Pétalos
Las flores hablan, y cuando la celebridad del modelaje, Adrien Agreste, llega a la pequeña floristería de Marinette, parecen que gritan también.
Marinette estaba organizando las caléndulas entre los tulipanes y las margaritas cuando empezó el alboroto.
Una larga limosina blanca se había estacionado justo en frente de la floristería y una pequeña multitud con cámaras y carteles se agrupó alrededor de ella, un hombre alto y robusto se bajó para escoltar una figura más pequeña y esbelta que en pocos segundos alcanzó la puerta y la atravesó, no sin antes susurrarle unas palabras al guardaespaldas, que se quedó afuera de la tienda, vigilando la puerta para que nadie pasara.
‒ ¿Importa si me adueño de esta floristería unos minutos, por favor?‒ dijo el potencial nuevo cliente.
Marinette, aún con las caléndulas en las manos, tuvo que recordarse que mirar fijamente a una persona sin parpadear era de mala educación y cerró de un golpe su boca, que estaba ligeramente abierta por la impresión de ver a Adrien Agreste, súper modelo internacional, entrar a su pequeña floristería.
Cosas raras y extraordinarias le pasaban a cada rato, pero esta situación se llevaba el premio junto al hecho de que ella, a sus cortos veintiún años, terminara siendo la dueña legal de una floristería en una aventura que había empezado buscando inspiración en flores para sus diseños.
Había descubierto a esa pequeña y pintoresca floristería en una tarde soleada caminando por París, en uno de sus bloqueos creativos en donde sentía que nada de lo que saliera de su mente tenía valor, y entre cruces de esquinas y bulevares desconocidos la había encontrado justo cuando empezaba a creer que se había perdido en París.
La floristería se llamaba La Coccinelle y parecía irradiar vida con la cantidad de flores que mostraba, desde extrañas especies pomposas que Marinette jamás había visto hasta las más clásicas y elegantes, todas organizadas de tal manera que la misma tienda parecía un solo arreglo floral, colores mezclándose con sutileza y cintas y follaje resaltando aún más la belleza propia de las flores en antiguos pero conservados exhibidores de madera blanca que parecían transportarte a la cima de una pradera en medio de la primavera.
Ese día Marinette había entrado sin apenas darse cuenta, sintiendo al instante la tienda como su hogar, y la recibió una amable ancianita vestida con chales tejidos de rojo carmesí que se presentó como Madame T. Fue amor a primera vista, según recordaba Marinette, y además de encontrar inspiración para sus vestidos, halló también una nueva amiga en ella.
Continuó yendo a la floristería aunque no necesitara flores ni inspiración, sólo por el puro placer que le proporcionaba estar ahí, acompañando a Madame T. que pronto adquirió la tarea de enseñarle todo acerca del arte de la floristería. Marinette aprendió ávida, encantada con la manera sutil en que las flores hablaban, de cómo una sola flor parecía transformarse cuando se le unía a otras y los intricados arreglos que parecían una obra de arte en vivo.
Meses después de su primera visita, Madame T. le informó con la misma frescura que tenía una rosa recién cortada, que ella y su esposo se jubilarían y pasarían el resto de su vida de vacaciones. Marinette ya había visto a su esposo en otras ocasiones, un señor alto que siempre vestía de negro y de cierta manera le recordaba a un gato, pero jamás se hubiese imaginado a esa pareja tan particular tomando una decisión que parecía tan insensata, sobre todo cuando le puso sobre las manos los papeles legales de la floristería, con el nombre de Marinette Dupain-Cheng como legitima y única propietaria.
La anciana no escuchó excusas y en no más de una semana Marinette se había quedado trabajando sola en la floristería, a la que no tuvo el corazón de cerrar, y con la ayuda de su mejor amiga y sus padres, todavía se balanceaba en el delicado equilibrio que era administrar una tienda y sus estudios en el colegio de moda.
Pensándolo un poco, quizás todo eso era más extraño que Adrien Agreste en su floristería.
‒ Disculpa, ¿me escuchas?‒ Marinette salió de su ensimismamiento y puso su cerebro en marcha otra vez. El joven modelo la miraba con una ceja arqueada.‒ ¿Estás bien?
Marinette asintió fervientemente.‒ Si, claro, ¿en qué puedo ayudarte?
‒ ¿Está bien si mi guardaespaldas no deja pasar a nadie unos minutos? Estoy en una situación un tanto comprometedora.‒ Apuntó con su pulgar hacía la pared de vidrio que tenía atrás y varios flashes de cámara se dispararon con ese movimiento.
Marinette los observó sobre su hombro temerosa, aliviándose de que cómo ya casi era la hora de cerrar, la exhibición había sido propiamente resguardada adentro y ningún paparazzi podría dañarla. Le dio un poco de pena pensar que esos paparazis persiguieran a Adrien y no tuvieran miedo de dañarlo como podrían dañar a sus flores.
‒ No hay problema, serás mi último cliente del día.‒ aunque se sentía un poco intimidada por la presencia de alguien tan famoso como él (nada que ver con el hecho de que había sido su crush platónico adolescente), volvió el rostro al joven frente a ella determinada a tratarlo igual a como trataría a cualquier cliente y le sonrió, hoyuelos incluidos.
No supo exactamente qué pasó en ese segundo, los ojos verdes del modelo se abrieron ligeramente y su expresión, que había sido tan ordinaria como la de cualquier persona de compras, se suavizó. Su mirada subió de su sonrisa a sus ojos, verde y azul chocándose por un segundo, y ambas espaldas se enderezaron, demasiado conscientes de sí mismos. Alejaron la vista al mismo tiempo con un ligero tinte rojo en las mejillas.
‒ ¿En qué puedo ayudarte?‒ Logró decir Marinette, colocándose un mechón de cabello tras la oreja sin querer mirarlo directamente, nunca se habría imaginado que viéndolo cara a cara iba a ser diez veces más hermoso que cuando lo miraba en las revistas o en la tele. La cámara apenas le hacía justicia.
Él se aclaró la garganta, también mirando en otra dirección.‒ Tengo este problema…
‒ ¿Mayor que el de tus fans afuera?‒ dejó escapar Marinette sin pensarlo.
El ambiente se aligeró con el sonido de la risa de Adrien, que Marinette escuchó embobada. Hacerlo reír era una cosa que iba a su lista de situaciones extraordinarias.
‒ Incluso más‒ sus ojos se encontraron de nuevo, pero esta vez ambos sostuvieron la mirada,‒ y creo que puedo arreglarlo con flores.
Su mirada también era más cálida que lo que mostraban las fotografías. El corazón de Marinette dio un brinco, ¿era así siempre que se conocía a alguien famoso? Ciertamente no tenía idea.
‒ Viniste al lugar indicado.‒ dijo colocando las caléndulas en su lugar‒ La antigua dueña de este local decía que no hay problema que un buen arreglo no pueda solucionar.
‒ Entonces es mi día de suerte.
‒ Por eso el nombre de la floristería, las mariquitas dan buena suerte.‒ cogió un marcador de su delantal rosado y reescribió en la etiqueta el nombre de las flores que tenía más cercanas, sólo para hacer algo con sus manos y no parecer muy deslumbrada con su cliente.
‒ ¿En serio?‒ Adrien miró alrededor de la floristería con interés‒ ¿Entonces mi problema se resolverá con flores?
Marinette asintió convencida.‒ Sólo dime qué quieres hacer con el arreglo y yo haré lo mejor que pueda.
‒ Gracias por estar dispuesta a ayudarme, eres muy amable, este-
‒ Marinette, mi nombre es Marinette.
‒ Eres muy amable, Marinette.
Marinette le sonrió con más confianza, Adrien Agreste era mil veces más amable de lo que la fama dejaba ver y estaba amando cada pequeño descubrimiento como una niña probando helado por primera vez.
‒ Yo soy Adrien‒ continuó, ‒ espero que no sea muy presuntuoso asumir que lo sabías ya.
Adrien Agreste presentándose el mismo, ya podía morir en paz.
‒ No realmente‒ dijo fingiendo no estar embelesada,‒ tus fans te delataron.
‒ Disculpa de nuevo por eso.
‒ No hay problema, en serio.
A Marinette no le hubiese importado seguir en esa introducción con Adrien lo que quedaba de noche, pero un tap en la puerta hizo que ambos volvieran la vista para ver al guardaespaldas de Adrien, apuntando con una seña a su reloj y un rostro visiblemente apremiante.
‒ Ug, estoy en una clase de apuro también.‒ dijo Adrien volviendo la vista de nuevo hacia ella.
‒ ¿Y el problema es…?‒ le recordó Marinette.
‒ Ah, cierto, el caso es este: mi mejor amiga está cumpliendo años, y quiero darle un arreglo enorme, apoteósico. A ella le gustan las cosas extravagantes.
Marinette trató de enmascarar la emoción que la embargó en ese momento. Sabía justo de quién estaba hablando Adrien, todo París sabía.
Chloé Bourgeois estaría celebrando su veintiún cumpleaños esa noche, hija del alcalde, rica a reventar y celebridad parisina por ningún motivo en concreto, era una de esas personas famosas sólo por el hecho de ser famosa. Siempre saliendo en las noticias de farándula tomada del brazo de alguna verdadera celebridad, el más recurrente siendo Adrien, y con miles de rumores titulando noticias de que los amigos de la infancia terminarían en un tórrido romance, si es que ya no lo estaban.
Marinette había estudiado con ella la escuela primaria y era una persona detestable, lo que dejaba mucho de que hablar cuando lo decía una persona cuya habilidad especial era ver siempre algo bueno en todos.
No era que no la soportara, pero prefería evitar amargarse la vida evitándola a ella, por lo que cada vez que veía una noticia donde Chloé saliera evitaba leerla y cuando salía en sus shows de farándula lo quitaba, pero justo ese día su revista de modas favoritas había sacado un artículo anunciando de que ese día finalmente, después de siglos de especulación, Adrien Agreste le declararía su amor a la rubia.
Trató de ignorar el vacío que sintió en su estómago, porque una relación entre dos celebridades que nada tenían que ver con ella no podía importarle tanto.
Había sido bonito conocer a Adrien en persona y experimentar por unos pocos minutos lo que era tener su atención antes de que fuera a entregarse voluntariamente en las garras con manicura de Clhoé.
Forzó una sonrisa. Si para Adrien era buena suerte estar ahí, para ella parecía ciertamente mala, pero esa era la oportunidad para que su corazón dejara de comportarse como un adolescente puberto y ponerse profesional.
‒ Sé exactamente lo que necesitas.
Rosas rojas para el romance.
‒ ¿En serio?‒ Adrien pareció sorprenderse.
‒ ¿Tienes algún presupuesto?
‒ No, este es un plan algo improvisado. Verás, ya le compré un regalo, pero con todos esos rumores…‒ Marinette escuchó a medias mientras se inclinaba sobre un congelador para extraer las rosas rojas más frescas que le habían quedado del día. No eran muchas, pero las suficientes para hacer un arreglo pomposo que declarara amor eterno y apasionado.‒ …y quiero que sea muy notorio, no importa el precio.
Asintió distraídamente y colocó las rosas con delicadeza sobre una amplia mesa de madera.
Follaje, necesitaba follaje exótico verde oscuro para hacerlas resaltar, papel de seda y cinta de terciopelo rojo oscuro.
Ya se imaginaba el arreglo en su cabeza, hermoso e imponente, a Chloé le iba a encantar. Así a ella no le agradara, Marinette no iba a hacer nada menos que perfecto, y a su pesar, un punto positivo era que ayudaría a Adrien.
‒ Se que estás en un apuro, pero para hacerlo bien voy a necesitar tiempo…‒ dijo mientras buscaba sus herramientas.
‒ Ya voy tarde, un rato más no hará daño.
‒ ¡Excelente!
Cuando se incorporó del gabinete en el que se había sumergido, vio a Adrien mirando con el ceño fruncido las rosas sobre la mesa. No tenía ganas de preguntarle qué le pasaba, mientras más rápido acabara con eso más rápido volvería a su rutina y Adrien Agreste volvería a parecer un sueño irrealizable, pero la voz de Madame T. resonó en su cabeza: un cliente con esa mirada nunca auguraba nada bueno.
‒ ¿Está todo bien?
Adrien pensó las palabras por unos segundos antes de hablar.
‒ No quiero decirte cómo hacer tu trabajo, ¿pero estás segura de lo que estás haciendo?
Marinette arqueó una ceja y lo miró expectante esperando a que continuara. No había sido grosero, pero ciertamente ella sí sabía lo que estaba haciendo.
‒ Todo el mundo sabe que las rosas rojas significan romance… ¿no debería ser algo menos… intenso?‒ Adrien la miró con precaución‒ Estas flores blancas de aquí se ven suficientemente inofensivas.‒ con un gesto de la mano apuntó a un jarrón cercano.
‒ Los lirios blancos son para funerales.
‒ Oh, no sabía, no queremos que Chloé muera, ¿no?‒ se llevó la mano a la cabeza y rió con nerviosismo.
Marinette relajó sus hombros y suspiró. Seguía siendo adorable.
‒ No lo entiendo‒ se atrevió a decir,‒ las rosas rojas son perfectas para declararle tu amor a Chloé.
‒ ¿Mi amor…? ¿Qué? ‒ Si Marinette hubiese tenido una cámara cerca, hubiese retratado el poema en el que se convirtió el rostro de Adrien, que pasó de confusión o algo parecido al disgusto en microsegundos.‒ ¡Oh no! No es eso. No quiero declararle mi amor a nadie, ¿leíste esa tonta revista? ¡No quiero hacer nada de eso!
Ella aún lo veía confundida.‒ ¿Entonces lirios blancos?
Adrien dejó escapar una carcajada.
‒ No quiero ir tan lejos, princesa.
Las mejillas de Marinette se sonrojaron, Adrien Agreste nunca parecía tan atrevido en las entrevistas, donde siempre era conmensurado y profesional.
‒ Creo que no me expliqué bien. Todos esperan que Chloé y yo tengamos algo romántico, cuando ella sólo es una amiga.‒ Quizás había sido impresión suya, pero sus ojos se habían clavado en los de ella de manera especial con las últimas palabras.‒ Siempre trato de aclararlo, pero la gente es demasiado persistente, incluso ella, y se me ocurrió que quizás entregarle flores que griten amistad les daría el mensaje a todo.
‒ ¡Oh!‒ Sus mejillas acentuaron el color rojizo. No sólo había actuado como una tonta en frente de Adrien, sino que incluso sin querer lo había estado conduciendo al mismo destino que él quería evitar y, por supuesto, ella también.‒ Lo entendí todo mal.
Rosas amarillas para las amistades, pensó al instante.
Adrien volvió a reír con ligereza, visiblemente más relajado.‒ ¿Podemos guardar las rosas rojas para cuando de verdad quiera declararle mi amor a alguien?
Respondió que sí en un murmullo, aún sonrojada, tomando con torpeza las rosas.
‒ Sólo voy a devolver estas al congelador y empezaré de nuevo.
‒ ¡Te ayudo!‒ exclamó Adrien, evitando que un par de rosas se soltaran del agarre distraído de Marinette.
Cuando sus manos se rozaron por casualidad, un escalofrío que no parecía provenir del congelador le recorrió desde las puntas de los dedos hasta el pecho.
Por el rabillo del ojo observó como el rostro de él también parecía ligeramente sonrojado.
Guardaron las rosas en silencio y se incorporaron sin mirarse, de repente tenía muchos más ánimos de trabajar en ese arreglo floral.
‒ Lo que necesitas entonces son rosas amarillas.
‒ ¿Las rosas amarillas gritan amistad?
‒ Si, pero le agregaré algo más.
Su mente empezó a trabajar en recordar todo lo que Madame T. le había enseñado: hiedras para el follaje y agujas de Adán para darle pomposidad, la combinación perfecta para la amistad, más una pequeña indulgencia de Marinette, crisantemos amarillos para el rechazo amoroso.
No estaba segura de cómo hacer que todo congeniara, pero estaba determinada a hacerlo hermoso. Clhoé iba amar ese arreglo también.
Cambió algunos de los materiales que tenía sobre la mesa y dejó otros, buscó las flores que le faltaban y quitó la cinta de terciopelo rojo, cambiándola por una blanca brillante. Cuando todo estuvo listo de nuevo y ya estaba armada con sus tijeras para podar, notó la mirada de Adrien sobre ella.
‒ ¿Está todo bien?‒ repitió por segunda vez en el día, pero esta vez Adrien la miraba con una sonrisa.
‒ Se ve divertido verte trabajar.
‒ ¡Pero si ni me has visto!
Adrien rió‒ tengo la impresión de que me va a gustar, todo lo que hay en esta floristería es increíble, parece sacado de un cuento de hadas.
‒ Realmente amo todo lo que está aquí.‒ respondió Marinette, empezando a cortarle los tallos a las flores.
Después de eso, mientras Marinette se concentraba en su trabajo, Adrien siguió conversando con ella, primero preguntándole cosas de las flores, después cosas más generales, y por último cosas relacionadas a ella. Marinette respondía con simpatía, maravillada de lo fácil que fluía la conversación y de lo mucho que parecía progresar la confianza con cada risa que compartían. Ella también le hacía preguntas casuales, y al final terminó descubriendo muchas más cosas de Adrien de las que jamás habría podido conocer que nunca salían en revistas.
Su color favorito era el verde, le gustaba coleccionar figuras de acción de súper héroes, se sabía los diálogos de todas las películas de Harry Potter y había tratado de aprender actuación, pero había sido tan malo fingiendo ser otra persona que su instructor le había recomendado quedarse sólo con el modelaje. Cuando era adolescente había usado la misma t-shirt negra con rayas de colores durante todo su último año en el colegio sólo para molestar a su estilista y a los paparazis y estaba obsesionado con los helados de André. Era alérgico a las plumas y amaba a los gatos y los perros, aunque los últimos siempre parecían odiarlo.
Marinette rió con cada revelación, y cuando tocaron el tema de su relación con Chloé, le confesó a cambio que ella había creído en los rumores de las revistas. Adrien lo que hizo fue reírse y bromeó con ella diciéndole que era su responsabilidad aclararle al mundo ese malentendido.
El arregló fue cobrando vida poco a poco bajo las manos agiles de Marinette, y cuando terminó, las flores se mezclaban con tanta armonía unas a otras, que no pudo más que sentirse orgullosa de ella misma.
‒ Ha quedado excelente, eres asombrosa, Marinette.‒ le alabó Adrien.
Su nombre había sonado tan bien en sus labios, que tuvo que fingir que arreglaba el lazo en la base del arreglo para que él no notara su rostro azorado.
Las palabras se confundieron en su cabeza.
‒ ¡Gra- gracias!‒ logró decir después de unos segundos, cuando ya era muy tarde para responder sin que sonara incómodo, pero Adrien le sonrió con calidez.‒ ¿Necesitas que lo envíe a algún lado?
Adrien negó con la cabeza.‒ Lo ideal sería que me tomaran alguna foto cargándolo, mientras más publicidad mejor.
Marinette le logró cobrar sin tartamudear, con algo de tristeza al pensar que ese momento con él sólo terminaría siendo una anécdota más.
Adrien cargó el enorme arreglo floral con ambas manos y mientras se dirigía a la puerta varios flashes volvieron a activarse, entonces se detuvo y giró su torso, para ver a Marinette parada incómoda desde el mostrador. Sus ojos casi se veían tristes.
‒ Gracias de nuevo, en serio.
‒ No hay de qué‒ sonrió Marinette.‒ Estoy a la orden para cualquier mensaje que quieras enviar con flores.
Adrien rió, después se balanceó ligeramente sobre sus talones, nervioso.
‒ Puedo… ¿Puedo volver?‒ preguntó tentativamente, y Marinette no supo que pensar de eso.
Era un cliente, claro que podía volver, pero su pregunta parecía implicar algo más.
‒ Por supuesto.‒ dijo sonrojándose por millonésima vez en la tarde.
La mirada de Adrien se iluminó‒ Gracias, ¡hasta pronto, Marinette!
Los paparazis se alborotaron con las preguntas y las cámaras cuando Adrien salió de la tienda, su guardaespaldas lo ayudó a guardar el arreglo y aún al irse, todavía se escuchaba el murmullo emocionado de las personas afuera, pero Marinette era ajena a todo eso, todavía demasiado ensimismada de todo lo que le había pasado en esa escasa hora.
Alya iba a enloquecer cuando le contara todo eso.
Ella ya estaba enloqueciendo.
Gritó de emoción para sí misma y tratando de recuperar la compostura, terminó de recoger todo y cerró finalmente la tienda.
Para ese momento sólo un reportero quedaba en la entrada, que al verla salir no tardó un segundo en acercársele con una grabadora en la mano.
‒ ¡Vaya arreglo hiciste! Muy hermoso, muy hermoso.
‒ Gracias.‒ respondió Marinette intimidada.
‒ ¿Tiene algún significado especial?
Marinette no dudaba de que el mensaje fuera a llegar claro a cualquiera que conociera de flores, también esperaba que la noticia se propagara con la misma facilidad que cualquier chisme del espectáculo con un ansía demasiado personal para ser normal.
Un empujoncito ayudaría a Adrien, no a ella, que nada tenía que ver.
‒ Amistad‒ respondió con más seguridad de la que sentía.‒ Hice el arreglo con las indicaciones que el señor Agreste me especificó: un arreglo para una amiga muy querida.
Eso sería perfecto.
Nota Autora:
¿Qué les parece? Creo que haré uno y dos capítulos más, ¡espero les guste, tenía mucho sin escribir de este par! Espero también estén cuidándose mucho esta cuarentena y se mantengan seguros.
PD: ¡Reviews son amor, tapabocas, y gel antibacterial! Xo.
