Perdón por la tardanza, pero Semana Santa hizo estragos en mi tiempo y he de presentar un proyecto para la uni que me tiene frita.

Gracias por ser pacientes y esperar hasta ahora, espero que el capítulo lo compense, me he esforzado al máximo. Quizás es un poco pesado pero era necesario. Draco necesita esto. Como recompensa os confieso que en el próximo habrá lime, caliente y maravilloso lime. Y el lemon caerá después.

Harry Potter es de Jota ká y de quién tenga sus derechos, yo no los tengo. Y la canción de The Kill es de 30 Seconds To Mars y tampoco me pertenece. Pero la historia es mía y si me plagias Pettigriew se te aparecerá por la noche vestido con un vestido rosa y te dirá marranadas. He dicho.


Capítulo II: Infección.

What if I wanted to break?

Laugh it all in your face?

What would you do?

The kill (bury me)- 30 Seconds To Mars

Draco se acordaba perfectamente de la primera vez que comió con sus padres. Él tenía cinco años, las piernas le colgaban del borde de la silla y apenas llegaba su plato. Tenía que esforzarse por comer sin que se le cayera nada y aguantando la postura que su niñera le había enseñado.

Estaba nervioso, muy nervioso. Su cuerpo temblaba incontrolablemente y un nudo en la garganta no lo dejaba tragar. Le parecía que todo sonaba más fuerte, que todo era más brillante y le costaba respirar.

Su padre estaba sentado en la cabecera concentrado en su plato, pero él sabía que Lucius lo observaba, siempre lo hacía. Clavó sus ojos grises en su madre y la vio tan pálida, hermosa y rota como siempre. Ella ni lo miraba.

— Estoy harto de escuchar esa cuchara golpear una y otra vez contra el plato —Draco se congeló en el sitio. No, no, no, no, no, no. Por favor, que su padre no estuviera enfadado—. Sorbiendo la sopa como si fueras un vulgar niño.

— Lo siento… —Murmuró temblando de miedo en su sitio—. No lo volveré a hacer...

— ¿¡Se te ha dicho que hables!? —La mesa tembló debajo del golpe que dio la cabeza de los Malfoy y un chasquido de lengua de disgusto salió de la garganta de su madre.

Negó rápidamente con la cabeza mientras sentía como sus ojos se empezaban a llenar de lágrimas. Por Dios que no le pegara otra vez, no, que no lo hiciera…

— ¡Un Malfoy no llora! —su padre se levantó rápido de la mesa y en rápidas zancadas se dirigió hacia él—. ¿¡Qué te he dicho de llorar!? ¡Los Malfoy no lloran! —Las lágrimas resbalaban incontrolables por sus mejillas mientras su padre lo cogía del cuello de la camisa—. ¡A ver si así aprendes la lección!

— ¡Madre! —Chilló desesperado por ayuda.

Narcissa ni lo miró, continuó comiendo como si nada de eso estuviera pasando.

— Cerrad la puerta —ordenó con voz calmada—. Es tan desagradable comer escuchando chillidos y lamentos…

Él continuó llamándola a pesar de que las puertas se cerraron y acabaron por desaparecer de su vista. Estaba aterrado, no quería que su padre le enseñara nada, él se comportaría, juraba que lo haría, su padre no tenía que hacer nada.

— Eres un débil —le escupió el hombre en la cara—. A ver si así aprendes de una vez.

Sintió como su pequeño cuerpo caía en la piscina y el agua se le metía en los pulmones. Levantó los brazos intentando agarrarse a algo y poder respirar. Cuando subió a la superficie sintió como una mano lo agarraba del pelo y volvía a sumergirlo con rabia dentro de la piscina.

Lucius repitió esa acción una y otra vez durante cinco minutos. Su risa resonaba en los pequeños oídos de Draco y los sirvientes le dieron la espalda a la escena. Las cuerdas vocales le dolían, sentía su cuerpo pesado, quería que todo eso acabara.

Tosió incontrolablemente cuando su cuerpo golpeó con dureza el suelo de hormigón. Vomitó e inspiró profundas bocanadas de aire.

— Que criatura más lamentable eres...

Su padre se giró y lo dejó ahí solo, tosiendo, respirando y llorando. Draco nunca olvidó esa lección, ni ninguna de las que le siguieron. No fue hasta los diez años que le permitieron volver a sentarse con sus padres, esa noche, no le dio a Lucius ningún motivo para castigarlo. Draco se equivocó, siempre había un motivo para castigarlo.

Los Granger vivían en una pequeña urbanización a las afueras de Londres. Su casa era la típica casa inglesa y era exactamente igual a las otras edificadas a lo largo del vecindario. Constaba de un pequeño jardín en la parte delantera y un camino de piedras que te llevaba de la calle a la puerta blanca. La casa tenía dos pisos, las ventanas estaban pintadas de blanco y podías apreciar el ladrillo que le daba un cálido color marrón a la estructura.

La entrada era pequeña pero cálida. A Draco le supo mal enfriarla con sus fantasmas. Había un pequeño mueble zapatero y un espejo redondo colgado de la pared y una pequeña planta crecía verde dando vitalidad.

El suelo era de madera y delante de él se extendía un pasillo que daba al comedor y a la cocina, ambas estaban situadas en lados opuestos orgullosas del espacio que ocupaban. Hermione se apresuró y subió corriendo las escaleras que estaban al final del pasillo y que debían llevar al segundo piso.

— ¿Qué te parece?

Se giró y vio a Beatrice mirándolo con expectación en los ojos. Tenía las mejillas levemente sonrojadas y le recordó a un niño orgulloso de poder abrocharse solo los botones de su camisa.

— Tienes un hogar —contestó con las comisuras de su boca levemente alzadas formando una débil sonrisa.

— Ahora también es tu hogar —le dijo abrazándolo—. Puedes quedarte todo el tiempo que necesites.

— ¿Sabe tu marido que quieres pegársela con un chico de diecisiete años? —Bromeó correspondiéndole el abrazo.

— Mi marido sabe que estoy irremediable y profundamente enamorada de él —Beatrice se apartó y rio—. Además, él sabe que sólo se la pegaría con Liam Nesson.

— ¿No es un poco mayor para ti? —Preguntó mientras la seguía a la cocina—. Ya no debe levantársela ni la viagra.

— Es un riesgo que estaría dispuesta a correr.

Su profesora encendió la radio y puso una conocida cadena de música. Bajó el volumen y se dedicó a sacar utensilios para cocinar. Él se sentó cómodamente en una silla y se dedicó a observarla.

— ¿No tienes deberes? —Hermione se sentó a su lado y empezó a sacar sus cuadernos y libros de la mochila—. Yo tengo deberes de lengua, de matemáticas, de historia y de arte. Y tengo que estudiar para dos exámenes.

— ¿Cuándo tienes los exámenes? —Cuestionó mientras le cogía la agenda a la pequeña y la ojeaba.

— Dentro de un mes.

No pudo evitar reírse y como recompensa se llevó una dura mirada de la niña.

— Relájate enana —habló cuando se calmó—. Un mes es mucho tiempo para estudiar.

— No, no lo es —Hermione habló con retintín y alzando la barbilla—. No si quieres sacar un diez.

— Si fueras tan lista cómo crees que eres sólo necesitarías estudiar una semana antes para poder sacar un excelente —le dijo él en un suave murmullo e inclinándose hacía ella.

Con ese comentario se ganó que ella le sacara la lengua y girara la cabeza indignada y se concentrara en hacer sus deberes. Él se rió y después de cinco minutos decidió imitarla, el curso escolar aún no había acabado y él quería entrar en la universidad.

Se pasaron una hora así, ellos haciendo deberes y Beatrice cocinando. No pronunciaron una palabra durante ese rato, trabajaron en silencio y con solo la música llenando el silencio. Draco se encontró confundido, nunca esperó que un silencio pudiera ser tan agradable y tranquilo. Tan lleno de paz…

El sonido de la puerta abriéndose los sacó de su silencio.

— ¡Papá! —Hermione saltó de su silla con sus rizos revoloteando detrás de ella y se dirigió corriendo a la entrada—. ¡Bienvenido a casa papi!

— Vaya Draco —dijo Beatrice divertida—. Por fin vas a conocer al señor Granger.

Draco tragó grueso, nunca había estado tan aterrado ni nervioso en su vida.

§¤§

Draco estaba confundido. No entendía qué era un padre. Su niñera le acababa de enseñar esa palabra. Papá.

— El señor Lucius es tu papá.

Draco no entendía. Vale, tenía dos años pero aun así seguía sin comprender lo que esa mujer trataba de enseñarle. ¡Él sólo quería jugar con sus juguetes! Y quizás morderlos un poco. Pero sobretodo quería jugar. El T-Rex quería la revancha contra el diplodocus.

—Un padre es alguien que siempre cuida y protege a sus hijos. Es un héroe para sus hijos varones y un príncipe para sus hijas. Un papá siempre ama a sus hijos. El señor Lucius lo ama, lo cuida y es su héroe. El señor Lucius es papá.

Papá.

—A ver señorito —le dijo la mujer—. Trate de decirlo: papá.

— Pa...Pá.

La mujer sonrió y asintió dándole su aprobación. Draco sonrió feliz, por fin iba a poder jugar. Con pasos tambaleantes se dirigió a su caja de juguetes, la abrió y empezó a sacar todo lo que necesitaba.

¡El Diplodocus atacaba montando en su todoterreno! ¿Podrá el T- Rex evitar ese impacto que podría dejarlo fuera de combate? ¡Sí! ¡Porque el T-Rex se monta en su helicóptero y se va volando para atacar desde los aires! ¿Qué hará el Diplodocus ante esta situación?

— ¿Por qué hay tanto escándalo?

La voz de Lucius sonó cansada y malhumorada desde la puerta. Él era un niño, y como niño no supo identificar esas emociones. El vio a su padre, a su papá.

Con una sonrisa boba, pasos inseguros y los brazos estirados se dirigió hacía su héroe. Él lo amaba, no lo veía mucho, Lucius era casi un desconocido para él, pero era su papá. Y los padres aman a sus hijos.

— Pa..Pá —Draco se agarró a los pantalones de su padre y alzó la cabeza.

— Quitadme esto de mi vista —dijo Lucius sacudiendo su pierna y haciendo que el bebé cayera al suelo—. Qué molesto.

Draco lloró, lloró mucho. No entendía por qué su padre, alguien que lo amaba, le había hecho eso. Algo se resquebrajó muy dentro de él, algo que él aún no entendía, pero un día comprendería que Lucius no era un buen padre.

Swan Granger era un hombre delgado y pálido. Tampoco hablaba mucho, sus ojos marrones estaban escondidos detrás de unas gafas y su rizado pelo parecía querer huir de su cabeza. Giró la cabeza disimuladamente y estudió a Beatrice. Ella era hermosa, siempre sonriendo, piel blanca y brillante, expresivos ojos verdes, pelo ondulado y castaño tirando a rojizo. Cada poro de su piel emanaba elegancia. Y estaba casada con eso. Draco no entendía nada.

— ¿Qué tal te ha ido el día Swan?

Tuvo que hacer un esfuerzo para no burlarse de ese nombre. ¿Pero qué clase de padres despiadados y sin corazón le ponían Swan, cisne, a su hijo? Unos muy malos, desde luego.

— Bien. ¿Y a vosotras?

— Oh, pues mira…

Draco abrió los ojos sorprendido. Su profesora sí que dominaba el arte del parloteo ¿Pero qué carajo le importaba al señor Granger que las flores de la entrada del colegio no combinaban con la sobriedad de la estructura? Pero eso no era algo que a él le importara así que siguió comiendo.

— Ya… —comentó el señor mientras bebía algo de su agua—. Así que Malfoy… Dime… ¿No tienes ningún lugar en el que quedarte?

Levantó la vista sorprendido y enfocó su atención en su interlocutor.

— No, por el momento.

El señor Granger asintió y siguió comiendo de su plato.

— Tengo entendido que mi mujer y mi hija te han ofrecido instalarte en nuestra habitación de invitados hasta que encuentres un sitio permanente en el que trasladar tus cosas.

— Sí —Draco tragó grueso e intentó no parecer nervioso—. Les agradezco mucho su hospitalidad pero no hace falta.

— ¡Ni de coña te vas a quedar en un mugroso hotel mientras en mi casa hay un cuarto de sobras! —Chilló Beatrice dando un golpe en la mesa—. ¿¡Lo has escuchado Swan!?

— Sí, cariño…

— ¡Si fueras una molestia ni siquiera te hubiera invitado a cenar esta deliciosa comida que he hecho!

— Mamá, los espaguetis están crudos…

— ¡No quiero escuchar ni una palabra más sobre el tema! —Zanjó el tema la mujer—. Te quedas aquí hasta que puedas vivir en una casa decente.

— Bueno, Draco, bienvenido a nuestro humilde hogar —comentó el hombre mientras alzaba su vaso en un silencioso brindis y lo miraba divertido.

— Papá —Hermione apartó con delicadeza su plato y miró fijamente a su progenitor—. Mañana cocina tú. Creo que si seguimos comiendo la comida de mamá moriremos.

La profesora de música dejó escapar un grito ahogado de indignación que todos ignoraron.

— Yo también lo creo —la secundó su padre levantándose de la mesa—. ¿Te gusta la pizza, Malfoy?

§¤§

— Padre ¿Podrías leerme un cuento?

Draco estaba de pie delante del despacho de su padre sujetando un libro de cuentos entre sus pequeñas manos. Ya tenía el pijama puesto. Era de seda de color borgoña y había sido confeccionado a mano por uno de los mejores diseñadores italianos.

Se sentía incómodo usando ese pijama, lo comprimía, lo hacía sentirse mal. Pero el libro de cuentos le gustaba, mucho. Tenía coloridos dibujos y le gustaban los patos y las ocas que estaban pintados. El cuento se titulaba "La Bella y la Bestia". Le gustaba Bella, era valiente y lista.

— ¿Leer? —Cuestionó Lucius soltando una carcajada de incredulidad—. ¡Leer! —Esta vez se rió más fuerte—. ¡Mi hijo quiere que le lea un cuento! —Con pasos rápidos y largos se dirigió a él y le arrebató el libro de un tirón—. Esto es basura—Draco tembló de miedo y cerró los inocentes ojos mientras su padre alzaba el brazo y le pegaba en la cabeza con el cuento.

Se dio contra la puerta y cayó al suelo temblando y sollozando incontrolablemente. Esperó que se acabara ahí, pero con Lucius nunca nada era tan sencillo. Él lo agarró de su corto pelo rubio y lo acercó a la chimenea que se mantenía encendida a pesar de estar en primavera.

— Eres el heredero de los Malfoy —le soltó su padre en un susurro enfadado—. Los Malfoy no sueñan con hadas ni rescatan princesas. Los Malfoy son bestias. Los Malfoy destruyen y hieren, no crean ni son perdonados —y habiendo dicho eso tiró el cuento al fuego y obligó a Draco que mirara como las llamas devoraban su inocencia mientras Lucius se reía de estar destrozando a su hijo.

— Muy bien, ¿Qué vamos a leer hoy?

El señor Granger se detuvo ante una estantería que había en el comedor y que estaba llena de libros y cuentos.

— ¿Qué tal éste? —Herms cogió entre sus pequeñas manos un ejemplar del Perfume y se lo enseñó a su padre.

— Si leemos esto tu madre no podrá dormir esta noche —el hombre se arrodilló y le susurró las siguientes palabras al oído—. Acuérdate como se puso cuando vimos la película.

La niña rió y se tapó la boca con las manos. Su madre no había podido acabar de ver la peli del miedo que le había dado.

— ¿De qué os reís vosotros dos? —Beatrice se acercó curiosa a su hija y a su marido.

— De nada mami.

— De ti cariño.

— Me divorciaré de ti y me casaré con un gordo millonario que quiera mantenerme. Hermione y yo nos fundiremos tu dinero en libros —Sentenció la mujer alzando una ceja desafiante.

— No, yo me quedo con papá y Draco —Hermione le sacó la lengua a su madre y corrió a ponerse al lado de Malfoy—. ¿A qué te quedarás conmigo y con papá? —Le preguntó tirándole con una de sus manos la tela de su pantalón.

— Claro —contestó él con una sonrisa traviesa—. Beatrice no estará, así que no habrá peligro de que muera por indigestión.

—No estés tan seguro de eso —le habló el hombre mientras ojeaba una guía ilustrada de plantas—. Hay alguien aquí que cocina peor que su madre.

Draco enarcó una ceja divertido y miró de reojo a la pequeña que parecía ajena a todo y parecía debatirse entre qué libro escoger. Hermione tenía la nariz arrugada, él quería pellizcársela.

Suspiró y enfocó su vista en la estantería. Le habían obligado a ir a buscar sus cosas después de cenar e instalarse en la habitación de invitados. Se había dado una ducha y ahora llevaba unos pantalones de chándal grises y una camiseta verde de manga corta y su pelo estaba desordenado y algo húmedo.

Se apartó el pelo de los ojos con su mano y fijo sus grises ojos en los lomos de los libros. Estaban ordenados alfabéticamente y por tema. Ahora estaba mirando las coloridas letras de los títulos de cuento, cuando uno en partículas le llamó la atención.

— ¿La Bella y la Bestia Malfoy? —Se burló de él Beatrice mientras se reía—. Si quieres puedo arroparte por la noche y dejar encendida la luz del pasillo por si tienes miedo.

— No es eso —contestó con un bufido y abriendo con cuidado la tapa del cuento—. Yo tenía este cuento de pequeño. Me gustaba.

— A mí también me gusta —intervino la niña mirándolo con una sonrisa en los labios—. Me gusta cómo están dibujados los patos y las ocas.

Malfoy le devolvió la sonrisa y sintió como se arreglaba su corazón.

— Bueno, ya que es la primera noche de Malfoy en casa dejemos que elija él —el señor Granger se sentó en su butaca y le señaló el sofá para que se sentara—. Hoy estoy un poco cansado, podrías leer tú también.

Draco asintió y se sentó en medio del sofá, a su derecha se sentó apresurada Hermione que no paraba de mirar el libro y tenía su cabeza apoyada en el brazo de él. Beatrice se había puesto a su otro lado y apoyaba su cabeza en su hombro. Tenía ganas de llorar, de llorar, reírse y de salir pitando de ahí. De huir de ese sentimiento cálido que lo resquebrajaba.

Carraspeó un par de veces y abrió el libro.

— Había una vez…

§¤§

La primera vez que corrió sintió la refrescante hierba bajo los pies y el sol de la mañana se asomaba dándole la bienvenida. Tenía doce años. No sabía qué lo había impulsado a salir corriendo, pero se sentía bien.

Correr sólo dependía de él. No necesitaba nada, sólo los amplios terrenos extendiéndose sin fin delante de él. Sí, su respiración era más trabajosa, los músculos le dolían y quería parar. Era como cuando Lucius le pegaba.

Pero esto, esto podía pararlo cuando quisiera. Él era responsable del dolor que se causaba, del cansancio y de su respiración entrecortada. Podía detenerse en cualquier momento, pero no lo haría. A diferencia de las palizas ese cansancio, ese dolor que sentía, era reconfortante. Mientras corría no había ni golpes, ni miradas de desprecio, ni enfermedades, sólo estaba él, él y el camino que eligiera recorrer.

Draco era libre cuando corría.

Draco bajó en silencio las escaleras y con las zapatillas en mano. No quería despertar a nadie de la casa, pero él necesitaba salir y correr. Le había pedido a su profesora que le dejara las llaves de la casa encima de la mesita de la entrada para poder irse y volver sin necesidad de despertar a nadie.

— Buenos días Malfoy —lo sobresaltó la calmada voz de Swan Granger cuando llegó al pasillo.

— Buenos días, señor —le contestó educadamente e intentando que su corazón volviera a su pecho.

— ¿Estás listo para salir a correr?

Draco asintió y vio extrañado como el hombre se levantaba de su butaca y se dirigía a la salida. Él también llevaba puesto un chándal ¿Es que ese viejo pensaba en salir a correr con él? Negó con la cabeza y decidió ir a lo suyo.

— ¿No vas a estirar? —Se giró incrédulo con una ceja alzada—. Antes de hacer cualquier deporte debes estirar tus articulaciones, así no protestan tanto cuando empiezas el ejercicio y reduces el riesgo de lesiones.

Vale, Hermione había sacado su petulancia y sabiondez de su padre. Bufó y a regañadientes imitó los ejercicios del señor Swan. Estuvieron quince minutos estirando en el jardín, y después de eso empezaron a correr en marcha lenta.

Al poco rato aceleró un poco la marcha, quería correr, no caminar. Sorprendentemente el señor Swan cogió su ritmo en seguida e incluso lo aumentó. Él gruñó enfadado y aumentó su ritmo y lo pasó. Justo cuando pensaba que el viejo se quedaría detrás volvió a ver como lo adelantaba. Eso no iba a quedarse así, iba a darle una lección a ese viejo.

Media hora después ambos cayeron rendidos delante del jardín de casa y se quedaron recuperando el aliento mientras miraban el cielo despertar.

— No lo has hecho del todo mal —rompió el silencio el señor Granger entre jadeos entrecortados—. Para ser un señorito.

— Usted tampoco lo ha hecho mal, para la edad que tiene —contestó Draco con una sonrisa en sus labios.

— Dentro de un mes hay una carrera —dijo el hombre sentándose en la hierba y mirándolo—. Podríamos apuntarnos.

— Estaría bien —aceptó el ofrecimiento con un asentimiento de cabeza—. Pero tendremos que practicar. No quiero que te mueras por extenuación física a los tres kilómetros.

El hombre se rió y se levantó sacudiéndose la hierba que se le había quedado pegada en los pantalones.

— Estás muy gallito, primero preocúpate de poder seguirme el ritmo, no quiero que acabes la carrera gateando.

Malfoy rió y aceptó la mano que le tendió el hombre para ponerse de pie. No intercambiaron ninguna palabra más en el resto de la mañana. Crearon su propia rutina, madrugaban, se iban a correr, volvían, se duchaban, desayunaban y se despedían hasta la noche. A Draco le sorprendió que pudieran comunicarse tan bien en silencio, le sorprendió que algo tan negativo lo reconfortara.

§¤§

Draco tenía cuatro años y estaba dedicando todo su esfuerzo a construir ese castillo de macarrones. Debía tenerlo acabado para mañana, sino su profesora de arte le pondría una carita triste al lado de su nombre. Él no quería una carita triste.

Se pasó el dorso de la mano por debajo de su nariz y sorbió. No tenía tiempo para mocarse, su castillo era lo primero. Su torre este se estaba desmoronando, posiblemente porque no había echado suficiente pegamento.

— ¿Qué haces? —La grave voz de Lucius le habló desde la puerta.

— Uuun tra-trabajo —su cuerpo empezó a temblar de miedo e intentó mantener su vista fija en los macarrones.

— A mí me parece que estás perdiendo despreciablemente el tiempo… —comentó el cabeza de los Malfoy con desdén—. ¡Eres el heredero de una de las familias más importantes de Gran Bretaña! ¡No puedes perder el tiempo jugando con comida!

Draco sollozó asustado y lo vio todo borroso debido a las lágrimas.

— Coge el trabajo —le ordenó su padre con voz autoritario y que no admitía ni una réplica.

— Pero padre…

— ¡Que lo cojas!

Sorbió por la nariz pero no pudo evitar coger la maqueta con las manos temblorosas y las lágrimas resbalando por sus mejillas.

— Acércate —le hizo caso y cuando se acercó lo suficiente se detuvo—. Dámelo —Draco obedeció—. Ahora ponte de rodillas y con las yemas de los dedos de las manos hacia arriba —hizo como se le ordenó y cerró los ojos con fuerza. Por favor que acabara todo ya, que acabara todo, por favor…—. Esto te enseñará a no perder el tiempo haciendo trabajos manuales. Eres un Malfoy, los Malfoy no trabajan con las manos como la gente vulgar.

Escuchó como su padre arrancaba los macarrones de la pieza de madera e inspiró hondo. Chilló de dolor cuando la lámina impactó con fuerza contra sus yemas. El niño aprendió la lección, si hacía alguna manualidad acabaría con los dedos sangrando y dos uñas rotas.

— Creo que ha habido un error —dijo Malfoy mientras se miraba con desprecio en el espejo—. Beatrice no me dijo que debería ponerme esto.

— Bueno, Bea no me dijo que me mandaría un niño pijo para que me ayudara en mi trabajo —contestó un hombre de dimensiones considerables que lo miraba con fastidio—. Pero necesitaba a alguien con urgencia y creo que aún podría enseñarte un par de cosas.

— ¿Enseñarme? —Draco lo dudaba, seriamente dudaba que ese gordinflón sin clase ni estudios pudiera enseñarlo algo a él—. ¿Cómo qué?

— Esfuerzo y trabajo duro para empezar —dijo encogiéndose despreocupadamente de hombros y dándose la vuelta—. No eres un hombre sino sabes trabajar con las manos.

— No opino lo mismo —murmuró para sí mismo inspeccionando con su mirada cada centímetro de tela que cubría su cuerpo—. Estúpido mono de mecánico… Estúpida Beatrice…

— ¡Eh chico! ¡Deja de hablar con las musarañas y lava este coche! ¡Su dueño viene hoy por la tarde y debemos entregárselo limpio y reluciente!

Bufó exasperado y se puso manos a la obra. Mataría a Beatrice cuando llegara a casa. Él no necesitaba un trabajo durante el verano, aún era rico maldita sea. No entendía cómo esa loca lo había comprometido a ese engendro para trabajar durante todas sus vacaciones de verano. Mataría a Beatrice y se haría un abrigo con su piel.

— ¡Eh rubito! ¡Frota con más ganas! ¡Dale más brío! ¡Quiero que acabes para hoy!

Él no era un inútil, sí, había vivido toda su vida en una lujosa mansión pero eso no lo convertía en un incompetente. Además, que aprendía rápido, y muy a su desgana sus compañeros de trabajo lo ayudaban en lo que ese gordo le mandaba. Limpia el coche, ordena las herramientas, asiste a ese mecánico, cambia el aceite, vuelve a lavar ese coche, cambia ésta rueda… Ese desalmado iba a matarlo a trabajo.

Cuando llegó a casa se quitó el mono a patadas y cayó reventado en la cama, no se molestó en ducharse, después de ocho horas de duro trabajo físico dudaba que le quedaran huesos o músculos por los que preocuparse. Suspiró cansado y cerró los ojos, quizás si se dormía…

— Dijiste que me ayudarías con mi jardín cuando llegaras —la estridente voz de Hermione le taladró los tímpanos y le formó una mueca en la cara.

— Ahora no enana —murmuró contra el colchón—. Déjame morirme en paz.

— No —se negó ella moviendo negativamente la cabeza—. Ayúdame primero y después muérete.

Ese día del infierno parecía que nunca iba a acabar. Gruñó fastidiado y haciendo un esfuerzo sobrehumano salió de la cama y se puso de pie. La fulminó con la mirada pero ella ajena a todo se dio la vuelta y bajó con pasos firmes y lentos las escaleras, él la siguió pensando que podría darse la vuelta y poner el pestillo en su puerta y dormir hasta agosto.

— Toma, ponte esto —Herms le tendió un delantal de jardinero y unos guantes.

Él suspiró derrotado y se los puso, salieron al jardín y ella empezó a indicarle qué debían hacer para trasplantar el rosal del testo al suelo. Se dispuso a seguir las instrucciones de la niña pero ella le chillaba cada dos por tres todo lo que hacía mal y le señalaba la manera correcta de hacerlo.

— ¡Ya estoy harto! —Exclamó exasperado poniéndose de pie—. ¡Tú y ese gordo explotador podéis meteros vuestras órdenes por dónde no sale el sol! ¡Los Malfoy no hacen trabajo con las manos!

— Pero tú ya no eres un Malfoy —apuntó la niña mirándolo confundida.

Él intentó decirle algo pero sólo atinó a boquear un par de veces y mirarla sorprendido. Técnicamente tenía razón, él había renunciado al apellido Malfoy, él había hundido a la familia Malfoy.

— Papá dice que ahora eres un Granger —volvió a hablar la castaña frunciendo el cejo enfadada—. Y los Granger no montan escenas y trabajan con las manos.

— De acuerdo —Draco inspiró y expiró aire para tranquilizarse y sacudió la cabeza para despejarse. Hermione tenía razón, no tenía edad para montar escenas, era un adulto, debía comportarse como tal—. Perdón —murmuró mientras cogía el rosal del suelo y volvía a ponerlo en el agujero que había cavado.

No vio como la chica asentía aceptando su disculpa pero lo notó en el tono de su voz cuando volvió a indicarle qué debía hacer. Pensándolo mejor, eso de trabajar con las manos no estaba del todo mal, te mantenía ocupado y te obligaba a esforzarte. Cuando hubo trasplantado la planta con éxito se sintió orgulloso, era la primera vez que hacía algo con sus manos y le salía tan bien. Quizás no era tan mala idea trabajar de aprendiz de mecánico.

— Vaya, has vuelto, rubita —lo saludó el jefe del lugar sin levantar la vista del periódico—. Pensé que debería buscarme otra ayudante.

— No hace falta —contestó desafiante—. No voy a rajarme. Soy un hombre, y los hombres hacen cosas con las manos.

— Eso ya lo veremos —contestó desafiante el señor MacAllister con una sonrisa curvándole los labios.

Dos horas de extenuante trabajo después deseó estar muerto y que todo ese lugar ardiera en las llamas del infierno. Joder, el trabajo y el esfuerzo físico sí que cansaban.

§¤§

— Compórtate —su madre le dijo mientras se dirigían al salón—. Esta fiesta es muy importante para nosotros. No la arruines con tu estupidez.

Draco asintió y siguió en silencio a su madre. Tenía diez años. Era la primera vez que lo invitaban a un acto como ese. Por una parte estaba nervioso, iba a haber mucha gente, tendría que hablar con ellos y comportarse.

Inspiró hondo e intentó calmarse. Si hacía bien todo lo que tenía que hacer podría irse a dormir antes. Sólo debía quedarse en la cena y dar conversación a los que se sentaran en su mesa. No entendía muy bien qué estaban celebrando, pero él sonrió, asintió y habló cuando le tocó.

Sin embargo no se sintió a gusto en ningún momento. Ahí había familiares suyos, podía ver el peinado de su tía Bellatrix moviéndose arriba y abajo, su madre muy cerca del oído de un hombre, su padre, demasiado interesado en la hija de cinco años de uno de sus colegas, y los que se sentaban en su mesa, todos unos buitres, deformes, con voz estridente esperando a comerse su corazón.

Esa no era una comida normal, ese era el banquete de los horrores. Y a él iban a comérselo.

— ¡Hola Molly!

— ¡Oh Trice querida! ¡Gracias por venir a vernos!

— ¿¡Pero qué dices Molly!? ¡Es un placer venir a tu casa!

Draco estaba incómodo, él no debía de estar ahí. Había demasiada gente y él no encajaba muy bien con la gente. Además, Molly Weasley había invitado a amigos de la familia, y él estaba lejos de ser uno de ellos.

— ¡Hermione! —Chilló una pequeña pelirroja que avanzaba a empujones entre los adultos—. ¡Wow! ¡Qué vestido tan chulo! —Comentó con admiración.

— Tu también estás muy guapa, Ginny —contestó la aludida sonrojada alisándose con las manos la falda de su vestido.

— ¡Herms! —Chillaron dos niños a coro que habían apartado a la más pequeña de un empujón.

— ¡Wow Herms! —Exclamó el niño pelirrojo sorprendido—. ¡Pareces una niña!

— Es que soy una niña —contestó con el entrecejo fruncido y enfadada.

— No, pero es que ahora lo pareces.

Draco negó con la cabeza y pensó que si el pobre chico no conseguía un poco de sentido común cuando creciera no besaría a ninguna chica.

— ¡Molly! Él es Draco —la mano de su profesora lo estiró hasta dentro de la casa y lo llevó hasta delante de una rolliza mujer mayor y como no, pelirroja.

— Buenos días señora Weasley —saludó tendiéndole la mano—. Muchas gracias por invitarme a comer y disculpe por las molestias.

— ¡Uy! ¡Pero qué educado! —Habló sorprendida la rolliza mujer—. No te preocupes cariño, estamos en confianza, puedes llamarme Molly. Ven aquí —los cortos y gordos brazos lo cogieron de ambos lados de la cara y lo acercaron para que la mujer pudiera darle dos besos.

Él, aturdido por la muestra de afecto sólo pudo murmurar un gracias y se apartó siguiendo el camino que Beatrice le instaba a seguir. Saludó a los Potter, marido y mujer, el señor Lovegood, conoció a un par de familiares suyos: Sirius Black y Nymphadora Lupin, a Remus Lupin, esposo de su prima, al matrimonio Longbottom y a toda la prole Weasley y amigos.

Se sentó en uno de los sofás e intentó evitar la mirada de Percy Weasley, habían ido a la misma clase en Hogwarts, aunque pertenecieron a casas distintas. Sabía que lo había ignorado bastante, como había hecho con todos sus compañeros, pero también sabía que las pocas veces que habían hablado no había sido muy amable.

— Bueno, Malfoy, ¿Cómo se siente el destruir a toda tu familia a tan temprana edad? —Habló Sirius que lo miraba con ojos divertidos.

— ¡Sirius! —Lo reprendió Lily Potter.

— Shhh querida yo también tengo curiosidad —el señor Potter lo miró mientras se subía las gafas por el puente de su nariz.

— Sí, Draco, ¿Por qué decidiste acabar con el prestigio de la familia Malfoy? —Nymphadora lo miró con los ojos llenos de curiosidad y con el pelo rosa cayéndole desordenado por todos lados.

— Dejad al pobre chico, sino quiere hablar que no lo haga —lo defendió el señor Granger poniéndole una mano en el hombro en una señal de mudo apoyo.

— ¡Vamos Swan! —Se quejó el señor Weasley—. ¡Todos los que estamos aquí hemos avergonzado a nuestras familias! Pero sólo él la ha avergonzado y destruido por completo, tenemos curiosidad.

La sala se sumió en un completo silencio y vio con cierto horror que todos lo miraban esperando una respuesta. Una parte de él, el viejo Draco, quería levantarse e irse de ahí, esa gente era extraña para él, no significaban nada, los acababa de conocer. Pero el nuevo Draco, ese que estaba construyendo ahora, quería formar parte de esos locos metome en todo que lo estaban mirando curiosos a la espera de una respuesta. El nuevo Draco quería vivir, y vivir implicaba que los demás se metieran un poco en su vida.

— Pensé que ya que iba a renunciar al nombre de mi familia qué más que salir por la puerta grande.

La sala estalló en carcajadas y Sirius Black y James Potter se levantaron de su sitio para darle un par de palmadas amistosas en la espalda. Nymphadora aplaudió entusiasmada y propuso un brindis.

— ¡Brindemos! ¡Por renegar de la familia y construir la tuya!

Todos alzaron sus vasos y brindaron riéndose de Nymphadora que se bebió todo el contenido de su vaso de un solo trago.

— ¡Ya está la comida! —Anunció Molly asomando su cabeza por la puerta de la cocina—. ¡Ya podéis sentaros!

Los mayores se levantaron en tromba dispuestos a coger un sitio en la mesa pero fueron atropellados por los niños que al escuchar las palabras comida y lista habían dejado de jugar y habían entrado vociferando cuan ambrientos estaban y quién se iba a sentar al lado de quién.

Draco se encontró sentado al lado de su prima y de Bill Weasley, segundo hijo del matrimonio Weasley y que cursaba tercero de Administración y Dirección de Empresas. Delante se sentó Xenophilus Lovegood, un hombre demasiado excéntrico para su gusto y director de uno de los periódicos más famosos de la región.

Decidió conversar con Bill Weasley y pronto descubrió que el chico podía llegar a caerle bien. Intercambió algunas palabras con Nym, se negaba que la llamara por su nombre completo, y había descubierto que su prima se había licenciado con honores en medicina y estaba estudiando para ser cirujana. Ah, y que a los diecinueve se había hartado de todo, había cogido una mochila y estuvo un año recorriendo el mundo. Habían quedado la semana siguiente para tomar un café.

Cuando acabaron de devorar la deliciosa comida que Molly había preparado, Malfoy deseó que Beatrice cocinara igual de bien, se quedaron sentados disfrutando del postre, bebiendo café y fumando mientras se ponían al día de sus vidas.

— Eh Malfoy —Beatrice lo llamó tirándole del hombro—. Dime que tienes tabaco.

— Tengo tabaco.

— ¡Bien! —Exclamó feliz—. Cógelo, nos vemos en la cocina.

Vio cómo su profesora desaparecía por la puerta de la cocina y Lily Potter la seguía. Negó lentamente con la cabeza y se levantó.

— ¿Fumas? —Le preguntó al Weasley.

— No, pero ves, yo te espero aquí.

Malfoy asintió y cogió su chaqueta que era donde tenía el paquete guardado. Entró en la cocina y se encontró a todas las mujeres de la reunión, incluida su prima, riendo y fumando.

— Toma Beatrice —dijo tendiéndole el paquete y el mechero.

— No te vayas Malfoy —le dijo la señora Potter—. Fúmate uno con nosotras.

Asintió y se encendió uno. Estuvo la mayor parte del tiempo en silencio intentando comprender lo que veía. Por primera vez veía madres, madres de verdad, que se preocupaban por sus hijos, que amaban a sus maridos y que reían entre ellas. Sintió la calidez de una madre, con su sola presencia hacían que la sala fuera más luminosa, más cálida, más acogedora. Draco se maravilló de lo que el amor podía hacer, porque era en las más pequeñas cosas, en los más insignificantes gestos, dónde este se mostraba.

— ¡Mamá! —Ginevra Weasley entró en la cocina llorando y con su vestido nuevo manchado de barro—. ¡Fred me ha ensuciado el vestido!

Efectivamente, su hermoso vestido verde estaba lleno de barro y sus pecosas mejillas apenas podían apreciarse. Sólo hizo falta que Ginny mirara fijamente a su madre y sorbiera por la nariz para que su progenitora saliera al jardín hecha una Banshee.

— ¡Frederick Weasley! ¿¡Cómo se te ocurre manchar de barro el vestido de tu hermana!? ¿¡Sabes el trabajo que voy a tener para limpiarlo!?

— ¡Pero yo no soy Fred, mamá! ¡Es él!

— ¡En serio mamá! ¿Cómo no puedes diferenciar a tus hijos?

— ¡Cállate George! ¡Esta vez no funcionará!

Todas las madres y Draco siguieron a la matriarca de los Weasley al jardín y lo que encontraron sólo podía definirse como batalla campal. El suelo del jardín estaba completamente empapado en agua y algunos trozos de césped habían desaparecido y sólo había grandes agujeros.

— ¡Harry Potter! —Chilló Lily Potter—. ¡Ven aquí ahora mismo!

— ¡Neville Longbottom! ¡Ya verás cuando lleguemos a casa!

— ¡Hermione Jane Granger! ¡Espero que les hayas hecho morder el barro!

— Se dice morder el polvo mamá…

— ¿Qué está pasando aquí? —Cuestionó Arthur Weasley que salía corriendo por la puerta asustado y mirando a todos lados en busca de alguna amenaza.

— ¡Mira lo que han hecho tus hijos! —Bramó enfadada Molly que tenía a ambos gemelos sujetos por las orejas.

— ¡Niños! ¡OS haré arreglar el jardín!

— Joder, montan una guerra de barro y ni nos invitan.

— Nos estamos haciendo viejos, James.

— Ni se os ocurra gastar una broma —les reprendió Lupin.

El caos continuaba su ciclo natural a su alrededor pero él se fijó en como Beatrice y Herms seguían discutiendo. El señor Granger se puso a su lado interpretando el papel del mudo espectador como si su hija no estuviera embarrada de pies a cabeza.

— Beatrice —habló por primera vez Swan—. Está mal lo que ha hecho porque ha ensuciado su vestido nuevo ¿Crees que Malfoy va a querer salir con una niña que ensucia sus vestidos nuevos como tú?

— Malfoy me quiere —contestó la niña arrugando el entrecejo y mirándolo dudosa.

— Lo siento enana, pero así estás muy fea.

Tres segundos después estaba mirándose la camisa y cómo el barro se escurría por ella. Alzó la vista y enfocó sus orbes grises en Ronald Weasley. Ese pelirrojo lo había ensuciado. Todo se quedó en silencio y prestaron atención al duelo de miradas que se desarrollaba entre ellos dos. De la nada apareció un chorro de agua que derribó al pequeño pelirrojo y lo mandó directamente al suelo.

— No te preocupes Malfoy, te cubro las espaldas —afirmó Bill Weasley que se había adueñado de la manguera.

— ¡Guerra de barro! —Chillaron al unísono James Potter y Sirius Black que empezaron a lanzar bolas a diestro y siniestro.

Al final del día Draco acabó sacándose barro de dentro de los calzoncillos, pero por primera vez en su vida sabía qué era la familia.

§¤§

Para Draco solo había tenido un amigo verdadero, Bueno, amiga, Fleur Delacoeur. La había conocido en su clase, eran compañeros, tenían ocho años, ella acababa de mudarse, no hablaba bien el inglés. Él la había invitado a su casa a jugar, su casa era muy grande y podían correr y chillar todo lo que quisieran.

Se estaban divirtiendo, y mucho, hasta que llegó Lucius. Draco no sabía qué hacía ahí tan temprano y se asustó de lo que pudiera decir, sorprendentemente sólo sonrió e invitó a Fleur a quedarse a dormir. Él se puso muy feliz, era la primera vez que alguien se quedaba a dormir.

Fleur era muy guapa, era tan rubia que su pelo parecía oro. Lo llevaba sujeto en una coleta alta y atado con un lazo azul a conjunto con el uniforme del colegio, hasta el uniforme le sentaba bien. Lo llevaba con elegancia, como si fuera una princesa.

Le dejó uno de sus pijamas, ambos cenaron en su habitación unas hamburguesas y patatas fritas, se lavaron los dientes y se fueron a dormir. Pero a mitad de la noche Fleur se despertó y tuvo que ir al lavabo. Draco esperó a que volviera, pero cuando pasó una hora se preocupó, a lo mejor se había perdido…

Pero cuando llegó al lavabo vio que su padre salía de éste con una sonrisa en los labios. Lucius no lo vio, pero él vio cómo podía arrebatársele la inocencia a una niña. Fleur estaba llorando en un rincón del baño sin entender muy bien qué acababa de pasar y con el pijama sucio.

Se quedó ahí de pie, intentando asimilar qué le había hecho su padre a su amiga. No entendía, ¿Quizás era eso de lo que les avisaban en el colegio? ¿De que no se subieran en coches de extraños? ¿O de que no aceptaran dulces de nadie que no conocieran? Parpadeó confuso y empezó a entrar en pánico. Su padre había hecho daño a su única amiga, su padre estaba enfermo.

Inspiró hondo y abrazó a la rubia intentando ofrecerle consuelo. Sí, su padre lo hería a él pero no iba a dejar que continuara lastimando a Fleur. Al día siguiente Draco hizo lo más valiente y generoso que había hecho por nunca por nadie, rompió su única y primera amistad.

— Hola Fleur.

La mujer asintió con la cabeza y se sentó delante de él. Sin mirarlo más de lo necesario cogió la carta entre sus manos y empezó a ojearla. Draco tragó grueso, era la primera vez que se veían desde que ella había dejado la escuela para volver a Francia.

— Disculpe —le dijo a uno de los camareros—. Quiego un té fgio de melocotón, y un tgozo de su pastel de queso —cerró la carta como si fuera una diva y se la tendió a camarero sin mirarlo.

Permanecieron en silencio unos minutos mirándose y evaluándose. Ambos habían camibado, ya no eran niños, ahora eran adultos y ambos tenían fantasmas que debían hacer desaparecer.

— ¿Pog qué me has llamado, Malfoy? —Preguntó la rubia a los pocos minutos de que le sirvieran su orden.

— ¿Por qué has venido? —contraatacó él no muy seguro de cómo comenzar a disculparse.

Eges mi único amigo.

— No puedo creer que aún me consideres tu amigo —sonrió tristemente negando con la cabeza—. No después de lo que te hice.

— Tú no me hiciste nada. Fue el cegdo de tu page —lo miró con dureza y le dio un trago a su bebida—. ¿Sabes que testifiqué contga él en el juicio, no?

— Es por eso que conseguí tú número —admitió jugando nervioso con su servilleta—. La verdad es que esperaba que pudieras perdonarme por no haberte podido proteger mejor. Eras mi única amiga y permití que mi padre abusara de ti.

Se sumieron en silencio un rato mientras Fleur meditaba lo que iba a decir.

— La vegdad, es que dugante un tiempo estuve muy enfadada contigo. No entendía pogque me apartaste de tu lado. Después me enfadé conmigo, no entendía lo que me había hecho tu pagde, y empecé a temegle a los hombges. Todos me pagecían sucios y mentigosos. Me encegé en mi misma y el dolog fue cgeciendo y haciéndose más ggande. Hasta que no pude más y me intenté suicidag —ahí hizo una pausa y bebió un poco de su té—. Fui al psicólogo dugante un tiempo. No entendía pogqué mis padges me obligaban a ig, pego iba. Empecé a hablagle de mis tgaumas y de lo que me dolió que me apagtagas, yo te quegía.

Draco se mordió el labio dubitativo y conmovido por la explicación de Fleur.

— No quería que mi padre volviera a hacerte eso —habló en un murmullo—. Cuando te encontré me asusté y no entendí qué había pasado. Pero no quería que volviera a pasarte, quise protegerte. Por eso te alejé de mí.

— Eso es lo que me dijo que loco ese —dijo la francesa con la mirada ausente—. La vegdad es que me costó entendeglo, que égamos sólo niños y la culpa de lo que pasó no es de ninguno de los dos. Pego a veces me cuesta mucho…

— No es tu culpa —Malfoy alargó la mano por encima de la mesa y sujetó la delicada mano femenina entre las suyas—. No quiero que te culpes por la enfermedad de mi padre —habló seguro de sí mismo, marcando cada palabra e intentándoselas transmitir a través de la piel.

— Lo sé —dijo la rubia al borde del llanto—. Pego a veces es tan dugo

— ¿Malfoy? —Una voz los sobresaltó y separaron sus manos.

— ¿Weasley?

— ¡Ya decía yo que esa melena rubia y tan femenina me sonaba! —Dijo Bill Weasley mientras cogía una silla y se sentaba a un lado de la mesa—. ¿Estás con tu novia? —Preguntó señalando con la cabeza a la francesa.

— No, es una vieja amiga —Contestó con el ceño fruncido y mirando al chico extrañado—. Oye, estábamos en medio de una conversación muy importante y…

— Hola, soy Bill Weasley, encantado —saludó a la chica con una deslumbrante sonrisa y tendiéndole la mano.

Fleur chasqueó la lengua irritada y rodó los ojos molesta.

— ¿Te impogtagía? Mi amigo y yo estábamos teniendo una convegsación.

— ¿Y por qué no conversamos un poco los tres? ¿De qué estábais hablando? ¿De pasteles? ¿De viajes? ¿De pinta uñas?

— Weasley, en serio…

— ¡Ugh! Ahoga me acuegdo pogqué odiaba tanto este país —Fleur se levantó irritada y se acercó al rubio y le dio dos sonoros besos en la mejilla—. Llámame —se fue del establecimiento sin siquiera dirigir una mirada a Bill y caminó como si fuera la dueña del lugar.

— Tío, se sincero ¿Tienes algún tipo de relación sentimental o física con ella? —Parecía que si decía que sí Bill lo mataría.

— Sólo es una vieja amiga muy querida.

— ¿Lo juras?

— Sí.

— ¿Por tu honor de colega?

— ¿Eh?

— ¡Genial! —el pelirrojo le dio una amistosa palmada en la espalda—. Como colegas debes conseguirme una cita con esa francesa tan guapa. No me falles, colega.

Y habiendo dicho eso se puso de pie y salió del bar tan rápido como había entrado. Draco no entendía muy bien qué acababa de pasar. La verdad, es que desde que se había ido de casa y había decidido empezar una nueva vida no acababa de entender más de la mitad de las cosas que le pasaban.

Pagó la cuenta y decidió ir caminando hacía casa. Era sábado por la tarde, el señor Granger ya debería haber llegado y quizás cocinaba algo. Cocinaba muy bien, quizás debería pedirle que le enseñara algo para cuando él se mudara. Sonrió al pensar que ahora tenía un hogar al que regresar. Se sintió bien, lleno de esperanza, quizás sí que no tenía la culpa de los pecados de su padre y podía aspirar a tener felicidad en su vida.

— ¡Malfoy! ¡Malfoy! —Lo llamó la estridente voz de Beatrice cuando llegó—. ¡Adivina! ¡A Hermione le ha llegado el período!

La niña apareció detrás de su madre y lo miró desafiante.

— Ya no puedes llamarme enana, ni niña —le dijo con la barbilla en alto orgullosa.

— Tienes razón. Ahora eres una mujer.

Sonrió nervioso y sintió como la bilis le subía por la garganta. Cada vez estaba más enfermo, no debería alegrarse tanto de que Hermione ya no fuera una niña. No, no estaba bien. La enfermedad que lo consumía ya era imparable.

I finally found myself

Fighting for a chance.

I know now… This is who I really am!

The kill (bury me)- 30 Seconds To Mars.


Gracias por los review, los alerts y los favs. A todos los Guests que comentáis espero poderos contestar en el próximo capítulo. Son las doce de la noche en España y Aretha está KO. Pero que sepáis que valoro mucho. MUCHO. Vuestros reviews.

¿Los reviews? Son gratis, tan gratis que sólo tienes que invertir un poco de tiempo y teclear cualquier travesura.