Capítulo 15. Baile Animal – Parte 3
Ya estaban por hacerse las cuatro de la mañana. El baile estaba en su punto máximo. La música electrónica sonaba con toda potencia, destrozándoles los tímpanos. Oliver Wood mezclaba temas en su consola mágica mientras bebía tragos de hidromiel y whiskey de fuego, realizando transiciones entre las canciones como un hombre poseído.
Por otro lado, Katie estaba bailando sola en medio de la pista de baile, directamente debajo de la bola disco. Por más que le había insistido, Oliver no quería saber nada con ella. No quería estar con ella. Seguía pensando que eso perjudicaría al equipo, y ella pensaba que esa era la estupidez más grande del universo, pero no podía conseguir convencerlo de lo contrario.
Lisa Turpin y Michael Corner habían desaparecido en un oscuro rincón un rato atrás, una zona lejana donde habían colocado todos los sofás de la Sala Común, arrinconados en un sector apartado, y varias parejitas iban hacia allí cada tanto de la mano, para desaparecer de la vista en aquella zona oscura; donde también estaban Angelina con su pareja, Alicia con el chico de séptimo de Ravenclaw y Percy con la amiga de Katie.
En la pista de baile, Morag y Mandy aún bailaban con Anthony y Terry. Hacía horas y horas que bailaban sin parar. Estaban los cuatro sudados y acalorados, pero no dejaban de bailar y reír por un segundo. Los únicos que bailaban con más intensidad eran Colin Creevey y la niña con la que estaba, que era ex compañera de dormitorio de Ginny. Si bien el baile de los niños era algo ridículo, con exagerados movimientos y alguna que otra patada ocasional al aire, lo cierto era que se movían frenéticamente y no paraban por un segundo, y en varios momentos se ganaron los aplausos de los demás.
-Gracias, gracias -decía Colin, inclinándose en una reverencia. Al instante, empezaba una nueva canción, tomaba a su pareja de la mano y empezaban a mover los pies como locos, sin poder contenerse.
Pansy y Neville también seguían bailando, luego de haberse detenido un rato para comer algo y descansar. Ahora, con dos nuevos vasos de cerveza de manteca en la mano, estaban de regreso en la pista y bailaban, muy cerca el uno del otro.
Pansy lo miró fijamente, con sus ojos delineados estilo cat eye en rojo, sus colmillos vampíricos sobresaliendo sobre sus labios inferiores, y le sonrió de forma perversa. Ambos se movían al ritmo de la música electrónica, sus capas ondeando tras ellos y arrastrándose por el suelo de la pista de baile con cada movimiento.
"Sí, baila, Neville, baila…", pensaba ella, sus ojos clavados en los de él. "Baila y prepárate, pequeño cerdito. Porque, cuando se hagan las cuatro de la mañana, dentro de muy, muy poco tiempo, tu sacrificio va a tener lugar aquí mismo, en esta misma pista de baile, y todos van a ver cómo te conviertes en una ofrenda mortal para mi preciosa muerte, en un sacrificio humano…"
-Creo que todo está bien -dijo Seamus, chequeando los elásticos. Estaba sentado al borde mismo de una de las largas tablas que habían colocado sobresaliendo de uno de los lados de la Torre de Astronomía. Las dos tablas se erguían por entre dos almenas de la torre hacia el vacío, extendiéndose casi cinco metros por el precipicio. Estaban adheridas a la roca de la torre con poción adherente, una poción muy, muy potente que no permitiría a las tablas caer, a pesar de estar adheridas a la torre solo por una punta.
Seamus estaba sentado al borde de una de ellas, en la punta, y Dean al de la otra. Ambos estaban trabajando allí, con el vertiginoso vacío bajo ellos, que marcaba metros y metros de distancia donde nada los separaba del frío y distante suelo de los terrenos de Hogwarts. Todo el resto del castillo estaba bajo ellos, al estar en el punto más alto, y sus pies colgaban encima de todo aquello en la oscuridad de la noche. Mientras tanto, ambos chequeaban los elásticos con los que harían el salto, que habían fijado a los bordes de las tablas, y que luego deberían atar a sus tobillos para hacerlo.
-El mío quedó bien firme -dijo Dean, tirando de su elástico mientras el fuerte viento lo despeinaba y hacía que su tabla se balanceara, provocando una sensación de vértigo que llenó todo su cuerpo. Tragó saliva, muy nervioso, sujetándose a ella.
-¡Perfecto! -le gritó Seamus-. ¡No te preocupes por el viento, no despegará las tablas! ¡Recuerda que la poción adherente no puede fallar! ¡Resiste toneladas de peso!
Dean asintió, aunque seguía algo nervioso. No le preocupaba que el viento las despegara, sino el peso de ellos cayendo metros y metros de altura con los elásticos tirando de las puntas de estas, pero Seamus le había asegurado que lo resistirían. Chequeó su elástico una vez más, y le alzó un pulgar a su amigo.
-¡Muy bien! -gritó este, para hacerse oír entre el viento-. ¡Los elásticos ya están bien colocados, entonces! ¡Está todo listo! ¡Vamos de vuelta a la torre un segundo, y luego hacemos el salto!
-¡Buena idea!
Dean empezó a arrastrar su trasero sobre la tabla, hacia atrás, regresando a la seguridad de la cima de la torre. No se atrevía a ponerse de pie allí. Cuando finalmente se arrastró lo suficiente para llegar a las almenas, se aferró a la roca y pasó un pie, que temblaba por el vértigo, por sobre esta y de regreso al firme y seguro suelo de la torre.
Seamus le sonrió, mientras le chocaba los cinco. Dean temblaba.
-Es genial -dijo Seamus, maravillado, mirando las dos tablas que sobresalían de la torre, con elásticos atados y enrollados en sus puntas, como si se tratara de los dos trampolines más altos del mundo, de los que saltarían en solo instantes, con nada más que un elástico atado a los pies.
-Será seguro, ¿verdad? -preguntó Dean, notoriamente aterrado.
Seamus sonrió más y le dio unas palmaditas en la espalda.
-No pasa nada, amigo mío, esto está cien por ciento verificado. Por mí.
-Eso me deja más tranquilo -dijo Dean, con un dejo de ironía.
-Todo saldrá bien -Seamus miró las tablas, asintiendo, convenciéndose a sí mismo-. Mira, Dean. Si te hace sentir más tranquilo, solo recuerda tener tu varita lista al momento del salto…
-Ohh, puedes apostar que la tendré -dijo Dean, asintiendo con nerviosismo.
-Si algo sale mal, recuerdas el encantamiento para ralentizar las caídas, ¿verdad?
-Claro, si lo ensayamos toda la tarde. "Arresto momentum" -hizo la mímica del movimiento que tenía que hacer con la varita, al pronunciar el hechizo.
-Perfecto. Con eso, si algo saliera mal, ralentizas la caída y, aunque caigamos desde lo alto de esta torre, detendrá el impacto contra el suelo. Y estaremos bien. En el peor de los casos, si no hacemos bien el hechizo, nos romperíamos un par de piernas. Madame Pomfrey puede arreglar eso en segundos. O una fractura de cráneo, que también se soluciona fácil.
Dean abrió los ojos con terror.
-¡Pero no va a pasar! -insistió Seamus-. Los elásticos están bien sujetos, ya lo comprobamos. Las tablas están bien. La poción adherente secó durante horas. Todo saldrá perfecto. Tendremos un salto maravilloso, rebotaremos un par de veces, y luego quedaremos suspendidos por los elásticos, colgando allí abajo. Recuerda esperar a que ya no estemos rebotando, a quedar colgando quietos. Cuando estemos ahí colgando, ya sin rebotar, tenemos que tomar los elásticos y trepar por ellos de regreso arriba.
-Debimos traer escobas, para esa parte -dijo Dean-. No sé si pueda trepar de vuelta hacia arriba, ahora que lo pienso. No estoy tan en forma.
-Claro que lo estás. Pero bueno, si no llegas a poder, solo haz un encantamiento expulso. Te hará salir despedido por los aires, de regreso aquí arriba.
-De acuerdo, de acuerdo -dijo Dean, temblando.
-¿Estás temblando de miedo?
-¡¿Qué?! ¡No, claro que no! Es el viento.
-Vamos a brindar -Seamus empezó a buscar en su mochila extensible.
-¿Brindar?
-Sí, tú sabes, debemos brindar antes del salto. Para eso le robé estas botellas de cerveza de manteca a los elfos domésticos mientras pasábamos a su lado por el orificio del retrato.
Seamus sacó dos botellas de cerveza de manteca de su mochila y le lanzó una a Dean, que no consiguió atraparla, se resbaló de entre sus dedos, cayó al suelo y se hizo añicos, derramando su contenido por todo el suelo.
-No hay problema -dijo Seamus, mirando los pedazos de vidrio roto-. Son de litro y medio, de cualquier forma. Con una alcanza para ambos.
Descorchó su botella, sacó dos vasos y empezó a servir el contenido.
Hermione y Fay estaban sentadas aún junto a la misma mesa de antes, y como ya no tenían estómago para beber más nada, se dedicaban a mirar a los demás chicos, que bailaban ante ellas, mientras controlaban, de vez en cuando, que Harry no cayera al suelo. Este seguía con la mirada ausente, la baba chorreando y la cabeza inclinada de lado.
-¿Con qué crees que esté alucinando? -preguntó Fay, lanzándole una mirada.
Hermione se imaginó que la fantasía de Harry los involucraba a ellos dos rodando por un alto césped en algún sitio imaginario cercano al Lago Negro, con flores a su alrededor, corazones que emergían flotando de la superficie del agua y los rodeaban, y ambos sonriéndose mutuamente mientras se miraban a los ojos y codiciaban los labios del otro, abrazados con fuerza.
Sí, sus alocadas fantasías que no eran provocadas por ninguna poción de Fred y George habían regresado, ahora que sabía lo que de verdad había pasado, y su corazón palpitaba como loco con el nombre de Harry grabado a fuego en él otra vez.
-No tengo idea -dijo, negando con la cabeza.
-¿Durará mucho tiempo?
-Dijeron que diez horas…
-¿Hermione? -dijo una voz.
Ambas chicas alzaron la mirada. Cho Chang estaba delante de ellas. Lucía cabizbaja y melancólica.
-¿Qué quieres? -preguntó Hermione, con enfado.
-Te traje esto -Cho sacó algo del bolsillo de su túnica. Se había cambiado de ropa, se había quitado el disfraz y ahora tenía una túnica común y corriente. Hermione vio que le tendía algo en la mano: El pétalo de algún tipo de planta mágica.
Hermione frunció el ceño, mirándolo, sin tomarlo.
-Es un pétalo de Luparia -explicó Cho, con la mano extendida hacia ella-. Mi abuela me obsequió una cajita con algunas hierbas exóticas difíciles de encontrar. Tómalo. No solo funciona como antídoto natural de la poción de amor que le di a Harry, sino que también es un poderoso antídoto contra cualquier otra poción. Lo despertará de lo que sea que tenga, enseguida, en el momento. Solo tengo este, pero creo que dárselos es lo menos que puedo hacer, luego de que… bueno, luego de lo que hice.
Hermione la miró a los ojos, seria, luego volvió a mirar su mano y tomó el pétalo de Luparia.
-Disfruten su noche -dijo Cho, mientras se daba la vuelta para retirarse-. Aún podrán disfrutar el final de la noche, tú y él.
Hermione miró a Cho, luego a Harry, y luego negó con la cabeza.
-Oh, no -dijo, nerviosa-. Él y yo… No… Solo somos amigos. Nada más.
Cho le sonrió de una forma que le dejó en claro que no le creía una palabra de aquello.
-Sí, claro -dijo, con esa sonrisita-. Amigos…
Volvió a adoptar una expresión triste, se dio la vuelta y se marchó de allí, de regreso a su habitación.
-Quizás no es tan mala, después de todo -comentó Fay, mirando cómo esta se marchaba del baile-. La he visto intentarlo con varios chicos, y creo que nunca le funciona. Me da un poco de pena por ella.
-Quizás tengas razón -dijo Hermione. Se acercó a Harry, le abrió la boca con cuidado con una mano y le metió el pétalo de Luparia con la otra, con mucho cuidado, mirando con atención mientras lo forzaba a tragarlo, acariciando su garganta. Fay miraba el proceso con una ceja arqueada y una sonrisita.
Harry tragó el pétalo y, prácticamente al instante, las pupilas de sus ojos empezaron a cambiar de forma, achicándose y agrandándose, mientras su mirada parecía recuperar una normalidad, dejando de estar allí a lo lejos y volviendo al presente, acercándose cada vez más a la realidad, como si su cerebro estuviera siendo empujado de regreso a ese baile, ya no más en extrañas tierras lejanas. A medida que ocurría esto, su cabeza empezó a enderezarse, quedando más erguida.
Entonces, el chico pestañeó varias veces, miró a un lado, luego al otro, se limpió la saliva que aún le chorreaba con el dorso de una mano y dirigió su mirada a Hermione, que estaba de pie ante él.
-Hola, Harry -dijo la chica, con una sonrisita tímida.
-Hola -dijo él, desconcertado y confundido-. ¿Qué era eso? ¿Qué era ese lugar?
-¿Qué lugar? -preguntó Fay, mirándolo muy divertida, con una sonrisita, curiosa.
-Ese lugar lleno de corazones, flores, ese césped junto al Lago Negro. ¿Qué era eso?
De pronto se quedó mirando a Hermione fijamente, como si hubiera algo en ella que le llamara poderosamente la atención; y esta, que no se había perdido palabra, casi cae desmayada al suelo.
Cho Chang, entretanto, estaba de regreso en su habitación. Miraba tristemente la pared, sin saber qué hacer. No tenía ganas de desvestirse, de quitarse todo el maquillaje, y todo, para irse a dormir, mientras los demás disfrutaban de la fiesta.
Se sentía tan triste, tan vacía por dentro. Era consciente de que merecía lo que había obtenido, por su maldad, por engañar a Harry, por hacerlo beber aquello. Ahora podía ver que había sido una muy mala reacción suya, y se sentía muy mal consigo misma por ello. Pero era tan frustrante que a ningún chico le gustara quien ella era por dentro, siempre arruinándose todo en la primera cita, siempre igual… Supuso que merecía eso, merecía estar sola en esa habitación, triste, sola, abandonada por todos…
Su teléfono empezó a sonar. Era Marietta. Su amiga la estaba video-llamando desde la torre Ravenclaw. Cho atendió la llamada, con cara triste.
-Hola, Marietta -saludó, melancólica.
-Cho. ¿Cómo estás? ¿Sabes? Tuve la impresión de que estarías triste. No sé por qué. Y sin dudas que tienes cara triste… ¿Ocurrió algo?
Cho miró a su amiga con una sonrisita.
-Ay, Mari, me conoces tan bien… ¿De verdad supiste que estaría triste?
-Fue algo así como, no sé, un sexto sentido.
Cho le sonrió.
-Amiga, estoy tan mal -admitió-. Todo me sale mal con los chicos.
Le contó lo que le había pasado, y Marietta escuchó con atención.
-Bueno, deberías intentar con el tercero de tu lista -le sugirió ella, mirándola por la cámara-. ¡La tercera es la vencida!
-Cormac fue la tercera, Mari…
-No, claro que no, él nunca estuvo en tu lista. Cedric era el primero, y Harry el segundo. Pero Cormac no era el tercero.
-¿Te sabes mi lista de memoria? -le preguntó Cho, impresionada.
-Claro que sí, amiga -le dijo Marietta-. Para eso son las amigas, ¿no? Y sé muy bien quién es el tercero de tu lista: Ernie Macmillan.
-Es cierto -reconoció Cho-. De verdad te la sabes.
-¿Y sabes qué? -añadió Marietta, con una sonrisa-. Da la casualidad de que ese chico está aquí en la habitación junto a la mía, y de vez en cuando hablamos a través de la pared. Son paredes muy delgadas. ¿Quieres que te organice una cita virtual con él, por videollamada?
-Ay, no lo sé, Mari. No sé si hacerlo…
-¡Vamos, amiga! Para que no te arrepientas, le diré que te llame ahora mismo. Estás hermosa, con ese peinado y todo.
-¿Ahora mismo?
-¡Sí! Él aún está despierto. Nos hicieron aplaudir a todos por la ventana. Otro día te cuento eso. Espera, le diré que te llame.
-¡No, Mari, no lo sé!
Pero su amiga cortó la llamada. Cho se quedó allí, nerviosa, y no habían pasado ni diez minutos de aquello que su teléfono sonó otra vez: una videollamada de Ernie.
Cho se acomodó el cabello mirándose a sí misma en un pequeño espejo que tenía junto a la cama y luego atendió.
-¿Hola? -dijo, con una expresión aburrida en el rostro.
-Hola -dijo Ernie, que tenía la misma expresión aburrida que ella.
-Marietta me dijo que organizaría esto -comentó Cho-. Es algo tonto, creo…
-Sí, ni hablar -le dijo Ernie, asintiendo desde su habitación-. Pero tampoco me parece mal, en cuarentena, hablar con gente, y todo eso…
-Sí, claro.
Hubo un breve silencio, donde ninguno de los dos parecía querer decir nada. Ernie, en vez de mirarla a ella, tenía la vista clavada en la pared de su dormitorio, con cara de aburrimiento. Entonces, el chico dijo:
-¿No extrañas Hogsmeade?
Cho abrió grandes los ojos y asintió.
-Yo extraño mucho Hogsmeade -comentó él-. ¿Has ido alguna vez a la casa de té de Madame Tudipié?
Cho se llevó una mano al pecho, conmocionada por aquello, explotando de felicidad por dentro.
-Me encanta la casa de té de Madame Tudipié -le dijo, sonriente.
-¿De verdad? -Ernie entonces la miró, muy impresionado-. A mí me fascina. ¿Y la casa de las túnicas de gala? Debe ser lo mejor que hayan hecho en el mundo.
-¡Me fascina la casa de las túnicas de gala! -dijo Cho, muriendo de felicidad.
-¿Sabías que son diseños propios? -preguntó él, a lo que ella asintió enérgicamente.
Ernie le sonrió, a través de la cámara, también muy feliz.
-Cho, creo que tú y yo nos vamos a llevar muy bien -le dijo, y ella le devolvió la sonrisa, feliz como nunca en su vida.
Había encontrado al chico de sus sueños.
-Bueno, amigo -dijo Seamus, vaciando su vaso de cerveza de manteca de un trago rápido y poniéndose de pie-. Es hora.
Dean se puso de pie también, temblando de miedo. Ambos empezaron a caminar hacia el borde de la torre y hacia las tablas.
Pero entonces, cuando estaban por cruzar sus piernas del otro lado, hacia las tablas y al vacío, oyeron algo.
-¿Qué fue eso?
-Hay alguien -dijo Dean, al instante-. ¡Alguien viene! ¡Rápido! ¡Encantamientos desilusionadores!
Ambos se aplicaron encantamientos para quedar invisibles, al instante, y se lanzaron de cabeza al suelo en el preciso instante en que Millicent Bulstrode y Daphne Greengrass aparecían en la cima de la torre, saliendo por las escaleras que conducían allí y hacia la noche exterior.
-¡Oh, está hermoso aquí! -dijo Daphne-. Debimos haber venido a esta torre primero. Mira qué linda que está la vista.
-Claro, esta torre es la más alta de todas -dijo Millicent, acercándose a uno de los bordes más lejanos a donde estaban ellos dos, y asomándose para mirar hacia abajo. Estaban de espaldas a ellos, del otro lado de la torre, y no vieron las tablas que ellos dos habían colocado.
-Es una hermosa noche, lástima que hay tanto viento -dijo Daphne, abrigándose un poco con los brazos-. Mira, desde aquí se ven las luces en la torre Gryffindor.
-Me preguntó que estarán haciendo todos allí. Seguramente debe estar aburridísimo.
-Sí, no lo sé. Quizás no sea tan aburrido el baile, después de todo. Pero no sabía a quién invitar…
-¿Para qué querías ir? Estará todo lleno de Gryffindors y Ravenclaws. Lo único interesante que va a pasar allí será cuando Pansy sacrifique a Neville Longbottom delante de todos.
Seamus, invisible en el suelo, abrió grandes los ojos y le dio un puñetazo a Dean, que estaba invisible junto a él.
-¡Lo sé! -dijo este, en un susurro muy bajo, indicándole que había oído eso perfectamente.
-¿Cómo lo hará? -preguntó Daphne, mientras ambas miraban en dirección a la torre Gryffindor, que estaba más abajo que ellos, ya que la Torre de Astronomía era el lugar más alto del castillo.
-Bueno, tú la conoces -dijo ella-. Esperará al momento pico, al punto máximo de la fiesta. Cuando todo esté en su punto más alto, llevará a cabo su gran acto delante de todos. Le encanta llamar la atención.
-Sí, de eso no me cabe duda.
-A juzgar por la hora, diría que lo hará ahora mismo, de hecho -Millicent consultaba su reloj-. Sí, por lo que la oí hablar en la habitación, lo iba a hacer a las cuatro de la mañana, y ya acaba de hacerse esa hora. Creo que en este mismo momento lo sacrificará. Lo debe estar por hacer ahora mismo.
-Bueno, ¿bajamos? -dijo Daphne-. Hay mucho viento aquí.
-Sí, bajemos.
Las dos amigas fueron de regreso a la escalera y desaparecieron por ellas, hacia abajo. Seamus y Dean se pusieron de pie y se quitaron los encantamientos desilusionadores.
-Lo sabía -dijo Seamus, que lucía aterrado-. ¡Lo sabía!
-No es posible -dijo Dean, mirándolo con aún más terror que antes-. ¿Pansy va a sacrificar a Neville delante de todos? Es decir, que…
-¡Lo va a matar! -dijo Seamus, con los ojos desorbitados-. ¡Lo matará, ante toda la Sala Común! ¡Yo lo sabía! ¡Se lo dije! ¡Le dije que esa chica estaba enferma! ¿Entiendes lo que hará, Dean? Seguramente ha llevado allí alguna daga afilada, o quién sabe qué cosa gótica para matar gente, y lo acuchillará delante de todos, en la pista de baile…
-¡Qué horror! -Dean se agarró la cabeza con ambas manos-. ¡Tenemos que hacer algo! ¡Es nuestro amigo! ¡No podemos permitir que esa psicópata lo asesine!
-¡Pero, Dean! ¿Qué podemos hacer? Dijo que iba a matarlo ahora. AHORA. ¡Ya es demasiado tarde! ¡Jamás podremos llegar a tiempo! Si está por hacerlo en este momento, no hay forma de que lleguemos allí de regreso, bajando esta torre y luego corriendo por el largo pasillo. Además, una vez que lleguemos allí, no tenemos la contraseña para entrar a la Sala Común, y con la música nadie oirá nuestros gritos desde el lado exterior. ¡Es imposible! ¡No lo lograremos!
-¿Y por teléfono? -sugirió Dean, pensando a toda velocidad-. ¿Si llamamos a alguien por teléfono para advertirles?
-No traje mi teléfono. ¡Lo dejé en la habitación! ¿Y tú?
-Yo tampoco -dijo Dean, mordiéndose los labios-. Oh, no. Es el fin. ¡Neville va a morir!
Seamus miró hacia las tablas, con sus largos elásticos, que sobresalían de la Torre de Astronomía. Entonces giró la cabeza hacia la torre Gryffindor, que estaba a menor altura, no tan lejos de allí; y hacia los altos ventanales de la Sala Común, visibles desde allí, donde se reflejaban, desde el interior, las luces de colores del baile.
-Seamus -dijo Dean, con terror, siguiendo la mirada de su amigo-. ¿Qué estás mirando? ¿Por qué miras allí? Seamus, no… Seamus, no… ¡Por favor, no! ¡DIME QUE NO…!
-Es la única forma -Seamus clavó sus ojos abiertos de par en par en su amigo, que negaba con la cabeza, temblando de miedo más que nunca-. No hay otra forma, Dean. No podremos salvarlo si no. Tenemos que hacerlo. ¡Por Neville!
-¡Es una locura!
-La vida es una locura -dijo Seamus, acercándose a Dean y aferrándolo de los brazos con fuerza-. Sabes que debemos hacerlo. Nuestro amigo nos necesita.
Dean miró, con pánico, la distancia que había entre esa torre y los enormes ventanales de la Sala Común de Gryffindor.
-Te dije que teníamos que traer escobas… -se lamentó, arrugando la cara por el miedo.
-Vamos a atarnos los elásticos -dijo Seamus-. El viento está a nuestro favor. Hay muchísimo viento, que corre en dirección contraria a la torre Gryffindor. Saltaremos con los elásticos atados a nuestros pies, en dirección contraria a la torre Gryffindor, lo más lejos posible. Los elásticos se estirarán y luego nos impulsarán en la dirección contraria, hacia los ventanales de la Sala Común. Entonces, cuando hayamos llegado lo más lejos posible -señalaba el cielo, mientras hablaba-, apuntaremos nuestras varitas a los elásticos, y con el encantamiento relashio estos se soltarán de nuestros pies y saldremos despedidos hacia allí…
-¡Pero Seamus! -Dean miró por encima de las almenas, hacia abajo, con el corazón en la boca-. ¡Las posibilidades de que funcione son de una en un millón! ¡Piensa en todo lo que puede salir mal! ¡La dirección del viento, cortar el elástico en el momento exacto, saltar hacia el lado opuesto de la torre Gryffindor con la suficiente distancia y arrastre del viento, y luego que los elásticos nos propulsen en la dirección correcta…!
-Neville no se salvará con probabilidades -dijo Seamus, tomando al otro de los hombros y mirándolo fijamente a los ojos-. En este momento, Dean, Pansy está metiendo la mano en su túnica para sacar la daga que clavará en el corazón de nuestro amigo. Piensa en eso.
Dean pensó en eso, y una lágrima rodó por su rostro mientras asentía, aterrado como nunca en su vida.
-De acuerdo -dijo, asintiendo, pero sufriendo muchísimo por dentro-. Hagámoslo… Por… Por Neville…
Sin dejar de sacudirse por los nervios, fue junto a su amigo. Ambos pasaron una pierna del otro lado de las almenas de la torre y caminaron por arriba de las delgadas tablas, sobre el vacío que se extendía debajo. Cuando llegaron al extremo de estas, se pusieron en cuclillas, enroscaron los elásticos en sus tobillos y les hicieron los nudos más fuertes que fueron capaces de hacer.
Se miraron el uno al otro, uno en el borde de cada tabla.
-¡VAMOS, DEAN! -gritó Seamus, agitando un puño en el aire-. ¡TIENES QUE DAR LO MEJOR DE TI!
-¡DARÉ LO MEJOR DE MÍ! -gritó Dean, que lloraba por el pánico, pero decidido, convencido-. ¡SALTARÉ LO MEJOR QUE PUEDA!
-¡POR NEVILLE!
-¡POR NEVILLE!
-¡POORR NEEVILLEEEE! -gritó Seamus, como enfermo, a la noche.
-¡POOORRRRRR NEEEEEVIIIIILLEEEEEEE! -vociferó Dean, dándose golpes en el pecho y respirando fuerte, bien hondo, sus ojos entornándose con ira, con motivación.
-¡HAGÁMOSLO! -bramó Seamus, y ambos se pusieron de espaldas a la torre Gryffindor, con el viento golpeándolos con violencia por detrás-. ¡A LA CUENTA DE TRES…!
Respiraron bien hondo, flexionaron las piernas, cada uno en su tabla, aferraron sus varitas bien fuerte y se prepararon para saltar tan lejos como pudieran en la dirección opuesta a la torre Gryffindor.
-¡UNO…!
En la Sala Común, Pansy bailaba con Neville, relamiéndose los labios con un brillo psicópata en los ojos. Había llegado el momento. Era el momento de ejecutar su plan.
Se preparó, buscando las fuerzas en su interior.
Le chica no apartaba la mirada de él. Lo tenía bien sujeto de las manos. Ya era la hora.
Finalmente, lo haría.
Allí, delante de todos.
Empezó a hacer una cuenta regresiva en su mente, mientras se preparaba.
Apretó sus manos con más fuerza.
Era el momento de la verdad.
El viento se intensificó, haciendo que los elásticos que colgaban en el vacío bajo ellos ondearan hacia adelante, colgando en el precipicio, atados por un extremo a las tablas y por el otro a sus tobillos.
-¡DOS…! -gritó Seamus, continuando la cuenta regresiva, preparando brazos y piernas para impulsarse tan lejos como fuera posible.
En la otra tabla, Dean enfocó la vista en el vacío a sus pies y se preparó para dar el salto de su vida.
La música sonaba fuerte sobre Harry, que ya había vuelto a ser él mismo, y ahora estaba en la pista de baile con Hermione. Fay lo había convencido, luego de darle un trago de whiskey de fuego para que se pusiera a tono con la fiesta, que tenía que bailar para quitarse toda la confusión de esos días que había vivido. Y sugirió que fuera con Hermione, por lo que ambos se dirigieron allí, y ahora bailaban uno frente al otro.
-Aún me siento algo confundido -admitió Harry, mientras tomaba a Hermione de las manos y bailaba con ella-. Es tan extraño, haber estado así, por tres días…
-Me lo imagino -dijo ella, moviéndose con él por la pista-. Supongo que habrá sido algo horrible, estar tanto tiempo así. ¿Puedes…? ¿Puedes recordar algo…?
Trató de que sonara como un comentario más, pero la duda que tenía en el pecho la estaba traicionando al hablar, dejando expuestas sus intenciones.
-No estoy seguro -dijo él, pensativo-. Es todo tan confuso. Dejando de lado estas últimas horas, que fueron algo así como una alucinación continua y sin fin… Todo lo anterior es bastante borroso. Como que recuerdo algunas cosas, pero no estoy seguro de otras. Sé que todo empezó en nuestra habitación, cuando esa niña me llevó los chocolates. Empecé a comerlos, y sé que ahí fue cuando mi mente empezó a volverse loca y a pensar toda clase de idioteces sobre Cho…
-Sí -Hermione tragó saliva, mientras bailaban juntos-. Y, luego de eso, luego de comer los chocolates… ¿Recuerdas algo más?
Harry se estrujó las neuronas, tratando de hacer memoria, mientras Oliver mezclaba otra canción electrónica y todos bailaban la nueva melodía.
-¿Recuerdas… algo que yo te dije? -dijo Hermione entonces, mientras bailaban. Harry sintió que las manos de la chica sudaban ligeramente en las suyas, y no parecía ser por el baile.
Entonces la miró a los ojos.
-Creo… que recuerdo algo -admitió él, mirándola de cerca-. Algo que me dijiste.
Hermione sentía su corazón latir rápidamente.
-Pero… No lo sé… No estoy seguro -él negó con la cabeza-. Quizás no fue real…
Entonces ella se dio cuenta de que, ahora sí, era el momento. Esta vez, no habría excusas. Era tarde en la madrugada, estaban bailando, juntos, en una pista de baile, con luces de colores, gente besándose por todos lados a su alrededor, música bien fuerte, y Harry estaba bien. Estaba consciente. Recordaba "algo", pero no estaba seguro…
Era el momento adecuado.
-Verás, te dije algo… importante, ese día -dijo ella entonces, luchando por poder encontrar las palabras, otra vez.
Harry la miró fijo.
-¿De verdad? -dijo, algo nervioso. Se acercó un poco a ella, mientras se movían al ritmo de la música. Ella asintió y se apartó el cabello de la cara con una mano. Harry tragó saliva.
Pero Hermione no estaba diciendo nada más, no parecía conseguir pronunciar las palabras.
-Me gusta tu maquillaje -dijo él entonces, y ella sonrió-. Esos pececitos pequeños que nadan por tus párpados… son lindos -finalizó, con una sonrisa-. Estás muy linda.
Ella se ruborizó.
-Gracias -dijo Hermione.
-Dime -dijo él, tomando sus manos con más firmeza-. ¿Qué fue eso que me dijiste ese día?
-Yo… te dije que… -empezó ella, sin poder controlar los nervios.
Harry la miraba fijo.
-Te dije que… que yo…
Le temblaba la voz. Cerró los ojos y los abrió de nuevo. Respiró hondo. Se preparó. Y, finalmente, abrió la boca para decirlo de una vez.
-Harry, yo te…
Pero no pudo terminar la frase.
En ese momento, los altos ventanales de la Sala Común estallaron en pedazos, lanzando pedazos de vidrio gigantes por todos lados.
Seamus y Dean caían desde lo alto sin nada más que sus varitas en la mano, gritando dos encantamientos a la vez: Mientras Seamus realizaba un movimiento con su varita que hizo que todos los pedazos de vidrio se convirtieran en polvo, para no lastimar a nadie en su caída, Dean gritó:
-¡ARRESTO MOMENTUM!
La caída de ambos se suavizó, pero la intensidad con la que habían entrado, atravesando los vidrios y cayendo sobre todos ellos, fue tal que, a pesar de haber hecho el hechizo, se dirigían con mucha velocidad hacia el suelo, donde se estrellarían en cualquier momento.
Seamus estaba cayendo en línea recta y de cabeza hacia Katie Bell, que estaba de pie bajo la bola disco, en el centro de la pista de baile, mirando hacia arriba, petrificada, sin poder mover un solo músculo.
Oliver se apartó de las consolas de sonido a toda velocidad. En su camino, tropezó con un equipo y toda la música se apagó. Pero el chico corrió hacia Katie como loco.
-¡KAAAAAATIEEEEEEEE! -vociferó, lanzándose sobre ella de cabeza, con los brazos extendidos. Cayó encima suyo en el mismo momento en que Seamus caía al suelo, la rodeó en brazos y ambos rodaron por el suelo de la pista de baile, lejos de allí. Seamus impactó contra el medio de la pista, quedando desplomado allí con brazos y piernas torcidos en posiciones extrañas.
Dean, por su parte, se estrelló de cabeza contra el ponche de frutas, que salpicó por todos lados, quedando el chico parcialmente dentro de la enorme fuente de vidrio que lo contenía.
-¿Estás bien? -le preguntó Oliver a Katie, en el suelo. Ambos estaban abrazados, allí, él encima de ella. La chica sonrió, mientras le miraba los labios, asintiendo.
Seamus se puso de pie con dificultad, en medio de la pista de baile, al tiempo que Dean se quitaba la fuente del ponche de la cabeza y miraba alrededor con su varita en alto, buscando algo.
-¡ALTO AHÍ, TODOS! -gritó Seamus, frenético.
Ya no había música. Todos miraban con profunda sorpresa, estupefactos, a los dos recién llegados, mientras el viento se colaba con fuerza por el enorme hoyo que había quedado hecho en los altos ventanales de la Sala Común. Harry y Hermione estaban congelados en un extremo de la pista, tomados de la mano.
-¡PANSY PARKINSON! ¡¿DÓNDE ESTÁ PANSY PARKINSON?! -gritó Dean, caminando por la pista de baile cubierto de sangre, por las heridas que se hizo al atravesar los vidrios, pero sin mostrar dolor alguno, mirando con el rostro duro todo alrededor, buscando a la chica con una mirada que daba miedo.
-¿Aquí? -dijo Pansy Parkinson, alzando una mano tímidamente y con temor.
-¡AHÍ ESTÁS! -gritó Seamus, acercándose a ella, rengueando, con una rodilla torcida en un ángulo que no era natural, su varita en alto también-. ¡NEVILLE! ¿ESTÁS BIEN?
-Sí, claro, estoy bien -dijo Neville, pasmado.
-¡APÁRTATE DE ELLA! ¡APÁRTATE, AHORA MISMO!
Ambos se apartaron el uno del otro, con miedo.
-No nos hagan daño -murmuró Pansy, alzando ambas manos, temerosa por la mirada demente en el rostro de Seamus.
-¡NO TE HAGAS LA INOCENTE AHORA, PANSY PARKINSON! ¡ADMÍTELO! ¡ADMITE QUE ESTABAS A PUNTO DE MATAR A NEVILLE! ¡AQUÍ, DELANTE DE TODOS! ¡Y QUE TE DETUVIMOS JUSTO A TIEMPO! ¡ADMÍTELO!
Seamus se acercó hasta quedar junto a ella, rengueando, sin dejar de apuntarla con la varita. Dean lo siguió, acercándose por detrás y apuntándola también.
-¿Qué? -dijo Pansy, con una expresión de sorpresa total que no parecía para nada fingida, sino totalmente auténtica-. ¿Matar a Neville?
Todo el mundo estaba de pie mirando la escena, aterrados. No se oía nada excepto las voces de ellos tres, y todo el mundo giraba la cabeza de un lado al otro cuando uno de ellos hablaba, con mucha atención.
-¡AMÍTELO! -bramó Dean, llegando junto a su amigo. Ambos estaban llenos de heridas y sangre en todo el cuerpo. -¡IBAS A MATARLO! ¡TE DETUVIMOS EN EL MOMENTO JUSTO! ¡REVÍSALA, SEAMUS! ¡DEBE TENER ALGUNA DAGA EN ALGÚN LADO!
Seamus se acercó a Pansy y empezó a palmearle la capa de su disfraz, en busca de algún arma blanca.
-¡Oye! -protestó Neville-. ¡Quítale las manos de encima a mi pareja!
-¡¿Tu pareja?! ¡NEVILLE, ELLA ESTABA POR MATARTE!
-¡QUÉ ESTUPIDEZ! -gritó Pansy, escandalizada-. ¿Matarlo? ¡¿De dónde sacaron algo tan estúpido?!
-¡LO OÍMOS DE TU AMIGA, MILLICENT! ¡NO LO NIEGUES! ¡DIJO BIEN CLARITO QUE IBAS A SACRIFICAR A NEVILLE DELANTE DE TODOS, HOY MISMO Y EN ESTE MOMENTO! ¡TE ATRAPAMOS JUSTO A TIEMPO!
Neville abrió grandes los ojos y miró a Pansy, asustado.
-¡Claro que no! -chilló ella, y miró a Neville con súplica-. ¡No los escuches, amor, no es cierto!
-¡NO, PANSY! -gritó Dean, imponiéndose-. ¡YA NO! ¡YA NO MÁS DE TU JUEGUITO DE "NO LOS ESCUCHES, AMOR"! ¡ADMÍTELO DE UNA VEZ!
-¡SÍ IBA A SACRIFICARLO! -gritó ella entonces, y toda la multitud que estaba reunida en un enorme círculo en torno a ellos exclamó "¡Ohhhhhhh!" a la vez, con sorpresa. -¡PERO SACRIFICARLO NO ERA MATARLO, IDIOTAS! ¡ERA BESARLO!
Dean y Seamus quedaron boquiabiertos y se miraron entre sí.
-Miente -dijo Dean-. No le creas una palabra, amigo.
-¡IDIOTAS! -chilló Pansy, fuera de sí-. ¡A eso llamo yo sacrificar a alguien! ¡¿Me harán explicarlo aquí delante de todo el mundo?! ¡De acuerdo, lo haré! ¡No soy bonita, ¿de acuerdo?! ¡Sé muy bien que no lo soy! ¡Soy fea, y extraña, y tengo manías raras que nadie comprende con la oscuridad y la muerte, y todo eso…! ¡Por eso, cuando alguien me gusta, y decido dar el siguiente paso y permitirle que me bese, llamo a eso un sacrificio! ¡Porque es un sacrificio para él, que merece algo mejor, besar algo feo como yo! ¡¿CONTENTOS?! ¡¿LO ENTIENDEN, AHORA?!
Todos estaban estupefactos.
Neville tomó las manos de Pansy y la miró a los ojos, enternecido.
-Amor, ¿eso es verdad? -le dijo, lleno de pena por dentro-. ¿Le dijiste a tus amigas que ibas a sacrificarme, refiriéndote a permitir que te besara en este baile?
-¡Sí! -dijo ella, y quedó con la cabeza gacha-. Lo siento, Neville. Sé que mereces algo mejor. Cuando planifiqué conocerte, le dije a mis amigas que estaba buscando a un cerdo para el matadero, a un cordero para el asador… En mi forma de hablar, eso significa buscar a un chico que podría tener algo mejor que yo, que soy horrible y rara, y ver si existe la posibilidad de que yo le agrade… Sabía que quizás no te fijarías en mí, porque soy muy fea…
Toda la multitud volvió a exclamar "¡Ohhhhhhh!" pero esta vez con ternura, por las dulces palabras de Pansy, que le llegaron al corazón a todos.
Dean y Seamus estaban allí de pie, estupefactos, boquiabiertos y chorreando sangre.
-Mi amor, para mí no fue un sacrificio conocerte -dijo Neville, acercándose a ella sin soltarle la mano un segundo-. No es un sacrificio estar contigo. Tú eres lo mejor que me haya pasado nunca. En toda mi vida.
-¿De verdad lo dices? ¿O te gusto solamente porque te encanté como a una serpiente, con maniobras extrañas, con algún poder oscuro del más allá? Porque solo así un chico podría fijarse en una chica tan fea como yo…
-¡Claro que no! -dijo Neville, mirándola a los ojos con amor-. ¡Me encantaste con tu encanto natural, no con ninguna magia negra! ¡Me encantaste por tu interior, porque pude ver dentro tuyo, a la tierna persona que eres por dentro! ¡Y eso es lo que más me vuelve loco de ti!
-Pero, ¿no te molestan mis manías extrañas? ¿Qué adore a la muerte, que duerma en un cementerio con serpientes que tengo como mascota, que le aúlle a la luna llena por la ventana a las tres de la madrugada?
Neville sonrió, negando con la cabeza.
-Me encanta todo lo que tú eres, Pansy -le dijo.
-¿Y qué me dices de las cosas malas que te hice hacer? ¿Cómo colgar ese pergamino en la pared que revelaba los secretos amorosos de todos? ¿No te pareció algo muy malvado de mi parte?
-Pansy, la mitad de esos chicos se pusieron de novios luego de ver eso -dijo Neville, señalando a su alrededor, donde Oliver ayudaba a Katie a ponerse de pie, mirándose mutuamente a los ojos-. No me pareció algo tan terrible. Tú solo dices que lo que haces es malvado, pero yo sé que en el fondo no lo es. Porque tú no lo eres.
Entonces, Neville se puso de rodillas ante ella, sosteniéndole la mano.
-Pansy, ¿quieres ser mi novia?
Todos contuvieron el aliento, conmovidos.
-¡Síííí! -chilló ella, muerta de felicidad. Él se puso de pie nuevamente, se acercaron el uno al otro y se besaron en los labios con pasión.
Todos empezaron a aplaudir y a silbar alrededor. Ambos compartieron ese beso pasional, juntos, abrazados en medio de todos, mientras todos los alumnos junto a ellos aplaudían y gritaban felices.
-Me siento… un imbécil -dijo Seamus, en voz baja, junto a Dean.
-No sé tú, amigo -dijo este-, pero creo que tengo vidrio dentro de los riñones. Necesito un médico.
A unos metros de distancia, Oliver y Katie Bell se miraban a los ojos.
-Me salvaste la vida, Oliver -dijo ella, tomándolo de las manos.
-No fue para tanto -dijo él, algo ruborizado-. Solo, bueno, tú sabes… No quería que ese tonto te aplastara y te lastimaras.
Pero ella le sonreía y lo miraba con ternura.
-Tú me amas. Ya admítelo de una vez.
-Quizás te amo -dijo él-. Pero el Quidditch…
Ella lo atrajo hacia sí, dejando sus labios a centímetros de distancia. Le acarició la cara con una mano y lo miró a los ojos, sus labios prácticamente rozándose.
-¿El Quidditch qué? -le preguntó, en un susurro.
Oliver respiraba agitado.
-Al demonio el Quidditch -dijo él entonces, la abrazó por la cintura y ambos empezaron a besarse con locura, de forma desenfrenada.
En medio de todo el descontrol y el frenesí, alumnos aplaudiendo y gritando y haciendo estruendo, Ron apareció levantándose del suelo junto a la mesa del ponche. Había muchos vasos vacíos a su alrededor en el piso, que indicaban que había estado bebiendo mucho, y no se sabía si había caído al suelo luego de que Dean se estrellara contra esa mesa momentos atrás, o si estaba allí de antes.
-Tú… -dijo Ron, con una mirada salvaje, apuntando a Neville, que acababa de separarse de Pansy, recibiendo los vítores de todo el mundo. Ron empezó a caminar hacia él, con demencia. -¡TÚ…! -gritó, su cara llena de profunda rabia-. ¡TÚ PUSISTE ESE MALDITO PERGAMINO EN LA PARED!
-Oh, no -Neville miró a Ron con horror.
-¡VAS A MORIR!
Ron se lanzó sobre él, trastabillando y tropezando en el camino. Pero consiguió llegar a su lado y levantó un puño en el aire, dispuesto a golpearlo. Neville alzó ambas manos y cerró los ojos, esperando el impacto.
-¡RON, NO! -alguien se había abalanzado encima suyo y le sostuvo el brazo, para que no lo hiciera.
Ron alzó la mirada y vio que era Fay.
-No lo golpees, Ron -dijo la chica, seria.
-¡PERO ÉL TUVO LA CULPA DE TODO! ¡DE QUE TÚ…!
-Él no tuvo la culpa -dijo ella, y Ron bajó el puño, se irguió y quedó de pie ante ella, recibiendo ahora ellos la mirada de todo el mundo-. Tú tuviste la culpa, Ron -dijo ella, apuntándolo con un dedo en el pecho-. Tú pusiste a ya-sabes-quién en esa aplicación, en vez de a mí.
-Pero, Fay -Ron puso expresión de tristeza-. Ella no me gusta. No ahora, al menos. Solo me gustaba antes. Y tampoco tanto, a decir verdad. Soy hombre -alzó ambas manos, como si eso fuera explicación suficiente para todo-. Dame un respiro, los hombres somos así. A veces nos gustan nuestras propias amigas, pero luego ya no. No lo sé, es parte de lo que somos. Por eso la puse en esa app. Pero no la amo. Jamás sentí nada verdadero por ella, como lo hago por ti.
Fay abrió grandes los ojos.
-¿Por mí?
-Fay -Ron la tomó de las manos y la miró de cerca-. Te amo. Te amo muchísimo. Te amo con todo mi corazón.
Todos los estudiantes, que ahora los miraban a ellos, exclamaron "¡Ohhhhhhh!" con ternura, a la vez.
-Qué romántico -dijo Angelina Johnson, asomando la cabeza por detrás del respaldo de un sofá en la zona oscura.
-Yo también te amo, Ron -dijo Fay, tomándolo de las manos y mirándolo a los ojos-. Y debo decirte algo. Ron, yo puse que me gustaba Cedric Diggory en esa app.
-¿CEDRIC DIGGORY? -dijo él, boquiabierto. Pero luego cambió su expresión y retomó la anterior, de ternura y tristeza. -Claro, claro que sí. A ambos nos gustaban otras personas. Es decir, ¡aún no nos conocíamos! ¿Qué dices? ¿Me das otra oportunidad?
-Bueno -Fay fingió que lo pensaba, mientras Ron la miraba con súplica. Entonces le sonrió abiertamente. -¡Sí! ¡Claro que sí!
Ambos se abrazaron y empezaron a besarse, mientras todo el mundo rompía en aplausos otra vez, a su alrededor.
-Parece que esta noche ha resultado bien para casi todos -comentó Harry, que miraba todo aquello junto a Hermione, en un costado de la pista de baile.
-Sí… -comentó la chica, muy nerviosa. Se dieron cuenta de que aún estaban tomados de la mano. Pero Harry, en vez de soltarla, se puso frente a ella y le tomó la otra mano también.
-Oye -le dijo, mirándola a los ojos, y ella quedó paralizada al instante-. Tengo la sensación de que la gente está permanentemente interrumpiéndonos algo, ¿no lo crees?
Hermione sonrió.
-Creo que tratabas de decirme algo. ¿No es así?
-Sí -Hermione respiró hondo-. Bien, aquí va. Harry, yo…
Pero, en ese momento, el retrato de la Dama Gorda se abrió de par de par, con un golpe violento y seco, y la profesora McGonagall entró en la Sala Común con una cara que daba muchísimo miedo.
-¡¿QUÉ DEMONIOS PASÓ AQUÍ?! -gritó, encolerizada, y se quedó mirando el enorme agujero que había en los altos ventanales sobre todos ellos. Se llevó una mano al pecho, con horror. Todos hicieron un silencio absoluto.
-Profesora -dijo Seamus, alzando una mano con una mueca de dolor desde la pista de baile-. Luego le explicaremos todo, profesora, pero… ¿Podemos recibir algo de atención médica…? ¿Por favor?
Tanto él como Dean parecían a punto de desmayarse, llenos de heridas por todo el cuerpo.
-Claro que sí -dijo ella, que no salía de la total sorpresa. Venía escoltada con los profesores Snape y Lupin, que también miraban todo alrededor sin poder creer aquello. -Profesor Snape, tenga la amabilidad de llevarlos a la enfermería, por favor. En cuanto a…
Pero no pudo terminar la frase, porque de pronto, en medio de todo ese silencio que se había producido, se oyó algo que nadie pudo pasar por alto.
Algo terrible, un sonido que les puso la piel de gallina, resonando en toda la sala:
Una tos.
McGonagall se quedó con los ojos como platos. Un murmullo empezó a extenderse por todos lados. Todos empezaron a buscar la fuente del sonido.
Colin Creevey, de pie en un costado de la pista de baile, estaba teniendo un ataque de tos.
-Lo siento… profesora… -dijo, sin poder parar de toser-. Creo que… que algo me pasa…
Lupin se acercó a él y le examinó los ojos, que estaban muy rojos. Le tomó la fiebre con la mano y miró a McGonagall de forma significativa.
-Colin, trata de hacer un hechizo -ordenó Lupin. Colin levantó su varita e intentó hacer un hechizo sencillo, pero no pudo.
-Lo siento -dijo el niño, apenado-. Ya tuve el virus antes, y fue exactamente así. Parece que ahora lo tengo otra vez…
Todos empezaron a moverse nerviosos, de un lado al otro. Las voces corrían velozmente por todos lados, y todos se miraban entre sí, temerosos.
-¿Alguien más aquí tiene síntomas de Horrovirus? -preguntó la profesora, lentamente y en estado de shock. Y entonces, para sorpresa de todos, varias manos se alzaron en el aire.
-Yo tengo bastante tos -dijo Demelza Robins, con la mano en alto.
-Y yo estoy seguro de que tengo fiebre -reconoció Blaise Zabini.
-A mí me cuesta hacer hechizos, pero pensé que no pasaba nada, porque siempre me hacen el test y da negativo -dijo Roger Davies, mostrándole a la profesora su sonrisa de dientes perfectos con un poco de culpabilidad.
Se hizo un silencio brutal.
Y, entonces, todos empezaron a mirar alrededor con terror.
-Suban todos ahora mismo a sus dormitorios -ordenó la profesora McGonagall, en un susurro que les puso la piel de gallina, hablando de una forma autómata, como un robot-. Todos aquellos que crean tener síntomas, quédense aquí mismo y vengan conmigo. Los demás suban. Y no podrán volver a salir de sus habitaciones hasta que yo lo diga. Es una orden. ¡Ahora mismo! ¡Todos arriba!
Se armó un revuelo en toda la Sala Común. Harry compartió una mirada angustiada con Hermione, la tomó de la mano y fueron a reunirse con Ron y Fay, que estaban en medio de la pista de baile, aún abrazados, al parecer sin comprender lo que pasaba.
-Vamos -dijo Harry, al llegar junto a ellos-. Subamos, rápido.
Los cuatro se abalanzaron hacia las escaleras, en medio de un caos total, donde todos los alumnos trataban de ubicar a sus compañeros de habitación para subir nuevamente a sus dormitorios, pero todos estaban tan asustados por lo que había pasado que muchos corrían y se empujaban entre sí, por la desesperación.
Finalmente, luego de subir atropelladamente por las escaleras, Harry, Ron, Hermione y Fay ingresaron a su dormitorio, cerraron la puerta tras ellos y se apartaron de ella, como si esta quemara.
Hermione encendió todas las luces. Aún estaban disfrazados, los cuatro, con sus peinados producidos y todo. Harry se quitó la funda de almohada que chorreaba aquel extraño líquido marrón y la arrojó a un lado.
-Qué diablos -dijo Fay, con miedo.
-Todos vamos a morir -dijo Ron, agarrándose la cabeza con ambas manos.
-No es posible -Fay se quedó pensativa, sin salir del asombro-. Si nos hacían el test todos los días, ¿cómo puede ser…?
-El test no funciona -dijo Hermione, pensando a toda velocidad-. Debe haber algún problema con él, es la única explicación. El test falló. Seguramente, muchos pensaron que no tenían el virus, pero…
No pudo seguir hablando, porque algo pasó.
Algo que hizo que se quedaran en silencio al instante.
Algo que hizo que todos alzaran la mirada, a la vez, a una punta de la habitación.
La punta donde estaba Harry, de pie, con el codo en la boca, tosiendo.
Tosiendo, con sus ojos que estaban enrojecidos, ahora que podían verlos bien, a la luz de la habitación.
-Me siento… algo… afiebrado -reveló él entonces, tosiendo en su codo-. Creo que… antes… cuando desperté de esa poción… creí que era por eso que me sentía así. Por la confusión, de haber despertado de esas alucinaciones… Pero no… En verdad, creo que tengo fiebre.
Todos lo miraron con horror.
-Harry -dijo Hermione, alzando una mano hacia él, sus ojos muy abiertos-. Prueba hacer un hechizo, por favor.
Harry sacó su varita y apuntó a una almohada.
-¡Wingardium leviosa! -gritó.
No pasó nada. Ninguna magia salió de su varita.
Todos se miraron entre sí. Ron y Fay dieron un paso atrás, alejándose de él.
Harry puso una expresión de susto.
-Rayos -dijo.
