Los cambiantes hábitos del Lord escocés de Mayfair causan mucha especulación por todos lados. La dama aparece en los bailes, en la ópera y demás veladas, acompañada por el hermano más joven de su esposo, pero su propio lord no está a la vista.

Abril 1877

Sakura contuvo el aliento al ver que Sasuke se quitaba la chaqueta y la dejaba caer al suelo.

Había estado temblando desde que él entró en la habitación. Aquella noche, Sasuke se había puesto unos pantalones negros en lugar del kilt, un chaleco de color crema y camisa blanca, igual que un hombre cualquiera de mundo, pero él siempre resultaba diferente. Su presencia llenaba cualquier habitación en la que entrara y siempre la dejaba sin aliento. Se puso todavía más nerviosa cuando él bajó la mirada hacia ella.

¿Le gustaría lo que veía? Sasuke prefería a las mujeres curvilíneas y exuberantes, pero después de abandonarle, había perdido casi siete kilos; porque no había sido capaz de comer. Después recuperó algunos junto con el apetito, pero sus exuberantes curvas ya no volvieron.

Sasuke, sin embargo, estaba casi igual, aunque el abotargamiento que la bebida le daba a su rostro había desaparecido. Ahora eran visibles la mandíbula cuadrada y los pómulos altos. Estaba más imponente que nunca.

Él se quitó el chaleco y se subió las mangas de la camisa. La miró, hambriento, sin perderse ni un detalle de sus movimientos. Los musculosos antebrazos estaban cubiertos de un vello oscuros que brillaba con la luz cuando se movía.

Una vez que se sujetó las mangas, Sasuke sonrió y se inclinó para tomar la esponja de entre sus dedos temblorosos. No se molestó en fingir que no la devoraba con la mirada. La deslizó por su cuello, por sus pechos, por su vientre y piernas, hasta el pie que descansaba en el borde de la bañera. Estrujó la esponja para escurrir el agua sobrante y se colocó detrás. Le puso la mano en la nuca y ella se dobló hacia delante, inclinando la cabeza.

Sakura cerró los ojos al notar el primer contacto de la esponja. El agua caliente cayó por su espalda hasta las nalgas; el deslizarse del líquido, unido al masaje de Sasuke, era una sensación maravillosa.

Si fuera Evans la que le frotara la piel la sensación hubiera sido simplemente agradable, pero se trataba de Sasuke.

Notar su musculoso cuerpo tan cerca, aspirar su aroma y su calor, hacía que lo "agradable" se transformara en erótico.

Apoyó la cara en las rodillas y sonrió cuando Sasuke continuó frotándole la espalda. Él apoyó la mano en el borde de la bañera, la piel tostada y curtida. Tenía la punta de los dedos manchada de pintura.

Ver aquellos restos de pintura le oprimió el corazón. De todas las cosas que podía recordar de él, ¿por qué sentía ese anhelo al percibir esas diminutas motas de color? Quizá porque verlas le recordaba lo que era: un artista que pintaba sólo por amor al arte.

Sakura se inclinó y le besó los dedos.

Sas sacó la otra mano del agua, pero sólo para poder rodearla con los brazos desde atrás. La atrajo hacia su pecho sin que le importara mojarse la camisa. Le deslizó las manos sobre la piel resbaladiza hasta acariciarle los pechos... Y ella solo pudo cerrar los ojos. Todo aquello resultaba muy familiar, pero al mismo tiempo lejano.

Notaba el aliento de Sasuke en la oreja y sus grandes manos le calentaban los senos mientras jugueteaba con aquellas cimas enhiestas.

La besó en el cuello y su boca dibujó un rastro de fuego.

—¡Oh, Sasuke, cómo te he echado de menos!

Inhaló cuando él le deslizó una mano por el vientre y le deslizó los dedos entre las piernas. Separó los muslos al tiempo que se decía a si misma que debía detenerle, que tenía que apartarle, pero su cuerpo tenía ideas propias. Hacía demasiado tiempo y él conocía la manera de hacerla gozar.

Cerró los ojos permitiendo que tomara las riendas la licenciosa mujer que tenia escondida dentro.

Cuando alzó las caderas para que pudiera acariciarla mejor, él se rió entre dientes.

—Ésta es mi damita lujuriosa. Eres tan suave y dulce como recuerdo—. Otra risita ahogada. —E igual de resbaladiza.

—Es el jabón.

—No cariño—. Sasuke trazó círculos con los dedos en torno a su abertura, separando sus pliegues. —Eres tú.

—Es sólo porque hace mucho tiempo...

—Creo que recuerdas muy bien cómo es—. Sasuke le mordisqueó la oreja.

—Pero deja que te refresque la memoria, Sakura. Quiero que te sientas tan bien cómo hiciste que me sintiera yo en la salita. Déjame devolverte el favor.

Sakura comenzó a mecer las caderas cuando él tomó el control, la fricción ahuyentó cualquier pensamiento que no fuera Sasuke y sus experimentadas manos.

Él había aprendido a darle placer durante su matrimonio y utilizaba ese conocimiento. Los dedos ejercieron su magia, jugueteando, acariciándola, haciéndola gemir. Cuando estaba a punto de alcanzar el clímax, Sasuke detuvo sus movimientos para que ella se calmara. Sólo para volver a empezar. Hizo lo mismo una segunda vez, y luego otra, hasta que ella gruñó de frustración.

Sasuke se limitó a reírse y a llevarla por fin al orgasmo.

Cuando finalmente alcanzó el éxtasis, Sakura casi se salió de la bañera.

Sasuke le sonrió con los ojos oscurecidos de pasión. Estaba empapado, la camisa se había vuelto transparente por el agua. Tenía el pelo mojado y el suelo no estaba en mucho mejor estado. Él alzó su cuerpo resbaladizo entre sus brazos para besarla. Fue un beso profundo, el beso de un amante.

Sakura le pasó la mano por la bragueta, donde se apreciaba la forma de su miembro grueso y largo.

—Sí, es horrible,— susurró Sasuke. No te preocupes por eso—. La besó en la boca magullándole los labios.

Sakura quería más. Se aferró a él, sujetando la camisa mojada con los puños. —Sasuke...

—Tranquila, yo sé lo que quieres—. Sasuke la sentó en el borde de la bañera. —¿No recuerdas lo bien que te conozco?

Ella asintió con la cabeza.

Habían jugado antes a eso y sabía exactamente lo que él quería que hiciera. Se puso de pie en el agua y separó las piernas; Sasuke se arrodilló frente a ella sobre el suelo empapado.

Dejó caer la cabeza hacia atrás cuando Sasuke puso la boca sobre su sexo. Era muy bueno con las manos, pero la habilidad de su boca era insuperable. Notó que le apretaba la cálida lengua contra los pliegues, separándolos al tiempo que los lamía. Aquello era el Paraíso.

Ella le enredó los dedos en el pelo y se aferró mientras él bebía su esencia. Pensó que moriría. No había sentido un goce igual desde que se habían distanciado y no podía imaginar que otro hombre pudiera darle tanto placer como él. Sabía cómo usar la lengua, los labios y los dientes hasta volverla loca.

Se encontró meciéndose contra su boca, gimiendo incoherencias que retumbaban contra el techo.

La barba incipiente le arañó la piel mientras aquella maravillosa boca continuaba torturándola. Él le acarició la espalda y las nalgas mientras la llevaba hacia la cúspide.

El orgasmo fue increíble, mucho más intenso de lo que creía poder aguantar. Quería sentirle dentro, que la tumbara en la cama y no la dejara salir nunca. Éste era el Sasuke que la volvía débil y loca, el que la podía convertir en un charco de agua a sus pies.

Le deseaba. Le rogaría que la llevara a la cama aunque sólo fuera esa vez. Le agarró firmemente de la camisa mientras la boca regresaba a ella sin cesar.

La prenda se desgarró bajo su mano.

—Sasuke...

¡Oh, maldita sea! Acababa de escuchar los pesados pasos de Evans en el pasillo.

Sakura contuvo el aliento y le apartó. Todo su cuerpo se estremeció en protesta por la pérdida cuando él se sentó sobre los talones y se pasó el dorso de la mano por la boca. Sus ojos brillaban con ternura; era un hombre consciente de su poder.

Sakura se dejó caer en el agua de nuevo, sintiendo un delicioso hormigueo allí donde la había adorado.

—Tienes que irte.

Sasuke se quedó donde estaba y la miró con una pícara sonrisa. —¿Por qué cariño? ¿Tu reputación quedará arruinada si te encuentran a solas con el granuja de tu marido?

—No. Es sólo que...— Movió las manos vagamente, esparciendo gotitas de agua por doquier.

—Sólo que... ¿qué?— Sasuke se puso en pie, tomándose su tiempo. Tenía la camisa pegada al pecho, revelando el vello oscuro y el contorno de los pezones erizados. —¿Quieres que me esconda detrás del biombo? ¿Quizá debajo de la cama? Cariño, oh cariño, ¿qué dirán de la lady remilgada y gazmoña si me encuentran?

—¡Sasuke!

Él se inclino y le dio otro beso devastador.

Ella degustó su propio sabor en la boca de Sasuke, mezclado con su esencia masculina.

—Como desees, milady. Me iré... por esta vez.

Sakura emitió un suspiro de alivio, aunque no estaba segura de por qué debería preocuparse tanto. Evans había entrado en la estancia muchas veces cuando ellos estaban besándose y siempre había fingido no ver nada. Pero, por alguna razón, no quería que la doncella la viera ahora con Sasuke.

¿Quizá la avergonzaba admitir la debilidad que sentía por él?

Sasuke le rozó la cara con los dedos y finalmente se dirigió a la puerta que se abrió justo cuando Evans llegaba al umbral.

La doncella clavó los ojos en él por encima del montón de toallas que cargaba en los brazos.

—Buenas noches, Evans—. Sasuke tomó la toalla de arriba y comenzó a frotarse con ella la cara y el cuello. —Te advierto que milady está un poco irritable esta noche.

Sakura gritó de frustración y le lanzó la esponja, que atravesó la estancia hasta impactar en la puerta junto a la cabeza de Sasuke.

Él se rió y se pasó la toalla por la cara antes de guiñarle el ojo a Evans.

—¿Ves lo que quiero decir?

Sakura le observó con frialdad cuando entró en el comedor para desayunar a la mañana siguiente.

Sasuke no pudo contener una amplia sonrisa cuando ella no miraba; era una maestra en el arte del desaire.

No montaba un drama ni perdía el tiempo dando rodeos, sencillamente se comportaba como si la persona en cuestión no existiera.

Se sentó a la mesa para disfrutar del espectáculo. Sabía que estaba furiosa con él por haberla llevado al éxtasis, si bien había disfrutado cada segundo. Incluso había disfrutado lanzándole la esponja. Pero también sabía que era una suerte que Evans les hubiera interrumpido, porque, si aquel interludio hubiera concluido como era natural, Sakura le habría mantenido alejado todavía con más ímpetu que antes.

Podía vencer su cólera, pero, si se inclinaba hacia el odio, aquello no tendría remedio. Podría luchar contra ella si no confiaba en él, aunque no si no confiaba en sí misma. Su erección no estaba de acuerdo, por supuesto; su miembro sólo quería enterrarse en el interior de Sakura para ser feliz.

Las erecciones eran cosas sencillas de entender.

En el desayuno, Sakura hizo públicos sus planes de acompañar a la familia al norte, a Escocia, después de las carreras. Eso sellaba también su destino. Cualquier otro año se habría quedado en Doncaster con Naruto

durante algún tiempo mientras observaba a los caballos, prefiriendo la compañía de su hermano mediano, tan amante de la diversión, y de su sobrino, a los imprevisibles estados de ánimo de Itachi.

Pero cuando Sakura anunció que aceptaba la invitación de Ino y compartiría con ellos un compartimiento de primera clase, nada, salvo una plaga, hubiera conseguido que él se quedara allí.

Cuando subieron al tren unos días después, Sai siguió a Ino y a Sakura al compartimiento. Ni él ni Ino parecieron sorprendidos cuando Sasuke entró y se sentó junto a Sakura. Luego se recostó en el respaldo y cruzó los tobillos mientras su esposa se acercaba todo lo que podía a la ventana para alejarse de él, girando la cara para no verle.

Cambiaron de tren en Edimburgo y, una vez más él se introdujo en el compartimiento con ellos tres para realizar el corto trayecto que les conduciría hasta el ducado de Itachi.

La llegada de la familia al pequeño apeadero de Kilmorgan se convirtió en el mismo acontecimiento de siempre. El jefe de estación salió a recibir al duque y a sus acompañantes: dos cabriolés y dos carruajes ocupaban el camino esperándoles, tres lacayos y dos doncellas indicaban a los mozos donde colocar el equipaje.

El mozo de estación, la administradora de correos, el dueño del pub, su esposa, y cualquiera que acertara a estar del establecimiento en aquel momento, salieron también para ayudar o, simplemente, intervenir en la conversación.

Itachi podía ser uno de los pares más importantes del país, pero allí, en su hacienda, en sus tierras, la gente que le había visto crecer le trataba con la mayor naturalidad; aconsejándole, riéndose cuando hacía un chiste.

La dueña del pub preguntó a Sakura sobre las festividades anuales que con motivo de la cosecha se organizarían en la "casa grande" para los aldeanos y, en general, los habitantes de los alrededores. Sería la primera vez que Ino vivía semejante acontecimiento y formuló con interés multitud de preguntas.

La administradora de correos retuvo a Sasuke por el brazo sin pudor alguno para mirarle con atención a través de los gruesos lentes de sus gafas. El señor McNab padecía un reumatismo que le obligaba a guardar cama y la señora McNab le cuidaba con alegría. Su rutina consistía en recopilar todos los datos que pudiera sobre la vida de sus vecinos y comunicárselos posteriormente a su marido.

—¿Usted y milady vuelven a estar juntos?— preguntó la mujer. Su voz resonó en el aire. —Siempre me ha parecido una lástima que se distanciaran cuando cualquiera podía ver lo enamorados que estaban; es una buena chica a pesar de ser inglesa.

Sasuke le guiñó un ojo. —-Estoy trabajando en ese asunto, buena mujer.

—Ya veo. Ese tipo de cosas puede estar de moda en las ciudades, pero no son más que un escándalo. Lo que los matrimonios necesitan es un montón de hijos. Eso la hará feliz, créame... —La señora McNab tenia seis hijos ya adultos que, a pesar de sobrepasar con creces a su madre en altura seguían sintiendo un miedo visceral hacia ella.

Sasuke se dio cuenta de que Sakura tensaba la espalda, pero no dio ninguna otro signo de que hubiera escuchado la conversación cuando salió de la estación.

Él dio una palmadita en la mano a la señora McNab agradeciéndole el consejo y siguió a Sakura. Sin embargo no fue lo suficientemente rápido como para montarse en el mismo carruaje que ella, Ino y Sai, por lo que se vio obligado a viajar en el segundo coche, con Itachi.

Su esposa no estaba a la vista cuando llegaron al castillo de Kilmorgan, que no era realmente un castillo, sino una monstruosa edificación que parecía extenderse por todos lados, pero el lugar era tan gigantesco que podría estar en cualquier lado.

Se quitó la chaqueta manchada de hollín en su ala de la mansión antes de golpear la puerta de la habitación anexa, en aquel dormitorio era donde acostumbraba a alojarse Sakura, pero la suite estaba vacía, la cama sin hacer y la chimenea apagada.

—Ha ocupado una estancia al otro lado del pasillo, milord— dijo Evans que entraba en ese momento con un baúl lleno de vestidos—. Instrucciones de milady.

Dos semanas atrás la decisión de Sakura de utilizar una habitación diferente podría haberle enfadado, ahora simplemente le divertía. Si ella pensaba que tener que atravesar el pasillo lograría frustrarle, se equivocaba.

Continuó buscándola, y, por fin, la encontró en el piso de arriba, en su estudio. Estaba de espaldas a él, estudiando los tres lienzos apoyados en la pared más alejada.

Él veía las telas con claridad: eran los tres cuadros que había pintado antes de que su casa de Londres fuera destruida por el fuego.

—¡Maldita sea!

Sakura escuchó la maldición de Sasuke, pero no se dio la vuelta. No podía apartar la mirada de aquellas tres imágenes de las que era protagonista, una diosa de los lienzos.

En una de las pinturas estaba esbozada su cara, su cuello y el nacimiento del pecho; tenía el pelo recogido, adornado con pequeñas rosas amarillas, en lo alto de la cabeza de la misma manera que lo llevaba la noche del baile de Lord Abercrombie.

En otra estaba sentada con las piernas estiradas y el pelo cayéndole por la cara. En el último aparecía dormida, con la cabeza sobre el brazo y los enredados rizos rosados cubriendo su cuerpo desnudo.

—Jamás he posado para estos cuadros— aseguró sin darse la vuelta.

—No—. Sasuke cerró la puerta. —Los pinté de memoria.

Las pinturas mostraban una amplia gama de matices pastel, resaltados por las características pinceladas rojas y amarillas de Sasuke.

Las protagonistas de esos tres cuadros vivían y respiraban, eran reales.

Eran ella.

—¿Cuándo?— preguntó ella.

—En Londres, antes de que se quemara mi casa.

—¿Tres pinturas en una semana?

—Estaba inspirado—. Sasuke tenía la voz tensa. —Y realmente no están acabadas.

Finalmente ella se volvió.

Él permanecía junto a la puerta cerrada con las manos en los bolsillos. El hombre encantador y sonriente que la había perseguido con ahínco durante las últimas semanas había desaparecido. Ése era el Sasuke sombrío que había visto desde su separación.

El que abandonó la bebida y aquellos arrebatos pseudoartísticos, el que se había recluido bien en Kilmorgan, bien en su residencia londinense, sin salir apenas para nada.

—No los habrás pintado para esa apuesta tuya, ¿verdad? ¿La de la pintura erótica?

Él la miró con indignación. —¡Santo Dios, no! ¿De verdad piensas que permitiría que unos tunantes como Dunstan y Manning tuvieran la oportunidad de clavar sus lujuriosos ojos en mi mujer? Si crees eso no me conoces en absoluto, Sakura.

Nunca lo hubiera pensado de él, pero Sasuke había cambiado tanto en los tres últimos años que no podía estar segura de nada.

—Ni siquiera sé si te conocí alguna vez.

—Yo creía que sí—. Sasuke se acercó a los cuadros. —Los destruiré.

Sakura se plantó ante ellos protectoramente. —No lo harás. Son hermosos.

Él arqueó las cejas, sorprendido. —¿Te alegra que tu inconsciente marido te haya pintado desnuda? ¿O es que disfrutas sabiendo que puedo contemplar lo que no puedo tener?

—¿Es por eso por lo que los has pintado?

Sasuke se pasó la mano por el pelo. —No. O sí. No lo sé. Tenía que pintarlos. Me dolía no hacerlo. Pero ahora no son importantes. Le diré a Bellamy que los queme.

—No.

—Cariño, no son más que el patético consuelo sin valor de una mente poseída. ¿O quizá quieres decir que prefieres que los desgarre delante de ti? Hay un cuchillo en algún sitio y...

—No los destruirás porque es lo mejor que has pintado nunca.

Sasuke se pasó de nuevo la mano por el pelo. —Estoy de acuerdo en que no son malos.

—¿Que no son malos? Sasuke son geniales. Tienen el mismo espíritu que el que pintaste al día siguiente de nuestra boda. Cuando vi aquél en tu estudio me quede muda de asombro. La señorita Pringle nos enseñó a reconocer el arte y pude apreciarlo en tu obra.

Sasuke hizo un ruido burlón. —No se puede decir que sean obras de Rubens o Rembrandt, cariño.

—No, pero sí son del mismo estilo que las de Degas o Manet. El propio Señor Crane lo dijo.

—Crane sería capaz de halagar a una hormiga si así pudiera obtener una comisión sobre la venta. Además has nombrado a hombres despreciados, conocidos por sus escándalos. La sociedad respetable ya me considera de la misma calaña que ellos.

—¿Por qué no te lo tomas en serio? Éstas son unas pinturas preciosas y no permitiré que las quemes, cortes o estropees de ninguna otra manera. De hecho, si tengo que comprártelas para protegerlas lo haré.

—Sabes que no vendo mis cuadros. Pero te los regalaré si tanto te gustan.

Sakura se mordisqueó el labio.

Siempre había pensado que Sasuke eludía los cumplidos sobre su talento con falsa modestia, hasta que se dio cuenta de que sencillamente, a él no le importaba lo que los demás pensaran. A Sasuke le encantaba pintar y no le interesaba la opinión ajena sobre sus cuadros. Por eso los regalaba, por eso no intentaba ganar la aprobación de la Royal Academy. No era consciente de su genialidad.

La consideraba otra parte más de sí mismo, igual que los ojos oscuros y el leve acento escocés.

—¿No te importa lo que haga con ellos?— preguntó Sakura.

Sasuke deslizó la mirada por las pinturas con un cierto tipo de anhelo.

—Por supuesto que no me importa.

—Eso es mentira.

—¿Qué quieres que diga? ¿Que sí? ¿Que es lo mejor que he pintado nunca? ¿Que refleja algo que deseo fervientemente pero no puedo tener? ¿Que eso es lo que me gritan cuando las miro?

Sakura se ruborizó. —Sólo quería que admitieras que son buenas.

—Son puñeteramente buenas. Lo único bueno que he pintado desde hace años.

Sakura clavó los ojos en él. —¿Desde hace años? ¿Qué quieres decir?

Sasuke se giró, frotándose la cabeza una y otra vez como si le doliera.

—¿Por qué crees que no me he quejado de que ese tipo copie mi trabajo? Por lo menos no me importó hasta que le dio por quemar mi maldita casa. No bromeaba cuando dije que es mejor que yo. Ya viste aquel horror que estaba pintando de Molly. No he podido pintar nada decente desde que dejé de flotar en whisky. Todo lo que intenté hacer desde que me mantengo sobrio es horrible. He llegado a la conclusión de que mi talento provenía de la bebida y que, sin ella, mi habilidad no existe.

—No es cierto...

—Claro que es cierto. Lo último bueno que esbocé fueron los canales venecianos. Llené tantas telas que con solo ver una góndola me ponía enfermo. Lancé todos esos cuadros y las botellas que me quedaban de whisky Uchiha al Gran Canal esa misma noche. Por Dios, que no se te ocurra contarle a Itachi lo del whisky o me matará. Regresé a Inglaterra justo después y descubrí que ya no podía pintar. Bueno, durante los primeros meses de sobriedad, las manos me temblaban demasiado para sostener el pincel... ¡Dios, ni siquiera era capaz de abrocharme la camisa!

Sakura tuvo una repentina y vívida imagen de Sasuke solo en su estudio, en el ático de la casa en Mount Street, arrojando los cuadros al suelo lleno de cólera al ver que no con seguía plasmar lo que quería. Debía de habérsele roto el corazón.

—No me lo dijiste nunca—. Dijo ella.

Sasuke se rió. —Que no te dije ¿qué? ¿Que era una ruina de hombre que no te llegaba a la suela del zapato? Incluso después de pasar esa época infame no fui capaz de pintar una sombra ni una pincelada a derechas—.Respiró hondo. —Entonces, por fin, esbocé esos cuadros.

Y eran geniales. Cuando Sakura entró en el estudio, las pinturas estaban ocultas en el interior de un enorme paquete; el mismo que había visto en brazos de Bellamy el día que llegaron a su casa de Londres después del incendio. Entonces no le había prestado atención, pero cuando llegaron a Kilmorgan le intrigó qué estaría tramando Sasuke. Vio que el ayuda de cámara de su marido llevaba el bulto al estudio y obligó al hombre a desempaquetar las pinturas.

Era evidente que Bellamy no sabía qué representaban los cuadros, porque en cuanto aparecieron ante su vista, se puso rojo, masculló por lo bajo y huyó.

Al principio se enfadó.

¿Cómo se atrevía Sasuke a pintarla sin decírselo? Se sintió como si le hubiera espiado por el ojo de una cerradura y dibujado lo que había visto. Entonces se dio cuenta de lo extraordinarios que eran.

El talento de Sasuke brillaba en cada pincelada, en cada matiz. La Royal Academy nunca había admitido su trabajo, afirmaba que sus obras resultaban vulgares y escandalosas, pero aquél era un organismo anquilosado y a ella le importaba muy poco lo que dijeran.

—¿Es por eso que dijiste que perderías esa apuesta?— indagó Sakura.—¿No porque no fueras capaz de pintar un cuadro erótico, sino porque no podías pintar ninguno?

—Ya ves—. Sasuke le sostuvo la mirada. —Prefiero perder esa maldita apuesta y que se rían de mí, a reconocer que mi talento ha desaparecido.

—No ocurrirá nada de eso—, afirmó. —Ganarás esa apuesta. Si sólo eres capaz de pintarme a mí, entonces eso harás.

Sasuke enrojeció de furia —Ni hablar. Ya te lo he dicho, no permitiré que esos que se consideran mis amigos babeen al ver tus cuadros. Los he pintado sólo para mí.

—Puedes esbozar mi cuerpo sin ponerle cara, ¿verdad? Puedes cambiarme el color del pelo. O añadir la cara de Molly cuando regreses a Londres. No me importa.

—¿Quieres que pinte a la carta? ¿Que coja las partes que más agraden al espectador? ¡No lo verá Dios!

—No seas obtuso, Sasuke, no serán para una exhibición en París, es para ganar una puesta a esos hombres horribles de tu club. Enséñales los cuadros y luego destrózalos si quieres. No pienso dejar que te veas ridiculizado por caballeretes de manos suaves que no tienen otra cosa que hacer en todo el día más que burlarse de los demás.

Sasuke sonrió con un destello de picardía. —Cariño ¿quieres ser la adalid de mi arruinada reputación?

—Si puedo ayudarte a cerrar la boca de Dunstan y Randolp Manning, lo haré.

—Te aseguro que no me importa nada lo que esos tipos piensen de mí.

—Ya lo sé, pero odio pensar que puedan reírse de ti. Que digan que eres débil, demasiado tierno... e... e impotente.

Sasuke estalló en carcajadas. Todavía riéndose, le puso los brazos en los hombros.

—Si lo que quieres es convencerme para que pinte unos cuadros eróticos contigo de modelo, no pienso discutir. Sería idiota si lo hiciera. Pero déjame decidir a mi si quiero ganar o no la maldita apuesta.

Cuando se mostraba así, como el antiguo Sasuke fascinante, sonriente y desafiante, quería vivir su vida con él y no alejarse nunca. Le había amado entonces, le amaba ahora. Jamás dejó de hacerlo. Y su decisión... Tomar la decisión de abandonarle había sido un infierno.

—Muy bien—. Sabía que había capitulado demasiado pronto porque Sasuke entrecerró los ojos con sospecha. —Es tu apuesta. Haz lo que creas conveniente.

Se alejó de él al escuchar el sonido de un gong en el pasillo. —Dios mío, ¿es el aviso para la cena? Ni siquiera me he cambiado de ropa.

Sasuke se interpuso entre ella y la puerta cuando intentó salir. Sus ojos centelleaban peligrosamente.

—Te obligaré a cumplir con tu palabra, mujer. Mañana nos reuniremos aquí a las diez de la mañana. ¿Te resulta muy temprano? ¿le daré tiempo a milady de levantarse y desayunar?

—A las nueve. Entonces ya habré regresado de mi paseo matutino

—A las nueve pues. Sasuke arqueó una ceja. —No te molestes en vestirte.

Sakura se sonrojó pero mantuvo la voz calmada.

—Traeré mi bata más gruesa. Me acuerdo muy bien de que siempre te olvidabas de avivar el fuego cuando estás trabajando.

La mirada de Sasuke se paseó por su garganta a su pecho como si pudiera ver a través del vestido lo que pintaría al día siguiente.

—Como gustes. Hasta entonces, milady.

—Hasta la cena, querrás decir. A menos que tengas intención de esconderte en tu habitación y no reunirte con nosotros en el comedor.

Sasuke sonrió ampliamente otra vez. —Ni hablar.

Sakura le lanzó una mirada de advertencia cuando pasó junto a él con rapidez, pero él le respondió con otra que hizo que se le acelerara el corazón. Ningún hombre podía mirar a una mujer como Sasuke lo hacía.

La hacía sentirse deseada, codiciada, buscada. La miraba como si la imaginara desnuda en el suelo bajo su cuerpo, tan deseoso y caliente como el de ella. Era un hombre lujurioso y quería hacer cosas sumamente lascivas con ella.

Sasuke se rió a su espalda, como hacía siempre que ella huía de esa manera; sabía perfectamente que ella también quería hacer todas esas cosas lujuriosas con él.

La autora del libro es Jennifer Ashley

La historia no me pertenece es una adaptación al Sasusaku

Los personajes pertenecen a Masashi Kishimoto