Capítulo 12. El fin del amor


Harry estaba en su habitación, solo. Ron y Fay acababan de bajar a cenar. Hermione estaba en el baño. Justo después de que Ron y Fay salieran, alguien había golpeado la puerta. Una niña de primer año, la que sabía que se llamaba Romilda Vane, le había llevado unos chocolates, y luego de dejárselos se había ido corriendo. Le pareció algo simpático. Supuso que le parecería atractivo, y quizás lo había querido invitar al baile, pero no se había atrevido. Después de todo, los de primer año también podían ir.

Ahora, Harry estaba comiéndose todos los chocolates mientras leía noticias en su teléfono. La situación del mundo mágico era terrible. Cada día, el número de muertos se multiplicaba. Era cierto lo de la tasa de mortalidad. Era verdad que estar allí, dentro de la casa Gryffindor, los hacía sentir protegidos, los hacía sentir a salvo. Pero la verdad es que había un verdadero caos allí afuera.

Mientras dejaba la caja de chocolates a un lado, vacía, pensó en Cho. Había rechazado tan rápidamente su propuesta para ir al baile con ella… estaba empezando a tener dudas. ¿Había sido la decisión correcta?

Se dio cuenta de que, si Hermione veía la caja de chocolates allí, vacía, se daría cuenta de que se los había comido todos sin convidarle. Así que, antes de que esta saliera del baño, se apresuró a esconder la caja vacía en su baúl.

Dios. Era un estúpido. ¿Por qué había rechazado la propuesta de Cho? ¿Cómo se le había ocurrido algo así? Pero si Cho era la chica de sus sueños. Era tan hermosa, tan atractiva… ¿En qué demonios estaba pensando?

Hermione salió del baño y se sentó al borde de su cama. Se quedó allí, mirando al piso. Mientras tanto, Harry pensaba en Cho, y con cada segundo que pasaba más se daba cuenta del error que había cometido.

"Tengo que hacerlo", pensó Hermione. Había estado mirándose al espejo, practicando en el baño. Practicando las palabras. Sabía que esa era la oportunidad. Ron y Fay habían bajado, y ellos estaban a solas otra vez en la habitación. Si esperaba a que ellos dos también bajaran a cenar, en un rato, allí abajo con otra gente, podría ocurrir que se arrepintiera, por los posibles espectadores, o incluso que otra chica intentara invitarlo como ya lo había hecho Cho.

Así que eso reducía la serie de momentos disponibles a uno: Ahora.

Alzó la mirada hacia Harry. Los nervios treparon por su espalda. No se creyó capaz. Pero recordaba perfectamente que la decisión ya había sido tomada.

No podía acobardarse ahora.

Le temblaban las piernas, cuando se puso de pie. Los nervios eran tantos que no podía respirar. Sentía una opresión en el pecho. Las manos también le temblaban. Dio un paso hacia la cama de Harry, que estaba sentado en ella, mirando a la pared opuesta.

-¿Ha… Ha… Harry? -solo a la tercera vez consiguió completar el nombre del chico. Eso la hizo sentir fatal. ¿Por qué tenía que costarle tanto? ¿Por qué?

-¿Sí? -preguntó él, sin apartar la mirada de la pared.

-Tengo algo que… que decirte -le temblaban los labios. No conseguía respirar. No se sentía el momento adecuado. No parecía un buen momento para eso. Pero ya había empezado a hablar, no podía detenerse ahora. Tenía que hacerlo. Además, si no lo hacía, quizás no podría ir al baile con él. No podía detenerse ahora.

-Dime -dijo Harry, aun sin mirarla.

Hermione respiró muy hondo. Era ahora o nunca.

-¿Quieres ir al baile conmigo?

Consiguió decir toda la frase completa, de una sola vez, sin tartamudear. Se quedó mirando a Harry a los ojos, aunque él no la miraba, esperando a ver la cara que el chico ponía, esperando a ver qué le decía. ¿Se sorprendería? ¿Pondría alguna expresión que indicara que ella no le gustaba? ¿O, por el contrario, sonreiría y diría que había estado esperando a oírla decir eso?

¿Qué pasaría?

Harry giró la cabeza hacia ella, lentamente. No parecía haber comprendido bien.

-¿Cómo, Hermione?

-Que… Que si… -ahora sí tartamudeó. Mucho. Cerró los ojos y volvió a abrirlos, buscando las fuerzas. Sentía su corazón retumbando en su pecho, golpeando fuerte en su interior con cada latido. -Que si quieres ir al baile conmigo, Harry.

Harry la miraba, pero parecía como si sus ojos no estuvieran correctamente enfocados en ella. Como si estuviera pensando en otra cosa, o como si estuviera en otro sitio. ¿Estaría fingiendo esa reacción, para no mostrar lo que de verdad le pasaba por dentro?

-Harry… -Hermione se quedó cabizbaja. Decidió no mirarlo. Así sería más fácil. Era más fácil decir las cosas sin contacto visual. -Quería decirte esto -le dijo-. Hace mucho tiempo.

Harry estaba en silencio. No decía nada.

-Quería decirte que… bueno… que yo… -sabía que él ya se habría dado cuenta de lo nerviosa que estaba, y de lo mucho que le costaba hablar. Seguro ya habría notado su cara totalmente ruborizada, sus manos temblando, su cuerpo sacudiéndose por los nervios. Así que no valía la pena querer esconder todo eso. Solo debía hablar, decir lo que tenía que decir, y ya. -La verdad es que me gustas, Harry.

Dijo todo eso, sin saber cómo. Pero lo dijo. Finalmente lo dijo. Tenía las fuerzas. Era una Gryffindor. Era valiente.

-Me gustas, y… Y por eso te pregunto si quieres venir al baile conmigo.

No alzó la mirada. No aún. Primero necesitaba decirlo todo.

-Me gustas desde siempre, Harry. De verdad. Y no sé si lo sabes. Si alguna vez lo supiste. Pero así es. Y… y… Y sé que quizás yo no a ti. Y si es así, lo entiendo. Porque la verdad es que no tengo idea de qué sientes tú. A pesar de que he tratado de descifrarlo, de que he pensado muchísimo en eso, no tengo la menor idea de si yo podría gustarte, pero yo… yo…

Respiró muy hondo.

-Yo te amo.

Lo miró, finalmente. Harry estaba mirándola a los ojos. Hermione respiró con mucha dificultad, aterrada.

Eso era terrible. Era el peor momento de su vida. Era tan embarazoso.

-Bueno, di algo -dijo Hermione, sacudiéndose por los nervios, allí de pie.

Harry no dijo nada.

-¿Qué piensas? -insistió ella, en un tono de voz más alto.

Harry se puso de pie y la miró fijo, con el ceño fruncido.

-Te amo -repitió Hermione, apretándose los dedos de una mano con la otra-. Dime algo. Dime qué piensas…

Pero él no decía nada.

-¡Harry! -le gritó.

-Hermione -dijo él, finalmente-. ¿Me amas?

-¡Sí! ¡Te amo! Te amo desde siempre, Harry. Con locura. ¡Te amo con todo mi corazón! -Hermione se le acercó y le tomó una mano, mirándolo a los ojos y sintiendo que iba a morir en cualquier momento. ¿Aquello estaba pasando de verdad? ¿O estaba soñándolo?

-Pero Hermione -dijo Harry, que parecía estar pensando demasiado aquello, reflexionando demasiado, y en muchísimo silencio, lo que la estaba volviendo loca-. A mí no me gustas tú.

Y le soltó la mano, dando un paso atrás.

Sintió como si le clavaran una larguísima daga directo en el corazón, y este se destruyera en miles de fragmentos, que se hicieron añicos y cayeron sobre el suelo con muchísimo estruendo.

-A mí me gusta otra chica -dijo Harry, negando con la cabeza-. No… No tú… -la miraba como si ella fuera algo raro, con una mirada desagradable, como si ella fuera algo asqueroso que le repugnaba. -Mejor me voy -dijo Harry, caminó hacia la puerta y salió al pasillo, cerrando detrás de sí.

Ni siquiera entendía lo que le había dicho Hermione. No había lugar para eso en su mente. Solo había espacio para una cosa: Cho Chang. Tenía que ir con ella enseguida, nada más importaba en todo el mundo. Tenía que ir con ella y decirle que estaba arrepentido, que se sentía fatal, que no entendía cómo podía haberla rechazado. Tenía que suplicarle que le diera otra oportunidad, rogarle de rodillas…

Hermione estaba de pie en medio del dormitorio, temblando, sacudiéndose, con la boca abierta de par en par, los ojos como platos, toda roja, las lágrimas cayendo una tras otra por su cara.

Estaba en shock. Estaba totalmente en shock.

Harry no solo la había rechazado. La había… ¡La había mirado con desprecio! ¡Como si le diera asco!

Jamás olvidaría esa mirada. Jamás. En toda su vida.

Se abrazó a sí misma, mientras rompía en lágrimas. Empezó a flexionar las rodillas, hasta que se quedó en el suelo, en cuclillas.

El llanto fue tan brutal que sacudió todo su cuerpo. Apretó los ojos con fuerza, sintiendo las lágrimas saliendo todas a la vez, rodando por su rostro.

Lloró con muchísimo dolor, con la boca entreabierta, ahogándose, sin poder respirar por lo fuerte del llanto. Sintió ganas de vomitar. Sintió que se atragantaba con las lágrimas. Su corazón estaba destrozado. Hecho pedazos. Aquello era lo peor que se hubiera podido imaginar, nunca, que podría pasar.

Si al menos… Si al menos le hubiera dicho que lo sentía mucho… Que lo disculpara, pero que él no se sentía igual hacia ella…

Si al menos… Si al menos hubiera sido un poco amable con ella.

Se tapó la cara con ambas manos, para que la gente de los otros dormitorios no oyera la intensidad con la que lloraba, ahogándose con las lágrimas. Clavó sus dedos en su cabello, sufriendo como nunca en toda su vida.

Los ínfimos pedazos en que había quedado reducido su corazón se escapaban de entre sus dedos, como arena fina, cayendo sobre el suelo, abandonándola para siempre.

Fay miraba el enorme pergamino que estaba clavado en la pared. Había todo un revuelo allí. Nadie se había siquiera llegado a sentar para cenar, porque todos estaban allí, de pie, mirando aquello.

Algunos hacían bromas. Otros señalaban y se reían.

No ella.

Vio que Harry aparecía bajando por las escaleras, pasaba junto a ellos, sin mirarlos, y seguía de largo. Pero ni ella ni Ron tenían cerebro en ese momento para preguntarle qué le pasaba.

-Fay, yo… -tartamudeó Ron, acercándose a ella y poniéndole una mano en el hombro.

-Suéltame -ella lo miró fría como el hielo. Jamás antes lo había mirado así. Tan seria, tan fría.

-¡No es lo que crees! -dijo Ron, pero Fay ya estaba yéndose de allí, rápidamente. -¡FAY!

Ron fue tras ella, y empezó a perseguirla, escaleras arriba.

-¡Fay, espera! ¡Por favor!

-¡NO QUIERO HABLAR CONTIGO! -chilló ella. Él se quedó allí, quieto, sin avanzar más. Miró hacia atrás. Su corazón latía a toda velocidad. No tenía sentido ir tras ella… ¿O sí? Parecía querer golpearlo, o algo así. No sabía si sería bueno perseguirla hasta arriba. ¿Qué podía decirle, después de todo? No podía negar que eso era verdad. Era una horrible verdad, que estaba allí, expuesta ante todos.

Ron bajó a la Sala Común nuevamente. Se quedó mirando otra vez ese pergamino, y toda la tristeza de a poco empezó a transformarse. En odio. En un terrible, profundo odio.

¿Quién había sido el infeliz que había puesto eso allí?

En forma de capturas de pantalla de un celular, tamaño gigante, había imágenes donde se veía cuentas de usuario de la app "¿Amor Sí?". En ellas, aparecía el nombre y apellido del usuario. Y, abajo, decía: "Persona que te gusta:" y a continuación el nombre de dicha persona. No eran tantas cuentas. Serían unas diez. No aparecía la de Fay o la de Hermione, por ejemplo.

Pero sí estaba la suya.

Y decía, claramente: "Persona que te gusta: Hermione Granger".

Sentía una mezcla enorme de ira, odio y tristeza profunda. ¿Por qué? Esa era la única pregunta que tenía sentido en ese momento.

¿Por qué? ¿Quién había sido tan malvado, tan enfermo, para poner eso allí? ¿Qué ganaban? ¿Qué sentido tenía? ¿Cuál era la gracia?

Un niño de primer año parecía haberle encontrado alguna gracia, porque señalaba las imágenes mientras se reía. Ron se acercó a él, hecho una furia, y le dio un cachetazo arriba de la cabeza, despeinándolo. El niño lanzó un grito y se fue corriendo de allí, asustado.

Ron se volvió. Harry estaba de pie ante las escaleras opuestas de la Sala Común, mirándolas, al parecer sin hacer nada más que eso, de espaldas a él. Fue hacia allí, caminando rápido.

-Harry -dijo, tomándolo del hombro-. Harry, ¿has visto eso?

Harry se dio vuelta. Se lo veía muy raro. No parecía escucharlo.

-Tengo que encontrar a Cho -dijo Harry, muy serio, mirando por encima de su hombro-. Pero no sé cuál es su habitación. ¿Cuál es, Ron?

-No lo sé -dijo él, encogiéndose de hombros-. ¡¿Has visto lo que pusieron allí, en la pared?! ¡Voy a matarlos, Harry! ¡Dice que me gusta Hermione! ¡Está publicado allí arriba! ¡También dice que a ti te gusta Cho Chang, y de otra gente también! ¡Tenemos que matar al que hizo eso! ¡Y tienes que ayudarme, tengo que explicarle a Fay que no es cierto, pero ella…!

-Ron -Harry apoyó una mano en el hombro de su amigo, mirándolo a los ojos-. A mí no me importa eso, Ron.

-¿Qué? -Ron se lo quedó mirando, perplejo.

-No -Harry negó con la cabeza-. Necesito encontrar a Cho. Hay algo muy importante que tengo que decirle.

-¿Cómo que no te importa?

Ron estaba estupefacto. Harry volvió a negar con la cabeza, mirándolo con algo parecido a desprecio, como si no le interesaran en lo más mínimo los problemas de su amigo.

-¿Estás bromeando? Harry, no es el momento para que actúes como un idiota. ¡Mira, allí! ¡Lo que está en la pared! ¡Ve a mirarlo!

-Ron -repitió Harry, acercándose a él y mirándolo de cerca-. Te dije que no me interesa.

-¡Vete a la…! -Ron se quedó allí, hecho una furia, escupiendo rabia. Se dio la vuelta y se marchó, furioso, dejando a Harry allí solo.

¿Cuál era el problema de Harry ahora? Lo había mirado a los ojos, y lo había tratado como si aquello no le importara en lo más mínimo, y mirándolo con todo ese desprecio… No era lo que necesitaba. No en un momento así. No era esa actitud la que necesitaba de un mejor amigo, en momentos de emergencia como aquel.

Quizás debía replantearse que Harry fuera, de hecho, su "mejor amigo".

Ron llegó ante la puerta del dormitorio y empezó a golpearla.

-¡Fay! -gritó-. ¡Fay! ¡Por favor, abre!

-¡NO! -gritó la chica, desde adentro-. ¡TE DIJE QUE NO QUIERO VERTE! ¡LARGO DE AQUÍ!

Adentro del dormitorio, Fay lloraba arriba de su cama. Había bloqueado la puerta, y estaba sola en la habitación. Cuando llegó al cuarto, creyó que Hermione estaría en el baño, porque no estaba allí y la puerta de este estaba trabada por dentro. Pero, por más que le gritó una y otra vez llamándola por su nombre, ella no salió. Así que supuso que no estaría allí, y que la puerta habría quedado trabada por algún otro motivo. Tendría que esperar a que alguien la ayudara para poder destrabarla, ya que su sencillo "Alohomora" no funcionó.

Se sentía engañada. Destrozada.

¿Con Hermione?

De todas las personas que pudieron haberle gustado a Ron, en vez de ella, para ponerlas en esa maldita app, ¿justo tenía que ser Hermione? Su nueva mejor amiga, aquella en quien confiaba, aquella con quien había pasado momentos realmente duros en aquella cuarentena, teniendo que sufrir juntas no solo el confinamiento sino la enfermedad y muerte de amigas y compañeras.

Después de todas esas charlas compartidas juntas, de todo lo hermoso que había sido su amistad esos días, esas semanas…

Claro que no era culpa de ella. Quizás. A menos que hubiera algo más, algo que ella no supiera. Después de todo, hasta hacía un mes nunca había hablado demasiado con ella, ni con Ron. Eran gente nueva para ella.

Pero realmente se había preocupado por ser una buena mejor amiga, por ayudar a Hermione con lo que necesitara. Por estar allí, para ella. ¿Habría pasado algo entre ella y Ron alguna vez?

Fuera verdad o no eso, lo que indudablemente era verdad era que Ron gustaba de Hermione. Ron, aquel chico que había llegado hacía solo unos días a su vida, pero con un efecto muy positivo; para hacerla sentir mucho mejor en esos duros momentos, para hacerla olvidar todo compartiendo ratos juntos, hablando, bromeando, besándose cada vez que tenían la oportunidad, bajando a comer tomados de la mano, mirándose a los ojos…

Lloró, más y más, sin poder controlarse.

¿Cómo podía gustarle Hermione? Y ella, todo ese tiempo, había estado allí, a un metro y medio de ellos dos, en otra cama. Todas esas noches, cuando se despedían con un beso en los labios y cada uno se iba a su cama a dormir; siempre, Hermione había estado allí, durmiendo en otra cama cerca de la suya. Tan cerca de él.

Era enfermizo. Era nauseabundo.

Se tapó la cara con las manos, mientras seguía llorando.

-¡CHO! -gritaba Harry, mientras golpeaba la puerta de un dormitorio que no tenía idea de a quién pertenecía, en un pequeño pasillo que salía de las escaleras de caracol-. ¿ESTÁS AQUÍ?

Abrieron la puerta. Ante él estaba Cormac McLaggen, un chico de Gryffindor que sabía que estaba un año por encima de él.

-¿Qué quieres? -le preguntó, con mala cara.

-Busco a Cho Chang.

-Pues no está aquí -dijo Cormac, mirándolo de forma extraña-. Este es mi dormitorio.

-¿Sabes cuál es el suyo? -preguntó Harry. Lo miraba con desesperación, dejando bien en claro que algo muy raro le pasaba.

Cormac frunció el ceño y volvió a cerrar la puerta, sin responderle.

Hermione estaba sentada en un sofá de su sala secreta. Tenía en sus manos un cuaderno de poesía que había escrito tiempo atrás. Empezó a pasar las páginas, mientras las lágrimas caían de su rostro y humedecían el papel. Había corazones por todos lados, que decían "Harry y Hermione", en todos colores.

"Harry, tu belleza ilumina mi alma cada día", decía una de las frases. Se la quedó mirando.

¿Tu belleza ilumina mi alma cada día? Ahora se sentía tan estúpido. Tan infantil, y estúpido. Aquello ni siquiera era poesía. Era… Era patético.

Rompió todas las hojas del cuaderno, en un arranque de rabia. Luego lo lanzó por el aire, contra una pared. El cuaderno golpeó un cuadro que tenía un corazón con el nombre de Harry, y lo desenganchó de sus goznes, haciéndolo caer al suelo.

Los llantos desconsolados de Hermione llenaron toda la habitación. Se abrazó al sillón. Necesitaba abrazar algo. Necesitaba sentir que algo, aunque sea un objeto como ese sofá, cualquier cosa del mundo le diera consuelo, le dijera que todo iba a estar bien.

Pero no había nadie en el mundo allí con ella. Estaba sola. Sola con su obsesión.

Su estúpida obsesión, Harry Potter.

Una obsesión que la había llevado a recluirse en ese cuarto, días y noches. Totalmente en vano. Porque él no sentía nada, en lo más mínimo, por ella.

A él le repugnaba ella.

Le repugnaba ese amor que ella sentía.

Le daba asco.

Sentía que iba a morir. Nunca en su vida algo le había dolido tanto.

Estaba rodeada de páginas de cuadernos, todas arrancadas, húmedas por lágrimas. Todas rotas, hechas bollos, a su alrededor. Todo su mundo estaba destruido junto a ella.

Aquello era el fin de todas las cosas. El fin del amor. El fin de su mundo. El fin de su alma.

Pasó un buen rato, y ella seguía allí. Su mano ahora colgaba de uno de los lados del sofá, y su cuerpo seguía sacudiéndose por el incesante llanto.

En uno de los pedazos de papel, tendidos en el suelo, se leía "Harry", en un medio corazón. En otro pedazo, destrozado a su lado, estaba la otra mitad del corazón, y decía "Hermione".

-¿Cho? -Harry golpeaba otra puerta, esperanzado. Abrieron, pero no era Cho. Era una chica que recordaba haber visto en clases: Lisa Turpin, de Ravenclaw.

-¿Sí? -preguntó ella, confundida.

-¿Está Cho aquí?

-No -dijo ella-. Este cuarto es de Mandy Brocklehurst, Morag MacDougal y mío. ¿Te refieres a Cho Chang, también de Ravenclaw?

Harry asintió. Lisa se volvió hacia sus amigas.

-Chicas, ¿alguna sabe en qué cuarto está durmiendo Cho Chang?

-Creo que es del otro lado -dijo Mandy-. Por las otras escaleras.

Harry se fue de allí apresuradamente, sin agradecerles.

Lisa cerró la puerta y se volvió hacia sus amigas.

-Ah, no espera, le dije mal -dijo Mandy-. Ahora que me acuerdo es de este mismo lado, más arriba.

-¿No era ese Harry Potter? ¿Qué le pasará? Se lo veía raro.

-No tengo idea -Mandy se encogió de hombros-. Todo es una locura aquí, Lisa. Será mejor que te acostumbres al ritmo de Gryffindor. Te sorprenderá.

Ella sonrió. Ese día la habían llevado allí, finalmente. El test le había dado negativo. Se sentía bien, aunque seguía sufriendo por lo de Padma. Aquello no iba a sanar pronto. Pero estar con sus amigas la hacía sentir, al menos, acompañada en el dolor.

-Le llevé los chocolates -dijo Romilda Vane, en la Sala Común, donde estaba manteniendo una conversación con Cho Chang.

-¿Y qué quieres que haga? -dijo esta última, de mal humor-. ¿Qué te dé dinero? Solo era un favor.

Romilda le dirigió una mirada desagradable y se marchó. En ese momento, Harry apareció allí, vio a Cho y empezó a correr hacia ella, desesperado.

-¡Cho! -gritó, agitando los brazos en el aire, mientras sonreía como idiota, de oreja a oreja-. ¡Cho! ¡Por fin te encuentro!

Ella se volvió hacia él, con los ojos entrecerrados.

-Hola, Harry -le dijo, cruzándose de brazos.

-Hola, Cho -Harry se quedó allí de pie, mirándola, como hipnotizado-. Necesitaba hablar contigo. Es una emergencia, Cho. Es súper importante, Cho. Tengo que decirte tantas cosas, Cho.

-Aquí estoy -dijo ella, mirándolo con expresión sombría-. Y deja de decir "Cho". Es insufrible.

-Lo siento, Cho -Harry se puso de rodillas en el suelo, delante de ella, y eso ocasionó las miradas de varios chicos que comían en la larga mesa tras ellos-. Escúchame, Cho. He sido tan malo contigo. De verdad lo siento. Con toda mi alma. Eres lo que más quiero. Tú eres preciosa, hermosa, eres la chica más bella que haya visto nunca.

La gente miraba y sonreía, varios burlándose de Harry, tras él.

Cho miró a Harry con las cejas arqueadas y cruzada de brazos, desde arriba.

-Por favor, discúlpame por mi comportamiento de hoy más temprano -dijo él, y ella sonrió de forma malévola-. Necesito que me des una oportunidad. Por favor. ¿Quieres ir al baile conmigo?

-Esto es patético -murmuraba Colin Creevey, que lo miraba desde la mesa, mientras comía.

-No puedo creerlo -susurró Angelina Johnson a Alicia Spinnet, señalando a Harry. Ambas estaban comiendo allí también. -¡Mira qué atrevido es! Hacer esto enfrente tuyo, luego de haber salido contigo, Alicia…

-Bah, solo fue pasar el rato -dijo ella, restándole importancia-. Pero sí que se ve patético, allí arrodillado. No sé cómo pude salir con él.

-Pues no sé -dijo Cho, mirándose las uñas, consciente de que todos allí tenían la mirada puesta en ellos-. La verdad, Harry, es que tendrás que suplicarme un poco más si quieres que vaya al baile contigo.

-¡Por supuesto que sí! -dijo él, e hizo algo que ocasionó las burlas de todos: empezó a besarle los pies.

-¡No hagas eso! -dijo ella, apartando los pies, mientras lo miraba con desprecio-. ¡Eres patético, Harry! No sé si quiero ir al baile contigo, ¿sabes? Tendrás que pensar en eso día y noche, ¿qué te parece?

-¡Sí, claro que sí! -dijo él, mirándola desde allí abajo y asintiendo enérgicamente-. Siempre pensaré en ti, Cho. Día y noche. Porque te amo con locura. Y necesito que me ames como yo a ti.

-Pues tendrás que enviarme mensajes todos los días -dijo ella, pensativa-. Y quedarte esperando a ver si te respondo. Tendrás que planificar varias citas, pero no sé si iré a ninguna. Y respecto a eso de ir contigo al baile del sábado… Mmm… Quizás el sábado te dé una respuesta. Ahora me voy a mi habitación. Adiós.

La chica se fue, con una sonrisa de satisfacción en el rostro. Harry se quedó allí en el suelo, mirándola partir.

-¡Esperaré por ti, Cho! -le gritó, extendiendo un brazo hacia ella, desde el piso.

-Sí, la verdad es que eso fue totalmente vergonzoso para él, arrastrarse así -le comentó Colin al niño que tenía al lado-. Pero ella tampoco me cae muy bien, mira que hacerlo esperar hasta el mismo sábado…

Katie Bell, que acababa de bajar las escaleras para ir a comer, se quedó mirando el enorme pergamino que estaba colgado de la pared. Leyó una de las imágenes, con el usuario de Oliver Wood.

"Persona que te gusta: Katie Bell".

Wood, que estaba a dos metros de distancia de ella, abrió mucho los ojos y se la quedó mirando con temor. Ella se acercó a él con una sonrisita.

-¿Qué es esto, Oliver?

-¡Nada! -dijo él, negando con la cabeza, y empezó a alejarse hacia los sofás. Ella fue tras él, hasta que lo alcanzó junto a la chimenea.

-¿Por qué estabas tan esquivo en nuestra cita, y ahora leo eso ahí?

-¡Ese pergamino está mal, es obvio que lo inventaron! -dijo él, alzando ambas manos, como en defensa propia-. Claro que no me gustas.

Pero Katie Bell le hizo una mueca, sin creerle.

-¡Sí que te gusto! ¡Ahí lo dice bien clarito! ¡Sabía que yo también te gustaba! ¡Siempre lo supe!

-¡No, de verdad que no! ¡Ni un poquito! -discutió él-. ¡No sé quién inventó eso, esas imágenes están falsificadas! Además, no podríamos estar juntos nunca, tú y yo. ¡Sería una locura!

-¿Por el Quidditch? Eso es una estupidez, Oliver.

-¡Claro que no es una estupidez! ¡Las dinámicas de juego son muy importantes! ¡El amor distrae a los jugadores, les quita concentración…!

-Quiero que vengas al baile del sábado conmigo -dijo ella, poniendo un dedo en su pecho.

-Oblígame -dijo él, mirándola a los ojos, muy serio-. Jamás iré contigo. No existe forma. No quiero ir contigo. Hablo muy en serio.

-Pues, si me dices que no, entonces voy a enojarme. Y eso arruinará toda tu dinámica de equipo, porque habrá problemas entre nosotros, porque estaré terriblemente enojada, sin motivación para jugar contigo.

Wood se quedó pensando en eso, muy preocupado y nervioso. Ella vio que había dado justo en el clavo, y avanzó aún más:

-¡Es más! Quizás hasta deje mi puesto y no quiera jugar el partido contra Slytherin.

Oliver se quedó muy boquiabierto, como si Katie acabara de sugerir una terrible traición que no tenía perdón posible.

-No harías eso. No eres capaz.

-Ponme a prueba -Katie se cruzó de brazos.

Oliver resopló. Lo pensó, rascándose la cabeza, y se quedó allí con expresión de derrota.

-De acuerdo, iré al baile contigo.

-¡Sí! -Katie sonrió, victoriosa.

-Pero como amigos -agregó él enseguida-. Ni siquiera eso, como compañeros de equipo. Ni pienses que vas a lograr nada conmigo esa noche. Simplemente no va a pasar. No puede pasar, porque nada se interpondrá entre mi dinámica de juego, mi equipo perfecto, y yo.

-Lo que tú digas, Oliver -dijo Katie, pero lucía satisfecha consigo misma por su logro.

Mientras tanto, Fay estaba acostada en su cama, con la cara hundida en su almohada. Sentía la humedad de las lágrimas en ella. Oyó la puerta del baño abrirse, y se asustó tanto que dio un salto.

-¿Hermione?

La chica salió de allí, sin decir una palabra.

-¿Qué hacías ahí dentro? -preguntó Fay-. Estuviste horas allí. Te llamé, te grité…

-No es el momento -Hermione alzó una mano, para que Fay no hablara-. Necesito estar sola. Siento haber obstaculizado el baño.

-¿Qué no es el momento? -Fay se sentía ofendida. Hermione, cuanto mínimo, le debía una explicación por aquello. Como mínimo, decirle si había pasado algo o no entre ella y Ron alguna vez. Pero esta ni siquiera la miró. Ni siquiera se fijó en su rostro lleno de lágrimas. Cruzó al otro lado del cuarto, hacia la puerta. -¿A dónde vas? -preguntó Fay, pero Hermione ya estaba abriendo para marcharse.

Fay saltó de la cama, llena de ira.

-¡DE ACUERDO, VETE! -le gritó, furiosa-. ¡PERO SI TE VAS, NO VUELVAS MÁS!

Hermione se quedó en shock, con la mano en el picaporte. ¿Qué demonios le pasaba a Fay ahora? ¿Era incapaz de comprender que estaba pasando por un mal momento, por un terrible momento? ¿Por qué le gritaba así?

No le importó. No iba a quedarse a averiguarlo. Si no era capaz de preguntarle, como mínimo, si le había sucedido algo, entonces no era en verdad una amiga.

Qué sorpresa. Otra persona que la decepcionaba.

Hermione se marchó de allí, cerrando de un portazo. Fay lanzó su almohada contra la puerta desde el lado de adentro, gritando de rabia.

Como un zombie, sin rumbo, sin destino, sin saber a dónde ir, Hermione bajó las escaleras. No podía pensar en lo que hacía. Mucho menos en hacia dónde ir. Lo único que sabía es que quedarse en esa habitación no era una opción. Su sala secreta tampoco, porque la entrada era por ese baño, que conducía al dormitorio de Harry y Fay. La única opción era un tercer lugar.

Cuando ingresó a la Sala Común, vio que había gente comiendo, así que no se entretuvo y cruzó hasta el otro lado como un rayo, tratando de que nadie la viera ni se fijara en ella. Se había limpiado la cara en el baño antes de salir, pero aún así era probable que ya hubiera nuevas lágrimas o marcas de que había tenido un ataque de llanto mortal en su rostro.

Subió por las otras escaleras, las del lado opuesto, que antes conducían a los dormitorios de los varones. No sabía a dónde ir, ni qué hacer, y de pronto, sin saber por qué, golpeó una puerta cualquiera, una de las primeras que se cruzó, solo para ver quién estaba allí.

Lisa Turpin, de Ravenclaw, abrió la puerta.

-¿Hola? -dijo, mirándola.

Hermione alzó la mirada hacia ella y no dijo nada. De pronto, no se le ocurría qué decir. ¿Qué importaba, de cualquier forma? Nada tenía ya sentido.

-¿Estás bien? -preguntó Lisa, mirando a Hermione de arriba a abajo. Esta última negó con la cabeza. No tenía ánimos para fingir que estaba bien. Lo que necesitaba era otra cosa, era precisamente decirle a alguien lo mal que estaba. -¿Podemos ayudarte? ¿Quieres pasar?

Mandy y Morag miraron con curiosidad desde adentro. Hermione entró y las saludó con una mano, sin decir más nada.

-Eres Hermione Granger, de Gryffindor -dijo Lisa, preocupada por el aspecto de la chica-. Te he visto en clases. ¿Qué te pasó? ¿Alguien te hizo algo?

Hermione suspiró.

-Lo siento -dijo, finalmente hablando, cabizbaja-. Tuve que irme de mi habitación por… por problemas de… de chicos. Y no sé dónde ir. Como está prohibido andar abajo o en los pasillos, tampoco sé muy bien qué hacer.

-Tenemos dos camas de más aquí -dijo Lisa, mirando a sus dos amigas, que asintieron con la cabeza-. ¿Te quieres quedar con nosotras?

-Bueno, gracias.

Hermione se sentó en una de las camas. Estaba tan triste que ni siquiera se sentía incómoda por eso. Normalmente, le hubiera dado mucha vergüenza irrumpir en la habitación de unas niñas de Ravenclaw que ni siquiera eran sus amigas, y mucho más admitir que le había pasado algo malo relacionado "con chicos" ante ellas. Pero ese día, realmente no le interesaba en lo más mínimo. Y, en cambio, sentía que cualquier cosa que fuera a pasar en todo el mundo, por terrible que fuera, ya no importaba ni tenía efecto sobre ella.

-Te entiendo -dijo Morag entonces, rompiendo el hielo-. Es terrible tener problemas románticos, con chicos… Y ni hablar si no tienes una habitación donde ir luego. ¿Estabas compartiendo tu habitación con el chico con el que pasó?

Hermione asintió.

-Oh, qué terrible -dijo Mandy-. Si, qué horror. No puedes volver ahí. Mejor quédate con nosotras. Tenemos mucho lugar, solo somos tres.

-Todas mis cosas quedaron allá -dijo Hermione, tapándose la cara con ambas manos.

-No hay problema -Lisa se acercó a Hermione, muy preocupada-. Aquí tenemos todo. ¿Verdad, chicas?

-¡Sí, claro! -dijo Mandy, muy amablemente-. Tenemos cosas de limpieza, ropa, y hasta tenemos pijamas de más. ¡No te preocupes!

Hermione rompió a llorar. No pudo evitarlo. Sabía que debía ser lamentable, pero no le importaba. Ya nada importaba. Y aquellas chicas, tratándola tan bien, siendo tan amables con ella… Solo la hicieron llorar más.

-Rayos, realmente te hizo daño, ¿verdad? -preguntó Lisa, acercándose a Hermione con mucho cuidado y apoyando una mano en su hombro lentamente-. Puedes contárnoslo… Si quieres.

Hermione negó con la cabeza, su rostro hundido entre los dedos, sacudiéndose por las lágrimas.

-Está bien, no tienes que hacerlo -dijo Morag, tratando de sonar amable-. Todas nosotras estamos pasando por un momento terrible, de cualquier forma. Así que… Creo que viniste al lugar indicado.

Hermione se limpió la cara con el dorso de la mano y miró a la chica. Recordaba haberla visto en varias clases, pero jamás habían mantenido una conversación antes.

-¿Y ustedes por qué? -les preguntó, tratando de tranquilizarse.

-Nuestra amiga Padma murió -explicó Morag-. Por el Horrovirus.

-Oh -Hermione se sentía peor ahora-. Lo siento tanto.

-No, está bien…

-No, deben pensar que soy una idiota. Viniendo aquí, llorando, porque no tengo dónde quedarme. Diciendo que estoy así de mal por un problema "de chicos". Y ustedes acaban de perder a su amiga, que murió. Soy tan estúpida. Lo siento mucho…

-¡Noo! -gritó Lisa, dándole palmaditas amistosas en la espalda-. ¡No lo sientas! Sabemos lo que es tener problemas románticos. A todas nos pasó.

-¿De veras? -preguntó ella-. ¿A todas?

-A TODAS -dijo Mandy, remarcando la palabra y asintiendo-. Sabemos lo que es. No te preocupes. A veces son cosas que se sienten como el fin del mundo. Sabemos perfectamente lo que es tener el corazón roto.

Hermione respiró hondo. Se sentía un poco más tranquila ahora.

-Lamento lo de Padma -dijo entonces-. Yo compartía la habitación con Parvati, su hermana.

-Oh, claro -dijo Lisa, sentándose a su lado en la cama-. Pobre Parvati, ¿sabes algo de ella?

-Aún está enferma, en tratamiento -Hermione negó con la cabeza, muy tristemente-. Ojalá se recupere.

-Será terrible -dijo Mandy-. Pobre Parvati. Cuando se recupere, se enterará de lo de su hermana y… Qué horror, no quiero ni imaginar lo que será para ella. Lo que debe ser para toda su familia, este momento.

Hermione se quedó mirando a Mandy. Le sorprendió que la chica diera por hecho que Parvati iba a recuperarse, y obtener el alta. Otras personas quizás lo habrían puesto en duda, pero ella lo dijo convencida de que eso era un hecho.

Se dio cuenta de que estaba en buenas manos. En manos de chicas optimistas.

Ron golpeó la puerta de un dormitorio que estaba en la parte superior de la torre que antes era de los dormitorios de las chicas, donde días atrás había ido para bañarse y cambiarse antes de sus citas románticas. Se sentía como si eso hubiera sido años atrás. Su hermano Percy fue el que abrió.

-¡Ron! ¿Qué haces aquí?

-Les sobran camas, ¿verdad? -preguntó él, cabizbajo-. ¿Puedo dormir aquí?

-Sí, claro -dijo Percy, confundido, haciéndose a un lado.

Ron entró, apesadumbrado, y se dejó caer en una cama con expresión triste.

-¿Qué ocurre, Ron? -preguntó Percy, el único que estaba allí.

Ron se quedó mirando a su hermano. Tenía cinco hermanos varones. De los cinco, Percy era el que menos le agradaba. Sin embargo, no podía ir con ninguno de los otros en ese momento. Tendría que conformarse con él.

-Me peleé con Fay -dijo, apoyando la cara en su mano-. O ella se enojó conmigo, en verdad.

-Oh… -Percy se sintió algo incómodo. Nunca antes le había pasado aquello. Ser el hermano mayor. Estar en una posición de darle consejos sobre chicas. Ron tenía cinco hermanos varones, y de los cinco creyó ser el menos indicado para darle un consejo sobre eso. Pero decidió hacer el esfuerzo, ya que ninguno de los otros estaba allí. -Bueno, Ron -empezó-. Cuando estás en una relación así, como la que tienes con ella, hace tan poco tiempo… Porque salen hace solo unos días, ¿verdad?

Ron asintió, dudando. ¿Acaso Percy insinuaba que su relación no era seria? Porque, si era así, lo mataría.

-Supongo que pasan estas cosas -finalizó Percy-. Así como empieza demasiado rápido… A veces acaba demasiado rápido.

-¿Sabes? -le dijo Ron, acomodándose en la cama-. Para ser prefecto, eres muy bueno haciéndote respetar. Sabes ser autoritario, dar órdenes. Mejor dedícate a eso, Percy, porque para aconsejar sobre chicas eres un desastre.

-Bien -dijo él, con enfado-. Entonces que te aconseje otro.

Se fue a su cama, de mal humor.

Ron lo miró, enfadado y preguntándose cuándo subiría Oliver allí, así mejor le pedía consejo a él.

Harry, en tanto, se había sentado en el suelo del pasillo donde estaba la habitación de Cho Chang, alto en la parte que solía ser de los varones, y no se movió de allí. Decidió que pasaría la noche allí, durmiendo en el suelo, cerca de la habitación de ella. Sería el mejor lugar para esperar y tener una ínfima posibilidad de verla. Necesitaba arrastrarse ante ella, que ella viera que realmente le importaba, que se quedaría esperándola allí, en el piso, hasta que le diera una oportunidad.

-¿Harry?

Alzó la mirada. Dean Thomas estaba ante él.

-Hola, Dean -dijo Harry, que estaba sentado en el suelo abrazando sus piernas.

-¿Qué haces ahí? -preguntó este, con mirada rara.

-Espero a Cho -dijo él, simplemente.

Dean miró a las puertas de las otras habitaciones.

-Pues no la veo por aquí.

Harry no dijo nada.

-¿Quieres venir a nuestro dormitorio?

-No puedo, tengo que esperar a Cho.

-De acuerdo…

Dean se marchó. Pero luego de un rato, que Harry no supo si fueron veinte minutos, una hora o tres, porque no estaba prestándole atención al tiempo, volvió a aparecer ante él.

-¿Sabes? -dijo Dean-. Por algún motivo, me imaginaba que seguirías aquí.

-Espero a Cho -repitió Harry.

-Claro, claro -Dean puso los ojos en blanco-. ¿No quieres esperarla adentro? Tenemos camas libres. Los otros dos chicos que estaban con nosotros se cambiaron de habitación.

-¿Dónde está esa habitación que tienes? -preguntó Harry-. No quiero ir lejos de Cho.

-Pues es tu antigua habitación, Harry -dijo Dean-. Qué raro estás. Es aquí al lado, ¿ves?

Le señaló una puerta que estaba literalmente junto a él.

-Estarás aquí mismo -le dijo, encogiéndose de hombros.

-De acuerdo -Harry se puso de pie. Parecía tarado. -Pero si oigo a alguien en el pasillo, me asomaré a mirar. Por si llega a ser Cho.

Dean acompañó a Harry dentro del dormitorio, donde estaban Seamus y Neville.

-Hola, Harry -dijo Seamus. Dean le lanzó una mirada muy significativa, al tiempo que señalaba a Harry, mientras ambos ingresaban. Entonces, Dean hizo una seña con la mano muy disimulada como si estuviera bebiendo algo.

Seamus captó el mensaje de inmediato: Dean insinuaba que Harry estaba ebrio.

-Wow -le dijo a Dean, con mímica, sin pronunciar palabra-. ¿Con solo trece años? -dijo eso último en un susurro inaudible, pero Dean lo captó, y se encogió de hombros.

-Acuéstate aquí, Harry -dijo Dean, mostrándole una cama vacía-. ¿Ves? Esta es la cama que solía ser tuya. Está aquí, para ti.

-¿Qué le pasa? -preguntó Neville, alzando la vista por encima de su libro de Edgar Allan Poe con poco interés.

-Creemos que está ebrio -le dijo Seamus en un susurro, tapándose la boca mientras hablaba.

-¿Con solo trece años? -dijo Neville en otro susurro, arrugando la cara maquillada de blanco, y continuó leyendo su libro.

-Necesito a Cho -repitió Harry, mientras Dean lo ayudaba a acostarse.

-Sí, sí, lo sé -dijo Dean, poniendo los ojos en blanco-. Trata de dormir, Harry. Yo te avisaré si veo a Cho.

-¿Me lo prometes?

-Sí, Harry, lo prometo.

Cerró las cortinas de su cama y se acercó a los otros dos.

-Está muy mal, pobre -dijo-. ¿Cuánto creen que haya bebido?

-¿Y de dónde sacó la bebida? -preguntó Seamus, intrigado-. ¿Creen que haya logrado salir de la Sala Común? ¿Quizás incluso haber llegado hasta Hogsmeade para comprarla? ¡Necesitamos que nos lo diga, para usarlo en nuestro plan del bungee jump!

-Esperemos a que despierte, primero -dijo Dean-. Creo que tendrá una noche muy dura por delante. Jamás he visto a nadie ebrio, pero me han contado que es así. Deliran, hablan estupideces, y parece que no pudieran pensar claramente.

-Claro, por eso no deja de hablar de Cho Chang, pobre. Está muy, muy ebrio.

-Pansy me dio de probar un poco de vodka de fuego -dijo Neville, como si no fuera la gran cosa-. Solo un sorbo, pero no es nada impresionante.

-Sí, imaginé que Pansy tendría bebidas alcohólicas -dejó escapar Seamus.

-¿Por qué lo dices? -Neville dejó su libro y se irguió en la cama.

-Bueno… -Seamus se ruborizó.

-Es porque es gótica, ¿verdad? -Neville lucía enfadado-. Como se viste de negro y se pinta de negro, enseguida pensaste que era alcohólica, ¿no es cierto? ¿Qué más piensas, Seamus? ¿Qué es prostituta, también?

-Oye, cálmate -dijo este-. Jamás dije eso.

-Lo dejaste bien en claro.

-¿Y qué problema hay si Seamus piensa eso? -saltó Dean entonces, en defensa de su amigo-. No has hecho más que portarte extraño últimamente, Neville. Te pintas todo de negro como ella, andas con un cuervo por la Sala Común, te pintas las uñas de negro…

-¿Y qué? ¿Qué quieren decir con eso?

-Estás raro -dijo Seamus, señalándolo-. Tú no eras así. Eras una buena persona. Un buen amigo. Ahora solo eres un… un gótico rarito, no sé. Siempre serio, malhumorado. Leyendo estupideces.

-¡Cierra la boca! -gritó Neville, apuntándolo con un dedo también.

-Tiene razón, Neville -dijo Dean-. Esa chica te está llevando por un mal camino. ¿En qué pensabas al decidir salir con ella? ¡Es Pansy Parkinson! ¡Es malvada!

-¡ESO NO ES CIERTO! -Neville saltó de su cama y se puso de pie ante sus dos compañeros, estallando-. ¡Ustedes son unos… PREJUICIOSOS! ¡Solo dicen esas cosas de ella porque no la conocen! ¡Se dejan llevar por su apariencia! ¡¿Han oído lo que acaban de decir?! ¡Solo me hablaron de sus uñas, de su color de pelo, de su tintura…! ¿Cuál de esas cosas sería la que indica que es una mala persona? ¡Porque no lo estoy entendiendo!

-¡Oye, que tú no puedas ver un bosque cuando lo tienes delante, no quiere decir que nosotros no! -dijo Seamus.

-¿Un bosque? -le preguntó Dean en un tono de voz más normal, girando la cabeza hacia su amigo-. ¿Te refieres a que Neville solo puede ver el árbol, pero tú ves todo el bosque?

-No, no -explicó Seamus-. Creo que me refiero a que el bosque es algo grande, ¿entiendes? Es grande, y él no lo ve.

-¿Te refieres a que el bosque es tan grande, que cualquiera podría verlo? ¿Pero él…?

-¡YA CIERREN LA BOCA! -les gritó Neville, sin paciencia-. ¡Aquí el punto es que Pansy es una buena persona, aunque ustedes la juzguen por su apariencia!

-Vamos, Neville -Seamus alzó ambas manos en el aire-. No la prejuzgaríamos, pero… ¡Es Pansy Parkinson!

-¡No tienes idea de quién es ella! ¡No la conoces como yo!

-¿Y qué tanto la has conocido en tres días?

-¡Mucho más que tú!

-Mira, Neville -dijo Dean-. Lo que queremos decirte es que eres nuestro amigo, y debemos preocuparnos por ti. Creemos que te llevará por un mal camino, que te hará hacer cosas malas. O, incluso, que tiene algún plan oscuro para ti. Y tú, que estás enamorado de ella, quizás no puedes verlo. Pero nosotros, que somos tus amigos…

-¡USTEDES NO SON MIS AMIGOS! -estalló él entonces, furioso-. ¡SI LO FUERAN, SABRÍAN QUE NO SOY UN ESTÚPIDO QUE NO SABE CON QUIEN ESTÁ SALIENDO! ¡YO SÉ MUY BIEN CON QUIEN ESTOY! ¡ELLA ES UNA BUENA PERSONA, Y USTEDES YA LO VERÁN!

Dicho eso, Neville se metió en su cama y cerró las cortinas de un tirón tan fuerte que casi tira todo el barral, que quedó balanceándose.

-Lo que él diga -le dijo Seamus a Dean, en un susurro-. Pero te apuesto lo que quieras a que esa Pansy tiene algo muy malo en mente, un plan muy oscuro que involucra a Neville.

Dean estaba pensativo, mirando aún las cortinas de la cama.

-¿Será posible que él tenga razón? -susurró entonces-. ¿Crees que podría pasar que Pansy sí sea una buena persona, en el fondo? Es decir, sé que es lo que menos te imaginarías, pero, ¿y si resultara que sí lo es, bajo todo ese maquillaje y apariencia de chica mala?

-Voy a ofrecer a Neville Longbottom en sacrificio -decía Pansy en ese momento, en su habitación. Todo estaba oscuro a excepción de trece velas que estaban dispuestas en un círculo a su alrededor, en el piso. La chica tenía en alto un enorme crucifijo, boca abajo, y sus ojos pintados de rojo intenso brillaban con la luz de las velas. -Voy a sacrificarlo el sábado en la noche, durante el Baile Animal, delante de absolutamente todos en la casa Gryffindor…

Alzó sus brazos al cielo, con la cruz invertida sobre ella. Había un pentagrama invertido, la estrella del diablo de cinco puntas dentro de un círculo, pintada con algo color rojo en el suelo, y ella estaba sentada encima.

-Cuando lo sacrifique, entonces la última fase de mi plan estará completa -Pansy se relamió los labios con locura, la maldad brotando de cada célula de su cuerpo-. Me entregaré plenamente a mi amada, a la muerte. Me entregaré a sus brazos con un regalo que no podrá pasar por alto. Y seré suya para toda la eternidad…

-Pansy, ¿puedes hablar más bajo? -dijo Millicent, desde su cama, mientras trataba de escuchar un video de música en su celular-. No tengo auriculares.

-Sí, lo siento -dijo ella, con un ademán, bajando el crucifijo.

-¿Esta noche qué te toca? -preguntó Millicent, pasando los videos, con la mirada fija en la pantalla de su teléfono. Parecía algo cansada de su compañera.

-Hoy me toca dormir estilo murciélago -dijo Pansy, mirando al techo de la habitación sobre su cama, donde había colocado una barra de hierro-. ¿Te molesta?

-No, no hay problema -dijo su amiga, desinteresada-. Solo asegúrate de no caer de nuevo como la última vez y despertarme a las tres de la madrugada.