La Lady de Mount Street hizo las maletas y se retiró a la orilla del mar después de una enfermedad repentina. Mayfair está triste sin ella.

-Septiembre 1877

—Urgente—, había dicho Bellamy.

-–Un maldito desastre—, pensó Sasuke mientras bajaba las escaleras.

Itachi estaba en el salón de la planta baja con Sai y una mujer a la que nunca había visto antes.

El gran vestíbulo de la casa de estilo palatino, atravesaba todo el frontal de la misma en toda su longitud y estaba decorado con muebles de madera pulida, pinturas al óleo, y altas ventanas. En el centro mismo, de la sala se situaba una mesa redonda con un arreglo floral enorme que el personal cambiaba a diario. Antes se ahí se encontraba una escultura de un dios griego entrelazado eróticamente con una diosa, hecha por Bernini, pero aún siendo muy hermosa, Ino había decidido que las flores serían más apropiadas para la vista de las damas que pasaran por allí. El Bernini se exponía ahora en el piso de arriba, en las habitaciones privadas de Itachi.

Sasuke dudaba que la mujer hubiera venido a visitar a Ino o a Sakura.

Era delgada hasta el punto de la desnutrición y llevaba un vestido de

color marrón oscuro, un sombrero maltrecho, y una capa que le colgaba

de los huesudos hombros. Su rostro parecía avejentado, maltratado por la vida, aunque no parecía ser mucho mayor que Sakura. A sus pies, atada a su muñeca por un trozo de cuerda, había una niña pequeña con el pelo de color rojo brillante y ojos marrones.

Itachi habló a la mujer en francés.

Sai estaba de pie junto a ellos, con las manos a la espalda, balanceándose ligeramente sobre sus talones como lo hacía cuando estaba distraído o molesto.

Sasuke se abrochó la camisa que Bellamy había colocado sobre su pecho desnudo y se acercó a ellos.

—¿Itachi? ¿Qué quieres? ¿Quién es ella?

La mirada que Itachi le echó su hermano, podría haber hecho un agujero en una pared de piedra. Los ojos de Itachi, oscuros como los de un águila, siempre tenían un aire depredador, pero ahora relucían furiosos.

—Te doy un voto de confianza porque no soy ningún santo—, dijo Itachi con voz tensa. —Pero no me gustan las mentiras.

—¿Las mentiras? ¿Qué dices? ¿De qué diablos estás hablando?

Sai lo interrumpió. —Ella dice que la niña es tuya. Está equivocada.

—Por supuesto que está equivocada—, dijo Sasuke asombrado. —Nunca he visto a esa mujer en mi vida.

La joven escuchó la conversación sin entender nada, mirando ansiosamente de un hermano a otro.

Sasuke se dirigió a ella en impecable francés. —Ha cometido un error, madame.

Ella le lanzó una mirada angustiada y comenzó a balbucear.

Por supuesto, que no se había equivocado. Sasuke Uchiha, el gran Lord escocés había sido su amante durante años en Francia. Sasuke había dejado a su esposa por ella, pero desapareció un año después de que su niña hubiera nacido. Había esperado y esperado a que regresara, entonces enfermó y era demasiado pobre para cuidar de Aimee. Había viajado hasta Escocia para encontrar a Sasuke y dejar a Aimee con él.

Sasuke escuchó con creciente asombro.

La cara de Itachi se llenó de ira, y Sai se quedó mirando el suelo, con el puño apretado debajo de la barbilla.

—Te juro, Itachi, que no tengo ni idea de quién es—, dijo Sasuke cuando la mujer acabó de hablar. —Nunca me he acostado con ella, y esta niña no es mi hija.

—Entonces, ¿por qué demonios está diciendo todo eso?— exigió Itachi.

—¿Cómo diablos voy a saberlo?— Sasuke oyó unos pasos ligeros detrás de él y un susurro de seda, y cerró los ojos.

¡Maldición! Los abrió de nuevo para ver a Sakura bajando el último tramo de escaleras. Estaba completamente vestida, cada cinta atada, todos los botones abrochados. La única señal de descuido era su pelo, que había sido recogido en una trenza que le caía por la espalda.

Sakura no dijo ni una palabra a los hermanos, pero se dirigió hacia la frágil joven.

Itachi dio un paso en su dirección. —Sakura, vuelve arriba.

—No me digas a mí, lo que debo hacer, Itachi Uchiha—, dijo secamente. —Esta mujer, obviamente, tiene que sentarse. ¿Puede alguno de vosotros, pedir que nos sirvan el té?

—Sakura—. Itachi lo intentó con su tono más severo.

—No es hija de Sasuke—, repitió Sai. —No es bastante mayor.

—Ya te he oído—, dijo Sakura. —Ven conmigo, petite—, dijo a la mujer en francés. —Nos sentaremos, y descansará—. La mujer se quedó mirándola con asombro, pero Sakura puso un brazo sobre sus hombros suavemente.

Dejó que Sakura la llevará unos pocos pasos antes de llevarse una mano al vientre y desplomarse en el suelo.

Sasuke le gritó a Bellamy, que se dirigía a la cocina para obedecer la orden de Sakura. —Olvida el maldito té, Bellamy. Envía a por un médico—. Ayudó a Sakura a levantar a la mujer y colocarla en un sofá.

La mujer miró a Sasuke con terror, pero Sakura le dijo en voz baja. —Va a ponerse bien, madame—, dijo.— Vendrá un médico enseguida. Descanse—. La mujer comenzó a llorar. —Un ángel. Usted es un ángel. Mi pobre bebé…— La niña, viendo a su madre desmayarse, oyendo a los hombres gritar y no siendo ninguna tonta, hizo lo que cualquier niño al pasar por una situación terrible, abrió su boca y se puso a llorar.

El llanto de la mujer se intensificó. —¡Mi pobre bebé! ¿Qué será de mi pobre bebé?— Sai les dio la espalda a todos y se precipitó por las escaleras, cruzándose con Ino, que bajaba, como si no la viera.

Ino parpadeó y se detuvo dudando entre continuar bajando o seguir a Sai. Se decidió por bajar.

Ino cogió a la niña y la levantó en sus brazos. —Cálmate—, dijo en francés. —Nadie te hará daño. Mira, aquí está tu mamá—. Ino llevó la niña con su madre, pero la joven no levantó los brazos para cogerla.

Se recostó en los cojines, como si no se hubiera sentado sobre algo tan blando en mucho tiempo. Ino dirigió a Sasuke, una mirada inquisitiva y grave. La niña se había calmado un poco, pero sollozó en el hombro de Ino.

Sakura tomó la mano de la mujer. —La pobre está agotada—, dijo a Ino en inglés.

—Es más que eso—. Sasuke miró a Ino. —¿No es así?

Ino asintió con la cabeza. —He visto esto antes, en el asilo. Un médico puede aliviar el dolor, pero no creo que pueda hacer nada más.

—Por eso vino—. Sakura frotó la mano de la mujer y cambió al francés. —Usted ha venido aquí porque está enferma.

Ella asintió con la cabeza. —Cuando milord no regresó, no sabía dónde ir.

—Tenemos que llevarla a una cama—, dijo Sakura.

Itachi se mantuvo como un altivo dios, en el centro de la sala. —Bellamy la llevará.

—¡Por Dios, yo lo haré!—. Sasuke cogió a la mujer en sus brazos. Era tan ligera que casi perdió el equilibrio, como si sólo tuviera huesos debajo de la ropa.

Sasuke estaba de acuerdo con la evaluación de Ino. La joven se estaba muriendo. La mujer observó el rostro de Sasuke mientras la llevaba hasta las escaleras, elevando las cejas perpleja.

Ino y Sakura iban detrás de ellos, Ino seguía sosteniendo a la niña.

—¿Crees que la niña asustó a Sai?— oyó que preguntaba Ino.

—No lo sé—, respondió Sakura. —Pero no te preocupes, cariño, estoy segura de que Sai estará encantado con sus propios hijos.

Sasuke podía sentir la preocupación de Ino, pero no sabía cómo consolarla. Sai no era en absoluto un hombre previsible, y ¿quién sabía cómo se comportaría cuando naciera su hijo?

Sasuke llevó a la mujer a un dormitorio preparado para los huéspedes y la acostó en la cama.

La mujer miró a su alrededor asombrada por la elegancia, pasó los dedos por la colcha damasquinada que Sakura pasó por encima de ella.

Llamó a Evans, a continuación, cogió a la niña de los brazos de Ino y la depositó en los de Sasuke.

—¿Puedes cuidar de ella, cariño? Sácala de aquí.

La pequeña echó un vistazo a Sasuke y comenzó a aullar de nuevo.

Sakura llevó a Sasuke a la puerta y le empujó fuera sin piedad, mientras Evans entraba con un montón de ropa. Otra sirvienta la seguía con una palangana de agua, otra con las toallas.

Aimee continuó gritando, y la puerta se cerró de golpe en la cara de Sasuke.

Sai se acercó a ellos por el pasillo llevando una pila de cajas. —¿Qué estás haciendo tú con ella?—, preguntó alzando la voz sobre los lamentos de Aimee.

—Nada. La sostengo. Las mujeres de la familia se hicieron cargo y me echaron. Siempre he pensado que las mujeres escocesas eran de carácter fuerte, pero no son nada en comparación con las sassenach.

Sai miró a Sasuke, como si no tuviera ni idea de qué estaba hablando. —He encontrado un juego de construcción con ladrillos. En el ático. — Sai entró en una pequeña sala de estar en el pasillo.

Sasuke vió como Sai se agachaba y vaciaba sobre la alfombra las cajas con los ladrillos. Aimee miró con interés, y su llanto cesó bruscamente.

—Déjala aquí—, dijo Sai.

Sasuke bajó a la niña, que se tambaleó un momento antes de sentarse sobre su pequeño trasero y tratar de alcanzar los ladrillos. Sai se tendió en el suelo junto a ella y le enseñó cómo apilar ladrillos uno encima de otro.

Sasuke se hundió en la silla más cercana, dejando sus manos colgando entre sus piernas vestidas con el kilt.

—¿Cómo supiste que estaban en el desván?

—Jugábamos con ellos cuando éramos niños—, dijo Sai.

—Ya lo sé, pero de eso hace veinticinco años. ¿Cómo te acordaste de ellos y supiste donde encontrarlos, después de todo este tiempo?— Sasuke levantó la mano. —No, por supuesto, lo recuerdas todo.

Sai no estaba escuchando. Enseñó a Aimee cómo construir un muro bajo, que Aimee derribó alegremente. Sai esperó hasta que terminó luego con paciencia la ayudó a construir el muro de nuevo.

Sasuke se pasó las manos por el pelo. Era una mañana de locos. Hacía un momento tenía a Sakura en sus brazos, era un hombre feliz. Había saboreado la reconciliación, y él todavía podía sentir el calor de su cuerpo en el suyo.

Al instante siguiente, una francesa loca había dejado caer que la niña que iba con ella era de Sasuke.

Y Sakura, en lugar de coger una pistola de la armería y disparar hasta matarle, se apresuró a ayudar a la pobre mujer. Esto tenía que ser una pesadilla. Sasuke se levantó. Tenía que ponerse algo aparte de la falda y la camisa, y tenía que averiguar quién diablos, era esa mujer.

Tan pronto como llegó a la puerta, Aimee comenzó a gritar, un sonido agudo que se hundía directamente en el cráneo de Sasuke. Estuvo gritando hasta que Sasuke volvió y se sentó a su lado. Aimee inmediatamente se tranquilizó y jugó con los ladrillos de nuevo.

—¿Qué le pasa?—, preguntó Sasuke.

Sai se encogió de hombros. —Te quiere.

—¿Por qué iba a hacerlo?

Sai no respondió, siguió con la construcción de ladrillos. Como lo había hecho cuando era un niño, Sai intentó poner cada bloque exactamente encima del otro, dándole pequeños golpecitos hasta quedar satisfecho.

Aimee se echó a reír y los tiró al suelo.

—Sai—, dijo Sasuke, cuando comenzó a alinear los ladrillos de nuevo. — ¿Por qué eres el único que me cree?. Cuando digo que la niña no es mía, quiero decir

Sai no levantó la vista de su fascinante tarea. —No has estado con una mujer desde que Sakura se fue, hace tres años y medio. Esta niña no es más que un bebé. Incluso teniendo en cuenta el tiempo del embarazo, es demasiado pequeña para ser tuya.

Perfectamente lógico. Así era Sai. —Sabes, hermano, que podría haber mentido sobre mi celibato.

Sai levantó la vista. —Pero no lo hiciste.

—No, no lo hice. Itachi me cree un mentiroso. Y Dios sabe lo que piensa Sakura.

—Sakura cree en ti.

Sasuke volvió a mirar a su hermano y se dio cuenta de que Sai le miraba directamente a los ojos. Se emocionó.

Las pocas veces que Sai, lograba hacer eso, eran momentos preciosos. Además Sai creía a Sasuke, sabía en su corazón que Sasuke no estaba mintiendo. Lo que los hacía doblemente preciosos.

Sai parpadeó y se concentró en los ladrillos una vez más, el momento había pasado.

Un olor extraño comenzó a flotar en la habitación. Ambos hombres miraron a Aimee, que cogió un ladrillo y trató de metérselo en la boca.

Sasuke hizo una mueca. —Es hora de encontrar a las mujeres, creo.

—Sí—, coincidió Sai.

Los hermanos se pusieron en pie. Aimee se apoyó sobre las manos, para levantarse sobre sus regordetas piernas, sin soltar el bloque.

Levantó sus brazos hacia Sasuke. Aunque la mirada de Sai era evasiva, una sonrisa divertida se insinuaba en su boca.

Sasuke recogió a Aimee, que ahora expelía un olor agrio. Ella jugaba con alegría con el bloque, mientras los dos hombres recorrían desesperados la casa buscando a una mujer.

La autora del libro es Jennifer Ashley

La historia no me pertenece es una adaptación al Sasusaku

Los personajes pertenecen a Masashi Kishimoto