Disclaimer: Todo el universo de Canción de Hielo y Fuego pertenece a George R. R. Martín.
Esta historia participa en el reto #103 "I've got a feeling" del foro "Alas Negras, Palabras Negras"
ALIVIO
Horror era la palabra que mejor definía lo que sintió Sansa Stark la primera vez que vio a Sandor Clegane.
No era horror ante el amasijo de cicatrices que desfiguraban el lado izquierdo de su rostro, ni siquiera ante su temible apariencia: extremadamente alto y corpulento, cubierto por su armadura y aquel espantoso casco con forma de perro, aterrorizaba a todo el que se cruzara en su camino. A Sansa le horrorizaba lo que expresaban sus ojos, grises como el filo de su acero, cargados de furia y rencor. Aún entonces, cuando Sansa no era más que una niña con la cabeza llena estúpidos sueños infantiles, era capaz de percibir la sed de venganza y sangre que destilaba esa mirada.
Muchos años después, cuando Sansa Stark hacía mucho tiempo que había dejado de existir, Alayne lo comprendió perfectamente: el resentimiento, la rabia que albergaba aquel hombre hacia los que le habían hecho daño, el deseo de causar dolor a todo aquel que había tratado de aniquilarle.
Alayne se arrebujó más en su capa, tendida en aquel bosque lejos de cualquier contacto humano. Ella ya no sentía nada de aquello, cualquier sentimiento negativo había desparecido de su interior: Cersei, Petyr, Gregor, Joffrey, Theon, todos aquellos que habían intentado quebrarla, reduciéndola a una impotente criatura temblorosa, habían muerto y Sansa Stark había muerto con ellos.
Ahora ya sólo quedaba espacio para él, para el hombre que yacía junto a ella y, rodeándola con un brazo, la protegía del frío y los peligros del bosque. Alayne se acurrucó contra él, buscando el calor y el cobijo que ofrecía su amplio pecho pegado a su espalda.
Sandor Clegane. Cuando se presentó en el Nido de Águilas vestido de monje guerrero, dispuesto a rescatarla de aquel enjambre de conjuras y conspiraciones, Alayne descubrió que no quedaba ni rastro del horror que solía inspirarle; tan solo sintió alivio, un profundo alivio cuando supo que él la sacaría de allí. Aquella vez no tuvo miedo, únicamente unas ansias inmensas de libertad, de ser dueña de su propio destino.
Llevaban meses vagando por el bosque como dos fugitivos, tratando de llegar a Puerto Blanco en busca de un barco que les llevara a las Ciudades Libres. En el corazón de Alayne ya sólo quedaba espacio para el alivio; incluso cuando Sandor se revolvió en su sueño, estrechándola aún más contra él y fue consciente de su excitación presionándose contra ella, algo que hubiera asqueado profundamente a Sansa; Alayne experimentó un extraño placer al sentir a aquel hombre fuerte e indomable rendido a ella. Se restregó contra él buscando su contacto, anhelando satisfacer aquel crudo deseo que la invadía cada noche en la penumbra del bosque. Posó su mano sobre la de Clegane, que descansaba sobre su vientre y la condujo más abajo, un poco más abajo, hacia su entrepierna. Sandor gruñó en su oído y Alayne gimió; sólo él era capaz de proporcionarle el alivio que tanto necesitaba.
