Capítulo 13. Baile Animal – Parte 1
El día estaba gris, con espesas nubes cubriendo todo el cielo. El viento azotaba con fuerza los árboles del Bosque Prohibido y golpeaba contra las selladas ventanas de la torre Gryffindor, donde los alumnos hacían vida normal, disfrutando del sábado, preparándose para el Baile Animal. Sin saber que, luego de esa noche, nada volvería a ser igual.
Nunca.
Dentro de uno de sus dormitorios, dos chicas estaban manteniendo una conversación, en voces bajas, sus miradas gachas con expresión de tristeza.
-Y por eso fue que me comporté así contigo, y que dije que quería estar sola y me fui -explicó Hermione, alzando la mirada hacia Fay-. Lo siento, Fay.
Ella lucía afligida.
-Ay, Hermione -dijo, con mucha tristeza-. No puedo creer que Harry te hiciera eso. Ahora lo entiendo todo. Es terrible, no puede ser…
-Ya está, ya pasó -Hermione hizo una mueca-. Es decir, han pasado tres días de aquello.
-¿Y dónde estuviste, todo este tiempo?
-Con Lisa, Mandy y Morag, de Ravenclaw. No sé por qué, fui y golpeé una puerta cualquiera, buscando ayuda… Qué patético.
Fay se mordió el labio.
-Y estaban ellas, y fueron muy, muy buenas conmigo. Me ayudaron mucho. Creo que me la pasé llorando ante ellas los tres días, pero me decían cosas lindas. Y ahora me siento un poco mejor. Y fueron ellas las que me hicieron dar cuenta, hablando anoche, que los chicos van y vienen. Pero las amigas son para siempre. Por eso vine a disculparme por mi actitud del otro día contigo.
-Oh, Hermione… Pero, ¿no te han dicho nada sobre el pergamino que estaba pegado en la pared?
Hermione puso cara de confusión.
-¿Qué pergamino?
-Claro, es que luego supe que los prefectos lo sacaron, no mucho después. Es que ocurrió esto…
Fay le explicó a Hermione todo lo que había pasado con el pergamino en la pared.
-¿Qué? -Hermione estaba atónita-. ¿Que Ron gusta de mí?
Por su expresión, Fay no tuvo lugar a dudas: Jamás en la vida se le hubiera cruzado por la cabeza a su amiga aquello antes. Luego de ver la cara de absoluta sorpresa que puso, Fay se sintió más tranquila.
-No puede ser -dijo Hermione-. Tiene que haber algún error. ¿Cómo Ron iría a gustar de mí? Eso es una locura. Es absurdo. Es estúpido. Es…
Fay le sonrió, tristemente.
-Bueno, me alegra saber que tú tampoco tenías idea de eso. Por un momento, debo decir que empecé a pensar toda clase de cosas…
-¿Qué? ¡No! -Hermione abrió grandes los ojos, entendiendo la preocupación de su amiga-. ¡Claro que no! ¡Jamás pasó nada entre nosotros! Tú sabes que estoy loca por… bueno, que estaba loca por cierto otro chico.
Fay asintió.
-Jamás podría haber mirado a Ron como algo más que un amigo. Jamás, en toda mi vida. Tú ya sabes eso, mis ojos siempre han sido solo para… para Harry -suspiró-, y para nadie más que él. Lamentablemente…
Negó con la cabeza, afligida.
-Pero no puede ser -prosiguió-. Es ridículo, Ron no puede gustar de mí. Tiene que ser un error…
-No, no lo es -se lamentó Fay-. Creo que él sí gusta de ti, Hermione. Pero es bueno saber que tú no me habías mentido ni escondido algo todo este tiempo.
-Pero deberías hablar con él -dijo Hermione, sin salir de la sorpresa-. Porque estoy segura de que tiene que haber un error. Esto no puede ser.
-No hay nada que hablar. No es un error. Yo estaba tan sorprendida como tú.
Siguieron hablando de eso unos momentos más, hasta que Hermione se dio por vencida, ya que Fay no iba a darle una oportunidad a Ron para que le explicara aquello, y parecía tener la decisión bien tomada.
-Voy a seguir adelante -anunció Fay-. Lo mío con Ron terminó. Está absolutamente decidido.
Se miraron mutuamente, en silencio.
-Tú lo dijiste, los chicos van y vienen -dijo Fay-. Pero las amigas son para siempre, ¿verdad?
Hermione asintió, con tristeza.
-¿Amigas?
-Amigas.
Ambas se acercaron y se abrazaron con fuerza. Cuando se apartaron, se quedaron sonriéndose la una a la otra.
-Aún no puedo creer lo que me contaste de Harry -dijo Fay-. Es que, ¿de verdad te trató así? ¿Cómo pudo? No me parecía que fuera esa clase de persona. Supongo que me equivoqué con él.
-Y dices que… que nunca regresó aquí, al dormitorio. ¿Verdad?
-No, Hermione. Estuve sola aquí estos tres días. Nadie vino. A Ron no lo dejé entrar, claro. Pero Harry jamás intentó volver. Quizás a él no le hubiera dicho que se fuera, porque no sabía esto. Pero no intentó regresar, nunca, en estos días…
-Seguramente fue para no verme a mí -concluyó Hermione-. Debió pensar que yo estaba aquí. Debe estar tratando de evitarme a toda costa.
-Olvídalo, amiga -Fay la tomó del brazo-. ¿Quiénes se piensan que son estos dos tontos, de cualquier forma? -le sonrió-. Tú y yo somos dos de las chicas más lindas de tercero. ¡Seguro que hay cientos de chicos que quieren salir con nosotras!
Hermione sonrió, aunque no se creía aquello.
-¡Podemos salir con quien queramos! ¡Vamos! ¡Tenemos que invitar a otros dos chicos al baile de esta noche!
-No lo sé, Fay…
-¡Claro que sí! ¡¿Acaso quieres quedarte aquí llorando por esos dos idiotas mientras los demás se divierten?! ¡No! ¡Vamos a ir a ese baile, y a pasarlo genial con otros dos chicos que sí nos valoren!
-Bueno… -Hermione respiró hondo-. Lisa, Morag y Mandy ayer fueron a buscar los disfraces de animales, cuando los repartieron. Yo no fui, porque no quería ir al baile, pero ellas se llevaron como cinco trajes a la habitación, o quizás más. Había de sobra. Podemos pedirles prestados algunos. Son muy buenas chicas, te caerán bien.
-¡Fantástico! -dijo Fay-. Vayamos con tus nuevas amigas, tú me presentas, ¡y nos vamos las cinco de fiesta esta noche!
Hermione sonrió otra vez. Por más terrible que fueran las cosas a su alrededor, Fay era una persona que parecía poder levantarle el ánimo casi en cualquier momento.
-Lo siento tanto, Fay, por todo…
-¡Deja de ponerte emocional, amiga!
-Es que tú eres tan buena conmigo. Eres la primera amiga de verdad que tengo. ¿Eso es muy malo?
Fay sonrió.
-No, no es malo. Solo has tenido mala suerte antes de conocerme. Yo no soy nadie especial, solo soy una chica normal que disfruta tener amigas normales, como tú. Ahora vamos. Tenemos que apurarnos, el baile es esta noche. ¡Espero que aún queden buenos chicos disponibles!
Ron estaba sentado a la mesa de la Sala Común, comiendo junto a su hermano y Oliver. Este último acababa de terminar, y se marchó a su habitación. Ron clavaba su tenedor con demasiada fuerza, y el zapallo saltaba fuera de su plato, al ser aplastado con tanta violencia.
-Come bien, Ron -lo reprendió Percy, molesto.
-Tú cierra la boca.
Seamus y Dean bajaron a comer también. Venían, como siempre, hablando a toda velocidad. Se sentaron justo frente a Ron y empezaron a servirse comida mientras hablaban rapidísimo.
-¡Te digo que tenemos que hacer algo!
-No, no, espera. Aún no.
-¡Pero pasaron tres días! ¡Tenemos que decirle a alg…!
Seamus le dio un codazo en las costillas y apuntó con la cabeza a Percy, nervioso. Dean se calló la boca y ambos le sonrieron a este último de una forma nerviosa. Él puso los ojos en blanco, terminó de vaciar su plato y se marchó de allí, de mal humor.
-Bien, ya se fue -dijo Dean. Estaba por seguir hablando, cuando pareció tomar consciencia de que Ron estaba frente a ellos. -¡Ron! -dijo entonces-. ¡Ron, por fin! Te buscamos por todos lados. ¿Dónde estabas?
Seamus levantó la mirada también y señaló a Ron.
-¡Por fin! -dijo-. ¡Aquí está!
-No sé de qué hablan -Ron se encogió de hombros-. Estuve aquí, como siempre. Quizás no coincidimos en las comidas, nada más. ¿Para qué me buscaban?
-¡Para que cuides a Harry! -dijo Seamus, con fastidio-. ¡Ya viene siendo tu turno, hombre! Nosotros ya lo cuidamos tres días.
-Deberíamos turnarnos -sugirió Dean-. Tres días cada uno. ¿Te parece bien, Ron?
Ron se llevó una bocanada de zapallo a la boca antes de responder.
-No tengfo igdefa deg qué me hagflan -dijo, con la boca llena. Finalmente tragó. -Pero ya no me hablo con Harry. Así que, sea lo que sea que le pase, que se las arregle solo.
-Pero…
-No me interesa -sentenció, sirviéndose pollo.
-Bah, qué conveniente -protestó Seamus-. Yo también dejaré de hablarme con él entonces, para no tener que seguir cuidándolo. No tienes idea de lo que es cuidar a un amigo que hace tres días que está ebrio, Ron, hablando estupideces sin parar. Qué fácil para ti es decir que ya no le hablas, ¿verdad? Te ahorras todo el trabajo…
-¿Ebrio por tres días? -Ron alzó la mirada hacia ellos-. ¿Cómo que está ebrio hace tres días?
-¡Eso tratamos de decirte! -dijo Dean, inclinándose sobre la mesa y mirando alrededor, para cerciorarse de que nadie los oyera-. Parece que anduvo bebiendo, ¡y un montón!
-Sí, porque van tres días y no se le pasa -susurró Seamus-. No lo andes diciendo, porque si McGonagall se entera de esto lo expulsarán. ¡Y lo peor es que no sabemos cómo consiguió la bebida! ¡Quisimos que nos lo diga, pero no parece ser consciente ni de dónde está!
-Así que no tuvimos más remedio que cuidarlo, escondido en nuestra habitación, estos tres días -continuó Dean-. Le llevamos la comida allí y todo. Hasta que se le pase la borrachera. ¡Pero no se le pasa!
-¿Cuántos días creen que tarde en irse la ebriedad? -preguntó Seamus-. Yo no sé mucho del tema, pero espero que no sea más de una semana, o no aguantaré.
-Oh, no -Ron empezó a atar cabos, mientras pensaba en voz alta-. ¡Soy un pésimo amigo! ¡Por eso estaba tan raro el otro día! ¡No es que no le interesara lo que me pasaba a mí, es que estaba alcoholizado! Pero, ¿cuándo? No lo entiendo. Yo estuve con él momentos antes, en la habitación, y no estaba ebrio. ¿En qué momento se puso a beber?
-¿Creen que tenga un vicio secreto? -dijo Seamus-. Quizás tiene una petaca escondida, y bebe cuando los demás no lo miran. Mi mamá hacía eso. Ella es irlandesa, y allí se bebe mucho alcohol, sobre todo whiskey de fuego y cerveza de manteca. Pero ya lo dejó, y siempre que le pregunto sobre eso me cambia de tema.
-Lo único que sé -dijo Dean-, es que busqué en internet y decía que había que darle agua, y que se acostara a dormir.
-Y eso hicimos -dijo Seamus-. Ayer le di agua como catorce veces. Y durmió, ¿verdad? Pero hoy se despertó igual de ebrio. Será cuestión de tiempo, quizás.
-Soy un terrible amigo -se lamentó Ron, terminando su comida a toda velocidad-. Mejor iré a verlo.
Se puso de pie y empezó a caminar hacia las escaleras. Mientras lo hacía, tres chicas bajaron por allí mismo, pasaron junto a él y caminaron hasta tomar asiento en otra parte de la mesa. Dos minutos después, Hermione y Fay bajaron por las otras escaleras, las vieron y se les unieron.
-¡Chicas! -dijo Hermione, acercándose a ellas-. Les presento a Fay.
Fay las saludó con la mano, sonriente.
-¡Hola! -saludó Lisa, muy alegre-. Eres Fay Dunbar, de Gryffindor. Te recuerdo de varias clases.
-Sí, ¿qué tal?
-Lisa se sabe los nombres de todos en la escuela -dijo Morag, con una sonrisita.
-Sí, y además Hermione nos habló mucho de ti.
Se sentaron todas juntas y empezaron a charlar, mientras comían.
-Y, ¿ya tienen pareja para el baile? -preguntó Fay, momentos después.
-Sí -dijo Mandy-. Lisa irá con Michael Corner, yo con Anthony Goldstein y Morag con Terry Boot. Los tres son de Ravenclaw, y están aquí porque no portan el virus.
-¿Anthony? -dijo Fay, pensativa-. ¿Ese chico no es de Hufflepuff? ¿Amigo de Cedric Diggory?
-No, lo confundes con Anthony Rickett. Yo iré con Anthony Goldstein, de Ravenclaw. Comparte habitación con Michael Corner y Terry Boot.
-¡Ahh!
-¿Ustedes irán al baile, al final?
-Sí, al final iremos -dijo Hermione, sacando pecho.
-¡Genial! -dijo Mandy-. Sé exactamente quiénes siguen sin pareja. Pueden invitarlos ahora mismo. ¡Aún no es tarde!
-¿Quiénes?
-Bueno, de Ravenclaw tenemos a Marcus Belby -dijo Mandy, pensativa-. No es que digamos lo mejor que hay disponible, pero antes que nada…
-No me importaría ir con uno de Slytherin, a estas alturas -comentó Fay.
-No hay nadie de Slytherin -dijo Morag-. Son muy pocos los que terminaron aquí, porque la mayoría están en la enfermería, o, bueno, murieron…
-Qué terrible -dijo Lisa-. Lo normal con lo que hablamos de la muerte de niños.
-Es que ya se hizo algo normal, por desgracia. Millicent Bulstrode es la única que conozco de esa casa que estuvo en la enfermería y luego se recuperó y ya dieron de alta y está aquí. Y fue hace solo unos días que llegó.
-Hay un par de chicos de Gryffindor sin pareja -continuó Mandy-. Cormac McLaggen, Jack Sloper…
-¿Sloper? No pueden ir con un niño de primer año -dijo Lisa-. ¡Es muy pequeño!
-¿Qué quieres qué cosa?
-Que quiero invitar a Harry Potter al baile de esta noche -dijo Romilda Vane, de pie en la puerta del dormitorio de los chicos.
Ron intercambió una mirada con Seamus.
-Pero estás en primer año, niña.
-¿Y eso qué? -resopló ella, con enfado-. ¡Tenemos permitido ir! ¡Quiero invitarlo!
-¡De acuerdo, de acuerdo! -dijo Seamus-. Harry irá contigo.
-¿Qué? -Ron se volvió a su amigo.
-No podemos permitir que sospeche -le susurró Seamus al oído-. ¡Puede contarle a alguien que está ebrio!
-¿No crees que sospechará más cuando salga con él esta noche y lo vea con sus propios ojos? -le dijo Ron en el oído también, remarcando la urgencia en su tono de voz.
-Ya resolveremos eso -le susurró Seamus, y se dirigió a la niña con voz normal otra vez. -Bueno, linda, Harry te verá allí a las 23 hs. ¿De acuerdo?
-¿Cómo sabes que aceptó, si no le has preguntado? -dijo Romilda, mirándolo con desconfianza.
-Harry me dio el poder para tomar decisiones por él -explicó Seamus-. Soy algo así como su representante. Su manager. Ahora largo de aquí, estamos ocupados.
Le cerró la puerta en la cara y se volvió hacia Ron.
-Estuve bien, ¿no crees?
Ron revoleó los ojos y caminó hasta su amigo, que estaba sentado en su cama con cara de idiota.
-¿Quién era esa? -preguntó Harry, mirando todo a su alrededor con mucha curiosidad-. ¿Era Cho?
-Sí, Harry, era Cho -inventó Seamus-. Te verá en el baile esta noche.
-¡¿De verdad?! -Harry empezó a saltar en la cama, de felicidad.
-Borracho hasta el cogote -se lamentó Seamus, negando con la cabeza, cruzado de brazos.
-No lo sé… -Ron lo examinó con preocupación, mirándole los ojos muy de cerca y olfateando el aire junto a él-. No huele a alcohol. ¿No debería oler a alcohol?
-Sí, es cierto -dijo Dean, poniéndose de pie-. No tenía olor a alcohol. ¿No es eso raro?
-Quizás se le fue, luego de tantos días -sugirió Seamus-. O quizás se lavó los dientes antes de venir.
-Será mejor que consultemos con alguien mayor -opinó Ron-. Alguien que sepa de esto. Nosotros no tenemos idea de lo que es emborracharse. Necesitamos ayuda profesional.
-¿De quién?
-Mmm, mejor prueba con más verde -dijo Fred, supervisando lo que hacía su hermano. Ambos estaban en su habitación de La Madriguera, tratando de fabricar un nuevo chasco que, supuestamente, provocaría que un chorro de mocos infinito saliera de la nariz del consumidor, de forma incontrolable.
-¿Así? -preguntó George, vertiendo en un caldero el contenido verdoso de un frasco.
-Sí, así está bien -Fred asintió-. Aunque quizás necesita más amarillo.
-Deberíamos probar agregar bubotubérculo a la mezcla -opinó George-. Aumentará el espesor del moco.
El celular de Fred, que estaba arriba de la cama, empezó a sonar. Este lo agarró y atendió al instante, sin mirar quién era el que llamaba.
-¿Quién es? -preguntó, mientras revolvía con la varita el contenido del caldero.
-Fred, soy yo.
-Ron. ¿Qué quieres, mocoso? Estamos trabajando.
-Fred, necesito ayuda.
-¿Qué pasó? ¿Te atraparon violando la cuarentena?
-No.
-¿Dejaste embarazada a alguna chica?
-¡No!
-¿A un chico?
-¡No, Fred!
-¿Entonces tienes Horrovirus?
George alzó la mirada.
-Dile que, si tiene Horrovirus, yo me quedaré con su cuarto -le dijo seriamente.
Fred le hizo señas, mientras hablaba.
-No, dice que no tiene Horrovirus.
-Da igual, me lo quedaré de todas formas. Luna y Ginny no me dejan dormir, se la pasan hablando todo el día y escuchando música. Quiero el dormitorio de Ron. Está más alto, más aislado. Necesitamos concentrarnos.
-Espera, no vas a creer esto -dijo Fred, tapando el teléfono con una mano-. Lo pondré en altavoz.
Puso la llamada en altavoz.
-Ron -le dijo a su hermano, sonriente-. ¿Podrías repetir eso?
Ron resopló, dándose cuenta que le estaban tomando el pelo. Pero repitió lo que le había dicho instantes atrás a su hermano:
-Te preguntaba que cuántos días tarda en irse una borrachera.
Fred y George estallaron en carcajadas.
-¡JAJAJAJAJA! -George se agarraba el estómago con ambas manos, mientras se moría de la risa.
-¡No se rían! -gritó la voz de Ron, saliendo del altavoz del teléfono-. ¡Esto es serio! ¡Harry ya lleva tres días y no se le pasa!
-¡JAAAAAAJAJAJAJA! -Fred y George se revolcaban en el suelo, riendo a más no poder-. ¡Esto es genial! ¡Por favor, dilo otra vez! ¡Espera, buscaré algo para grabarte mientras lo dices!
-No permitas que me olvide de este momento, Fred -bromeó George, llorando de la risa.
-¡BASTA! -bramó Ron, furioso-. ¡VAMOS! ¿No pueden tomarme en serio, aunque sea una vez?
-¡Hermanito, pero si estás diciendo una estupidez enorme! -dijo Fred, limpiándose las lágrimas-. ¡¿Tres días?! ¡La próxima vez invítame, ¿no?!
-¡JAJAJAJA! ¡ESTO ES GENIAL! ¡JAJAJAJAJAJA!
No podían parar de reírse.
-¡Vamooosss! -los urgió Ron, sin paciencia-. ¡No deja de decir que quiere ver a Cho Chang, y está como idiota mirando las nubes por la ventana, diciendo que está enamorado…!
-Pero si eres tonto, hermanito -dijo George, sin poder parar de reír-. ¡No está borracho! ¡Le dieron una poción de amor!
-¿Una qué?
-¡Claro, tonto! -dijo Fred-. ¿Cho Chang, dijiste? Pues ahí lo tienes. Cho Chang la habrá hecho.
-¿Dices que Cho Chang le dio una poción de amor a Harry? -Ron miró a Seamus y Dean, que enseguida se dieron palmadas en la frente y se miraron entre sí.
-¡Te lo dije! -dijo Dean-. ¡Claro, una poción de amor! ¡Eso tiene más sentido! ¡Yo sabía!
-Claro que no -dijo Seamus-. No lo sabías. Y jamás me dijiste nada.
-Miren, si la poción duró tres días, es que es muy poderosa -dijo Fred, al teléfono con Ron-. La mayoría de las pociones de amor duran veinticuatro horas, nada más. Debe ser una muy poderosa. Nosotros no sabemos hacerlas tan poderosas, ¿verdad que no, George?
-No -dijo este, negando con la cabeza-. La última vez que hicimos una solo duró treinta horas.
-¿Cuál fue? -preguntó Fred, haciendo memoria-. ¿La que le dimos a Ruth Mina?
-No, no, la otra, la que le dimos a Eloise Midgen para que se enamorara de Nigel Wolpert, a principio de año. ¿Recuerdas?
-¡Ah, sí! ¡La que mezclamos con pastillas aumentadoras de acné! ¡Eso fue genial!
-¿Y qué puedo hacer? -preguntó Ron, nervioso-. ¿Cómo le quitamos el efecto de la poción?
-Déjanos eso a nosotros -dijo Fred, guiñándole un ojo a George-. Te enviaré por mensaje los ingredientes para que hagas tú mismo la poción que revierte el efecto.
-No lo sé… -dijo Ron, pensativo-. ¿Seguro que saben anular la poción?
-Hermanito, estás hablando con los dos mejores inventores de chascos, bromistas profesionales y expertos en pociones de amor de todo Hogwarts -dijo Fred, dándose aires-. Si te digo que sabemos anular el efecto de la poción, puedes confiar en nosotros.
-De acuerdo -dijo Ron-. Espero tus instrucciones, entonces. Adiós.
Y cortó la llamada.
-¿Le enviamos las instrucciones para una poción infladora? -dijo George al instante, entusiasmado.
-No, se inflará como un globo dentro de su cuarto y no será divertido -dijo Fred, pensativo-. Mejor le enviamos las instrucciones para la poción que estábamos probando para las fantasías patentadas. ¿Qué opinas?
-¡Fantástico! Será una buena forma de probar su efecto en niños de cabello negro.
-No sé por qué demostró efectos tan distintos en los pelirrojos.
-No tengo idea. Sigamos con esto, mejor. Voy a agregar un poco de bubotubérculo.
-De acuerdo.
En la habitación de al lado, entretanto, Ginny y Luna escuchaban música y charlaban, tomadas de las manos.
-Estos días contigo fueron los mejores de mi vida -dijo Ginny, mirándola fijo a los ojos.
-Estaba muy insegura de venir contigo -le dijo Luna, siempre honesta-. Pensé que quizás era hetero.
-Pero ahora estás convencida, ¿verdad?
-Sí, ahora sí.
Se acercaron y compartieron un tierno beso en los labios.
-¿Crees que tu mamá me odie? -preguntó Luna, cuando se separaron.
-No, ¿por qué lo dices?
-Ayer la oí decir, a través de la pared, que si yo hubiera sido hombre no me hubieran permitido estar a solas contigo en la misma habitación de forma permanente con solo doce años. Luego dijo que como era mujer no habían pensado en eso al principio, pero que ahora tiene miedo.
-¿Miedo de qué? -Ginny chasqueó la lengua-. No escuches a mi mamá, Luna.
-Debe pensar que estamos haciendo quién sabe qué cosas asquerosas aquí.
-Pero si cuando te toqué la pierna por accidente el otro día me hiciste todo un escándalo.
-Si, lo sé. Es que soy muy miedosa.
Se miraron a los ojos y Ginny soltó una risita.
-¿Me tienes miedo?
-Claro que no -dijo Luna, aunque entrecerró los ojos un momento-. Bueno, quizás un poco.
Ambas rieron y se pusieron a charlar de otras cosas.
-¿Y has hablado con alguien de la escuela hoy? -preguntó Ginny, al cabo de un rato.
-¿Me estás controlando?
-¡Claro que no!
Luna empezó a reír.
-Solo bromeo -dijo, aunque le lanzó una mirada de desconfianza-. Hablé con Hannah.
-Ahh, los chicos con los que compartiste habitación antes de irte.
-Sí, fueron lo más parecido a amigos que he tenido en mi vida. Aunque solo duró un par de días. Bueno, Hannah dice que están planeando algo para esta noche…
-Oh, no… ¿Planeando algo? Eso no puede ser bueno, si viene de Hannah y los otros tres. ¡Son un desastre! Siempre acaban metiéndose en problemas cuando están juntos.
-Sí, lo sé. Bueno, ¿quieres que armemos collares con tapitas de botellas de jugo de calabaza?
-¡Espera! Aun no me dijiste qué es lo que planean.
-¡Claro! Que tonta. Bueno, Hannah dice que…
-¿Creen que el plan funcione? -preguntó Justin, dentro de la torre Ravenclaw. Él y sus amigos estaban de pie junto a la ventana, mirando hacia afuera.
-Debimos haber elegido un mejor horario -opinó Ernie-. Creo que será algo tarde, ¿no? A esa hora.
-No importa -dijo Justin-. Yo creo que estará bien.
-Sí, mejor dejémoslo así. No podemos cambiarlo.
-Esperemos que salga todo bien -dijo Susan, pensativa.
-Yo creo que si funcionará -dijo Hannah.
-Eso espero -dijo Cho, mientras ella y Jenny cruzaban la Sala Común, buscando dónde sentarse para la cena-. Es decir, sería muy malo que no haya cerveza de manteca en un baile para jóvenes adolescentes un sábado por la noche, ¿no crees? Y será un baile que empieza a las once de la noche, así que durará hasta la madrugada. Tiene que durar por lo menos hasta las cuatro de la mañana, me imagino. Así que sería malísimo que no haya cerveza de manteca.
-Sí, claro. Yo quedé en encontrarme con Ryan a las once y media. Para no venir tan temprano, pero tampoco bajar a la medianoche.
-¿Al final vas a ir con Ryan Henry, entonces?
-Sí, al final le pregunté a él, ya que Dean Thomas no quiso. ¿Sabes lo que me dijo? Que no iría al baile. Bueno, eso no puede haberlo inventado, porque si lo llego a ver aquí abajo con otra chica, se va a querer morir por el escándalo que le armaré.
-Vaya niño aburrido. ¿Se va a quedar en su habitación, entonces? Por favor, menos mal que no vas a ir con él entonces. Te hubieras aburrido mortalmente con alguien así.
-Sí, ni hablar. Y tú irás con Harry, ¿verdad?
-¿Qué? ¿Estás bromeando? ¡Claro que no!
-¿Cómo que no? Pero… -Jenny se quedó pensativa-. Pensé que todo el tema de la poción, tú sabes… era para ir con él.
-¿Acaso crees que soy tan patética como para eso? -dijo Cho-. Claro que no. Solo quería humillarlo, que todos lo vieran de rodillas ante mí, para vengarme. La venganza ya fue hecha, y ya. Listo, todo acabó. Ya no pienso más en Harry. La vida sigue.
-¿Con quién irás entonces?
-Con Cormac McLaggen, de Gryffindor. Le pregunté hace un rato. Fue muy a último momento, la verdad. Pero me dijo que sí.
-¡Genial! Ese chico es muy lindo. Vaya que tienes suerte, Cho. Le encantas a los chicos. Casi que podrías tener a cualquiera que quisieras.
Ella sonrió con satisfacción.
-¿Crees que Harry siga con el efecto de la poción? -preguntó Jenny, pensativa.
-Claro que no, eso sería estúpido -dijo Cho-. Pasaron tres días. De seguro sus amigos ya se habrán dado cuenta de que tenía una poción de amor, y alguien le habrá dado el antídoto. Tendrían que ser estúpidos para no haberse dado cuenta de lo que le pasaba.
-Bien, hay que agregar tres hongos saltarines -dijo Ron, leyendo los ingredientes que Fred le había pasado a su celular, por mensaje.
-No tengo hongos saltarines -se quejó Seamus.
-Creo que yo tengo un poco -Dean se puso a buscar dentro de su caldero, donde guardaba los ingredientes más comunes para elaborar pociones. Le pasó tres a Ron.
-Esperemos que funcione -dijo Ron, agregando los hongos saltarines.
Cuando por fin terminaron la poción, la mezclaron, tomaron un pequeño frasco y lo llenaron con el líquido color rosado. Ron se acercó a Harry, con el frasco lleno.
-Harry, bebe esto -le dijo.
-¿Qué es eso? -Harry puso mala cara-. No quiero beber nada. Necesito estar bien para el baile. Cho estará esperándome.
-Claro, esto te ayudará -dijo Ron, improvisando-. Es un… eh… un tónico para los nervios.
-No tengo nervios -dijo Harry, encogiéndose de hombros-. Estoy perfecto -y puso una sonrisa idiota.
-Bien, en ese caso es un… eh… un…
-¡Es una poción para que tu cabello se deje peinar, Harry! -dijo Seamus, perdiendo la cabeza por el comportamiento de este.
-Pero mi cabello…
-¡Hable con Cho hace un rato, y me dijo que tu cabello es horrible! -gritó Seamus.
-¡Oh, no! -Harry tomó la poción y la bajó de un solo sorbo, hasta el fondo.
-Genial -Ron se apartó un poco y se quedó mirando a su amigo. Todos lo miraron con mucha atención. Todos menos Neville, que tenía las cortinas cerradas y no salía de su cama por nada del mundo.
-¿Creen que funcione? -preguntó Dean.
Los tres lo miraban con atención. De pronto, la sonrisa tonta en la cara de Harry empezó a aflojar, a desaparecer.
-¡Se está yendo! -dijo Seamus, señalándolo.
-Lo sé, lo sé -dijo Ron-. Vamos, amigo…
Harry dejó de tener la sonrisa, pero sus ojos de pronto quedaron aún más perdidos que antes, mirando hacia la nada. Su cabeza empezó a colgar varios centímetros, su boca se abrió y empezó a chorrear baba de ella.
-Oh, Dios mío, lo matamos -dijo Seamus, muy asustado y aferrando el brazo de Dean con miedo.
-¡Matamos a Harry Potter!
-No, no está muerto -Ron se acercó a Harry y lo miró de cerca-. ¡Harry! ¿Me oyes?
Los ojos de Harry se movieron unos muy pocos centímetros hacia Ron.
-Malditos… -Ron empezó a enfurecerse, de pronto, al darse cuenta de lo que había pasado. Caminó hasta otra de las camas, tomó su teléfono y empezó a marcar el número de Fred otra vez, furiosamente. -Me las van a pagar, es la última vez que…
-¿Hola? -dijo Fred, atendiendo.
-¡¿QUÉ RAYOS ME HICIERON DARLE A HARRY?! -preguntó, furioso.
Fred y George estallaron a carcajadas, del otro lado del teléfono.
-¡AJAJAJAJAJA! -no paraban de reírse, sin control.
-¿Le chorrea la baba? -preguntó Fred, en medio de las carcajadas.
-¡SON DOS IDIOTAS! ¡Voy a contarle a mamá de esto!
-¡Eeeeyy, espera un poco, hermanito! -lo atajó Fred-. ¡No seas aguafiestas! ¡Solo durará unas horas!
George seguía riéndose, sus carcajadas audibles de fondo.
-Solo es un poco de poción de prueba para nuestro nuevo chasco, las fantasías patentadas -explicó Fred-. Es una poción bastante fuerte, así que anula el efecto de las otras pociones que haya consumido antes. Quiere decir que ya no está bajo los efectos de la poción de amor, hermanito. Técnicamente, no te hemos mentido. Sí anuló el efecto.
-¡Pero está todo… como muerto! -dijo Ron, señalando a Harry, que tenía la mirada ausente y parecía que su mente hubiera viajado a otro universo.
Fred y George rieron aún más.
-¡Genial! -dijo Fred, hablándole a George-. Funcionó perfecto con él. Quiere decir que el problema era con pelirrojos, nada más.
-¿Qué rayos es eso? ¿Qué son las fantasías patentadas, Fred?
-Harry está teniendo algunas alucinaciones muy interesantes -dijo este-. ¡No es nada malo! ¡Son fantasías muy agradables, la mayoría! ¡Debe estar pasándolo genial en este momento! ¡Solo déjalo disfrutar en paz, y en unas horas estará como nuevo!
-¡¿Unas horas?! ¡¿Cuántas?!
-Bueno, estamos tratando de que el producto final dure treinta minutos, ya que luego de eso empieza a volverse algo agotador y terminas exhausto. Pero como aún no lo hemos logrado, seguramente Harry estará así unas… mmm… diez horas, quizás.
-¡¿DIEZ HORAS?!
-Oye, la sensación es fantástica, Ron. Tienes toda clase de sueños hermosos despierto, cosas que desearías que pasen se hacen realidad ante tus ojos, todo es muy maravilloso. Puedes probarla tú mismo, si quieres.
-No voy a quedarme chorreando baba por diez horas, gracias.
-¡Tú te lo pierdes! Bueno, me voy, hermanito. ¡Hasta luego!
Ron cortó la llamada, furioso.
-No puedo creerlo -rezongó.
-Bueno, al menos volverá a ser él mismo en diez horas -dijo Dean-. Al menos ya no tiene los efectos de la poción de amor. Diez horas más, y ya no habrá que cuidarlo como a un bebé.
-Sí, realmente era insoportable -dijo Seamus-. Aunque deberíamos colocarle una bandeja bajo la barbilla, para la baba.
-De acuerdo, lo dejaremos aquí, haciendo reposo, por diez horas -dijo Ron-. Lo vigilaremos por turnos…
-¿Por turnos? -Dean lanzó una carcajada sarcástica-. ¡Nosotros lo cuidamos por tres días, Ron! Creo que ya viene siendo tu turno, ¿no?
-¡Sí! -coincidió Seamus-. Tú deberás acompañarlo al baile, Ron.
-¿Cómo que acompañarlo al baile?
-Claro -dijo este, como explicando lo obvio-. Por dos motivos: El número uno, porque Dean y yo tenemos algo más importante que hacer esta noche. Algo que hemos estado planificando desde hace mucho tiempo.
-Sí, pero no podemos decirte qué es, así que no insistas. Es muy secreto.
-¡Harán un salto en bungee desde la Torre de Astronomía! -gritó Neville desde su cama, con voz aburrida.
-¡Tú cállate, Neville! ¿No estabas enojado con nosotros?
-Y número dos -continuó Seamus-, ¡porque ya cuidamos de él tres malditos días! Ya es hora de que alguien más lo haga.
-De acuerdo, pero, ¿por qué dices que debo llevarlo al baile? No iremos al baile. Espera, ¿dijiste saltar de la Torre de Astronomía, Neville?
Ron quedó atónito.
-Claro que sí debes ir al baile, porque ya le dije a Romilda Vane que Harry iría con ella -explicó Seamus.
-¡Pues que se quede ahí plantada! ¡Yo no fui el que le dijo eso! No va a ir, ¡no en este estado!
-Tienes que llevarlo, Ron -dijo Dean-. Si no se presenta, Romilda podría decírselo a alguien, y todos sabrán que le dimos pociones ilegales a Harry.
-¿Pociones ilega…? -Ron se tapó la cara con la mano, agotado-. De acuerdo -dijo, suspirando y encogiéndose de hombros-. Me rindo. Todo esto ya es demasiado. Iré al maldito baile con Harry. Trataré de que no caiga de cabeza sobre el ponche de frutas.
-¿Tienes pareja?
-¡Claro que no tengo pareja! ¡Nadie me invitó! ¡Y Fay ya no me habla!
-Deja que te consiga una -dijo Seamus, tomando su celular-. No será difícil. Así no tendrás que acompañar a Harry tú solo.
-Sí, para eso estamos, amigo -dijo Dean-. Para ayudarte -le guiñó un ojo.
-¿A quién me conseguirás? -preguntó Ron, con miedo.
-Estoy seguro de que Romilda Vane tiene alguna amiga que quiera ir -explicó Seamus, moviendo el dedo por su celular a toda velocidad.
-Bueno, falta poco para el baile -comentó Fay más tarde, mirando la hora. Ella y Hermione estaban solas en su habitación. Ya se había hecho de noche, y los alumnos de toda la torre empezaban a prepararse para el baile de esa noche. -Creo que nuestros disfraces son geniales. ¿Tú que crees?
-Sí, me gustan mucho.
Hermione se había elegido un disfraz de plimpy, que era una criatura mágica acuática, una especie de pez esférico con dos patas largas. Su traje tenía en los pies los típicos dedos de las patas de los plimpy, la forma de pez en el torso y una vincha para ponerse en la cabeza con la forma de la aleta.
Fay, en cambio, se había elegido un disfraz de acromántula. El suyo venía con unos lentes con varias esferas, que simulaban los ocho ojos de la araña mágica, un traje de cuerpo completo con pelusa negra que simulaba el típico pelaje de la araña, y horrendas patas de araña que sobresalían por la espalda. Al verlo, Hermione estuvo segura de por qué Fay había elegido ese traje en particular, pero, por supuesto, no dijo nada al respecto.
-¿Quieres ir a bañarte primero? -preguntó Hermione.
-Me da igual. Si quieres ve tú.
-Está bien. Enseguida vengo.
Hermione fue al baño y cerró la puerta por dentro mediante magia. Abrió la ducha, pero no se metió. En cambio, empezó a caminar ante el lavamanos, y este pronto se hundió en la pared, revelando su orificio secreto.
La chica empezó a bajar por el túnel, tan rápido como podía. Cuando llegó al final, ingresó a su sala secreta. Supervisó las pociones que había en medio de la sala, brevemente, y entonces anduvo hasta la enorme puerta que conducía hacia el exterior; hacia el pasillo del séptimo piso.
Tomó aliento, con la mano en el picaporte. Era la primera vez que iba a hacer eso, desde que había empezado la cuarentena.
-Oh, casi lo olvido -se apuntó a sí misma con la varita y se aplicó un encantamiento desilusionador. Luego de eso, abrió la puerta y salió al exterior.
Los pasillos del séptimo piso estaban desiertos. No solo no había nadie, sino que daba la impresión de que los tenían permanentemente en penumbras, sin encender velas en ningún momento del día. Tenía sentido, ya que no podía haber nadie andando por allí. Lo que ella estaba haciendo estaba estrictamente prohibido, y más que nunca. De hecho, con las nuevas contraseñas del retrato de la Dama Gorda que ni los prefectos tenían, y las ventanas selladas, aquella salida secreta de Hermione debía ser la única forma para un alumno de abandonar la casa Gryffindor en ese momento.
Era consciente de lo terrible de la acción que estaba cometiendo, por supuesto.
Pero era por una buena causa.
La puerta de su sala secreta se cerró detrás de ella y empezó a achicarse, cada vez más, hasta que desapareció por completo y solo quedó un muro vacío sin nada allí.
No importaba. Sabía cómo abrirlo nuevamente, desde ese lado.
Hermione miró con mucho cuidado que no hubiera ningún profesor patrullando el pasillo, y empezó a andar por él tan rápido como podía.
-Todo saldrá bien -dijo Seamus, dentro de su dormitorio. Ron ya se había ido a la habitación de Oliver y Percy, a quienes les sobraba un disfraz, para vestirse de hipogrifo. -Ya he metido las tablas en mi bolso extensible por dentro. También metimos tu poción adherente.
-¡Los elásticos! -dijo Dean-. Olvidábamos los elásticos.
-¡Claro! ¡Qué idiota! -Seamus se apresuró a sacar los larguísimos y gruesos elásticos de debajo de su cama, y los metió en su bolso extensible también-. Perfecto. Vamos allá.
-Ya nos vamos, Harry -le dijo Dean. Este ni siquiera lo miró. Tenía los ojos fijos en la pared opuesta, y no dejaba de chorrear baba.
-Enseguida Ron vendrá por ti -dijo Seamus, dándole unas palmaditas en el hombro.
Los dos amigos dejaron la habitación y empezaron a caminar bajando la escalera exterior. Mientras lo hacían, se aplicaron encantamientos desilusionadores.
-¿Me ves?
-¡No, para nada! ¿Y tú a mí?
-Tampoco.
-¡Genial!
Ambos ingresaron a la Sala Común y se metieron tan sigilosamente como pudieron tras unos sofás. Había algunos alumnos mayores y prefectos colocando la decoración para el baile que empezaría un rato más tarde. Había guirnaldas, cosas de carnaval y tapices con diseños de animales fantásticos colgando de las paredes.
-Pon esas luces por allí, Oliver -decía Katie, que era la encargada de la organización y decoración del evento-. Un poco más a la izquierda.
-En cualquier momento vendrá McGonagall -dijo Seamus, en un susurro-. Tal como oímos decir a Katie ayer, a las nueve en punto ella vendrá con los elfos domésticos a traer toda la comida y bebida.
Miraron la hora. Faltaban unos minutos para las nueve.
-¡Mira, Seamus! ¡Allí!
Ambos se acercaron a la pared en el momento exacto en que el retrato de la Dama Gorda oscilaba y se abría. La profesora McGonagall entró por el orificio, junto a un grupo de elfos domésticos cargados de bandejas con comida y packs de botellas de cerveza de manteca.
-¡Ahora! -dijo Seamus en el oído de su amigo.
Ambos se metieron por el orificio, pasando junto a los elfos, en dirección contraria. Dean chocó contra uno por accidente.
-¡Oh! -exclamó el elfo, mirando alrededor, pero al no ver nada siguió su camino.
Salieron del lado exterior del retrato, y corrieron por el pasillo del séptimo piso hacia la Torre de Astronomía, tan rápido como pudieron.
-¡Lo logramos! -dijo Seamus-. ¡Logramos salir!
-¡Genial! -dijo Dean, con júbilo, mientras ambos corrían.
-Bueno, Dean, a partir de este punto, estamos haciendo esto sabiendo que lo más probable es que nos expulsen, pero eso no nos importa, porque de todas formas vamos a morir. Así que, ¡a disfrutar de esto tanto como podamos! ¿Verdad?
-¡Claro que sí, amigo! -dijo Dean, corriendo a su lado. Su encantamiento desilusionador no había quedado del todo bien, ya que se le veía un brazo, que corría por allí sin cuerpo alguno a la vista.
No había nadie allí para verlos, de todas formas. O eso creyeron ellos.
Dos personas sí los vieron: Dos alumnas de Slytherin también habían huido de la Sala Común, tras ellos, y ahora estaban andando por ese mismo pasillo.
-¿Quiénes eran esos dos? -preguntó una de ellas.
-Creo que Seamus Finnigan y Dean Thomas, de Gryffindor -dijo la otra-. No creo que nos hayan visto.
-Eso espero -dijo Millicent-. No pensaba quedarme en ese tonto baile, de todas formas. Y ya estoy harta de estar en la casa Gryffindor. Necesitaba un respiro.
-Estoy de acuerdo -dijo su amiga, Daphne Greengrass-. Caminar fuera de allí, libres, aunque sea por un rato, es justo lo que necesitaba para respirar un poco, tomar aire puro. Qué bueno que se te ocurrió lo de escapar por el orificio cuando todos esos elfos llevaran la comida. ¿Cómo haremos para volver, luego?
-De seguro tendrán que ir a limpiar todo cuando termine el baile, a la madrugada. Esperaremos del otro lado del retrato, con estos encantamientos desilusionadores, y entraremos nuevamente tras ellos.
-Perfecto. Mientras tanto, subamos a algunas torres, ¿qué dices? Quiero sentir el aire en el rostro. Allí no nos dejan ni abrir las ventanas. ¿Sabías que en Ravenclaw sí se los permiten?
-¿A ellos sí les permiten abrir las ventanas?
-¡Sí! ¡Es totalmente injusto!
-De verdad que sí.
-Oye, Millicent, ¿y Pansy se quedó para ir al baile?
-Sí, ya sabes, va a sacrificar a Neville Longbottom delante de todos -dijo esta, sin mostrar mucho interés.
-Ah, cierto -dijo Daphne.
Y, entonces, mientras se iban caminando, ambas invisibles, se oyó una tos.
-¿Daphne? ¿Fuiste tú?
-Sí, de hecho, ando con mucha tos -dijo ella-. Diría que tengo el virus, si no fuera porque Percy Weasley me hizo el test esta mañana y dio negativo, como siempre.
-Entonces no hay de qué preocuparse. Nadie en la torre Gryffindor lo tiene, eso está comprobadísimo. Tu tos debe ser por otra cosa. Ven, vamos.
En ese momento, en el hospital de magos de San Mungo, había dos magos del Ministerio de la Magia, de pie ante una camilla donde reposaba un mago adulto enfermo. Uno de ellos era bajito, gordo y calvo. El otro, alto y flaco, con un mentón puntiagudo. El primero se llamaba Ernie, y el segundo Oscar.
-Nuestros peores temores se hicieron realidad -dijo Ernie, con una mirada muy seria. Ambos miraban hacia el paciente que estaba en la camilla y hablaban en voz baja. Un sanador pasó caminando rápidamente tras ellos y siguió de largo. Esos días, había tanto caos en el hospital que no se veían sanadores que no estuvieran corriendo por doquier.
-El test falló -dijo Oscar-. Le dijimos al Ministro que no era seguro divulgar este test hasta terminar con los ensayos y los estudios en todos los pacientes, hasta terminar las pruebas. Pero él no nos iba a escuchar, claro que no. Sabíamos que no lo haría.
-Yo le dije personalmente, Oscar, que estos estudios requieren ensayos de al menos un año antes de oficializarse y divulgarse en distintos lugares. Pero tú sabes, la presión política era tanta, y había tanta gente pidiéndole con urgencia un test que permitiera identificar la presencia de Horrovirus en magos portadores sin síntomas, que él se apresuró…
-Bueno, ahora todo se desplomará, Ernie. En cuanto esto se sepa… En cuanto se sepa que el Ministro autorizó la utilización de un encantamiento experimental que no había sido plenamente probado y verificado… ¿En qué lugares se llegó a implementar? ¿Tienes idea?
-Sé que lo han utilizado en el mismo Ministerio, para identificar empleados que portaran el virus y enviarlos a trabajar desde casa. Y también en Hogwarts.
-¿En Hogwarts?
-Sí, lo utilizaron para separar a los estudiantes en distintas casas, dependiendo quién tenía el virus y quién no.
-¿Dumbledore sabe de esto?
-Por supuesto que no. El Ministro le habrá dicho que el test era plenamente confiable.
-¿Sabes lo que eso significa? En este momento, debe haber niños a quienes les hacen este test que nosotros dos creamos, todos los días, y que piensan que no portan el virus. Pero en verdad sí lo portan.
-Es indudable -dijo Ernie-. Ahora que sabemos que el test no sirve, y que solo funciona en algunos casos, pero muchos otros los califica como negativos cuando sí son portadores del virus… Seguramente habrán flexibilizado normas en el colegio, como permitirles comer juntos o cosas así a los que, según ellos creen, no portan el virus.
-Y esos deben estar contagiándose todos entre sí… ¡Tenemos que avisar ahora mismo de esto!
-El Ministro no querrá hacer nada.
-¡Pero tendrá que hacerlo! ¡Tendrá que admitir públicamente que puso en riesgo la salud de todos los niños del país por tomar una decisión apresurada! No le quedará opción. Si no nos escucha a nosotros, y no hace pública esta información, entonces pronto esos niños empezarán a mostrar síntomas y todo saldrá a la luz de todas maneras.
-Y será demasiado tarde para ellos. Piénsalo, seguramente pusieron a todos los "sanos" en una misma casa y les permitieron sociabilizar y flexibilizaron la cuarentena allí. Seguramente, aunque les hagan el test todos los días, como el test no funciona, muchos de ellos deben portar el virus hace tiempo, y deben estar contagiando a los otros. Podría ser que lo porten desde hasta hace dos semanas atrás inclusive, y que ninguno se haya enterado. ¿Sabes cuándo se darán cuenta? Cuando alguno empiece a tener síntomas visibles, y tenga que ser internado. Ahí todo saldrá a la luz.
-Bueno, avisémosle al Ministro ahora mismo de lo que acabamos de descubrir. Que el test ha fallado. Que no sirve.
-¿Tú crees? Son las nueve de la noche. Mejor digámosle mañana por la mañana.
-Sí, tienes razón. Es decir, ¿qué diferencia hay? A menos que todos los alumnos supuestamente "sanos" de Hogwarts vayan a tener una fiesta esta noche donde todos estén juntos, no hay motivos urgentes para no esperar hasta mañana.
El otro rio por el chiste.
-¿Te imaginas? ¿Permitirles tener una fiesta a todos juntos, en medio de esta crisis mundial?
Ambos se rieron por lo absurdo de aquello.
-Seguramente se contagiarían todos -dijo Ernie, ahora serio-. Y, con las tasas de mortalidad actuales, moriría el 20% de ellos en una semana.
-El 20% o incluso más -acotó Oscar.
-Bueno, pero eso es absurdo. Ningún profesor armaría una fiesta en medio de esta crisis, ni siquiera para alumnos presuntamente sanos.
-Tienes razón. ¿Vamos por un trago? Hay un muy buen bar aquí a la vuelta.
-¿Y está abierto, con la cuarentena?
-Sí, sí, te hacen sentarte a dos metros de distancia y llevar barbijo, pero se puede.
-¡Genial! Vamos para allá.
