el castillo -abría grandes los ojos mientras hablaba, mirándolos mientras se inclinaba sobre el mapa.
-¿Y qué quieres hacer ahí? -preguntó Dean.
-Toda mi vida he soñado con hacer bungee jumping de forma muggle desde allí -les explicó, con una sonrisa de total emoción.
Dean arrugó la cara.
-Estás bromeando.
-¡No! -dijo Seamus-. De solo pensarlo me emociona tanto… El elástico… Saltar… Extender los brazos… Es un sueño de toda la vida. O desde que empezamos a estudiar aquí, al menos. En cada clase, cuando me aburro, siempre imagino que estoy allí arriba, colocando el elástico, atándolo a mis pies, al borde del abismo… Y finalmente saltando, cayendo a toda velocidad, sintiendo la adrenalina, rebotando, subiendo de nuevo, y cayendo otra vez.
-Pero, Seamus -dijo Neville-. Somos magos. Puedes volar en escoba más alto que eso. ¿Para qué quieres…?
-No es lo mismo -dijo Seamus, motivado-. No es la misma adrenalina. En una escoba te sientes seguro, porque sabes que todo estará bien. Es un instrumento mágico. No da miedo. Pero si haces bungee jumping de forma muggle, la adrenalina debe ser realmente increíble. Sin nada de magia que te salve, sabes que, si algo sale mal, son solo tú… y el suelo.
-Esto es lo más estúpido que he oído en toda la semana -dijo Dean, masticando su waffle-. ¡Y me la pasé oyendo estupideces! Vamos a morir, Seamus, ¿y tú quieres hacer salto en bungee de forma muggle desde la cima de la Torre de Astronomía?
Seamus asintió, enérgicamente.
Dean se encogió de hombros.
-De acuerdo, hombre, hagámoslo -dijo-. Después de todo… ¿qué más da?
-¡Genial! -dijo Seamus-. Contamos contigo también, ¿verdad, Neville?
Neville estaba algo nervioso, pero asintió.
-Bien, vamos con eso -Seamus sacó una pluma y empezó a trazar líneas y flechas en el mapa-. Sé dónde conseguir los metros de elástico necesarios. El principal problema es que no podemos solo atarlo a las almenas de la torre. O nos golpearíamos contra la pared del castillo al saltar. Requiere de algo más, algo firme, como una tabla, que se extienda sobre el vacío al menos cinco metros. Y desde allí debe hacerse el salto…
Mientras Seamus explicaba todo eso, Neville se puso de pie.
-¿Ya te vas?
-Sí, estoy algo mal del estómago -dijo él-. Mejor voy arriba.
-De acuerdo -dijo Seamus-. Te sigo explicando en la habitación, en un rato.
Neville se alejó, solo. Todos los demás alumnos que habían estado desayunando ya estaban subiendo otra vez a sus habitaciones, porque el turno estaba por acabar; entre ellos Alicia, Angelina, Wood, Cho, Jenny y dos chicas de Slytherin. Con ellos tres, habían completado los diez alumnos que tenían permitido bajar a la vez.
Neville empezó a subir las escaleras hacia los dormitorios, que estaban inusualmente oscuras.
Mientras pisaba los escalones, sintió una ventisca fría azotarle el cabello. ¿Las escaleras siempre habían sido tan largas?
Se hizo un silencio inusual. La oscuridad de esa escalera de caracol, de rocas frías y antiguas, era tal que no veía dónde pisaba.
Creyó oír una música extraña, a lo lejos, como una niñita cantando… ¿Era su imaginación?
Un escalofrío recorrió todo su cuerpo.
Sintió algo, como una respiración en la nuca. Se volvió.
Una especie de risa macabra le llegaba desde arriba, desde lo alto de las escaleras que giraban y giraban, sin poder ver qué había allí, o quién...
-¿Hay alguien aquí? -preguntó, asustado.
Entonces, mientras subía por ese ambiente tenebroso, vio algo.
Se detuvo.
Su corazón latía a toda velocidad. Había alguien. Una chica. Sumida en penumbras, lo miraba desde un escalón superior, contra una pared. Estaba envuelta en una oscuridad impenetrable. Solo estaba allí parada, mirándolo, pero otro escalofrío le recorrió la espalda, y sintió miedo.
-¿Quién eres? -le preguntó, tratando de ser valiente. Pudo notar que la chica en cuestión sonreía, aunque era difícil estar seguro.
-Hola, Neville -lo saludó, con un susurro de ultratumba.
Neville respiró agitado. La chica empezó a caminar hacia adelante. Una minúscula franja de luz que venía del resquicio de una puerta le dio en la cara, y vio que se trataba de Pansy Parkinson. Eso no hizo más que ponerlo aún más nervioso.
-Ho… Ho… Hola -dijo, tartamudeando.
Ella no decía nada. Se acercó a él, mirándolo fijo a los ojos. Neville juraba que oía susurros, que envolvían a la chica, como si hubiera criaturas dentro de las paredes, serpientes, provocando un infinito siseo en sus oídos que lo estaba volviendo loco.
-Sé quién eres -dijo Neville, tratando de demostrar valentía-. Eres Pansy Parkinson. De Slytherin… Qu… Qu… ¿Qué quieres?
Ella lo miró con malicia y sonrió.
-Estaba pensando en ti, Neville… -dijo de forma muy pausada y lenta, arrastrando las palabras-. ¿Te ha dicho alguna chica… lo apuesto que eres?
Neville se sorprendió ante aquello. Menos mal que estaba tan oscuro, así ella no veía cuánto se había ruborizado.
-¿Eso crees?
-Oh, claro que sí -dijo ella, en un susurro que parecía endiablado-. Y ahora que tengo la oportunidad, estando aquí, en la torre Gryffindor… Quisiera salir contigo, Neville.
Este se puso muy nervioso.
-D… De… ¿De verdad?
Pansy se acercó más a él, la línea de luz la iluminó más de cerca, y Neville trató de sonreír, con mucha timidez, inmóvil en el lugar, paralizado.
-De verdad -dijo ella, y su susurro sonó como el siseo de una serpiente, haciendo eco entre las paredes de roca.
-¡Ya volvemos, chicos! -se oyó la voz de Ron, y este y Fay desaparecieron, cerrando la puerta tras ellos.
Harry le dirigió una mirada a Hermione. Esta se ruborizó al instante y miró hacia otro lado.
-Parece que así va a ser, a partir de ahora -comentó Harry, mirando hacia la puerta.
-¿Hablas de Ron y Fay?
Harry asintió, preocupado.
-Tranquilo, Ron no va a dejarte de lado -dijo ella-. Es normal que, si ahora sale con Fay, esté pendiente de ella…
-Sí, sé que es todo muy reciente -dijo Harry-. Pero el que vaya a desayunar con ella, y no conmigo…
-No te preocupes, todo estará bien -dijo Hermione, quitándole importancia.
Harry, que estaba sentado al borde de su cama, cambió la postura y apoyó ambas manos en el mentón.
-¿No estás preocupada por la noticia?
-Bueno… A decir verdad, sí -dijo ella-. Sé que se ve horrible, pero tenemos que tener esperanza. Si no, ¿qué más nos queda?
Harry asintió, lentamente. Se preguntó, en el caso de que no encontraran una vacuna, y que todos realmente fueran a morir, qué haría en sus últimos momentos de vida. Era una pregunta estúpida, lo sabía, pero se imaginó que todos debían estar pensando en eso en aquel momento. Supuso que él, Harry, querría tomar su escoba y volar sobre el campo de Quidditch por última vez, buscando una Snitch dorada, sintiendo el viento en su rostro…
Hermione, en la otra cama, se hacía la misma pregunta. ¿Qué haría si fuera su último día de vida? Y se imaginó junto a Harry, ambos sentados en los terrenos de Hogwarts, bajo el sol, rodeados de flores y dándose de comer chocolates en la boca el uno al otro, mirándose a los ojos y tomados de las manos.
-Te amo, Hermione -le decía Harry, en su alocada fantasía-. Hermosa, amor mío, alma gemela.
-Mi ángel bello -le decía ella, acariciando su rostro-. Mi musa, mi inspiración, mi todo…
-¿Hermione? -preguntó Harry, en la vida real.
Ella abrió los ojos de par en par. Se había quedado con cara de idiota mientras pensaba en aquello, con una sonrisita ridícula.
-Sí, ¿qué pasa?
-Te preguntaba que qué harías si fuera tu último día de vida.
-Oh, eh, estudiaría algo -dijo ella, encogiéndose de hombros.
El sol de la tarde caía débil y dorado sobre La Madriguera. Desde su habitación, Ginny miraba hacia los amplios campos que se extendían más allá, a la distancia. Pensaba en Luna, tal como había hecho cada día desde que la habían enviado de regreso a casa. Pensó en el sabor de sus labios, en esos pocos besos que habían podido compartir antes de que las separaran de esa forma despiadada y brutal. Mientras miraba al sol de la tarde, cayendo a lo lejos, vio que unas figuras caminaban por la entrada de La Madriguera.
Dio un salto en su lugar y apoyó ambas manos en el vidrio, mientras miraba con atención.
¿Quiénes eran? Estaban envueltos en trajes plásticos. Una figura era alta, la otra más baja, y la otra parecía un niño de su edad. Caminaron hasta la entrada de la casa. No podía ver sus rostros desde allí. Eso era tan extraño. ¿Quiénes podían ser?
-Oh, ¡hola! Adelante -saludó la señora Weasley, al abrir la puerta a los recién llegados, esbozando una sonrisa amable-. Los estábamos esperando.
McGonagall, Xenophilius Lovegood y Luna ingresaron a la casa.
-Hola, Molly, no tengo mucho tiempo -saludó McGonagall, de forma rápida pero cordial-. El desastre que hay en el castillo… Te imaginarás.
-Oh, sí, por supuesto, por supuesto. Déjenme prepararles algo de beber.
McGonagall miró su reloj, impaciente.
-Bueno, señor Lovegood, le pido disculpas una vez más por el terrible suceso de discriminación que, lamentablemente…
-No, no, no hay de qué -dijo Xenophilius, sonriendo-. Me alegra ver que su escuela se adapte a las tendencias modernas. Siempre he sabido que mi hija, Luna, no se conformaría con los estándares pre-concebidos de la post-modernidad. Comparte el ansia de exploración que heredó de su madre, y de mí, esas ansias por explorar los territorios desconocidos de la existencia humana -amplió su sonrisa, aunque McGonagall frunció el ceño y lo miró de arriba abajo algo escandalizada.
-De acuerdo, mejor ya me voy. Les deseo la mejor de las suertes. ¡Molly! Lo siento, querida, tengo que partir.
-¡Oh! -la señora Weasley acababa de aparecer con una bandeja llena de tazas de té-. Lamento oír eso, Minerva. Les deseamos lo mejor… ¡Cuiden a nuestros niños!
Luego de la partida de McGonagall, la señora Weasley invitó a Xenophilius y a Luna a sentarse en un sofá. El señor Weasley apareció en ese momento, bajando las escaleras rápidamente.
-Lo siento, querida, justo estaba en el ático. ¡Oh! Hola, Xenophilius. ¿Cómo estás?
-Hola, Arthur. Muy bien, ¿y tú?
-¿Puedo ir ya con Ginny? -preguntó Luna, ansiosa.
-En un minuto, querida -la señora Weasley sonrió-. Mantuve la sorpresa tal como me dijiste, no le dije una palabra -le guiñó un ojo-. No se imagina que viniste a pasar la cuarentena con ella, para nada…
-¡MAAAAAAAAAAAAAMÁÁÁÁÁÁ! -se escuchó el alarido de Ginny, a lo lejos, proveniente del interior de su dormitorio, en un piso superior-. ¡¿QUIÉN ESTÁ ALLÍ ABAJO?!
-¡NADIE, GINNY! -gritó la señora Weasley, enfadada-. ¡TE DIJE QUE NO HABLES A LOS GRITOS DESDE TU HABITACIÓN!
-¡¿PUEDEN CALLARSE TODOS?! -se oyó el grito de Fred, desde su cuarto-. ¡ESTAMOS TRATANDO DE FABRICAR CHASCOS AQUÍ! ¡OH! ¡DIGO, DE JUGAR AJEDREZ MÁGICO! ¡DE JUGAR AJEDREZ MÁGICO, ESO DIJE!
-Bueno, señor Lovegood, no lo entretendré mucho -dijo la señora Weasley-. Solo quería hablar con usted porque, bueno, si bien soy abierta de mente y todo… La verdad es que es difícil para mí, siendo Ginny mi única hija mujer, renunciar a la única posibilidad que tenía de tener un yerno…
-Quizás más adelante rompamos -dijo Luna, con su brutal honestidad-. La mayoría a mi edad rompen enseguida. Yo ni siquiera estaba segura de mi homosexualidad hasta ayer.
-Oh, querida, no tienes que decir eso -dijo el señor Weasley, sonriente-. Todos en esta casa estamos contentos de la noticia, y de que vayas a pasar la cuarentena aquí con Ginny.
-Te chequearon bien, ¿verdad? -preguntó la señora Weasley-. Supe que eras portadora…
-Le hicieron el test unas cinco veces hoy -la tranquilizó Xenophilius-. Cuando salió del castillo, luego en mi casa…
-Estoy bien -dijo Luna-. Solo extraño a Ginny.
-Oh, son tan lindas -dijo la señora Weasley.
-¿Puedo ya subir…?
-Me recuerdas tanto a… -dijo la señora Weasley, interrumpiéndola mientras se ponía de pie-… A una niña que solía salir con nuestro hijo Charlie -fue a una repisa y tomó un álbum de fotografías. Luna miró a su padre con enfado, y este se encogió de hombros disimuladamente. -Oh, Charlie, él es el segundo más grande -dijo, mientras buscaba a la niña de la que hablaba en su álbum de fotografías. Pero se distrajo viendo otra foto, y se olvidó de ella. -Oh, miren. Aquí está Charlie entrenando a su primer dragón, en Rumania.
-¿Rumania? -Xenophilius se puso muy serio y se quedó petrificado, en su asiento-. Pero… Pero si esa es la zona cero.
-Oh, sí, claro -dijo el señor Weasley, muy serio-. Charlie ha estado allí, cuando empezó todo esto. Cuando el Horrovirus apareció por primera vez, allí en Rumania. De hecho, varios compañeros suyos han muerto. Estábamos tan preocupados…
-¿Y él está bien? -preguntó Xenophilius, nervioso. Notaron que agarraba a Luna del hombro.
-¡Sí, sí! -dijo el señor Weasley rápidamente, entendiendo la preocupación del mago-. ¡Jamás vino aquí desde que pasó eso! No tienes de qué preocuparte, Xenophilius. Y él está bien. Sabe cuidarse. Es un muchacho fuerte. Siempre le digo a Molly, debemos recordar que entrena dragones. Sin dudas que es un muchacho fuerte -le lanzó una mirada nerviosa a su mujer, que ahora lucía angustiada-. Además, ahora está involucrado con todo esto del Horrovirus. Está ayudando al principal laboratorio de investigaciones, que está allí mismo, en la zona cero.
-¿Cómo que allí mismo? -dijo Xenophilius, abriendo exageradamente los ojos-. ¿Su hijo aún está allí?
En ese momento, Charlie caminaba bajo el intenso sol de la tarde subiendo la ladera de una verde y amplia colina. Llevaba un traje plástico que lo cubría por completo. Todo alrededor era un verde prado gigantesco, un paisaje de Rumania en el que no había nada ni nadie. Solía haber algunos poblados de magos cerca, pero hacía meses que los habían evacuado por completo. Los pocos magos que se veían por allí eran personas que trabajaban para el mismo laboratorio que él, y siempre iban híper protegidos en trajes de cuerpo completo.
Tras un árbol, se oía un sonido que conocía muy bien. El que solo un dragón produce.
-Vamos, amiguito… -dijo, acercándose, lentamente. Se trataba de un pequeño ejemplar de un Colacuerno húngaro, de apenas unas semanas de vida. -Estuve un largo rato esperando por ti.
El dragón lo miraba entre asustado y curioso. Su madre acababa de salir a cazar. Tenía unos veinte minutos, como máximo, antes de que regresara. Había estado toda la tarde esperando el momento.
Charlie tomó sus frascos, y con su varita convocó saliva desde la boca de la criatura, la que depositó en estos. En cuanto terminó, guardó sus muestras y se quedó mirando al pequeño dragón, sonriente.
-Tú sí que eres un Colacuerno hermoso -le dijo, acariciándole la cabeza. El dragón estornudó y Charlie se apartó al instante, por puros reflejos, con lo que no se quemó con la llamarada de fuego. -Bueno, amiguito, mejor me voy antes de que vuelva mamá. ¡Cuídate mucho!
Se marchó de allí. Luego de caminar algunos metros, giró sobre sí mismo y se desapareció.
-Tengo más muestras -anunció, horas después, ingresando a una de las salas del enorme laboratorio, ya sin el traje plástico-. Son de Colacuerno húngaro. Tres semanas de vida y… dos días, diría yo.
-Genial, Charlie -dijo Ioan, un hombre nativo de Rumania que le había conseguido el empleo allí un tiempo atrás, cuando comenzó la epidemia, y al poco tiempo se habían convertido en mejores amigos-. Puedes dejarlas por ahí, si quieres. Pero tengo malas noticias.
Charlie dejó la mochila con los frascos y se acercó a Ioan. El hombre estaba cabizbajo, sentado frente a su escritorio. Charlie vio que había una botella de whiskey abierta en una esquina de la mesa, y frunció el ceño. Ioan había dejado la bebida hacía años, según le había dicho.
-¿Qué ocurre? -preguntó, preocupado.
-El director del laboratorio dio la orden de detener las investigaciones con dragones -dijo, en voz baja.
-¿Por qué?
-Ya tienen las muestras que necesitaban. El estudio ha concluido. Y los resultados no son nada buenos, Charlie… La mayoría de los dragones estaban infectados, aunque no tuvieran síntomas, ni hayan muerto, ni nada.
Charlie frunció el ceño.
-¿Y qué significa eso? Sabes que no soy científico, como tú y los demás. Me contrataron porque sé de dragones, para obtener muestras de ellos. Nada más. ¿Por qué es malo que ellos estén infectados? Si no los perjudica, si viven una vida normal, y no mueren…
-Al laboratorio no le interesan los dragones, Charlie -dijo Ioan, mirando a su amigo, que sabía que era un amante de esas criaturas y le dolería oír eso, pero era la verdad-. Solo piensan en desarrollar una vacuna para los humanos. Es lo que todo el mundo quiere. En este momento, somos el laboratorio que tenía más posibilidades de encontrarla. El que más estudios hizo. Y luego de que se supo, hoy mismo, en todo el mundo, que el Horrovirus tiene la potencialidad de matar a todo el mundo mágico, hoy más que nunca quieren la vacuna.
-Estoy de acuerdo -dijo Charlie, sin comprender-. Yo también la quiero. Todos la queremos.
-Sabemos una cosa -dijo Ioan, alzando un dedo-. El virus hizo un salto desde los dragones a los humanos. Eso ya es un hecho, con este estudio. Ellos portaban el virus antes que nosotros. Se desconoce cómo o cuándo lo empezaron a tener. Pero luego el virus saltó a humanos, se cree que por accidente, por medio de unos comerciantes de piel de dragón, aquí en Rumania, en la zona cero. Claro que ya lo sabes, porque algunos de tus antiguos colegas criadores de dragones fueron de los primeros enfermos…
-Lo sé -dijo Charlie-. Sé que tuve suerte de sobrevivir. Y yo les dije a todos ellos que no viajaran, que se quedaran aquí. Pero sin que el gobierno pusiera restricciones, muchos cuidadores de dragones y gente de la zona que se había infectado empezaron a viajar a otras partes de Europa, y luego se fue propagando por todos lados… hasta que alcanzó al mundo entero. Pero, Ioan, si está confirmado que el virus saltó de los dragones a los humanos, entonces, ¿eso no tiene alguna utilidad? Sabiendo eso, ¿no puede hacerse una vacuna basada en la genética de los dragones… o algo así?
Ioan negó con la cabeza.
-Para explicártelo de forma sencilla, Charlie… Piensa que los dragones son criaturas enormes, poderosas. Nosotros somos pequeños y débiles. Por eso ellos sobreviven al virus y nosotros no. Los gigantes también han demostrado ser inmunes. Ellos portaban el virus, pero no los perjudicaba. Los dragones vivían una vida normal, con el virus. Pero al ocurrir el salto a los humanos, no fue igual. Y la gente empezó a morir. No podemos replicar la genética del dragón, ni nada parecido, e insertarla en un ser humano. Eso es imposible. No puede hacerse una vacuna a partir de eso.
-Entonces, la mala noticia es…
-Con el estudio concluido, ahora estamos 100% seguros de que no tenemos forma de hacer una vacuna contra el Horrovirus. No hay opciones. Los dragones tienen magia dentro. Son criaturas mágicas. El virus se alimentaba de esa magia, pero ellos eran más fuertes que el virus, y por eso lo portaban sin sufrir daños. Nosotros no tenemos esa suerte. No podemos "fortalecernos" para ser como los dragones, ni nada así. Es la naturaleza de nuestra especie, y de nuestra magia. Es diferente a la de los dragones.
-Entonces… Jamás habrá vacuna. Jamás habrá solución…
-El director ya envió los resultados a la OMS. Los publicarán mañana, y la noticia estará en todas partes.
Charlie se quedó en silencio. Ambos estaban allí, quietos, sin decir nada. Finalmente, Charlie volvió a hablar.
-Entonces, ahora sí nos escucharán.
-Olvídalo, Charlie.
-¡Pero tienen que hacerlo! ¡¿Cómo no van a dar lugar a nuestra idea, si ya está confirmado esto?!
-Porque los conoces, Charlie… Ya dijeron que no. Recuerdas todo el revuelo que hubo, ¿verdad? Y no hables de eso. Podría haber micrófonos aquí. Ya nos han dicho que nos olvidemos del tema, esto no es un juego…
-Pero no lo hicimos -dijo Charlie, mirándolo a los ojos-. No lo hicimos. ¿Verdad que no? No lo olvidamos. Vamos a seguir adelante, tú y yo. ¿Verdad?
-Bueno, yo…
-Ioan, teníamos una promesa.
Ioan alzó una mirada desesperanzada hacia su amigo.
-No lo sé, Charlie…
-Ioan -dijo él, poniéndose de pie-. Ha llegado el momento. Sabes que sí. El momento, de hecho, fue hace mucho tiempo ya. Mis esperanzas siempre estuvieron en esto, no en el laboratorio, ni la OMS, ni los gobiernos. Reg está por terminar las pruebas. He hablado con él. Es difícil comunicarnos, porque los gobiernos podrían estar interfiriendo nuestras comunicaciones. Pero ayer lo hice, y me dijo que está avanzando. No falta mucho tiempo. Pero, cuando el momento llegue, necesitaremos tu virus.
Ioan se quedó pensativo.
-Teníamos un acuerdo…
Este suspiró.
-Sabes que no solo me echarán del laboratorio -dijo, mirándolo a los ojos-. Me enviarán a prisión. Y eso no es todo…
-Ioan, debes ser valiente -dijo Charlie.
-Me amenazaron, Charlie.
-¿Qué?
-Me amenazaron -repitió, ahora más nervioso-. El director. Tenía sospechas. Vino a hablar conmigo. Le aseguré que no pasaba nada, que habíamos dejado nuestras pruebas atrás. Que obedeceríamos las órdenes y los lineamientos del laboratorio y de la Organización Mágica de la Salud. Pero no me creyó. Me dijo que… que… -tragó saliva-. Que tenían la mira puesta en mi familia. Que si hacía algo, que si hacía alguna jugada… matarían a mis hijas.
Ioan rompió en lágrimas. Charlie estaba anonadado. Primero se quedó allí, estupefacto, asimilando aquello. Pero, luego, se acercó a su amigo, lo tomó de los hombros y lo obligó a levantar la mirada.
-Ioan, amigo -le dijo-. Has leído las noticias. Este virus va a matarnos a todos. A tu familia, y a la mía, y a la de todos en la Organización Mágica de la Salud y en los gobiernos. Sé que ellos aún no quieren verlo, incluso ahora. Sé que, si depende de ellos, esperarán hasta el mismísimo último momento, cuando solo ellos queden vivos, si es que lo están, para ejecutar nuestro plan.
"Pero quiero que recuerdes que media escuela de Beauxbatons ya murió. Hablo de niños. La escuela con más niños magos en el mundo. Y pudimos haberlos salvado, a todos y cada uno de ellos, si no nos hubieran dejado solos, si nos hubieran permitido seguir adelante con nuestra idea. En todo el mundo, hay miles de muertos. En cada familia. Cada día. Niños, adolescentes, adultos… Pudimos haber salvado a todos y cada uno de ellos, si nos hubieran dejado. O si hubiéramos tenido cómo hacerlo. Pues ahora, dentro de muy poco, podremos hacerlo. Sé que sí. Aunque nos hayan dejado solos. Aún podemos salvar a la mayoría de los magos y brujas del mundo, a todos los que aún están con vida. Pero solo si damos todo de nosotros mismos para lograrlo.
Ioan respiró hondo. Charlie lo miraba de cerca, muy serio.
-Vamos a lograrlo -le dijo-. Tienes que ser valiente. El mundo no podrá salvarse sin héroes que estén dispuestos a todo. Tenemos que hacerlo. Tenemos que entrar a la cámara de criogenia y robar el virus de reproducción. Es la única forma de detener esto.
Entonces, Ioan asintió, lentamente.
-De acuerdo, Charlie -dijo, buscando las fuerzas en su interior-. Hoy mismo, entonces. Ahora. No vamos a esperar más. Vamos a hacerlo.
Charlie asintió, aun mirándolo de cerca.
-Vamos a ser héroes.
