Creo que la sinopsis lo deja bastante claro, pero, por si acaso: si, este fic no es más que una novelización del final empezando por la escena en la sala de operaciones. Con el fin de practicar la escritura. Supongo que además, en cierto sentido, es una manera de hacer luto. Porque mi voluntad flaqueó, vi el material filtrado de la segunda parte y, sin entrar en detalles, todo apunta a que el juego va a doler. Y no precisamente en el buen sentido.

Y no, no hay spoilers de la segunda parte en esta historia.


Purgatorio

Joel respiró hondo.

Se tambaleó hacia delante, solo logro detener su caída, en el último momento, apoyándose en la pared más cercana con una mano. Los pulmones le ardían. Las piernas le temblaban. Su cuerpo estaba, de los pies a la cabeza, bañado en sangre.

No era la suya, sin embargo. En su mayor parte.

Había matado a muchos de los Luciérnagas que se habían entrometido en su camino y había dejado atrás a otros, libres para luchar otro día. Porque había creído que no podría matarlos sin morir en el intento, pero sobre todo porque no tenía tiempo que perder. Podría caer muerto después de que todo esto hubiera acabado, pero ahora no.

Ahora, Ellie le necesitaba. Y había llegado hasta ella, estaba bastante seguro.

Una parte de él, una parte triste y pequeña que nunca había madurado, que nunca había tenido la oportunidad de madurar, no quería abrir la puerta que tenía delante de sus ojos. Porque bien podría ser la puerta a un futuro sin Ellie.

Pese a que era perfectamente consciente de que no podría darse la vuelta, marcharse y olvidar.

Que, por muy terrible que fuera que sus peores miedos se confirmasen, solo no había un futuro para él. No uno que mereciera la pena vivir, en cualquier caso.

No había munición. La descartó y abrió la puerta con todo el peso de su cuerpo, corriendo. La puerta era doble, sus dos mitades chocaron contra las paredes con un sonido parecido a un disparo, una tras otra, casi al mismo tiempo.

Varios pares de ojos se giraron para mirarle. Ojos de personas con un color tan verde como la puerta. Pensó que ni siquiera parecían humanos.

Y no lo eran. No podían serlo. Se negaba a creerlo.

Ellie estaba allí, por supuesto, inconsciente. Sin saber lo que estaba a punto de hacerle. ¿Si la despertara, si la mirara a los ojos y le contara la verdad, nada más que la verdad, el sacrificio que iban a obligarla a cometer, que haría ella?

No importa, se dijo. Es una niña, por dios. Aunque a veces resulte tentador olvidarlo.

Olvidar que ha pasado por tantas cosas por las que nunca debería haber pasado.

Una cosa es vivir con los pecados y los errores de la juventud. Otra muy distinta morir por ellos.

Eso era lo que importaba aquí. El futuro de Ellie, que quizá no sería brillante pero podría serlo. Una vida casi parecida a la vida que debería haber tenido. Que había sido arrebatada a todos, él incluido. Si había alguien que se merecería un regalo como ese en este mundo roto, estaba dispuesto a apostar que Ellie era una de pocas personas.

Joel dio un paso hacia delante. Una, dos, tres veces.

El cirujano jefe, o eso supuso que era, cogió un bisturí y lo levantó. Estaba desesperado y con eso era mucho más fácil matar a alguien que salvarle. Pero, en sus manos, no era más que un juguete. No temblaba, pero la mascarilla no le tapaba los ojos. No tapaba su miedo.

—No dejare que te la lleves. Es nuestro futuro. Piensa en todas las vidas que salvaremos. No des ni un paso más. Te lo advierto.

Rápidamente, le arrebató el bisturí y se lo clavo en el cuello bajo la mirada de sus ayudantes. Soltó el bisturí y soltó al cirujano, dejando que se desplomara, ahogándose en su propia sangre, junto a la cama en la que yacía Ellie. Como si se estuviera postrando. Pidiéndole perdón.

—¡Maldito animal!

—Kari, cierra la bolca, maldita sea.

Era sumamente apropiado. Y satisfactorio... aunque no lo suficiente para saciar su sed de sangre contra los monstruos que eran capaces de sacrificar a una niña pequeña en el altar del mundo

(estarás bien, cielo. Quedate conmigo.)

como el mundo había hecho al principio de este desastre, llevando la cara de un soldado cualquiera, con... Con Sarah.

No había merecido la pena entonces y no la merecería ahora.

Si el mundo solo podía comprar su prosperidad a cambio de la vida de una niña, lo mejor sería que se hundiera en la oscuridad. Para siempre. Y que fuera olvidado cuando solo quedara el polvo y las sombras y los animales. Y ellos, claro. Caminando sobre las ruinas.

Joel cogió a Ellie en brazos, con cuidado, como había hecho con su hija muchas veces.

En otra vida.

Llevándola a la cama después de que se quedara dormida en el sofá o cualquier otra parte, o estando plenamente despierta pero con ganas de que su padre la mimara.

Como estaba haciendo con su hija ahora, se corrigió. Por muy desagradables que fueran las circunstanciás.

¿Por qué llamarla de otra manera? No les unía la sangre, pero así eran las cosas. Seguramente Ellie sentía lo mismo.

—¡Eres un monstruo! —grito uno de los supervivientes. Una mujer.

Llamame como quieras. El único nombre que importa es el que sale de sus labios.

Vio la luz de la linternas saliendo de la oscuridad que había atrás, por donde había entrado. La luz, seguramente, de linternas acopladas a armas.

La luz de algunas de las pocas luciérnagas que no había aplastado por el camino.

—Oh, mierda —masculló Joel y salió corriendo por otra puerta.

Jamás había puesto tanta fuerza en sus miembros. Jamás había tenido el corazón tan cerca de la boca. Jamás había sentido tanta desesperación.

Bueno, no, jamás no. Una sola vez antes. Una sola.

Al final, todo vuelve al principio. Como una serpiente que se muerde la cola. Uróboros.

Joel apretó a Ellie con más fuerza, inconscientemente, los nudillos se le pusieron blancos.

No. ¡No! ¡Me niego! Habrá un nuevo amanecer. Y cuando esto acabe, cuando ella está a salvo, la mirare a los ojos. Bajo la luz del sol. Y se lo diré... Le diré la verdad. Lo mucho que me importa.

Claro que no lo haría. Había sido débil al principio de todo esto, pero ahora no lo era, era un superviviente. Si hacía falta, se arrastraría a la salida con una bala en el estómago. Y cargando con Ellie. Recibiría una bala por ella. Cuantas hicieran falta. No había podido hacerlo por Sarah, pero esta vez... Esta vez, todo sería diferente.

—Te voy a sacar de aquí, nena. —Habló como si pudiera oírle incluso en las profundidades de la inconsciencia, y quizá fuera cierto.

No era precisamente un experto en el tema, pero creía, había leído alguna vez, que a veces no dormían bien a los pacientes antes de una operación. Por lo que estos seguían siendo capaces de ver y oír lo que les rodeaba, a pesar de que no podían mover ni un musculo.

Entonces se dio cuenta de lo que eso supondría y dejo de desear que hubiera pasado. Ella le había visto matar a personas muchas veces, demasiadas, pero esto era un poco distinto. Y...

¿Y qué? No le mentiré.

—Vamos, hombre. Solo queremos a la chica.

Sobre mi cadáver, pensó. E inmediatamente después sintió el peso del destino sobre los hombros. Quizá hiciera falta, al fin y al cabo. Una muerte para comprar vida.

Que sea como tenga que ser. Quería estar junto a Ellie, verla crecer, protegerla. Pero él no importaba. Si no quedaba otra opción, le daría a Ellie su vida.

Al fin y al cabo, esa pequeña se la había devuelto. Pieza por pieza.

Podía hacer lo que quisiera con ella.

—¡No tienes adonde ir! —Y era cierto. Soldados detrás de él, soldados delante.

Casi cierto. Se metió en la habitación de al lado.

Unos vestuarios.

—Estamos bien. Estamos bien... Estamos bien.

Aún no habían abierto fuego. Probablemente porque les daba demasiado miedo herir o incluso matar a Ellie con una bala perdida. Esa vacilación era su única oportunidad. Salió de los vestuarios, doblo la esquina sin pararse a pensar, ni por un segundo, cuál era el mejor camino. No podía permitírselo.

Pero había acertado, y quizá su cerebro había escogido el lado izquierdo en un instante porque había visto luz en medio de tanta oscuridad.

Una luz invitante, al contrario que la fría luz de las linternas que les había perseguido hasta aquí.

La luz de la salvación y la esperanza.

Se trataba de un ascensor, abierto porque por allí había llegado la caballería, supuso. Si a alguien se le hubiera ocurrido cerrarlo, estaríamos muertos, probablemente, pensó. Y sintió ganas de echarse a reír. O a llorar. No estaba seguro.

—Es tú última oportunidad. ¡Dejala ya!

—Lo tengo a tiro.

—¡He dicho que os apartéis! —dijo Joel.

Balas pasaron volando peligrosamente cerca de su cabeza, tan cerca que se creyó muerto por un segundo. Se retorció. No de dolor. No pudo evitar girar la cabeza para mirar, pero no se detuvo. Y llegó.

Acompañado por el sonido de ráfagas de disparos, el ascensor comenzó su descenso hacia la planta más baja. El aparcamiento.

Cuando el ascensor llegó a su destino, descubrió que no estaban solos de una de las maneras más desagradables posibles.

Una pistola le apuntaba la cabeza.

Marlene, esa zorra.

—No puedes salvarla —dijo ella, tan segura de sí misma. Le miraba como si ella fuera la protagonista de esta historia. Le miraba como si él... No, el villano no, nada tan importante. Sino un simple monstruo—. Incluso si la sacas de aquí, ¿luego qué? ¿Cuánto pasara hasta que una manada la haga pedazos? Y eso si no la violan y la matan antes.

Si de verdad crees eso, vuelve esa pistola contra ti y aprieta el gatillo. Aunque la muerte de Ellie os hubiera dado una cura, eso solo serviría para curar a los infectados. No nos devolvería una sociedad normal, ni mucho menos. El mundo está acabado.

Pensó todo eso pero no lo dijo. Porque había algo más importante.

—Tú no eres quien para decidirlo.

—Es lo que querría ella.

Joel miró a Ellie. Quiso invocar ira, pero no fue capaz. Se imaginó que haría si... después de que le contara la verdad. Que cara pondría, que diría. ¿Le miraría como ahora le estaba mirando Marlene?

Ese pensamiento le arrebató el aire de los pulmones.

—Y lo sabes. Mira —añadió, y dejo de apuntarle, separó los brazos poco a poco. Un gesto que no significaba nada. No era lo bastante estúpido para hacerle creer que tiraría la pistola, y no estaban lo bastante cerca para llegar hasta ella antes de que pudiera volver a apuntarle y terminar lo que había empezado—. Mira, todavía puedes hacer lo correcto. No le dolerá.

Joel dio su respuesta.

Tenía su coche y la carretera hacia el futuro que había labrado con sus propias manos. Joel cerró los ojos lentamente. Al contrario que en otros tiempos, ese no era un acto irresponsable y suicida. En la carretera solo había cadáveres de vehículos, moho y poco más.

Volvió a abrir los ojos poco después.

Estaba tan cansado. Era un hombre viejo y cansado que debería haber muerto hace mucho tiempo y, sin embargo, vivía.

Miro hacia atrás, y vio como Ellie despertaba. Como se miró a sí misma.

—¿Que mierda llevo puesta? —Y, por supuesto, lo primero que salió de su boca fue un comentario como ese. Joel sonrió a pesar de sí. La sonrisa murió en sus labios poco después. Porque se había ganado la vida de Ellie, pero no su amor. Y tendría que vivir con eso.

—No pasa nada... La anestesia todavía hace efecto.

—¿Qué ha pasado?

Buena pregunta.

—Vimos a los Luciérnagas —dijo lenta y claramente. Recordando como Marlene se le había acercado con la pistola. Era lo bastante ingenua para creer que podía salvar un mundo ya muerto, así que no debió sorprenderle eso. Pero lo hizo. Claro que Marlene no se había esperado que conservara un arma, seguramente—. Resulta que hay mucha más gente como tú, Ellie. Gente inmune. De hecho decenas. Y no ha servido para nada. Es más, han d...

»Han dejado de buscar una cura.

Ellie cerró los ojos.

—Nos vamos a casa.

Se había esperado una reacción mayor, pero Ellie no lloró, no gritó, no pidió más explicaciones. Simplemente se dio la vuelta.

—Lo siento.


Metió a Ellie en el asiento trasero del coche y cerró la puerta, pero Joel no se metió en el asiento del conductor inmediatamente. Había disparado a Marlene en el estómago, pero no podía estar seguro de que eso la mataría. Los Luciérnagas supervivientes estarían por llegar y no había matado a todos los médicos, ni mucho menos.

El caso es que había una posibilidad, por pequeña que fuera, de que sobreviviera a la herida de bala. Y que intentara terminar lo que había empezado.

Así que fue a por Marlene, que se arrastraba por el suelo como gusano, dejando detrás de sí un rastro no de baba. De sangre.

—Espera —Extendió una mano hacia él, llena de sangre—. Deja que me vaya. Por favor.

—Vendrías en su busca.

Y disparó, apagando la luz de los Luciérnagas habían seguido hasta una muerte innoble. Como moscas atraídas hacia una llama.


Mientras Joel echaba un vistazo al motor, Ellie se quedó en el asiento, medio fuera y medio dentro del coche, con las piernas colgando. Se miraba el mordisco que le habían hecho hace años, cuando su vida había empezado a derrumbarse en pedazos.

La mordedura estaba más roja que nunca, cubría más espacio y casi parecía reciente del aspecto tan feo que tenía.

No se había dado cuenta hasta hace poco. Daba mucho que pensar. Joder, sí.

Oyó a Joel cerrar el capote, se bajó la manga para que él no pudiera ver la mordedura. Tarde o temprano la vería, estaba segura, pero quería ocultarlo el máximo tiempo posible. La situación era demasiado jodida como para añadir eso a todo. No quería ni pensar en ello.

—Nos toca andar.

Se preguntó si notaba la diferencia en la manera en que lo miraba. Se preguntó si existía dicha diferencia, en primer lugar.

—En realidad, es bastante bonito, ¿verdad?

Ella no respondió.

Joel se adelantó, se aproximó a una valla cercana y pisó los alambres inferiores, aplastándolos contra el suelo, en preparación para que ella pudiera pasar por el medio sin hacerse daño. Bueno, ambos. Joel era alto, pero no tan alto.

—Vale. Ahora cuidado con la cabeza —le dijo. Ella pasó. Agarró el tercer alambre, empezando desde abajó, y pisó los mismos alambres que Joel había pisado para que él pudiera moverse libremente—. Espera... Ya está.

Se irguió.

—Dios… Me siento mayor.

—Mpf. —Esa fue la única respuesta de Ellie. Sin mucha energía, pero real.

Caminaron entre los árboles y las hierbas, entre flores de un tono violeta como podía adquirir el cielo por la tarde, cuando se acercaba la noche. Vio a una ardilla corriendo por un tronco hacia lo más alto.

—Creo que nunca te lo he dicho… Sarah y yo hacíamos excursiones como esta. Era buena. Tenía que seguir su ritmo. —Saltaron por encima de un tronco caído, uno detrás de otro. El silencio del bosque les envolvía, les sofoca, era por mucho más opresivo que el silencio tan presente en las ruinas que una vez habían sido grandes ciudades—. Creo que… Creo que las dos habríais sido muy amigas.

Pensó que debía responder a ese comentario. De la manera que fuera, pero una respuesta.

El silencio continuo.

—Le habrías caído bien. Sé que le habrías gustado.

—Ya —dijo Ellie, al fin. No se le ocurrió ninguna otra respuesta, pero la sensación de obligación la llevó hasta la meta.

Porque te quiero, Joel. Te quiero, Papa.

Joel se detuvo por un momento en lo alto. Solo en parte para esperarla.

—Vaya. Mira ahí abajo. Casi hemos llegado.

Sí, tenía razón. La presa de Tommy estaba muy cerca, junto con todas las promesas que contenía y sus tesoros. Pero…

Pero…

Bajaron por la colina, acompañados por el susurro del agua del arroyo que corría a su lado y caía en cascada un poco más adelante. ¿Se podía llamar cascada, en vez de arroyo, aunque fuera tan pequeña?

Bah, que importaba eso. ¿Qué importaba?

Su mente estaba buscando algo con lo que distraerse. Y, al mismo tiempo, no la aceptaría aunque se le presentara una mejor. Más fructífera.

—Ya no falta mucho.

Pasaron por el arroyo.

Ellie pronto se fijó en porque. Había un tronco contra una pared de roca que les permitiría superarla. Joel fue primero, por supuesto, y la maldita cosa se hundió bajo su peso. Así ella no podría llegar a lo alto. No sola, al menos.

—Mierda —dijo Joel.

Hinco una rodilla en el suelo, extendió una mano. —Ven, te tengo.

Ellie dudo. Pero salto y le agarró a la mano. ¿Qué otra cosa podía hacer? Joel tiró de ella hacia alto, hizo casi todo el trabajo, de hecho.

—Venga, vamos.

Ellie no se movió, sin embargo. Ya estaba harta de los silencios torpes y llenos de tensión, y de las preguntas sin respuestas, las dudas que plagaban su mente cada segundo de cada día. Despiertas y a veces también en sueños. Con demasiada frecuencia, siendo sincera.

—Espera. —Así que le pidió eso. Joel se giró para prestarle atención, pero ella no podía ni mirarle directamente. No sabía como empezar. No sabía si debería empezar, si había sido un error. Un trozo significativo de su mente estaba ocupado en inventar una excusa. Aunque fuera una tan tonta y transparanete como, por ejemplo, "lo siento, tengo que ir a… ya sabes, hacer mis necesidades".

Ellie dio vueltas, armándose de valor. Y, de algún modo, consiguió el suficiente para mirarle a los ojos y arriesgarse a ver allí el reflejo de cosas que no le gustarían nada. Que lo estropearían todo.

—De vuelta a Boston… Cuando me mordieron. No estaba sola. Estaba mi mejor amiga. Y también la mordieron. No sabíamos que hacer. Y…

Joel siguió escuchando pacientemente, aunque no tenía ni idea de adónde iba esto, ni a que se debía que quisiera hablar de ello ahora. Para ser sincera, ella tampoco lo estaba. No del todo. ¿Por qué había escogido empezar así?

Mierda.

Respiró hondo. Soltó el aire.

—Ella dijo: "Vamos a esperar. Podríamos ser poéticas y perder la cabeza juntas". Sigo esperando mi turno.

—Ellie…

—Se llamaba Riley y fue la primera en morir. Y luego vino Tess. Y luego Sam.

—No es culpa tuya.

—No, no lo entiendes.

Joel tenía los brazos cruzados. ¿De que creía que se tenía que proteger?

—Mucho tiempo he llevado mal lo de sobrevivir. Y tú… Sea lo que sea, siempre encuentras algo por lo que vivir…

Ellie resopló.

No lo entendía. Era más que obvio.

—Vale, sé que no es lo que quieres oír ahora mismo, pero es…

Ellie clavó sus ojos en él.

—Júramelo. Júrame que todo lo que me dijiste sobre los Luciérnagas es cierto.

Joel dudo. Pero no por mucho.

—Lo juro.

Mentía. No sabía hasta qué punto, ni los detalles específicos, pero mentía. ¿Cuánto se había hecho capaz de leerle como un libro abierto? Y lo peor de todo es que nunca sabría la verdad. Bueno, la verdad sobre los Luciérnagas. Porque aquí y ahora, había descubierto una verdad que preferiría no haber descubierto nunca.

Joel no era alguien junto a quien pudiera perder la cabeza.

Pero era todo lo que tenía, de todas formas.

Así se guardó todo dentro.

—Vale —murmuró, asintiendo. Aguantando las ganas de echarse a llorar.

fin