El altivo lord de Mount Street, flamante recién casado, no ha interrumpido — según nos han asegurado- su pasatiempo de pintar a la manera de los parisinos; de hecho ha continuado haciéndolo con renovado vigor desde que contrajo matrimonio.
Mayo, 1875
Sakura parpadeó con auténtica sorpresa.
—¿Mi ayuda? ¿Qué diablos puedo hacer por un encumbrado lord como tú?
—Nada demasiado difícil—, dijo Sasuke. –-Simplemente necesito tu consejo.
Una débil sonrisa apareció en su boca, y su sangre comenzó a arder.
—¡Dios mío! ¿Sasuke Uchiha busca mi consejo?
—No es para mí, es para un amigo—. De repente le pareció una idea estúpida, pero Sasuke no había sido capaz de pensar en nada mejor. — Conozco a un caballero que quiere cortejar a una dama—, dijo apurado.
—He venido a preguntarte cómo hacerlo.
Las cejas de Sakura se elevaron y sus ojos resaltaban en la oscuridad.
—¿De verdad? ¿Por qué necesitas mi consejo al respecto?
—Porque yo no sé mucho sobre el cortejo, ¿recuerdas? Nuestro noviazgo duró alrededor de una hora y media. Además, este es un asunto delicado. La dama en cuestión le detesta. Una vez, hace años, este hombre le hizo daño. La hirió profundamente—. Sasuke se alejó un poco, con todos los músculos doloridos. —¿Ella necesita halagos, hacerse de rogar. Una gran cantidad de halagos?
—Pero a las damas no les gusta hacerse de rogar—, dijo Sakura, con una media sonrisa asomando. —A ellas les gusta ser admiradas y respetadas.
Infiernos, no. Ellas querían ser adoradas, querían a los hombres jadeantes a la espera del mínimo gesto de su dedo. La vida casi por una sonrisa. —Muy bien—, dijo Sasuke con voz tensa. —¿Cuál es tu opinión acerca de los regalos?
—A las damas no le gustan los regalos, sólo las muestras de cariño. Y sólo los regalos apropiados, nada tremendamente extravagante.
—Pero mi amigo es rico. Le gusta ser extravagante.
—Eso no significa que necesariamente vaya a impresionar a una dama.
Al infierno, otra vez. Las mujeres adoraban los collares de diamantes, los brillantes zafiros azules, las esmeraldas tan verdes como sus ojos.
Sasuke había comprado una vez a Sakura un collar de esmeraldas, que ella se puso sobre sus hermosos pechos, totalmente desnuda para él.
Todavía recordaba el sabor de las esmeraldas contra su piel.
—Entonces yo le enseñaré la diferencia entre apropiado y extravagante—, dijo Sasuke, con la voz gruesa. —¿Algo más?
—Sí. Tiempo. La mujer necesita tiempo para pensar y no precipitarse. Para decidir si el caballero resultará apropiado para ella o no.
Tiempo. Ya había gastado mucho de ese maldito tiempo.
Desperdiciado semanas, meses y años, que Sasuke pudo haber pasado sobre ella en la cama, saboreando su olor, sintiendo su calor apretada contra toda la longitud de su cuerpo.
—¿Te refieres a tiempo para que el caballero demuestre su devoción?— Sasuke no pudo evitar la nota de impaciencia en su voz. —¿O tiempo para que la dama le vuelva loco?
—Tiempo para que la mujer decida si su devoción es cierta o sólo imaginaria.
—La mujer decide entonces, ¿no?
—Sí, lo hace. Siempre.
Sasuke gruñó. —Maldita la suerte del tipo si ella sabe mejor que él lo que
siente.
—Así son las cosas en el cortejo—, dijo Sakura con frialdad. —Tu pediste el consejo.
—¿Qué pasa si el tipo está malditamente enamorado y él lo sabe?
—En ese caso, nunca hubiera hecho daño a la mujer en el pasado.
El brote repentino de dolor en sus ojos lo cortó, y Sasuke tuvo que apartar la mirada.
Sí, la había herido.
Sasuke la había lastimado y vuelto a hacerlo.
Ella había devuelto el golpe a su vez; los dos se habían atacado y retirado, tratando desesperadamente de mantener su equilibrio.
¡Qué manera estúpida de acabar con un matrimonio!.
Tomó una respiración irregular.
—Lo que propongo es que me enseñes lo que mi amigo debe hacer. Dame las lecciones de cortejo. Después yo enseñaré lo que he aprendido a mi amigo—. Sasuke esperó mientras ella fruncía los labios.
Siempre lo hacía mientras pensaba, y él siempre se inclinaba más y más cerca, hasta que le rozaba la boca en ese pliegue suave.
Entonces, ella se reía y decía algo así como: _Querido Sasuke, eres tan tonto._
—Supongo que podría hacerlo—, dijo Sakura ahora con su boca suave, de color rojo. —Aunque esto no es lo que se entiende por el cortejo, ya sabes.
Sasuke se apartó el pelo. —¿No lo es?
— Ella se humedeció los labios, haciéndole gemir de nostalgia.
—Has empezado mal, me temo. No se le pide a una dama un baile arrancándola de la pareja con la que acaba de aceptar bailar, y cuando está cansada se la escolta hasta una silla y se va a buscarla un helado. No se la lleva a las sombras de la terraza.
—¿Por qué no?
—Porque eso es seducción, no cortejo. Podrías arruinar la reputación de la dama.—¡Ah! Sasuke devolvió la mano a la pared junto a ella, dándose cuenta de que estaba temblando.
—Entonces piensas que he suspendido esta lección.
—Casi—. Ella sonrió, y su corazón dio un vuelco. —Eres muy halagador, lo cual es siempre un punto a favor de un caballero.
—Puedo ser más halagador que eso. Te puedo decir que tu pelo es un cometa de fuego, tus labios más dulces que los mejores vinos, que tu voz fluye dentro de mí y despierta todos mis sentidos—. Tragó saliva.
—Una mujer podría quedar sorprendida por este tipo de comparaciones.
—Recuerdo una dama a la que no le importaba que le hablara de que sus senos eran como almohadas y de la gloria que había entre sus piernas.
—Entonces podría no ser una verdadera dama—, dijo Sakura en voz baja.
Sasuke se inclinó hacia ella.
—¿A esa joven le sorprendería saber que está en peligro de ser poseída aquí mismo, sin importar quien pueda pasear por el otro extremo de la terraza?
Sus pestañas aletearon. —No lo creo posible con este vestido.
—No te burles, Sakura. Lo digo completamente en serio.
—Nunca he sido capaz de resistirme a burlarme de ti—. Dijo con una tímida sonrisa que le hirió hasta el alma. —Pero he estado pensando mucho en esto, Sasuke. Los dos nos hemos encerrado en nosotros mismos y apenas somos capaces de hablarnos el uno al otro, lo que ha provocado una gran tensión. Tal vez si nos acostumbramos a vernos, y dejamos de evitar eventos donde ambos podemos asistir, como esta noche, tal vez estaríamos más cómodos juntos.
La pompa de esperanza de Sasuke se disipó.
—¿Cómodos? ¿Qué diablos significa eso? ¿Como si estuviéramos en nuestra senectud, asintiendo con la cabeza el uno al otro en nuestras sillas de ruedas?
—No, no. Quiero decir que al acostumbrarte a la compañía del otro, tal vez tu deseo se reduciría. Seríamos más educados el uno con el otro. Cuando estamos nerviosos, esto resulta imposible.
Sasuke quería echarse a reír, y luego otra vez, se sintió rabiar.
—Maldita sea, Sakura, ¿crees que la tensión entre nosotros se debe sólo al deseo que siento por ti? ¡Oh, mi querida niña!
—Por supuesto que no creo que sea tan simple. Pero tal vez, si estamos de acuerdo en llegar aun pacto para facilitar las cosas, podríamos llegar a vernos sin comenzar a arder.
—Lo dudo mucho—. Sasuke se inclinó con una sonrisa caliente. —He estado hirviendo a fuego lento desde la noche que nos conocimos. Nunca he dejado de hacerlo, y nunca lo haré, no importa cuántas veces tenga el placer de llevarte a la cama.
Los labios de Sakura se separaron por la sorpresa.
¿Cómo podía haber pensado que la solución a su infelicidad era tan simple?
¿Que si se aburría de su compañía, Sasuke dejaría de quererla y desearla?
Algunos hombres absolutamente tontos, lo hacían, perdían el interés en una mujer una vez que se habían acostado con ella, pero Sasuke no podía imaginarse nunca, nunca, perdiendo el interés por Sakura.
Dejó aparecer su sonrisa depredadora.
—Mi querida Sakura, voy a aceptar tu sugerencia y te mostraré lo que sucede cuando juegas con fuego. Me aseguraré de que nos veamos muy, muy a menudo. Entonces te convencerás de que nunca se agotará el deseo entre nosotros. ¿Sabes, cariño? Cuando, por fin te lleve a casa de vuelta, será para siempre. Sin remordimientos, sin juegos, sin sentirnos "cómodos". Vamos a ser marido y mujer, en todos los sentidos, y será inapelable.
Sakura le dirigió una mirada altiva.
Esa era su Sakura. Un cohete, sin lloros ni ruegos.
—Ya veo. Así que jugaremos según tus reglas.—Le tocó los labios con la yema del dedo.
—Exactamente, mi dulce. Y cuando gane, Sakura, será para siempre. Te lo prometo.
Sakura abrió la boca para replicar, pero Sasuke la hizo callar con un beso caliente y rápido. Su sabor le hizo flaquear pero rápidamente la soltó.
Pasó el dedo por su cuello hasta el escote. —Buenas noches, mi amor—, dijo. —Quédate la chaqueta.
Alejarse de ella, tan deliciosa con ese escotado vestido, con su propia chaqueta sobre los hombros, fue una de las cosas más difíciles que Sasuke había hecho nunca.
A cada paso, esperaba que le llamara, que le rogara que volviera o que, incluso, le maldijera.
Sakura no dijo una palabra.
La necesidad la embargaba mientras seguía caminando a lo largo de la terraza hacia la congestionada casa.
La excitación de Sasuke no había desaparecido cuando llegó a su casa y subió los cuatro tramos hasta su estudio.
Se puso de pie en el centro de la habitación, mirando el arruinado cuadro que seguía en el caballete, la mesa llena de frascos y paletas, los pinceles meticulosamente lavados y clasificados.
Incluso cuando Sasuke perdía los estribos y tiraba todo.
Él siempre se ocupaba de sus pinceles. Eran una extensión de los dedos del pintor, el viejo artista loco que le había enseñado, se lo había dicho.
Tenían que ser tratados con cuidado.
La dificultosa respiración de Bellamy sonó detrás de Sasuke mientras el ayuda de cámara subía por las escaleras del ático.
Sasuke ausente se quitó la corbata y el chaleco y se los entregó a un desaprobador Bellamy cuando el hombre entró en la habitación.
Sasuke había llevado a cabo sesiones de pintura salvaje en traje de noche antes, y Bellamy había dicho rotundamente en su acento del East End que no se ocuparía de las ropas de Su Señoría, si Su Seóría insistía en pintar al óleo con su traje de fiesta.
A Sasuke no le importaba mucho, pero a Bellamy sí, por lo que Sasuke apiló en los brazos del hombre sus ropas y le dijo que se fuera.
Una vez que Bellamy cerró la puerta, Sasuke se puso su viejo kilt y las manchadas botas que usaba para pintar.
Arrancó el lienzo arruinado lanzándolo al suelo y apoyó uno en blanco en su lugar.
Con su lápiz de carbóncillo en la palma de su mano, y con la facilidad de una larga práctica, Sasuke comenzó a dibujar.
Con sólo unas pocas líneas dibujó lo que quería los ojos de una mujer, con otras pocas líneas completó su rostro, y su brillante pelo que se derramaba sobre su hombro.
La belleza y la simplicidad del dibujo capturaron su corazón cuando terminó.
Cogió su paleta, la llenó de colores, y comenzó a pintar.
Tonos apagados, muchos tonos de blanco, para las sombras mezcló desde el verde y ocre hasta el rojo más oscuro.
Sus ojos verdes atenuados con negro, brillaban tan reales que le enloquecían.
El sol se filtró a través de los tragaluces antes de que Sasuke terminara.
Al final, dejó caer su paleta en la mesa, sumergió sus pinceles en la
solución de limpieza, y contempló la pintura.
Algo en él se regocijó.
Después de tanto tiempo, mucho tiempo, el brillo creativo de Sasuke había vuelto, se abría paso una vez más.
Una mujer aparecía en la tela: la barbilla un poco en punta, los labios entreabiertos en una media sonrisa. El pelo rosa caía por sus hombros y sus ojos le miraban con una mirada altiva y seductora. Capullos de rosas amarillas, del amarillo vibrante creado por Sasuke, colgaban de sus rizos como si hubiera bailado toda la noche y regresara a casa cansada.
No había pintado el vestido que había llevado esa noche, sólo lo sugirió, con toques de azul que se confundían con el fondo.
Era la cosa más hermosa que había pintado en años.
La imagen fluía fuera de la tela, los colores y las líneas resaltaban con gracia y fluidez.
Sasuke dejó que sus fuertes dedos, manchados de pintura, flotaran por encima de la mujer durante unos segundos.
Entonces dió resueltamente la espalda a la imagen y salió de la habitación.
Sakura se enfundó los dedos dentro de los guantes, a la mañana siguiente, con sacudidas rápidas y comprobó el ángulo de su sombrero en el espejo del vestíbulo.
El corazón le latía con fuerza, pero estaba decidida. Si Sasuke no iba a hacer nada al respecto de los cuadros falsos, Sakura lo haría.
Asintió con la cabeza a su mayordomo que abrió la puerta para ella.
—Gracias, Morton. Por favor, ocúpese de que se limpie la chaqueta de milord y de que le sea devuelta esta misma tarde.
Sakura tomó la mano de su lacayo y se acomodó en su landó.
No fue hasta que el vehículo se sumó al tráfico de la mañana que se dejó caer en los cojines y suspiró.
Había dormido muy poco después de regresar del baile de Lord Abercrombie la noche anterior.
Cuando Sasuke se había alejado de ella por la terraza, el dolor de su partida le había herido el corazón.
Había querido correr tras él, para hacerle volver a ella, rogarle con todo lo que tenía que se quedase.
Así puestas las cosas, había tenido que conformarse con su chaqueta. La había colocado a su lado cuando se fue a la cama, donde pudiera tocarla y oler su aroma.
Había permanecido despierta e inquieta, le deseaba, hasta que finalmente se durmió soñando con su sonrisa y con ese beso pecaminosamente caliente.
Por la mañana, lanzó la chaqueta descuidadamente a Evans, dando instrucciones para que Morton se ocupara de ella.
Ordenó a su cochero que la llevara al Strand, donde los señores Crane y Longman, tratantes de obras de arte, tenían una tienda. Ya no había un señor Longman, había muerto dejando al señor Crane todo el negocio, pero el señor Crane, nunca había eliminado el nombre de Longman del cartel.
El señor Crane, un hombre menudo con las palmas suaves y uñas bien cuidadas, estrechó la mano de Sakura, cuando ella entró, y luego comenzó a elogiar a Sasuke Uchiha.
—Señor Crane, Sasuke es, precisamente, la causa de mi visita—, dijo Sakura, cuando logró liberar su mano. —Por favor cuénteme acerca de la pintura que le vendió a lady Leigh-Waters.
Crane retorció sus manos e inclinó la cabeza, lo que le hacía parecer como un pájaro pequeño, regordete.
—Ah, sí, Roma desde el Capitolio. Un excelente trabajo. Una de sus mejores obras.
—Usted sabe que Sasuke no tiene que vender sus cuadros. Él los regala a quien quiere. ¿No le pareció extraño cuando puso éste a la venta?
—De hecho, me sorprendió bastante cuando Su Señoría nos dio instrucciones para venderlo—, dijo Crane.
—¿Le dijeron que fue por orden de Sasuke? ¿Quién le dijo eso?
El señor Crane parpadeó. —¿Perdón?
—¿Quién trajo la pintura y le dijo que Su Señoría quería que se vendiera?
—¿Por qué?, Fue el propio milord.
Ahora fue Sakura la que parpadeó.
—¿Está usted seguro? Sasuke trajo la pintura aquí y se la entregó él mismo?
—Bueno, de hecho no a mí. Yo estaba fuera. Mi asistente la recibió y la catalogó. Dijo que a Su Señoría no le importaba el precio de venta.
La cabeza de Sakura se volvió loca. Había supuesto que su misión sería simple. Indicaría al Sr. Crane que él había vendido una falsificación y le preguntaría por lo que iba a hacer al respecto.
Ahora, no sabía qué pensar. ¿Lo habría pintado Sasuke realmente?
¿Lo había vendido él mismo?
¿Y por qué?
—¿Su asistente conoce a Sasuke a simple vista?— Preguntó. —No habrá asumido que el caballero era Sasuke sin preguntarle?
—Milady, yo estaba tan sorprendido como usted, pero mi asistente describió precisamente a milord. Incluso esa manera descuidada que tiene de hablar, como si nada acerca de su arte pareciera importarle mucho. Lo que resulta encantador, cuando él tiene tanto talento. Eso sí, milord no ha pintado mucho últimamente, así que estaba feliz de disponer de un cuadro suyo.
Sakura no tenía ni idea de qué decir a continuación.
Se había imaginado a sí misma interrogando al señor Crane, averiguando quien había llevado la pintura, regañándole por haber dejado pasar una falsificación.
Ahora no sabía cómo continuar.
Había estado tan segura de que Sasuke no había pintado el cuadro, que ahora que lo pensaba, Sasuke no había ni confirmado ni negado su autoría cuando ella le había preguntado.
—¡Ah, milord!— dijo Crane con una brillante sonrisa. —¡Qué oportuno! Estábamos hablando de usted y de esa pintura encantadora que hizo de Roma. Bienvenido a mi humilde tienda.
Sakura se volvió.
Sasuke estaba en la puerta, tapando la débil luz del sol que se colaba por la puerta.
Cruzó el umbral, se quitó el sombrero, sonrió a Sakura debilitando su aplomo, y dijo: —Ahora bien, Crane. ¿Qué ha estado haciendo?, ¿Vendiendo falsificaciones de mis cuadros?
Esta historia no me pertenece es una adaptación al Sasusaku
La autora del libro es Jennifer Ashley
Los personajes pertenecen a Masashi Kishimoto
