La residencia en Mount Street de un conocido lord escocés y su nueva esposa ha experimentado una completa transformación. Los privilegiados que han sido invitados a ella comentan que los empapelados, las alfombras y las obras de arte son de un refinamiento y un gusto exquisito, lo que habla a su vez de la gentil educación de la anfitriona. Los convidados van desde aquellos recién llegados de París, a príncipes extranjeros y ladys de la más alta alcurnia, pertenecientes a nuestra sociedad londinense.

—-Abril, 1875

Sakura no llegó a entender nunca cómo llegó a la pista de baile sin tropezarse con los escarpines rosados de tacón alto que le cubrían los pies.

Escuchó que comenzaba la música y notó la mano de Sasuke en la cintura antes de verse envuelta en los giros del baile.

Aquella táctica de mantenerse indiferente cuando estuviera cerca de Sasuke le pareció, de repente, ridícula.

Siempre había adorado bailar el vals, pero sobre todo le gustaba bailarlo con Sasuke.

Él sabía guiarla con precisión y conseguía que se olvidara de contar los pasos y que, simplemente, se dejara llevar por la música.

Bailar con él era parecido a flotar en el aire; a salvo entre los brazos del hombre que amaba.

Esa noche, los escarpines le apretaban y el corazón le latía dolorosamente contra las costillas.

La mano de él en su cintura le

quemaba a través del corpiño, el corsé y la camisola, como si sus dedos dejaran marcas en su piel desnudad.

Las firmes piernas masculinas se

movían contra sus faldas, calentándola todavía más.

—Eres un grosero, ¿lo sabías?— dijo ella fingiendo naturalidad, como si

no estuviera más enervada a cada paso. —Me apetecía hablar con

Naruto.

—Naruto sabe de sobra cuando no es necesario que actúe de carabina.

Imaginar a Naruto, un empedernido mujeriego, como carabina debería haber resultado divertido, pero Sakura estaba demasiado absorta en

Sasuke para encontrarle la gracia.

Deseó que no le gustara tanto sentir el movimiento de su hombro bajo la mano, ni la manera en que él retenía sus dedos con firmeza.

Los dos iban cubiertos por varias capas de ropa según dictaba la moda imperante pero, en su opinión, no eran suficientes.

—Supongo que te sentirás muy satisfecho de ti mismo—, dijo, tratando de mantener firme su voz. —Sabes que no podía negarme a bailar contigo, sin que luego la escena fuera chismorreada por todo Londres. A todo el mundo le encanta hablar de nosotros.

—La insaciable necesidad de los londinenses por las murmuraciones es un arma de mi arsenal—, dijo Sasuke, con una voz tan suave como el buen vino. —Aunque no siempre puedo usarla en mi favor en la batalla.

Sakura no se atrevía a mirarle directamente a los ojos.

Ya tenía suficientes problemas de equilibrio, sin dejarse obsesionar por esas pupilas de color oscuro.

En su lugar, se centró en la barbilla, que podía llegar a cubrirse con una espesa barba negra.

Recordar por qué lo sabía no la ayudaba en absoluto.

—Es interesante, y un poco insultante, que hables de lo que ocurre entre nosotros en términos de armas de guerra—, dijo.

—Es una buena metáfora. Este salón es un campo de batalla, esta danza el combate y tu arma ese decadente vestido que tan bien te sienta.

La mirada de Sasuke se dirigió al corpiño, al escote rodeado por capullos de rosas amarillas desde el pecho hasta el hombro.

A Sakura le gustaban las rosas de ese color desde que él la pintó rodeada de ellas al día siguiente de su boda.

Sus ojos se oscurecieron y a ella le quemó la piel expuesta.

—Entonces, otra de tus armas es que baile hasta que me duelan los pies—, dijo Sakura. —Eso, y tu kilt.

La miró desconcertado.

—¿Mi kilt?

—Te ves muy bien con tu kilt.

Sasuke parpadeó.

—Sí, lo recuerdo, siempre te ha gustado mirar mis piernas… Y otras partes de mi anatomía. ¿Sabes que se rumorea que un escocés no lleva nada debajo del kilt?

Sakura recordaba esas mañanas cuando él sin llevar nada más que una falda descuidadamente envuelta alrededor de las caderas, leía el periódico con los pies en la mesa en su dormitorio.

Sasuke era muy atrayente vestido, pero desnudo resultaba devastador.

—Estás sacando conclusiones equivocadas de mis palabras— dijo Sakura, con voz temblorosa.

—¿De veras? ¿Te gustaría salir a la terraza y satisfacer tu curiosidad

acerca de la otra parte?

—Yo no quiero ir a ninguna parte, ni mucho menos cerca de una terraza

contigo, muchas gracias.

Había sido en la terraza de la casa de su padre, después de haber entrado en el baile de su debut sin invitación, donde Sasuke la había besado por primera vez.

Los ojos de Sasuke brillaron, una sonrisa pecaminosa apareció en su boca.

—¿Temes que la terraza sea un campo de batalla peligroso para ti?

—Si hay que seguir con la metáfora de la guerra, entonces sí, creo que la terraza me colocaría en una desventaja táctica.

Sasuke tiró de ella, un poco más cerca.

—Tú siempre tienes ventaja sobre mí, Sakura.

—No lo creo. ¿Por qué dices eso?

La acercó aún más.

—Debido a que me acobardas simplemente al entrar en una habitación como lo hiciste ayer en mi estudio. He vivido como un monje durante tres años y medio, y verte tan cerca, olerte, tocarte. . .Ten piedad de un pobre… célibe.

—No estar con otras ha sido tu elección.

Sasuke capturó y sostuvo su mirada, y, finalmente, cuando le miró a los ojos.

Detrás de la chispa burlona, vio una tranquilidad que nunca había observado antes en él.

—Sí—, dijo. —Lo fue.

Sakura le creyó.

Ella fácilmente podría nombrar media docena de mujeres que saltarían a la cama con Sasuke Uchiha en el momento en que les indicara que eran bienvenidas.

Sakura sabía que no había perseguido a las mujeres, ni antes ni después de que lo hubiera dejado, porque mucha gente hubiera estado encantada de contárselo si así hubiera sido.

Incluso sus conocidos más rencorosos tuvieron que admitir que Sasuke se había mantenido fiel a su esposa, incluso después de su separación.

—Tal vez debería cambiar mi perfume—, dijo Sakura.

—No tiene nada que ver con el perfume—. Sasuke se inclinó hacia ella, su aliento acarició la curva entre su cuello y el hombro. —Me gusta que todavía uses esencia de rosas.

—Me gustan las rosas—, dijo ella con voz débil.

—Lo sé. Las amarillas.

Sakura tropezó de nuevo.

Sasuke la enderezó, con la mano apretando su cintura.

—Cuidado.

—Esta noche estoy torpe—, dijo. —Estas zapatillas son muy incómodas. ¿Podemos sentarnos, por favor?

—Te lo dije, no hasta que el vals se acabe. Este baile es mi precio, y no puedo dejarte ir cuando sólo has pagado la mitad, ¿verdad?

—Tu precio ¿para qué?

—Para que no te bese hasta dejarte sin sentido frente a toda esta gente. Por no hablar de no haberlo hecho ayer en las escaleras.

Los dedos de Sakura se estremecieron.

—¿Me hubieras besado ayer, a pesar de que no lo deseara?

—Pero sí lo deseabas, querida esposa. Te conozco muy bien.

Sakura no contestó, porque era verdad.

Cuando se habían enfrentado cara a cara en las escaleras, en la casa que habían compartido, casi había dejado que la besara.

Si Molly no hubiera interrumpido, Sakura habría dejado que la abrazara y presionara su cara manchada de pintura contra la suya, que la tocará tanto como quisiera.

Pero Sasuke le había permitido irse, fue su elección.

—Por favor, ¿podemos parar ahora, Sasuke? Realmente tengo mucho calor

—Estás ruborizada. Sólo hay un remedio para eso.

—¿Un asiento y una bebida fría?

—No—. Una sonrisa se dibujó en su rostro, la misma sonrisa malvada que había conquistado a la Sakura debutante seis años antes.

La sacó del baile, colocó su brazo en el suyo y la arrastró velozmente por la sala de baile, hacia las puertas francesas.

—Un paseo por la terraza.

—Sasuke….

Sasuke ignoró su protesta y salió a la fría y poco iluminada terraza.

Se detuvo al final de la misma, en las sombras, más allá de las ventanas iluminadas. —Ahora sí—, dijo.

Sakura se encontró contra la pared, con las fuertes manos de Sasuke a ambos lados de su cuerpo.

El aliento de Sakura era dulce, su cuerpo era cálido en contraste con el aire frío.

Sus pechos sobresalían por el escote y los diamantes brillaban en su piel.

Habían estado así de pie en la terraza de su padre la noche en que se conocieron, Sakura contra la pared, las manos de Sasuke apoyadas en los ladrillos a los lados.

Sakura tenía dieciocho años entonces, su vestido era de un blanco virginal, su único adorno un collar de perlas.

Una doncella pura, intocable, con un pelo glorioso, una fruta madura lista para caer del árbol.

La tentación de tocarla había sido irresistible.

La apuesta que Sasuke había acordado aquella noche, era colarse sin invitación en la casa del excesivamente pedante conde Haruno, bailar con la debutante, formal y correcta, en cuyo honor se daba el baile y darle un beso.

Sasuke había esperado encontrar una joven tímida con una boca remilgada y modales irritantes.

En su lugar, había encontrado a Sakura.

Había sido como descubrir una mariposa entre las polillas.

En el instante en que Sasuke vió a Sakura, quiso conocerla, hablar con ella, saber todo sobre ella.

Recordó cómo ella lo había observado adentrarse en el atestado salón de baile acercándose hacia ella, con la barbilla levantada, sus ojos verdes desafiándolo a que se atreviera.

Sus amigas habían susurrado a sus espaldas, advirtiéndola sin duda, de quién era, esperando que rechazara al escandaloso Lord ―Sasuke" Uchiha.

Sakura, como Sasuke acabó por saber, era bastante buena en el rechazo.

Se había detenido ante ella, y sin decir una palabra, Sakura le había dejado sin respiración.

Su pelo derramado sobre su hombro en un río de color rosa, sus ojos brillando con fría inteligencia, y la deseó, para bailar con ella, pintarla, hacer el amor con ella.

Ven, cariño.

Peca conmigo.

Sasuke había agarrado al conocido más cercano para obligarle a que se la presentara, sabiendo que una joven bien educada como ella se negaría a hablar con él, hasta que no hubieran sido formalmente presentados.

Cuando Sasuke le tendió la mano y le hizo la pregunta convencional, — Milady, ¿quiere bailar este vals conmigo?— Ella le lanzó una mirada fresca y levantó el brazo para mostrarle su carnet de baile que colgaba de su muñeca.

—Qué lástima—, dijo. —Mi carnet está lleno—. Por supuesto que sí.

Ella era una debutante bien protegida, la hija mayor del conde de Haruno, un buen partido.

Uno de los caballeros elegidos a dedo por su padre, se abría paso presuroso hacia ella, para reclamar su vals.

Sasuke había cogido la tarjeta en la mano, sacó un lápiz del bolsillo y tachó con una línea diagonal todos los nombres.

Encima de esa línea escribió descuidadamente su nombre Sasuke Uchiha.

Dejó caer el carnet y le tendió la mano. —Venga a bailar conmigo, Lady Sakura—, había dicho.¿A que no se atreve. . .?

Había esperado que ella le rechazara con gran dignidad, que alzara su mentón y ordenara a los lacayos de su padre, que le echaran por canalla a la calle.

En su lugar, ella puso su mano en la de él.

Se habían fugado esa misma noche.

Esta noche, en la penumbra de la terraza Lord de Abercrombie, el pelo de Sakura destacaba como el fuego, pero sus ojos estaban ensombrecidos.

No gritó, ni huyó de él la noche en que se conocieron, y no gritó ni huyó ahora.

En la terraza de la casa de su padre, le había mirado con valentía, a los ojos, sin miedo.

Sasuke había tocado sus labios con los suyos, sólo un toque, no un beso.

Cuando se echó hacia atrás, Sakura le había mirado en estado de shock.

Sasuke estaba igualmente impresionado.

Tenía la intención de reírse de su inocencia y alejarse.

Debutante besada, apuesta ganada.

Pero después del primer contacto de los labios, no hubiera podido alejarse ni aunque le arrastraran atado a uno de los más veloces caballos de carreras de Naruto.

Con el siguiente toque de su boca, Sakura había separado los labios, tratando de devolverle el beso.

Sasuke se rió en voz baja en señal de triunfo, le dijo que era imposible ser más dulce, y reclamó su boca.

Él la había querido en su cama esa misma noche, la necesitaba, la anhelaba.

Pero la arruinaría por completo si no se casaba con ella, y Sasuke no quería dañar ni un pelo de la cabeza de esta dama.

Ergo, se había casado con ella.

Esa noche, después del beso, Sakura había abierto los labios y susurrado su nombre.

Esta noche, esos mismos labios rojos se separaron, y dijo: —¿Has investigado sobre la falsificación de la que te hablé ayer por la mañana?

El presente volvió a Sasuke como una fría bofetada.

—Ya te lo dije, Sakura, me importa un bledo si algún tonto quiere copiar mis pinturas y firmar con mi nombre en ellas.

—¿Y que las vendan?

—Que le aproveche el dinero, Que gane mucho y lo disfrute.

Sakura le miró con seriedad, con los ojos muy abiertos.

—No sólo es el dinero. Él o ella roba una parte de ti.

—¿Sí?— Sasuke no podía imaginar qué parte.

Sakura se había llevado la mayor parte de él cuando se había ido, dejando un agujero en el pecho de Sasuke.

—Sí. La pintura es tu vida.

No, la pintura había sido su vida.

El intento de pintar a Molly ayer había sido un completo desastre.

Los cuadros que había iniciado en París ese verano habían sido igualmente desastrosos y habían ido a parar a la basura.

Sasuke había aceptado, que esa parte de su vida había terminado.

—Sabes que me dediqué a la pintura sólo para molestar a mi padre—, dijo, con tono ligero.

—Eso fue hace mucho tiempo, y el viejo hijo de puta ya no puede influir sobre mis aficiones.

—Pero te enamoraste del arte. Me lo decías siempre. Has pintado algunas obras maravillosas, lo sabes. Puede que ahora seas desdeñoso con ellas, pero tus obras son sorprendentes.

Sorprendentes, sí. Por eso dolía tanto.

—He perdido el gusto por ello.

—Te vi pintando con gran energía cuando irrumpí ayer por la mañana.

—Un cuadro que, como tú señalaste con razón, era malditamente horrible. Le pagué a Molly por una sesión completa y le dije a Bellamy que lo destruyera.

—¡Dios mío, no era tan malo! Un poco extraño para tu estilo, lo reconozco.

Se encogió de hombros.

—Yo lo pinté para ganar una apuesta. Antes de volver de París, unos pocos compañeros me retaron a pintar algunos cuadros eróticos, apostando a que no lo haría. Dijeron que me había convertido en demasiado mojigato para pintar algo transgresor.

Sakura se echó a reír en voz alta, su aliento era cálido en el aire fresco.

Le recordó cómo se reía sobre su piel mientras estaban juntos en las frías noches de invierno.

—¿Tú?— Dijo Sakura. —¿Mojigato?

—Acepté la apuesta para salvar mi honor, pero sé que voy a perder—. Eso le molestaba pero no por orgullo.

Sasuke se había dado cuenta ayer de que no sería capaz de pintar por mucho que lo intentara.

—¿Qué pasa si pierdes?— Preguntó Sakura.

—No recuerdo los detalles. Creo que voy a tener que cantar canciones con la banda del Ejército de Salvación o algo igual de ridículo.

Sakura volvió a reír, un sonido sedoso. —Pobre.

—Las apuestas son las apuestas, querida. Es una cuestión de honor.

—Supongo que esto es un ritual masculino que nunca entenderé.

Aunque en la Selecta Academia de la señorita Pringle, a veces apostábamos a escondidas.

Sasuke apoyó su brazo en la pared, acercándose más.

—Estoy seguro de que la señorita Pringle convulsionaría.

—No, te sorprendería, sólo nos castigaba. Siempre parecía saber lo que estábamos haciendo.

—Era muy perspicaz, la señorita Pringle.

—Es muy inteligente. No te burles de ella.

—Nunca. Me gusta bastante. Si tú eres producto de esa academia, todas las jóvenes deberían asistir.

—Imposible. No tiene espacio suficiente— dijo Sakura. —Por eso se llama ―Selecta Academia de la señorita Pringle.

Así eran las cosas antes con Sakura, los dos charlando de cosas sin mucho sentido mientras que la seda de su pelo se escapaba entre sus dedos.

En la cama, hablando, riendo, discutiendo acerca de nada y de todo a la vez.

Maldición, quiero que vuelva.

La había echado de menos con todo su cuerpo desde el momento en que Sai le había entregado la nota.

¿Qué es esto?_ Había dicho Sasuke despreocupado, en el seno de una monumental resaca, después de una

noche de borrachera la noche anterior _¿Se dedica ahora Sakura a pasarme cartas de amor?_

La mirada oscura de Sai se había deslizado hacia el hombro derecho de Sasuke, a Sai le resultaba incómodo mirar a los ojos de nadie.

Sakura se ha ido. La carta explica por qué_.

¿Se ha ido? ¿Qué quieres decir, con se ha ido?_ Sasuke había roto el

sello y leyó las palabras fatídicas:

―Querido Sasuke.

Te amo.

Siempre te amaré.

Pero ya no puedo seguir viviendo contigo…"

Sai le miró, mientras que Sasuke arrojaba todo el contenido de su mesa de pintura al suelo con rabia.

Una vez que se calmó, Sasuke miró con tristeza la carta de nuevo, y Sai, un hombre al que no le gustaba ser tocado, había puesto su mano sobre el hombro de su hermano.

Ella tenía razón al marcharse_. El llanto llegó mucho más tarde, cuando Sasuke se había ahogado en el estupor, la carta cayó sobre la mesa junto a él.

Sakura se estremeció de pronto, rompiendo sus pensamientos

—Tienes frío—, dijo Sasuke.

La temperatura había bajado, y el escotado vestido de Sakura no era abrigo para una tarde de otoño.

Sasuke se quitó la chaqueta y la colocó sobre sus hombros.

La mantuvo agarrando las solapas, acercándola hacia él.

Estaban relativamente solos, nadie los veía, era su esposa, y él necesitaba tanto tocarla.

Bailar con ella había sido un error.

Se había dado el gusto con ella, pero anhelaba mucho, mucho más.

Quería desenredar sus rizos, que su pelo cayera sobre su cuerpo desnudo.

Quería que ella lo mirara con ojos lánguidos y que le sonriera, quería que le acariciara mientras él la complacía.

Sasuke la había pintado la mañana después de su boda precipitada, Sakura sentada en el borde de la cama, desnuda, las sábanas enredadas a su alrededor de ella.

Ella estaba retorciendo su llameante pelo para hacerse un moño, sus firmes pechos se elevaban con el movimiento.

Cuando se fue se llevó la pintura, y Sasuke nunca había pedido que se la devolviera.

Le hubiera gustado tenerla, porque por lo menos podría mirarla, y recordar.

—Sakura—. La palabra fue pronunciada a media voz, casi era un gemido. —Te he echado mucho de menos…

—Yo también te he echado de menos —. Le tocó la cara, con su mano fresca y suave. —Yo te echo mucho de menos, Sasuke.

Entonces, ¿por qué me dejaste? Se tragó las palabras que casi salieron por su boca.

Los reproches sólo conseguirían enfadarla, y ya había demasiada ira.

Nunca intentaste recuperarla, le había dicho Sai no hacía mucho tiempo. _Nunca pensé que fueras tan malditamente estúpido_.

Pero Sasuke sabía que tenía que ir poco a poco.

Si presionaba a Sakura demasiado, se deslizaría fuera de su alcance, como un rayo de sol al que tratara de agarrar con sus manos.

—En realidad, si me concedes unos preciosos momentos—, dijo Sasuke, aclarándose la garganta, —Te he traído aquí por una razón.

Ella sonrió.

—¿Que me refresque después de nuestro vigoroso baile?

—No—. ¡Maldita sea, no me lo pongas más difícil! —Para pedir tu ayuda.

Esta historia no me pertenece es una adaptación al Sasusaku

La autora del libro es Jennifer Ashley

Los personajes pertenecen a Masashi Kishimoto