Capítulo 11. Chicas malas


-¡HERMIONEEEEERRRRDDD! ¡HERMIONEEEERRRRDDDD!

-¿Qué estás mirando, Hermionerd? -Jessica Smith pasó junto a Hermione y le dio un empujón. La niña de nueve años tropezó y cayó al suelo. Estaban en el patio de aquella escuela muggle. Todos sus compañeros de clase empezaron a reírse de ella, señalándola con el dedo.

-¡Es una tonta! -gritaba Emily Williams, riendo con crueldad.

-¡¿No te enseñan a no caer al suelo todos esos libros que lees, Hermionerd?!

Una niña con el cabello peinado en dos colitas empezó a saltar sobre su mochila, mientras los demás reían.

-¡No! -le gritó Hermione, incorporándose-. ¡Mis libros están ahí!

Todos rieron aún más fuerte, señalándola y desternillándose de la risa.

-¡Hermionerd necesita sus libros! -empezaron a cantar todos, al unísono-. ¡Hermionerd necesita sus libros!

Hermione rompió a llorar, sentándose en el suelo y tapándose la cara con ambas manos. La otra niña de nueve años, la de las dos colitas, levantó la mochila del suelo y se la arrojó encima. Luego de eso, todos salieron corriendo de allí, sin dejar de reír. Ella abrió la mochila, y vio que a uno de los libros se le había arrancado la tapa, por los saltos de su compañera. A otro se le había destrozado la encuadernación, por completo, y las hojas estaban sueltas dentro de la mochila.

-¿Escuela de magia? -Hermione abrió mucho los ojos, impresionada. Ahora ya tenía once años, y Dumbledore estaba sentado en el living de su casa. Sus padres sonreían mucho. Eran gente muy amable, siempre la trataban bien. Pero no tenían idea de lo que era su vida. No tenían idea de los tormentos con los que vivía, diariamente…

Y ahora, ella supo que tampoco tenía idea de lo que era su vida. ¿Era una bruja? ¿Podía hacer magia?

Una noche, cuando ya tuvo sus libros de Hogwarts, estaba ojeándolos en su habitación, con la luz de su velador. Faltaba cada vez menos para empezar la escuela de magos. Estaba tan nerviosa. Pero, al mismo tiempo, nada podía ser peor que la escuela muggle. Nada. Y eso la hacía sentir mejor.

Estaba leyendo sobre algo llamado la "Primera Guerra Mágica". Se trató de memorizar todo el texto, por las dudas que fuera importante. Al final, se mencionaba que la guerra había acabado cuando el Innombrable fue vencido por un niño. Un bebé. Todos lo consideraban un héroe en el mundo mágico.

"El niño que sobrevivió", así le decían. Su verdadero nombre era Harry Potter.

Se quedó allí, recostada en su cama, pensando en ese niño. Debía ser genial, ser un héroe. Ser adorado por todos. Recibir el amor de la gente. Que todos en el mundo supieran quién es uno, y que lo admiraran por alguna gran hazaña, incluso si era algo que uno hizo de bebé, y que ni siquiera recordaba. Aunque hubiera pasado por accidente, o lo que sea.

Sí, debía ser genial. Ser amado, respetado…

Hermione abrió la puerta del compartimiento del Expreso de Hogwarts y salió de allí, nerviosa. Acababa de conocerlo. Había conocido al niño que sobrevivió. Mientras caminaba por el pasillo central del tren, pasando junto a los otros compartimientos, buscando el sapo perdido de Neville, pensó que no era como lo había imaginado. Ella había imaginado a un niño presumido, que se vanagloriaba de su fama, que firmaba autógrafos por todos lados…

Pero no. No se parecía en nada a eso. Era un niño común y corriente. Un niño como ella. Era humilde, no quería ser famoso. Era algo callado. Y, sobre todo, era muy lindo.

La niña de once años se quedó allí, de pie en medio del tren, sonriendo. Fantaseando con ese niño tan lindo que acababa de conocer. El mismo del que había leído en su libro. Pero su versión real, que era aún mejor de lo que había imaginado.

Mientras llegaban a Hogwarts, su mente quedó perdida en él.

¿Se acababa de enamorar?

La chica de trece años abrió los ojos y alzó la mirada. La habitación aún estaba oscura. Era muy temprano en la mañana. Harry dormía en la otra cama, frente a la de ella. Alcanzaba a ver sus desordenados mechones de cabello negro azabache, aquellos que tanto la enloquecían. En la otra cama dormía Ron, y en la otra Fay. Los dos últimos pasaban mucho tiempo juntos últimamente, así que ella y Harry tenían varios momentos a solas. Durante las comidas, por ejemplo, ya que Ron y Fay solían ir juntos.

Durante esos momentos solos, hablaban de cosas triviales, de nada importante. Ella estaba luchando consigo misma, pero aún no había conseguido las fuerzas para confesarle sus sentimientos, para decirle que ella era la chica que le había escrito ese poema por medio de la app.

No podía pensar en otra cosa, desde esa noche. Harry le había dicho que quisiera que la escritora de los poemas le dijera quién era, que fuera valiente, que dijera lo que sentía por él. Que él quería estar con ella. Que eso lo haría feliz.

Hundió la cabeza en la almohada. Toda la felicidad que esos comentarios la habían hecho sentir era constantemente ahogada por la imposibilidad de expresarse. Podía escribir una estantería de poemas para Harry, pero no podía mirarlo a los ojos y decirle que lo amaba.

Sabía que solo había quedado en Gryffindor porque se lo había pedido al Sombrero Seleccionador. Porque pensaba que debía ser la mejor casa. Todos decían que ella pertenecía a Ravenclaw en verdad. Siendo una alumna aplicada, inteligente... La verdad es que no era valiente. No tenía las fuerzas.

Nunca en su vida había podido reunir las fuerzas necesarias para enfrentar las situaciones que ocurrían a su alrededor. Simplemente se había sentado a llorar, en cada oportunidad, cuando algo malo le pasaba. Simplemente se quedaba mirando lo que ocurría, sin poder hacer nada para evitarlo, sin poder imponer sus deseos a la realidad alrededor.

Simplemente no podía.

Por más que lo pensara, por más que se esforzara con todo su ser, era totalmente incapaz de conseguir las fuerzas.

Volvió a mirarlo dormir, allí en su cama. Luego miró a Fay. Qué fácil había sido para ella, con solo un rato a solas con Ron, convertirse en su novia. Y ahora pasaban todo el día juntos, eran una pareja feliz… ¿Cómo lo había hecho? ¿Por qué ella no podía?

Entonces, se quedó mirando el suelo de esa habitación. Era una habitación de Gryffindor. Por más que ella hubiera terminado allí por el motivo que fuera, lo cierto era que estaba en Gryffindor. Eso quería decir que había algo, por pequeño que fuera, de valentía en su interior.

Y necesitaba sacarlo a la luz. Lo necesitaba más que nunca, antes de perder lo que quizás fuera su única oportunidad. ¿Qué pasaría si Harry se ponía a salir con alguien más? ¿Si se olvidaba de la chica de la poesía…?

Era difícil, pero sabía que tenía que hacerlo.


NOVEDAD: "BAILE ANIMAL"

Buenos días, alumnos de Gryffindor y de otras casas que están viviendo temporalmente en Gryffindor. Me ha llegado el comentario de que ha habido muchos alumnos temerosos por las malas noticias que salieron hace unos días sobre la tasa de mortalidad del Horrovirus y la imposibilidad aparente de una vacuna. Inclusive, me han dicho que hay una idea extendida en la torre sobre que estos son sus "últimos días de vida".

Primero que nada, quiero decirles que esto no tiene por qué ser así. No tengo la bola de cristal, claro, y la profesora Trelawney cayó enferma hace poco, pero creo que tenemos que tener esperanzas de que, de alguna forma, todo esto se solucionará. Y recordarles una vez más la importancia de que se queden dentro de la casa y de sus dormitorios.

Sin embargo, también sabemos que, luego de muchos días, nadie en la torre Gryffindor tiene el virus. Nadie se contagió ni se enfermó después del nuevo aislamiento, y los test que les hacemos todos los días dieron siempre negativo. Así que considero que no tiene nada de malo flexibilizar un poco las normas dentro de la casa para darles un buen momento de felicidad, para distenderse de todo esto.

Por eso fue que, con el objetivo de calmar los ánimos y alegrarlos un poco, decidimos crear un baile para el próximo sábado en la noche. Como no hay fechas importantes cerca, se nos ocurrió tematizarlo en base a los animales y criaturas mágicas, ya que estamos cerca del día mundial del animal. Por lo tanto, el Baile Animal será en la Sala Común el próximo sábado, a partir de las 23 hs. Como es un baile, podrán invitar a una pareja.

LES RECUERDO QUE LA PAREJA PUEDE SER DE SU MISMO SEXO O DEL OPUESTO, Y QUE LA ESCUELA ESTÁ ABSOLUTAMENTE DE ACUERDO CON ESTO Y LOS INSTA A HACERLO CON ALGUIEN DE SU MISMO SEXO SI ASÍ LO SIENTEN.

Para hacerlo más divertido, la idea será que las chicas sean quienes inviten a sus parejas, del género que sea. A menos, claro, que se trate de dos varones. Como la temática son los animales fantásticos, el día anterior pondremos a disposición varios trajes que podrán elegir para disfrazarse de algún animal mágico. Habrá bebida, comida, y buena música. Para más consultas, no duden en hablar con Katie Bell, la alumna encargada de la planificación.

¡Qué tengan un buen día!

Prof. McGonagall


-Wow, qué sorpresa -comentó Dean, tomando asiento para almorzar a la larga mesa, junto a Seamus. Estaba leyendo ese reporte de McGonagall, que les acababa de llegar al celular.

-¡Es el momento perfecto! -dijo Seamus-. Habrá profesores entrando y saliendo por el retrato de la Dama Gorda, para organizarlo. ¡Podremos escabullirnos!

-¿Tú crees? ¿Quieres que hagamos el bungee jump esa noche?

-¡Sí! Al demonio el baile. ¡Bungee jump!

Dean se encogió de hombros.

-No me gusta ninguna chica, de cualquier forma.

-Es el día perfecto, Dean. No habrá otra chance para escapar de aquí. Con las nuevas contraseñas, y las ventanas selladas, solo así podremos hacerlo. Cuando McGonagall o alguien pase por el retrato, para organizar el baile, nosotros saldremos, con encantamientos desilusionadores. ¿Dónde está Neville? No lo veo desde hace tiempo. Necesito que prepare poción adherente, para colocar las tablas sobre las almenas de la torre.

-Olvídate de Neville.

-¿De qué hablas? No me digas que volvió a verse con Pansy Parkinson.

-Es más que "verse", amigo… Mucho más… ¡Mira! ¡Allí viene!

En ese momento, Neville ingresaba a la Sala Común, desde las escaleras. Si no fuera porque Dean lo había señalado, Seamus jamás lo hubiera reconocido.

Neville llevaba el cabello totalmente negro, con tintura mágica que brillaba a la luz del sol que entraba por los altos ventanales de la Sala Común. Llevaba algún tipo de maquillaje blanco en la cara, y un collar de cuero negro con tachas. Venía leyendo en alto un libro de Edgar Allan Poe, y había un cuervo posado en su hombro.

-Oh… rayos -dijo Seamus, dejando caer su tenedor en el plato por la sorpresa.

Detrás de Neville bajó Pansy Parkinson, sonriente y con sombra negra en los ojos, pestañas postizas y labial rojo sangre. Apoyó una mano sobre el hombro de Neville, que alzó una mirada que pretendía ser seductora hacia ella. No se parecía en nada al Neville de siempre. Este, en vez de torpe, nervioso e inseguro de sí mismo, se veía astuto, confiado y soberbio.

Pansy señaló una silla a la mitad de la mesa, y ambos empezaron a caminar hacia allí, tomados de la mano.

-No puedo… creer… esto -decía Seamus, mirándolos a ambos, estupefacto.

El cuervo en el hombro de Neville alzó vuelo y empezó a dar vueltas alrededor de su cabeza. Notaron que también tenía un tatuaje que no le habían visto antes en el dorso de una mano, con forma tribal, y llevaba un collar plateado con una cruz invertida colgando del cuello.

-Eres hermoso -le dijo Pansy, mirándolo fijo a los ojos mientras ambos se sentaban, uno frente al otro, y se servían comida de la mesa.

-Tú eres más hermosa, Pansy -dijo él, con una mueca seductora-. Conocerte ha sido lo mejor que me ha pasado en la vida.

Esta se reclinó sobre la mesa para darle de comer un trozo de pavo en la boca. Neville lo masticó y se chorreó un poco del jugo de cocción en la túnica negra. Bueno, aun seguía siendo algo torpe. Pero Pansy sonrió y le limpió la boca con una servilleta. Lucía muy contenta con él.

-Ahora sí lo he visto todo -comentó Seamus, impresionado por esa escena-. ¿Neville saliendo con Pansy Parkinson? ¿Qué sigue? ¿Katie Bell con Crabbe?

-Nada puede ser más bizarro que esto -dijo Dean, comiendo un trozo de pavo-. Ni te molestes en pensar en algo. No se me ocurre una pareja más extraña que esta. Ellos dos se acaban de llevar el premio.

Neville bebió jugo de ciruela de su vaso, con un sorbete. Mientras lo hacía, sus ojos estaban clavados en los de Pansy, de una forma provocativa. Esta le guiñó un ojo, mientras chupaba la punta de su tenedor con la lengua, mirándolo también. Neville se atragantó con el jugo de ciruela, que chorreó por fuera de su boca y por su mentón, llenándolo del líquido color rojo.

Pansy rio.

-No te lo limpies -le dijo, mirando el líquido con una especie de sed voraz-. Te queda hermoso. Ese líquido rojo, chorreando, como sangre…

Se mordió los labios, como si aquello fuera lo más seductor del mundo.

La fase uno estaba completa: Neville estaba loco por ella. La fase dos: transformación, estaba completa también. Neville era una nueva persona. Una persona mucho más interesante. Ahora venía la fase tres: manipulación. Tenía que convencerlo de que hiciera algo malo, algo muy malo, ese día. Solo así sería realmente suyo, solo así sabría que tenía el control absoluto de él. Y ya había planificado exactamente qué lo forzaría a hacer.

-Amor -le dijo, mientras buscaba algo en su bolso, que llevaba colgando del brazo-. Tengo algo que quiero que hagas.

-Claro, mi vida -dijo él. Pansy sacó de allí un enorme pergamino, que estaba doblado, lo abrió y se lo pasó. Neville lo examinó, con curiosidad. -¿Qué es esto?

-Hice una impresión mágica de unas capturas de pantalla de mi celular -explicó ella con aburrimiento, como si no fuera nada significativo-. Solo son unas imágenes con el código abierto de esa app, "¿Amor Sí?"

-Ah, ya veo -dijo él, el cuervo dando vueltas encima suyo.

-Hackeé a varios usuarios de la app -dijo ella-. Y ahí se puede leer, en cada imagen, quién había elegido a quién como la persona que les gusta.

Neville miró el contenido del pergamino. Había una imagen con el usuario de Harry Potter, por ejemplo, donde se leía: "Persona que te gusta: Cho Chang".

-Vaya, tienes toda la información aquí -dijo Neville, sorprendido-. De a quién le gusta quién.

-Bueno, solo de algunos. No pude acceder a los perfiles de todos los usuarios, por desgracia. Quiero que hagas algo por mí, Neville.

-Sí, dime. ¿Qué cosa?

-Este pergamino está protegido con varios hechizos, para que nadie pueda borrarlo, modificarlo, o romperlo. Quizás un profesor, o alguien muy experto, nada más. Pero sé que durará varias horas antes de que alguien pueda alterarlo o quitarlo. Quiero que lo pegues en donde todos puedan verlo, aquí en la Sala Común, antes de la cena. Que quede bien visible. De esa forma, cuando los alumnos bajen a cenar, podrán verlo y sabrán quiénes están enamorados de quién.

Neville arqueó las cejas y miró a su nueva novia algo inseguro.

-¿No es eso una… eh… violación a la intimidad de…?

Pansy arqueó una sola ceja, mirándolo fijamente y evaluándolo.

-Es genial -dijo Neville, tartamudeando un poco, nervioso, pero asintiendo-. Muy… Muy divertido, sí.

-Será divertido, ¿no lo crees? -dijo Pansy, esbozando una sonrisa diabólica-. Quizás algunos se lleven una gran sorpresa.

Se reclinó sobre la mesa y puso un dedo sobre los labios de Neville, con el que le limpió el jugo de ciruela, lentamente.

-Sí, será estupendo -coincidió Neville, muy nervioso, pero decidido a que la sonrisita de su rostro no flaqueara ante ella. Pansy le metió el dedo en la boca, mientras abría mucho los ojos y reía de forma malvada.

El sol del mediodía caía sobre las torres de Hogwarts. En la torre Ravenclaw, cuatro jóvenes miraban por la ventana, anhelando la libertad de la que hacía tanto tiempo habían sido privados.

-El aburrimiento va a matarme -dijo Ernie, apartándose de la ventana y lanzando una pelota de goma que tenía en la mano contra la pared del dormitorio, para luego atraparla al rebotar de regreso-. ¿Cuánto tiempo hace que estamos en cuarentena?

-No tengo idea -dijo Susan, con la mirada aburrida-. ¿Un mes? ¿Tres meses? Ya ni sé.

-Deberíamos… -empezó Justin.

-Justin, basta -lo cortó Hannah-. Es hora de que terminemos con esto.

-¿Con qué?

-¿No te has dado cuenta? Desde que empezó la cuarentena, es lo mismo. Estamos aburridos, no sabemos qué hacer, y entonces inventamos alguna idea estúpida que acaba metiéndonos en problemas a todos.

-Es que estoy muy aburrido. No digo que nos metamos en problemas, pero…

-¿Cómo creen que estén todos en Hufflepuff? -preguntó Hannah.

-Seguramente igual de aburridos que nosotros.

-¡OHH, SÍÍÍÍ! -en ese momento, Anthony y sus compañeros de dormitorio bailaban en medio de la Sala Común de Hufflepuff. Había música fuerte, bebidas, cosas para comer sobre mesitas, y toda la casa de Hufflepuff estaba allí, riendo y bailando, todos juntos.

-¡Es tan genial estar en Hufflepuff! -decía Zacharias Smith, bailando y bebiendo de un vaso descartable.

-¡Fiesta todo el día y toda la noche! -gritaba Wayne Hopkins, a su lado, para hacerse oír sobre el estruendo de la música-. ¡Ahora que está confirmadísimo que todos estamos sanos aquí, y no hay motivos para estar aislados en los dormitorios, la vida en Hufflepuff es una FIIIEEESSSTAAAAA!

Estallaron papelitos de colores en el aire, conjurados mediante magia, las luces de colores empezaron a girar por toda la Sala Común y se armó un baile grupal en un gran círculo, con todos los alumnos riendo y bailando, con anteojos de colores, gorras y cosas de carnaval.

-¡Anthony! -dijo uno de sus compañeros-. ¿Hablaste con Cedric?

-¡Ah, sí! -dijo él-. ¡Dice que está bien! ¡Aún está deprimido, y eso, pero ya se recuperó del virus!

-¡Genial!

Ambos brindaron y siguieron bailando, riendo a carcajadas.

-No hay nada que hacer -sentenció Susan, zanjando el asunto, cruzada de brazos en una punta de la habitación, de pie contra la pared-. Enfrentémoslo. Vamos a seguir aquí, aburridos, hasta que el estúpido test nos mande a Gryffindor o a la enfermería.

Ernie lanzó un resoplido de fastidio al tiempo que atrapaba su pelota.

-Maldita Penélope -se quejó-. ¿Por qué ahora ella es la única prefecta? Me cae tan mal.

-Siempre tiene cara de, no sé, de tragedia -coincidió Hannah-. ¿Cómo nos hará sentir mejor si siempre viene con esa cara?

-Sí, la detesto -dijo Susan-. Siempre se creyó la señorita perfección, pero ahora no le pone ni voluntad a esto. Recién me trajo almuerzo vegetariano por error. ¡Un asco!

-Claro, cuando le daban trofeos y premios, siempre se esforzaba en ser la mejor en todo -dijo Justin-. Pero ahora que la vida del prefecto ya no es tan linda como antes, ya no tiene las mismas ganas de hacer su trabajo.

-En especial ella -dijo Hannah-. Apuesto a que renunciará. ¿Vieron la cara que tenía recién? Si esta cuarentena está demostrando algo, es quiénes son las personas realmente. Los falsos y presumidos, como ella, ahora están pasándolo mal.

-Es cierto -dijo Susan-. Ahora sale a la luz quien tiene capacidades y quien no para ser un buen prefecto, o un buen alumno. La señorita perfección era solo una máscara. Se la veía tan feliz dando órdenes a todos, cuando no había nada más para hacer en la vida del prefecto. Pero ahora que realmente hay que trabajar duro, está derrumbándose.

-Es patética -dijo Ernie-. Ojalá renuncie de una vez, y nos pongan a alguien mejor para traer la comida y eso.

En ese momento, se quedaron en silencio. Ernie seguía lanzando la bola contra la pared. Susan, que estaba más cerca de la puerta, de pronto se acercó allí, apoyó la oreja en ella y les hizo un ademán.

-Esperen -les susurró, frunciendo el ceño-. Hagan silencio.

-¿Qué pasa? -preguntó Hannah, acercándose.

Ambas chicas pegaron la oreja a la puerta.

-Se oye algo -dijo Susan, mirando a su amiga-. ¿Lo oyes?

-Sí -Hannah asintió-. Parece ser… alguien.

Ambas lo habían oído: alguien estaba llorando en el pasillo. Se oía claramente el llanto, y la voz ahogada. Era alguien que estaba tratando de hablar al mismo tiempo que lloraba. Ernie y Justin se acercaron también, y los cuatro pegaron la oreja a la puerta para oír mejor.

Entonces, oyeron claramente: era Penélope. Parecía estar hablando por teléfono, en el pasillo, no tan lejos de su habitación.

-Lo siento mucho, papá -se la oía decir, entre lágrimas-. Lo siento tanto. Yo debería estar ahí, contigo…

-Es ella, ¿verdad? -dijo Ernie, en un susurro-. ¿Penélope?

Los demás asintieron, prestando atención.

-¿No tienen dónde enterrarla? -decía la chica, desde el pasillo, en medio de lo que sonaba como un mar de lágrimas-. ¿Está colapsado el servicio fúnebre? Sí, papá, me imagino. No te preocupes. Ya habrá algo que podamos hacer.

Durante los siguientes segundos no pudieron entender lo que decía, porque lloraba tanto, de forma tan desconsolada, que sus palabras patinaban y resultaban indescifrables.

-Yo tampoco puedo creerlo, papá -decía la chica, sin poder dejar de llorar-. Mamá era tan joven… Es tan difícil de aceptarlo… Pero tenemos que ser fuertes…

Una lágrima cayó por el rostro de Susan, mientras la chica escuchaba, con los ojos bien abiertos en una expresión de sorpresa y pena.

-No puedo ir -escucharon que decía-. Los niños me necesitan. Los otros prefectos cayeron enfermos. También un par de profesores. No hay gente, papá, tendré que quedarme aquí. Por los niños. No hay nada que podamos hacer por mamá ya. Tenemos que aceptarlo, mamá se ha ido…

La chica empezó a llorar más y más, a viva voz, y los vellos en la nuca de Ernie se erizaron. Él y Hannah compartieron una mirada de profunda tristeza.

La voz de Penélope empezó a alejarse por el pasillo, en dirección a la Sala Común, y dejó de escucharse. Lo último que oyeron de ella fue su llanto desconsolado, antes de que se apagara por la distancia.

Se quedaron los cuatro en silencio.

Hannah fue la primera en hablar:

-Somos monstruos.

-Me siento terrible -dijo Susan, las lágrimas cayendo por su rostro-. Y nosotros estábamos hablando mal de ella…

-Somos una basura -dijo Justin, apenado.

Susan siguió llorando, y Hannah puso una mano en su hombro.

-Debe ser tan difícil para ella, ahora que lo pienso -dijo Ernie-. Atender niños asustados, todo el día, enfermos, porque no olvidemos que en esta torre estamos los que portamos el virus. Todos los días, debe escoltar niños a la enfermería, presentando síntomas. Muchos que morirán. Y ella es la única que está aquí, con esos niños, haciendo todo el trabajo, al mismo tiempo que nos cuida…

-Debe estar sufriendo un daño psicológico enorme -dijo Hannah, horrorizada.

-¡Y su mamá ha muerto! -Susan lloraba cada vez más-. Y no irá a verla, para estar con nosotros... ¡Y nosotros aquí, hablando mal de ella! ¡Somos lo peor!

-Me siento terrible, chicos -dijo Ernie-. Soy una terrible persona.

-Me siento fatal -coincidió Hannah, entre lágrimas-. Quisiera hacer algo por ella. Si hubiera algo…

Harry y Hermione bajaron a almorzar, en el último turno disponible para ello. Se sentaron en una punta de la mesa y empezaron a servirse pavo. Hermione alzaba la mirada hacia él de vez en cuando y respiraba hondo.

-Muchos niños murieron hoy -se lamentó Harry, apenado.

-Sí, lo sé -dijo ella-. Más que nunca, creo. Hubo casi diez muertos, en un solo día.

-¿Sabes algo de la amiga de Fay, Laura?

-Aún está abajo, aunque dicen que está respondiendo bien al tratamiento -dijo Hermione-. Ha habido muchos alumnos que se dieron de alta ya. Esperemos que le toque a ella también.

-Ojalá -dijo Harry. Hermione se quedó pensativa. ¿Harry querría que eso pasara para que Fay no pasara tanto tiempo con Ron, al regresar la chica que solía ser su mejor amiga? -¿Viste el reporte de McGonagall, sobre el baile que habrá el sábado?

Hermione se atragantó con el pavo. Alzó la mirada hacia él y asintió, tratando de lucir desinteresada.

-Será divertido, ¿no crees?

-Sí, claro -dijo ella, de pronto increíblemente nerviosa. Se quedó allí en silencio, esperando… esperando… ¿La invitaría? ¿Existía la posibilidad de que fuera a hacerlo? Entonces, se dio cuenta de algo terrible: El reporte de McGonagall decía que las chicas eran quienes debían invitar a los chicos. ¡Rayos!

Se quedó mirando su plato, con pánico. Alzó la mirada hacia Harry y vio que este seguía comiendo, con total tranquilidad. ¿Acaso…? ¿Acaso Harry había traído el tema de conversación para que ella lo invitara?

"Si ella me dijera quién es, y lo que siente por mí…", había dicho Harry. "Ella sería una persona con la que me gustaría estar".

Hermione tragó saliva, más nerviosa que nunca en su vida. Mientras comía, se dio cuenta de que iba a hacerlo. Tenía que estar loca, pero iba a hacerlo.

Oh, Dios. Realmente lo haría.

Abrió grandes los ojos, al darse cuenta de lo que eso significaba.

Acababa de decidirlo: Iba a vencer sus miedos. Iba a invitar a Harry a ese baile.

Y no solo eso. No le diría nada del estilo "como amigos", ni nada así. No. Si conseguía tomar el valor necesario para hacer eso, lo haría bien, tal como debía ser. Lo invitaría de forma romántica.

¡Es más! ¡Le diría lo que sentía por él! ¡Claro que sí! Tenía que hacer eso bien, de forma completa.

Claro que no ahora. Aún era muy pronto.

Pero ese día, ese mismo día, antes de que alguien más le robara la oportunidad, iba a hacerlo: Iba a decirle a Harry todo lo que sentía por él, y lo invitaría a ese baile.

-¿Harry? -dijo una voz entonces.

Hermione alzó la mirada, y lo que vio hizo que su alma saltara fuera de su cuerpo: Cho Chang estaba de pie ante Harry, y lo miraba con una sonrisa extraña, mientras se peinaba el cabello con una mano…

Harry también alzó la mirada hacia ella, y se lo notó bastante nervioso.

-¡Cho! -dijo, sorprendido-. Hola… ¿Cómo estás?

Hermione miraba a Cho con una mirada asesina. Tenía una terrible sensación en el pecho.

-Muy bien -dijo Cho, mirando a Harry de una forma que no le gustaba nada. -Estaba pensando…

Cho respiró hondo. Parecía que estaba esforzándose por aquello. Estaba juntando mucho valor. Mucho coraje…

-Oh, no -susurró Hermione, para sí misma, viendo la situación que estaba teniendo lugar ante sus ojos.

Era demasiado tarde.

-¿Tegustaríaveniralbaileconmigo? -dijo Cho, todo junto y demasiado rápido, de forma totalmente incomprensible.

Harry frunció el ceño, confundido.

-Lo siento -dijo, mirando a Cho-. No… no pude entenderte.

Cho respiró hondo, calmándose, y habló más lento. Hermione rogaba porque el suelo se la tragara, por poder hundirse metros bajo tierra.

-Me preguntaba si quisieras ir al Baile Animal conmigo -dijo Cho, más pausadamente.

-Oh -Harry se quedó pensativo, y Hermione quedó con la mirada fija en su plato.

No podía estar pasándole aquello. Acababan de anunciar el maldito baile hacía solo un rato. ¿De verdad, estaban robándole la oportunidad así? ¿Así, tan rápido?

Pero entonces escuchó las siguientes palabras salir de la boca de Harry:

-Lo siento, Cho. Lo siento mucho, de verdad. Yo… Es que… Es que ya me invitó alguien más.

Hermione alzó la mirada, sorprendida. Su corazón latía de nuevo.

-Oh -musitó Cho, claramente decepcionada.

-De verdad, lo siento -repitió Harry, incómodo.

-No lo sientas -dijo Cho, de pronto muy seria, con la mirada ensombrecida-. No pasa nada.

Le dirigió una última sonrisa, totalmente falsa y fingida, y se marchó de allí.

Hermione miró a Harry, con sorpresa.

-¿Ya te invitó alguien? -le preguntó en un susurro.

Harry comprobó que Cho no estuviera mirando, y negó con la cabeza.

-Lo inventé -musitó, mientras pinchaba otro trozo de pavo, serio. Entonces miró a Hermione. -¿Recuerdas que te conté de alguien que me gustaba? ¿Y que luego, bueno… no era quien yo creí?

Hermione asintió, comprendiendo. Harry apuntó a Cho con la cabeza, con disimulo, y Hermione esbozó un mudo "Oh" con la boca. Luego de eso, la chica continuó comiendo. Pero, ahora, tenía una indisimulable sonrisita en el rostro.

-Esto no se va a quedar así -hecha una furia, Cho subía por las escaleras, hacia su habitación.

¿Quién demonios se creía que era ese imbécil de Potter? ¿Acaso se pensaba que ella era estúpida? ¿Qué iba a creerse aquello de que alguien ya lo había invitado, cuando no habían pasado ni dos horas desde que habían anunciado el maldito baile?

Ese idiota. Ese estúpido. Ese maldito. Se las iba a pagar.

¿Por qué rayos ella no le gustaba? ¿Qué tenía ella de malo para que Cedric, y ahora Harry, no quisieran saber nada con ella después de la primera cita?

¿Acaso era una persona aburrida? ¿No hablaba de cosas interesantes? Ambos habían hecho lo mismo: Ella les atraía solo físicamente, pero luego no se interesaban en ella al conocerla en una cita.

Hombres. Malditos hombres. Interesados solo en la apariencia. Solo en lo físico. Y Harry ni siquiera la había besado. Eso era el colmo. La había rechazado incluso sin llegar a probar sus besos, que eran los mejores besos en toda la estúpida escuela.

Pero esto no iba a quedar así. Ya estaba harta. No iba a empezar de cero, otra vez, con otro chico.

No. Ya había invertido mucho tiempo planificando cómo sería su relación con Harry. Había invertido demasiado tiempo en planificar la segunda cita, y luego la tercera, para que ahora ese estúpido arruinara todos sus planes con una excusa mediocre y poco creíble.

Entró a su habitación, como una tormenta, y cerró de un portazo que hizo temblar las paredes.

Enfurecida como nunca en su vida, Cho caminó hasta la estantería donde tenía sus libros. Allí, encontró lo que buscaba: "Pociones de amor. Cómo preparar las mejores y más efectivas pociones de amor para volver loco al hombre que tú quieras", escrito por Madame Pipikot, la experta en romance.

Buscó la página que necesitaba: "Capítulo 11: Poción de amor con tallo de Luparia. La más poderosa de todas". Dentro de la descripción, se leía la frase: "Con una sola gota de esta poción, cualquier hombre quedará perdidamente enamorado de ti por al menos dos semanas".

Buscó en su baúl, y sacó una pequeña cajita de madera que su abuela bruja le había regalado una vez. Dentro, entre un par de hierbas mágicas, había un pequeño tallo de Luparia.

-Me las vas a pagar, Harry Potter -dijo, perdiendo la cabeza, con la ira adueñándose por completo de su cuerpo-. No vas a echar por la borda mis planes, asqueroso imbécil. Si Cho Chang te invita a ir al baile con ella, tú, maldito hombre inmundo, vas a ir con Cho Chang al estúpido baile. ¿Entendiste?

Sacó su caldero, volvió a consultar el libro, y empezó a buscar los demás ingredientes para elaborar pociones.

-Bien, ha llegado la hora -susurró Pansy, en el oído de Neville.

Neville respiró hondo. Una mano de dedos blancos y uñas largas pintadas de negro se apoyó en su hombro. Otra le pasó un gigantesco pergamino enrollado. Neville lo tomó.

-Allí voy -dijo el chico, tomando valor.

Empezó a caminar por la desierta Sala Común, vigilando que no hubiera prefectos ni nadie allí. Faltaban unos pocos minutos para la hora de la cena.

Cuando encontró la pared más visible, tomó su varita y elevó el pergamino en el aire, hasta dejarlo fijo, alto y bien a la vista en ella.

Entonces, empezó a aplicar el encantamiento que le había enseñado Pansy para que quedara allí y no lo pudieran remover. En el enorme pergamino, podían leerse los nombres de varios chicos y chicas que habían usado esa aplicación, y las personas que habían elegido como aquellos que les gustaban.

Pansy, tras él, sonreía de forma diabólica, con un fantasmagórico brillo de maldad en sus ojos.