MÁSCARA

The road is long, and east or west, I have no-one to ask,
The cold has come, but I've not place to send your cold weather clothes.
When you left, we'd just planted the tree before the hall,
The tree already bears a nest, the person's not returned.

Yu do not come, Fang Gan


I. SHEN WEI

¡DIDI!

El repentino grito despertó al viejo que dormitaba a un costado de la estrecha cama. Al ver que su ocupante finalmente había vuelto en sí, una mueca de alivio recorrió su rostro arrugado.

¡Didi! ¡Hermano! ¿Dónde está mi hermano? ¡Tengo que encontrarlo! —exclamó el niño, dejando de lado otras preguntas igual de importantes como dónde se encontraba, o quién era aquel anciano que lo miraba con curiosidad.

—Calma, calma niño, calma —le dijo éste—. Estás a salvo, te encontré tirado en medio de la nada y decidí traerte a mi casa, ¿ves? — Sus huesudas manos señalando a su alrededor —. Esta es mi casa. El curandero dijo que no tardarías en despertar, pero ya comenzaba yo a dudar de su palabra, ¡has estado durmiendo todo el día! —Hizo una pausa—. ¿Tienes un hermano, dices?

El pequeño asintió, luego saltó de la cama.

—Tengo que encontrarlo rápido —dijo, su voz llena de zozobra—, no se estaba sintiendo muy bien y ese señor-

—Está bien, está bien —lo cortó el viejo—. Te voy a ayudar a encontrarlo, te voy a ayudar, ¿de acuerdo? Pero no ahorita, ahorita no. Primero descansa y ya mañana veremos qué podemos hacer.

El niño, a quien de ahora en adelante nos referiremos también como Shen Wei (沈嵬), sopesó las palabras en su cabeza por varios segundos. Por supuesto que no le agradaban. Sentía que la distancia entre él y su hermano se alargaba más y más con cada minuto que pasaba, y sabía que si éste se encontraba al lado de aquel hombre podría estar en grave peligro. Además, ¿no acababan de decirle que había dormido todo el día? Ya había perdido demasiado tiempo y lo que menos necesitaba era más descanso.

Pero, para suerte del viejo, era un chico sensato, y la razón logró abrirse paso entre todo lo demás, susurrándole que no tenía sentido salir corriendo solitario y sin rumbo de nuevo, mucho menos en la oscuridad. Así que pasaría la noche en la modesta casilla de aquel amable anciano que parecía vivir solo. Su nombre era Wang Yong, pero eso no lo sabría hasta el amanecer, cuando ambos recordaran sus modales y se presentaran formalmente.

Así pues, tras decidir que no le quedaba de otra que esperar, y una vez que se hubo tumbado nuevamente después de dejar que un poco de agua bajara por su árida garganta, le fue imposible conciliar por lo menos un ápice de sueño. Esta vez yacía sobre el suelo, pues rápidamente había intercambiado lugar con Wang Yong tras insistirle que no deseaba despojarlo de su cama. Al girarse sobre su costado, sus ojos despiertos se clavaron en la guja que se hallaba inclinada sobre una de las paredes, la misma que había encontrado allá afuera a medio enterrar y que ahora bien podría considerar su única posesión, aunque antes de poder llamarla suya tendría que aprender a usarla, pensaba en medio del silencio y la tenue luz que se colaba por la rejilla de una pequeña ventana.

Durante esas interminables horas de insomnio, la idea de que aquel lugar terminaría convirtiéndose en su nuevo hogar nunca podría haber cruzado por la mente del pequeño Shen Wei. Pero el tiempo, obediente a su naturaleza y ajeno a todo sentimiento, no hizo más que seguir su curso, y Wang Yong, encantado con la compañía, terminó acogiéndolo, sin saber que su tiempo juntos sería demasiado breve.

Dos años después de la noche en que se conocieran, el viejo murió en aquella misma casa. Simplemente un día se había ido a la cama y al siguiente no había despertado.

Con su partida, Shen Wei volvía a sufrir otra pérdida, dejándolo solo y de nuevo a la deriva.

En cuanto a la búsqueda de su hermano, continuaba existiendo cual herida abierta y punzante, siempre presente y anhelante del día en que pudiese cerrarse. Todo ese tiempo no había dejado de preguntar por él —y por el hombre que los interceptó en el camino— a cuanta persona se le pusiera en frente, pero seguía sin conseguir nada, ni siquiera la más mínima de las pistas. También partía con frecuencia hacia las aldeas más cercanas, y hasta el momento no había dado con él en ninguna de ellas. ¿Dónde estás, didi? ¿A dónde fue que te llevaron?, continuaba preguntándose desesperanzado.

«Nunca te voy a dejar solo». ¿No habían sido esas las últimas palabras que le había dicho? El pensamiento de que le había fallado le comía la cabeza día y noche. Y tras la muerte de Wang Yong, la posibilidad de que Gui Mian hubiera sufrido el mismo destino, que su querido hermano y él ya no sé hallaran en el mismo plano terrenal, lo acechaba desafiante.

Realmente comenzaba a creer que nunca lo encontraría, hasta que un día, de pura casualidad, escuchó una conversación entre un par de hombres que llamó su atención. Hablaban de un grupo de rebeldes dixingianos que estaba tomando fuerza, y de cómo había comenzado a reclutar adeptos de forma violenta. A Shen Wei le vino a la mente el recuerdo del hombre que lo había atacado, y cómo antes de hacerlo lo observó con interés, señalando su potencial. Sintió un tirón en el estómago y, acercándose a los hombres, intentó averiguar más acerca del dichoso grupo. Uno de ellos le comentó que hacía tan solo unos momentos se había encontrado con uno de esos «asquerosos rebeldes», lo que hizo que Shen Wei saliera disparado hacia la dirección que a continuación le indicaran, llevándolo a internarse en un bosquecillo cercano.

Una vez dentro, se paró en seco al avistar a un sujeto cuya silueta se desdibujaba entre los troncos de los árboles.

—¡Espera! —le gritó cuando solo quedaban unos cuantos pasos más entre ellos. —Tú… —comenzó a decir cuando lo hubo alcanzado, aún luchando por recobrar el aliento —-Tú… ¿perteneces a los dixings rebeldes?

El joven que tenía en frente lo miró extrañado, su semblante oscilando entre la desconfianza y la curiosidad; se decidió a responder con otra pregunta:

—¿Por qué quieres saberlo?

No parecía ser mucho más mayor que él, acaso le llevaría dos o tres años a lo mucho, supuso Shen Wei, y tras la breve observación, se apresuró a seguir hablando:

—Yo… Busco a alguien. Alguien que sospecho está con ustedes. Es mi hermano. Él luce igual que yo, ¿lo has visto?

—Lo siento. Nunca vi a nadie parecido —afirmó el joven, y al notar la abatida reacción que sus palabras habían infundido en el otro muchacho, añadió: —Créeme, así es mejor.

—¿Mejor? —preguntó Shen Wei, sus ojos inquisitivos examinándole la expresión— ¿Por qué? ¿No te gusta estar con ellos?

De respuesta no recibió más que rotundo silencio, y antes de que cualquiera de los dos pudiera romperlo, escucharon fuertes sonidos de pasos viniendo hacia ellos. Sin tener tiempo suficiente para reaccionar, pronto se vieron rodeados por un grupo de hombres que, si bien era pequeño, resultaba bastante amenazante en apariencia.

Y entre ellos, liderándolos, estaba él.

El hombre culpable de todo. El hombre que sin una piza de misericordia lo había arrojado desde la cima de aquella montaña tres años atrás. Había pensado que con el tiempo la imagen de su rostro perdería lucidez en su memoria, ocasionando que le costara reconocerlo si volvía a tenerlo en frente, pero en ese instante supo que ese nunca podría haber sido el caso. En ese instante, con la sangre recorriendo sus venas a toda velocidad, estaba completamente seguro de que se trataba de él.

Para su sorpresa, el hombre también lo reconoció:

—Este sí que es un encuentro fortuito —dijo sonriente al posar sus ávidos ojos en el joven Shen Wei—. Honestamente, no pensé que sobrevivirías a la caída, niño.

—¿Dónde está mi hermano? —arrojó él sin más, cada palabra sintiéndose como una pequeña pero potente detonación en sus labios.

—¿Tu hermano? ¡Ah, sí! Ese que se ve igual que tú, ¿cierto? —Parecía estar disfrutando de lo lindo con aquello—. ¿Sabes? Realmente me arrepiento de haber sido tú al que lanzara por aquel acantilado. Estoy seguro de que hubieras durado más que ese mugroso debilucho. —Hizo una pausa, y con ella Shen Wei sintió un pinchazo agudo en el pecho, temeroso de las que podrían ser sus siguientes palabras—. Está muerto, por supuesto.

—¡Mientes! —bramó con iracunda incredulidad.

—Vamos niño, ¿por qué lo haría?

Un implacable torbellino se instaló dentro de Shen Wei, y éste creyó que en cualquier momento lo tiraría al suelo. Pero sin saber exactamente cómo, obligó a sus piernas a permanecer firmes e inmóviles. Estaba resuelto a no mostrar debilidad delante de aquel ser despreciable.

—Como sea —prosiguió el hombre—, no estamos aquí por ti. —Su mirada se dirigió al joven que seguía al lado de Shen Wei, y cuyo rostro se había tornado visiblemente pálido. —Mátenlo —ordenó a sus hombres, la mayoría siendo igual de jóvenes.

Shen Wei observó cómo uno de ellos hacía aparecer un hacha en su mano, y sin pensarlo dos veces se colocó frente al otro muchacho, defendiéndolo. Ante la osada acción, el Jefe rio por lo alto. Pero Shen Wei no se movió, una mezcla de temor y coraje lo mantenían bien plantado en el sitio. No era la primera vez que usaba su cuerpo para defender a alguien más, ni que hacía frente a personas de similar calibre, pero a diferencia de las anteriores, esta vez sabía que estaba ante un auténtico peligro. Así lo manifestaban los acelerados latidos de su corazón, haciéndole creer que el vital órgano terminaría saliendo por su boca seca antes de siquiera poder ser apuñalado.

Lo siguiente fue un sudor frío picándole las manos.

Un segundo después, advirtió que algo sujetaba con una de ellas. Algo duro y pesado.

La guja, su guja, había aparecido ahí, sin más, entre sus temblorosos dedos. ¿Cómo había llegado ahí?

Aprovechando el obnubilado momento, el joven con el hacha se dispuso a atacar. Shen Wei blandió el acero de manera instintiva, y al hacerlo logró no sólo esquivar el filo enemigo que casi le roza la piel, sino también herir el hombro de su contrincante.

Aunque, aún después de ver la copiosa sangre, nada de aquello terminaba por sentirse real a sus ojos.

Un momento después, miró cómo el Jefe se retiraba junto a su grupo. «¿Tan solo eso había bastado para hacerlos retroceder?», pensaba confundido. Tal vez resultaba más intimidante de lo que creía, o tal vez ellos eran más cobardes que rebeldes.

Su cabeza comenzaba a dar vueltas y vueltas, su vista nublándose con cada una de ellas.

«¿Estás bien?», escuchó preguntar una voz a lo lejos. Se trataba de otro hombre, que a su vez había venido acompañado por un puñado de hombres y mujeres. Más tarde, Shen Wei comprendería que habían sido ellos y no él quienes provocaron que el otro grupo saliera huyendo.

Creyó contestar que sí, que estaba perfectamente bien, pero no llegó a saber con total seguridad si las palabras lograron salir de su boca antes de perder el conocimiento.

II. YE ZUN

¡Gege!

El niño despierta asustado. A su lado, el otro intenta ahuyentar lo que fuera que hubiera perturbado su descanso.

Aquí estoy, aquí estoy —le dice, y acercándose a él, lo cubre pasándole el brazo por encima, como hacía su madre cuando cualquiera de los dos despertaba sobresaltado a mitad de la noche.

Ya calmado, el niño vuelve a sumergirse en las impredecibles aguas del sueño. Y en ellas navega por un recuerdo; para su tranquilidad, esta vez se trata de uno feliz.

Sus padres están con ellos, y los observan jubilosos mientras él y su hermano hacen volar su zhi yuan junto a otros niños pequeños. Gui Mian le pide a Shen Wei que le deje manipularlo, y éste se lo pasa. El bambú surca casi libre por el cielo, pronto ganando total libertad al desprenderse del agarre del niño. Éste corre para alcanzarlo, pero no puede contra el viento. Su hermano también se apresura hacia él y, dando un gran salto, logra tomarlo. Satisfecho y sonriente, se lo regresa a Gui Mian, y éste le devuelve la sonrisa, plácido. Sabe que sin importar cuántas veces el hilo deje su mano, su gege estará ahí para alcanzarlo.


Las palabras llegan a sus oídos, pero el pequeño no las entiende. ¿Su hermano se había ido? ¿Lo había abandonado? No, él nunca lo haría. ¿O sí? No, por supuesto que no. Pero entonces, ¿dónde estaba? ¿Por qué Shen Wei, siempre tan protectivo hacia con él, lo había dejado al cuidado de un completo extraño?

La debilitada mente de Gui Mian lucha por hallar algo de significado entre todo aquello. Algo le dice que no debe ir con el hombre, pero sabe que si no lo hace se quedará completamente desamparado, esperando por su hermano en aquel inmenso y desierto escenario. ¿Y si nunca llegaba? Tal vez sólo había ido a buscar ayuda y pronto regresaría por él. Tal vez se había asegurado de saber exactamente a dónde lo llevaría el hombre, y ahí aparecería más tarde.

El pequeño entonces decide que, en ese momento, el único lugar seguro es al lado del extraño.

Éste lo mira de reojo mientras caminan. «El pobre se ha tragado la historia y ahora debe estar furioso con su hermano», piensa divertido. Cuando llegan a su guarida (el mismo lugar que en un par de años sería la base de la facción rebelde), el pequeño Gui Mian se siente más solo que nunca. Pero se muestra tranquilo y educado: no quiere que haya queja alguna de él para cuando llegue su hermano. El hombre lo trata bien, le da de comer y le muestra un sitio en el que puede recostarse. La recia tos se le ha calmado y ya no le duele la cabeza.

Dos días transcurren en la monotonía. Al tercero, Gui Mian comienza a dudar, pero teme preguntar. O más bien teme a la respuesta.

Pero no puede más, así que le pregunta:

—¿Cuándo vendrá mi hermano?

El hombre lo mira impasible, luego suelta una carcajada y le dice:

—Niño tonto, ya te lo dije. Él se fue, te abandonó, ¿entiendes? No va a volver. Te dejó conmigo. Te voy a cultivar, vas a servir a un bien mayor, ya deja de lloriquear.

El niño sigue sin entenderlo. Shen Wei no lo haría. Su gege nunca lo abandonaría, y así se lo hace saber:

—¡No es verdad! —le espeta con desespero—. ¡Si él no viene yo iré a buscarlo!

Gui Mian sale corriendo, tan solo unos pasos más para alcanzar la salida, donde quizás lo esté esperando su hermano; pero no llega a saberlo porque el hombre lo alcanza, y con brusquedad lo arrastra hacia un lugar oscuro.

—Aquí te quedarás hasta que aceptes la verdad, niño— le dice—. Tú decides cuándo será eso.

El tiempo avanza con frialdad. Un intento, otros dos intentos de escape fallidos. La oscuridad lo vuelve a detener cada vez, y ahora los golpes también. Las palabras del hombre comienzan a penetrar en su corazón.

Ya ha pasado un año y su hermano no viene a buscarlo. ¿Por qué se demora tanto? ¿Y si realmente lo había abandonado? ¿Y si al enfermarse se había vuelto una carga para él y no le quedó de otra que tomar la decisión de dejarlo atrás, confiando en que el hombre cuidaría bien de él? No, seguía diciéndose a sí mismo, tal vez sí planeaba regresar por él, y algo malo le había sucedido en el camino.

Sabe que el nuevo pensamiento es tan terrible como el anterior, pero en él encuentra algo de consuelo, así que lo cree.

En el lugar comienza a haber más movimiento. El hombre acoge a más jóvenes y los empieza a cultivar. Siéndole negada la luz del día, el niño permanece oculto entre las sombras.

Transcurren dos años más. El encierro se convierte en su nueva normalidad. Ya no espera a su hermano, tan solo piensa en él de vez en cuando, preguntándose qué le pudo haber pasado, qué le impidió buscarlo y volver a su lado. A veces la respuesta es algo tonto como se rompió una pierna, y otras algo más definitivo como hizo que alguien le volara la cabeza.

Un día, el Jefe lo deja salir temprano. Es hora de que comience con su entrenamiento, le dice. Gui Mian asiente. Luego, le suelta la bomba:

—Vi a tu hermano —le informa. Gui Mian no puede evitar sentir un nudo en el estómago al escuchar la palabra «hermano». —Ni siquiera preguntó por ti el muy desalmado.

El muchacho no le cree. ¿Por qué lo haría? Palabras ásperas y vacías era todo lo que salía de su boca. Poder emanaba de ellas, es cierto, él mismo lo había sentido, pero sabía resistirlo.

Aunque no espera que esta vez el hombre acompañe las palabras con algo más:

—Pero para que veas que no soy tan malo —le dice—, yo sí te traje un recuerdo de él.

Le pasa un pedazo de tela. Gui Mian lo reconoce. Lo toma como una prueba innegable. Su hermano realmente lo había abandonado. El hilo se aleja, inalcanzable, mientras las palabras se vuelven reales.

Pero lo que no sabe es que el hombre estaba probando un nuevo truco en él, y vaya que había funcionado. El pedazo de tela no significaba nada, pero logró convencer al muchacho de todo lo contrario. Esta vez no había logrado resistir.

Aquello ocasiona que en el interior de Gui Mian, debidamente plantada y cultivada durante tres años, la semilla dé fruto al fin.

Ye Zun florece junto a ella.

III. SHEN WEI

El despertar de sus poderes le había llevado a encontrar un nuevo camino. El grupo de humanos y yashous que había acudido a su auxilio quedó impresionado con la historia del muchacho que le hizo frente al Jefe de los Rebeldes, y veían en él lo que Shen Wei aún no era capaz de ver.

Por esa razón, lo acogieron bajo su ala y, años más tarde, pasó a convertirse en la figura central en la batalla contra las fuerzas rebeldes extremistas.

No había sido tan fácil, pero el joven creía en lo que hacía. En su naturaleza siempre había estado el deseo de ayudar y hacer frente al mal, y esta era la forma que había encontrado de continuar haciéndolo. Además, todo aquello le ayudó a sobrellevar la sofocante noticia de la muerte de su hermano, y la ira que sentía al pensar en el Jefe también lo alentaba durante las largas y agotadoras horas de entrenamiento.

A su corta edad, Shen Wei podía decir que conocía demasiado bien el rostro de la muerte. Primero habían sido sus padres, luego el viejo Wang Yong, y finalmente su didi. Todos ellos se lo habían mostrado, pero pronto tuvo que enfrentarse a otra más de sus facetas, aquella que dejaba una enmarañada marca en el alma y brotaba por las propias manos.

Había sucedido en una de sus expediciones hacia una aldea cercana. Junto a su grupo, Shen Wei había ido en busca de suministros cuando fueron emboscados a medio camino.

Fue rápido. La hoja de su guja atravesó el cuerpo de su atacante con un movimiento rápido y limpio. Todo en lo que su mente se concentró en aquel momento fue en ayudar a sus compañeros, por lo que no se dejó amedrentar con el suceso sino hasta después, cuando su única compañía era el cielo estrellado.

En sus manos sostenía el recuerdo que había cogido de la escena sangrienta, y mientras pasaba los dedos por su negra superficie, sus pensamientos irrumpieron acompañados de angustia y sosiego.

Había arrebatado una vida.

La voz del Jefe rebelde acudió a mente, su sola memoria produciéndole náuseas:

«Haixing fue golpeado por un meteorito, el mundo está en mal estado, matar a una persona no es gran cosa».

Era cierto, el meteorito había hecho de Haixing y su orden social un absoluto desastre, uno que aún estaba lejos de terminar, ¿era así como debía pensar para sobrevivir en él?

«No —se dijo con firmeza—. Nunca adoptaré tales pensamientos. A diferencia de ese hombre despiadado, yo no tengo opción».

Pero qué difícil resultaba convencerse de ello. Desde el momento en que se unió a los Aliados supo que tarde o temprano pasaría, pero no dejaba de preguntarse cuántas vidas más tendría que cobrar antes de que la paz pudiera ser alcanzada. ¿Y cuántas bajas más habría entre sus propias filas? ¿Sería él una de ellas? ¿Y si aún después de que todo acabase, la sangre continuaba derramándose, renuente? Tales eran las preguntas que lo mantenían en vela durante la noche. Deseaba quitarse aquel peso de encima, y quizá le hubiera hecho bien compartirlo con alguien más, pero entre él y sus compañeros había surgido una barrera que ningún lado se aventuraba a cruzar. «Así es mejor», se decía mientras pensaba en los peligros que aún les esperaban, y en cómo varios de ellos simplemente ya no estaban.

Entonces resolvió que se enfocaría en lo que tenía que hacer y en nada más. Pronto ganó popularidad entre las facciones que buscaban la paz, y cuando todas se unieron en una sola liderada por Lord Ma Gui y la Alta Jefa Fu You, Shen Wei terminó siendo por todos conocido como el Enviado de Capa Negra, Hei Pao Shi; título que sus abundantes enemigos le dieran.

Pero cuando menos lo pensó, ya se había convertido en más que eso. Ahora era un líder y símbolo imprescindible de la lucha. Allá donde fuera, sus aliados lo trataban con admiración y respeto, mientras que en sus adversarios su sola presencia producía desmesurada rabia y desdén.

Siempre vistiendo de negro de la cabeza a los pies, Shen Wei también comenzó a cubrir su rostro con el que fuera el recuerdo de aquella emboscada que había resultado en su primera vez cobrando una vida. No tardó en descubrir que la oscura máscara era de gran utilidad para infundir temor en sus enemigos, pero sólo él conocía su propósito verdadero.

IV. YE ZUN

A partir de aquel momento, Gui Mian deja de resistirse a las palabras del hombre. Les da la bienvenida, se clavan en su interior como agujas inmovilizantes.

Comienza a entrenar. Su cuerpo no es tan resistente como el de los demás, pero aun así el Jefe está decidido a sacar buen provecho de él. Tal vez su potencial no fuera tan claro como el de su hermano, pero de algo le ha de servir el muchacho, «y quién sabe, quizás cuando tus poderes emerjan dejes de ser un completo inepto», le dice mientras usa la fuerza para corregirlo.

Ye Zun absorbe cada aprendizaje, no sólo el físico. Aprende del poder del Jefe, del mecanismo intrínseco de las palabras, del modo correcto de usarlas. Sigue siendo prisionero de ellas, pero ahora él también saca provecho. Se vuelve útil.

Mantiene la cabeza baja mientras la facción continúa tomando fuerza. Pasa más tiempo. Ahora el objetivo de los Rebeldes es claro: invadir y obtener el control total de Haixing.

Saben que para lograrlo necesitan hacerse con las Reliquias. Ye Zun está decidido: no descansará hasta conseguirlas.

Y así lo hace.

Luego de realizar el atraco con éxito, las lleva hasta el Jefe. Acepta los insultos y una última patada en el pecho. Sonríe por dentro.

El hombre busca su ayuda para saber cómo liberar el poder de las herramientas sagradas. Ye Zun se arrodilla ante él. Lo convence de usar su energía oscura para activarlas. El Jefe duda de su incompetente subordinado, pero está desesperado. Lo intenta, no funciona. Llama a Ye Zun de nuevo, éste recibe otro golpe que hace que la máscara negra que cubre parte de su rostro caiga al suelo, la misma máscara que comenzó a usar porque no soporta llevar sobre sí mismo la viva imagen de su hermano.

Pero ahora, con su inexpresivo semblante descubierto, el Jefe se lo recuerda airado:

¡No es de extrañar que tus padres murieran y tu hermano te abandonara!

Remarca la última palabra con un manotazo.

Después de tantos años, Ye Zun se piensa inmune a sus palabras hirientes, pero cuando escucha decirle que lo ayudará a encontrar a su hermano, y que una vez que lo haga lo matará, no lo soporta más. Su hermano morirá por su mano y por la de nadie más. Así se lo hace saber entre bramidos, y a cambio obtiene la mano del Jefe rodéandole el cuello, asfixiándolo.

Ye Zun siente cómo el aire abandona sus pulmones, pero antes de que el hombre pueda vaciar toda vida de él, algo más se abre paso en su interior.

De pronto la energía oscura sale por su boca, y succiona al Jefe. De un segundo a otro el depredador pasa a convertirse en la presa.

Por dentro siente el insólito cambio, por fuera sus cabellos se tornan grisáceos.

Su poder finalmente había despertado.

Cuando termina, Ye Zun cae al suelo sobre sus rodillas, pero esta vez lo hace sin hacerse pequeño y sin agachar la cabeza. De manera instintiva se protege ante la mirada de sus compañeros que lo rodean, pero pronto sabe que no hay nada que temer.

La facción rebelde ha ganado un nuevo Jefe.

V. SHEN WEI

Recuperar las Reliquias era todo lo que importaba.

Mientras iban en su búsqueda, una vez más al encuentro del Jefe de los Rebeldes, Shen Wei seguía procesando los dispares sucesos de aquel día, o del día anterior dado que unos primeros rayos de luz comenzaban a asomarse sobre sus cabezas.

Había temido por su vida. Horas atrás bien la pudo haber perdido, de no ser por el hombre que ahora caminaba a su lado. Kunlun. Le costaba creer que su camino realmente se estaba cruzando con el del legendario guerrero Kunlun. Y no sólo eso...

Shen Wei se repitió más de una vez que debía concentrarse en el crucial objetivo, pero mientras se apresuraban por aquel rocoso sendero, no podía evitar pensar en la conexión instantánea que había surgido entre ellos.

Su conversación bajo las estrellas había sido peculiar, sí, pero también íntima y cálida, apacible y extática. Shen Wei jamás había sentido tal nivel de cercanía y autenticidad con nadie; realmente era como si Kunlun lo conociera de toda la vida. Así lo sintió por la forma en que le hablaba, y también por como lo miraba. Y, cielos, había sido tan fácil abrirle su corazón, y por demás maravilloso saborear la sensación de que había alguien a quien podría mostrarle los lugares más recónditos de su ser sin sentir temor alguno.

Cómo deseaba tener la oportunidad de seguir a su lado, conociéndolo, conociéndose. Porque no había duda: dentro del caos que los rodeaba y el aún más grande que se avecinaba, Kunlun alumbró un camino en su interior que, sin ser del todo consciente, hacía tiempo que había comenzado a llenarse de sombras.

El ilustre Hei Pao Shi aún no lo sabía, pero aquella sería una noche que quedaría eternamente grabada en su memoria.


Tras un breve enfrentamiento dentro del vasto bosque, lo habían conseguido. Las Reliquias estaban en sus manos. A Shen Wei le había extrañado encontrarse ahí con alguien más; alguien que no era quien el día anterior estuvo a punto de acabar con su vida; que no era el Jefe que bien conocía, sino un hombre enfundado en blanco y cuyo rostro cubría con una máscara dorada. Era una figura a la que no recordaba haber visto antes.

Pero no tuvo mucho tiempo para pensar en ello, pues ahora Kunlun se estaba despidiendo de él y de Da Qing, el notable muchacho de la Tribu Gato.

¿Por qué albergaba aquel sentimiento de inminente pérdida, tan familiar a su corazón? Había sido mínimo el tiempo que había pasado a su lado, ¿por qué le afectaba tanto la idea de que se marchara así, de tan súbita manera? Los pensamientos cruzaban a toda velocidad por su mente, pero una vez más, no tuvo tiempo suficiente para en ellos hallar algo de orden y sentido.

Los Rebeldes los habían alcanzado, y avanzaban bragados hacia ellos.

Shen Wei se lanzó a embestirlos con su siempre lista y feroz guja, y de nuevo se encontró combatiendo contra el hombre de blanco, su acero chocando con la energía oscura que el otro despedía ágilmente de sus manos. En uno de sus finos movimientos, el filo de Shen Wei alcanzó la máscara del otro hombre, partiéndola por la mitad y ocasionando que cayera al suelo.

Y cuando por fin tuvo un vistazo del rostro enemigo, en él contempló su propio reflejo.

VI. SHEN WEI (沈巍) & YE ZUN (夜尊)

Shen Wei no puede creer lo que se revela ante sus ojos. El otro rostro, recién descubierto e idéntico al suyo, le devuelve la mirada perpleja.

Didi… —deja escapar en un susurro.

Y después de tantos años, su voz responde al llamado:

Gege.

Shen Wei también deja su rostro al descubierto.

Ye Zun se encuentra igual de aturdido que él, había soñado tanto con ese momento. Pero en su interior se recompone de inmediato, dejando que su semblante se suma en la mentira y haciendo que su voz interprete los sentimientos hacía tiempo desechados; abandonados, así como su hermano, a quien finalmente volvía a tener en frente, lo había abandonado tan fácilmente en la cima de aquella montaña.

Hace uso de las palabras. Se inclina ante él y le toma del brazo; simula su arrepentimiento entre sollozos.

Shen Wei se hinca en una rodilla para quedar a su altura, su mano alcanza el hombro de su hermano y, con el corazón hecho pedazos, le pide perdón.

—Pensé que estabas muerto —le dice, sus ojos arrasados en lágrimas.

La mirada de Ye Zun vuelve a encontrarse con la de Shen Wei, pero esta vez muestra la verdad. Ahí sólo hay odio, un odio que germinó con la amargura de cada día transcurrido desde su fatídica separación.

—¿Cómo podría estarlo? —pregunta con su lengua afilada—. Eres tú quien debe morir.

Y lo ataca. Kunlun intenta detenerlo, pero pronto Ye Zun lo saca de la jugada.

Shen Wei ahora yace en el suelo. De manera repentina, las Reliquias reaccionan. En el cielo, un descomunal agujero se abre imponente y termina succionando a Kunlun.

Ye Zun vuelve la mirada hacia su hermano. Observa cómo desde el suelo grita consternado el nombre del guerrero. La rabia en su interior se dispara como nunca. Se dispone a atacarlo de nuevo, pero algo lo detiene.

La oscura energía que ahora lo rodea aprisiona cada parte de su cuerpo. Logra extender un brazo hacia a Shen Wei, quien ya había conseguido ponerse de pie, y le grita desesperado:

Ge, ¡ayúdame!

Shen Wei se apresura a su lado, rápidamente estira su mano y logra entrelazarla con la de él. No piensa soltarlo. Lucha por jalarlo en su dirección, pero el suelo bajo sus pies comienza a agrietarse. La fuerza los repele hasta hacer que sus manos se separen.

Shen Wei intenta alcanzarlo de nuevo, pero es demasiado tarde.

Ye Zun cae al abismo.

Shen Wei siente cómo la energía lo clava al suelo.

Desde la orilla, sus hombres buscan acercarse para ayudarlo, pero él los detiene, dirigiéndoles unas últimas palabras antes de sufrir la misma suerte que su hermano.

Lo que ignoran es que sus caminos continuarían tomando rumbos muy diferentes, y diez mil años pasarían antes de que su historia pudiese continuar. Uno permanecería sepultado en la superficie, sumido en un prolongado sueño, y el odio seguiría alimentado el alma del otro, motivándolo mientras permanece allá abajo en su estrecha prisión de piedra, esperando impaciente el destinado reencuentro.