CAPÍTULO 7.

Terry conocería a la modelo que representaría el comercial, después de que las otras modelos habían sido descartadas, Terry estaba siendo muy meticuloso en esto; su condición no era que la chica le gustara, sólo eso no. La chica tenía que desplegar inteligencia, carisma, elegancia natural. Había dicho a qué nivel debía gustarle profesional y algo más, pero lo cierto era que todas las modelos con las que se había entrevistado, habían sido desechadas casi después del saludo. Si no elegía a la de ahora, Albert retrasaría todo el trabajo, lo cual se traduciría en pérdidas económicas.

Albert esperaba que Elisa, su sobrina política lograse quedarse con el comercial. Albert no le había dicho a Terry quien era la modelo. Lo importante es que se ganara el lugar por ella misma y no por lazos convencionales.

Cuando Terry entró a la sala de entrevistas, la modelo estaba sentada en un diván, con sus piernas cruzadas y mirando su teléfono distraída. Terry no le quitó la mirada de encima, toda su atención estaba fija en ella, y mientras avanzaba, pudo observarla sin que ella pudiera ver que ya él estaba ahí. Tenía el pelo de un color cobrizo en bucles artificiales, eso no le gustó, pero su piel bronceada era atrayente. La verdad es que era guapa, ahora solo tenía que demostrar ser inteligente.

—Gracias por venir —dijo cuando estuvo frente a ella. Elisa que había estado mirando su móvil, se puso en pie a la vez que en su rostro se formaba una sonrisa de insinuación.

Terry extendió una mano invitándola a sentarse, y Elisa así lo hizo, con su espalda muy recta, pero consiguiendo el mejor ángulo para que él se fijara en su escote.

-- ¡Terry Graham. Dios mío! Nunca me perdí tus presentaciones. Y siempre he querido la oportunidad de conocerte así—. Terry elevó una ceja.

— ¿Que harías por ser la modelo para el comercial?—Elisa sonrió mordiéndose los labios.

—Por el comercial habría hecho cualquier cosa—. Casi sin darse cuenta, Elisa se había ido acercando más y más a él—. Estoy segura de que haremos un gran equipo. Elígeme a mí para el comercial.

—Bueno…

— ¿Puedo darte un beso? —preguntó ella de repente, tomándolo un poco por sorpresa—. Uno pequeñito aunque sea. Por favor…

—No creo que…

—Sólo uno —Terry la miró con horror— Sólo quiero un besó, y comprobar que tus labios son reales

—Soy real —dijo —disculpa. Nos hemos distraído un poco.

—Estoy segura de que haremos un buen equipo y lo pasaremos muy bien —lo interrumpió Elisa acercándose mucho más a él. Terry tuvo que moverse al otro lado del diván esquivándola, estaba un poco pasmado. Qué mujer tan loca. Sentía que, si no salía o alguien viniera a rescatarlo, sería violado aquí. Elisa lo estaba mirando como a su plato favorito. Dos minutos después...

— ¿Qué pasó allá dentro? —preguntó Albert, cuando vio que Terry salía del cuarto de entrevistas.

—Joder, esa chica queda descartada. Descartada para siempre. Asegúrate de que esa agencia no vuelva a trabajar para nosotros.

Elisa estaba llorando. Ya había agotado la caja de pañuelos, pero no dejaba de llorar. Terry Graham la había descartado. Había puesto sus esperanzas en esta entrevista, había estado segura de que la elegiría. Por lo general, los hombres no podían dejar de mirarla, y luego de sólo verla, la deseaban. Era humillante, nunca se había sentido tan vulnerable. ¿De qué estaba hecho Terry Graham? No era gay, pero ¿por qué no la había mirado con deseo ni una sola vez? ¡Maldita sea, por qué! ¿Cómo diablos era posible que hubiese besado a la huérfana de Candy, sin modales ni clase. Todo lo contrario a la huérfana Ella, Elisa tenía clase y estaba en su mejor momento, siendo más hermosa que nunca, ni siquiera había querido tocarla. La había mirado como si le diera asco. Candy era la huérfana, sin clase. Odiaba a Candy White, todo era su culpa, La mosa de establos no era nadie, pero ni aun ahora era capaz de odiar a Terry Graham.

Candy White bajo del avión, y vio que una limosina esperaba por ella. Tenía mucho tiempo alejada de su América, y ese día había llegado a Nueva York por trabajo. La ciudad neoyorquina, era el atractivo de una urbe que parecía identificarse más con las diferencias que con la homogeneidad que la sociedad pretendía mantener a toda Costa. A Candy le gustó la sensación de libertad y expansión que había sentido.. Como una de las ventajas de su estancia en esa ciudad, había sido tener casi todo al alcance de sus requerimientos, a cualquier hora del día desde el más ridículo antojo gastronómico hasta la simple maravilla de esta resguardada, bajo los frondosos árboles del Central Park. El emblemático parque le había ofrecido el amparo de una burbuja de Confort, que ahuyentaba el ruido de los cláxones, el humo de los automóviles, los gritos de la gente, el ir y venir en la hora punta, y el estrés cuando ella había buscado un poco de tranquilidad. Aunque hechaba de menos otras ciudades aunque no tanto como su natal Chicago. Ahora con su apellido el que le dio la señorita Pony había sido la mejor decisión habérselo cambiado. Por que el demonio mostró sus sombras escondidas tras la apariencia de Ángel, ella habían pasado acosos desde aquellos tiempos y se había tenido que mudar a Toronto, y había encontrado una metrópolis más amigable, y que además le ofreció la oportunidad de tener ilusiones otra vez. Se había quemado las pestañas estudiando publicidad y no pensaba desistir hasta conseguir el trabajo que le permitiera reinventarse profesionalmente. El equipo de ejecutivos de cuentas y creativos eran muy escasas así que Candy y decidió aplicar a la primera oportunidad profesional que se abrió, y esa oportunidad fue en Nueva York.

Albert pasó por un pasillo de la ABC y la encontró. A su modelo ideal, la encontró. Ella tenía el cabello largo y rubio ondulado, los ojos verdes más hermosos, y una piel blanca y preciosa y tenía sensualidad en cada uno de sus movimientos. Toda ella era muy sensual, pero sus ojos lo tenían hechizado.

—Ella es guapa —dijo Albert a su secretaria a su espalda—. ¿Quién es?

—No sé su nombre. Pero estuvo con los ejecutivos de creatividad.

— ¿Me gusta ella? —Albert miró de nuevo a la rubia por lo que pareció ser una eternidad. Se parecía a un angel, la forma de su rostro, su cabello, sus ojos… Imaginaba a esa joven volviéndose una modelo. Le tomó una foto y siguió su camino.

Esa chica era capaz de transmitir tanto en una simple fotografía. Albert sacó su móvil y llamó al área de diseño.

—Tengo una pregunta que hacerte.

—Adelante. -- Dijo el encargado de diseño.

— ¿Sabes quién es ella? —la cámara enfocó a la rubia en la fotografía.

—Creo que sí la conozco, esta aquí por el empleo vacante que puso Archie. Déjame recordar el nombre… --pasaron unos segundos--. Ya recordé su nombre es Candy White, y hoy firmó contrató.

—Eso complica las cosas —dijo la voz de un hombre que se colocó al lado de Albert. —Si tiene un contrato, no será fácil. Terry desvió su mirada de Albert para ver a la modelo que había despertado interés en su amigo. Y el estómago le dio un vuelco cuando vio la fotografia, tanto que olvido todo por completo.

—Le ofreceré el cielo —aseguró Albert, esparando que Terry dijese algún comentario, pero Terry ya no podía apartar la mirada de la fotografía—.

—Es... -- ¿Era su Candice la que mostraba esa fotografía? Podía jurar que era su Candice. Estaba ahí, más cambiada, mas mujer, más hermosa, más... diferente de la chica de coletas que él había besado.

—No le coquetees demasiado —le advirtió Albert bromeando en voz baja.

—¿En donde esta? — Terry tenía el corazón palpitante

— ¿Puedo saber para qué la buscas?

—Necesito hablar con ella. — Insistió.

—¿Qué ocurre, Terry? .

—Esto es importante Albert. Necesito hablar con ella.

—Vaya si que estas desesperado —se burló .

—Si es una mujer muy, especial para mi ¿crees que me de su número de teléfono?

—Albert elevó sus cejas.

—Conociendo a Archie, te hará mil preguntas, te sacará mil promesas, y si pasas las mil pruebas, tal vez te diga que lo va a pensar.

—Él dará el número.

—Si tú lo dices.

—Le llamaré—. Terry se alejo de Albert llamó a Archie cortó la llamada para luego hablar nuevamente con Albert. Era una suerte que la hubiera encontrado, no no era suerte, era el destino. El mundo era un pañuelo.

— ¿Qué estás diciendo? —preguntó Archie casi perdiendo la cordura cuando Terry le expuso que quería el teléfono de su nueva diseñadora—. No es posible. ¿Por qué… por qué te interesa ella?

—Porque es mi... Mira Archie necesitamos a un modelo como ella..

—Pero ella no es modelo y entre los millones de modelos que hay en este mundo, ¿por qué ella?

—Buena pregunta —dijo Albert, que observaba en la distancia y preguntándose que demonios le pasaba a Terry..

—Archie, estoy buscando desesperadamente una modelo. Hasta ahora… he descartado a más de una docena, está siendo un asunto difícil para mí. Tengo exigencias muy altas con respecto a este tema… y esta chica me ha… llamado la atención—. Archie soltó la carcajada, lo que sorprendió un poco a Terry—. ¿Qué es tan gracioso?

—No, ella es mi empleada…

—Dame su número. Si rechaza la propuesta la dejaré en paz, -- mintio-- pero lo habré intentado.

—Cielos, Terry, me pones en una encrucijada. No se necesitó comentarle a Candy primero.

— ¿Candy ? —Preguntó Terry...

Continuará