En el mismo lugar, unos meses después. Luz de tarde. El paisaje del fondo, invernal en los primeros actos, tiene ahora el verde maduro del verano. En escena hay un costurero y un gran bastidor con una labor colorista empezada
(Luffy y Nojiko hacen un ovillo. Franky enreda lo que puede. Sanji, el mozo del molino, está en escena en actitud de esperar órdenes. Llega Nami de la cocina. Sanji se descubre y la mira embobado)
Sanji: me dijeron que tenía que hablarme
Nami: ¿Y cuando no? La yerba está pudriéndose de humedad en la tenada, la maquilla del centeno se la comen los ratones y el establo sigue sin mullir. ¿En qué está pensando, hombre de Dios?
Sanji: ¿Yo? ¿Yo estoy pensando?
Nami: ¿Por qué no se mueve, entonces?
Sanji: No sé. Me gusta oírla hablar
Nami: ¿Necesita música para el trabajo?
Sanji: Cuando canta el carro se cansan menos los bueyes
Nami: Mejor que la canción es la aguijada. ¡Vamos! ¿Qué espera? (Viendo que sigue inmóvil) ¿Se ha quedado sordo de repente?
Sanji: (Dando vueltas a la boina) No sé lo que me pasa. Cuando me habla el ama, oigo bien. Cuando me habla Makino, también. Pero usted tiene una manera de mirar que cuando me habla no oigo lo que dice
Nami: Pues cierre los ojos, y andando, que ya empieza a caer el sol
Sanji: Voy, mi ama. Voy
(Sale lento, volviéndose todavía desde la puerta del corral. Franky vuelca con estruendo una caja de lata llena de botones)
Nami: ¿Qué haces tú ahí, barrabás?
Franky: Estoy ayudando
Nami: Ya veo, ya. Recógelos uno por uno, y de paso a ver si aprendes a contarlos. (Se sienta a trabajar en el bastidor)
Nojiko: Cuando bordas, puedes hablar y pensar en otra cosa
Nami: Claro que sí. ¿Por qué?
Nojiko: Perona lo hacía también. Y cuando llegaba la fiesta de hoy nos contaba esas historias de encantos que siempre ocurren la mañana de San Juan
Luffy: ¿Sabes tú alguna?
Nami: Muchas. Son romances viejos que se aprenden de niña y no se olvidan nunca. ¿Cuál queréis?
Nojiko: Hay uno precioso de un conde que llevaba a su caballo a beber al mar
(Nami suspende un momento su labor, levanta la cabeza y recita con los ojos lejanos)
Nami: Madrugaba el Conde Koza mañanita de San Juan a dar agua a su caballo a las orillas del mar. Mientras el caballo bebe él canta un dulce cantar; todas las aves del cielo se paraban a escuchar; caminante que camina olvida su caminar; navegante que navega la nave vuelve hacia allá...
Luffy: ¿Por qué se paraban los caminantes y los pájaros?
Nami: Porque era una canción encantada, como la de las sirenas
Luffy: ¿Y para quién la cantaba?
Nami: Para Vivi, la hija de la reina
Franky: ¿Se casaron?
Nami: No. La reina, llena de celos, los mandó matar a los dos. Pero de ella nació un rosal blanco; de él, un espino albar. Y las ramas fueron creciendo hasta juntarse...
Nojiko: Entonces la reina mandó cortar también las dos ramas. ¿No fue así?
Nami: Así fue. Pero tampoco así consiguió separarlos: De ella naciera una garza, de él un fuerte gavilán. Juntos vuelan por el cielo. ¡Juntos vuelan, par a par!
Luffy: Esas cosas solo pasaban antes. Ahora ya no hay milagros
Nami: Este, sí; es el único que se repite siempre. Porque cuando un amor es verdadero, ni la misma muerte puede nada contra él
Nojiko: Perona sabía esos versos; pero los decía cantando. ¿Sabes tú la música?
Nami: También (Canta): Madrugaba el Conde Koza mañanita de San Juan a dar agua a su caballo a las orillas del mar...
Niños:(Acompañando el estribillo) A las orillas del mar...
Nami:(Viendo a Brook, que bajaba la escalera y se ha detenido a escuchar) ¿Quiere algo, abuelo?
Brook: Nada. Te miraba entre los niños, cantando esas cosas antiguas, y me parecía estar soñando. (Llega junto a ella y la contempla) ¿Qué vestido es ese?
Nami: Madre quiso que me lo pusiera para la fiesta de esta noche. ¿No lo recuerda?
Brook: ¡Cómo había de olvidarlo! Perona misma lo tejió y bordó el aljófar sobre el terciopelo. Lo estrenó una noche de San Juan, como hoy (Mira lo que está haciendo) ¿Y esa labor?
Nami: La encontré empezada, en el fondo del arca
Brook: ¿Sabe la madre que la estás haciendo?
Nami: Ella misma me encargó terminarla. ¿Le gusta? Después de cuatro años, los hilos, están un poco más pálidos. (Levanta los ojos) ¿Por qué me miras así?
Brook: Te encuentro cada día más cambiada..., más parecida a Perona
Nami: Será el peinado. A madre le gusta así
Brook: Yo, en cambio, preferiría que fueras tú misma en todo; sin tratar de parecerte a nadie
Nami: Ojalá fuera yo como la que empezó este bordado
Brook: Eres como eres, y así. Ahora, poniéndote sus vestidos y peinándote lo mismo, te estás pareciendo a ella tanto...que me da miedo
Nami: Miedo, ¿por qué?
Brook: No sé... Pero si te hubieran robado un tesoro y encontraras otro, no volverías a esconderlo en el mismo sitio
Nami: No le entiendo, abuelo
Brook: Son cosas mías
(Sale por la puerta del fondo, abierta de par en par, explorando el camino)
Nami: ¿Qué le pasa hoy al abuelo?
Nojiko: Toda la tarde está vigilando los caminos
Luffy: Si espera al gaitero, todavía es temprano. La fiesta no empieza hasta la noche
Franky: ¿Iremos a ver las hogueras?
Nami: ¡Y a bailar y a saltar por encima de la llama!
Luffy: ¿De verdad? Antes nunca nos dejaban ir. ¡Y daba una rabia oír la fiesta desde aquí con las ventanas cerradas!
Nami: Eso ya pasó. Esta noche iremos todos juntos
Franky: ¿Yo también?
Nami:(Levantándolo en brazos) ¡Tú el primero, como un hombrecito! (Lo besa sonoramente. Después lo deja nuevamente en el suelo dándole una palmada) ¡Hala! A buscar leña para la hoguera grande. ¿Qué hacéis aquí encerrados? El campo se ha hecho para correr
Niños: ¡A correr! ¡A correr!
Franky: (Se detiene en la puerta) ¿Puedo tirar piedras a los árboles?
Nami: ¿Por qué no?
Franky: El otro día tiré una a la higuera del cura, y todos me riñeron
Nami: Estarían verdes los higos
Franky: No, pero estaba el cura debajo
(Salen riendo. Nami ríe también. Entra Makino)
Makino: Gracias a Dios que se oye reír en esta casa
Nami: (Volviendo a su labor) Son una gloria de criaturas
Makino: Ahora sí; desde que van a la escuela y pueden correr a sus anchas, tienen por el día mejor color y por la noche mejor sueño. Pero tampoco conviene demasiada blandura
Nami: No dan motivo para otra cosa
Makino: De todas maneras; bien están los besos y los juegos, pero un azote a tiempo también es salud. Vinagre y miel sabe mal, pero hace bien
Nami: Del vinagre ya se encargan ellos. Ayer Luffy anduvo de pelea y volvió a casa morado de golpes
Makino: Mientras que sea, con otros de su edad, déjalos; así se hacen fuertes. Y los que no se pelean de pequeños lo hacen luego de mayores, que es peor. Es como el renacuajo que mueve la cola, y dale y dale y dale... Hasta que se la quita de encina. ¿Comprendes?
Nami: ¡Tengo tanto que aprender todavía!
Makino: No tanto. Lo que tú has hecho aquí en unos pocos meses no lo había conseguido yo en años. ¡Ahí es nada! Una casa que vivía a oscuras, y un golpe de viento que abre de pronto todas las ventanas. Eso fuiste tú
Nami: Aunque así fuera. Por mucho que haga no será bastante para pagarles todo el bien que les debo
(Makino termina de arreglar el casar y se sienta junto a ella ayudándole a devanar una madeja)
Makino: ¿Podrías hacer más? Desde que Perona se nos fue, la desgracia se había metido en esta casa como cuchillo por pan. Los niños, quietos en el rincón; la rueca, llena de polvo, y el ama con sus ojos fijos y su rosario en la mano. Toda la casa parecía un reloj parado. Ahora ha vuelto a andar, y hay un pájaro para cantar las horas nuevas
Nami: Más fueron ellos para mí. Pensar que no tenía nada, ni la esperanza siquiera, y cuando quise morir el cielo me lo dio todo de golpe: madre, abuelo, hermanos. ¡Toda una vida empezada por otra para que la siguiera yo! (Con una sombra en la voz, suspendiendo la labor) A veces pienso que es demasiado para ser verdad y que de pronto voy a despertarme sin nada otra vez a la orilla del río...
Makino: (Santiguándose rápida) ¿Quieres callar, malpocada? ¡Miren qué ideas para un día de fiesta! (Le tiende nuevamente la madeja) ¿Por qué te has puesto triste de repente?
Nami: Triste, no. Estaba pensando que siempre falta algo para ser feliz del todo
Makino: ¡Ajá! (La mira. Voz confidencial) Y ese algo... ¿tiene los ojos negros y espuelas en las botas?
Nami: Zoro
Makino: Me lo imaginaba
Nami: Los demás todos me quieren bien. ¿Por qué tiene que ser precisamente él, que me trajo a esta casa, el único que me mira como a una extraña? Nunca me ha dicho una buena palabra
Makino: Es su carácter. Los hombres enteros son como el pan bien amasado: cuanto más dura tienen la corteza más tierna esconden la miga.
Nami: Si alguna vez quedamos solos, siempre encuentra una disculpa para irse. O se queda callado, con los ojos bajos, sin mirarme siquiera.
Makino: ¿También eso? Malo, malo, malo. Cuando los hombres nos miran mucho, puede no pasar nada; pero cuando no se atreven a mirarnos, todo puede pasar
Nami: ¿Qué quiere usted decir?
Makino: ¡Lo que tú te empeñas en callar! Mira, Nami, si quieres que nos encontremos, no me vengas nunca con rodeos. Las palabras difíciles hay que cogerlas sin miedo, como las brasas en los dedos. ¿Qué es lo que sientes tú por Zoro?
Nami: El afán de pagarle de algún modo lo que hizo por mí. Me gustaría que me necesitara alguna vez; encenderle el fuego cuando tenga frío, o callar juntos cuando está triste, como dos hermanos
Makino: ¿Y nada más?
Nami: ¿Qué más puedo esperar?
Makini: ¿No se te ha ocurrido pensar que es demasiado joven para vivir solo, y que a su edad sobra la hermana y falta la mujer?
Nami: ¡Makino! (Se levanta asustada) ¿Pero cómo puede imaginar tal cosa?
Makino: No sería ningún disparate, digo yo
Nami: Sería algo peor; una traición. Hasta ahora he ido ocupando uno por uno todos los sitios de Perona, sin hacer daño a su recuerdo. Pero queda el último, el más sagrado. ¡Ese sigue siendo suyo y nadie debe entrar nunca en él!
(Comienza a declinar la luz. Zoro llega del campo. Al verlas juntas se detiene un momento. Luego se dirige a Makino)
Zoro: ¿Tienes por ahí alguna venda?
Makino:¿Para qué?
Zoro: Tengo dislocada esta muñeca desde ayer. Hay que sujetarla
Makino: A ti te habla, Nami
(Nami rasga una tira y se acerca a él)
Nami: ¿Por qué no lo dijiste ayer mismo?
Zoro: No me di cuenta. Debió de ser al descargar el carro
Makino: ¿Ayer? ¡Qué raro! ¡No recuerdo que haya salido el carro en todo el día!
Zoro:(Áspero) Pues sería al podar el nogal, o al uncir los bueyes. ¿Tengo que acordarme cómo fue?
Makino: Eso allá tú. Tuya es la mano
Nami:(Vendando con cuidado) ¿Te duele?
Zoro: Aprieta fuerte. Más. (La mira mientras ella termina el vendaje) ¿Por qué te has puesto ese vestido?
Nami: No fue idea mía. Pero si no te gusta...
Zoro: No necesitas ponerte vestidos de otra; puedes encargarte los que quieras. ¿No es tuya la casa? (Comienza a subir la escalera. Se detiene un instante y dulcifica el tono, sin mirarla apenas) Y gracias
Makino: Menos mal. Sólo te faltaba morder la mano que te cura. (Sale Zoro) ¡Lástima de vara de avellano!
Nami: (Recogiendo su labor, pensativa) Cuando mira los trigales no es así. Cuando acaricia a su caballo, tampoco. Sólo es conmigo...
(Entra Bellemere, del campo)
Nami: Iba a salir a buscarla. Fue largo el paseo, ¡eh!
Bellemere: Hasta las viñas. Está hermosa la tarde y ya huele a verano todo el campo
Makino: ¿Pasó por el pueblo?
Bellemere: Pasé. ¡Y qué desconocido está! La parra de la fragua llega hasta el corredor; en el huerto parroquial hay árboles nuevos. Y esos chicos se dan tanta prisa en crecer... Algunos ni me conocían
Makino: ¿Pues qué, creía que el pueblo se había dormido todo este tiempo?
Bellemere: Hasta las casas parecen más blancas. Y en el sendero del molino han crecido rosales bravos
Makino: ¿También estuvo en el molino?
Bellemere: También. Por cierto que esperaba encontrarlo mejor atendido. ¿Dónde está Sanji?
Makino:(Llama en voz alta) ¡Sanji!
Voz de Sanji: ¡Va!...
Bellemere: Ven que te vea de cerca, niña. ¿Me están faltando los ojos o está oscureciendo ya?
Nami: Está oscureciendo
(Makino enciende el quinqué)
Bellemere: Suéltate un poco más el pelo... Así... (Lo hace ella misma, acariciando cabellos y vestido) A ver ahora... (La contempla entornando los ojos) Sí..., así era ella... Un poco más claros los ojos, pero la misma mirada
(La besa en los ojos. Entra Sanji, con un ramo en forma de corona adornado de cintas de colores)
Sanji: Mande, mi ama
Bellemere: La presa del molino chorrea el agua como una cesta, y el tejado y la rueda están comidos de verdín. En la cantera del Pomar hay buena losa. (El mozo contempla a Nami embobado) ¿Me oyes?
Sanji: ¿Eh?... Sí, mi ama. Así se hará
Bellemere: Ahora voy a vestirme yo también para la fiesta. El dengue de terciopelo y las arracadas de plata, como en los buenos tiempos.
Makino: ¿Va a bajar al baile?
Bellemere: Hace cuatro años que no veo arder las hogueras. ¿Te parece mal?
Makino: Al contrario. También a mí me está rebullendo la sangre y, si las piernas me responden, todavía va a ver esta mocedad del día lo que es bailar un perlindango
Nami: (Acompañando a Bellemere) ¿Está cansada? Apóyese en mi brazo
Bellemere: (Subiendo con ella) Gracias..., hija
Makino: Las viñas, el molino y hasta el baile de noche alrededor del fuego. ¡Quién la ha visto y quién la ve!... (Cambia el tono mirando a Sanji, que sigue con los ojos fijos en el sitio por donde salió Nami) Cuídate los ojos, rapaz, que se te van a escapar por la escalera
Sanji: ¿Hay algo malo en mirar?
Makino: Fuera del tiempo que pierdes, no. ¿Merendaste ya?
Sanji: Y fuerte. Pero, si lo hay, siempre queda un rincón para un cuartillo. (Makino le sirve el vino. Entretanto él sigue adornando su ramo) ¿Le gusta el ramo? Roble, acebo y laurel
Makino: No está mal. ¿Pero por qué uno solo? Las hijas del alcalde son tres
Sanji: ¡Y dale!
Makino: Claro que las otras pueden esperar. Todos los santos tienen octava, y este dos: La noche de San Pedro te puse el ramo, la de San Juan no pude que estuve malo
Sanji: No es para ellas. Eso ya pasó
Makino: ¿Hay alguna nueva?
Sanji: No hace falta. Poner el ramo no es cortejar
Makino: No pensarás colgarlo en la ventana de Nami!...
Sanji: A muchos mozos les gustaría; pero ninguno se atreve
Makino: ¿No se atreven? ¿Por qué?
Sanji: Por Zoro
Makino: ¿Y qué tiene que ver Zoro? ¿Es su marido o su novio?
Sanji: Yo sé que no. Pero hay cosas que la gente no comprende
Makino: ¿ Por ejemplo?
Sanji: Por ejemplo... Que un hombre y una mujer jóvenes, que no son familia, vivan bajo el mismo techo
Makino: ¡Era lo que me faltaba oír! ¿Y eres tú, que los conoces y comes el pan de esta casa, el que se atreve a pensar eso? (Empuñando la jarra) ¡Repítelo si eres hombre!
Sanji: Eh, poco a poco, que yo no pienso nada. Usted me tira de la lengua, y yo digo lo que dicen por ahí
Makino: ¿Dónde es por ahí?
Sanji: Pues, por ahí... En la quintana, en la taberna
Makino: La taberna. Buena parroquia para decir misa. ¡Y buen tejado el de la tabernera para tirarle piedras al vecino! (Se sienta a su lado y le sirve otro vaso) Vamos, habla. ¿Qué es lo que dice en su púlpito esa santa predicadora?
Sanji: Cosas... Que si esto y que si lo otro y que si lo de más allá. Ya se sabe: la lengua es la navaja de las mujeres
Makino: ¡Díjolo Blas, punto redondo! ¿Y eso es todo? Además de ese caldo alguna tajada habría en el sermón. ¡Habla!
Sanji: Que si Nami llegó sin tener dónde caerse muerta y ahora es el ama de la casa... Que si está robando todo lo que era de Perona... Y que, si empezó ocupándole los manteles, por qué no había de terminar ocupándole las sábanas. Anoche estaba de gran risa comentándolo con el rabadán cuando llego Zoro
Makino: ¡Ay, mi dios! ¿Zoro lo oyó?
Sanji: Nadie lo pudo evitar. Entró de repente, pálido como la cera, volcó al rabadán encima de la mesa y luego quería obligarlo a ponerse de rodillas para decir el nombre de Nami. Entonces los mozos quisieron meterse por medio... Y tuvieron unas palabras
Makino: ¡Ahá! Fuertes debieron ser las palabras, porque ha habido que vendarle la mano. ¿Y después?
Sanji: Después, nada. Cada uno salió por donde pudo; él se quedó allí solo bebiendo..., y buenas noches
Makino: (Recogiendo de golpe jarra y vaso) Pues buenas noches, galán. Apréndete tú la lección por si acaso. Y dile de mi parte a la tabernera que deje en paz las honras ajenas y cuide la suya, si puede. ¡Que en cuestión de hombres, con la mitad de su pasado tendrían muchas honradas para hacerse un porvenir! ¡Largo de aquí, pelgar!... (Ya en la puerta del fondo, a gritos) ¡Ah, y de paso puedes decirle también que le eche un poco más de vino al agua que vende!... ¡Ladrona! (Queda sola rezongando) ¡Naturalmente! ¿De dónde iba a salir la piedra? El ojo malo todo lo ve dañado. ¡Y cómo iba a aguantar ésa una casa feliz sin meterse a infernar! (Comienza a subir la escalera) ¡Lengua de hacha! ¡Ana Bolena! ¡Lagarta seca!... (Vuelve Brook)
Brook: ¿Qué andas ahí rezongando?
Makino: (De mal humor) ¿Le importa mucho? ¿Y a usted qué tábano le picó que no hace más que entrar y salir y vigilar los caminos? ¿Espera a alguien?
Brook: A nadie. ¿Dónde está Nami?
Makino: Ahora le digo que baje. Y anímela un poco; últimamente le andan malas neblinas por la cabeza (Sigue con su retahíla hasta desaparecer) ¡Bruja de escoba! ¡Lechuza vieja! ¡Mal rayo la parta, amén!
(Pausa. Brook, inquieto, se asoma nuevamente a explorar el camino. Mira al cielo. Baja Nami)
Nami: ¿Me mandó llamar, abuelo?
Brook: No es nada. Sólo quería verte. Saber que estabas bien
Nami: ¿Qué podría pasarme? Hace un momento que nos hemos visto
Brook: Me decía Makino que te andaban rondando no sé qué ideas tristes por la cabeza
Nami: Bah, tonterías. Pequeñas cosas, que una misma agranda porque a veces da gusto llorar sin saber por qué
Brook: ¿Tienes algún motivo de queja?
Nami: ¿Yo? Sería tentar al cielo. Tengo más de lo que pude soñar nunca. Madre se está vistiendo para llevarme al baile; y hace la noche más hermosa del año. (Desde el umbral del fondo) Mire, abuelo: todo el cielo está temblando de estrellas. ¡Y la luna está completamente redonda!
(Brook se estremece al oír estas palabras. Repite en voz baja como una obsesión)
Brook: Completamente redonda... (Mira también al cielo, junto a ella) Es la séptima vez desde que llegaste
Nami: ¿Tanto ya? ¡Qué cortos son los días aquí!
Brook: (La toma de los brazos, mirándola fijamente) Dime la verdad, por lo que más quieras. ¿Eres verdaderamente feliz?
Nami: Todo lo que se puede ser en la vida
Brook: ¿No me ocultas nada?
Nami: ¿Por qué había de mentir?
Brook: No puede ser... Tiene que haber algo. Algo que quizá tú misma no ves claro todavía. Que se está formando dentro, como esas nubes de pena que de pronto estallan... ¡Y que sería tan fácil destruir si tuviéramos un buen amigo a quien contarlas a tiempo!
Nami: (Inquieta a su vez) No le entiendo, abuelo. Pero me parece que no soy yo la que está callando algo aquí. ¿Qué le pasa hoy?
Brook: Serán imaginaciones. Si por lo menos pudiera creer que soñé aquel día. Pero no; fue la misma noche que llegaste tú..., hace siete lunas... ¡Y tú estás aquí, de carne y hueso!...
Nami: ¿De qué sueño habla?
Brook: No me hagas caso; no sé lo que digo. Tengo la sensación de que nos rodea un gran peligro... Que va a saltarnos encima de repente, sin que podamos defendernos ni saber siquiera por dónde viene... ¿Tú has estado alguna vez sola en el monte cuando descarga la tormenta?
Nami: Nunca
Brook: Es la peor de las angustias. Sientes que el rayo está levantado en el aire como un látigo. Si te quedas quieto, lo tienes encima; si echas a correr, es la señal para que te alcance. No puedes hacer nada más que esperar lo invisible, conteniendo el aliento... ¡Y un miedo animal se te va metiendo en la carne, frío y temblando, como el morro de un caballo!
Nami: (Lo mira asustada. Llama en voz alta) ¡Madre!...
Brook: ¡Silencio! No te asustes, criatura. ¿Por qué llamas?
Nami: Por usted. Es tan raro todo lo que está diciendo...
Brook: Ya pasó; tranquilízate. Y repíteme que no tienes ningún mal pensamiento para que yo también me quede tranquilo
Nami: ¡Se lo juro! ¿Es que no me cree? Soy tan feliz que no cambiaría un solo minuto de esta casa por todos los años que he vivido antes
Brook: Gracias, Nami. Ahora quiero pedirte una cosa. Esta noche en el baile no te separes de mí. Si oyes que alguna voz te llama, apriétame fuerte la mano y no te muevas de mi lado. ¿Me lo prometes?
Nami: Prometido
(Brook le estrecha las manos. De pronto presta atención.)
Brook: ¿Oyes algo?
Nami: Nada
Brook: Alguien se acerca por el camino de la era
Nami: Rondadores quizá. Andan poniendo el ramo del cortejo en las ventanas
Brook: Ojalá...
(sale hacia el corral. Nami queda preocupada mirándole ir. Luego, lentamente, se dirige a la puerta del fondo. Entonces aparece Robin en el umbral. Nami se detiene sorprendida)
Robin: Buenas noches, muchacha
Nami: Dios la guarde, señora. ¿Busca a alguien de la casa?
Robin: (Entrando) Brook estará esperándome. Somos buenos amigos, y tengo una cita aquí esta noche. ¿No me recuerdas?
Nami: Apenas..., como desde muy lejos
Robin: Nos vimos solo un momento, junto al fuego..., cuando Zoro te trajo del río. ¿Por qué cierras los ojos?
Nami: No quiero recordar ese mal momento. Mi vida empezó a la mañana siguiente
Robin: No hablabas así aquella noche. Al contrario; te oí decir que en el agua era todo más hermoso y más fácil
Nami: Estaba desesperada. No supe lo que decía
Robin: Comprendo. Cada hora tiene su verdad. Hoy tienes otros ojos y un vestido de fiesta; es natural que tus palabras sean de fiesta también. Pero ten cuidado: no las cambies al cambiar el vestido
(Deja el bordón. Llegan corriendo los niños y la rodean gozosos)
Nojiko: ¡Es la andariega de las manos blancas!
Franky: ¡Nos hemos acordado tanto de ti! ¿Vienes para la fiesta?
Luffy: ¡Yo voy a saltar la hoguera como los grandes! ¿Vendrás con nosotros?
Robin: No. Cuando los niños saltan por encima de la hoguera no quisiera nunca estar ahí. (A Nami) Son mis mejores amigos. Ellos me acompañarán
Nami: ¿No necesita nada de mí?
Robin: Todavía no. ¿Irás luego al baile?
Nami: A medianoche; cuando enciendan las hogueras
Robin: Las hogueras se encienden al borde del agua, ¿verdad?
Nami: Junto al remanso
Robin: (La mira fijamente) Está bien. Volveremos a vernos... en el remanso
(Nami baja los ojos impresionada, y sale por el fondo)
Franky: ¿Por qué tardaste tanto en volver?
Luffy: ¡Ya creíamos que no llegabas nunca!
Nojiko: ¿Has caminado mucho en este tiempo?
Robin: Mucho. He estado en los montes de nieve, y en los desiertos de arena, y en la galerna del mar... Cien países distintos, millares de caminos... Y un solo punto de llegada para todos
Nojiko: ¡Qué hermoso viajar tanto!
Franky: ¿No descansas nunca?
Robin: Nunca. Sólo aquí me dormí una vez
Luffy: Pero hoy no es noche de dormir. ¡Es la fiesta de san Juan!
Nojiko: ¿En los otros pueblos también encienden hogueras?
Robin: En todos
Franky: ¿Por qué?
Robin: En honor del sol. Es el día más largo del año, y la noche más corta
Franky: Y el agua, ¿no es la misma de todos los días?
Robin: Parece; pero no es la misma
Luffy: Dicen que bañando las ovejas a medianoche se libran de los lobos
Nojiko: Y la moza que coge la flor del agua al amanecer se casa dentro del año
Franky: ¿Por qué es milagrosa el agua esta noche?
Robin: Porque es la fiesta del Bautista. En un día como éste bautizaron a Cristo
Nojiko:Y o lo he visto en un libro; San Juan lleva una piel de ciervo alrededor de la cintura, y el Señor está metido hasta las rodillas en el mar
Luffy: ¡En un río!
Nojiko: Es igual
Luffy: No es igual. El mar es cuando hay una orilla; el río, cuando hay dos
Franky: Pero eso fue hace mucho tiempo, y lejos. No fue en el agua de aquí
Robin: No importa. Esta noche todos los ríos del mundo llevan una gota del Jordán. Por eso es milagrosa el agua
(Los niños la miran fascinados. Ella les acaricia los cabellos. Vuelve Brook y, al verla entre los niños, sofoca un grito)
Brook: ¡Deja a los niños! ¡No quiero ver tus manos sobre su cabeza!
(Se oye, lejos, música de gaita y tamboril. Los niños se levantan alborazados)
Luffy: ¿Oyes? ¡La gaita, abuelo!
Nojiko y Franky: ¡La música! ¡Ya viene la música! (Salen corriendo por el fondo)
Brook: Por fin has vuelto
Robin: ¿No me esperabas?
Brook: Tenía la esperanza de que te hubieras olvidado de nosotros
Robin: Nunca falto a mis promesas. Por mucho que me duela a veces
Brook: No creo en tu dolor. Si lo sintieras, no habrías elegido para venir la noche más hermosa del año
Robin: Yo no puedo elegir. Me limito a obedecer
Brook: ¡Mentira! ¿Por qué me engañaste aquel día? Me dijiste que si no venías te llamaría yo mismo. ¿Te he llamado acaso? ¿Te ha llamado ella?
Robin: Aún es tiempo. La noche no ha hecho más que empezar, ¡y pueden ocurrir tantas cosas!
Brook: Pasa de largo, te lo pido de rodillas. Bastante daño has hecho ya a esta casa
Robin: No puedo regresar sola
Brook: Llévame a mí si quieres. Llévate mis ganados, mis cosechas, todo lo que tengo. Pero no dejes vacía mi casa otra vez, como cuando te llevaste a Perona
Robin: (Tratando de recordar) Perona... ¿Quién es esa Perona de la que tanto habláis?
Brook: ¿Y eres tú quien lo pregunta? ¿Tú que nos la robaste?
Robin: ¿Yo?
Brook: ¿No recuerdas una noche de diciembre, en el remanso..., hace cuatro años? (Mostrándole un medallón que saca del pecho) Mírala aquí. Todavía llevaba en los oídos las canciones de la boda, y el gusto del primer amor entre los labios. ¿Qué has hecho de ella?
Robin: (Contempla el medallón) Hermosa muchacha... ¿Era la esposa de Zoro?
Brook: Tres días lo fue. ¿No lo sabes? ¿Por qué finges no recordarla ahora?
Robin: Yo no miento, abuelo. Te digo que no la conozco. ¡No la he visto nunca! (Le devuelve el medallón)
Brook: (La mira sin atreverse a creer) ¿No la has visto?
Robin: Nunca
Brook: Pero, entonces... ¿Dónde está? (Tomándola de los brazos con profunda emoción) ¡Habla!
Robin: ¿La buscasteis en el río?
Brook: Y todo el pueblo con nosotros. Pero sólo encontramos el pañuelo que llevaba en los hombros
Robin: ¿La buscó Zoro también?
Brook: Él no. Se encerraba en su cuarto apretando los puños. (La mira, inquieto de pronto) ¿Por qué lo preguntas?
Robin: No sé... Hay aquí algo oscuro que a los dos nos importa averiguar
Brook: Si no lo sabes tú, ¿quién puede saberlo?
Robin: El que más cerca estuviera de ella
Brook: ¿Quién?
Robin: Quizás el mismo Zoro...
Brook: No es posible. ¿Por qué había de engañarnos?...
Robin: Ése es el secreto. (Rápida, bajando la voz) Silencio, abuelo. Él baja. Déjame sola
Brook: ¿Qué es lo que te propones?
Robin: (Imperativa) ¡Saber! ¡Déjame! (Sale Brook por la izquierda. Robin llega al umbral del fondo y llama en voz alta) ¡Nami!...
(Después, antes que Zoro aparezca, se desliza furtivamente por primera derecha. Zoro baja. Llega Nami)
Nami: ¿Me llamabas?
Zoro: Yo no
Nami: ¡Qué extraño! Me pareció oír una voz
Zoro: En tu busca iba. Tengo algo que decirte
Nami: Muy importante ha de ser para que me busques. Hasta ahora siempre has huido de mí
Zoro: No soy hombre de muchas palabras. Y lo que tengo que decirte esta noche cabe en una. Adiós
Nami: ¿Adiós?... ¿Sales de viaje?
Zoro: Mañana, con los arrieros, a Loguetown
Nami: ¡Tan lejos! ¿Lo saben los otros?
Zoro: Todavía no. Tenía que decírtelo a ti la primera
Nami: Tú sabrás por qué. ¿Vas a estar fuera mucho tiempo?
Zoro: El que haga falta. No depende de mí
Nami: No te entiendo. Un viaje largo no se decide así de repente y a escondidas, como una fuga. ¿Qué tienes que hacer en Loguetown?
Zoro: Qué importa; compraré ganados o renuevos para las viñas. Lo único que necesito es estar lejos. Es lo mejor para los dos
Nami: ¿Para los dos? ¿Es decir que soy yo la que te estorba?
Zoro: Tú no; el pueblo entero. Estamos viviendo bajo el mismo techo, y no quiero que tu nombre ande de boca en boca
Nami: ¿Qué pueden decir de nosotros? Como a un hermano te miré desde el primer día, y si algo hay sagrado para mí es el recuerdo de Perona (Acercándose a él) No, Zoro, tú no eres un cobarde para huir así de los perros que ladran. Tiene que haber algo más hondo. ¡Mírame a los ojos! ¿Hay algo más?
Zoro:(Esquivo) ¡Déjame!...
Nami: Si no es más que la malicia de la gente, yo les saldré al paso por los dos. ¡Puedo gritarles a la cara que es mentira!
Zoro: (Con arrebato repentino) ¡Y de qué sirve que lo grites tú si no puedo gritarlo yo! Si te huyo cuando estamos solos, si no me atrevo a hablarte ni a mirarte de frente, es porque quisiera defenderme contra lo imposible... ¡Contra lo que ellos han sabido antes que yo mismo! ¡De qué me vale morderme los labios y retorcerle entre las sábanas diciendo no si todas mis entrañas rebeldes dicen que sí!...
Nami: ¡Zoro!...
Zoro: (Dominándose con esfuerzo) No hubiera querido decírtelo, pero ha sido más fuerte que yo. Perdona...
(Nami tarda en reaccionar, como si despertara)
Nami: Perdonar... Qué extraño me suena eso ahora. Yo soy la que tendría que pedir perdón, y no sé a quién ni por qué. ¿Qué es lo que está pasando por mí? Debería echarme a llorar ¡y toda la sangre me canta por las venas arriba! Me daba miedo que algún día pudieras decirme esas palabras ¡y ahora que las oigo, ya no quisiera escuchar ninguna más!...
Zoro: (Tomándola en brazos) Nami...
Nami: (Entregándose) ¡Ninguna más!...
(Zoro la besa en un silencio violento. Pausa)
Zoro: ¿Qué va a ser de nosotros ahora?...
Nami:¡Qué importa ya! Me has dicho que me quieres y, aunque sea imposible, el habértelo oído una sola vez vale toda una vida. Ahora, si alguien, tiene que marchar de esta casa, seré yo la que salga
Zoro: ¡Eso no!
Nami: Es necesario. ¿Crees que la madre podría aceptar nunca otra cosa? Nuestro amor sería para ella la peor traición al recuerdo de Perona
Zoro: ¿Y crees tú que si Perona fuera sólo un recuerdo tendría fuerza para separarnos? ¡Los muertos no andan!
Nami: Ella sí. Su voluntad sigue viviendo aquí, y yo seré la primera en obedecer
Zoro: (Resuelto) Escúchame, Nami. ¡No puedo más! Necesito compartir con alguien esta verdad que se me está pudriendo dentro. Perona no era esa imagen hermosa que soñáis. Todo ese encanto que hoy la rodea con reflejos de agua, todo es un recuerdo falso
Nami: ¡No, calla! ¿Cómo puedes hablar así de una mujer a quien has querido?
Zoro: Demasiado. Ojalá no la hubiese querido tanto. ¡Pero a ti no te engañará! Tú tienes que saber que toda su vida fue una mentira. Como lo fue también su muerte
Nami: ¿Qué quieres decir?
Zoro: ¿No lo has comprendido aún? Perona vive. Por eso nos separa
Nami: ¡No es posible!... (Se deja caer en un asiento, repitiendo la idea sin sentido) No es posible... (Con la frente entre las manos escucha la narración de Zoro)
Zoro: Mientras fuimos novios, era eso que todos recuerdan: una ternura fiel, una mirada sin sombra y una sonrisa feliz que penetraba desde lejos como el olor de la yerba segada. Hasta que hizo el viaje para encargar las galas de la boda. Con pocos días hubiera bastado, pero tardó varias semanas. Cuando volvió no era la misma; traía cobardes los ojos, y algo como la arena del agua se le arrastraba en la voz. Al decir el juramento en la iglesia apenas podía respirar; y al ponerle el anillo las manos le temblaban..., tanto que mi orgullo de hombre se lo agradeció. Ni siquiera me fijé en aquel desconocido que asistía a la ceremonia desde lejos, sacudiéndose con la fusta el polvo de las botas. Durante tres días tuvo fiebre, y mientras me creía dormido la oía llorar en silencio mordiendo la almohada. A la tercera noche, cuando la vi salir hacia el río y corrí detrás, ya era tarde; ella misma desató la barca y cruzó a la otra orilla, donde la esperaba aquel hombre con dos caballos...
Nami: (Con ira celosa) ¿Y los dejaste marchar así? ¿Tú, el mejor jinete de la sierra, llorando entre los juncos?
Zoro: Toda la noche galopé inútilmente, con la escopeta al hombro y las espuelas chorreando sangre. Hasta que el sol me pegó como una pedrada en los ojos
Nami: ¿Por qué callaste al volver?
Zoro: ¿Podría hacer otra cosa? En el primer momento ni siquiera lo pensé. Pero cuando encontraron su pañuelo en el remanso y empezó a correr la voz de que se había ahogado, comprendí que debía callar. Era lo mejor
Nami: ¿Lo hiciste pensando en la madre y los hermanos?
Zoro: No
Nami: ¿Por ti mismo? ¿Por cubrir tu honra de hombre?
Zoro: No, Nami, no me juzgues tan pequeño; lo hice sólo por ella. Un amor no se pierde de repente..., y decir la verdad era como desnudarla delante del pueblo entero. ¿Comprendes ahora por qué me voy? ¡Porque te quiero y no puedo decírtelo honradamente! Tú podías ser para mí lo que ella no fue. Y no puedo resistir esta casa donde todos la bendicen, mientras yo tengo que maldecirla dos veces: ¡por el amor que entonces no me dio y por el que ahora me está quitando desde lejos! Adiós, Nami...
(Sale dominándose. Nami, sola, rompe a llorar. Robin aparece en el umbral y, con los ojos iluminados, la contempla en silencio. Vuelve a oírse lejos el grito alegre de la gaita. Entran los niños y corren hacia Nami)
Franky: ¡Ya van a encender la primera hoguera!
Nojiko: ¡Están adornando de espadañas la barca para cruzar el río!
Luffy: ¡Y las mozas bajan cantando, adornadas de tréboles!
Nojiko: Va a empezar el baile. ¿Nos llevas?
(Nami, escondiendo el llanto, sube rápido la escalera. Los niños la miran sorprendidos y se vuelven a Robin)
Nojiko: ¿Por qué llora Nami?
Robin: Porque tiene veinte años... ¡Y hace una noche preciosa!
Luffy: En cambio, tú pareces muy contenta. ¡Cómo te brillan los ojos!
Robin: Es que no acababa de comprender la misión que me ha traído a esta casa... ¡Y ahora, de repente, lo veo todo tan claro!
Franky: ¿Qué es lo que ves tan claro?
Robin: Una historia verdadera que parece cuento. Algún día, cuando seáis viejos como yo, se la contaréis a vuestros nietos. ¿Queréis oírla?
Niños: Cuenta, cuenta... (Se sientan en el suelo frente a ella)
Robin: Una vez era un pueblo pequeño, con vacas de color de miel y pomarada de flor blanca entre los campos de maíz. Una aldea, tranquila como un rebaño a la orilla del río
Frank: ¿Como esta?
Robin: Como esta. En el río había un remolino profundo de hojas secas, adonde no dejaban acercarse a los niños. Era el monstruo de la aldea. Y decían que en el fondo había otro pueblo sumergido, con su iglesia verde tupida de raíces y sus campanas milagrosas, que se oían a veces en la noche de San Juan...
Luffy: ¿Como el remanso?
Robin: Como el remanso. En aquella aldea vivía una muchacha de alma tan hermosa que no parecía de este mundo. Todas imitaban su peinado y sus vestidos; los viejos se descubrían a su paso, y las mujeres le traían a los hijos enfermos para que los tocara con sus manos
Nojiko: ¿Como Perona?
Robin: Como Perona. Un día la muchacha desapareció en el remanso. Se había ido a vivir a las casas profundas donde los peces golpeaban las ventanas como pájaros fríos; y fue inútil que el pueblo entero la llamara a gritos desde arriba. Estaba como dormida, en un sueño de niebla, paseando por los jardines de musgo sus cabellos flotantes y la ternura lenta de sus manos sin peso. Así pasaron los días y los años... Ya todos empezaban a olvidarla. Sólo la madre, con los ojos fijos, la esperaba todavía... Y por fin el milagro se hizo. Una noche de hogueras y canciones, la bella durmiente del río fue encontrada, más hermosa que nunca. Respetada por el agua y los peces, tenía los cabellos limpios, las manos tibias todavía y en los labios una sonrisa de paz..., como si los años del fondo hubieran sido sólo un instante
(Los niños callan un momento, impresionados)
Nojiko: ¡Qué historia tan extraña!... ¿Cuándo ocurrió eso?
Robin: No ha ocurrido todavía. Pero ya está cerca... ¿No os acordáis?... ¡Esta noche todos los ríos del mundo llevan una gota del Jordán!
Bueno querid s lectores/as. Sé que he tardado muchísimo en subir el capítulo pero, aparte de que empecé tarde a escribirlo, tuve muchas cosas que hacer. Nada más, sólo felicitaros el nuevo año y las fiestas y espero subir cuanto antes el próximo capítulo (que por cierto será el último) aunque probablemente antes suba una historia más antes de empezar a escribir el capítulo. Y lo último daros las gracias a todos los que me leen, ya que sin vosotros no hubiera seguido escribiendo. ¡Nos leemos!
