Disclaimer: Los personajes y lo que está en negrita pertenecen a Rick Riordan.
En el twitter ffmariasol187 son respondidos sus reviews y hechas encuestas para que voten y pueda determinar algunas cositas. Hoy twittee una encuesta que necesito que voten para saber cómo proseguir con la historia, porfis vayan y chequeen.
-Hagamos una pausa para comer algo y luego proseguimos -recomendó Hestia.
Acto seguido todos se dirigieron al comedor donde la comida los esperaba en la mesa. Al igual que en el Campamento Mestizo los platos y los vasos están encantados para que presente la comida y la bebida que la persona desee.
En un rincón del lugar Reyna se encontraba en conflicto con sus emociones. No comprendía qué le estaba sucediendo. Ella creía estar enamorada de Percy, realmente lo creía. Luego se dio cuenta de que él nunca la miraría a ella como la mira a Annabeth y se vio obligada a desistir. Afrodita le había dicho que su príncipe azul estaba por llegar, pero ella no estaba tan segura. No quería esperar a que su príncipe azul llegara. Además, puede ser que Afrodita sea la diosa del amor, pero ella no puede crear amor. Nadie puede. El amor nace solo, ella puede ayudar un poco, pero el amor nace, no se hace. Por lo que lo que está sintiendo, es real. Pero no está segura de cómo proseguir al respecto.
En otro lugar de la habitación, Nico reía. Una risa corta, del tipo que te nace. Y es que cómo no reír cuando tienes a un muy guapo Will Solace a tu lado contándote algún bobo chiste de esos que son tan malos que no puedes evitar reír.
-Eso fue patético –dijo Nico todavía con un rastro de la risa en la voz.
-Hey, te hice reír ¿o no? –le contestó Will con una sonrisa y un brillo en los ojos.
Los semidioses no podían creerlo. La mayoría nunca había visto a Nico tan feliz. Jason sonreía, feliz por Nico, y Thalia no podía evitar pensar que Percy también estaría feliz si viera a Nico ahora.
Una hora más tarde ya todos habían terminado de comer y estaban listos para escuchar leer a Piper, quien había pedido leer.
Capítulo III: Hazel.
El huracán engulló la colina en el seno de un remolino cónico de vapor negro.
Arión embistió directo contra él.
-Por supuesto –bufó Nico.
Hazel se vio en la cima, pero parecía que estuviera en otra dimensión. El mundo perdió su color habitual. Las paredes del huracán rodeaban la colina, de un negro oscuro. El cielo se agitaba grisáceo. Las ruinas se habían blanqueado tanto que casi brillaban. Hasta Arión había pasado de su color marrón caramelo a un oscuro tono ceniciento.
-Eso es malo –dijo preocupada Atenea.
- Si no lo decías no me enteraba, oh diosa de la sabiduría –dijo sarcástico Poseidón.
En el ojo del huracán el aire estaba quieto. Hazel notaba un frío hormigueo en la piel, como si se hubiera frotado con alcohol. Delante de ella, una puerta con forma de arco llevaba a través del muro cubierto de musgo hasta una pieza de recinto.
Hazel no podía ver gran cosa en la oscuridad, pero notaba una presencia en su interior, como si fuera un pedazo de hierro cerca de un gran imán. Su atracción era irresistible y la arrastraba hacia adelante.
Sin embargo vaciló.
-Esa es una buena reacción. –dijo aprobatoriamente Artemisa. –No te confíes.
Refrenó a Arión, y el caballo empezó a hacer ruido con los cascos mientras el terreno se resquebrajaba bajo sus pezuñas. Cada vez que pisaba, el pasto, la tierra y las piedras se volvían blancos como la escarcha. Hazel se acordó del glaciar de Hubbard, en Alaska, cuya superficie se había agrietado bajo sus pies. Se acordó del suelo de la horrible caverna de Roma, que se había desmoronado y había precipitado a Percy y a Annabeth al Tártaro.
Nico se estremeció. Will, a su lado, le tomó la mano, haciendo que el semidiós se relajara al instante y se sonrojara un poco. Para su suerte, nadie pareció advertir ese gesto.
Esperaba que esa cumbre blanca y negra no se deshiciera debajo de ella, pero decidió que era preferible no pararse.
-Vamos, muchacho.
Su voz sonaba amortiguada, como si estuviera hablando contra una almohada.
Arión cruzó el arco de piedra trotando. Los muros en ruinas bordeaban un patio cuadrado del tamaño aproximado de una pista de tenis. Otras tres puertas, una en el medio de cada muro, conducían al norte, al este y al oeste. En el centro del patio, dos caminos adoquinados se cruzaban formando una cruz.
-¿No creen que sea ella o sí? –dijo preocupada Hestia, sabiendo que cuando esa diosa en particular se presenta, se debe a que las opciones a elegir no son agradables, lo que dificulta tomar una decisión.
Como nadie dijo nada, Piper continuó leyendo.
La niebla flotaba en el aire; brumosos jirones de color blanco que se enroscaban y se ondulaban como si estuvieran vivos.
No era una niebla cualquiera, advirtió Hazel. Era la Niebla.
-Definitivamente es ella.-dijo Hermes.
Los dioses miraron preocupados a Hazel, y más de uno se preguntaba si tomaría la decisión correcta.
Durante toda su vida había oído hablar de la niebla: el velo sobrenatural que oscurecía el mundo mítico de la vista de los mortales. La Niebla podía engañar a los humanos, incluso a los semidioses, y hacerles ver monstruos como animales indefensos o dioses como gente corriente.
Hazel nunca había pensado en ella como humo de verdad,
-¿Por qué no? –Leo se encogió de hombros. -Después de todo se llama la Niebla.
Pero al observar cómo se enrulaba alrededor de las patas de Arión, cómo flotaba a través de los arcos rotos del patio en ruinas, se le erizó el vello de los brazos. De algún modo lo supo: esa sustancia blanca era magia pura.
-Tienes buenos instintos. –Aprobó Artemisa. –Pocas personas logran percibirlo.
Un perro aulló a lo lejos. Normalmente, Arión no le tenía miedo a nada, pero se encabritó, resoplando nervioso.
-Tranquilo. –Hazel le acarició el cuello. –Estamos juntos en esto. Voy a bajarme, ¿de acuerdo?
-Yo no lo haría –comentó Poseidón.
-¿Por qué señor Poseidón? –preguntó confusa Hazel.
El primero asintió en señal de que se siguiera leyendo.
Hazel se desmontó de Arión. El animal se dio la vuelta enseguida y se largó a correr.
-Por eso –indicó el dios.
-Arión, espe…
Pero ya había desaparecido por donde había venido.
Menos mal que estaban juntos.
Otro aullido hendió el aire, esa vez más cerca.
Hazel se dirigió al centro del patio. La Niebla se pegó a ella como la bruma de un congelador.
-¿Hola? –gritó.
-Hazel, ¿no aprendiste nada de todas las películas de terror? –Negó con la cabeza Leo –Cuando alguien pregunta "Hola" nunca nadie responde.
-Hola –contestó una voz.
-¿Decías? –Se burló Thalia
La figura pálida de una mujer apareció en la puerta del norte. No, un momento… Estaba en la entrada del este. No, la del oeste.
-¿Alguien está confundida? –comentó Connor.
Tres imágenes envueltas en humo de la misma mujer se dirigieron a la vez al centro de las ruinas. Su figura era borrosa, hecha de Niebla, y dejaba a su paso dos volutas de humo más pequeñas que corrían tras sus tobillos como animales. ¿Una especie de mascotas?
-Eso, es nuevo. Ahora solo tiene uno –dijo Deméter.
Llegó al centro del patio, y las tres figuras se fundieron en una sola. Se volvió sólida y se convirtió en una joven con una túnica oscura sin mangas. Tenía el cabello dorado recogido en una cola de caballo alta, al estilo de la antigua Grecia. Su vestido era tan sedoso que parecía ondear, como si la tela fuera tinta derramándose por sus hombros. No aparentaba más de veinte años, pero Hazel sabía que eso no significaba nada.
-Hazel Levesque –dijo la mujer.
Era preciosa, pero pálida como una muerta. En Nueva Orleans, Hazel se había visto obligada a asistir al velorio de una compañera de la clase fallecida. Recordaba el cuerpo sin vida de la niña en el ataúd abierto. Su rostro había sido maquillado con elegancia, como si estuviera descansando, un detalle que a Hazel le había parecido aterrador.
-Que desagradable –dijo Katie.
-El método griego es mejor. –Afirmo Clarisse.
La mujer le recordaba a esa chica, salvo por los ojos de la mujer que estaban abiertos y eran totalmente negros. Cuando inclinaba la cabeza parecía desdoblarse otra vez en tres personas distintas; brumosas imágenes reflejadas que se confundían, como la fotografía de alguien que se mueve demasiado rápido para ser captado.
-¿Quién es usted? –los dedos de Hazel se movieron nerviosamente sobre la empuñadura de su espada-. O sea… ¿Qué diosa?
Hazel estaba segura de esa parte. La mujer irradiaba poder. Todo lo que las rodeaba –la Niebla que se arremolinaba, el huracán monocromático, el inquietante fulgor de las ruinas- se debía a su presencia.
-Ah.-la mujer asintió con la cabeza. –Deja que te dé un poco de luz-.
-¿Qué significa eso? –preguntó confundido Travis.
-Deja a Piper continuar y lo sabrás Stoll. –Contestó Katie.
-Oh, vamos –puchereó- creía que habíamos superado el tema de llamarme por mi apellido en vez de solo Travis..
-Creíste mal.
Levantó las manos. De repente sostenía dos anticuadas antorchas de juncos en las que el fuego parpadeaba. La Niebla se retiró a los bordes del patio. A los pies de la mujer, calzados en unas sandalias, los dos etéreos animales cobraron forma sólida. Uno era un perro labrador. El otro era un roedor largo, gris y peludo con una máscara blanca en la cara. ¿Una comadreja, quizá?
La mujer sonrió con serenidad.
-Soy Hécate –dijo-. Diosa de la magia. Tenemos mucho de qué hablar si quieres sobrevivir esta noche.
-Que agradable –dijo Nico sarcástico.
-Fin del capítulo-dijo Piper.
Lo seee, es muy cortito para tanto tiempo sin actualizar, y el capitulo que le sigue es mucho más largo, pero miren el lado bueno: va a ser el último punto de vista de Hazel antes de Annabeth!
Dejen sus reviews que es lo que me motiva a seguir y nos leemos!
Pd: recuerden buscar el twitter, ahí respondo todo.
