En el mismo lugar, horas después. El mantel puesto en la mesa indica que la familia ha cenado ya. Desde antes de alzarse el telón se oye al fondo la música saltera de gaita y tamboril, que termina con la estridencia viril del grito. Se acerca el rumor del mocerío entre voces y risas. La escena, sola

Voces:(Confusamente desde fuera) ¡A la casa de Roronoa! Es la única que falta. Bien pueden, que todo les sobra. ¡Leña para el santo y mozas para el baile!

(Por la puerta del fondo, que sigue abierta de par en par, irrumpen varias mozas sanjuaneras y otros tantos bigardos)

Aokiji:¡Ah de la casa!... ¿Se ha dormido la gente?

Mozas:¡Nami!... ¡Nami!...

(Llega Sanji del corral)

Sanji: Menos gritos, que estamos bajo techo. ¿Qué andáis buscando?

Kizaru: ¿Dónde está Nami?

Aisa: No la vais a tener encerrada esta noche como las onzas del moro

Aokiji: Suéltala, hombre, que no te la vamos a robar

Sanji: ¿Soy yo el que manda en la casa? Si Nami quiere bajar al baile, no ha de faltarle quien la acompañe

Conis: ¿Zoro?...

Vivi: No lo creo. Por ahí anda, huido, mirando el fuego desde lejos, como los lobos en invierno

Aokiji: ¿Por qué no la bajas tú?

Aisa: Vergüenza os debía dar. Una moza como un sol de mayo, dos hombres jóvenes en la casa y la única ventana soltera que no tiene ramo

Sanji: Yo no le he pedido consejo a nadie. Conque si son palabras lo que venís buscando, ya os podéis volver

Kizaru: Leña es lo que queremos. Hace falta en la hoguera

Aisa: La de este año tiene que dejar recuerdo. Más alta que los árboles ha de llegar, hasta que caliente el río y piensen en la sierra que está amaneciendo

Sanji: Como no le prendáis fuego al monte

Aokoji: Poco menos. La mayorazga nos dio dos carros de sarmiento seco

Conis: El alcalde, toda la poda del castañar

Kizaru: Y los de la mina arrancaron de cuajo el carbayón, con raíces y todo

Aisa: Ahora lo bajaban en hombros por la cuesta, entre gritos y dinamita, como los cazadores cuando traen el oso

Vivi: La casa de Roronoa nunca se quedó atrás. ¿Qué tenéis para la fiesta?

Sanji: Eso el ama dirá

Voces: (Llamando a gritos) ¡Makino!... ¡Makino!

(Aparece Makino en la escalera, alhajada y vestida de fiesta, terminando de ponerse el manto)

Makino: ¿Qué gritos son estos?

Aisa: ¿Hay algo para el santo?

Makino: Más bajo, rapaza, que tengo muy orgullosas las orejas, y si me hablan fuerte no oigo

Sanji: Son las sanjuaneras, que andan buscando leña de casa en casa

Makino: Bien está. Lo que es de ley no hay que pedirlo a gritos

Aokiji: ¿Qué podemos llevar?

Makino: En el corral hay un carro de árgomas y un buen par de bueyes esperando el yugo. Acompáñalos, Sanji

(Salen los mozos con Sanji hacia el corral)

Conis: El árgoma es la que hace mejor fuego: da roja la llama y repica como unas castañuelas al arder

Vivi: Yo prefiero el brezo con sus campanillas moradas; arde más tranquilo y huele a siesta de verano

Aisa: En cambio, la ginesta suelta chispas y se retuerce en la hoguera como una bruja verde

Makino: Muy parleras estáis... Y galanas, así Enel me salve

Conis: Pues tampoco usted se quedó corta. ¡Vaya si está guapetona la comadre!

Makino: Donde hubo fuego, brasa queda. A ver, a ver que os vea. ¡Viva el lujo y quien lo trujo! ¿Quedó algo en el arca, o lleváis todo el traperío encima?

Aisa: Un día es un día. No todo va a ser camisa de bombasí y refajo amarillo

Makino: Ya veo, ya. Zapatos de tafilete, saya y sobresaya, juboncillo bordado y el mantellín de abalorios. ¡Todo el año hilando para lucir una noche!

Vivi: Lástima que sea la más corta del año

Hancock: Bien lo dice el cantar: Ya vino San Juan Verde, ya vino y ya se vuelve...

Aisa: Pero mientras viene y se va, cada hora puede traer un milagro

Makino: Ojo, que algunos los hace el diablo y hay que llorarlos después

Vivi: ¡Quién piensa en llorar un día como este! ¿Usted nunca fue moza?

Makino: Porque lo fui lo digo. El fuego encandila el sentido, la gaita rebrinca por dentro como un vino fuerte... Y luego es peligroso perderse por los maizales calientes de luna

Aisa: Alegría es lo que pide el santo. Al que no canta esta noche no lo miran sus ojos

Conis: Yo ya he puesto al sereno la sal para las vacas. Dándosela con el orvallo del amanecer siempre paren hembras

Vivi: Yo he tendido la camisa al rocío para que me traiga amores y me libre del mal

Aisa: Y yo tiraré todos mis alfileres al agua al rayar el alba; por cada uno que flota hay un año feliz

Makino: Demasiados milagros para una sola noche. Este año, por marzo, hubo en la aldea cuatro bautizos

Aisa: ¿Y eso qué tiene que ver?

Makino: San Juan cae en junio. ¿Sabes contar, moza?

Conis: Miren la vieja maliciosa con lo que sale...

Aisa: No tendrá muy tranquila la conciencia cuando piensa así de las otras. Cada una se lleva la lengua adonde le duele la muela

Makino: De las muelas nada te digo, porque no me queda. Pero la conciencia, mira si la tendré limpia, que sólo me confieso una vez al año, y con tres "Ave marías" santas pascuas. En cambio, tú no lo pagas con cuarenta credos. (A la otra) Y tú, mosquita muerta, ¿Qué demonio confesaste para tener que subir descalza a la Virgen del Acebo?

Hancock: No fue penitencia; fue una promesa. Estuve enferma de un mal aire

Makino: Válgame Dios. ¿Mal aire se llama ahora?

Aisa: No le hagáis caso. ¿No ves que lo que quiere es que le regalen el oído? Bien dice el dicho, que los viejos y el horno por la boca se calientan

(Risas. Vuelven los mozos menos Sanji)

Aokiji: Ya está saliendo el carro. ¿Queréis subir?

Conis: ¿Juntos…?

Makino: Anda que no te vas a asustar. Y el santo tampoco; el pobre ya está acostumbrado, y él no tiene la culpa si su fiesta viene con el primer trallazo del verano (Espantándolas como gallinas) ¡Aire! ¡A calentarse al fogueral, y a coger el trébole!

Aokiji: ¡Todos!... ¡Usted también, comadre!

(La rodean a la fuerza cantando, tremados de las manos, y eempujándola al son del corre-calle)

¡A coger el trébole, el trébole, el trébole, a coger el trébole la noche de San Juan!

(Van saliendo por el fondo)

¡A coger el trébole, el trébole, el trébole, a coger el trébole los más amores van…!

(Zoro llega del campo. Desde la puerta contempla al mocerío que se aleja entre gritos y risas con Makino. Por la escalera aparece Nami llamando).

Nami y Zoro

Nami: ¡Makino!… ¡Makino!…

Zoro: Las sanjuaneras se la llevan. La están subiendo al carro a la fuerza. (Entra). ¿Querías algo de ella?

Nami: (Bajando) Sólo una pregunta. Pero quizá puedas contestarla tú mejor. Al abrir la ventana de mi cuarto la encontré toda cuajada de flor blanca.

Zoro: De espino y cerezo. Los que vean el ramo sabrán quién lo ha puesto ahí, y lo que ese color blanco quiere decir.

Nami: Gracias, Zoro … Me gusta que te hayas acordado, pero no era necesario.

Zoro: ¿Iba a consentir que tu ventana fuera la única desnuda?

Nami: Con las palabras que me dijiste antes ya me diste más de lo que podía esperar. La flor de cerezo se irá mañana con el viento; las palabras, no.

Zoro: Yo seguiré pensándolas a todas horas, y con tanta fuerza, que si cierras los ojos podrás oírlas desde lejos.

Nami: ¿Cuándo te vas?

Zoro: Mañana, al amanecer.

Nami: (Hondamente) Olvidemos que esta noche es la última. Quizá mañana ya no necesites irte.

Zoro: ¿Por qué? ¿Puede alguien borrar esa sombra negra que está entre los dos? ¿O quieres verme morir de sed junto a la fuente?

Nami: Sólo te he pedido que lo olvides esta noche.

Zoro: Lo olvidaremos juntos, bailando ante el pueblo entero. Aunque sea por una sola vez, quiero que te vean todos limpiamente entre mis brazos. ¡Que vean mis ojos atados a los tuyos, como está mi ramo atado a tu ventana!

Nami: Lo sé yo, y eso me basta… Calla…, alguien baja.

Zoro: (En voz baja, tomándole las manos) ¿Te espero en el baile?

Nami: Iré.

Zoro: Hasta luego, Nami

Nami: Hasta siempre, Zoro

(Sale Zoro por el fondo. En la escalera aparece Bellemere vestida de fiesta, con la severa elegancia del señorío labrador. Trae la cabeza descubierta, un cirio votivo y un pañolón albrazo).

Bellemere y Nami

Bellemere: ¿Dónde está mi mantilla? No la encuentro en la cómoda

.

Nami: Aquí la tengo. (La busca en el costurero). ¿Va a ponérsela para bajar al baile?

Bellemere: Antes tengo que pasar por la capilla. Le debo esta vela al santo. Y tengo que dar gracias a Enel por tantas cosas… (Se sienta. Nami le prende la mantilla mientras hablan).

Nami: ¿Le había pedido algo?

Bellemere: Muchas cosas que quizá no puedan ser nunca. Pero lo mejor de todo me lo dio sin pedírselo el día que te trajo a ti. ¡Y pensar que entonces no supe agradecértelo…, que estuve a punto de cerrarte esa puerta!

Nami: No recuerde eso, madre.

Bellemere: Ahora que ya pasó quiero decírtelo para que me perdones aquellos días en que te miraba con rencor, como a una intrusa. Tú lo comprendes, ¿verdad? La primera vez que te sentaste a la mesa frente a mí, tú no sabías que aquél era el sitio de ella… donde nadie había vuelto a sentarse. Yo no vivía más que para recordar, y cada palabra tuya era un silencio de ella que me quitabas. Cada beso que te daban los niños me parecía un beso que le estabas robando a ella…

Nami: No me di cuenta hasta después. Por eso quise irme.

Bellemere: Entonces ya no podía dejarte yo. Ya había comprendido la gran lección: que el mismo río que me quitó una hija me devolvía otra, para que mi amor no fuera una locura vacía. (Pausa. La mira amorosamente, acariciándole las manos. Se levanta). ¿Conoces este pañuelo? Es el que llevaba Perona en los hombros la última noche. Se lo había regalado Zoro. (Lo pone en los hombros de Nami). Ya tiene sitio también.

Nami: (Turbada. Sin voz) Gracias…

Bellemere: Ahora respóndeme lealmente, de mujer a mujer. ¿Qué es Zoro para ti?

Nami: (La mira con miedo) ¿Por qué me pregunta eso?

Bellemere: Responde. ¿Qué es Zoro para ti?

Nami: Nada, ¡se lo juro!

Bellemere: Entonces, ¿por qué tiemblas?… ¿Por qué no me miras de frente como antes?

Nami: ¡Se lo juro, madre! Ni Zoro ni yo seríamos capaces de traicionar ese recuerdo.

Bellemere: ¿Lo traiciono yo cuando te llamo hija? (Le pone las manos sobre los hombros, tranquilizándola). Escucha, Nami. Muchas veces pensé que podía llegar este momento. Y no quiero que sufras inútilmente por mí. ¿Tú sabes que Zoro te quiere?…

Nami: ¡No!…

Bellemere: Yo sí, lo sé desde hace tiempo… El primer día que se lo vi en los ojos sentí como un escalofrío que me sacudía toda, y se me crisparon los dedos. ¡Era como si Perona se levantara celosa dentro de mi sangre! Tardé en acostumbrarme a la idea… Pero ya pasó.

Nami: (Angustiada) Para mí no… Para mi está empezando ahora…

Bellemere: Si tú no sientes lo mismo, olvida lo que te he dicho. Pero si lo quieres, no trates de ahogar ese amor pensando que ha de dolerme. Ya estoy resignada.

Nami: (Conteniendo el llanto) Por lo que más quiera…, calle. No puede imaginar siquiera todo el daño que me está haciendo al decirme esas palabras hoy…, precisamente hoy.

Bellemere: (Recogiendo su cirio para salir) No trato de señalarte un camino. Sólo quería decirte que si eliges ése, yo no seré un estorbo. Es la ley de la vida.

(Sale. Nami se deja caer agobiada en la silla, pensando obsesivamente, con los ojos fijos. En el umbral de la derecha aparece la Robin y la contempla como si la oyera pensar).

Robin y Nami

Nami: Elegir un camino… ¡Por qué me sacaron del que había elegido ya si no podían darme otro mejor! (Con angustia, arrancándose el pañuelo del cuello). ¡Y este pañuelo que se me abraza al cuello como un recuerdo de agua!

(Repentinamente parece tomar una decisión. Se pone nuevamente el pañuelo y hace ademán de levantarse. Robin la detiene poniéndole una mano imperativa sobre el hombro).

Robin: No, Nami. ¡Eso no! ¿Crees que el río sería una solución?

Nami: ¡Si supiera yo misma lo que quiero! Ayer todo me parecía fácil. Hoy no hay más que un muro de sombras que me aprietan.

Robin: Ayer no sabías aún que estabas enamorada…

Nami: ¿Es esto el amor?

Robin: No, eso es el miedo de perderlo. El amor es lo que sentías hasta ahora sin saberlo. Ese travieso misterio que os llena la sangre de alfileres y la garganta de pájaros.

Nami: ¿Por qué lo pintan feliz si duele tanto? ¿Usted lo ha sentido alguna vez?

Robin: Nunca. Pero casi siempre estamos juntos. ¡Y cómo os envidio a las que podéis sentir ese dolor que se ciñe a la carne como un cinturón de clavos, pero que ninguna quisiera arrancarse!

Nami: El mío es peor. Es como una quemadura en las raíces…, como un grito enterrado que no encuentra salida.

Robin: Quizá. Yo del amor no conozco más que las palabras que tienen alrededor y ni siquiera todas. Sé que por las tardes, bajo los castaños, tiene dulces las manos y una voz tranquila. Pero a mí sólo me toca oír las palabras desesperadas y últimas. Las que piensan con los ojos fijos, las muchachas abandonadas cuando se asoman a los puentes de niebla…, las que se dicen dos bocas crispadas sobre la misma almohada cuando la habitación empieza a llenarse con el olor del gas… Las que estabas pensando tú en voz alta hace un momento.

Nami: (Se levanta resuelta) ¿Por qué no me dejó ir? ¡Todavía es tiempo!…

Robin: (La detiene) ¡Quieta!

Nami: ¡Es el único camino que me queda!

(Se ve, lejano, el resplandor de la hoguera, y se oyen confusamente los gritos de la fiesta).

Robin: No. El tuyo no es ése. Mira: la noche está loca de hogueras y canciones. Y Zoro te está esperando en el baile.

Nami: ¿Y mañana…?

Robin: Mañana tu camino estará libre. Ten fe, niña. Yo te prometo que serás feliz, y que esta noche será la más hermosa que hayamos visto las dos.

(Bajan los niños seguidos por Brook).

Robin, Nami, niños y Brook

Luffy: ¡Ya han encendido la hoguera grande, y todo el pueblo está bailando alrededor!

Nojiko: Vamos, Abuelo, que llegamos tarde.

Franky: (Llegando junto a la Robin, con una corona de rosas y espigas) Toma. La hice yo.

Robin:¿Para mí?

Franky: Esta noche todas las mujeres se adornan así.

Nojiko: ¿No vienes al baile?

Robin: Tengo que seguir camino al rayar el alba. Nami os acompañará. Y no se separará de vosotros ni un momento. (Mirándola imperativa). ¿Verdad…?

Nami: (Baja la cabeza) Sí. Adiós, señora… Y gracias.

Luffy: ¿Volveremos a verte pronto?

Robin: No tengáis prisa. Antes tienen que madurar muchas espigas. Adiós, pequeños…

Niños: ¡Adiós, Robin!

(Salen con Nami. Brook se queda un momento).

Brook: ¿Por qué te daba las gracias Nami?… ¿Sabe quién eres?

Robin: Tardará muchos años en saberlo.

Brook: ¿No era a ella a quien buscabas esta noche?

Robin: Eso creía yo también, pero ya he visto clara mi confusión.

Brook: Entonces, ¿por qué te quedas aquí? ¿Qué esperas?

Robin: No puedo regresar sola. Ya te dije que esta noche una mujer de tu casa, coronada de flores, será mi compañera por el río. Pero no temas: no tendrás que llorar ni una sola lágrima que no hayas llorado ya.

Brook: (La mira con sospecha) No te creo. Son los niños lo que andas rondando, ¡confiésalo!

Robin: No tengas miedo, Brook. Tus nietos tendrán nietos, Vete con ellos. (Coge su bordón y lo deja apoyado en la jamba de la puerta).

Brook: ¿Qué haces…?

Robin: Dejar el bordón en la puerta en señal de despedida. Cuando vuelvas del baile, mi misión habrá terminado. (Con autoridad terminante). Y ahora déjame. Es mi última palabra de esta noche.

(Sale Brook. Pausa larga. Robin, a solas mira con resbalada melancolía la corona de rosas. Al fin sus ojos se animan; se la pone en los cabellos, toma un espejo del costurero de Nami y se contempla con femenina curiosidad. Su sonrisa se desvanece; deja caer el espejo, se quita las rosas y comienza a deshojarlas fríamente, con los ojos ausentes. Entre tanto se escuchan en el fogueral las canciones populares de San Juan).

Voz de hombre: Señor San Juan: la flor de la espiga ya quiere granar. ¡Qué viva la danza y los que en ella están!

Coro: ¡Señor San Juan…!

Voz femenina: Señor San Juan: con la flor del agua te vengo a cantar. ¡Que viva la danza y los que en ella están!

Coro: ¡Señor San Juan…!

(Hay un nuevo silencio. Robin está sentada de espaldas al fondo, con los codos en las rodillas y el rostro en las manos. Por la puerta del fondo aparece furtivamente una muchacha de fatigada belleza, oculto a medias el rostro con el mantellín. Contempla la casa. Ve a Robin de espaldas y da un paso medroso hacia ella. Robin la llama en voz alta sin volverse).

Robin: ¡ Perona!

Robin y Perona

Perona: (Retrocede desconcertada) ¿Quién le ha dicho mi nombre? (Robin se levanta y se vuelve). Yo no la he visto nunca.

Robin: Yo a ti tampoco. Pero sabía que vendrías, y no quise que encontraras sola tu casa. ¿Te vio alguien llegar?

Perona: Nadie. Por eso esperé a la noche, para esconderme de todos. ¿Dónde están mi madre y mis hermanos?

Robin: Es mejor que tampoco ellos te vean. ¿Tendrías valor para mirarlos cara a cara? ¿Qué palabras podrías decirles?

Perona: No hacen falta palabras… Lloraré de rodillas y ellos comprenderán.

Robin: ¿Zoro también?

Perona: (Con miedo instintivo) ¿Está él aquí?

Robin: En la fiesta; bailando con todos alrededor del fuego.

Perona: Con todos, no… ¡Mentira! Zoro habrá podido olvidarme, pero mi madre no. Estoy segura que ella me esperaría todos los días de su vida sin contar las horas… (Llama). ¡Madre!… ¡Madre!…

Robin: Es inútil que llames. Te he dicho que está en la fiesta.

Perona: Necesito verla cuanto antes. Sé que ha de ser el momento más terrible de mi vida y no tengo fuerzas para esperarlo más tiempo.

Robin: ¿Qué vienes a buscar a esta casa?…

Perona: Lo que fue mío.

Robin: Nadie te lo quitó. Lo abandonaste tú misma.

Perona: No pretendo encontrar un amor que es imposible ya; pero el perdón sí. O por lo menos un rincón donde morir en paz. He pagado mi culpa con cuatro años amargos que valen toda una vida.

Robin: La tuya ha cambiado mucho en ese tiempo. ¿No has pensado cuánto pueden haber cambiado las otras?

Perona: Por encima de todo, es mi casa y mi gente. ¡No pueden cerrarme la única puerta que me queda!

Robin: ¿Tan desesperada vuelves?

Perona: No podía más. He sufrido todo lo peor que puede sufrir una mujer. He conocido el abandono y la soledad; la espera humillante en las mesas de mármol y la fatiga triste de las madrugadas sin techo. Me he visto rodar de mano en mano como una moneda sucia. Sólo el orgullo me mantenía de pie. Pero ya lo he perdido también. Estoy vencida y no me da vergüenza gritarlo. ¡Ya no siento más que el ansia animal de descansar en un rincón caliente!…

Robin: Mucho te ha doblegado la vida. Cuando se ha tenido el valor de renunciar a todo por una pasión no se puede volver luego, cobarde como un perro con frío, a mendigar las migajas de tu propia mesa. ¿Crees que Zoro puede abrirte los brazos otra vez?

Perona: (Desesperada) Después de lo que he sufrido ¿qué puede hacerme ya Zoro? ¿Cruzarme la cara a latigazos?… ¡Mejor!… Por lo menos sería un dolor limpio. ¿Tirarme el pan por el suelo? ¡Yo lo comeré de rodillas, bendiciéndolo por ser suyo y de esta tierra en que nací! ¡No! ¡No habrá fuerza humana que me arranque de aquí! Estos manteles los he bordado yo… Esos geranios de la ventana los he plantado yo… ¡Estoy en mi casal… Mía…, mía…, ¡mía!….

(Solloza convulsa sobre la mesa, besando desesperadamente los manteles. Pausa. Vuelve a oírse la canción sanjuanera).

Voz de hombre: Señor San Juan… ya las estrellas perdiéndose van. ¡Qué viva la danza y los que en ella están!

Coro: Señor San Juan…

(Robin se le acerca piadosamente pasando la mano sobre sus cabellos. Voz íntima).

Robin: Dime, Perona, ¿en esos días negros de allá, no has pensado nunca que pudiera haber otro camino?

Perona: (Acodada a la mesa, sin volverse) Todos estaban cerrados para mí. Las ciudades son demasiado grandes, y allí nadie conoce a nadie.

Robin: Un dulce camino de silencio que pudieras hacerte tú sola…

Perona: No tenía fuerza para nada. (Reconcentrada). Y sin embargo la noche que él me abandono…

Robin: (Con voz de profunda sugestión, como si siguiera en voz alta el pensamiento de Perona) Aquella noche pensaste que más allá, al otro lado del miedo, está el país del último perdón, con un frío blanco y tranquilo; donde hay una sonrisa de paz para todos los labios, una serenidad infinita para todos los ojos… ¡y donde es tan hermoso dormir, siempre quieta, sin dolor y sin fin!

Perona: (Se vuelve mirándola con miedo) ¿Quién eres tú que me estás leyendo por dentro?

Robin: Una buena amiga. La única que te queda ya.

Perona: (Retrocede instintivamente) Yo no te he pedido amistad ni consejo. Déjame. ¡No me mires así!

Robin: ¿Prefieres que tu madre y tus hermanos sepan la verdad?

Perona: ¿No la saben ya?

Robin: No. Ellos te imaginan más pura que nunca. Pero dormida en el fondo del río.

Perona: No es posible. Zoro me siguió hasta la orilla. Escondidos en el castañar le vimos pasar a galope, con la escopeta al hombro y la muerte en los ojos.

Robin: Pero supo dominarse y callar.

Perona: ¿Por qué?

Robin: Por ti. Porque te quería aún, y aquel silencio era el único regalo de amor que podía hacerte.

Perona: ¿Zoro ha hecho eso… por mí…? (Aferrándose a la esperanza). ;Pero entonces, me quiere… ¡Me quiere todavía!…

Robin: Ahora ya es tarde. Tu sitio está ocupado. ¿No sientes otra presencia de mujer en la casa?…

Perona: ¡No me robará sin lucha lo que es mío! ¿Dónde está esa mujer?

Robin: Es inútil que trates de luchar con ella; estás vencida de antemano. Tu silla en la mesa, tu puesto junto al fuego y el amor de los tuyos, todo lo has perdido.

Perona: ¡Puedo recobrarlo!

Robin: Demasiado tarde. Tu madre tiene ya otra hija. Tus hermanos tienen otra hermana.

Perona: ¡Mientes!

Robin: (Señalando el costurero) ¿Conoces esa labor?

Perona: Es la mía. Yo la dejé empezada.

Robin: Pero ahora tiene hilos nuevos. Alguien la está terminando por ti. Asómate a esa puerta. ¿Ves algo al resplandor de la hoguera?…

(Perona va al umbral del fondo. Robin, no).

Perona: Veo al pueblo entero, bailando con las manos trenzadas.

Robin: ¿Distingues a Zoro?

Perona: Ahora pasa frente a la llama.

Robin: ¿Y a la muchacha que baila con él? Si la vieras de cerca hasta podrías reconocer tu vestido y el pañuelo que lleva al cuello.

Perona: A ella no la conozco. No es de aquí.

Robin: Pronto lo será.

Perona: (Volviéndose a Robin) No… Es demasiado cruel. No puede ser que me lo hayan robado todo. Algo tiene que quedar para mí. ¿Puede alguien quitarme a mi madre?

Robin: Ella ya no te necesita. Tiene tu recuerdo, que vale más que tú.

Perona: ¿Y mis hermanos…? La primera palabra que aprendió el menor fue mi nombre. Todavía lo veo dormido en mis brazos, con aquella sonrisa pequeña que le rezumba en los labios como la gota de miel en los higos maduros

.

Robin: Para tus hermanos ya no eres más que una palabra. ¿Crees que te conocerían siquiera? Cuatro años son mucho en la vida de un niño. (Se le acerca íntima). Piénsalo, Perona. Una vez destrozaste tu casa al irte. ¿Quieres destrozarla otra vez al volver?

Perona: (Vencida) ¿A dónde puedo ir si no?…

Robin: A salvar valientemente lo único que te queda: el recuerdo.

Perona: ¿Para qué si es una imagen falsa?

Robin: ¿Qué importa, si es hermosa? La belleza es la otra forma de la verdad.

Perona: ¿Cómo puedo salvarla?

Robin: Yo te enseñaré el camino. Ven conmigo, y mañana el pueblo tendrá su leyenda. (La toma de la mano). ¿Vamos?…

Perona: Suelta… Hay algo en ti que me da miedo.

Robin: ¿Todavía? Mírame bien. ¿Cómo me ves ahora?… (Queda inmóvil con las manos cruzadas).

Perona: (La contempla fascinada) Como un gran sueño sin párpados… Pero cada vez más hermosa…

Robin: ¡Todo el secreto está ahí! Primero, vivir apasionadamente, y después morir con belleza. (Le pone la corona de rosas en los cabellos). Así…, como si fueras a una nueva boda. Ánimo, Perona … Un momento de valor, y tu recuerdo quedará plantado en la aldea como un roble lleno de nidos. ¿Vamos?

Perona: (Cierra los ojos) Vamos. (Vacila al andar).

Robin: ¿Tienes miedo aún?

Perona: Ya no… Son las rodillas que se me doblan sin querer.

Robin: (Con una ternura infinita) Apóyate en mí. Y prepara tu mejor sonrisa para el viaje. (La toma suavemente de la cintura). Yo pasaré tu barca a la otra orilla…

(Sale con ella. Fuera comienza a apagarse el resplandor de la hoguera y se escucha la última canción).

Voz de hombre: Señor San Juan… en la foguera ya no hay qué quemar. ¡Que viva la danza y los que en ella están!

Coro: Señor San Juan…

(Vuelve a oírse la gaita, gritos alegres y rumor de gente que llega. Entra corriendo Aisa perseguida por las otras y los mozos. Detrás, Nami y Zoro).

Nami, Zoro, mozos

Aisa: No, suelta… Yo lo vi primero.

Conis: Tíramelo a mí.

Vivi: A mí que no tengo novio

.

Aisa: Es mío. Yo lo encontré en la orilla.

Nami: ¿Qué es lo que encontraste?

Aisa: ¡El trébol de cuatro hojas!

Akainu: Pero a ti no te sirve. La suerte no es para el que lo encuentra sino para el que lo recibe.

Conis: ¡Cierra los ojos y tíralo al aire!

Aisa: Tómalo tú, Nami. En tu huerto estaba.

Nami: (Recibiéndolo en el delantal) Gracias.

Zoro: (a Aisa) Mucho te ronda la suerte este año. En la fuente, la flor del agua, y en el maíz la panoya roja.

(Llegan Bellemere y Makino. Después Brook con los niños).

Dichos, Bellemere, Makino, Brook. Al final Sanji

Bellemere: ¿Qué, ya os cansasteis del baile?

Makino: Aunque se apague la hoguera, el rescoldo queda hasta el amanecer.

Aisa: Yo si no descanso un poco no puedo más. (Se sienta).

Makino: Bah, sangre de malvavisco. Parece que se van a comer el mundo, pero cuando repica el pandero, ni les da de sí el aliento ni saben sacudir cadera y mandil al "son de arriba". ¡Ay de mis tiempos!

Nami: ¿Va a acostarse, madre? La acompaño.

Bellemere: No te preocupes por mí; sé estar sola. Vuelve al baile con ella, Zoro. Y tú, Makino, atiende a los mozos si quieren beber. Para las mujeres queda en la alacena aguardiente de guindas.

(Comienza a subir la escalera).

Zoro: ¿De quién es este bordón que hay en la puerta?

Brook: (Deteniendo a Nami que va a salir con Zoro) Espera. ¿No vieron a nadie aquí, al entrar?

Nami: A nadie. ¿Por qué?

Brook: No sé. Será verdad que es la noche más corta del año, pero yo nunca tuve tanta ansia de ver salir el sol.

Makino: Poco va a tardar. Ya está empezando a rayar el alba.

(Se oye fuera la voz de Sanji gritando).

Sanji: ¡Ama…! ¡Ama…!

(Todos se vuelven sobresaltados. Llega Sanji. Habla con un temblar de emoción desde el umbral. Detrás van apareciendo hombres y mujeres, con faroles y antorchas, que se quedan al fondo en respetuoso silencio).

Sanji: ¡Mi ama…! Al fin se cumplió lo que esperaba. ¡Han encontrado a Perona en el remanso!

Zoro: ¿Qué estás diciendo?. ..

Sanji: Nadie quería creerlo, pero todos lo han visto.

Bellemere: (Corriendo hacia él, iluminada) ¿La has visto tú? ¡Habla!

Sanji: Ahí te la traen, más hermosa que nunca… Respetada por cuatro años de agua, coronada de rosas. ¡Y con una sonrisa buena, como si acabara de morir!

Voces: ¡Milagro!… ¡Milagro!…

(Las mujeres caen de rodillas. Los hombres se descubren).

Bellemere: (Besando el suelo) ¡Dios tenía que escucharme! ¡Por fin la tierra vuelve a la tierra!… (Levanta los brazos). ¡Mi Perona querida!… ¡Mi Perona santa!…

Mujeres: (Cubriéndose la cabeza con el manto y golpeándose el pecho) ¡Santa!… ¡Santa!… ¡Santa!…

(Los hombres descubiertos y las mujeres arrodilladas inmóviles, como figuras de retablo. Se oyen, lejanas y sumergidas, las campanas de San Juan. Precediendo al cortejo, Robin contempla el cuadro con una sonrisa dulcemente fría y toma su bordón para seguir viaje. Entran en el umbral los pies de las angarillas cubiertas con ramas verdes, Bellemere con los brazos tendidos, lanza un grito desgarrado de dolor y de júbilo).

Bellemere: ¡Hija!…

(Las campanas suben a un clamor de aleluya).

FIN

NOTAS FINALES

Después de varios años, por fin lo he acabado. Espero que os haya gustado y perdón por la espera.

Tenía pensado hacer otra adaptación, aunque antes subiré un fic mío con la misma pareja. Prometo no tardar mucho. Decidme si os gustaría la idea de otra adaptación o no

Nos leemos